La tentación llama a mi puerta - Marga Pérez

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Goooool… Resuena eufórico y distante en el patio de vecinos. No suelo oír nada. Es un patio de manzana, grande y silencioso. Mis vecinos demasiado tranquilos.

No me gusta el futbol… no soy forofa de casi nada pero esa alegría hace que levante los ojos de los apuntes, me levante al baño, vaya a beber agua... Preparar oposiciones es tan aburrido, tan repetitivo, tan solitario, tan pesado… agradezco estos detalles efusivos capaces de desconcentrarme por unos minutos. Camino de la cocina me percato del calor que hace. Julio… ¿ya? Ocho meses encerrada ¡Cómo pasa el tiempo! … Estoy en éstas cuando oigo que alguien aporrea mi puerta. Vivo sola. Mi casa da al patio, no como la de los demás que da a la escalera . Las visitas no me pillan nunca por sorpresa, antes de llegar a la puerta tengo que abrirles la del patio. Aporrean con violencia. ¿Quien será? Me extraña la llamada y la insistencia del aporreador. Corro a poner un pantalón corto a juego con el top que llevo como único atuendo. Abro con cautela. Una gaviota se asusta al verme. Con miedo a que entre cierro sin más. Yo sola río a carcajadas apoyada contra la pared. No puedo parar ¡menudo visitante! Vuelvo a mis apuntes pero ya estoy perdida en playas de arena dorada y olas verdes y espuma blanca y sol acariciador y hamacas y gente y risas y música y… El aroma a verano se ha colado, sin permiso, en mi habitación, entre mis papeles, en mis pocas ganas… El puede más que yo. Enciendo el televisor . Están en los penaltis … España Suiza. Se juegan el pase a la final. Abro una cerveza , unos pistachos, me estiro en el sofá, respiro aliviada … ¡vacaciones! Mañana será otro día.


 

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¿Por qué no te callas? - Cristina Muñiz Martín


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¿Por qué no te callas?, le digo a mi cabeza para que deje de atormentarme. Es que es levantarme, leer el periódico y volverme tarumba. Y mi cabeza empieza a darme la lata. “Venga, abre facebook y descarga ahí tu rabia porque es el único sitio en el que lo puedes hacer”. Y yo me resisto, que luego sé lo que pasa, que suelto por la boca, bueno, más bien por el teclado, todo lo que pienso y no tardan en llegar los comentarios y la mayoría de las veces la cosa se sale de madre y se arma la de San Quintín, con insultos más afilados que las espadas. Y me arrepiento. Me arrepiento de decir lo que pienso sobre ciertos temas aunque esté convencida no de tener razón, que puedo equivocarme como cualquiera, pero sí de tener derecho a expresar mi opinión. Y siempre lo hago respetando a los demás, que no soy yo persona de atacar a nadie y mucho menos de soltar una sarta de improperios. Tan solo me apetece exponer temas que atañen a los ciudadanos, para quejarme, para reflexionar, para sacar la mala leche. Pero últimamente no puedo dejar de repetirle a mi mente ¿Por qué no te callas? ¿Por qué no te callas? Porque estamos viviendo unos tiempos en los que la libertad de expresión deja mucho que desear, aunque sea la simple opinión de una ciudadana de a pie. Y me da rabia, porque de alguna manera sé que me estoy auto censurando como les sucede a muchas otras personas. Qué pena, pienso entonces. Qué pena que después de la lucha de tantos años contra la censura impuesta por una dictadura, los ciudadanos se dediquen ahora a censurar a otros de malas maneras, con insultos y ataques personales. Qué pena que nosotros mismos nos apliquemos la auto censura para evitar problemas. Qué pena que el sistema nos haya ganado la batalla sin que la mayoría de la gente sea consciente de ello. Y por eso le repito a mi cabeza día tras día, ¿por qué no te callas? Pero no me hace caso y continúa machacándome “eso no es normal; nos están idiotizando; mira lo qué hacen; nos están quitando derechos y libertades; nuestros gobernantes solo se dedican a meterse unos con otros, como niños callejeros; Europa nos quiere esclavos… Ella no se calla y yo ya no escribo porque aunque creo que es necesario sé que solo me puede traer sino problemas, sí momentos de incomprensión, de mal humor, de no entender ciertas reacciones, de ser tachada de fascista, racista, anti feminista y todos los “ista” que se quieren añadir. ¿Cobarde? Sí, así me siento.

