Está haciendo un día de perros y no me importa. Lo que son las cosas, hace seis meses estaba hecho polvo, pero la vida puede darte un vuelco y ponerse todo patas arriba. Es como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, un milagro inesperado.
Tengo las ventanas de casa tapiadas con andamios, mis vecinos tuvieron la ocurrencia de arreglar la fachada, había dinero y subvenciones, el momento adecuado y tenían que aprovecharlo. La Unión Europea tan generosa nos iba a pagar los arreglos, el edificio los necesitaba. Las obras empezaron en la peor etapa de mi vida.
Mis padres acababan de fallecer en accidente de tren. Ese tan gordo en el que murieron tantas personas, queriendo el ministerio lavarse las manos echando la culpa a quien fabricaba las vías. ¡Miserables! Si en vez de haber tanto jefecillo chupando de mis impuestos contrataran más personal de mantenimiento, ningún accidente ocurriría. Fue tan de repente, sin poder despedirme y con el regusto amargo de una discusión fuerte el día antes del viaje. La culpabilidad me machacaba no pudiendo hablarlo con nadie porque nadie me haría sentirme mejor.
No sé si por mi estado anímico de esos días o porque el destino me tenía preparada esa jugada, mi novia me deja por el idiota de mi primo, ¡en buena hora los presenté! Me pilló con el pie cambiado y me hundí, un bajón bastante importante que trataba de superar volcándome en el trabajo.
Empecé a sentir nuevamente los rallos del sol cuando mi empresa cierra por impagos. Todos al paro y para casa. Fue el remate, no me importaba nada y empecé a pensar que tirarme desde el balcón a la calle podría ser buena solución a mis conflictos mentales. Se acabaría todo y sería una buena manera de culpabilizar a los demás de mis desgracias.
Decidido a ello, había escogido el día y la forma, adormecí mis sentidos con alcohol abriendo la puerta del balcón decidido a tirarme. ¡No pude! Los andamios tapaban todo el espacio incluso con una malla de seguridad en todo el perímetro. Apenas veía la calle a través de los tubos, estaba tan pedo que no se me ocurrió otra manera de quitarme de en medio, decidí dormir la mona esperando que al despertar esos andamios no estuvieran.
Ahí seguían y seguían, eran un freno a mi deseo de no existir. Durante esos días me volví apático, bebía más que comía, adormilado empecé a entretenerme con la televisión, videos del móvil, comprobando que nadie se acordaba de mí, nadie preguntaba cuál era mi ánimo ni siquiera la familia más cercana, ¡menuda mierda de vida!
El verano llegaba con muchísimo calor y para no ahogarme empecé por abrir ventanas y el balcón por ver si algo de aire entraba por ellas. Una noche estando tumbado en la cama mirando fijamente el móvil, sentí una presencia en el dormitorio. Tengo pánico tanto a los fantasmas como a los ladrones siempre me han atemorizado. Antes de encender la luz vi unos ojos brillantes mirándome fijamente. Con el corazón desbocado apreté la pera de la lámpara llevándome un susto morrocotudo al ver que tenía delante un pequeño gatito. Era de pelaje negro con manchitas blancas. No paraba de maullar, tan asustado seguramente como yo. Nunca he tenido mascotas y tampoco he sentido necesidad de tenerlas así que no sabía cómo comportarme. En cuanto me moví echó a correr por toda la casa, escondiéndose por los rincones en busca de refugio. Dejé que se calmara igual que yo, cerré la ventana y la puerta de mi dormitorio e intenté dormirme, aunque no lo conseguía, su maullido lastimero me daba cierto repelús.
A pesar del contratiempo conseguí pillar por fin un sueño reparador y a la mañana siguiente ni me acordaba de él, hasta que tomando el café apareció por la puerta de la cocina maullando sin parar, debía tener sed y hambre. Le puse una taza con agua y otra con leche y fui a asearme. Por alguna razón después de tanto tiempo tenía ganas de hacerlo. Cuando volví las dos tazas estaban vacías, ¡pobre animal estaba peor que yo! Intenté acercarme para ver si tenía collar y pertenecía a alguien, pues no, no había nada en su cuello ni en sus orejas y había cogido tanta confianza que se paseaba por la casa sin esconderse.
