Cristal oscuro - Esperanza Tirado

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Desde entonces mira la vida pasar sentada en su trono, su mecedora de maderas nobles. Que antes fue de su madre. Y antes de la madre de su madre.

Ordenó que los nuevos cristales fueran ‘lo más oscuros posible, como los coches de los políticos’.  Nadie tenía por qué saber más de lo necesario. De una familia comandada por mujeres de carácter, con dinero y poder. Mucho. Sobre la que corrían innumerables cotilleos en el pueblo.

Habladurías de la gente baja’, contestaban su madre y su abuela con altivez.

Desde que el accidente la dejó como una más de las flores marchitas que decoran la balconada de la casa familiar, observa sentada en su noble mecedora a la gente señalando hacia arriba, comentando y extendiendo los rumores.

Y les mira con desdén desde su atalaya, recordándose el singular poder que aún emana de su árbol genealógico.

 

 

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Topiaria - Marga Pérez

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Me siento a escribir con la energía del pendolista. Es más, me hubiese gustado ser una de ellos. Escribir para alguien que no sabe. Poner sus sentimientos, ideas y palabras en un papel con signos diferentes. Recuperar la caligrafía inglesa de pluma. La gótica del rey Jorge IV . Las cursivas. Las ornamentadas abarrotadas de filigranas… Y eso que lo mio es el campo. Me encanta podar.

Me siento a escribir pletórica. Verborréica. Colmada. Nunca cargada de razón, no vaya a pasarme como aquel que se llenó y se llenó de razón y ya no se pudo levantar.... Abro la ventana. Me siento frente al mundo . La radio me lo acerca sin que me tenga que mover. No me conformo con mirarlo. ¿Comprenderlo urge?. No hay nada como la radio. Oigo que aprendemos a ser libres obedeciendo ¡Cómo me cuesta! Igual es verdad. Me acuerdo de aquel vestido de mis once años. Horrible. Enseñaba el culo cada vez que subía los brazos. Acabé poniéndolo a la fuerza, no quedaba otra. Fue la única vez . No sé qué pasó con él. Estaba claro que el enfrentamiento no merecía la pena. Yo obedecí. ¿Seré más libre ahora?

Hoy las modas tratan de que formemos parte del rebaño. Que no pensemos. Que no nos rebelemos. El mundo nos hace temblar. Adelantarnos a los problemas no forma parte de las enseñanzas. Ahí están los incendios. Año tras año. Cada vez más virulentos. ¿No saben que se apagan en invierno?. Vamos en la dirección equivocada. Seguimos peleando. Hacerse uno más dentro de la masa es un modo de hacerse invisible. Ilusionismo social lo llamo. Estás pero no se te ve. Como el conejo en la chistera.

Estamos solos. Necesitamos creer en algo. A veces hace falta un buen subidón. No siempre sé cómo actuar. Trato de descubrir la otra cara de la luna. Escucho la radio. Tiro del hilo.¿Hay motivos para darse prisa?… las 11 en Canarias. Cualquier tiempo está equidistante de la eternidad. No quiero formar parte del rebaño. Espero que la suerte nos acompañe. Omara Portuondo. Noventa y dos años y sigue cantando. Con Tangana participa en “Te venero”. Yo no venero nada. Tampoco a nadie. Quiero ser justa pero suelo elegir la bondad. Aunque me cueste. ¡Ohhh! Recuerdos de la Alhambra… Qué época aquella : romanticismo, exotismo, sonido de agua, luz, paz…

Me siento a escribir pletórica, verborréica, colmada. Llena de palabras alegres. ¿Por qué salen historias tristes?. Pongo corazón en lo que hago. Practico el agradecimiento. Discuto conmigo misma. Dialogo. Creo que es el camino. Es más. Me han dicho que la entrada es libre. Que el poder significa supervivencia. Que tengo que desterrar de mi vocabulario la palabra culpable. Que no debo fiarme de una suposición. Que no debo prometer nada… Nunca podré escapar a tanta consigna. Sé que ya no queda nada para el descanso. Me quedo con la radio. No quiero recrearme en mis errores. “Buscaba el origen del mal y no encontraba solución “ San Agustín lo tenía claro. El pueblo necesita creer en algo. Oir a Omara Portuondo. El Concierto de Aranjuez. La suite de los juguetes del príncipe. A Pepa Fernández. Radio nacional. Cualquier cosa que nos entretenga. Que impida que pensemos demasiado.¿ Mantener el tipo? Pues éso. Cuantos menos kilómetros recorridos mejor para el planeta...Me cuesta salir, viajar, hablar. La cordura nos deja... La tierra mojada nos recibe… Es tiempo de poda.

