Verdades - Esperanza Tirado

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La vida es un limón verde y amargo, que te obliga a abrir los ojos, que se burla de ti a la cara, escupiéndote con acidez la realidad de lo que no quieres aceptar. Cuanto antes lo aprendas, menos te costará morder y evitar ser mordida.




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Pisando líneas - Marga Pérez

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Y ése ¿ por qué me mira así?… ¡Será posible! Un criajo sacándome la lengua ¡Qué desfachatez!…Vas a hacerle burla a tu padre…¡Cómo te coja!… Ni un paseo puedo dar ¿Qué coño les hice?… Con ella ésto no pasaba. No me dejan en paz...A saber con lo que me encuentro cuando vuelva… ¡críos de mierda! Cara limón… si, éso me llaman, cara limón….¡Qué poca gracia! ¿Cómo saben dónde vivo? Si los cojo… Sabe Dios lo que encontraré en el buzón… De todo. De todo meten… ¡Qué desfachatez!

Y así, con la mirada extraviada y en pijama, da vueltas a la manzana. Desde que ella se fue no se atreve a más.


 

 

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Donde las dan las toman - Gloria Losada

                                   Gotas Laxantes

 

 

Soy gorda, siempre lo fui, desde niña. Tengo un problema de salud y a pesar de mi moderación en la comida me es muy difícil, por no decir imposible, perder peso. Lo llevo como puedo. Confieso que me gustaría verme más delgada y poder comprar ropa sin necesidad de buscar una tienda acorde con mis kilos, pero lo importante es que mi salud está controlada y puedo vivir sin demasiados inconvenientes, porque bueno, tampoco es para tanto, me sobran treinta o cuarenta kilos, tampoco se crean que no me puedo levantar de una cama ni moverme con soltura. Lo único que no soporto son las burlas. Cuando iba al colegio tube que soportar alguna que otra, pero ahora, de mayor, no paso ni la primera.

Estudié en la escula de Hostelería y soy una buena cocinera. Hace unos meses me salió un trabajo en un restaurante de las afueras, no es gran cosa, pero para empezar mi andadura laboral, tampoco está mal. El sueldo no es muy boyante pero respetan mis horas de trabajo y libro los fines de semana, que debería ser lo normal, pero visto lo visto... En fin, no voy hablar ahora de mis condiciones laborales. El caso es que el restaurante en cuestión es frecuentado por caminoneros y demás gente de paso. Últimamente almuerzan todos los días unos obreros de la construcción que trabajan aquí al lado. La mayoría vienen a lo que vienen, a comer, pagan y se largan, pero uno de ellos siempre tiene algo que decirme relacionado con mi peso. Un día me vio en la cocina y desde entonces no deja de soltar comentarios sobre mi figura, bastante soeces, por cierto. Así que no me quedó más remedio que actuar. En la tarta de limón que pidió de postre le vacié un frasco de laxante. Por la tarde pasó la ambulancia hacia la obra. Al parecer se lo tuvieron que llevar al hospital entre dolores horribles y un hedor nauseabundo fruto de sus.... bueno, ya saben. Estoy muy satisfecha. Cuando vuelva por aquí le voy a preguntar qué tal le sentó la tarta de limón. Seguro que se da por aludido y me deja en paz.

 

 