Aquel bicho empezó a hacerme tanta gracia que bajé a la calle en busca de una tienda de animales, les conté el caso y me orientaron sobre cómo actuar. Lo primero ganarme su cariño y luego llevarlo al veterinario para ver si tenía chip y devolverlo a su dueño. Ese proceso me llevó unos días en los que mi ánimo estaba enfocado en ayudar al gato, hasta le puse nombre “Chatín” porque tenía muy poquita nariz.
El pequeño animal está muy a gusto en casa, tiene su zona preferida donde le puse una camita, los cuencos de comida y agua siempre están llenos y es muy limpio usando el arenero. Un compañero de piso ideal, cuando tiene ganas de mimos se acerca y si no, está muy a gusto recorriendo los andamios cuando no están los obreros, porque siempre vuelve, sabe que ahora tiene un hogar y ha llegado en el momento justo para reforzar mi estado anímico. Volví a encontrar un trabajo, no tan bueno como el anterior, pero al menos me siento útil y productivo, su compañía ha realizado un milagro y por supuesto esos andamios también han tenido un papel importante, tanto es así, que ya están empezando a desmontarlos y me siento triste por ello, pero no hundido, todavía tengo fuerzas para seguir nadando y salir a flote.
Está haciendo un día de perros y no me importa. Lo que son las cosas, hace seis meses estaba hecho polvo, pero la vida puede darte un vuelco y ponerse todo patas arriba. Es como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, un milagro inesperado.
Tengo las ventanas de casa tapiadas con andamios, mis vecinos tuvieron la ocurrencia de arreglar la fachada, había dinero y subvenciones, el momento adecuado y tenían que aprovecharlo. La Unión Europea tan generosa nos iba a pagar los arreglos, el edificio los necesitaba. Las obras empezaron en la peor etapa de mi vida.
Mis padres acababan de fallecer en accidente de tren. Ese tan gordo en el que murieron tantas personas, queriendo el ministerio lavarse las manos echando la culpa a quien fabricaba las vías. ¡Miserables! Si en vez de haber tanto jefecillo chupando de mis impuestos contrataran más personal de mantenimiento, ningún accidente ocurriría. Fue tan de repente, sin poder despedirme y con el regusto amargo de una discusión fuerte el día antes del viaje. La culpabilidad me machacaba no pudiendo hablarlo con nadie porque nadie me haría sentirme mejor.
No sé si por mi estado anímico de esos días o porque el destino me tenía preparada esa jugada, mi novia me deja por el idiota de mi primo, ¡en buena hora los presenté! Me pilló con el pie cambiado y me hundí, un bajón bastante importante que trataba de superar volcándome en el trabajo.
Empecé a sentir nuevamente los rallos del sol cuando mi empresa cierra por impagos. Todos al paro y para casa. Fue el remate, no me importaba nada y empecé a pensar que tirarme desde el balcón a la calle podría ser buena solución a mis conflictos mentales. Se acabaría todo y sería una buena manera de culpabilizar a los demás de mis desgracias.
Decidido a ello, había escogido el día y la forma, adormecí mis sentidos con alcohol abriendo la puerta del balcón decidido a tirarme. ¡No pude! Los andamios tapaban todo el espacio incluso con una malla de seguridad en todo el perímetro. Apenas veía la calle a través de los tubos, estaba tan pedo que no se me ocurrió otra manera de quitarme de en medio, decidí dormir la mona esperando que al despertar esos andamios no estuvieran.
Ahí seguían y seguían, eran un freno a mi deseo de no existir. Durante esos días me volví apático, bebía más que comía, adormilado empecé a entretenerme con la televisión, videos del móvil, comprobando que nadie se acordaba de mí, nadie preguntaba cuál era mi ánimo ni siquiera la familia más cercana, ¡menuda mierda de vida!
El verano llegaba con muchísimo calor y para no ahogarme empecé por abrir ventanas y el balcón por ver si algo de aire entraba por ellas. Una noche estando tumbado en la cama mirando fijamente el móvil, sentí una presencia en el dormitorio. Tengo pánico tanto a los fantasmas como a los ladrones siempre me han atemorizado. Antes de encender la luz vi unos ojos brillantes mirándome fijamente. Con el corazón desbocado apreté la pera de la lámpara llevándome un susto morrocotudo al ver que tenía delante un pequeño gatito. Era de pelaje negro con manchitas blancas. No paraba de maullar, tan asustado seguramente como yo. Nunca he tenido mascotas y tampoco he sentido necesidad de tenerlas así que no sabía cómo comportarme. En cuanto me moví echó a correr por toda la casa, escondiéndose por los rincones en busca de refugio. Dejé que se calmara igual que yo, cerré la ventana y la puerta de mi dormitorio e intenté dormirme, aunque no lo conseguía, su maullido lastimero me daba cierto repelús.