 

 

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Aristas - Cristina Muñiz Martín

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La honda era una extensión de su mano. De manera innata sabía calcular el peso, la distancia y la trayectoria adecuada para dar en el blanco. Cogió una piedra cargada de impurezas. La colocó con cuidado en el trozo de cuero. Tensó las cuerdas. Disparó. Mi corazón recibió el impacto quedando roto en mil pedazos. Aún sigo viva, me decís. Sí, viva aunque muerta continúo deambulando por la vida hasta que el tiempo, o quizás algún experto cirujano, logren recomponer el puzle, aunque no sé si será posible encajar tantos trozos llenos de aristas.

 

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Huyendo de la mediocridad - Marga Pérez

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Cuando era pequeña creía que estaba llamada a ser algo grande. A menudo me lo decían mis padres, eran mis primeros fans, y yo, tonta de mi, me lo creí.

Crecí con ese convencimiento hasta que descubrí mis limitaciones. Me di cuenta enseguida, y sin ninguna ayuda, de que eran muchas. Supe entonces que por mucho que me esforzase sólo llegaría a mediocre. Fue doloroso. Desmotivante . Insoportable el seguir viviendo entre miradas de pena y decepción. No estaba yo para sufrir así que planeé con detalle cómo escaparía. No sabes cómo era, la mediocridad no entraba en mis planes, te lo aseguro.

En primer lugar tenía claro que mi familia no debía saberlo. Suicidarse no está bien visto, y, el qué dirán de amigos y vecinos los hundiría en la miseria. Siempre fue un tema tabú en casa. Se comentaba en voz baja entre aspavientos y un “fíjate… qué horror”... ¡No me lo perdonaría! Mis padres no se lo merecían. Jaime, mi hermano, igual si. Para él siempre había sido tonta ¡Cómo se reía de mi!

Me inventé una súbita euforia religiosa. Empecé a frecuentar las celebraciones de un grupo neocatecumenal que se reunía en la parroquia y allí conocí a personas estupendas, un poco piradas, éso si, pero estupendas. Se creían a pies juntillas lo del espíritu santo, decían que obraba en ellas maravillas ¡Menuda fe! Yo hacía como si realmente las obrase: cantaba, bailaba, reía, lloraba… pero no sentía nada en especial. Después de meses asistiendo a sus celebraciones saqué un billete de avión para Sevilla y ya allí informé a mis padres de que ingresaba en el convento del Palmar de Troya. Fue lo que se me ocurrió para que no me buscasen al no recibir noticias mías. Ellos lloraron al teléfono y trataron de disuadirme pero la decisión estaba tomada. Con el corazón en un puño me deshice del móvil y cogí un autobús. Tenía claro que quería morir en el mar. Despedirme de este mundo mirando una puesta de sol. En el sur. Inundarme de agua salada. Salir de aquí de mejor forma a como había entrado.

Me senté cerca de las dunas cuando encontré el sitio ideal. Mirando al mar, pero, mientras me preparaba para dar el paso, vi en la orilla a una mujer llegada como por arte de magia. Ya estaba ahí frente al mar e inmóvil miraba el horizonte bañada en luz y aire salado, como una aparición del más allá. La observé sin hacer nada más que observarla. No tenía obligación de nada que no quisiera y, en ese momento, observarla era lo que quería. Mucho tiempo estuve allí empapándome de su quietud... observando, diría entonces. No era joven. Tenía el pelo largo, casi blanco, flotando sin que ella hiciese nada por dominarlo. El vestido se le pegaba. La brisa del atardecer le marcaba el cuerpo. Al trasluz se intuía con bastante fidelidad el volumen de su desnudez. Entonces mi abuela me hizo sonreir con su “según una va entrando en años se va metiendo en carnes” que decía a menudo. Quizá aquella mujer me la recordó… Entonces sólo recordé el dicho. Hacía años que no pensaba en ella.¡ Quedé tan sola cuando se fue!… Algo dentro de mi hizo que me pusiese en pie y muy despacio fuese a su encuentro. A su lado supe muchas cosas. Que se llamaba Alma. Que vivía allí, en la playa, sólo a unos metros. Que todos los días se acercaba a la orilla a disfrutar con los colores de la playa: del amarillo amanecer sobre el agua, de los rayos del sol sobre las olas al romper en la orilla, del brillo dorado de la arena mojada, del azul intenso sobre el mar, del rojo violeta anaranjado con chispitas plateadas y doradas del atardecer … Supe también que se estaba quedando ciega. Que no se quería perder nada porque sabía que muy pronto todo eso de lo que aún disfrutaba sería oscuridad.

