Miedo - Gloria Losada

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¿Por qué no te callas?

La voz de Iratxe sonó al lado del oído de Ramón como un susurro que sin embargo lo hizo callar de repente. Creo que fue en ese momento cuando se dio cuenta de que casi todas las miradas estaban sobre nosotros. En la televisión daban la noticia del asesinato de un joven concejal de Ermua a manos de la banda terrorista que en aquel tiempo y lugar era mejor ni nombrar, pero Ramón, inconsciente de ello, manifestaba en voz alta y sin ningún pudor lo que muchos pensábamos, que eran unos malnacidos, que las cosas no se arreglaban así... Ramón vivía en La Coruña y estaba pasando unos días de vacaciones en el País Vasco.

Las piernas me temblaban, en realidad me temblaba todo el cuerpo, pero hice acopio de las pocas fuerzas que me quedaban y me acerqué a la barra, pagué las consumiciones y salimos de la taberna como alma que lleva el diablo. Fuera el sol calentaba con fuerza las calles de la zona antigua de Bilbao. Nos alejamos de allí lo más rápido que pudimos. Iratxe y yo tirábamos de Ramon y de Lola, su novia, que nos seguían casi a trompicones sin entender nada. Cuando nos pareció que estábamos suficientemente lejos les explicamos la situación.

Ramón, estás loco, no estamos en La Coruña, esto es Bilbao... – le regañé.

Vaya, lo siento, yo solo estaba opinando. Se llama libertad de expresión – replicó.

Tuvimos que explicarle que en el País Vasco no conocíamos la libertad de expresión, por lo menos en torno a un tema tan escabroso y delicado como era el terrorismo. Nadie podía decir lo que pensaba, nadie podía hablar con libertad por miedo a que esa persona anónima que tenías al lado fuera de ellos, de los malos, que eran pocos, pero tenían dominados a los buenos, que éramos la mayoría. Lo que Ramón veía en la tele, lo que oía sobre la vida en aquel lugar del mundo, no era mentira, no era un exageración. Había gente que tenía que mirar todos los días debajo de su coche, que tenía que ir de acá para allá con una persona detrás que vigilaba la intimidad de su vida, que tenía que cambiar la ruta por la que iba a su trabajo todas las mañanas, que tenía que pagar para poder vivir, y luego estábamos los demás, todos los demás, que podíamos pensar, pero no podíamos decir, La dictadura del silencio era el precio en muchos casos para poder seguir viviendo, como había ocurrido en España durante cuarenta años. La diferencia estaba en que ahora, los que imponían sus leyes, lo hacían enarbolando una democracia que no existía. Con Franco por lo menos sabíamos lo que había.

Han pasado muchos años ya y las cosas afortunadamente han cambiado. Ramón, Lola, Iratxe y yo seguimos siendo amigos y nos vemos de vez en cuando. No hay momento en que no lo hagamos que no recordemos aquella tarde en Bilbao.

Y ahora defienden a un rapero de tres al cuarto diciendo que sus canciones son libertad de expresión – decía Lola la última vez que nos vimos – como se nota que no vivieron otros tiempos.

Exactamente, cómo se nota que nunca les obligaron a tener la boca cerrada... por miedo.

 

 

 

 

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