A pesar del contratiempo conseguí pillar por fin un sueño reparador y a la mañana siguiente ni me acordaba de él, hasta que tomando el café apareció por la puerta de la cocina maullando sin parar, debía tener sed y hambre. Le puse una taza con agua y otra con leche y fui a asearme. Por alguna razón después de tanto tiempo tenía ganas de hacerlo. Cuando volví las dos tazas estaban vacías, ¡pobre animal estaba peor que yo! Intenté acercarme para ver si tenía collar y pertenecía a alguien, pues no, no había nada en su cuello ni en sus orejas y había cogido tanta confianza que se paseaba por la casa sin esconderse.
Aquel bicho empezó a hacerme tanta gracia que bajé a la calle en busca de una tienda de animales, les conté el caso y me orientaron sobre cómo actuar. Lo primero ganarme su cariño y luego llevarlo al veterinario para ver si tenía chip y devolverlo a su dueño. Ese proceso me llevó unos días en los que mi ánimo estaba enfocado en ayudar al gato, hasta le puse nombre “Chatín” porque tenía muy poquita nariz.
El pequeño animal está muy a gusto en casa, tiene su zona preferida donde le puse una camita, los cuencos de comida y agua siempre están llenos y es muy limpio usando el arenero. Un compañero de piso ideal, cuando tiene ganas de mimos se acerca y si no, está muy a gusto recorriendo los andamios cuando no están los obreros, porque siempre vuelve, sabe que ahora tiene un hogar y ha llegado en el momento justo para reforzar mi estado anímico. Volví a encontrar un trabajo, no tan bueno como el anterior, pero al menos me siento útil y productivo, su compañía ha realizado un milagro y por supuesto esos andamios también han tenido un papel importante, tanto es así, que ya están empezando a desmontarlos y me siento triste por ello, pero no hundido, todavía tengo fuerzas para seguir nadando y salir a flote.
Está haciendo un día de perros y no me importa. Lo que son las cosas, hace seis meses estaba hecho polvo, pero la vida puede darte un vuelco y ponerse todo patas arriba. Es como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, un milagro inesperado.
Tengo las ventanas de casa tapiadas con andamios, mis vecinos tuvieron la ocurrencia de arreglar la fachada, había dinero y subvenciones, el momento adecuado y tenían que aprovecharlo. La Unión Europea tan generosa nos iba a pagar los arreglos, el edificio los necesitaba. Las obras empezaron en la peor etapa de mi vida.
Mis padres acababan de fallecer en accidente de tren. Ese tan gordo en el que murieron tantas personas, queriendo el ministerio lavarse las manos echando la culpa a quien fabricaba las vías. ¡Miserables! Si en vez de haber tanto jefecillo chupando de mis impuestos contrataran más personal de mantenimiento, ningún accidente ocurriría. Fue tan de repente, sin poder despedirme y con el regusto amargo de una discusión fuerte el día antes del viaje. La culpabilidad me machacaba no pudiendo hablarlo con nadie porque nadie me haría sentirme mejor.
No sé si por mi estado anímico de esos días o porque el destino me tenía preparada esa jugada, mi novia me deja por el idiota de mi primo, ¡en buena hora los presenté! Me pilló con el pie cambiado y me hundí, un bajón bastante importante que trataba de superar volcándome en el trabajo.
Empecé a sentir nuevamente los rallos del sol cuando mi empresa cierra por impagos. Todos al paro y para casa. Fue el remate, no me importaba nada y empecé a pensar que tirarme desde el balcón a la calle podría ser buena solución a mis conflictos mentales. Se acabaría todo y sería una buena manera de culpabilizar a los demás de mis desgracias.
Decidido a ello, había escogido el día y la forma, adormecí mis sentidos con alcohol abriendo la puerta del balcón decidido a tirarme. ¡No pude! Los andamios tapaban todo el espacio incluso con una malla de seguridad en todo el perímetro. Apenas veía la calle a través de los tubos, estaba tan pedo que no se me ocurrió otra manera de quitarme de en medio, decidí dormir la mona esperando que al despertar esos andamios no estuvieran.