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Destiempos - Dori Terán

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  Pareciera que los comentarios de la gente reclamen la cotidianidad del clima. En los saludos de los encuentros entre las personas, se intercambia siempre, como algo sorprendente, una nota sobre el comportamiento de la atmósfera palpable.-“Buenos días vecino, que calor tan sofocante tenemos” -“Buenas tardes Pedro, ponme una pechuga de pollo. Ay!! que no sé qué van a pastar tus vacas como siga sin llover”. –“Hola doña Anita, voy al parque a tomar este sol radiante que tenemos” Y es que ya estamos en enero y no hace frio y las nubes no tapan el sol ni quieren llorar. Hasta las cumbres más altas esperan impacientes el manto blanco que enfría los ardores del estío y que tras fundirse en agua con la loca primavera las hará explosionar en esplendor de vida hermosa. Adela saborea feliz este verano eterno e inagotable. No le gusta el frío, ni el viento que enfurecido silba en las ventanas y embravece los mares que se tiñen de gris y rugen en marea de olas gigantes. Lo ha visto una vez cuando Teresa la llevó a su pueblo de marineros a pasar unos días. Pasó mucho miedo. Y el agua,¿çómo va a faltarnos un día el agua?. Solo hay que mirar el río que pasa por el pueblo. Serpentea cuando encuentra la montaña y forma meandros que pregonan su poderío ante ella. Discurre caudaloso y raudo en la llanura silenciosa hasta llegar a la cascada donde en un salto de gigante entona un sonido perfecto, una melodía entre la piedra y la espuma. En Urbel jamás ha faltado el agua. Le ha contado Matías que el poblado se asienta sobre un lago subterráneo que al filtrarse regala arroyuelos y fuentes y que en el descaro de su rebose cuando llueve mucho, escupe por la boca de la cueva que lo contiene, el aluvión de su crecida. Matías sabe mucho sobre esto, bueno, y sobre muchas cosas más. Ha estudiado en una universidad muy buena. Matías es joven y es simpático. Le gusta hablar con los lugareños cuando se acerca los fines de semana para descansar en la casa que un día fue de sus padres. A Adela le gusta escucharle, como es maestro, sabe muy bien cómo hacerse entender. Ella pocas veces ha salido del pueblo. Ya es mayor para emprender caminos. Estuvo a punto de hacerlo cuando Teresa su amiga del alma, se marchó al norte a aquel pueblecito donde el mar se junta con el cielo y huele a sal y a una hierba que reposa en la playa, ocle lo llama Teresa. Pero no, ese no era su lugar. Si agasajas a la tierra con tu trabajo, la tierra te obsequia con la dádiva de alimentos que ves crecer y madurar. Los cuidas, los mimas y son como hijos que te devuelven en gratitud toda su energía. Y ahí quiso quedarse ella Las tierras de Urbel son muy fértiles en lentejas y el hierro de esta legumbre ha legado a toda la personalidad y persona de Adela la valentía y el arrojo para vivir sola, que no en soledad.

Tiene un pequeño huerto que es la admiración de muchos vecinos y la envidia de muchos otros. Tomates que colorean, pimientos verdeando, lechugas de todos los colores, calabacines blancos y verdes, anaranjadas calabazas que expanden ramas y hojas adueñándose del suelo y muchos más hijos. Variedad y calidad. Es Enero y el huerto está en descanso. Adela sigue el calendario de siembra agrícola aunque si el tiempo sigue siendo eterno verano tal vez haya que cambiar ese calendario. Los frutales parecen confundirse en su proceso de maduración y crecimiento Este año las nueces anticipadamente maduras han caído del nogal sin esperar el viento que las ayuda a desprenderse en los meses de octubre y noviembre.

En un rincón de su vergel tiene Adela unas azucenas blancas y amarillas que por la época del año deberían dormir en sus bulbos. El sol camelador las ha dado con su luz y calor el poder de lucir en invierno Adela las contempla cada día desde su ventana. Son preciosas, Esta noche hay un perfume distinto en el aire. El descanso nocturno se vuelve agitado. La pesadilla se cuela en los sueños de Adela. Ve con claridad nítida como Urbel desaparece tragado por el lago subterráneo que emerge violento sin pedir permiso, enfadado por no recibir el alimento que se le debe, la lluvia El ruido ensordecedor de un trueno la arrebata del mal sueño. Corre descalza y observa que tras la ventana están las azucenas mordidas por la lluvia. Van a sufrir su destiempo. Ha llegado el invierno a Urbel. Ojalá que la película de su dormir no sea una premonición, el lago subterráneo ya tiene su alimento y la vida de las bellas azucenas del huerto.




 

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Azucenas - Marian Muñoz

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Lo que nos depara el futuro nunca es seguro, nunca sabemos lo que tras un paso nos podremos encontrar, sin duda la vida es belleza, bondad y alegría, aunque en ocasiones difícilmente las tropecemos. La inocencia y la maldad pueden enfrentarse a cada instante y posiblemente una de las dos pierda en el contacto, en ocasiones quien pensamos es más débil gana la partida.

