Mi tragoncete - Esperanza Tirado

                                          

 




Mi tripa se hincha con el eco de cada ‘clinc clinc’ o cada ‘clonc clonc’. Mi tragoncete mágico de sueños futuros, me dice ella. Y yo respondo ‘oink oink’, cuando me recarga las pilas, que no siempre se acuerda, al sentir que una moneda de dos euros, reluciente y redondita entra hasta mi barriga.

Mi puesto está en la estantería, al lado de los tomos de la enciclopedia Espasa. Que nadie usa. Gracias a ellos sé lo que significa el ahorro en esta casa. En todas las acepciones. Y gracias a internet, el perejil de todas las salsas hoy día, sé mil cosas del ahorro; en todos sus aspectos, sean neologismos añadidos, correcciones, sinónimos y etimología.

La dueña de la casa, desde bien chiquitita, tuvo varios como yo. Entonces eran redonditos y de barro tosco, cocidos por las manos de su abuelo, primero, después de su padre. Ella misma metió en el horno a varios de mis antepasados. Que había que romper a martillazos para recuperar el tesoro que, con paciencia, se hubiera ido metido dentro. Con el primero vertió lágrimas. Tan duro trabajo para después acabar en pedazos. Pero de esos pedazos nació otro, y después otro.

Gastaba lo ahorrado en pequeños caprichos. Revistas, alguna prenda de moda, bolsos, chucherías varias. Aunque casi siempre dejaba algo para no empezar de cero.

Mantuvo esta sana costumbre hasta que se independizó. Trabajó jornadas dobles, ahorró mucho, lo que pudo en tiempos duros, rompió a martillazos tantos cerditos que podría haber puesto una granja para producir chorizos y morcillas. Pero de pensar en matar con sus manos a un animalito se estremecía. Sufría cuando tocaba juntar los pedazos que guardaban sus ahorros.

Después de penurias y ahorros se casó. Y mantuvo la costumbre de seguir ahorrando. Aunque tuvo que dejar de trabajar. Ahora era ama de casa y esposa. Su marido no apoyaba aquella idea. Ni la de la mujer trabajadora ni la del ahorro. Para él, urbanita, burgués, niño mimado, adulto engreído, un cerdo en casa era algo sucio, de baja categoría. Aunque fuera de barro, y no se revolcara en él. Las apariencias eran importantes. El dinero era importante y había que mostrarlo y gastarlo.

Y, así, aparentemente, vivieron felices durante unos años en los que el dinero iba y venía. Hasta que ese dinero, que ella veía convertido en fabulosos abrigos, lavadoras y frigoríficos último modelo, peluquería cada viernes, viajes cada fin de semana…, dejó de entrar por la puerta. Y voló a algún país lejano dentro de un maletín. Llevado por su esposo, que también dejó de entrar por la puerta de la casa conyugal.

Volatilizados esposo, hogar y dinero, recuperó viejas costumbres. La primera, la hucha de cerdito. La segunda, un trabajo para seguir sobreviviendo. Y sobre todo, una casa. Invirtió lo poco que había logrado ocultar a su marido en un piso modesto y asequible. En el que volver a sembrar lo que sus padres, tan trabajosamente habían conseguido en ella.

Hasta que un día notó que su barriga empezaba a hincharse casi tanto como la de sus ahorros. No tenía a quien recurrir; del padre de la criatura mejor ni acordarse.

Dejó el piso, debidamente pagado, y volvió a la casa familiar, ahora vacía. La enciclopedia Espasa seguía allí. Junto con miles de recuerdos de una vida, que valían más de lo que jamás ahorraría.

Siguió con la rutina del trabajo, del ahorro, de las visitas al hospital. A anotar en una libreta sus planes de gasto de la semana y a meter en la barriga de algún antepasado mío, alguna moneda o un billete de cien pesetas.

Los pañales, los biberones, las enfermedades infantiles,… le costaron muchas noches sin dormir y muchos congéneres hechos añicos.

Con el tiempo llegaron nuevas rutinas de ahorro. Y nuevos materiales. Las libretas del banco vinieron, nos hicieron compañía y un día se fueron.