Ahí seguían y seguían, eran un freno a mi deseo de no existir. Durante esos días me volví apático, bebía más que comía, adormilado empecé a entretenerme con la televisión, videos del móvil, comprobando que nadie se acordaba de mí, nadie preguntaba cuál era mi ánimo ni siquiera la familia más cercana, ¡menuda mierda de vida!
El verano llegaba con muchísimo calor y para no ahogarme empecé por abrir ventanas y el balcón por ver si algo de aire entraba por ellas. Una noche estando tumbado en la cama mirando fijamente el móvil, sentí una presencia en el dormitorio. Tengo pánico tanto a los fantasmas como a los ladrones siempre me han atemorizado. Antes de encender la luz vi unos ojos brillantes mirándome fijamente. Con el corazón desbocado apreté la pera de la lámpara llevándome un susto morrocotudo al ver que tenía delante un pequeño gatito. Era de pelaje negro con manchitas blancas. No paraba de maullar, tan asustado seguramente como yo. Nunca he tenido mascotas y tampoco he sentido necesidad de tenerlas así que no sabía cómo comportarme. En cuanto me moví echó a correr por toda la casa, escondiéndose por los rincones en busca de refugio. Dejé que se calmara igual que yo, cerré la ventana y la puerta de mi dormitorio e intenté dormirme, aunque no lo conseguía, su maullido lastimero me daba cierto repelús.
A pesar del contratiempo conseguí pillar por fin un sueño reparador y a la mañana siguiente ni me acordaba de él, hasta que tomando el café apareció por la puerta de la cocina maullando sin parar, debía tener sed y hambre. Le puse una taza con agua y otra con leche y fui a asearme. Por alguna razón después de tanto tiempo tenía ganas de hacerlo. Cuando volví las dos tazas estaban vacías, ¡pobre animal estaba peor que yo! Intenté acercarme para ver si tenía collar y pertenecía a alguien, pues no, no había nada en su cuello ni en sus orejas y había cogido tanta confianza que se paseaba por la casa sin esconderse.
Aquel bicho empezó a hacerme tanta gracia que bajé a la calle en busca de una tienda de animales, les conté el caso y me orientaron sobre cómo actuar. Lo primero ganarme su cariño y luego llevarlo al veterinario para ver si tenía chip y devolverlo a su dueño. Ese proceso me llevó unos días en los que mi ánimo estaba enfocado en ayudar al gato, hasta le puse nombre “Chatín” porque tenía muy poquita nariz.
Está haciendo un día de perros y no me importa. Lo que son las cosas, hace seis meses estaba hecho polvo, pero la vida puede darte un vuelco y ponerse todo patas arriba. Es como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, un milagro inesperado.
Tengo las ventanas de casa tapiadas con andamios, mis vecinos tuvieron la ocurrencia de arreglar la fachada, había dinero y subvenciones, el momento adecuado y tenían que aprovecharlo. La Unión Europea tan generosa nos iba a pagar los arreglos, el edificio los necesitaba. Las obras empezaron en la peor etapa de mi vida.
Mis padres acababan de fallecer en accidente de tren. Ese tan gordo en el que murieron tantas personas, queriendo el ministerio lavarse las manos echando la culpa a quien fabricaba las vías. ¡Miserables! Si en vez de haber tanto jefecillo chupando de mis impuestos contrataran más personal de mantenimiento, ningún accidente ocurriría. Fue tan de repente, sin poder despedirme y con el regusto amargo de una discusión fuerte el día antes del viaje. La culpabilidad me machacaba no pudiendo hablarlo con nadie porque nadie me haría sentirme mejor.
No sé si por mi estado anímico de esos días o porque el destino me tenía preparada esa jugada, mi novia me deja por el idiota de mi primo, ¡en buena hora los presenté! Me pilló con el pie cambiado y me hundí, un bajón bastante importante que trataba de superar volcándome en el trabajo.
Empecé a sentir nuevamente los rallos del sol cuando mi empresa cierra por impagos. Todos al paro y para casa. Fue el remate, no me importaba nada y empecé a pensar que tirarme desde el balcón a la calle podría ser buena solución a mis conflictos mentales. Se acabaría todo y sería una buena manera de culpabilizar a los demás de mis desgracias.
