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Así, absurdo, nada más - Marga Pérez

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Soy raro. Si. Muchos que me conocen lo dicen. Muchos, aunque no lo digan, seguro que también lo piensan. Según crecía insistían. Incluso yo llegué a creer que era así. No cuajaba en ningún sitio, ni con nadie. Pasé por más trabajos de los que recuerdo y de todos salí sin carta de recomendación, pero gracias a mi abuelo entendí que todo esto pasaba porque yo tenía un defecto. Pensar. Y no hay solución, el sistema te cambia o te expulsa y yo no soy de los que cambian sin razonar.

Me gusta leer a los filósofos. Me gusta pensar. Alguien dijo que el absurdo nace cuando buscamos sentido y el mundo responde con silencio. Yo creo que nace cuando se habla sin pensar, se habla demasiado y se dicen tonterías. Los que no piensan viven en el absurdo sin saberlo. Repiten. Asienten. Producen y reproducen. Tiran del carro… como animales. Mi abuelo siempre decía que el mundo está lleno de ovejas y perros pastores. “Tu sé cuervo, Lito, y pica donde tengas que picar” y… ¡Así me lucía el pelo!

Después de varios despidos mi madre me espetó: ”¿No puedes ser normal, cariño? Un ratín, nada más, pa que no te echen”. Mi novia me dejó cuando me presentó a sus padres en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Según ella, conmigo era imposible vivir. “Reaccionas contra todo” y sólo por no decir lo que tocaba cuando cenábamos con ellos. Dije lo que pensaba. Nada más. Y si, tenía razón, reacciono contra todo lo absurdo. Lo malo es que es más del 90% del mundo adulto. Y después de Lola sólo tuve relaciones cortas. Siempre con mujeres como yo, de las que pican. ¡¡Imposible convivir!! Nos necesitamos, pero dicen que vamos por libre…

Una tarde fui a una entrevista. Era una empresa pequeña. Hacían aplicaciones informáticas para bibliotecas. Me preguntaron qué haría si veía algo que no funcionaba. Y volví a decir lo que pensaba ¡claro! Ni puedo ni quiero evitarlo. “Pues lo digo, le contesté, tengo que reaccionar. Si me callo sé que algo se muere dentro de mí”. Me miró en silencio, sonrió y me dijo “¡¡Bienvenido!! Necesitamos una persona como tú, de las otras tenemos cubierto el cupo”. Llevo varios meses trabajando aquí. Soy el detector de absurdos. Mi trabajo es simple. Me paso el día preguntando. Haciendo dudar. Cambiando las respuestas. A veces no me entienden. Cinco minutos. Nada más. Después, me dan las gracias. No saben que el absurdo muere de vergüenza cuando se nombra. No hace falta gritar, ni enfadarse, sólo hay que nombrarlo. Sin más.

Mi abuelo murió no hace mucho y nadie supo cómo me sentía. Él sí… Me comprendía. Me escuchaba. Me orientaba. Estaba … y, cuando murió, no pude ni llorar. Dejó una nota a mi nombre. “Lito, el mundo necesita gente que se quede incómoda. Los que están cómodos construyen jaulas. Las puertas las abren los que buscan salir del malestar. Sigue picando, cuervo. Y si te llaman loco por pensar recuerda que ese es el último recurso del absurdo”

Una vez, hace mucho, le pregunté que por qué el rio bajaba y nunca subía. Él se rio y me dio una piedra. “Guárdala. Cuando sepas la respuesta me la devuelves” Nunca lo hice. Entendí que la respuesta era para mí. Y siempre la llevo conmigo. Me recuerda que hay preguntas que no tienen una única respuesta. Incluso que no tienen contestación. Siempre van con nosotros.

Cada día reacciono contra lo absurdo y no creo que sea por rebeldía. Es por salud mental.

Y no quiero cambiar el mundo. La verdad. No tengo vocación de líder. Quiero ser yo. Así de absurdo. Nada más.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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Historias en el asiento de atrás - Marga Pérez

                                       Señal de taxi español. Un cartel en el techo de un taxi español     

 

 

El típico hombre de negocios trajeado, con audífonos, maletín y sin saludo, se sube atrás. “A Castellana, y rápido”. En la radio hablan del mundial, del rescatado de los escombros en Caracas, del precio de los huevos… El tipo no deja de escribir en el portátil. No piensa en ningún momento en levantar los ojos. Llegan. Paga con tarjeta y le pide la factura. Ni gracias. Ni adiós. Ni tan siquiera un “buenos días...” Luis odia empezar a trabajar a esa hora. Todo el mundo va con prisa. Llegan tarde… Luis tiene cincuenta y seis años y un taxi que heredó de su padre al darle un infarto al volante. Hace veintitrés años. Empezó haciendo kilómetros con una regla; no preguntar. Y se dio cuenta de que la gente habla sola… Luis es serio para verlo, pero dentro es sensible como su madre, que en paz ese. Carga a diario con un archivo propio de historias ajenas, también con alguna suya. No suele contarla a nadie.

El taxi lo mantiene como lo recibió entonces, el mismo desgarrón en el asiento del copiloto, el mismo crucifijo en el salpicadero y el mismo olor a pino en cartón colgado del retrovisor. A menudo, cuando va solo, habla con su padre. Siente que le acompaña detrás. También habla con ellos… tras el parasol guarda una foto manoseada. Está doblada a la mitad. El, con veinticinco años, una mujer y un niño en brazos. Sole y Héctor. Se fueron una mañana calurosa, en bus. “Necesitamos más” le dijo ella. Y desaparecieron. Héctor tendría hoy treinta años. Luis no sabe dónde están y llora con las canciones tristes de la radio. Con las que hablan de despedidas. A moco tendido. Una vez una pasajera lo vio y, sin decir nada, le dio un pañuelo. Luis disimuló diciendo que su madre la cantaba… Pues no. Llora por no haber intentado ser más. Por dejarlos ir. Por …

Luis decía que su taxi era neutral. Hasta el día en que dejó de serlo… Y ella tuvo algo que ver. Todos los viernes recoge a una “abuela” y hace la misma ruta: de su casa al cementerio. Ella lleva al canario en una pequeña jaula y le canta. Dice que no lo puede dejar solo. Siempre canta la misma canción. Luis finge que no la oye. Y se queda con la copla. Un día ella dejó de cantar “Es que no me acuerdo de la letra” dijo. Esa noche Luis aprendió “El día que me quieras” que ella tarareaba. Él se la cantó el viernes siguiente, bajito, mientras conducía sin prisa hacia el campo santo. La “abuela” lloró. “Mi esposo la cantaba igual de mal” dijo entre risas y lágrimas. Ahora la cantan juntos cada viernes. Luis presume de que ella es la única cliente que le paga con abrazos.

Un domingo de madrugada recogió a un joven. Llevaba mochila y cara de fracaso. Se sienta a su lado y le pide que de vueltas. “No tengo a dónde ir” dice. Habló cuarenta y tantos minutos. Deudas, una pelea, abandono, ganas de desaparecer. Luis escuchó. En silencio. Y cuando el chico dijo “se acabó, ya da igual” frenó frente a una iglesia que vio abierta. “Ve y tómate un café. Habla con el cura, sabrá aconsejarte. Si mañana sigues pensando lo mismo, me llamas y damos vueltas gratis hasta que se te pase”. Le dio un papel con su número escrito. El chico nunca llamó. Desde entonces Luis rompió la regla. Opina. Aconseja. Riñe, y a veces, pregunta.

