La lluvia caía con intensidad, como si quisiera borrar la ciudad del mapa. En la calle desierta, dos sombras se deslizaron entre la cortina de agua, una por cada esquina.
El policía se detuvo frente a él. El hombre estaba quieto, clavado en la acera, con el sombrero hundido, la gabardina ajada y el cigarrillo apagado colgando de la boca. Parecía parte del mobiliario urbano, salvo por el sobre arrugado que sostenía firme en la mano, como si fuera lo último que le quedara en el mundo.
—¿Qué hace aquí? —preguntó el agente, con voz seca.
El tipo levantó la mirada. Sus ojos cansados indicaban que ya lo había perdido todo.
—Espero —respondió—. En esta ciudad, siempre se espera a que ocurra algo.
El policía lo observó con el cansancio acumulado de quien ha visto demasiadas noches como esa: hombres rotos, secretos sucios, promesas que huelen a pólvora. El sobre estaba manchado. No solo de lluvia.
—¿Quién ha muerto? —preguntó el agente con un deje de ironía.
El hombre sonrió, una sonrisa torcida, como un cuchillo oxidado.
—Todos —susurró—. Solo que algunos tardan más en darse cuenta.
Un coche pasó rugiendo calle abajo, dejando tras de sí un olor extraño, mezcla de gasolina y desesperanza. La ciudad seguía respirando, enferma de prisas, como siempre.
Entonces sonó un disparo: seco, brutal, como un punto final.
El policía giró instintivamente, pero el hombre no se movió. El sobre cayó al suelo, abierto, y las letras rojas se mezclaron con la lluvia:
“Informe interno. Corrupción en el cuerpo. Lista completa.”
El agente tragó saliva. Su nombre estaba el primero. Sintió el frío del metal en su cuerpo antes de escuchar un último disparo.

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