Aún no sé - Marian Muñoz

                                      

 

Las cámaras me intimidaban, acostumbrada sólo a mis alumnos aquel conglomerado de focos, cables y objetivos me pusieron nerviosa. Saqué mi lápiz de dibujo, al tocar su suavidad me transmitió calma consiguiendo el valor necesario para hablar. El programa había grabado un reportaje hacía unos cuantos años y mi presencia iba a corroborar y dar actualidad a unos hechos. El presentador se dirigió a mí con tranquilidad invitándome a relatar mi experiencia, sin alarmismos ni exageraciones, sólo lo vivido.

Soy profesora de dibujo en una localidad costera de Asturias, vivo allí desde muy niña, aunque nací en Avilés. En ella viven mis padres y mi hermana con su familia, somos gente de lo más normal. Tengo tres sobrinos y el más pequeño, Jaime, posee talento artístico como yo, pero lo suyo es la música. Desde bien pequeño ha tenido un oído extraordinario, con las castañuelas de su hermana conseguía interpretar melodías de los dibujos animados y con el xilofón era todo un maestro autodidacta, así que sus padres le apuntaron enseguida a la escuela de música. En ella aprendió lo básico y pronto aconsejaron a mi hermana llevarlo al Conservatorio de Avilés donde aprendería más y a un nivel más alto. Iba tres tardes a la semana, unos quince kilómetros de distancia, al atender también las actividades extraescolares de los mayores me pidieron llevarlo los miércoles pues tengo las tardes libres. Lo hacía con agrado, Jaime es un niño encantador, educado y tranquilo con gran sensibilidad hacia las artes. El viaje es corto y el Conservatorio esta en la zona centro, dejábamos el coche en el parking bajo el ayuntamiento y en dos minutos alcanzábamos la escuela.

Avilés es una ciudad tremendamente atractiva para pintar o dibujar, tiene muchos edificios monumentales y de gran belleza, el conservatorio es una muestra de ello, para mí una maravilla, un palacete único y plasmarlo en papel de lo más entretenido, así que mientras él estaba en clase me sentaba en un banco del pequeño parque trasero o en la plaza de delante, cuaderno en mano dibujaba sus ventanas, salientes, figuras o terrazas, por no hablar de su torre o sus adornos exteriores, en fin un edificio con rincones tan variopintos que son una delicia para la vista. En la parte de atrás existe una terraza cuya base son tres ventanas con remate en arco. Diferentes ornamentos exteriores proporcionan una singularidad y belleza a esa parte del palacio. Entretenía la espera dibujando a carboncillo hasta que los estudiantes y Jaime entre ellos salían de clase, regresábamos a casa y hasta el miércoles siguiente. En apenas mes y medio mejoró mucho según contaban sus padres y él lo confirmaba. Iba contento a clase y yo más contenta de llevarle.

En uno de esos viajes me comentó estar adelantando mucho porque un profesor, un poco raro, le enseñaba trucos para mejorar su técnica. Le pregunté el motivo de la extravagancia respondiéndome que vestía ropa muy gastada y siempre la misma, mientras que su tutor iba más actual y variaba de prendas. Me hizo gracia su comentario y le expliqué que algunos artistas suelen ser un poco raros para hacerse notar y darse importancia. Los dos nos reímos y el tema no fue a más. Seguí dibujando cada tarde, tenía mi cuaderno casi lleno y tras el otoño llegó el frío invierno, un día caía un buen aguacero, al entrar en la escuela el conserje me invitó a quedarme dentro hasta que escampara un poco, me ofreció una silla y me instalé en un rincón para no molestar. Estaba entusiasmada admirando la vidriera del techo cuando oí tocar un piano en mi lado izquierdo. Era mi sobrino practicando una melodía y al lado un profesor le daba indicaciones, no les veía muy bien al estar en penumbra debido a la oscuridad exterior que entraba por las tres ventanas, saqué mi cuaderno y empecé a dibujarles, mejor ocasión imposible combinar dibujo con la música. El timbre de salida me sobresaltó y los alumnos comenzaron a discurrir escaleras abajo, recogí la silla agradeciendo al conserje su amabilidad y por fin se acercó Jaime, ya no llovía y pudimos llegar hasta el parking sin mojarnos.