Alma tenía algo muy especial que me atraía. Sus ojos eran un remanso de paz, un bálsamo para mi corazón maltrecho. Su sonrisa abrazaba. Sus manos acogían. A su lado me sentía a gusto. Protegida. Ella necesitaba a alguien y yo no tenía nada que hacer . Pospuse mis planes para más adelante. No podía dejarla sola. Suicidarme podía esperar.

Llegué a esta decisión después de estar con ella varios días. Me instalé en su casa y juntas disfrutamos no sólo de la playa. Salimos a la ciudad, al rio, al monte. Yo era sus ojos. Nos sentábamos y le describía con detalle aquello que ya casi no distinguía. Disfrutaba como una cría mirando, descubriendo, distinguiendo, imaginando, saboreando, percibiendo… rincones parecidos y muy dispares. Hacía fotos de todo lo que me gustaba y, cuando no podíamos salir, las ponía en el ordenador, todo lo que la pantalla daba de si, y se las contaba. Acabé escribiendo historias inventadas por mi de aquellos lugares. Cuando estaba muy malina disfrutaba mucho oyéndome. Se las leía durante horas. Me decía que era mejor que estar frente a la tele. Por ella me acostumbré a mirar más allá de lo que se ve. A escribir pensando en hacerla feliz. Sabía que le gustaban las ternuras y entre colores vivos y paisajes exuberantes fueron saliendo historias que le dieron vida. Alguna vez vi alguna lágrima en sus ojos, siempre de emoción. No sabía lo que era estar triste. Ni cuando le tocó irse. Lo hizo con una sonrisa. Sabía que era el momento y lo aceptaba sin resistencia. Decía que alguien la llamaba, que una fuerza tiraba de ella . Alma, un día, me dijo que esa llamada era poderosa, que se iba a abandonar a su poder. Y con un gracias se dejó ir…

Después de su muerte volví a estar sola frente al mar. Había pospuesto mi huida y era el momento de tomar decisiones. Los años habían pasado y yo ya no era la misma. Lo que hice con Alma me había hecho a mi. Sin ella yo nunca hubiera sido la que soy. ¿Fugarme entonces? No había nadie de quien huir. Yo había sido mi única enemiga y

en la espera me reconcilié conmigo. En la espera me llené de amor... Me gusta en quien me he convertido. Todos los días me lo digo.Y como dice Eloy Tizón “Mientras estoy escribiendo no puedo morir” Ja ja ja, no lo he vuelto a pensar, Merce, te lo aseguro, no tengo tiempo.

Lo demás ya lo sabes. Vivo frente al mar, en la misma casa que vivía con Alma. Disfruto de la playa a tope e ir a veros me cuesta mucho, la gran ciudad me oprime, ya lo sabes.

Mira a ver si puedes sacar de aquí algo para la contraportada del libro. Mis padres ya no viven y saber estas cosas no les hará sufrir. Te adjunto los archivos con los últimos relatos que tengo preparados, ya me dirás si son dignos de ser publicados.

Espero que vengas pronto. Celebrar contigo las ventas me presta no sabes cuanto. Espero que el próximo libro tenga el mismo éxito.¡ Quien me iba a decir que llegaría a ser algo grande!…jajajaj

Ya charlamos con calma cuando estés aquí.

Un abrazo de osa.

Celia

 

 

 

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Al mar - Esperanza Tirado

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Recalificación lo llamaron unos. Especulación inmobiliaria lo etiquetaron otros. Una estafa como una casa, pensó el común de los mortales.

Incluido él mismo. Que, pagando peseta a peseta, había colocado los ladrillos de su casita de verano con su precioso balcón con vistas al mar, diseñado por sus compañeros del estudio de arquitectura. Desde allí veía el amanecer, desayunaba, leía a sus autores favoritos, ajeno al mundo. Una vez jubilado ese era todo su mundo; en el que disfrutaba de siestas y cenas con familia y amigos también jubilados, al arrullo de las olas del mar.

Hasta que una ola gigante, con apellidos legales y mucho barullo, burocrático y mediático, derribó sus sueños de calmada jubilación sentado en su maravilloso balcón con una buldozer.

Cada vez que mira al mar, recuerda su casita y su balcón, fagocitados por rascacielos que convirtieron su paraíso de playa, descanso y disfrute en familia en un mar artificial de cemento y cristal.