Ahora somos dos. Pero mucho más modernos. Aunque nos den martillazos no nos rompemos. Somos de metacrilato, o algo parecido. Eso no viene en la enciclopedia, sí en internet. Abrimos y cerramos el morro y sale todo lo que se ha metido por nuestra espalda, con un sonoro ‘oink oink’.

Lo que no ha cambiado es el sitio que ocupamos en la estantería, en la balda junto a la enciclopedia; y, sobre todo, en el corazón de nuestros dos soñadores. En su pequeño también ha brotado y florecido esa sana costumbre.

Y cada vez que meten una moneda dentro de alguno de nosotros, resuenan ecos de bonitas historias, llenas de deseos de futuro que alguna vez pudieron ser. Y aunque muchas fueron como las cuentas de la lechera, las monedas siguen cayendo con ilusión dentro de la hucha de cada uno.

-Para el futuro, que nunca se sabe.

-Mamá, ¿Te has acordado de ponerle las pilas?

-Oink, oink.



 

 

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La chupona - Cristina Muñiz

                                       Bolsillos, Vacío, Vaqueros, Sin Dinero


Ahorro, divina palabra que a todos nos gusta y tan solo unos pocos agraciados por la diosa fortuna huelen. Ahorro es igual a ingresos menos gastos. La teoría me la sé, en cuanto a la práctica… Mi madre me dice que si voy echando unas monedas en un bote cada vez que me acuerde, aunque sea poco, pronto se convertirá en una cantidad que me permitirá algún capricho. Yo lo intento, pero mi bote sigue vacío. Si acaso, duermen en él unas pocas monedas desde principios de mes hasta el día veinte más o menos, que es cuando mi cuenta del banco queda a un euro que no saco para que no me desactiven la cuenta y en mi cartera guardo diez euros por si me surge un imprevisto, que no sé que les pasa a los imprevistos que siempre aparecen como si los hubieran programado para atracarte todos los meses. Y hablando de atracos, es ver los movimientos de mi cuenta en el banco y sentir como si me persiguiera una banda de delincuentes a los que hasta les veo la cara. Si es el recibo de la luz veo a fulanito de tal, no voy a decir nombres por si me meto en un follón judicial; si es el del agua o de la basura veo la cara de mi alcalde, sin nombre por supuesto; y qué decir de la hipoteca, ahí me salen un montón de caras de esas sonrientes y más bien viejunas y regordetas que hasta parece que se ríen de mí. Y qué cosa, nunca los he visto así pero en mi mente aparecen con pañuelo a la cabeza y trabuco, no me explico el po qué. Y es que el ahorro y la economía vienen a ser la misma palabra en sentidos opuestos. Y pensando en la economía, así a nivel general, me viene a la cabeza la chupona, una de esas a las que mi comunidad tiene que recurrir de vez en cuando porque los vecinos tiran al retrete algo más que m… Sí, porque al fin y al cabo, la economía esta llena de m… en forma de números en cuentas bancarias que no son las de la mayoría de los ciudadanos y qué decir de la mía. La economía es esa chupona que saca dinero y dinero y más dinero de cualquier rincón hasta dejar los bajos fondos vacíos ¿qué redundancia no? para depositarlo en los fondos, ya aquí sin altos ni bajos, los fondos de inversión se llaman, y en las multinacionales y en las fundaciones y en las cuentas con números supercalifragilisticosespialidosos de un buen número de personas, o parásitos según se piense, que viven a costa de todos los demás. Bueno, esa es una idea que me acaba de salir para justificar mi falta de ahorro aunque mi padre dice que no me queje que si hubiera estudiado lo que él me decía otro gallo me cantaría. El caso es que a mi tampoco me hace falta un gallo que me cante sino una gallina que ponga huevos y sin falta de que sean de oro, con que sean huevos de tamaño normal me valen. Bueno, creo que ya me desahogué un poco pero es que acabo de comprobar mi cuenta del banco en el que me queda, como casi todos los meses, un miserable euro. Ay, todavía estamos a veinte y en el bolsillo llevo, justo justo, cincuenta y cinco euros con treinta y dos céntimos, o lo que es lo mismo cinco euros con cincuenta y tres céntimos diarios si me pasan la nómina el día uno, que esa es otra. Voy al súper a ver si me apaño con una de esas cestas de ahorro que están ahora tan de moda. Porque lo de ir a comer a casa de mi madre paso que allí también está mi padre y no hace más que darme la cantinela con los dichosos estudios. Él quería que fuera ingeniero de telecomunicaciones nada menos, pero a mí lo que me tiraba era el teatro, ser actor, interpretar otras vidas y salir a recibir los aplausos del público, aunque lo único que recibo son las críticas de mi padre, los pedidos de las mesas de un bar de barrio y unas escuálidas propinas, además, eso sí, de los tapers que mi madre me da a escondidas. En fin, como podéis comprobar el ahorro y yo no tenemos una buena convivencia.

