El pasado no acaba nunca - Marga Pérez

                                          Sütterlin, Escritura A Mano, Tipografía



La gente cree que me crié en una familia feliz. Hubo un tiempo en que yo también lo creía. Parecía feliz, éso si, lo admito. Era una familia acomodada que vivía en lo mejor de Madrid, en una casa fantástica con jardín y servicio doméstico . La posición familiar merecía todo tipo de comodidades. Mi padre era un militar de alta graduación y, por lo que supe más tarde, afín al régimen del generalísimo. Su cargo debía de ser de mucha responsabilidad porque muchos días me acostaba sin que él hubiese llegado. Siempre estaba reunido o de viaje . Mi madre tenía otras responsabilidades, según ella, sociales: El ropero de san Antonio, Cáritas, María de los sagrarios… y un largo etcétera que poco a poco dieron paso al club de tenis y al de golf. Allí compaginaba la práctica de ambos deportes con comidas, cócteles, fiestas y juegos de mesa. Siempre tenía algo que hacer pero nunca sabíamos el qué ni el dónde. Menos mal que estaba Paquita, la tata que ya fuera de mamá, que suplía con creces su ausencia. Era como la abuela que no tenía . Paqui, como yo la llamaba, era mi tabla de salvación. Siempre estaba cuando necesitaba oídos, abrazos, caricias, pasteles o un vaso de leche caliente cuando ya todos dormían. Pero no era mi madre. ¡Me sentía tan sola! Con seis años les pregunté que por qué no tenía hermanos, mis compañeras del colegio los tenían ¿por qué yo no? Entonces era muy pequeña para ver en sus ojos todo lo que ocultaban y que después, poco a poco, fui averiguando.

Necesité mucha terapia para entender que los dolores de barriga, el no querer ir al colegio, la timidez y el miedo a estar sola venían de lo mismo. Cuando empecé a devolver tras las comidas, y a adelgazar, Paqui se preocupó mucho y animó a mamá a que me llevase al médico. Si no fuera por ella igual ni se habría dado cuenta. Yo ya no podía con los huevos, como ella exclamaba. Era una expresión que sólo ella decía y con la que había recibido una bofetada de mi padre, la única, que yo recuerde. Quedé petrificada ante las miradas silenciosas de sus amigos. Sólo tenía ocho años y no entendía nada. Papá quería que tocase el piano ante la expectación de todos. ¡Qué vergüenza! No se me ocurrió mejor disculpa “es que no puedo con los huevos”… Aprendí que éso no podía decirlo en público, sólo con la tata. Ella y yo nos entendíamos. Aquel día no toqué el piano y me tuve que ir a la cama sin cenar. Antes de tener puesto el pijama Paqui ya me había subido un cola-cao con un bollo suizo. No pude reprimir las lágrimas. Entre sus brazos sé que me quedé dormida. Cuando desperté ya la tenía a mi lado contándome historias de cuando ella era pequeña. ¡Era genial! Cuánto la eché en falta cuando murió. No lo vi venir. Creí que era un catarro sin más, o que, como otras veces, no podía con los huevos y tenía que estar en la cama. Así, sin darle más importancia, se fue y me dejó sola. Pero sola, sola. Aquí ya vi que la familia empezaba a hacer aguas. Y a los dos años, cuando murió papá, comprobé que el boquete que había abierto la ausencia de Paqui, se agrandaba peligrosamente. El agua subía y subía… en el entierro me llamaron la atención tres mujeres. No las conocía. Lloraban con tanto desconsuelo como si mi padre fuese también algo de ellas. Me enteré que eran una madre y sus dos hijas. Una sería más o menos como yo y la otra bastante más pequeña. ¡Cómo lloraban, dios! Lo entendí enseguida cuando supe que también eran hijas de papá y, su madre, su amante. Creo que todos, menos yo, lo sabían. Tenía dos hermanas y nadie me había dicho nada. Empecé a ir al psicólogo. El agua ya llegaba al cuello. Me ahogaba… Creía que tenía una familia feliz y lo que iba descubriendo lo desmentía ¿Qué pasó? ¿Cuándo empezó todo a hundirse?

Saber que habíamos vivido una farsa no cambió para nada el ritmo social de mi madre. Yo ya era mayor de edad, y, si siendo menor no entraba en casa, ahora menos. Con veintidós años enfermé y los riñones se dañaron. Necesitaba un trasplante. Mamá estuvo conmigo en todo momento en el hospital. Creía que ella sería la donante, era mi madre. Se negó en redondo a hacerse las pruebas. Las excusas que daba eran incomprensibles para una hija que lo esperaba todo de ella. Acabó cantando de plano. No podía ser la donante porque no era mi madre biológica… Habría dado cualquier cosa porque Paqui estuviera conmigo cuando me lo dijo. El naufragio era ya inminente. El boquete se había agrandado tanto… la necesitaba para poner a salvo mi infancia, para agarrarme a algo inamovible, para no ahogarme…pero Paqui no estaba y me hundí.

Los problemas físicos se arreglaron bastante antes que los anímicos. Ingresé en un centro de salud mental. No sabía quien era. Estaba hundida y necesitaba salir a flote. Seis meses me llevó y sólo conseguía flotar. Encontrar a mi verdadera madre sería el camino para empezar a reconstruir mi vida. El psicólogo así lo creía y empecé la búsqueda.

Fueron años de investigación, puertas cerradas, silencios. Entre los papeles de papá encontré documentos que abrieron nuevos caminos… Ahora tengo cuarenta y ocho años y sólo sé que fui un bebé robado. El pasado es una caja de sorpresas. Sé que encontrar a mi verdadera madre es muy difícil. Estudié derecho y estoy implicada de lleno en una asociación de familiares que buscan a sus bebés … no puedo hacer otra cosa. Tuve que morir a la que había sido para reconstruirme. Hoy no tengo nada que ver con la que fui. Tampoco con mi madre. No tengo familia, sin embargo, no les guardo rencor, haber conocido a Paqui compensa con creces lo que hicieron. Tampoco me siento culpable. Noto con alegría que cada día los huevos me pesan menos. El futuro sigue abierto y hasta los caracoles acaban llegando, lo sé, me lo digo a menudo, hay tiempo.


 

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