Cuando contaba diez años mi padre falleció, maduré rápidamente pues mi madre le echaba en falta más que yo, viéndome en la obligación de hacerle los días más agradables, más amenos, para que no se viniera abajo. Estábamos solas, decidiendo yo por ella ser la más fuerte, la más ingeniosa, la más dispuesta a lo que fuera con tal de verle una sonrisa en su rostro y gesto cariñoso hacia mí. Papá trabajaba en una gestoría y mamá como dependienta en una boutique, debido a su horario era quien me llevaba y traía del colegio. Las tardes solía pasarlas en la trastienda haciendo deberes o dibujando mientras la escuchaba atender a las clientas. Hasta que no nos quedamos solas no comencé a ser totalmente autónoma e independiente, haciendo las compras y recados de casa. Con su sueldo más la pensión de viudedad y orfandad nos apañábamos bien, sin grandes lujos, pero sin grandes necesidades, lo peor llegó en el momento de ir a la universidad, mis notas eran buenas, pero no lo suficiente para una beca sustanciosa, por fortuna los hermanos de mi padre nos dieron una solución.

Me pagaban la matrícula y un pequeño apartamento a cambio de atender a tía Carmela, una anciana que residía sola en Salamanca, le tenían mucho cariño por haber ayudado a la familia cuando estuvieron en apuros económicos y lo único que debía hacer era pasarme las tardes con ella, darle la merienda, la cena y acostarla, del resto ya se encargaba una señora que llevaba muchos años cuidándola. No parecía mucho esfuerzo, aunque temía por su carácter, pero al menos podría iniciar mis estudios con apenas costo para mi madre. Acepté la oferta, la distancia de 300 km de casa parecía mucha, pero era la única solución factible a mi porvenir. El apartamento se encontraba cerca de su casa, justo el día antes de comenzar las clases la conocí, una anciana delgada, de cálida sonrisa y muy dicharachera, debido a la edad tenía problemas de movilidad, pero su cabeza parecía estar muy centrada para sus 95 años. Congeniamos y fue ella misma quien me aleccionaba donde estaban los utensilios en la cocina, así como la comida, no fue realmente un trabajo sino el acompañamiento a un familiar muy simpático.

Cierto que apenas disponía de tiempo libre, entre clases, la tía y estudiar. Debía apañarme como fuera y sacrificarme durante unos pocos años para luego conseguir un buen trabajo y ayudar a mi madre. La ciudad invitaba a pasarlo bien con tanto estudiante merodeando, costaba resistirse y alguna vez me relajé con gran sentimiento posterior de culpa, debía ser responsable y centrarme en mis tareas, además la tía lo hacía todo fácil, le gustaba contar batallitas de sus tiempos. Cuando hacía bueno dábamos un pequeño paseo alrededor de su casa, merendábamos en una confitería cercana donde era conocida, íbamos a su farmacia favorita o simplemente nos sentábamos en un banco del cercano parque mirando el deambular de la gente, no me aburría, tampoco en casa donde las noticias del periódico o la televisión siempre eran motivo de conversación. Fue en una de ellas cuando comencé a pensar que las neuronas le patinaban un poco. Habían publicado un documental sobre la vida del poeta Oscar Bonilla al concederle el premio Cervantes. Según contaban hasta en tres ocasiones fue finalista para el Nobel de Literatura. Laureado con diferentes premios y honores eran muy conocidas sus coplas al Cantábrico que le granjearon múltiples reconocimientos por el norte de España.

La tía decía haber tenido, antes de casarse, un affaire con él. Se conocieron veraneando en San Sebastián invitados por un amigo común, allí nació un sentimiento de atracción muy fuerte entre los dos, sentimiento que se perdió al tener que huir él a Sudamérica por un tema político. Quizás fuera cierto lo que contaba, pidiéndome que subiera al desván en busca de la maleta que se había dejado el poeta. Si bien el edificio había sido reformado hacía veinte años, el desván, buhardilla o trastero como quiera que se le llamase estaba tal cual lo construyeron en su día. Aquella tarde entraba poca luz por las claraboyas y una simple bombilla de baja potencia intentaba iluminar la estancia. Vigas altas, oscuras y sucias de madera llenas de telarañas, mucho polvo y suciedad por el suelo además de en los pocos enseres que allí había. Tuve que utilizar la linterna de mi móvil para buscar la dichosa maleta que no apareció, ni ella ni ninguna otra, sospechaba que Carmela no sabía lo que guardaba realmente en su desván.

