La abducida - Pilar Murillo

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La cucharilla de café cayó al suelo a causa de un leve temblor de tierra. El susto que me proporcionó hizo que saliese de mi insimismamiento. No parecía un seísmo, ni había aire y de repente se presentó una ventolera como si proviniese de un helicóptero. Miré al cielo y no vi nada,.

Tuve la sensación de que alguien me observaba.

La idea de tomar el café en el porche de mi casa ya no me pareció tan buena. Entré dentro de casa y cerré la puerta de cristal, Sin dejar de mirar al cielo. Se habían formado unas nubes extrañas y entre ellas asomó primero un objeto volante no identificado y luego se sumaron otros dos.

-¡Nacho! ¿Puedes venir?

Dije sin moverme ni un milímetro del espacio que ocuparon mis pies dentro de casa y sin poder cambiar mi mirada del objetivo.

Nacho llegó primero, a paso despreocupado. Cristián, nuestro hijo de ocho años vino corriendo después y se frenó en seco cuando nos vio a los dos parados mirando al cielo.

-Papà, mamà ¿Qué os pasa?

Reaccionamos al oír al niño y por décimas de segundo lo miramos y nos miramos.

El miedo nos hizo salir del modo estatua, esta vez en lugar de quedarnos pegados al suelo, fue todo lo contrario y como si fuésemos a cámara rápida cogimos al niño para dirigirnos por la puerta que comunicaba la casa con el garaje donde guardamos nuestra ranchera. Entramos los tres al vehículo practicamente a la vez. Nacho que se había puesto al volante me miró después de rebuscar en sus bolsillos.

-¿Y la llave?

-¿Qué llave Nacho?

-La del encendido del motor! _dijo con gran nerviosismo mi marido y seguidamente salió veloz del coche, entrando a casa y mientras yo me pasé al volante para cuando Nacho regresase con la llave él se sentase a mi lado. Como así lo hizo en menos de un minuto y me la entregó. Arranqué el vehículo, abrí la puerta automática y salimos echando leches lo más lejos del lugar.

Pero todos los intentos de huir del miedo a lo desconocido fueron en vano, porque al abrirse la puerta, ante nosotros había un ser parecido a una persona pero aquello no podía ser humano, pues era más alto que un jugador de balóncesto, con el pelo largo muy lacio y plateado, su tez como la leche y unos ojos almendrados y salientes de color casi negro.

De repente esa cosa algo hizo. Se comunicaba con nosotros sin mover los labios y no sé cómo, pero cambiamos de escenario.

Me encontré en una sala muy iluminada, con una luz blanca que no molestaba a los ojos.

Estaba recostada en una camilla y cuando intenté incorporarme me di cuenta que algo como correas metálicas me retenía. Quise gritar pero no salía la voz. Miré a mi alrededor y había más gente que no le veía sus caras.

Un ser de esos se me acerca y…

-¡No por favor!”

El grito que soltó Débora fue tan atronador que me erizó el vello de los brazos. Débora me estaba relatando todo con mucho miedo y con todo lujo de detalles, desde el traje de un tejido especial que graciosamente se le notaban el bulto que marcaban el tamaño de los genitales. Estaba claro que no era un ángel.

Conté tres y salió de la hipnosis. Quedaría grabada toda la sesión en la cámara de vídeo. La próxima sesión será la semana que viene a ver si puede decirnos de una vez dónde están su marido y su hijo.






 

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