 

 

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Ahorros - Marian Muñoz

                                                 Hucha, Dinero, Ahorros, Financiero

 

 

 “Ahorra, ahorra, ahorra, por si vienen mal dadas”, decía la doña. Mal dadas es lo que he tenido desde mi nacimiento, diez bocas que alimentar en una pequeña granja a la fuerza pasaba hambre. Para aliviarla mi madre llevó a servir a mi hermana Laura a casa de unos primos y a mi dónde tía Remi. No era tía precisamente sino prima segunda de mi abuelo, pero era una forma más cercana de llamarla.

El trato era asistir a clase hasta los dieciséis y posteriormente trabajar en la casa por un sueldo. Cierto que fui a un colegio cercano, las compañeras se burlaban continuamente de mi forma de hablar o de moverme, rechazo que intentaba superar estudiando con ahínco, si bien resultaba harto difícil debido a que al salir de clase la doña me ponía un trapo en la mano o la escoba y a limpiar todas las habitaciones, después me enseñaba a planchar, coser, cocinar, incluso comprar en los comercios de alimentación, siempre en su compañía. Cuando terminaba todas las tareas, que no me pagaba porque al estar aprendiendo debía ser yo quien lo hiciera, se acostaba y entonces era cuando a la luz de una vela conseguía hacer los deberes o memorizar las lecciones.

Menos mal que al colegio tuve que ir con uniforme, porque al estar creciendo heredaba su ropa de cuando era joven, ropa vieja muy gastada y pasada de moda. Avergonzada caminaba tras ella para ir a la iglesia o acompañarla al casino mientras merendaba con las amigas y desde una esquina contemplaba la ingente cantidad de pastelitos que comían. Sólo se cocinaba una ración, la suya, y lo que le sobrara era mi menú del día. Pronto empecé con disimulo a incluir una patata o un trozo de verdura de más en el puchero, así al menos podía alimentarme y no seguir pasando hambre como en la granja.

A pesar de ser viuda no vestía de negro, tiesa como si hubiera tragado el palo de una escoba, huesuda de piel cetrina, su nariz daba al rostro imagen de ave rapaz. Siempre gritando con voz chillona decía que debía educarme para ser buena trabajadora doméstica. Más que trabajadora era esclava al estar veinticuatro horas a su servicio, ni siquiera me dejaba dormir pidiéndome agua, abrir o cerrar la ventana o poner una manta encima por el frío. Un agobio de mujer, lo único positivo tener habitación propia con cama mullida y un techo donde no pasar frío. Me enseñó modales para atender las visitas o los encuentros ocasionales en la calle. Presumía de tratarme como a una hija, algo que no reconocía recordando todavía el comportamiento cariñoso de mi madre. Cuando cumplí los dieciocho comenzó a darme una paga, siempre decía “ahorra, ahorra, ahorra, para cuando vengan mal dadas”. ¡Cómo no iba a ahorrar si no salía de casa nada más que en su compañía! Una vez al mes íbamos al banco, ella entraba y yo la esperaba en la puerta, al regresar a casa se encerraba en su habitación después de ordenarme hacer algo en la cocina, al otro lado de la vivienda.

