Campo de estrellas - Gloria Losada

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A los que ayer se durmieron para siempre.

A los que hoy han podido ver la luz de un nuevo día.

A los que prestaron su ayuda desinteresada.

A los que colapsaron los hospitales por donar su sangre.

A mi pueblo... que hoy sufre.


Siempre había recordado sus años en Santiago con especial cariño. Y quién no lo haría. La ciudad iba ligada a su juventud, a los años de estudiante, a la vida libre de las ataduras de la familia por vez primera... Hacía tiempo que estaba pensando en regresar, aunque fuera por unos días, después de lo mal que le habían ido las cosas sentía que necesitaba reencontrarse con una pasado que, para ella, desde luego, había sido mejor que el presente.

En algún momento se le ocurrió que podía hacer el Camino, en soledad, sin nada ni nadie que entretuviera su mente, teniendo todo el tiempo del mundo para meditar, para renovar su alma. Jamás había sido muy religiosa, el creer o no en un ser superior era algo a lo que no daba demasiada importancia, pero la verdad era que, de un tiempo a esta parte, necesitaba sentir, palpar, esa espiritualidad de la que hablaban todos los que habían hecho el camino.

Así pues una mañana, cargada con una mochila llena de algo de ropa y muchos desengaños, emprendió la marcha hacia su ciudad mágica, hacía ese pasado siempre latente, hacia su lejana juventud. Y así, teniendo como compañeros, al sol, a la lluvia, al viento del nordeste y al polvo del camino, se fue sintiendo mejor y fue creciendo de ella la ilusión por vivir de nuevo, por creer, por recuperar todo aquello que había ido perdiendo.

Un día se acordó de Fran, aquel amigo que había conocido en la universidad, con el que había compartido tardes de café, de apuntes y de cigarrillos y del que, sin él saberlo, había estado perdidamente enamorada, y pensó que no estaría mal volver a verle y tener alguien con quién recordar. Cierto es que habían pasado muchos años y tal vez ya sus vidas no tuvieran nada qué ver, pero al fin y al cabo para tomar unas cañas y charlar un rato tampoco hacía falta mucho más que una agradable compañía. Cuando le llamó él se alegró de escucharla y le hizo prometer que estaría en la ciudad en el día del Apostol para pasar juntos la jornada de fiesta. Ella así se lo prometió y fue por eso que el día anterior, sabiendo que no le daría tiempo a llegar a la ciudad caminando, tomó aquel tren para poder estar con su amigo el día convenido.

Fueron unos pocos kilómetros, apenas media hora de viaje, durante la cual se sintió nerviosa y expectante, exultante su ánimo ante la perspectiva de volver a vivir la algarabía de un día de celebración. La noche, los fuegos artificiales iluminando la fachada de la catedral, la música en las calles, la gente.... y aquella luna llena que comenzaba a adivinarse por un rincón del cielo… y las estrellas esparcidas en el campo celeste del universo...

Entonces ocurrió. Fueron unos minutos, unos segundos tal vez. Se escuchó el estruendo, los bandazos del vagón de un lado a otro, los gritos aterrorizados de la gente y la total oscuridad que se apoderó de ella en un intento firme de arrebatarle la vida...

Despertó al día siguiente en una cama de hospital y fue entonces cuando se enteró de la tragedia, de los muertos, de la solidaridad de la gente... Y supo que alguien o algo había decidido darle una segunda oportunidad. Tal vez el apóstol, tal vez simplemente su propio destino.

. Todavía no lo sabe, pero dentro de un año volverá a hacer el camino y una noche cálida de verano, desde el Monte do Gozo, apoyada en una vara de avellano y contemplado las torres iluminadas de la catedral, mirará hacia el manto de estrellas que iluminará el cielo y recordando el día de hoy, dará las gracias, al apóstol, o tal vez a su propio destino, por algo muy simple: por vivir.

 

 

 

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