 

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Aquellas meriendas - Esperanza Tirado


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Ninguno de los niños que había en el arcón era Tomás y ya se estaba cansando de aquel juego estúpido. Tenía hambre y los fue sacando uno por uno.

-Cerrad los ojos, -les dijo-, y escoged un número. A Tomás lo buscaremos después.

-Y merendaremos todos, pan con chocolate. ¿Verdad, Señor Gargantúa?

-Será una merienda que nunca olvidaréis.

 

 

 

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Me ha tocado la lotería - Cristina Muñiz Martín


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Me ha tocado la lotería y me he tenido que enfrentar a varios problemas. En un principio pensé en comprar un piso amplio y luminoso en primera línea de playa, el sueño de toda mi vida. Pero mis hijos no estuvieron de acuerdo. Cómo iba su madre a comprarse un superpiso pasando ellos estrecheces. Me sentí culpable. Si aún viviera mi marido sería distinto porque el lo compraría y tan pancho, nadie le diría nada, porque en casa siempre ha sido “papá es así”. Y a papá se le perdonaba y se le consentía todo. Pero a mí no. Yo tengo que ser la mamá perfecta, la que siempre está ahí, la que nunca dice nada porque las verdades molestan. Y claro, mamá no va a hacer eso porque sería una mala mamá. Además, me preguntaron, para qué quieres un piso grande para ti sola. Les contesté que igual no iba a estar siempre sola y menuda montaron. Si solo hace dos años que se fue papá y ya estás pensando en otro. Me costó convencerlos que lo dije por decir, que no tengo pareja ni estoy pensando en tenerla, bastante tuve con aguantar al cargante y egoísta de su padre. Bueno, esto último no lo dije, me lo guardé para mí. Son tres víboras mis hijos. Los quiero pero no por ello dejo de reconocerlo. Me sentí tan presionada que no compré el piso. Les di a cada uno la misma cantidad de dinero, con la que quedaron contentos, porque como los conozco bien fui precavida y les mentí sobre la cuantía del premio. Y me mudé a un bonito piso de alquiler tras vender mi antigua casa y entregarles a ellos todo el dinero de la venta. Al fin y al cabo tenían razón, para qué quería un piso grande en propiedad a mis años. En alquiler estoy mucho mejor, sin obligaciones de derramas ni comunidad ni nada de eso. Y así cuando me muera no se despellejarán entre ellos. Lo que no saben es que no paro de viajar porque entre que viven lejos y que nunca tienen tiempo para venir a verme no se enteran. Ahora estoy dando una vuelta por la Costa Azul. Esto es un sueño. Hoteles de lujo, restaurantes afamados, sol, playa… Nunca en la vida había imaginado que se pudiera vivir de esta manera, y mucho menos yo. El único problema eran las vídeo llamadas, algo que me solucionó un chico muy majo. Se llama Gael, no sé si de verdad o es un alias para el trabajo. Lo suelo llamar una vez al mes y es un encanto, aunque un poco caro. El primer día me dio un poco de apuro, aunque su profesionalidad hizo que todo fluyera con naturalidad y quedé más que satisfecha. Me lo recomendó una amiga nueva y adinerada que conocí en un viaje a Canadá. Ella también estaba harta de su marido y no quiere oír hablar de un nuevo hombre a su lado. Si me lo dicen hace años no lo creería, es más, negaría horrorizada que yo un día fuera a solicitara ciertos servicios de un joven guapo, elegante, simpático y algunas cosas más, entre ellas ingeniero informático, aunque lo de trabajar a horario y sueldo fijo no va con él. En fin, que Gael me lo arregló para que cuando mis hijos me hacen una vídeo llamada, esté yo donde esté, siempre aparezca de fondo alguna parte de mi casa. Así que me llaman, creen que estoy en casa y quedan tranquilos. No sé cuánto tiempo me quedará para disfrutar de esta, para mí, nueva vida, pero pienso aprovecharlo a tope. Luego, cuando llegue el momento de parar, ya tengo elegida una residencia preciosa, con habitaciones bien decoradas y unos jardines maravillosos. Entonces mis hijos se preguntarán de dónde saqué tanto dinero, pero llegados a ese punto será fácil disimular una pérdida de memoria. Y si la memoria me fallase de verdad para eso están los papeles que firmé ante notario y la abultada cantidad que tengo depositada en el banco. Nunca en la vida he sido tan feliz como ahora. Soy viuda, rica y liberada de obligaciones familiares. ¿Qué más se puede pedir?