Me encantaba cuando empleaba palabras francesas como frixider o buduar, para darse un toque chic igual que en sus tiempos de soltera. Durante una temporada estuvo contándome sus amoríos con el poeta, parecía haber hecho una regresión al pasado y lo narraba como si lo estuviera viviendo, escandalizándome en algunos momentos por lo libertinos que pudieron ser para sus tiempos. Insistía un par de veces a la semana que buscara la maleta, en ella hay un tesoro, decía. Pero subía una y otra vez a rebuscar y la dichosa maleta no aparecía. Entre batallita y batallita fue pasando el tiempo, en vacaciones seguía cuidando de ella y era mi madre quien se alojaba en mi piso por unos días y así poder estar juntas y charlar de nuestras cosas para no perder la relación. Estando en el tercer curso una mañana recibí la llamada de la señora que la cuidaba, acababa de avisar al médico pues tía Carmela se encontraba mal. Corrí hacia su casa y la cara del doctor reflejaba preocupación, el corazón mostraba sus 98 años y comenzaba a fallar, aquella tarde murió. Avisamos a mis tíos y a mi madre, ellos se encargaron del sepelio y muy triste acudí a su funeral para luego acompañarla hasta el cementerio, el panteón de su marido era precioso, por fin estarían juntos. Caminando hacia la salida me fijé en una tumba con un plantel florido de azucenas, en ella ponía el nombre de Oscar Bonilla, después de todo iban a estar bien cerca el uno del otro hasta la eternidad.

Los tíos me avisaron para asistir a la lectura del testamento como heredera de mi padre. No estaba interesada en recibir nada porque lo que me pudiera dar ya lo hizo mientras vivía, fue un ser entrañable y carismático del que aprendí mientras me contaba su vida. Aun así, acudí acompañada de mi madre y tras los prolegómenos dejó a mis cuatro tíos el piso donde vivía y unas tierras en las afueras de la capital además de algo de dinero a su cuidadora. Me pareció justo y no me importó, hasta que el notario me nombró como heredera de su desván y todas las pertenencias que en él hubiera. Sé que no debía, pero no pude evitar reírme, el ser la próxima propietaria de una estancia tan, tan, bueno no sé cómo describirla, sucia, fea y cochambrosa, no me pareció ningún legado interesante y creo que lo mismo pensaban mis tíos.

Durante aquellos años mamá había ahorrado lo suficiente y pude continuar alquilando el apartamento y seguir con mis estudios, los cuales terminé. A la graduación vino Fran, mi novio, que estudia arquitectura en Barcelona, aunque estamos muy alejados mantenemos contacto y nos seguimos queriendo al conocernos desde niños. Al día siguiente de la fiesta cogí las llaves del desván para enseñárselo y preguntarle si se podía hacer algo útil con él. Al abrir la puerta tuve la misma sensación que antaño, como si la tía me estuviera esperando abajo llevándole por fin la maleta tan deseada. Aquella mañana hacía un sol que entraba a raudales por las claraboyas y el lugar no parecía tan lúgubre, a la izquierda nada más entrar había un secreter, su secreter, que nunca había estado allí sino en su dormitorio, jamás lo había visto en mis incursiones anteriores. No tenía mucho polvo por lo que intuí había sido subido recientemente. Cerca del mismo el sol se reflejaba en un objeto dorado, era una de las cerraduras de una maleta, quizás la maleta que tanto busqué. Las lágrimas me saltaron de los ojos y no pude evitar sollozar ruidosamente, menos mal que Fran estaba cerca y me consoló. La abrí por fin y, para mi asombro, estaba vacía, el desconcierto se apoderó de mí, pasé del lloro a la risa. No estaba demasiado mal, sucia y vieja, su interior parecía estar en buen estado. Tiré de las gomas de los bolsillos por ver si resistían y mis dedos tropezaron con algo. Una diminuta libreta, de pastas duras y negras, sus pequeñas hojas estaban rayadas, en ella había algo escrito: “Tras la ventana las azucenas estaban mordidas por la lluvia, más su belleza continuaba impoluta debido al resplandor del cielo en cada gota de agua. No hay nada perpetuo, más lo efímero es eterno mientras se recuerde……” Eran las primeras líneas de un poema, lo que tanto ansiaba encontrar tía Carmela y no pude dar con ello.