Decidido a ello, había escogido el día y la forma, adormecí mis sentidos con alcohol abriendo la puerta del balcón decidido a tirarme. ¡No pude! Los andamios tapaban todo el espacio incluso con una malla de seguridad en todo el perímetro. Apenas veía la calle a través de los tubos, estaba tan pedo que no se me ocurrió otra manera de quitarme de en medio, decidí dormir la mona esperando que al despertar esos andamios no estuvieran.
Ahí seguían y seguían, eran un freno a mi deseo de no existir. Durante esos días me volví apático, bebía más que comía, adormilado empecé a entretenerme con la televisión, videos del móvil, comprobando que nadie se acordaba de mí, nadie preguntaba cuál era mi ánimo ni siquiera la familia más cercana, ¡menuda mierda de vida!
El verano llegaba con muchísimo calor y para no ahogarme empecé por abrir ventanas y el balcón por ver si algo de aire entraba por ellas. Una noche estando tumbado en la cama mirando fijamente el móvil, sentí una presencia en el dormitorio. Tengo pánico tanto a los fantasmas como a los ladrones siempre me han atemorizado. Antes de encender la luz vi unos ojos brillantes mirándome fijamente. Con el corazón desbocado apreté la pera de la lámpara llevándome un susto morrocotudo al ver que tenía delante un pequeño gatito. Era de pelaje negro con manchitas blancas. No paraba de maullar, tan asustado seguramente como yo. Nunca he tenido mascotas y tampoco he sentido necesidad de tenerlas así que no sabía cómo comportarme. En cuanto me moví echó a correr por toda la casa, escondiéndose por los rincones en busca de refugio. Dejé que se calmara igual que yo, cerré la ventana y la puerta de mi dormitorio e intenté dormirme, aunque no lo conseguía, su maullido lastimero me daba cierto repelús.
A pesar del contratiempo conseguí pillar por fin un sueño reparador y a la mañana siguiente ni me acordaba de él, hasta que tomando el café apareció por la puerta de la cocina maullando sin parar, debía tener sed y hambre. Le puse una taza con agua y otra con leche y fui a asearme. Por alguna razón después de tanto tiempo tenía ganas de hacerlo. Cuando volví las dos tazas estaban vacías, ¡pobre animal estaba peor que yo! Intenté acercarme para ver si tenía collar y pertenecía a alguien, pues no, no había nada en su cuello ni en sus orejas y había cogido tanta confianza que se paseaba por la casa sin esconderse.
Aquel bicho empezó a hacerme tanta gracia que bajé a la calle en busca de una tienda de animales, les conté el caso y me orientaron sobre cómo actuar. Lo primero ganarme su cariño y luego llevarlo al veterinario para ver si tenía chip y devolverlo a su dueño. Ese proceso me llevó unos días en los que mi ánimo estaba enfocado en ayudar al gato, hasta le puse nombre “Chatín” porque tenía muy poquita nariz.
El pequeño animal está muy a gusto en casa, tiene su zona preferida donde le puse una camita, los cuencos de comida y agua siempre están llenos y es muy limpio usando el arenero. Un compañero de piso ideal, cuando tiene ganas de mimos se acerca y si no, está muy a gusto recorriendo los andamios cuando no están los obreros, porque siempre vuelve, sabe que ahora tiene un hogar y ha llegado en el momento justo para reforzar mi estado anímico. Volví a encontrar un trabajo, no tan bueno como el anterior, pero al menos me siento útil y productivo, su compañía ha realizado un milagro y por supuesto esos andamios también han tenido un papel importante, tanto es así, que ya están empezando a desmontarlos y me siento triste por ello, pero no hundido, todavía tengo fuerzas para seguir nadando y salir a flote.
El pequeño animal está muy a gusto en casa, tiene su zona preferida donde le puse una camita, los cuencos de comida y agua siempre están llenos y es muy limpio usando el arenero. Un compañero de piso ideal, cuando tiene ganas de mimos se acerca y si no, está muy a gusto recorriendo los andamios cuando no están los obreros, porque siempre vuelve, sabe que ahora tiene un hogar y ha llegado en el momento justo para reforzar mi estado anímico. Volví a encontrar un trabajo, no tan bueno como el anterior, pero al menos me siento útil y productivo, su compañía ha realizado un milagro y por supuesto esos andamios también han tenido un papel importante, tanto es así, que ya están empezando a desmontarlos y me siento triste por ello, pero no hundido, todavía tengo fuerzas para seguir nadando y salir a flote.

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