Huellas de nieve - Esperanza Tirado

                                          Esquí, Polvo, Niño, Montaña, Huellas

 

 

Un frío seco como el acero congela el mundo.

Caravana de celebración hacia la alta montaña. Ya es temporada.

Esquíes cortan la inmaculada blancura invernal.

Rastros de metal y sangre entre las rocas que no ha ocultado la nieve.

Sonidos de aspas sobrevolando que llenan el aire de inquietud.

Detrás de las gafas de cada esquiador se esconde una incógnita.

El Sol vuelve a dominar el blanco escenario.

Y  el movimiento del remonte devuelve la tranquilidad a los deslizamientos de 

domingo en masa.

Año de bienes, será.

 

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Ignoradas - Marian Muñoz

                                         Flor, Primavera, Floral, Obra De Arte

 


La primera fue una flor amarilla con pistilos azules, la segunda era morada con pistilos blancos, después una rosa de los vientos y aprovechando primero las cuatro esquinas del folio y luego el centro, fue dibujando con auténtica maestría una variedad de flores fácilmente reconocibles.

El presidente de la comunidad de vecinos avisó a la policía municipal alertado por el mal olor que provenía de la quinta planta, justo en la puerta B. Al parecer hacía meses que no veían a la propietaria, una señora mayor que vivía sola. Preocupados porque le hubiera pasado algo avisaron a los agentes quienes tras llamar varias veces a su puerta e intentar localizar a algún familiar, dieron parte al juzgado quien permitió el allanamiento en la vivienda.

Los bomberos abrieron la puerta y con máscaras de seguridad entraron llamando a su ocupante. En la sala de estar encima del sofá yacía una mujer cuyo cadáver en descomposición inundaba con su olor toda la casa. Avisaron a la policía judicial, al forense y al abrir ventanas para mitigar el hedor, encontraron que en uno de los dormitorios tumbada en la cama había una niña, apenas tenía pulso y su cuerpo escuálido y sucio contrastaba con la placidez de su sueño. Una ambulancia la trasladó de urgencia al hospital donde quedó ingresada en el aula de pediatría.

Nadie en el edificio conocía la existencia de esa niña, ni la relación de amistad o parentesco que podría tener con la fallecida, buena vecina aunque parca en palabras. Todos quedaron consternados por el hallazgo, auto inculpándose por el despiste de no haber estado más pendientes de ella, pero sobre todo de no haber sentido la presencia de la pequeña, quien habría pasado muchos días muerta de hambre. Gracias a un tratamiento de choque los médicos consiguieron recuperar las constantes vitales y empezó a despertar de su letargo a pesar de su debilidad. Desnutrida y sucia las enfermeras se volcaron en darle nuevamente su dignidad infantil, intentaron que hablara o dijera su nombre, pero no respondía a ningún estímulo. En cuanto se encontró mejor empezó a quitarse las vías por las que inyectaban la medicación, no hacía caso a las órdenes y hubo que atarla no sin antes chillar, patalear y hasta morder, parecía un animalillo acorralado y fue cuando me llamaron para evaluar su estado.

Si bien empezaba a recuperar el color rosado de su cara su cuerpecito desnutrido mostraba exageradamente sus huesos, intenté entrar en contacto primero por habla, comprobando que no era sorda, después lo intenté visualmente pero nunca miraba de frente, siempre con los ojos bajos emitiendo sonidos incongruentes. Debía averiguar quién era y qué hacía en aquella casa, si la habían raptado o simplemente era nieta de la finada, si la habían maltratado o sufría algún tipo de discapacidad, todo era una incógnita compleja de resolver. Con niños suele resultar bien la opción del dibujo, le llevé unos folios y lapiceros de colores, acercándole la mesita auxiliar la invité a pintar y ahí comenzó mi asombro. Lentamente fue escogiendo los colores y en las cuatro esquinas del folio pintó una flor diferente, para rematar con otra algo más grande en el centro. Estaban simétricamente colocadas. Pintó hasta cuatro folios sin repetir flor, como si se hubiera tragado una enciclopedia botánica o un libro de jardinería, sus dibujos reproducían fielmente las flores que escogía, era una artista y mientras dibujaba su rostro mostraba placidez y felicidad, opté por llamarla Esperanza y de esa forma devolverle su dignidad de persona.

