Afiladas - Esperanza Tirado





Cuando me enteré de que me engañaba todo mi ser se tiñó de rojo.

Había otra. Otras. Muchas más.

Otras como yo, tontas, crédulas, enamoradas, que habíamos caído a sus pies embelesadas por sus palabras, por esos ojos color miel que te tocaban sin tocarte, que hacían que tu cuerpo se estremeciera de puro éxtasis. Llegabas al rojo, pasando por todos los colores posibles.

Hasta que el rojo se instaló en mi alma, en mi cabeza. En todo mi ser. En todas nosotras. En todas aquellas tontas que habíamos caído enamoradas y rendidas a su encantos. Y a todas, una tras otra, o a la vez, o por pares, nos fue engañando. Y todas pasamos por la misma galería cromática y también por la sentimental, desde la adoración a la incredulidad y finalmente la ira.

Y fui, fuimos, atando cabos. Y conociéndolas. Conociéndonos.

Sin querer, o a propósito fue dejando pistas. Para unirnos. Quizá no lo pretendiera, más bien al revés. Pero los hombres, a veces, son torpes cuando se trata de mentir a demasiadas mujeres al mismo tiempo.

Un pañuelo perdido, una tarjeta de un hotel de un extrarradio anodino, un aroma a jazmines que él supuestamente detestaba, un juego de té inglés ideal, una camisa carísima de unos almacenes que jamás se le ocurriría pisar, unas flores preciosas por un aniversario que para mí no existió, un reloj nuevo con unas iniciales que no eran las mías, un fin de semana de mucho trabajo, reuniones de ejecutivos encorbatados, bebiendo y fumando. ¿Fumando? En casa no fumaba. En la nuestra, quiero decir, en la mía.

Tantos detalles y faltas de ellos, a la vez.

¿Cómo nos conocimos nosotras? Es una historia curiosa. Un culebrón a muchas bandas, la verdad. Yo, que creía ser la única esquina, el único apoyo de su recta y bella figura.

Pero mi mente no estaba tan afilada como pensaba; y se me escaparon esos pequeños indicios que luego fui viendo claros. El rojo fue dejando paso a un paisaje de otras tonalidades. Morado, negro, gris… Hasta que vi la luz. No la del túnel del más allá, pero algo parecido, aunque más mundano.

Igual que les ocurrió a ellas, que poco a poco empezaron a afilar las garras, en busca de porqués a ese engaño, de la ‘otra’, de esa vida oculta de él.

Y fuimos reuniendo nuestras pistas, yendo de compras, aparentemente. Es fácil para una mujer fingir irse una tarde de compras, nadie sospecharía que tienes a una detective en tu interior, a sitios donde no habíamos puesto los pies ni los ojos previamente.

Y nuestros pies y nuestros ojos acabaron una tarde reuniéndose en el mismo sitio, a la misma hora, en la misma planta de ‘regalos especiales’ de aquellos almacenes carísimos en los que yo jamás habría entrado, si no hubiera sido por esa Miss Marple que me nació de la ira y la sospecha del engaño de mi marido, el que yo creía mi maravilloso amor.

Al principio, todas dábamos vueltas, admirando y toqueteando objetos que no íbamos a comprar. Echábamos ojeadas a ver si la ‘otra’ estaba allí. Seguíamos curioseando, pasillo arriba y abajo, nos chocábamos convenientemente, un ‘disculpe, señora’ salía de nuestros labios, una media sonrisa, una tosecilla, una mirada de ‘esa zorra es la que me lo ha quitado’.

Alguna se cansó de dar vueltas y cogió el ascensor para cambiar de planta y de vistas.

Yo seguí investigando, hasta que mi vejiga dijo ‘basta’. Incómoda bajé las escaleras como una exhalación. En el baño me encontré a dos de ellas. Qué rapidez. Incluso se habían presentado, con cautela, y estaban contrastando información. Mi vejiga explotaba, tenía más urgencia. Pero las oía cuchichear mientras, encerrada en mi cubículo, pensaba cómo afrontaría la situación. Dejé que la cadena desaguara varias veces, por incomodarlas y por darme tiempo a mí misma. Cuando salí, no éramos tres sino seis. Miré a las viejas conocidas y a las nuevas, que reconocí de la planta de arriba.

¿Eres…?

La pregunta no terminaba de salir de nuestras gargantas pero un ‘sí’ mudo confirmaba nuestras sospechas.

La rubia era la de la camisa carísima, la pelirroja, inglesa además, la del juego de té, una morena entrada en carnes olía a jazmines, una choni mal peliteñida trabajaba en el hotelito… Fuimos uniendo las piezas del puzzle. Hasta que formamos una especie de foto de familia poco común.

Y yo quise odiarlas pero no pude. No pudimos. Nos abrazamos en unos baños públicos con una sororidad y sinceridad extrañas en otro momento a todas en otras circunstancias.

Quisimos afilar nuestras uñas y rasgar las caras de aquellas que nos habían robado a ‘nuestro marido perfecto’.

En realidad, la perfección de aquel hombre era una pintura, un efecto óptico, un trampantojo de todos los colores, que nos hizo ver amor en sus ojos y en su corazón; cuando en realidad solo había interés, sexo, comodidad, diversión. Éramos su juego. Su puzzle, unos juguetes, que montaba y desmontaba a su capricho.

Ese amor parecía tener tantas ramificaciones como un árbol centenario. Pero en lugar de ser verde y frondoso, él estaba podrido por dentro.





Inspirada en ‘Hay algo afilado y ardiente en la primera infidelidad de un matrimonio’, verso de ‘La Belleza del Marido’ poema de Anne Carson.

 

 

 

 

 

 

 

 

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