Los años fueron pasando y sus achaques aumentando, no volví a tener contacto con mi familia ni con compañeras de clase, un saludo esporádico con vecinas al cruzarnos en el portal o algún guiño cómplice con el hijo del charcutero, esas eran mis relaciones sociales. Empezó a cansarse mucho y a visitarnos a menudo un médico amigo quien me indicaba como cuidarla o que alimentación darle, pero a pesar de todo, en mitad de una noche, se murió. Fue el galeno quien avisó a sus hijos ¿hijos? En todo ese tiempo ninguno había aparecido por allí ni tampoco ella los mencionó, pero fue un alivio no tener que ocuparme del funeral ni del entierro, aunque sí de atender a todo el que quería dar condolencias a los familiares. Apenas tuve tiempo de asimilar lo ocurrido debido al trajín de aquellos días, pero en cuanto se enterró los hijos iniciaron una búsqueda desesperada por la casa de algo que no encontraban, finalmente me preguntaron si conocía donde su madre guardaba los ahorros y las joyas, lógicamente respondí que no. Fueron hasta mi habitación que también registraron en malos modos y encontraron mis ahorros, no eran muchos, pero con un gesto triunfante dijeron que debían ser los de su madre y pretendía robarlos.

Sollozando respondí que era mi paga, que ella me lo había dado mes a mes y eran míos, que no tenía idea de joyas o dinero de la doña, pero no atendieron a razones, dándome un día para largarme de allí. Desesperada no sabía qué hacer, un llanto sucedía a otro y un dolor inmenso me embargaba, no merecía aquel trato ni que me robaran lo que era mío, estaba claro que actuaban con maldad, aunque no me extrañaba después de haber convivido con su madre. Tenía miedo que me denunciaran por ladrona así que metí mi ropa y objetos personales en un par de bolsas de basura, y me acosté sin poder dormir aquella noche.

Al día siguiente llegaron temprano y al ver las bolsas de plástico negras dijeron a gritos qué era lo que robaba en ellas, las rasgaron y volcaron en la cama comprobando que sólo era ropa vieja, nada más. Tras un tira y afloja les conté que nunca había tenido bolsa o maleta y usé lo primero que se me ocurrió. Avergonzados fueron a la habitación de su madre y de encima del armario cogieron una vieja maleta llena de polvo, la pusieron encima de la cama y metieron en ella todas mis cosas. Tras cerrarla me ordenaron irme. Me quedé sentada y llorando a la vez que objetaba no tener dinero para volver a mi casa porque ellos se lo habían quedado. El hijo sacó del bolsillo un billete, arrojándomelo se marcharon. Unas horas después salí de la casa para no volver, en el portal me encontré con una vecina quien al verme tan desesperada me llevó a su piso y tras contarle parte de mis cuitas me acompañó hasta la estación de autobuses, así fue como dejé atrás mi primer trabajo de sirvienta.

Diez años sin contacto son muchos años y para mi familia era una extraña, los abuelos habían fallecido, de mi hermana Laura tampoco sabían nada y conocí a una nueva hermana. Los chicos uno casado y los otros con novia se encargaban de la granja junto con mis padres aún así ni yo llevaba dinero ni ellos tenían suficiente para mantenerme. Me afané en buscar trabajo en el pueblo justo en el momento que el párroco necesitaba alguien que cuidara de él y de su madre. Mi experiencia como doméstica la supieron apreciar y durante tres tranquilos años les atendí con cariño. No dormía en la parroquia por temor a las malas lenguas, pero ambos eran buena gente pagando puntualmente y mucho mejor que tía Remi. La madre finalmente tuvo que ser ingresada en una residencia y el cura pidió el traslado para estar cerca de ella, por lo que nuevamente me vi sin trabajo.

Aquel tiempo habitaba una esquina del pajar de casa, un jergón y dos sillas eran mis compañías, ante esta nueva situación decidí emigrar al sur, allí habría muchas ofertas, total no tenía nada que perder. Decidí que con los pocos ahorros de que disponía me compraría ropa más decente y tiraría la de doña, en todo ese tiempo no había podido deshacer la maleta y me puse a la tarea. Sacando una chaqueta de perlé, amarillenta por la antigüedad, se enganchó en una cremallera, ni siquiera sabía que la había ni cuál era la utilidad porque debajo sólo estaba la estructura metálica de la misma. Se me ocurrió abrirla y ¡cielo santo! Allí había muchos billetes, y joyas también, eran los ahorros de tía Remi, me sentí ladrona, culpable de tenerlo, pero poco me duró el sentimiento porque nadie, nadie sabría jamás que todo aquel capital estaba allí. Volví a guardarlo sacando un billete por ver si era de curso legal. Sí, sí que lo era y con él me compré algo de ropa y una maleta nueva. Al día siguiente cogí el tren para Málaga, con aquellos ahorros tenía para tirar una buena temporada, eso sí las joyas sólo enseñar las más discretas ya vería qué hacer con ellas.