La vecina del tercero había acudido a la policía al recordar casualmente que la joven del quinto A, fallecida en accidente de autobús hacía ocho años, había estado embarazada y se llevaba muy bien con la anciana muerta, ese piso llevaba mucho tiempo sin habitar y no habían encontrado a ningún familiar para reclamarle las cuotas impagadas a la comunidad. ¿Sería posible que le hubiera dejado a la niña al cargo mientras hacía algún recado del que nunca más volvió? Era una sugerencia que abrió nueva vía de investigación plausible. Efectivamente la joven fallecida había dado a luz en el hospital hacía once años, según los cálculos tenía tres cuando quedó huérfana al cargo de la anciana recientemente fallecida quien nunca acudió a los Servicios Sociales ni al médico con la niña, tampoco estaba anotada en el Registro Civil, el Ayuntamiento ni en ningún estamento oficial.

El expediente del accidente no estaba archivado, debido a la culpabilidad del autobús por un mantenimiento defectuoso de los frenos, hubo una indemnización que el juzgado tenía aún pendiente de abonar a sus herederos, nadie la reclamó como tampoco lo hicieron con el cuerpo de la joven que aún permanecía en el Instituto Anatómico Forense, así que una prueba de ADN podía resolver el enigma. Mientras tanto el juez me nombró tutora de la menor en representación del Estado y debía buscarle un hogar temporal hasta verificar su nivel de socialización y conocimientos. Suelo trabajar con una casa de primera acogida, los responsables son buenos profesionales y las instalaciones son acogedoras no dudando ni un momento internarla allí. El traslado fue difícil, pero no creó problemas mientras tuviera sus folios y sus pinturas.

Por desgracia no estuvo ni veinticuatro horas en ella, aprovechando un descuido nocturno se escapó. A pesar del aviso de emergencia inmediato la niña no apareció. Durante dos meses estuvimos buscándola tanto la Policía Nacional, como la Local o la Guardia Civil, por no hablar de la organización SOS Desaparecidos o voluntarios de la ciudad que rastrearon minuciosamente cualquier zona en donde podría haberse escondido. Era evidente que la pequeña tenía algún problema que no supe averiguar.

Los trámites en el juzgado quedaron parados hasta la aparición de la niña, continué con mi rutina de trabajo sin olvidarme nunca de Esperanza, no paraba de dar vueltas a los días en el hospital por encontrar respuestas a su huida. Desgraciadamente dichas respuestas las tuvimos cinco años más tarde, un hombre de paseo por el campo con sus perros encontró un cadáver en una caseta de obra, próximo a él una bolsa de tela contenía folios y lápices de colores, nuestra niña estaba a sólo kilómetro y medio del centro y no la supimos ver.

Una vez que el forense dictaminó que era Esperanza, solicité permiso al juez para tramitar su herencia; la indemnización del accidente y además la venta del piso de su madre y también el de la anciana que la cuidaba, nadie había reclamado su cadáver ni sus bienes. Era un acto que resolvía problemas en la comunidad de propietarios, ya que con esa venta pude cancelar las deudas de las dos mujeres. Con el resto contraté un bonito funeral y entierro en el cementerio, sepultadas las tres juntas hasta la eternidad, tal y como estuvieron en vida, en la lápida figuran los tres nombres con sus fechas de nacimiento y fallecimiento, para que al menos muertas dejen de ser ignoradas por la sociedad.

El juez me permitió gastar el resto del dinero en un nuevo sistema de seguridad en el centro de acogida y la compra de muchos folios y lapiceros de colores para los niños y niñas que por circunstancias difíciles de la vida tengan que pasar por allí.

Descansen en paz.

 

 

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Un crack - Esperanza Tirado

                                      Una roca se tira hacia atrás en un tiro de honda apuntando - foto de stock

 

 

 

Dominaremos juntos el universo, decía siendo niños, mientras tirábamos piedras a latas oxidadas con nuestros tirachinas caseros. A mi me entusiasmaba su valentía y le seguía a todos lados. Era el rey del barrio. Un crack, que diría mi nieto.

A día de hoy lo sigue siendo. Cada día hace planes para conquistar la cocina del centro donde estamos ingresados para llevarse el último yogur de arándanos. Y de paso, piropear a la encargada; que siempre le pone un poco de café de verdad en el desayuno.

 

 

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La patada del Cid - Marian Muñoz

                                               El Cid - foto de stock


 


Suelo leer mientras viajo en tren para aislarme del entorno, en esta ocasión soy incapaz pues mi mente no para de recordar imágenes, situaciones, risas y lugares en compañía del tío Eladio. El desplazamiento es para rendirle homenaje en su funeral y posterior entierro en el pueblo. Soy consciente de no ser bien recibido por mi familia, me da igual, tengo tanto derecho o más que ellos a estar presente y despedirme de mi tío favorito, sabiendo que soy también, bueno era, su sobrino favorito.