El veintitrés de diciembre es su día preferido. Cada año lo espera con ilusión. No es su cumpleaños, ni es Navidad, ni es un día en que haya pasado nada especial. Es su día. Y empieza la jornada muy temprano a pesar de no tener prisa. Limpia el taxi a conciencia. Le pone ambientador nuevo. De pino, con olor a bosque umbroso. Abre una gran caja de bombones. La deja en el asiento del copiloto. Ese día, no sabe por qué, sube a su taxi gente diferente: El chico que va a ver a su padre a la cárcel. La señora que vende lotería y tiene los pies hinchados. La enfermera que termina su turno y no puede consigo… Nadie habla de Navidad. Hablan de frío, cansancio, deudas… Luis escucha con el taxímetro apagado y les ofrece bombones. “No jefe, hoy no se cobra”. A las seis, su hora favorita, aparca frente a las urgencias del hospital. Pone boleros, bajito, y se queda mirando la entrada con los bombones sobre las piernas. No busca a nadie. Piensa en Sole. En Héctor. En su padre. En su madre… “Si estuvieran aquí…” Y se mete un bombón en la boca.

Ya de regreso a casa atraviesa la ciudad. Está en silencio y llena de luces de colores. Ese día Luis no gana dinero. Llega a casa más contento y duerme sin sobresaltos. Diez o doce horas. Sin interrupción. Siente que el taxi hoy sirvió para algo más que para seguir estando vivo. Y le habla a Sole. A la Sole de la foto con el niño en brazos: “Hoy estuve bien, Sole. Hoy fui como tu querías”.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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45 grados a la sombra - Marga Pérez

 

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Aquel día, cuando salí, supe que algo iba a pasar. El calor me abofeteó como nunca antes lo hiciera. Así y todo, salí y me senté en el parque, bajo el árbol más frondoso que encontré y en un banco de cemento. Respiraba mal y sudaba sin más. Buscaba un frescor que no existía. De repente algo cayó y me rozó. Un gorrión moría en el suelo a mi lado. Moría en silencio. Cayó como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para sostenerlo. El sol quemaba. El asfalto rezumaba alquitrán. Un pájaro tras otro, fueron cayendo, de cabeza, con las alas extendidas en un último intento de vuelo fallido. Vi con horror cómo un niño soltó su helado al ver a uno estrellarse frente a él. La bola de chocolate se derritió nada más tocar el suelo, pero el niño no lloró. Se quedó quieto, mirando, como si entendiera qué era lo que pasaba.

Las gaviotas no caían, pero no eran las de siempre. Se peleaban, atacaban a los niños, picoteaban a los que apartaban los gorriones, chillaban como locas.

Los humanos tardaron algo más en quebrarse. Carmen, la señora del kiosco, se desplomó detrás del mostrador. La encontraron con los dedos apretados alrededor de una botella de agua sin abrir. El repartidor de GLOVO respiraba como si cada intento le arrancase un trozo de pulmón. Dejó la moto en medio de la calle y se sentó en el suelo. Lo recogieron unos en un coche, llevaba aún el casco puesto. En el hospital no quedaban camas. La gente dejó de salir, se encerró en casa. El parque quedó vacío. Yo seguí yendo al mismo banco, bajo el árbol más frondoso. No tenía fuerzas para más. Me sentaba y miraba los cuerpos desperdigados. Las gaviotas no me atacaban, miraban, al acecho, como si supieran que estaba demasiado cansada para ser una amenaza.

Las noches eran infernales. El ventilador giraba y giraba removiendo un calor que no tenía a dónde ir. No podía dormir. Pensaba en qué sería lo siguiente. Daba vueltas y más vueltas. Me angustiaba el final.

A la semana el calor cedió. Las ambulancias dejaron de sonar. La ciudad respiró. Los pájaros dejaron de caer. Las gaviotas volvieron a ser ellas mismas ... En el kiosco colgaron un cartel gastado: “Cerrado por vacaciones”. Nadie volvió a estar detrás de aquel mostrador.

Ahora la temperatura es de record y no me afecta. Es fácil es acostumbrarse al horror…

Yo sigo yendo al parque. Me siento en mi banco y miro las ramas vacías, las gaviotas que acechan, las mamás que esperan a sus hijos, los niños que corren y

juegan … no puedo evitarlo, sé que no debería, pero… mirándolos, me pregunto si tendrán futuro, aunque, no sé si soy capaz de aguantar la respuesta.




 

 

 

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No sé cómo sucedió - Marga Pérez

                                     Zapatos Incómodos, Sexismo En La Moda Y Concepto Del Dolor Del Pie Con ...

 

 

 

No sé cómo sucedió ni cuándo, sólo sé que dejé de ser Alba para pasar a ser Lucía. Y duele. Si, duele como esos zapatos estrechos y una talla más pequeños que nos empeñamos en usar. Al principio aprietan, luego rozan y cuando ya dejas de sentir los dedos, te convences de que lo que duele no son los zapatos, es tu forma de caminar.

Me llamo Alba pero durante años contesté por Lucía. Lucía era puntual, en las reuniones decía “me parece interesante tu punto de vista” aunque le pareciera un horror, se reía de chistes con los que habría salido corriendo. Lucía ascendió, tenía pareja estable, fotos de Brunch y vacaciones paradisíacas en Instagram, pero no tenía insomnio. Yo sí. Yo tenía todo lo demás.

El dolor empezó un viernes. En el baño de la oficina me lavé la cara y el espejo me devolvió a otra. Tenía mi nariz, mis ojeras, mi piel, pero la boca no era la mía. Aquella sonrisa forzada de no sabía qué no era mía. Toqué los labios, estaban fríos y tirantes, como si fueran prestados.

Ese día no volví al piso que compartía con Mateo. El quería a Lucía. Ella hacía lo que a el le gustaba: Le hacía las tortillas poco hechas, le planchaba las camisas con apresto, los miércoles hacían juntos el ayuno establecido y acudían también al gimnasio, los sábados caminaba a su lado en la ruta de senderismo, los domingos se encamaba con el para recuperar fuerzas. Yo odio la plancha, el orden, el ejercicio y la cama en exceso me deja baldada.

Subí al autobús. Me bajé en una parada que no era la mía y caminé. Lloviznaba. La ciudad olía a tierra mojada y a pan caliente. Entré en la primera tienda que vi abierta. Era una librería de barrio con un gato en el escaparate, dormía.

-¿Tienes cuadernos en blanco?- pregunté

La mujer del mostrador levantó la vista. Tenía los dedos manchados de tinta azul y su nombre en el delantal, Remedios

-Todos están en blanco hasta que escribes- dijo- ¿Para qué lo quieres?

-Para ser- dije sin pensar lo que decía.

Me dio uno de tapas verdes, sin líneas, sin cuadrícula, para que escribas como quieras, dijo.

Caminé sin prisa, sin rumbo, bajo la lluvia. Me senté en una marquesina y abrí el cuaderno. La primera página me miró como un perro abandonado. No pude escribir... No sé cuánto tiempo estuve allí.