Enseguida encontré trabajo en un hotel modesto, compré apartamento en una zona tranquila y llamé a mi hermana pequeña para vivir conmigo, no quería que la pusieran a servir como a las demás, hambre no íbamos a pasar y debía tener opción de ganarse la vida como ella quisiera. Al principio siempre andaba con miedo a una posible denuncia por robo de los hijos buitre, pero con el tiempo comprendí que ni ellos sabían lo que su madre había hecho con sus ahorros, les está bien merecido por haber robado los míos.




 

 

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Síndromes - Esperanza Tirado

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Su reflejo le espera, impaciente, como un gemelo malencarado, en la pantalla titilante de su portátil. El síndrome del impostor le impide avanzar por la página en blanco. También la ELA galopante que, en unos meses, le ha dejado las manos inservibles, como garfios. Sueña con ser Peter Pan; qué gran síndrome. Aunque lo intenta, volar fuera de ese cuerpo aprisionado en una silla de ortopedia, llena de cables, poleas y cinturones es imposible.

El síndrome del paciente impaciente, lo denominaba su esposa cuando aún no sabían nada, y aún podía teclear un futuro lleno de historias. Ahora su paciencia con la vida se agota.

 

 

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Un rayo de sol - Dori Terán

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 El cielo gris plomizo añadía tristeza y pesadez al día que se presentaba como un reto incierto y oscuro. Ana salió de la casa paraguas en ristre para guarecerse de la más que posible lluvia amenazadora. Todo el aquí y el ahora evocaba un desafío. -¿Voy a ser capaz de decir todo lo que siento?-pensó Había pasado la noche en vela imaginando mil escenas de la conversación que pretendía. Jaime iba a ser descubierto delante de su mujer. Estaba dispuesta a informar a esa señora quien era y qué sentía en verdad su marido. Dos años de amantes y de promesas vanas. -Ana amor mío, voy a pedir el divorcio, te lo prometo. Eres la razón de mi vida. Tu y yo juntos toda la eternidad.

La larga espera por el cumplimiento del acalorado ofrecimiento habían llenado los días, las horas, los minutos de la vida de Ana de una profunda desilusión y un enojoso cansancio. -¡Se acabó el plazo don Jaime!. Hoy mismo me presento en tu casa y le cuento a tu señora la aventura apasionada que estamos viviendo. No la conozco más que por tus referencias. Ya sé que es una arpía fea, desidiosa y gruñona. Si eso es lo que te intimida para contarle lo nuestro, hoy voy a ahorrarte el trabajo.

Cuando Ana llamó a la puerta, se alisó el cabello mientras esperaba y su cara hizo un mohín decidido y firme. Le abrió una mujer joven, bella muy bella. Una dulzura angelical iluminaba todo el ovalo de su cara y de sus ojos claros se desprendía una mirada luminosa que invitaba a la paz. Nerviosa y un poco atorada Ana susurró- Buenos días, soy amiga de Jaime, ¿puedo pasar?. Con una encantadora sonrisa le contestó- por supuesto- mientras con el brazo le hacía el gesto de adelante al tiempo que girándose llamaba a su marido.

La condujo a un saloncito coqueto y fino y la invitó a sentarse mientras ella salía en busca de Jaime. Ana díó un traspiés antes de posarse en el sofá. Un sonido metálico retumbó leve en la estancia, había pisado algo. Miró con curiosidad y sorprendida vió un sonajero de tres campanillas de colores. Una comprensión repentina alumbró, en su cabeza ¡había un hijo! .