No tenía duda del valor incalculable de mi hallazgo, mi instinto me pidió seguir curioseando por el secreter, en un cajón oculto a la vista aparecieron cartas que por la firma podrían ser del gran Oscar Bonilla, ¡me las había legado a mí, era su única propietaria! Días más tarde me puse en contacto con la fundación del poeta, les presenté mediante un abogado la obra desconocida y me hicieron una generosa oferta que no rechacé. Invertí el importe en reformar y acondicionar el desván como mini piso. La vida me llevó por derroteros lejos de allí, pero de tarde en tarde me gusta acercarme a la bella ciudad de Salamanca para relajarme, deleitarme con sus monumentos y calles, y como no, para recordar a la dulce tía Carmela quien pensando en su muerte se acordó de mí.

Las paredes del pequeño y coqueto alojamiento las tengo decoradas con cuadros y fotos de azucenas en recuerdo al poeta que tanto amó a la tía.

 

 

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Una historia de provincias - Isabel Marina

                  
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Tras la ventana estaban las azucenas mordidas por la lluvia. Lucía las miró y sintió cómo resbalaban las lágrimas por sus mejillas, adoptando la forma de una extraña lluvia interior. Lucía pensó en la cualidad de algunos estados atmosféricos de asemejarse a estados interiores del alma.

Hay errores que se pagan toda una vida y errores que se cometen desde el principio sin que una se dé cuenta.

Cuarenta años, Lucía llevaba cuarenta años confiando ciegamente en Carlos para que ahora, a la primera de cambio, todo estallase y la abandonase por una mujer más joven. Cómo iban a reírse todos los vecinos, los compañeros de trabajo, todos. Porque la gente es mala, pensaba Lucía, mientras se preparaba un café. La gente es mala, rencorosa y envidiosa. Cuántas miradas insolentes había notado a su alrededor, las tardes en que salían de misa, o en el mercado cuando los sábados la acompañaba.

Carlos siempre había sido un hombre muy guapo, exageradamente guapo, intolerablememente guapo. Había supuesto una auténtica revolución cuando se había asentado en la ciudad, a los veinte años, con su familia.

Un hombre que es como un trofeo que una pasea inconsciente, sin darse cuenta de que es objeto de codicia, de que convierte a su poseedora en la diana de los peores pensamientos.

Ya se lo había dicho su madre después de presentárselo: “ten cuidado, hija. ¿No es demasiado guapo este Carlos? Aquel hombre era la reencarnación de apolo. Alto, con una figura distinguida y una elegancia de movimientos increíble, con una piel suave, suave, hasta hacer perder la cabeza. Y esos ojos verdes y esa sonrisa profidén, y esa exquisita educación, y esa culturaza…Carlos era la perfección encarnada en hombre y se había fijado en ella cuando tenía dieciocho años.

Pero él no se daba importancia. Era un hombre sumamente respetuoso, respetuoso hasta lo inconcebible y muy religioso, con decir que nunca intentó propasarse con ella ni tocarla en zonas que no procedían. Sí, aquella era otra época, de acuerdo, hacía cuarenta años de aquel noviazgo, pero todas las amigas de Lucía se quejaban de que sus novios no paraban hasta que conseguían esa flor que los sacerdotes decían que debían cuidar y proteger.

Carlos ni siquiera la puso en ese brete. Él siempre decía que había que esperar al matrimonio, que no quería ofenderla con deseos brutales y perversos, que solo en el seno de una unión legítima ese acto podía tener sentido. Así que esperaron, pacientemente, diez años de noviazgo, hasta que él sacó las oposiciones a notarías, y se casaron un tres de agosto, en la iglesia principal de la localidad de provincias donde ambos residían.

Lucía, que para los asuntos del sexo era una absoluta ingenua, se dejó hacer en la noche de bodas y apenas sintió nada. No le pareció un asunto tan importante como sus amigas y algunas mujeres de su familia le habían hecho ver. Después, la vida sexual del matrimonio se limitó a una vez al mes, en el intento de que Lucía se quedase embarazada, cosa que Dios no quiso.

Al cabo de unos años, Carlos decidió que ya no era tiempo de tener niños, que eso tampoco era tan importante, y que no estaban obligados a hacerlo todos los meses. Para qué enfangarse con un acto que, digan lo que digan, es tan feo, decía Carlos, un acto que si no sirve para procrear no tiene mucho sentido según la santa madre iglesia. Y Lucía asentía convencida. Así que poco a poco su convivencia fue convirtiéndose en la de dos amigos, dos amigos muy bien avenidos, eso sí.