Una ley ancestral, no escrita, obliga a heredar a los hijos mayores el patrimonio familiar debiendo los demás abandonar el nido y buscarse la vida. Las chicas lo tienen fácil casándose con otros hijos mayores pero los chicos quedamos desamparados al cumplir la mayoría de edad. Mi padre era el mayor y cuando nací aún el hogar era de los abuelos. Soy el último de cinco hijos llevándome diez años con mi hermana Pilar que hasta entonces era la pequeña. Cuando comencé a caminar mi hermano Pedro tenía novia formal y antes de empezar a la escuela celebramos su boda. Al cumplir los seis bautizaron a mi primer sobrino y a los ocho el segundo, tenía más conexión generacional con mis sobrinos que con mis propios hermanos.

Tío Eladio era el segundón, aprovechó al terminar la mili para quedarse en Santander. Trabajó en una vinatería, luego en unos ultramarinos, dos años de camarero, lo que surgiera con tal de poder pagarse cama y comida. Gracias a su espabile entró de chico de los recados en una compañía de seguros en la que poco a poco fue escalando puestos hasta conseguir ser director de la firma en la ciudad. Cada uno de agosto llegaba al pueblo con su flamante coche, su traje caro, sus zapatos brillantes y un sombrero que le hacía parecer actor de cine. Traía regalos para todos, a los hombres puros o señoritas, a las mujeres perfumes, a la abuela lindas telas para hacerse vestidos o algún abrigo o tres cuartos, ya que debido a un accidente de niña le quedó chepa en la espalda y los confeccionados no le valían. A los niños chuches o algún juguete, pero a mí siempre me traía libros: Guillermo Tell, Ricardo corazón de León, Ivanhoe, Robín Hood o tebeos del capitán Trueno. Mientras mis amigos jugaban a indios y vaqueros o policías y ladrones, lo mío eran los caballeros con espada. Recuerdo el año en que una gran caja contenía una brillante capa y una espada de madera, durante mucho tiempo fui el más feliz del pueblo.

Al ser el ojito derecho de la abuela tenía habitación reservada, habitación que compartía conmigo al haber dos camas. En cuanto llegaba mudaba la ropa de señorito por la de trabajo y echaba una mano a los mayores en el campo, tarea que le fascinaba. De constitución más bien enclenque yo libraba de trabajar en la granja o de ayudar en casa pues era cosa de chicas. Tenía todo el tiempo del mundo para imaginar mil aventuras caballerescas en las que masacraba pájaros, lagartos, ratones o al pobre Pinche el perro del abuelo siempre atravesado en el corral, si fuera hoy me hubieran masacrado a mí los animalistas, ¡eran otros tiempos!

Mientras todos dormían la siesta Eladio y yo paseábamos por el pueblo contándome la historia de cada muro, cada capilla, cada casa, cada fuente o cada campo, historias que con el paso de los años se habían convertido en leyenda y las narraba como lo haría un juglar, para que perdurasen en la memoria colectiva. Uno de esos días subimos pueblo arriba y continuamos camino durante un buen rato hasta llegar al Hito, desde donde se puede contemplar una vista del valle en todo su esplendor. Mi pueblo esta en la meseta castellana y desde dicha altura se divisaban en pequeñito los pueblos de la vega, zonas con grandes cultivos y según contaba el tío con importantes ermitas y casas de hidalgos. En aquella ocasión lo que me mostraba era un trocito de leyenda que enriquece a los que allí vivíamos, “la patada del Cid”.

Contaba que el Cid Campeador no fue quien dio la patada, sino su caballo Babieca quien al tomar impulso para cruzar hasta la Peña Camesía dejó la marca de su pezuña. Le miré fijamente por ver si era una broma porque desde Hito hasta esa peña habría más de quince kilómetros de distancia por aire. Se rio de mi suspicacia explicándome que cuando los dinosaurios campaban a sus anchas las dos mesetas estaban unidas, eran una única tierra, tras la glaciación, la erosión del agua y algún que otro terremoto Hito y Camesía se separaron formando la hondonada del valle que veíamos abajo, afirmando que en tiempos de don Rodrigo Díaz de Vivar permanecían más cercanas, por eso pudo saltar de un páramo a otro. ¡Fíjate ahí! Me dijo, y efectivamente en la roca justo en el filo del abismo había una marca parecida a una coz.