Y al mismo tiempo aparecieron los tres, Jaime con una preciosa niñita en los brazos y su esposa y madre de la criatura. Ana a pesar del temblor y la indignación que la embargaba, se dio cuenta de la palidez en el rostro de Jaime. Un rayo de compasión por aquel bebe y su madre, un asco insufrible por aquel esposo y padre, se instaló en el corazón de Ana y con calma y firmeza mirando a los ojos a Jaime, fraguó una excusa falsa y determinante.- Me voy de viaje y quería devolverte el libro que me prestaste. Muchas gracias Jaime. Me ha gustado mucho.

Abrió el bolso que colgaba de su hombro y sacó el libro que había comprado ayer y aún reposaba allí. Jaime lo cogió, miró el título, “El peligro de estar cuerda” Rosa Montero. De sus mirada emanó un “me doy cuenta” avergonzado y huidizo. Su esposa se acercó curiosa mientras decía- No sabía que lo tenias Jaime. Es muy atractivo, lo leeré.-

Ana se despidió con una sonrisa forzada, con una carantoña a la pequeña y dándose media vuelta se enjuagó una lágrima. Ya en la calle, dio rienda suelta a un llanto salado que le escocía en las mejillas.

El dolor del engaño se mezcló con la gratitud por el conocimiento de la verdad. Miró al cielo y le pareció ver como una nube se abría dejando paso a un rayo de sol.


 

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Memorias del tiempo - Esperanza Tirado

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Con la neogeneración de SuperbotsXPRO todo funciona de modo exacto.

Cada tarea está cronológicamente medida y adaptada a las funciones de cada individuo.

Ya nadie protesta ni estira su media hora de descanso.

La lluvia llega en tiempo y lugar, a cada rincón del planeta donde es necesaria. Los alimentos son cosechados, facturados, seleccionados y repartidos entre las colonias de humanos que aún permanecen en las zonas rojas de vigilancia.

Los más mayores se quedan en la retaguardia, bien dentro de sus habitáculos o en salas comunes para tareas de segunda clase, de menos esfuerzo. Ellos aún conservan recuerdos de otros tiempos; a través del boca a boca han llegado hasta este periodo incierto detalladas descripciones de relojes, calculadoras, sonajeros o lapiceros. Pero nadie ha visto ni uno de esos aparatos. Y, menos aún, saben cómo usarlos.

Todas las costumbres de aquel tiempo quedaron enterradas entre los millones de terabytes compilados en los mega-archivos subterráneos, tras el suicidio del último de la estirpe de los guardianes de contraseñas.

Su negativa a la implantación de megachips de memoria dentro de su organismo fue un acto de valentía. Además de las contraseñas, guardaba su parte de fe en la humanidad.

 

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Quién dijo miedo - Marga Pérez

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Papá grita. Mamá le contesta más alterada que de costumbre. Yo agito nerviosa el sonajero frente al berrido incansable de mi hermano…¡ qué dolor de cabeza! y, mañana, examen ¿cómo estudio?

La lluvia empieza a caer sin ganas pero enseguida suena en la ventana como si fuera a entrar. No esperaba que fuera a haber tormenta. Me dan miedo. No esperaba relámpagos ni truenos. Ni tantos ni tan fuertes ¡Menudo tormentón! … Cuando pasa dejo de oír los gritos de papá. Los de mamá se habían apaciguado. Mi hermano, sin más, se quedó dormido. ¡Puedo estudiar! ... Se fue el dolor.


 

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Swahili - Marian Muñoz

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Verano de mis dieciocho años, voluntariado en un poblado perdido del África profunda, hambruna y enfermedades causadas por una pertinaz sequía. Una tarde todos se dirigen a una explanada cercana, rodean en círculo al chamán de la tribu sentado en cuclillas. Comienza un cántico repetitivo primero en susurros y luego más alto. Al levantarse y dar unos pasos de un baile ritual apreciamos que viste sombrero caribeño de paja y una capa de plumas, de la cual saca un sonajero que agita mientras danza y canta. Me entró tal ataque de risa que me alejé rápido para no pecar de irrespetuosa. Aquella noche cayó suficiente lluvia para cubrir la charca cercana donde bebían los animales, regar la pequeña huerta de la comunidad y llenar los aljibes.