Mientras empezaba a limpiar la casa, como todas las mañanas, exhaustivamente, Lucía recordaba con nostalgia todas las conversaciones sobre lo divino y lo humano que había tenido con su marido, todos los viajes a Toledo, a Cuenca, a Segovia, los consejos que él le había dado cuando ella discutía con alguna amiga, o con la madre, que seguía teniendo bajo su punto de mira a Carlos, y seguía diciéndole, en privado, con esa mirada afilada: “Te has casado con un hombre demasiado guapo. ¿Estás segura de que te es fiel?”

Pero ella estaba segura, más que segura, ciega por él. Era el suyo un amor que rebasaba todos los límites, una admiración sin fisuras, porque él, su Carlos, no solo era un hombre bendecido por el cielo con una belleza física espectacular, sino un hombre espiritual, un hombre que no daba importancia e incluso sentía repulsión por los bajos instintos. Ella consideraba que esto era ser espiritual, y esa espiritualidad disparaba los más amorosos y puros pensamientos. Carlos para ella era una especie de dios. Y ella tenía la suerte de vivir consagrada a él.

Por eso no comprendió aquel cambio de proceder en su marido, una persona tan respetuosa con ella, con unas costumbres tan dignas y tan acordes con lo que se podría esperar de un notario, de convicciones religiosas firmes y serio, muy serio, a pesar de su belleza física, que no había disminuido apenas, a pesar de tener casi sesenta años.

De repente, empezó a llegar tarde por las noches y a faltar alguna de ellas, con la excusa de tener mucho trabajo. Algunos fines de semana, incluso, aludía a que tenía que ir a Madrid, pues había llegado a un acuerdo con una notaría de allí para efectuar trabajos conjuntos, y no regresaba hasta el lunes. Lucía estaba extrañada, pero ni se le pasaba por la imaginación desconfiar de un hombre que había demostrado durante cuarenta años su absoluta respetabilidad y amor por ella.

Por eso, aquel cuatro de diciembre, hacía exactamente dos meses, Lucía se quedó en shock cuando Carlos le comentó, entre lágrimas, que tenía que poner fin a su matrimonio, que no había sido sincero consigo mismo ni con ella, que había estado viviendo una mentira y se la había estado haciendo vivir a ella también. Que en realidad siempre había sentido rechazo y prevención hacia el sexo porque no eran las mujeres lo que le gustaba, sino los hombres, y que había llegado a descubrirlo con gran sufrimiento, pero que ahora, que había sido capaz de reconocerlo ante sí mismo, no iba a continuar viviendo en la falsedad y la mentira.

Lucía no podía articular palabra ni dar crédito a lo que estaba oyendo, sólo resonaban en ella las palabras de su madre que siempre, a las primeras de cambio, decía lo sabido: “Te casaste con un hombre demasiado guapo y eso es un motivo de intranquilidad”.

Lucía continuó en silencio también cuando Carlos hizo otra mañana sus maletas y le dijo que siempre se ocuparía de que no le faltase de nada, que comprendía que ella le había dedicado su vida y que siempre sería una persona querida para él. ¡Una persona querida!, así, tan fríamente, pensaba Lucía. Esto no puede ser verdad.

Habían pasado cinco meses y Lucía no salía de casa salvo para hacer la compra. Al cabo de dos semanas, varios obreros se acercaron y embalaron las cosas de Carlos y se las llevaron.

Ella siguió en su mutismo, negándose a hacer reproches, negándose a buscar una entrevista con él. Parece que eso a él tampoco le importó demasiado, que fue incluso un alivio.


Y así estaba ahora Lucía. Se había vuelto a asomar a la ventana, había vuelto a ver las azucenas mordidas por la lluvia, con lágrimas en las mejillas y el alma mordida por el desengaño. Además, no se lo creía, no creía que su Carlos ahora fuera un desviado, un mariquita, él, que era tan recto y tan religioso y la envidia de todos. No, seguro que había detrás alguna lagarta, como le había insinuado su madre, que en el fondo la culpaba por tonta, por ignorante.