Me llamo Alba. Taché. Me duelen los zapatos. Mejor, y seguí. Hoy me duelen las caras que pongo. Subrayé duelen. La tinta se corrió con la lluvia. Parecía que las palabras lloraban.

El lunes no volví a la oficina. Llamé y dije que estaba enferma. Y era verdad. Volví a casa de mis padres. Mi madre abrió la puerta y dijo: -Hola, Lucía. - No, soy Alba, dije. Parpadeó, sonrió como si llevara tiempo esperándome. - Pasa Alba, hoy hice lentejas -. Me quité los zapatos de tacón que Lucía usaba a diario. Tenía los dedos blancos, apretados, con formas de otra vida y me puse unas zapatillas viejas y grandes. Me sentí bien con ellas.

Al llegar a casa dejé a Mateo, así, sin paños calientes. Sólo le dije: - No me llamo como tú me llamas- Y no lo entendió. Me dijo que estaba estresada que lo hablábamos después de acabar el proyecto, pero no hubo un después. Lo dejé con la palabra en la boca.

Durante semanas fui a la Librería de Remedios. No compraba nada. Me sentaba en el segundo escalón de la escalera que iba al altillo y escribía. Remedios me dejaba un termo con manzanilla al lado. Sin preguntar. Sin querer saber. El gato se me subía al regazo. Pesaba y daba calor. De siete a ocho acudía allí a ser yo, sin Lucía, sin Mateo, sin “me parece interesante…”

Un día Remedios se sentó a mi lado y me dijo -¿Sabes por qué duele? Y no esperó a que contestara - Duele porque estás apretando para caber en un sitio que no es el tuyo-

Dejé el trabajo un mes después, el día que mi jefe dijo: Lucía. ¿te quedas hoy hasta tarde? A ti se te dan bien estas cosas. Le contesté - No. Sólo eso, sin explicaciones, tampoco me disculpé. El “no” me supo a manzanilla caliente, a tinta azul en los dedos, a gato pesando sobre mis piernas.

Ahora trabajo en la librería con Remedios. Todavía duele a veces. Ser yo es como estrenar pies y hay días en que todavía tropiezo con Lucía. Me sale su voz y toso, la echo fuera. Ya no vivo con el dolor. Anoche escribí en el cuaderno: Dejar de esconderme alivia el dolor de no ser Alba. Lo leí en alto y el gato ronroneó, Remedios me miró risueña y yo me reconocí en esa bonita voz.

 

 

 

 

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Noticias que huelen a menta- Marga Pérez


                                           Foto De Perfil De Un Cartero Entregando Una Carta a Una Anciana Imagen ... 


Adriano era cartero rural. Tenía cincuenta y seis años, una moto amarilla y una saca de lona que, gracias a internet, cada día pesaba menos.

Repartía a Villafría del Rio, un pueblo de trescientas casas infrahabitadas y cuatrocientos buzones casi siempre vacíos. Antes, cuando las noticias eran de papel, la saca le dejaba una marca roja en el hombro, de amor, de facturas, de postales de Benidorm con un si estuvieras aquí... Ahora llevaba propaganda de supermercados y notificaciones de la Caja Rural, única entidad que operaba en la zona. Todo lo demás llegaba por el aire, sin sobre, sin sello, sin cartero.

Los martes era mal día para Adriano. Le tocaba el barrio de Las Peñas. Era un lugar de casas bajas y muy envejecido, geranios en las ventanas y perros que ya no ladraban, lo conocían de toda la vida. Los buzones vacíos dejaban a la vista telarañas de no usar. Dña. Carmen, la de la 14, lo esperaba siempre sentada en el muro, aunque hiciera frío. Tenía noventa y tantos, pañuelo al cuello, mandil a cuadros y zapatillas de fieltro. Noventa y tantos años difuminados en negro.

-¿Hay algo, hijo?- preguntaba.

Adriano iba negando con la cabeza antes de llegar y así y todo ella preguntaba igual.

-Hoy no, doña Carmen.

-Hoy no y la otra semana tampoco- decía ella y le daba un caramelo de menta, para el camino, decía, que se hace largo sin cartas.

Adriano guardaba los caramelos en el bolsillo de la camisa. No los comía, los dejaba en un cajón de la cocina. Ciento catorce caramelos de menta, tantos como semanas sin carta para doña Carmen.

Su hijo vivía en Alemania desde hacía sabe dios cuánto. Llamaba por Navidad y mandaba mensajes de voz que ella olvidaba cómo poder escuchar.

-Dile que me escriba- le pedía a Adriano cada martes -aunque sea una línea, que yo todavía sé leer.

Adriano asentía.

Un mUn miércoles Adriano se sentó en su cocina, sacó papel del de verdad, con cuadrícula, buscó un bolígrafo que pintara y escribió: “Querida madre: Aquí hace frío pero la gente es buena. Trabajo mucho y como bien. Me acuerdo de ti y de los geranios. Te mando un abrazo que aunque tarda en llegar, llega. Tu hijo.

No firNo firmó con nombre, sólo tu hijo, a secas. Buscó un sobre, pegó un sello y a escondidas lo mataselló el mismo. Al día siguiente, jueves, no tocaba Las Peñas pero fue igual.

Doña Doña Carmen no estaba en el muro. Salió secándose las manos en el mandil y se sorprendió cuando Adriano sacó la carta. Se la dio con las dos manos, como se dan los presentes y el pan bendito. Ella buscó las gafas y se las ajustó. Leyó despacio, con el dedo. Cuando terminó, dobló el papel en cuatro y se lo guardó en el pecho. Miraba hacia dentro, sin ver, con alivio.

-¿Ves ¿Ves como si escribe?- dijo. Y le dio dos caramelos.

El maEl martes siguiente doña Carmen no estaba en el muro, estaba dentro, con la puerta entreabierta.

-Pasa, -Pasa hijo- dijo- Tengo que contestar

Ella dElla dictó y el escribió en el mismo papel cuadriculado: “Querido hijo: Aquí hace sol. Los geranios están bien. El cartero es bueno y me trae tus cartas. Come bien y no pases frío. Te espero en el muro. Tu madre”.

Le diLe dio la carta a Adriano y el la llevó a la oficina y la guardó en su taquilla. No tenía a donde mandarla.

Así AAsí pasaron seis meses. Martes y jueves. Carta y respuesta. Doña Carmen regó los geranios con más entusiasmo y el buzón de la 14 perdió las telarañas.

En mEn marzo, doña Carmen no abrió la puerta. La vecina dio parte de que se había quedado dormida para siempre, con una carta en la mano, y… ya está.

AdriaAdriano fue al entierro y llevó los ciento dieciséis caramelos de menta en una caja de zapatos. Se la dejó allí al lado, para el camino, pensó, que se hace largo sin cartas.

AdriaAdriano siguió repartiendo. Los vecinos le dejaban notas con las cartas. Adriano, esta es para mi nieto ¿se la guardas? Adriano, si ves a mi hermana dale… Ahora todos los buzones tenían escrito su nombre a mano. El las recogía, las leía y muchas las contestaba por las noches, siempre en papel de cuadrícula. Las repartía. Eran cartas que no iban a ningunas manos, pero regresaban a todos los corazones. Adriano se convirtió en el cartero de las noticias que hacían falta. Las noticias que tardaban, las que no tienen prisa, las que se escribían a mano y se guardaban en el pecho. Las que huelen a menta.