El mal tiempo se había instaurado guareciéndome las tardes en la cafetería enfrente de la escuela, observando por la ventana seguía dibujando en mi cuaderno entreteniendo la espera. Mis esbozos interesaron al dueño invitándome a exponerlos en su local, según dijo tenía las paredes un poco vacías y llenarlas con mis obras sería animar a la clientela además de poder vender. No me pareció mala idea, estuve por semana escogiendo qué dibujos, poniéndoles marcos y paspartú además de pensar qué precio les pondría, no muy caros pero lo suficiente para que el dueño también pudiera llevarse algo. Así fue como un sábado mi cuñado me ayudó a transportarlos, los colgamos de forma que lucieran y deseamos que las críticas no fueran muy duras. Al miércoles siguiente me informó que había vendido todos los que mostraban imágenes del edificio del Conservatorio al director del mismo, al parecer le habían gustado y se los había llevado inmediatamente, con el resto también había tenido suerte ya que las marinas gustan mucho. Volví muy contenta a casa por el éxito de la muestra, me despedí de Jaime hasta el miércoles siguiente.

Continué con mi rutina hasta la tarde del martes que me llamó mi hermana, había conseguido organizarse mejor y sería ella quien acompañaría a Jaime a clase. Me dio un poco de rabia, pero pensé que era normal, no le di más importancia. Fui yo quien la llamó al martes siguiente por ver si me necesitaba el miércoles para ir hasta Avilés, me volvió a decir que no, se estaban apañando con otros padres. Me pareció perfecto, aunque echaba de menos los viajes con Jaime y mis ratos de dibujo. Ese domingo tuvimos comida familiar y nos divertimos y charlamos, pero hubo un momento en que el pequeño se acercó y me dijo al oído que me echaba de menos pero el director del conservatorio no quería que volviera por allí, algo que no entendía. Sorprendida por la confesión y sin querer chivarme conversé con mi hermana y en un momento dado le propuse volver a llevar el miércoles a mi sobrino. Su cara fue de circunstancias, al guardar silencio le pregunté qué pasaba, confesándome que el director de la escuela le había pedido que no me acercara ni dibujara nada del edificio.

Sorprendida, dolida y muy cabreada no sabía cómo reaccionar a la afrenta, en ningún momento mi comportamiento fue molesto o entorpecí el discurrir de las clases, siempre fui respetuosa tanto en la calle como las dos veces que estuve en el interior y para nada critiqué a profesores o empleados, así que tal injerencia en mi libertad o la de mi hermana y sobrino me pareció una falta de respeto grandísima. Dejé pasar unos días para calmarme, tomando la decisión de ir a hablar con él para ver qué mosca le había picado. El jueves de tarde me acerqué primero por la cafetería para recoger los dibujos no vendidos y el fruto de la venta, después entré en la escuela, el conserje me saludó muy amable felicitándome por la exposición, le pedí hablar con el director para agradecerle la compra de los cuadros, era una buena excusa para que me recibiera y hablar seriamente. En su despacho me respondió que mis dibujos eran los culpables de que no debía aparecer por allí nunca más porque podrían ahuyentar a los estudiantes y a sus padres.

No entendía nada, ¿me había comprado mis creaciones sólo para que nadie las viera? Era cosa de locos, así se lo dije, podían no ser de su agrado, pero de eso a horrorizar había un gran paso. Le pregunté cuál era el que menos le había gustado, me enseñó justo el que había hecho la tarde de lluvia en el interior, Jaime al piano con su profesor. Me dijo muy alterado que ese piano estaba en el auditorio y solo se usaba para recitales, nunca para practicar. Pues pregunte al profesor que estaba con él –contesté furiosa- porque yo no tengo la culpa. ¡Su sobrino nunca ha tocado en ese piano! Oiga, mire, -le dije- yo lo vi, es más no era la primera vez, desde la calle le he visto otras veces con ese profesor, Walter creo que se llama, y está ayudando muchísimo a mi sobrino a mejorar su técnica.

El hombre se puso pálido, el rostro desencajado, creí que le iba a dar algo, finalmente más calmado me explicó que Jaime sólo tenía un profesor que impartía clases en el piso de arriba, nunca salía del aula salvo al terminar la jornada y a quien había dibujado era el fantasma del palacete. Durante la guerra civil un avión cayó en la zona de Miranda y su piloto malherido bajó hasta el centro de la población en busca de ayuda, el edificio al estar vacío nadie pudo ayudarle, falleciendo en él, sus moradores lo habían sentido en más de una ocasión, pero nunca, nadie lo había retratado, y si alguien veía ese dibujo podría cundir el pánico.

El verlo Jaime y yo podría deberse a nuestra sensibilidad especial como artistas, nunca sentimos temor a su presencia, pero fue real.

Volví a llevar a mi sobrino a clase, dibujé otros edificios monumentales y maravillosos cercanos, espero que ningún otro posea fantasmas que puedan aparecer en mis láminas.

Después de mi charla en Cuarto Milenio Iker Jiménez volvió a mostrar el programa de hace años en el que habían grabado cacofonías del supuesto fantasma, ocurrió antes de rehabilitar el Conservatorio y mi experiencia venía a confirmar nuevamente la leyenda de Walter el aviador.

 

 

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