Miré
a mi alrededor
en aquella salita. La lámpara de luz temblorosa, el sillón gastado,
las estanterías abombadas por el peso… Y pensé que aquel rincón,
tan sencillo, contenía más historias que cualquier álbum de
fotos.
Todo me hablaba de reuniones en familia, tazas de
chocolate caliente y deberes escolares tras cristales empapados por
la lluvia.
No había nada extraordinario. Quizá por eso, emocionada, regresé a aquellas tardes con mis hermanos.
Entonces recordé a mi madre sentada en aquel sillón, remendando nuestros uniformes y refunfuñando sobre “cómo era posible que estos niños gastaran rodilleras como si fueran de papel”.

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