 

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Al que madruga... - Marga Pérez



Los altavoces del aeropuerto rugían como nunca antes lo habían hecho.  Repetían una y otra vez nuestros nombres y apellidos y solicitaban con insistencia que pasásemos por el mostrador catorce de facturación…

No entendíamos nada. Habíamos llegado con dos horas y media de antelación para facturar sin agobios, pasar el control de seguridad con toda tranquilidad y situarnos frente a la puerta de embarque antes que el resto de pasajeros.

Los altavoces seguían repitiendo nuestros nombres y apellidos sin darnos tiempo ni a levantarnos. ¡Qué vergüenza! Todos nos miraban. Seguro que pensaban que éramos unos viejos ineptos. Que no habíamos hecho bien las cosas. Que no teníamos ni idea. La verdad es que era la primera vez que íbamos con el IMSERSO pero nos había explicado con detalle todos los pasos y los seguimos todos, uno detrás del otro.

Yo empecé a sudar y Luis no daba pie con bola con la salida. Nos dijeron que teníamos que ir por donde salen los viajeros que llegan. Con lo fácil que sería recorrer el mismo camino que habíamos hecho… ya lo conocíamos, pero no, por otro. Bajamos en un ascensor cargado de
viajeros con prisa por salir y maletines con olor a trabajo. Nos costó hallar hueco. Éramos dos intrusos en tránsito por dependencias de llegada rumbo a lo desconocido de un mostrador vociferado por un altavoz disruptivo y atronador. ¡Qué nervios! Tuvimos que atravesar una cola interminable de pasajeros que querían facturar sus maletas. La cola que habíamos querido evitar llegando temprano. 

Nos miraban con recelo pensando que nos estábamos colando. No sabían que nos habían llamado por los altavoces. Hablamos con el empleado del mostrador y todo aquello para cambiarnos los asientos. Pensé mal, como siempre, convencida de que alguien había tenido mucho interés en los nuestros y a nosotros nos pasaban a otros peores. Menos mal que no dije nada. Nos dieron los mejores del avión, en la fila dos no existiendo la uno, así que el espacio que teníamos era inmenso. Los pies, por mucho que estirase las piernas, no pegaban con nada, una gozada. Nunca fui tan cómoda y ¡menos mal! porque Luis empezó a encontrarse mal nada más empezar a bajar, y otra vez fuimos protagonistas por megafonía. 

La azafata solicitó la presencia de un médico y enseguida aparecieron dos personas encantadoras que lo tumbaron en el suelo y determinaron que era algo cardiaco.  No dijeron la palabra infarto hasta que no aterrizamos y llegó la ambulancia. Seguro que no querían asustarme pero me lo imaginé después del trajín que tuvimos de un sitio para otro y del susto que llevamos. Luis es muy sensible y lo de pasar por el control de seguridad, la policía, los pitidos que dio al pasar…¡ dos veces! porque tuvimos que volver a pasarlo… ¡Qué quieren! Menos mal que estábamos llegando… del avión entramos en la ambulancia y de ahí al hospital. Fue todo lo que vimos de Valencia. Los diez días con el IMSERSO quedaron en una habitación de hospital.

Menos mal que Luis se recuperó muy bien y lo podemos contar pero se nos han quitado las ganas de volver a intentarlo. ¡Ah! Creo que al amigo de nuestro hijo, el que trabaja en el aeropuerto, tampoco se le ocurrirá volver a hacer un favor como el que nos hizo a nosotros, que agradecemos mucho ¡por supuesto! fuimos como reyes, la verdad que sí. Si no hubiésemos madrugado tanto…




Todo se acaba sabiendo - Marga Pérez





Hace tiempo que duermo mal, bueno, más bien poco porque mientras duermo lo hago fenomenal, ni me entero. Hoy desperté demasiado temprano para insistir en tener que dormir y me levanté y aproveché el tiempo haciendo las tareas domésticas. A las ocho en punto estaba sentada en una terraza, al sol de este maravilloso verano y con un té como única compañía. A esas horas hay mucho para observar y disfrutar y pocas personas alrededor que interfieran en ello. Los jardines a esa hora exhalan aromas frescos muy distintos a los del mediodía cuando el sol cae a plomo sobre ellos. La camarera repartía por las mesas servilletas y ceniceros. Yo era la única cliente hasta que un conocido mío, con atuendo deportivo, se sentó solo en el otro extremo de la terraza. Me llamó la atención pero en verano los hábitos cambian, seguro que a el también le llamó la atención verme a mí allí sentada, sola y a horas tan tempranas.  Enseguida apareció la mujer que lo había cuidado de pequeño, y sin pasar ni cinco minutos, su hermana también se dirigió hasta la misma mesa. Desde donde yo estaba los veía charlar animadamente pero sus palabras no se distinguían. Me emocionó verlos tan unidos después de tantos años, incluso después de haber perdido a su madre que era la que mantenía una muy buena relación con la niñera, tanto que le había dejado una finca muy bien situada desde que el corte inglés decidiera construir al lado un nuevo centro. Me emocionó ver cómo dos hermanos seguían ocupándose de la persona que los había cuidado de pequeños, a pesar de haberse independizado de la familia hacía más de medio siglo.

Con los días me di cuenta que desde mi mesa no se podía ver la puñalada trapera que le estaban propinando a la pobre anciana. Yo no la vi pero me contaron que los dos hermanos se habían aliado para despojarla de aquella finca que su madre le había legado, y lo hicieron con premeditación, alevosía y casi nocturnidad… Me gustaba más mi versión, la verdad, ya no hay valores… Una pena que en los sitios pequeños todos acabemos sabiéndolo todo de todos ¡Adiós al encanto!




Observo y escucho mis pensamientos - Marga Pérez





Hace ya un mes. Estoy sola hablando conmigo misma a todas horas. El médico me dijo que siempre lo hice pero que al dejar de oír, ahora soy más consciente porque no hay sonidos que lo tapen. ¡¡No callo!! Me gustaría tanto poder desconectarme… Hoy al fin decidí salir de casa. La primera vez que salgo a pasear desde que de repente dejé de oir. Cuantos mensajes escritos por todas partes: compro oro, merluza de oferta, prohibido jugar a la pelota, esquelas, fiestas fin de curso, concierto del coro parroquial, prohibido entrar con animales, entrada por la otra puerta, tus vacaciones en Cancún, zona wifi, la línea 2 llegará en dos minutos, ojo al perro, menú del día doce euros, temperatura hoy veintidós grados…

¡Anda! El dos es el número que más se repite. Veo a muchas personas de un lado para otro, algunas van solas y con cara de prisa, otras muchas en pareja, más relajadas, charlan. Los que pasan de tres en el grupo son los que van más lentos, se paran a cada poco, hacen corrillo para decirse algo, se ríen, no tienen ninguna prisa. Yo voy sola y tampoco la tengo, veo letreros de SE VENDE en las fachadas, de SE ALQUILA en los locales, algunos hasta con derecho a compra… Qué sorpresa ver fachadas que nunca había visto. Tienen la belleza del paso del tiempo reflejada en sus balcones, cornisas, entradas… Me acerco a un portal intrigada al ver la puerta abierta y veo que en el entresuelo hay un centro de yoga, hay una placa en la fachada. Entro y descubro una escalera señorial de mármol blanco oscurecido y desgastado por muchos años de limpiezas y repetidas pisadas. ¡Qué guapa! Igual puedo hacer yoga, aunque no oiga… El horario puesto en la puerta me invita a que venga en otro momento. Lo haré. Sentí algo especial al entrar allí… la de veces que pasé por delante y nunca me fijé ni en la casa ni en que se practicaba yoga en ella.

