La patada del Cid - Marian Muñoz

                                               El Cid - foto de stock


 


Suelo leer mientras viajo en tren para aislarme del entorno, en esta ocasión soy incapaz pues mi mente no para de recordar imágenes, situaciones, risas y lugares en compañía del tío Eladio. El desplazamiento es para rendirle homenaje en su funeral y posterior entierro en el pueblo. Soy consciente de no ser bien recibido por mi familia, me da igual, tengo tanto derecho o más que ellos a estar presente y despedirme de mi tío favorito, sabiendo que soy también, bueno era, su sobrino favorito.

Una ley ancestral, no escrita, obliga a heredar a los hijos mayores el patrimonio familiar debiendo los demás abandonar el nido y buscarse la vida. Las chicas lo tienen fácil casándose con otros hijos mayores pero los chicos quedamos desamparados al cumplir la mayoría de edad. Mi padre era el mayor y cuando nací aún el hogar era de los abuelos. Soy el último de cinco hijos llevándome diez años con mi hermana Pilar que hasta entonces era la pequeña. Cuando comencé a caminar mi hermano Pedro tenía novia formal y antes de empezar a la escuela celebramos su boda. Al cumplir los seis bautizaron a mi primer sobrino y a los ocho el segundo, tenía más conexión generacional con mis sobrinos que con mis propios hermanos.

Tío Eladio era el segundón, aprovechó al terminar la mili para quedarse en Santander. Trabajó en una vinatería, luego en unos ultramarinos, dos años de camarero, lo que surgiera con tal de poder pagarse cama y comida. Gracias a su espabile entró de chico de los recados en una compañía de seguros en la que poco a poco fue escalando puestos hasta conseguir ser director de la firma en la ciudad. Cada uno de agosto llegaba al pueblo con su flamante coche, su traje caro, sus zapatos brillantes y un sombrero que le hacía parecer actor de cine. Traía regalos para todos, a los hombres puros o señoritas, a las mujeres perfumes, a la abuela lindas telas para hacerse vestidos o algún abrigo o tres cuartos, ya que debido a un accidente de niña le quedó chepa en la espalda y los confeccionados no le valían. A los niños chuches o algún juguete, pero a mí siempre me traía libros: Guillermo Tell, Ricardo corazón de León, Ivanhoe, Robín Hood o tebeos del capitán Trueno. Mientras mis amigos jugaban a indios y vaqueros o policías y ladrones, lo mío eran los caballeros con espada. Recuerdo el año en que una gran caja contenía una brillante capa y una espada de madera, durante mucho tiempo fui el más feliz del pueblo.

Al ser el ojito derecho de la abuela tenía habitación reservada, habitación que compartía conmigo al haber dos camas. En cuanto llegaba mudaba la ropa de señorito por la de trabajo y echaba una mano a los mayores en el campo, tarea que le fascinaba. De constitución más bien enclenque yo libraba de trabajar en la granja o de ayudar en casa pues era cosa de chicas. Tenía todo el tiempo del mundo para imaginar mil aventuras caballerescas en las que masacraba pájaros, lagartos, ratones o al pobre Pinche el perro del abuelo siempre atravesado en el corral, si fuera hoy me hubieran masacrado a mí los animalistas, ¡eran otros tiempos!

Mientras todos dormían la siesta Eladio y yo paseábamos por el pueblo contándome la historia de cada muro, cada capilla, cada casa, cada fuente o cada campo, historias que con el paso de los años se habían convertido en leyenda y las narraba como lo haría un juglar, para que perdurasen en la memoria colectiva. Uno de esos días subimos pueblo arriba y continuamos camino durante un buen rato hasta llegar al Hito, desde donde se puede contemplar una vista del valle en todo su esplendor. Mi pueblo esta en la meseta castellana y desde dicha altura se divisaban en pequeñito los pueblos de la vega, zonas con grandes cultivos y según contaba el tío con importantes ermitas y casas de hidalgos. En aquella ocasión lo que me mostraba era un trocito de leyenda que enriquece a los que allí vivíamos, “la patada del Cid”.

Contaba que el Cid Campeador no fue quien dio la patada, sino su caballo Babieca quien al tomar impulso para cruzar hasta la Peña Camesía dejó la marca de su pezuña. Le miré fijamente por ver si era una broma porque desde Hito hasta esa peña habría más de quince kilómetros de distancia por aire. Se rio de mi suspicacia explicándome que cuando los dinosaurios campaban a sus anchas las dos mesetas estaban unidas, eran una única tierra, tras la glaciación, la erosión del agua y algún que otro terremoto Hito y Camesía se separaron formando la hondonada del valle que veíamos abajo, afirmando que en tiempos de don Rodrigo Díaz de Vivar permanecían más cercanas, por eso pudo saltar de un páramo a otro. ¡Fíjate ahí! Me dijo, y efectivamente en la roca justo en el filo del abismo había una marca parecida a una coz.

A partir de aquel paseo comencé a investigar acudiendo a la biblioteca en los recreos, buscando libros de historia donde contaran vida y andanzas del Cid primero y de otros caballeros después. Dicho interés impulsó mis ganas de estudio y sorpresivamente fui el primero de la familia en ir a la Universidad. La carrera elegida fue historia ¡cómo no! Trabajé primero como interino en la facultad hasta que conseguí plaza de catedrático en Historia Medieval en Salamanca. En esa bella ciudad me instalé y formé una familia además de un circulo de amigos amantes de la caballería y las leyendas rurales. Nunca perdí el contacto con tío Eladio al que profesaba un gran cariño y admiración, siempre compartimos momentos familiares y festivos hasta su convalecencia y posterior fallecimiento.

Por aquel entonces hacía cuatro años que mi padre había muerto y como era costumbre en la familia mis hermanos renunciaron a su herencia, menos yo. Las leyes actuales me amparaban, no quería dinero ni tierras, tan sólo que mi hermano mayor reconociera mi derecho a ser heredero y ser hijo del pueblo. Hubo que pleitear y todos me negaron el saludo, todos menos mis sobrinos que al sentar un precedente ya no tenían que abandonar su casa ni su pueblo para poder vivir la vida que quisieran. No pude volver a la casa familiar, solicité la propiedad de una cuadra cercana a la era, aunque era pequeña fue suficiente para mis retiros veraniegos en la tierra que me vio nacer.

En el momento en que falleció la abuela el tío Eladio dejó de tener su hueco en la casa paterna, hay costumbres arcaicas que estarían fuera de uso salvo porque aún hay gentes interesadas en mantenerlas. El funeral y entierro fue triste y tranquilo, mi hermano mayor pretendió arrebatarme la herencia de mi tío, lástima que su esfuerzo por mantener la hacienda no le dejara ver la nobleza de carácter del difunto ya que donó sus ahorros al arreglo del camposanto e instalar placas por las calles donde brevemente informaban de las leyendas del pueblo.

A pesar de presentar alegaciones al proyecto, actualmente “la patada del Cid” desgraciadamente está bajo el asfalto de una carretera que une el valle con la meseta la cual recorren a diario quienes quieren ahorrarse minutos de viaje, la rapidez en las comunicaciones es vital en nuestra era.

 

 

 

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