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Estridencias - Marga Pérez


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Nuevamente el estrépito despierta a Serena. En quince días que lleva en este piso es la cuarta o la quinta vez. Sobre su cabeza otro pandemonio resuena destemplado en mitad de la noche. ¡¡Menuda bronca!!. Serena enciende la luz para dar realidad a la algarabía que la ha despertado, en otras ocasiones no lo había hecho y por la mañana dudaba si semejante alboroto pertenecía o no al mundo de sus ensoñaciones. Ya con la luz encendida y totalmente despierta distingue los taponazos. Cree que golpean una puerta a patadas, manotazos...quizá lanzando contra ella objetos contundentes...Todo es posible en medio de ese escándalo. El chillido estruendoso de una mujer histérica añade al jaleo tintes agudos de maltrato de género. Serena saltó del lecho dispuesta a llamar al 091…

-Vengan rápido, por favor, la va a matar…

-… … …

-Si, no es la primera vez que hay follón.

-… … …

-No, no los conozco, no hace mucho que vivo en este piso… En este momento el griterío es insoportable. Vengan pronto, miedo me da…


Esperando a que llegue la policía, Serena se echa una chaqueta sobre el pijama y sale a la escalera dispuesta a seguir el fragor del altercado desde más cerca. Tras la puerta de sus vecinos piensa que si subiese de tono la pelea, podría intervenir. Está convencida de que si tocase al timbre se apaciguaría tanta agresividad y cesaría la bulla.

De puntillas sube a oscuras el tramo de escalera que la separa del bullicio. Se para frente a la puerta… acerca el oído y escucha con atención. No es capaz de distinguir los ruidos que, de forma más calmada, llegan hasta ella. Son chirridos...chasquidos..¿zumbidos? Quizá crujidos son los que quedan después del barullo que la sacara del sueño. Pero no sabe cuales son las actividades que los producen. Son metálicos, secos, sordos, ásperos, repetitivos… Estaba en éstas cuando oye otros ruidos de carreras por la escalera. Ve también que han llamado al ascensor, así que se retira a su domicilio para dejar actuar a la policía.

Acurrucada tras la puerta entreabierta, Serena pone sus cinco sentidos en lo que está ocurriendo en el piso de la barahúnda. Oye el timbre y a los policías jadeantes hablando entre ellos. Abren la puerta y, aunque oye que hablan con un hombre, no es capaz de entender la conversación. Enseguida se oye también una voz femenina… ¿Son risas lo que Serena percibe?….

El ruido al cerrarse la puerta retumba en la escalera y en los oídos de Serena. Instintivamente cierra la suya y apaga la luz. No ha pasado ni un minuto cuando tocan en su casa. Dos policías nacionales tratan de tranquilizarla. Según ellos todo está bien. Sus vecinos aseguran que no volverán a despertarla. Se van dejándola entre interrogantes que no están dispuestos a despejar.

Serena se vuelve a acostar sin entender nada. Coger el sueño es misión imposible y por muchas vueltas que le da al tema tratando de entender qué es lo que ha pasado, nunca sabrá que sus vecinos recibieron a la policía semi vestidos con cuero negro, con látigo, con antifaz, con esposas… Nunca sabrá que lo que la había despertado, ni había sido una bronca, ni una discusión, ni violencia de género, ni maltrato… sólo habían sido estridencias de enamorados con gustos más bien“raritos”.

Al día siguiente Serena recibe una caja de bombones y un CD de un grupo de música Heavy . La tarjeta decía: “Si nos vuelve a oír no llame a la policía, le aconsejo esta música, seguro que dejará de oírnos. Y si no le gusta, cambie de piso”

Serena tira los bombones a la basura y llama a la dueña para avisar de que en quince días dejará libre el piso. Ahora entiende que fuera tan barato.

 

 

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Dama blanca come alfil - Marian Muñoz

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Era asombrosa la velocidad que podía alcanzar cuando escribía sin pensar al teclado del ordenador, había aprovechado eficientemente el cursillo de máquina en primero de secundaria, no sólo tenía velocidad sino que apenas cometía faltas de ortografía mirando exclusivamente a la pantalla. En esos momentos todos la dejaban tranquila, era su sistema de elaborar un artículo ya que su mente iba tan rápida como sus dedos, lo llamaba “brainstorm” escribía lo que se le ocurría y al repasarlo afinaba en aquellas partes o testimonios en los que quería provocar interés.

