Un verano diferente - Marga Pérez


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Más que un deseo de desconectar, salir de vacaciones era auténtica necesidad para nosotros . La pandemia con su miedo, aislamiento, mascarillas y distanciamiento social había hecho estragos en nuestra relación. No estábamos preparados para éso… ni Juan ni yo, y empezaba a pasarnos factura.

Después de dos años sin salir habíamos organizado un veraneo a lo grande. Todo se había contratado con mucha antelación para no perdernos nada, pero una semana antes de la fecha de salida Juan dio un traspiés y rompió tibia, peroné, rótula y no sé cuantos ligamentos… escayolado hasta casi la ingle, y, como mínimo, mes y medio. Creí que me iba a dar algo cuando tuve que reprogramar lo ya programado. Cambiar las actividades previstas en el Caribe por otras que pudiésemos hacer en casa... no fue nada fácil porque me resistía a tener que estar en casa otro verano.

Los primeros días estaba incómoda y aburrida, y Juan, además, sintiéndose fatal por haber estropeado un viaje tan preparado por mi desde hacía meses. Un día me levanté con ganas de cambiar la situación y ni corta ni perezosa bajé al trastero a buscar las cosas de la playa. La terraza que creía minúscula, resultó el espacio ideal para acomodar dos tumbonas, la sombrilla, una mesita auxiliar y una nevera pequeña que en algún momento habíamos quitado de la cocina, encajó a las mil maravillas en una de las esquinas. ¡Perfecto! Cómo no se me había ocurrido antes… era un rincón fantástico para veranear en casa. Con cuidado acomodé a Juan en una tumbona y, después de seleccionar varios libros de la estantería, ocupé la otra dispuesta a lo que surgiese. Cada uno escogió su libro con la idea de compartirlo, como hacíamos cuando éramos novios. No teníamos prisa, eran libros ya leídos, podíamos parar cuando nos pareciese para comentar palabras, frases, expresiones, ideas...Juan leía tranquilo esperando a que yo le interrumpiese para poder charlar con la mirada puesta en mis ojos. A mi me llamaban la atención las palabras que tenían música, ritmo, sonoridad… Siempre había sido así. Algunas no sabía ni si quiera lo que significaban pero me gustaba oírlas en alto, repetirlas, cantarlas. No sé que palabras eran ni cómo nos fueron llevando a otras pero acabamos hablando de nosotros, de la infancia, de nuestros recuerdos, de la familia…

Nuestro trozo de playa urbana se fue convirtiendo en un espacio muy atractivo. Cada día encargaba la comida en un restaurante diferente y comíamos bajo la sombrilla con un fondo musical. Allí recibimos a amigos que pasaban a vernos al saber de la situación de Juan y que repetían después de veladas muy agradables al atardecer, cuando la temperatura había bajado. Era nuestro espacio de vacaciones. Acordamos no llevar los móviles. Sólo tenía cabida la palabra, la nuestra, la de nuestros amigos y la de los libros que inspiraban conversaciones cada vez más animadas.

Juan era un gran conversador. Su forma de decir me había enamorado nada más conocernos, lo había olvidado entre horarios, objetivos y presiones. El trabajo era así, cada vez más y más exigente... hubo muchos días en los que olvidé que Juan estaba ahí, y dejé de hablarle. Dejé de escucharme cuando olvidé que era yo también la que estaba.

No encontrábamos tiempo para nosotros y juntos pasamos a un segundo y a veces tercer plano. Y nos acostumbramos.

Alguien dijo que acostumbrarse es otra forma de morir… Una exageración para mi gusto pero si, es verdad que algo se fue muriendo en nuestra relación : ¿ganas? ¿ilusión? ¿alegría? ¿dedicación?.

Aquel verano diferente fue el crucial para recuperarnos. La pandemia nos había metido en casa, pienso ahora que a aprender a vivir de otra forma. Ese era el objetivo. Nosotros no solo no aprendimos sino que nos estresamos más. La informática no era lo nuestro y entonces tocaba teletrabajar. Estuvimos encerrados cada uno en una habitación, horas y horas. Dormir era lo siguiente.

La pierna rota de Juan fue necesaria para cambiar el ritmo y encontrarnos. Dudo ahora de que en el Caribe lo hubiéramos conseguido. Recordar cómo nos habíamos conocido, volver a ver el mismo brillo en sus ojos, reírnos como entonces, escucharnos como la primera vez que nos dirigimos la palabra. Me sigue enamorando su forma de hablar y me horroriza descubrir cómo lo tenía casi olvidado...

Aquel verano diferente fuimos capaces de cambiar el rumbo porque recordamos lo que nos había enamorado, lo volvimos a sentir . El amor es sólo una palabra hasta que la llenamos de significado y día a día la fuimos llenando. Para no olvidarlo hicimos un álbum virtual con cantidad de fotos en la tumbona, con palabras llenas de música, con recortes de periódicos, con amigos…

Aquel verano marcó otro ritmo en nuestra relación. Aprendimos a ritmo de escayola pero aprendimos. Si, aprendimos, no fueron necesarios más accidentes.

 

 

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