Una conocida me para. Hacía tiempo que no nos veíamos y no sabía nada de lo mío. Enseguida se despidió con un apretón en el brazo que nunca antes me había dado… qué cariñosa es la gente cuando saben de tu vulnerabilidad…

Llevo conmigo una tablet de esas que se borran y se puede escribir hasta el infinito pero, prefiero acostumbrarme a leer los labios. De momento yo no tengo problema para hablar, me dijeron que es fácil que lo vaya perdiendo. Con Paco ya empiezo a tener problemas… bueno, hace años que los tengo pero ahora son más evidentes. Antes pensaba que sólo era porque él no hablaba, ahora veo que ¡no escucha! ¿Tan difícil es? El oye perfectamente. Antes sólo hablaba yo pero pensaba que me escuchaba, me entendía, aunque no dijese nada. Ahora me doy cuenta de que no.  Está a mi lado pero desconectado de mí, como aquellos perros que se ponían en la bandeja de atrás del coche y movían continuamente la cabeza. Hasta le veo los ojos más perrunos cuando intenta esbozar una media sonrisa ante mis soliloquios. Antes apenas le miraba… Creo que estábamos mejor que ahora, la verdad, al menos yo, el oir otras cosas impedía que viese con tanta nitidez ¡¡ quien lo iba a decir!! Perder para ganar… y cómo sube el enfado conmigo misma… ¿por qué tengo que perder siempre algo? ¡Ya está bien! Quiero oir y quiero ver ¿es mucho pedir?



El universo conspira a nuestro favor - Marga Pérez




Mi vida está atiborrada de hechos casuales, no sé si tanto, más o menos que las de los que me rodean. Nunca lo pensé, la verdad, pero sé que conocí a Luis de manera casual en una excursión de senderismo. Según me enteré allí, fui la última en apuntarme. Había veinticinco plazas y yo ocupaba ese lugar, y Luis la veinticuatro. La primera vez que pasaron lista, no sé por qué, nos pusimos juntos. ¿Reminiscencias escolares? ¿Por el poder de atracción de los números? Ni idea, pero fuera como fuese, todo fue casual. Después de tres años y medio de novios nos casamos. Podía haber sido de otra forma pero fue así y salió bien, llevamos treinta y ocho años juntos y además muy felices.

Casual fue también el encuentro con Clara. No nos conocíamos de nada y ambas ingresamos el mismo día en el mismo hospital para dar a luz a nuestro primer hijo. Y casual fue también que nos pusieran en la misma habitación. Pues ahí empezó una amistad que aún dura. Clara es un amor, está ahí siempre que la necesito, lo mismo que yo para ella ¡claro! Es mi mejor amiga. Ella y su familia han estado siempre con nosotros en los buenos y malos momentos.

Podría contar muchos más hechos casuales de mi vida, como… cómo conseguí mi primer trabajo, cómo una enfermedad puso ante mí personas y recursos que me hicieron ver cosas importantes para mí , cómo unas vacaciones propiciaron un giro en mi vida profesional… pero, no quiero cansaros, sólo quiero pensar en alto, nada más.

Si nuestras vidas están plagadas de hechos que no buscamos y nos van saliendo al encuentro, ¿por qué unas vidas son satisfactorias, felices y productivas y otras todo lo contrario? ¿Yo tuve más suerte? ¿La vida se fue ordenando para mí de una manera menos complicada que para otros? ¿O se va ordenando según nuestra forma de ser, de actuar, de pensar, de aceptar, de rechazar?... Es complejo saber cómo estos engranajes y lubricantes actúan para que todo salga bien. Sólo sé que confío en que el universo quiere lo mejor para mí, estoy convencida, y me dejo llevar, sin más, y no me va nada mal, pero nada mal. Seguro que otros opinan todo lo contrario.

No olvides quien te va a llevar a casa - Marga Pérez




Hace unos días puse mi casa en venta para ir a vivir al chamizo que tengo hace años en la playa y que a Rosa nunca le gustó. Ella me dijo que se iba a casa de sus padres, y la verdad es que no me importó. Hace tanto que entre nosotros no van las cosas cómo deseaba… ¿Sabes? nos acostumbramos a ir perdiendo, poco a poco aunque de manera constante, palabras, caricias, tiempo compartido, amor… No me di cuenta de qué era lo que pasaba hasta que me dieron el diagnóstico. Sin quererlo ni tan siquiera pensarlo, vi, de repente, en lo que me había convertido y no me gustó. Nada de nada. Ya me conoces, soy de espoleta retardada. No sé cuánto tiempo me quedará y quiero ser yo, libre de ataduras y convencionalismos sociales. Tú sabes que la naturaleza es mi hábitat. Soy animal salvaje. Nunca debí dejar que Rosa me convenciese. Vivir en la ciudad, sin ver el mar, con horarios, objetivos, trajes, atascos, ruidos…No sabía que lo echara tanto en falta. Fue darme el diagnóstico y ver dónde quería pasar mis últimos días. Mejor que Rosa decidiera irse, yo no era capaz de dejarla y además, allí no hay espacio para dos. Bueno, dos, siendo Rosa una. Lo había hecho para respirar yo solo, para encontrarme
conmigo mismo después de perderme en la vorágine de la gran ciudad. Si tú estuvieras cerca… Tuve que recibir un diagnóstico fatal para cambiar ¡qué paradoja! Ahora soy más feliz…”

Felipe escribía a su gran amigo de juventud mientras esperaba el turno para entrar a la consulta de su médico. Ayer su enfermera le había llamado para que fuera. No sabía por qué ni para qué, no le dio explicaciones, su tumor cerebral no era operable y aún no daba señales de tener que someterse a un tratamiento paliativo así que no sabía qué le iban a decir, aunque confiaba en ellos e iba a escuchar ¡¡no faltaba más!!.

Cuando entró en la consulta y oyó de boca de su médico lo que le tenía preparado, no supo reaccionar. No había tumor, no le quedaban tan sólo meses de vida, nada más tenía migrañas. Su diagnóstico fatal era el de otro paciente al que le habían informado que tan solo padecía de migrañas… Un fallo al poner los nombres en los informes. 

Felipe se sintió flotar. Tenía otra oportunidad. Podía ser el que siempre había querido ser. Abrazó y besó a su médico, a su enfermera. Ni por un segundo pensó en el que iba a recibir su primer diagnóstico, el ya no tenía sobre su cabeza la espada de Damocles, tenía frente a él todo el tiempo del mundo. Lo demás no existía. Así que después de recomponer sus emociones, borró el mensaje que escribiera a su amigo y lo llamó. Con él había vivido algo muy especial, difícil de borrar, a pesar de intentar olvidarlo por todos los medios.  No sabía si ahora, después de tantos años, iba a resultar, pero… intuía que sólo por intentarlo merecía la pena.