Dejó de mirar el texto en pantalla y comprobó, como siempre, que todos se habían ido, bueno todos no, quedaba su fiel compañero Yoni el único que conseguía entender sus diatribas mentales y sabía poner freno a muchos de sus disparates. Entraron a la vez en la redacción del periódico del instituto, dos tortolitos de trece que pretendían expresar su creatividad literaria, al principio los mayores se mofaron pero en cuanto vieron el gancho de sus columnas procuraron darles más protagonismo, aunque la envidia empezó a corroerles. Críticas constructivas a profesores, opiniones basadas en el sentir general, consejos útiles para los nuevos y sobre todo un breve comentario a la última película de estreno. Marita y Yoni eran la pareja perfecta de reporteros, no se pisaban las noticias ni las ideas y compartían sanamente sus posibles artículos o ideas para investigar, pero esta vez estaban en total desacuerdo, iba a ser la última tirada justo al terminar recuperaciones y exámenes de la EBAU.

-¡Pero no lo ves! –Decía ella- hay una mano negra detrás de todo esto, un lobby estoy segura, no daré con el origen pero al menos iré tirando de la cuerda y van a salir muchas cosas feas, ya verás.

-Mira Marita sólo eres una chica de quince, sí casi dieciséis, pero si los grandes diarios no van tras esa noticia no sé cómo pretendes encontrar al culpable, y si lo haces seguramente sea peligroso.

-¿Recuerdas el año pasado con el artículo de los piojos? Al final se destapó que el comercial de un laboratorio escogía los colegios para soltar liendres al saludar a los niños, vamos no me digas que no era sospechoso que todo el verano juntos en parques, piscinas, playas y calles sin que piquen las cabezas y nada más empezar las clases comienzan los contagios.

Estarás conmigo que algo hay detrás, dime tú si no es para sospechar que de repente algo anormal está pasando, porque no me lo trago. Mientras los estudiantes estamos en clase apretando los codos en el último tramo final, algunos incluso estudiando online, los contagios de esa mierda de coronavirus están bajando. Sí van bajando, y parece que por fin la economía se relanza, los hoteles tienen reservas, los restaurantes y lugares de comida empiezan a abrir su interior, todos empezamos a consumir con precaución preparándonos para un verano con mayores libertades que el pasado. El país entero tenía esperanzas puestas en estos meses, y qué, ya me dirás, terminamos los exámenes nos dan vacaciones dejando de ser obligatoria la mascarilla ¡qué casualidad! las agencias ofertan fantásticos viajes a precio de ganga ¡qué casualidad! es entonces cuando los contagios se disparan y los jóvenes salen en todos los medios criminalizados por botellones, macro fiestas, juergas playeras, pero que te piensas que antes no se hacían, claro que sí y sin embargo la ola seguía bajando, así que no, la culpa no es de los muchachos sino de una mano negra que esparció unas cuantas probetas de virus, sí de virus delta, ¡vamos no me digas! El que nos rondaba hasta la saciedad era la cepa inglesa y ahora todo plagado de la de India. ¿Cuánta gente te crees que habrá regresado desde allí al país? Vamos que no son tantos como para crear este caos, que no, que te lo digo yo que no. Al principio pensé que era una maniobra independentista para estigmatizar y aniquilar a parte de los cachorros españoles, porque no digamos que ciertas zonas del Mediterráneo son todas del mismo palo, una forma muy sutil de decirnos “no os queremos aquí, ni siquiera a vuestros hijos” sólo que el tiro les salió por la culata ya que fueron tantos los contagios que ni Alemania ni Inglaterra quieren que sus ciudadanos vengan, y ese es el tipo de turista que desean porque se pasan el día durmiendo la mona y por la noche les atontan con alcohol de garrafa vendido a precio de bueno, porque no protestan si la habitación esta sucia o las patatas fritas que comen son congeladas de hace años, pero claro un turista español sí exige respeto y calidad porque algo tiene el conocer tus derechos, mal que le pese a algunos.

-Mira sí, algo de razón tienes, que dejar de lado la obligatoriedad de las mascarillas ha producido un estallido incomprensible puesto que antes muchos de los afectados ya no las llevaban ni en interiores. Pero pensar que hay intereses detrás de ello, parece improbable.