 

 

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Aunque falle - Marga Pérez

                                       Footpath through laurel forest, Anaga Rural Park, Tenerife, Canary Islands, Spain

 

Mucho tenemos que aprender de la naturaleza. De los animales. Caminar al compás de su latido. Buscar un punto intermedio entre todo y nada. Comprometernos.

Nos han dejado a la intemperie .Tenemos miedo. Arrastramos la niñez año tras año por miedo a abandonarla. Por miedo a envejecer. Rendirse no es una opción. Formar una sociedad sin viejos tampoco. Yo quería un corazón de abuela. Volar alto mientras sueño con ponerme en pie. Preferiría estar durmiendo. ¡Claro! No tener que optar entre mal y fatal. No quedarme con la euforia cuando lo que necesito se llama felicidad.

Lo que amamos no está lejos. Lo sabes. El miedo nos hace humanos. También. Huir, atacar, someterse, hacerse el muerto, son las estrategias de los animales frente al miedo. Nos hacemos los muertos esperando a que los lobos se vuelvan corderos. Confiando en que las almas se unirán en un susurro. Soñando con el cambio.

En silencio vivo para acostumbrarme al horror del maltrato. Atacamos. Lo primero es antes. Ya sabes, siempre es más tarde de lo que pensamos. Me duele lo que veo. Saber que una herida puede ser un lugar para vivir. Me irrita. Cuánta mujer invicta, ajada, conculcada, pertinaz, díscola, desfallecida e inquebrantable, vive con hambre. Vestida de domingo. Sin ser especial para alguien. Callada. Humillada. Maltratada. Ninguneada. Te odia quien no te puede manipular. Los demás te ignoran . Que siga como está. Anorexia como respuesta. Dejar de comer como castigo. Someterse. Castigarse comiendo demasiado. Mujeres del hambre. Redes sociales como alimento. Internet. Atacar. Alimentos para torturar, obligar, imponer, dominar. El futuro de las naciones dependerá de cómo se alimenten. La felicidad es cuestión de elegir. Y yo los lunes al sol mientras ellas alimentan para compartir, agasajar, enamorar… Es curioso que los niños que han sido abandonados les deja de gustar la comida. Que las ideologías sean alimento de las masas. Que hayamos vivido un año sin primavera. Que tengamos que deshacernos de la esperanza cuando nos impide avanzar. Oveja que bala bocado que pierde...pero el amor reemplazó a la espera. Como decía Tolstoi “La mejor dieta de un político es comerse sus palabras”. ¡Menuda indigestión! Pero lo imposible sólo tarda un poco más. Estoy convencido. Si no creyera con Kundera que el suicidio es un escupitajo en la cara del creador, lo propondría como solución global a tanto desatino. La estupidez insiste siempre. “Pintamos casas a domicilio”. Más de lo mismo. Me hago el loco cuando estoy entre locos. Seamos claros: Nada puede fallar si no hay un plan establecido...Amanece, que no es poco. La naturaleza siempre responde. Después de todo ella tiene la última palabra. Mucho tenemos que aprender de ella. De los animales. Caminar al compás de su latido. Buscar un punto intermedio entre todo y nada. Comprometernos. Si. Nos han dejado a la intemperie. También. Tenemos miedo. Si no hay un plan nada puede fallar. Decía Robert Capa que si una foto es mala es porque no te has acercado lo suficiente. Acercarse y saber mirar. Faltan gafas. Ganas.

Enseñanzas de los indios de la costa noroeste de los EEUU a sus hijos si se perdían en el bosque: “Detente. El bosque sabe dónde estás. Déjale que te encuentre.”

Sólo sabes lo que aprendes cuando vuelves a casa y mientras tanto...Que me entierren con la picha por fuera pa que se la coma un ratón. Gracias Robe, no podría decirlo de mejor manera. Tengamos un plan...

 

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Ellas - Esperanza Tirado

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Sonia leía tumbada en el césped espantando moscas con sus piernas morenas. Pauline soñaba en su hamaca con playas exóticas. Vanessa nadaba despacio, imitando a Esther Williams. Lolita chupaba su piruleta mientras miraba desafiante, al jardinero, a través de sus gafas en forma de corazón. 

Y él ya no pudo más. 

Había firmado un contrato en la piscina de la urbanización por tres meses. Un sueño. 

Pero ellas lo estaban convirtiendo en pesadilla. Cerró el grifo de la manguera y salió a pedir el finiquito.


 

 

 

 

 

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