Estamos en casa - Marga Pérez





Hoy sorpresivamente tenemos un día bastante fresco. No era lo que esperaba cuando decidimos el sur para nuestras vacaciones pero, viendo las temperaturas tan extremas de otras provincias, me alegro de estar aquí, con la rebequita por los hombros al caer el sol y el atlántico más cálido que en otras ocasiones.
Escribo sobre la yerba de la terraza, en la tumbona, en pantalón corto y descalza a la sombra de la pérgola. Estoy empapada en efluvios aromáticos de yerbas que nunca acabo de distinguir y que cada verano me sorprenden como si nunca antes las hubiese olido, como si se tratase del primero… Quince van ya ¡qué barbaridad! Parece que fue ayer cuando compramos esta casita tan blanca, tan pegada al mar, tan metida entre pinos. Para mí fue una locura embarcarnos en esta compra, pero, Paco estaba tan ilusionado que accedí, con eso perdí muchas horas de sueño que se compensaron con todo lo que gané… Norte sur, dos polos de una misma realidad, la nuestra. Dos mundos unidos por el mismo sol y el mismo mar, pero qué distintos… Aquí no tenemos tele, ni corremos de un lado para otro, ni miramos el reloj… Yo no sé ni dónde lo tengo. Es salir del tiempo para entrar en el tcha tcha tcha de las urracas, el chip chip de los gorriones y el aroma de plantas que me embriaga de muchas y variadas formas según vayan subiendo o bajando las temperaturas... Ni un coche, ni una voz. Parece que estamos solos en el mundo… Menos mal que está Paco… No sé qué va a ser de mi cuando ya no esté… no quiero ni pensarlo… La semana pasada nos dijeron que el tratamiento no iba tan bien como esperaban. Ya sabíamos que esto podía ocurrir pero hasta que no te lo dicen confías en que todo va a ir bien, en que se va a curar, en que seguiremos con nuestra vida tranquila y plácida como hasta ahora, sin cambios ni sobresaltos… sin embargo… hoy está fresco, estamos en julio, en el sur, en medio de una horrorosa ola de calor y, tengo frío… ¿Dejarán de cantar las urracas, los gorriones, cuando ya no esté…? ¿Dejarán de oler los pinos, las yerbas aromáticas, el mar…? ¿Dejará de existir el silencio?...
¿Qué vendrá después?






Solos no, diferentes - Marga Pérez


                                     

 

 

¿Se enamoró de él porque era diferente de los otros o el que ella fuera tan distinta a otras fue lo que le ayudó a que se fijase en ella?...

Ambos solían deambular solos por calles, cafés, cines y parques, y, precisamente en uno de éstos, sentados en un banco frente al estanque de los patos, fue donde se conocieron. Lanzaban con indolencia trocitos de pan duro a los animales como otras muchas personas hacían. A él le atrajo de ella sus ojos saltones, estáticos, casi ausentes de parpadeo. También le gustó su boquita de labios finos y picudos. Ella observaba con deleite la ausencia de vello facial en aquel rostro lampiño que, sin dejar de emitir ruiditos guturales, alimentaba de forma tan impecable a aquellas aves. El, algo gurgutó incomprensible, la miró, y ella respondió con un ¡caramba! enigmático y áspero que a él le gustó mucho. Ahí empezó todo. Se pusieron en pie y caminaron, uno al lado del otro, entre árboles, flores y piar de gorriones, sin tiempo estipulado ni rumbo fijo.

Ella se dio cuenta de que al andar el separaba las puntas de los pies igual que ella hacía. En su casa trataran de corregirla con insistencia pero sin ningún éxito. Su hermano pronto aprendió lo de palmípeda y así la llamaba cuando no había adultos delante, y a ella no le importaba, era así, ¿por qué tendría que ser de alguna otra forma?

El vio cómo ella mantenía una postura inclinada hacia delante, con los codos detrás de su cuerpo y los brazos separados, impulsándose con ellos al andar. Había recorrido consultas de traumatólogos sin encontrar la causa de tan peculiar forma de caminar. Ningún fisio consiguió modificarla. Ahora, después de tantos años, descubre que él no es el único, y le gusta, y se lo cuenta a ella sin poder dejar de mirar a aquellos ojos saltones y estáticos que solo miran a los suyos. No pueden dejar de caminar uno al lado del otro, cada vez más rápido, más inclinados, más rápido, más inclinados, más, más y más rápido… juntos, y sin ponerse de acuerdo ni hablar de ello, empiezan a agitar los brazos. Y los pies, sin saber cómo, se separaron del suelo y ambos salieron volando del parque para asombro de los que allí estaban. Y volaron por encima de los árboles, del estanque, de los patos, de los niños y los mayores. Y ya no volvieron allí, nunca más.

 

 

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Nubarrones en el horizonte - Marga Pérez

                                   Nubes, Pastar, Luz De Sol, Árbol, Zanja

 

 

 

Hola, aquí estoy otra vez tratando de entenderlo, sigo tan mal… Aquello fue tan impactante… Todo lo trastocó y la verdad, no entiendo por qué, fue un fin de semana perfecto, como todos. Nos gustaba salir, sienta bien, o eso pensaba.

Daban muy mal tiempo pero nos acompañó el sol a todos lados. Comimos a lo grande, descansamos, hicimos varios circuitos en el spa y dormimos a pierna suelta en una cama inmensa y comodísima en la que pudimos evadirnos. El último día, con calma, nos dispusimos a coger el coche para volver a casa. Ella no tenía prisa. Me dijo que le apenaba dejar las montañas soleadas y, sobre todo, la paz que transmitían para tener que dirigirnos a la borrasca que azotaba la costa, eso fue lo que me dijo, y… ¡menuda borrasca! No nos imaginábamos con lo que nos íbamos a encontrar pero teníamos que ponernos en ruta, no había otra.

Ella fue muy ilusionada, me imagino que por el spa, pero para mí, si no hubiésemos ido no habría pasado nada, la verdad. Fue un viaje tranquilo… muy tranquilo, los dos solos, a descansar y a encontrarnos bien… como siempre nos encontrábamos, claro. No perseguíamos ninguna emoción fuera de lo habitual y mucho menos compartir con alguien ningún aspaviento, como hacen otros cuando salen de casa. No va con nosotros. No somos de emociones fuertes ni de sobresaltos, tampoco de compartir chorradas…No, no, será por la edad… Igual llevábamos una vida demasiado tranquila y pasó lo que pasó para… para… no sé para qué, la verdad, estábamos tan bien…

A pocos kilómetros de salir, el sol desapareció y los nubarrones en el horizonte señalaban con precisión dónde se localizaba la tormenta. Enseguida empezó a llover y el viento agitó con furia coche y árboles. Ramas, hojas… muchas ramas, muchas, volaban, cruzaban la carretera. Ella tenía miedo, nunca habíamos viajado con una tormenta así y nos detuvimos en un pueblo a guarecernos. Tomamos café, esperamos a que pasase…pero no mejoraba. Allí yo no sabía que lo malo, pero malo de verdad, aún no había llegado.

