Supongo que algunos hábitos se heredan sin querer. Mi padre tenía la manía de ordenar todo por colores: calcetines, libros, corbatas, bolígrafos, zapatos, camisas... Hasta las galletas del desayuno. Esas iban además de por colores, por formas y tamaños. Y las que tenían guindas iban en un bote aparte.
Decía que así la vida era más fácil.
Yo me reía… hasta que un día me descubrí separando los caramelos por tonalidad antes de comérmelos.
Ahora no puedo parar: el arroz blanco va con el plato blanco, el café oscuro con la taza negra. Los huevos, fritos en su sartén amarilla, y servidos en su plato de idéntico color. Sin kétchup, menudo sacrilegio. Y si el mantel no combina con el pan, no como.
Ayer casi lloro porque el semáforo estaba en rojo y mi coche es azul.
Estoy pensando en pintar el perro de verde para que haga juego con el jardín del vecino. Pero primero he de averiguar cuál es su color favorito.

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.