-¡Hundir al país! ¿Te parece poco? No sólo tenemos al enemigo en casa sino que hay muchos países que nos tienen manía, mira Marruecos, por supuesto los gobiernos porque sus gentes lo único que quieren es trabajo y bienestar la mayoría de las veces, ¿Quién te dice que detrás de esta explosión de coronavirus no está un país comunista? Sí ya sé que es un tema manido, pero qué se yo, ¿sabes lo que están logrando al quitar la obligatoriedad de los tapa bocas? Pues eso, que nos tapan la boca tachándonos de egoístas, insolidarios, incívicos, mal criados, ¡qué! ¿Sigo?

Yoni agachaba la cabeza, cuando ella tenía una pista no cejaba y en este caso un periódico de instituto no era el sitio apropiado para ese tipo de investigación ni siquiera para lanzar sospechas o levantar la liebre sobre lo ocurrido. La instó a reposar sus ideas y continuar con el artículo al día siguiente en que lo vería de otra forma.

Marita llevaba desde los seis años inventándose historias, intentando crearse una vida que no tenía por no poner en peligro a su madre con quien se había escapado de casa al morir su padre a manos de narcotraficantes, asesinado por ser periodista y meter las narices demasiado al colaborar con la policía. Muchos años de huida, de no publicar fotos en redes sociales ni dejarse fotografiar, de no sincerarse con nadie por temor al chivatazo había encontrado un sistema de desahogo, escribir, no lo hacía mal, le gustaba el periodismo de investigación como a su padre y su válvula de escape era el periódico local, cuando algo la indignaba a su alrededor lo perseguía denunciándolo anónimamente, eran profesionales los que iban a la caza de noticias tras aportar su pista y conseguían luego grandes portadas. Nadie lo sabía, ni su madre ni Yoni, su seudónimo era “Dama blanca come alfil” soliendo tener buena puntería en sus limitadas pesquisas, porque una niña no era persona adecuada para investigar ni denunciar delitos pero sí veía claramente lo que otros intentaban esconder.

Su madre llegaría tarde del trabajo y aprovechó esas horas para navegar por internet e intentar comprender a quien beneficiaba el estallido de esta ola, no iba a ser la última. Recortar derechos civiles venía muy bien a cierta clase política, buscaría en diferentes periódicos quienes habían viajado y adonde, era una buena línea para encontrar respuestas, estaba convencida que sus amigos podían ser cabras locas en algunos momentos pero ni incívicos ni insolidarios y mucho menos responsables de algunas muertes porque querían y adoraban a sus familias. Tenía que hacerlo por ellos y por los futuros afectados. Un laboratorio, una secta o un extraterrestre, una mano negra está detrás de tanto contagio, por si acaso en todos sus reportajes recomendaba que usaran siempre mascarilla y distancia de seguridad.

 

 

 

 

 

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Sin cuentos - Esperanza Tirado


 

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La Princesa se peinó su larga melena y se colocó la pinza cuidadosamente delante del espejo.

-Espejito, espejito ¿Quién es la más bella? ¿Habrá algún día un Príncipe que pida mi mano?

Un ruido sordo la devolvió a la realidad. En la ventana un sapo gordo y verrugoso parecía mirarla con sus hipnóticos ojos. Volvió a croar y atrapó a una mosca, que volaba inocente por la habitación.

La Princesa volvió a mirarse en el espejo

-Por favor, no respondas. No quiero acabar como esa mosca.

El sapo se relamió satisfecho.






 

 

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El silencio habla - Cristina Muñiz Martín



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El silencio habla en susurros cuando se cruzan la miradas de dos enamorados, cuando se contempla una puesta de sol o un magnífico paisaje, cuando el niño pequeño recibe la caricia de los ojos amorosos de su madre, cuando se despide de sus seres queridos quien emprende el último viaje.


El silencio habla en murmullos cuando ataca la sospecha, cuando se acallan las voces de la disputa, cuando no llega esa llamada tan esperada, cuando la afrenta acaba hiriendo el alma.


El silencio habla a gritos cuando cesa el estruendo de un definitivo portazo, cuando aquellos a los que quieres se muestran distantes, cuando el dolor de la ausencia se hace insoportable, cuando las paredes de tu casa vacía se encogen hasta ahogarte.


El silencio habla. Siempre habla. Y a menudo dice mucho más que las palabras.


 

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