Volvimos despacio sorteando obstáculos que se desplazaban con las fuertes rachas de viento. Por fin en casa. Habíamos llegado. Todo lo habíamos superado con pies de plomo... Entrar en la vivienda después de unos días fuera es tan agradable… el calor nos dio la bienvenida nada más abrir la puerta y, sin decírselo, agradecí que hubiera dejado programada la calefacción y ordenado el piso. Da gusto encontrarlo así, huele a hogar. Ese olor tiene el poder de estimular mis intestinos y me lleva al baño nada más soltar la maleta. Es rito conocido. Ella, mientras tanto, recorre las habitaciones, no sé muy bien para qué, la verdad, siempre lo hace, seguro que le da tranquilidad comprobar que nadie ha entrado en nuestra ausencia, y en éstas fue cuando empezaron los gritos… Creí que le daba algo. Salí como pude, estaba asustadísima. Al entrar en el dormitorio vio a una mujer en nuestra cama, no se movía, y eso que chilló. Juntos nos acercamos, con cuidado, sin tocar nada, claro. Era una mujer desconocida, al menos yo no la había visto nunca, ella me dijo que tampoco y, no había duda de que estaba muerta. La cara la delataba, estaba palidísima, encerada, inexpresiva. Los ojos abiertos sin vida. Yacía boca arriba, con el embozo estirado cubriéndole el pecho y un pijama rosa que yo nunca había visto, aunque a ella le recordó a uno que había usado cuando era joven. Los brazos reposaban por encima de las sábanas. Las manos eran finas y de dedos largos, rígidos, como de estatua de virgen yacente, sólo faltaba el rosario entre ellos…No los toqué pero sabía que si lo hiciese estarían fríos y duros. Fue lo que más me sorprendió de aquella mujer. No puedo decir más… ¿era joven?…no lo sé, tampoco si era morena, rubia, guapa o fea… Era una mujer muerta y estaba en nuestra cama ¡Inaudito! ¿Qué coño hacía allí? ¡Cómo chillaba ella, Dios!

La policía se ocupó de todo.

Nosotros declaramos… separados, juntos, con abogados, con psicólogos.

No sé por qué pero no pudimos seguir durmiendo en aquella cama, y menos, seguir viviendo en aquella casa.

No podemos seguir juntos, me dijo, en ninguna otra cama ni en ninguna otra casa…

¿Por qué? … No entiendo nada.

Hace tiempo que tampoco sé nada de ella.

¡Estábamos tan bien…! ¿Qué pasó?



 

 

 

 

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La distancia es el olvido - Marga Pérez

                                            A person is waving outside a moving vehicle, possibly saying goodbye or greeting someone

 

Estábamos con el protocolo de aterrizaje cuando empezaron a surgir escenas de otra época que creía olvidada pero que por lo visto sólo estaba escondida, o quizá dormida, en alguno de esos pliegues que se forman dentro de nosotros cuando nos empeñamos en no querer saber. Desde la ventanilla veía casas blancas, aljibes en medio de plataneras, tierra oscura y reseca, azoteas desconchadas, depósitos de agua. Hacía tanto que no veía aquel paisaje…

Cuando salí con la maleta en busca del taxi me topé con una sensación familiar, el aire, era el mismo que me despidiera arremolinándose entre telas y polvo terroso, el mismo que me sofocara y obligara a sacar las gafas de sol y el abanico que siempre estaban en mi bolso…

En el trayecto hasta la ciudad fueron despertando nombres de fantasmas que creía que sólo eran eso, pero que allí se hicieron reales… habían existido y yo los conocía… Y empecé a encontrarme mal… Al enfilar la avenida de la que arrancaba mi calle, el estómago se hizo un nudo. Tenía ganas de vomitar y la cabeza me daba vueltas… respiré hondo y traté de no pensar... Controlando las náuseas paramos frente al portal, pagué y bajé con la maleta. Cerré la puerta y me quedé en medio de la calle sin poder dar un paso. Estaba petrificada. Aquel era el portal por el que tantas veces había pasado con mi madre, sola, con mi hermano… feliz… corriendo hacia el ascensor, con unas ganas locas de ir al baño cuando llegaba del colegio… me vi con el uniforme de cuadros y coletitas con lazo azul…La bocina de un coche me sacó del ensimismamiento y corrí hacia el portal… Sexto A, llamé al timbre y mientras esperaba volví a oir el vozarrón de papá diciéndome que no me abría, que yo ya no vivía allí… era una coña suya, claro, pero una coña que oyó toda la calle… qué vergüenza, era una cría… yo le decía que se dejase de bromas y me abriese y el insistía, más alto, que de broma nada, que yo ya no vivía allí, que me fuera… no sabía dónde meterme. Sólo cuando dejé de hablar me abrió… ¿Quién es? Oía ahora su voz bastante más dulce pero el corazón se me agitó como entonces sin poder controlarlo. Abrió. Subí por las escaleras con la maleta a cuestas… Sólo de pensar en estar quieta en el ascensor hacía que me subiese por las paredes… si no fuera porque mamá me pidió que fuese… Debe de estar muy mal, pensaba, me fui hace tanto… Y me fui para no volver. Al llegar al piso la puerta estaba abierta y en medio un hombre que deduje era mi padre. Estaba irreconocible. El que dejé era un hombretón joven, plantado, fuerte y atractivo, y este era un viejo, encogido y encorvado. El atractivo no sé cuándo ni dónde lo perdió pero no quedaba ni rastro… Nada más poner el pie en el recibidor me asaltó la sangre que lo pringaba todo… No quería saberlo pero, por mucho que lo escondiese, estaba y salió, cuando menos lo esperaba, en tromba, como sale lo que se oculta porque nos hace daño… Estábamos allí, en la entrada de casa, llegaba con mamá del colegio, con mi uniforme y mis coletitas, feliz… papá se acercó a nosotras sin decir nada, con la cara desencajada… ni me dio un beso… Estaba muy enfadado… y empujó a mamá… contra la puerta de cristal del salón… Se hizo añicos. Había sangre por todas partes, la cara de mamá no se distinguía, sólo veía la sangre empapando aquel cuerpo inerte sobre cristales rojos y puntiagudos… mis pies… los miraba sin moverme…estaban entre cristales, no podía hacer nada, tenía miedo…El moretón en el muslo de mamá, por detrás, quedó al descubierto al caer y subirse la falda… estaba en la pierna de mamá… ¡inmenso!… Soñé tantas veces con esa pierna morada sin saber que era la de ella… Yo lo adoraba, conmigo era encantador, pero no volvimos a tener la misma relación, cayó del pedestal por más que me empeñase en no querer recordar aquello…. No volvimos a llevarnos bien… ¡Vamos! nos llevábamos fatal, por eso me fui de casa…Estuve tantos años convencida de que era porque el no me quería… ahora sé que fui yo la que había dejado de quererle a él… Menudo batiburrillo emocional se desató. Dejé la maleta y salí corriendo a respirar, al lado del mar, como siempre había hecho… si el paseo de la playa hablase… No pude volver a aquella casa, ni siquiera a buscar mis cosas. Cogí el primer vuelo que encontré y volví a mi vida. Ya no pienso en lo que pasó. La distancia juega a favor mío. Bloqueé el teléfono de mi padre y, mi madre, hace mucho que no dice nada… Puedo seguir con mi vida sin introducir nada de lo que allí viví, como si nunca hubiese existido… bueno, a lo sumo, lo siento como si fuese vivido por otra que no soy yo, por otra que no tiene nada que ver conmigo y… ya no sale en mis sueños …

 

 

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A la sangre le cuesta volver al corazón - Marga Pérez

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Si pudiéramos dar marcha atrás en el tiempo y cambiar algo...Yo modificaría la muerte de la bisabuela. Si, una muerte triste y muy prematura … Pero el pasado no se puede cambiar, aunque creo que hoy sí puedo hacer algo para modificar el futuro… Bueno, os cuento.