A partir de aquel paseo comencé a investigar acudiendo a la biblioteca en los recreos, buscando libros de historia donde contaran vida y andanzas del Cid primero y de otros caballeros después. Dicho interés impulsó mis ganas de estudio y sorpresivamente fui el primero de la familia en ir a la Universidad. La carrera elegida fue historia ¡cómo no! Trabajé primero como interino en la facultad hasta que conseguí plaza de catedrático en Historia Medieval en Salamanca. En esa bella ciudad me instalé y formé una familia además de un circulo de amigos amantes de la caballería y las leyendas rurales. Nunca perdí el contacto con tío Eladio al que profesaba un gran cariño y admiración, siempre compartimos momentos familiares y festivos hasta su convalecencia y posterior fallecimiento.

Por aquel entonces hacía cuatro años que mi padre había muerto y como era costumbre en la familia mis hermanos renunciaron a su herencia, menos yo. Las leyes actuales me amparaban, no quería dinero ni tierras, tan sólo que mi hermano mayor reconociera mi derecho a ser heredero y ser hijo del pueblo. Hubo que pleitear y todos me negaron el saludo, todos menos mis sobrinos que al sentar un precedente ya no tenían que abandonar su casa ni su pueblo para poder vivir la vida que quisieran. No pude volver a la casa familiar, solicité la propiedad de una cuadra cercana a la era, aunque era pequeña fue suficiente para mis retiros veraniegos en la tierra que me vio nacer.

En el momento en que falleció la abuela el tío Eladio dejó de tener su hueco en la casa paterna, hay costumbres arcaicas que estarían fuera de uso salvo porque aún hay gentes interesadas en mantenerlas. El funeral y entierro fue triste y tranquilo, mi hermano mayor pretendió arrebatarme la herencia de mi tío, lástima que su esfuerzo por mantener la hacienda no le dejara ver la nobleza de carácter del difunto ya que donó sus ahorros al arreglo del camposanto e instalar placas por las calles donde brevemente informaban de las leyendas del pueblo.

A pesar de presentar alegaciones al proyecto, actualmente “la patada del Cid” desgraciadamente está bajo el asfalto de una carretera que une el valle con la meseta la cual recorren a diario quienes quieren ahorrarse minutos de viaje, la rapidez en las comunicaciones es vital en nuestra era.

 

 

 

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El que lo encuentre, se lo queda - Esperanza Tirado

                                           Macro de cerca de los niños manos pintando con rotulador. - foto de stock

 

 

Su padre es un tal José Luis. Me ha dicho su apellido, pero con media lengua es difícil entenderle. Y a su madre no la conoce. Dice que se fue. Ya veo, ese 'problema' se le hace un mundo a cualquiera. Y a una madre, más. Parece que se ha quedado tranquilo pintando con los rotuladores. Nunca falla, los entretiene y se olvidan de que están solos. Este centro comercial es enorme, una trampa para pequeños despistados y asustados. Ahora doy el aviso con su descripción por megafonía. Esperemos que el padre no haga lo mismo que su madre. Pobre criatura, ¿Quién lo acogería entonces?


 

 

 

 

 

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Exclusivos - Esperanza Tirado

                                              Cámara, Destello, Paparazzis, Racimo

 

Se apresuraron con el martillo y los clavos para rematar la empalizada de defensa. Ninguno sabía cómo manejar herramientas, a más de una se le partieron varias uñas. A punto del desmayo el tiempo apremiaba; sus vidas de lujo estaban a punto de desaparecer. Al otro lado, aún a lo lejos, se distinguía el polvo que agitaba un ejército de paparazzis, sedientos de una última exclusiva de verano.



 

 

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Una original despensa - Marian Muñoz

                                           Primer plano de una mano masculina abriendo un buzón - foto de stock

 

 

Estoy encantada con mi nuevo piso, es grande y luminoso además por el precio del alquiler anterior ahora pago la hipoteca y al terminar será mío. La desventaja es que si algo se estropea o desluce seré yo y no mi casero quien deba repararlo, además incluso duermo más tranquila. Los vecinos son gente mayor y estoy en el centro a un paso de todo tipo de comercios. Lo bueno es que me pilla a escasos cinco minutos del trabajo, tal es así que en el rato del descanso (desayuno que decimos entre nosotros) me acerco hasta casa a tomarme el café y picar algo, aprovechando para enchufar la olla eléctrica y cuando vuelvo de la jornada tengo el potaje recién cocinado.