Regresando al hogar el sol calentaba las aceras y el interior de las casas, provocaba incendios y escasez en los pantanos, había que arreglarlo. Sustraje un sonajero al bebé del segundo y con una boa de plumas y la pamela veraniega de mi madre fui al descampado detrás de casa, estuve cuatro días probando sin éxito, se ve que mi swahili no es tan bueno. Ahora estoy intentando explicárselo al médico de guardia en el ala de psiquiatría del hospital.

 

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El buzón - Dori Terán

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Andrés llegó sudoroso al pie de las altas rocas. Nervioso. María le había contado con pelos y señales como Ana había trepado por la empinada falda del macizo con agilidad y ligereza hacía ya dos horas. Salió disparado sin pensarlo más. ”Esta loca va directa al buzón” pensó. La montaña se alza con poder y majestuosidad rodeando el pequeño pueblo. Su perfil caprichoso dibuja la silueta de dos camellos que mirándose de frente se dan un beso y el espacio que separa sus cuerpos arrodillados tiene el contorno casi perfecto del mapa de Africa. Los ojos de los turistas se quedan prendados en el conjunto mientras reflexionan como la naturaleza ha podido esculpir obra tan perfecta y bella. Se les escapa que el viento el sol, el agua de la lluvia, el frio del invierno y los calores del verano son el mejor cincel, las herramientas más puras para este trabajo. Amén de las raíces vegetales de arboles y plantas, las comunidades de hormigas, abejas y otros insectos, el vuelo de los buitres y águilas que allí anidan, las ardillas, los jabalís, los corzos, las culebras y serpientes y tantas y tantas otras vidas que aportan su arte. Andrés recuerda muy bien el periodo en que Santiago fue el alcalde de Urbel. Fue entonces cuando por y a votación popular se decidió instalar un pequeño buzón en lo más empinado de la cabeza del camello macho. Que es el más alto y fornido y carece de la dulzura chica de la hembra. -”Cuando alguien se decida a subir, podrá dejar en el buzón los mensajes que su corazón le dicte ante la visión de nuestro pueblo desde el cielo” argumentó Santiago. Y así, ayudados y asesorados por picadores expertos en clavar en piedras y en equilibrios, quedó prendido con firmeza el pequeño buzón. Cuando el sol se cuela por el mapa de Africa, deja escapar un rayo sobre el buzón y desde abajo brilla de forma intermitente como si mandase un mensaje. Ana camina muchas tardes de la mano de Andrés, enamorados, soñadores. En Setiembre celebrarán su boda. Hace un tiempo ya que la mirada de Ana se escapa durante el paseo al guiño brillante que el buzón le hace. Siempre le guiña, siempre, aunque no haya sol, aunque madrugue la luna o las nubes cubran el firmamento.-“Me llama” imagina Ana. Y la obsesión se apodera de su mente y de su conversación. –“Tengo que subir” le dice a Andrés. Y este pone el grito en el cielo y trata de disuadirla con mil argumentos…”que si es peligroso, que si está demasiado alto, que si un buzón no te llama de ninguna manera, que si es para escaladores..." ” Pero Ana no escucha. Es joven, decidida y experta en dificultades. No tiene miedo, se ha criado en Urbel y recorrido mil veces sus caminos de cabras. Tendrá que arriesgarse a subir sin que Andrés lo sepa, ¡¡está tan impertinente con el tema!!. Y hoy es el día. Andrés enjuaga su rostro con un pañuelo y muy inquieto se estira, se da la vuelta, vuelve a girar…Trata de divisar a Ana, de encontrarla. Decidido en su empeño escala una altura más para llegar al buzón. Y si, allí está su Ana con el buzón abierto y un papel en la mano. Andrés tiembla. Ana le mira y muy pausadamente lee en voz alta lo que pone el papel. –“ Hoy siete de Agosto de 2023 dejo constancia de este recuerdo que me acompañará siempre, entregué mi virginidad a mi amor imposible Andrés. Los camellos del beso eterno son testigos. Maria”. Ana sin más gesto que la indiferencia suelta la nota y comienza a descender por la pendiente ladera. Andrés petrificado maldice al buzón.

 

 

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