Cuando murió la bisabuela, a Felisa, la hermana de la abuela, le cambió la vida de la noche a la mañana. Ella era joven, con ilusiones, despreocupación y seguro que con ganas de vivir… igual que yo y todos vosotros, pero, con la muerte de su madre tuvo que hacerse cargo de la casa, de su padre y de seis hermanos más pequeños que ella, como bien sabéis. Era lo que había. A la mayor le tocaba ser la sustituta. ¿Creéis que hoy sería distinto? Lo dudo…

Seguro que nadie le consultó si quería, o si le venía bien en aquel momento, ¡menudo marrón! lo sé por mamá, la abuela lo veía desde si misma y le hablaba mal de ella y de lo mal que la trataba, no podía ponerse en su lugar… Fue una auténtica guarrada que su madre muriese precisamente en aquel momento. No sé si sabéis que no hacía mucho que la guerra civil había acabado. Ni me imagino qué es vivir con una guerra, pero sé que Felisa empezaba a respirar después de aquel terror absurdo. Estaba enamorada y, aunque sé que a su padre no le gustaba aquel novio, a ella, joven e inconsciente, le importaba más bien nada, no me extraña, yo haría lo mismo. Se veían a escondidas en el pueblo y eso que todos los conocían.

La situación económica de la familia entonces no era boyante, todo lo contrario, aunque con dignidad mantenían aquel estatus social de “familia bien”, que siempre habían tenido, intacto y limpio de polvo y paja, como decía la abuela. Era una familia respetable, pero, también respetada por lo buena gente que era. Y eso pesaba en el ánimo de Felisa.

Al colegio de las monjas ya no iba. En aquella época las niñas bien sólo estudiaban una cultura general, los niños ya era otra cosa, y ella la había terminado. Bordaba en casa el ajuar para cuando se casase, salía con las amigas de toda la vida y, sin que nadie se enterase, cortejaba con aquel novio al que consideraban poco pero por el que “bebía los vientos”, esto me lo dijo Felisa no hace mucho, tal cual ¡Qué horror! Beber los vientos…

Cuando su madre murió todo se trastocó y Felisa pasó, muy a pesar suyo, de ser hija a ejercer de ama de casa. Sus dos hermanas pequeñas, la abuela Rosa y la tita Clara, tampoco lo tuvieron nada fácil, perdieron a una madre y no encontraron el cariño perdido en su hermana. Ella pasó a ser una madrastra para ellas, palabras textuales de ambas. ¡Cuánto les hizo de rabiar! Si ella no podía pasarlo bien sus hermanas tampoco. Ellas dos fueron las víctimas propicias de su rabia “contenida” decía mamá cuando salía el tema, pero sólo con ellas afloraba la mala leche. Se conoce que ya la traía de serie porque si no no lo entiendo… Los demás hermanos enseguida se pusieron a trabajar, salieron de casa, y alguno hasta cruzó el charco buscando mejores oportunidades. Era una época de auténtica pobreza y está claro que emigrar no era lo peor que les podía pasar.

En la casa de la abuela pronto quedaron las tres hermanas, solas, con su padre, ausente de los asuntos domésticos, como buen padre de familia. Felisa, la abuela y la tita Clara, tres hermanas que querían disfrutar y no siempre se les permitía. Una, porque sus obligaciones domésticas se lo impedían y las otras, porque su hermana mayor no les dejaba, y esto marcó su relación, aunque en unos años Felisa se casó y se fue a vivir a otro pueblo con su marido.

Las tres crecieron con la espinita clavada de aquellos años tan difíciles y no perdían ocasión de echarse en cara, muchas veces sin claridad, aquello que les dolía.

No tenían buena relación aunque tampoco se puede decir que fuera mala, era una relación amor-odio envuelta en educación, religión y saber estar. Aunque, de tarde en tarde salían sentimientos de culpa por no contribuir lo suficiente al entendimiento, y eso que acabaron viviendo las tres en el mismo pueblo y no muy lejos las unas de las otras, eso sí, cada una en su casa y con su vida, a pesar de que mamá intentó que viviesen juntas al quedar viudas, pero fue imposible.

Felisa y la abuela Rosa se casaron. Clara quedó para vestir santos, como se decía entonces, y fue a lo que se dedicó. Creo que en la vida no hizo otra cosa. De las tres solo Rosa tuvo hijos, y con los años, nietos, como sabéis soy la mayor, y estuve años viendo cómo esa espinita de su infancia seguía haciendo de las suyas. Intacta. En la abuela puedo asegurar que enquistada en el mismo lugar en el que se había clavado hacía más de setenta años, pero, por como hablaba, doliendo lo mismo… Unos meses antes de morir, tomando juntas el café con leche de media tarde, charlábamos de la familia, y, cómo no, los resentimientos, mil veces oídos, volvieron a salir . Me atreví a interrumpirla y preguntarle por la edad que tenía su hermana Felisa cuando quedaron huérfanas. Había oído muchas veces la historia sin tener claro este dato. Le costó dar con la fecha pero al darse cuenta que su hermana tenía diecisiete años, que casualidad, los mismos que tenía yo, dejó de hablar, sólo me miraba como extrañada, como si nunca me hubiera visto… Fue curioso, se fue encogiendo, vamos, se hundió en la butaca ¡literal! Le empezó a temblar una mano mientras se la apretaba con la otra y así, sin más, se echó a llorar… ¡qué mal trago! nunca la había visto así. No hacía ruido pero no podía parar. Tenía la mirada en otro lugar... Sólo le hice una pregunta, de verdad, no quería que llorase. Fui a buscar un vaso de agua. Cuando volví oí cómo repetía una y otra vez el “ era una cría, era una cría” que tanto me machaca cuando pienso en ella. Mamá me dijo que no me preocupara, que la había ayudado pero no sé muy bien cómo, la verdad…

Pues bien, después de lo que os acabo de contar, quiero dejar aquí constancia de que renuncio a la primogenitura que ostento. Ya lo sabéis. Dicen que soy igual que Felisa. Lo mismo me da. Espero que haya quedado clara mi voluntad. Hay guerra cerca… ¿Y si llega ?… ¿Y si mamá…? Dios no lo quiera ¡Me muero! Sólo de pensarlo siento lo que debió de sentir Felisa ¡pobre!. Soy una cría , igual que ella, y sé que no me vais a preguntar ¡NO! Es mi respuesta.


 

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