Como el cartero pasa antes de mi tiempo de descanso nada más llegar al portal suelo abrir el buzón por si tengo alguna carta. Hace unas semanas encontré en su interior un pack de yogures ¿? El desconcierto fue total, dudo que fuese el cartero, ¡como diantres alguien puede llegar a meter unos yogures por tan exigua ranura! no me cabía en la cabeza. Mosqueada los cogí, miré la fecha de caducidad por si acaso, comprobando que estaban al día los subí a casa y los fui comiendo según cuadró. A la semana siguiente lo encontrado fue media docena de huevos ¿? No entendía nada, parecía una broma, decidí que había una cámara oculta.

Busqué por todo el portal algo que pudiera ser una pequeña lente, no vi nada hasta que fijándome observé justo enfrente de los buzones un cable con una terminación sospechosa. ¡La pillé! Comencé una perorata recriminando la indecencia de meterse en buzón ajeno y recordando la ley de protección de datos anunciando que les iba a demandar por daños y perjuicios a la propiedad intelectual como es mi correo. A todo esto, varios vecinos entraban o salían del portal mirándome con cara rara, supongo que parecería una chiflada, pero estaba convencida de haber pillado la cámara. Hasta que llegó Juani la del segundo y me pregunta que hago hablándole a un cable eléctrico. Respondo que no es eso sino una cámara que nos graba en el portal. Pide que me fije en el aplique de luz que hay al otro lado de la pared, pues es el gemelo al que estoy hablando, ya que al cambiarle la bombilla fundida se rompió la tulipa y están pendiente de comprar una nueva y volver a instalarla.

¡Tierra trágame! Estuve haciendo el ridículo delante de todo el vecindario. Se suele decir que las penas con pan son menos, pues con huevos ni te digo. Me los comí a pares porque eran muy pequeñitos. Dudaba si alguien estaba llenándome la despensa al verme cara de hambre, cosa rara porque soy más bien rellenita.

Cuando ya había olvidado el tema del intruso en mi buzón, un día veo llegar a Pacita, mi vecina de puerta, entra al portal y abre tres buzones, uno de ellos el mío, introduce en uno unas cebollas, en otro una bolsa de manzanas y en el mío un paquete de arroz. ¿? Le pregunto el motivo de hacer eso respondiéndome que tiene prisa para ir a Misa pues hay una cajera en el súper que es muy lenta y se le ha echado la hora encima, si sube a casa no llega a tiempo y por eso deja los alimentos dentro ya que los coge a la vuelta.

Por la tarde fui a hablar con ella sobre el tema ya que el anterior propietario de mi piso es su hijo quien se mudó a otra localidad, los otros buzones son el suyo y el de su hija médico que vive al lado, debido a sus numerosas guardias es la madre quien se encarga de recogerle la correspondencia. Ahora entiendo la razón por la que a veces llama a mi puerta para darme mis cartas, según explicaba se las meten en su buzón. Tengo que reconocer que es una despensa de lo más original y sospecho que tiene dicha costumbre desde hace tiempo, aunque no me había enterado. La visita la hice con un pack de yogures y media docena de huevos, explicándole que el buzón de su hijo ahora era el mío. Se disculpó, quería darme la llave suya, pero al contrario, le di yo la mía al haber cambiado la cerradura y estar más tranquila de que no volverá a pasar. Era muy extraño que alguien pudiera meter unos yogures o unos huevos por la ranura de un buzón de cartas.

El asunto se quedó ahí hasta que hace un par de días al abrir mi buzón me huele muy mal, miro y remiro, pero no veo de donde puede provenir ese hedor. Me surge una sospecha y en ese momento sale Adela del portal, otra vecina mayor amiga de Pacita, le pregunto si sabe algo de ella y me cuenta que hace unos días se cayó en Misa y la tuvieron que llevar al hospital de donde aún no había vuelto. Imaginé que tendría la compra todavía en sus buzones, recordé que en el otro juego de llaves aún no había quitado la vieja del buzón, como los tres tenían la misma, conseguí abrirlos y sacar la comida antes de que se estropeara más y manchara su correspondencia, la cual ni le toqué. Cuando vuelva le explicaré los inconvenientes de tener tan original despensa.

P.D. A veces la realidad supera a la ficción.







 

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Huecos - Esperanza Tirado

                                           Mujer, Soledad, Tristeza, Emociones

 

Entre el tanatorio y la oficina de objetos perdidos se quedó mi alma, vagando afligida, dando vueltas, buscando la tuya, hecha añicos por un camión sin frenos. En casa ahora queda un hueco tan grande, que la pena aumenta. Tanto, que las paredes están desapareciendo.

 

 

 

 

 

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