Hija, a quién se le ocurre casarse con un hombre tan guapo. Esa es una provocación para las mujeres de nuestra ciudad y una preocupación continua. Te lo tienes merecido. Ya ha venido otra a quitártelo, otra que seguro que tiene veinte años y será capaz de darle un hijo, el que tú no has podido. Si es que no podía acabar bien, estaba cantado”.


Y Lucía asentía mirando las azucenas mordidas por la lluvia, mientras pensaba en que tenía que fregar los azulejos, que ya mostraban a las claras su vejez y solo mediante una limpieza exhaustiva podían ofrecer al menos cierta dignidad ante el paso del tiempo que no perdona.


 

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Azucenas tras la ventana - Marga Pérez


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- ¡Hasta el moño! Limpio a viejos, uno tras otro ¡treinta y cinco! una mañana y otra y otra y otra, cada día ¿estudié para ésto ?… Si, si, Carmen, dímelo ¿ESTUDIÉ PARA ESTO?…

Y se para junto a Carmen que, como si no la oyese, mira embobada la pared sucia y desconchada que hay detrás de la ventana.

- Ya… ya lo sé, tu no tienes la culpa…¡ Explotada! Eso es lo que estoy ¡EXPLOTADA! Y todo por una mierda de sueldo… Si supieras lo que nos pagan … una mierda y todavía tengo que aguantar lo de ¡sonríe! ¡No puedes tener ese careto con los ancianos! …Ganas me dan de reir, pero a carcajadas.

¡Listo! ¡Ya nos vamos!: Baño limpio, habitación limpia, viejita impoluta ¡Todo como la patena! … ¡Que no te rasques! ¡Tranquila, tranquila! Ya nos vamos... ¡Ah! sólo quedan las azucenas... como no tengo nada que hacer... además, flores para la señora… Ufff…¡El colmo! Si me tocase la lotería aquí no me pillan, te lo aseguro, y éso que tu eres de las mejores, ¿eh? ¡De las mejores! Aunque no camines. Ya quisiera yo que todos estuvieran tan calladitos como tu ¡¡Uffff…!! No sabes lo que tengo que aguantar…

Y empujando la silla sale de la habitación con Carmen, intentado esbozar una dulce sonrisa.


Tam, Tam ,Tam... Parecía que no llegábamos ... creía que íbamos con retraso . Tam tam, tam... Desde el pasillo oigo las campanadas... Qué raro es esto del tiempo, unos días parece que no corre y otros… cómo vuela… Luz ¡Da gusto! Mi habitación es tan oscura… Aquí el sol entra hasta el pasillo. No me extraña que me pongan gafas de sol, veo tanto desde que me operé … en cuanto se vaya me las quito.

¡Cuánta claridad! no veo nada …Ya… ya. Con la mano dando sombra mejora... ¡Ahora si!...El jardín… ¡Qué guapo! No me canso de mirarlo… Mira cuántos han bajado hoy...¡Qué suerte! Con la silla harían falta más chicas… Una vez al mes y si hace bueno… Creo que fue eso lo que dijeron cuando tu ya no podías … ¿Te acuerdas? Debajo de aquel árbol… ¿O sería de aquel otro? … Este parece muy joven… ya… desde aquel sentados en la yerba veíamos la portilla de casa...y las ventanas … todavía veo a mamá asomada mirándonos… Mira que no saber cual es el árbol… Hace tanto … Tenía un tronco inmenso, rugoso… ¿te acuerdas? se me enganchaba la chaqueta… siempre apoyados en él…tu y yo, siempre hablando. La abuela decía que pelando la pava… Si, es este...¿seguirá estando el corazón que dibujaste con la navaja?… Del otro lado, a donde me llevaste para enseñarme... no sé qué me digiste… Pero allí sólo me besaste… Desde ese lado no nos veían… el corazón me lo enseñaste después... pusiste nuestras letras. Ese fue nuestro sitio de los besos ¡Qué críos éramos! … trepábamos, corríamos uno detrás del otro, jugábamos a la gallinita, a adivinanzas… ¡Qué se yo! Contigo no existía el tiempo… Goyo¿Cómo era aquello de las azucenas?… Tras la ventana por la lluvia mordidas estaban las azucenas… o algo así. Cómo me reí de ti… ¿Cómo va a morder la lluvia? te dije a carcajadas mientras te ponías tan colorado… aún hoy me duele aquella risa que tanto te azoró… Volvería a aquel instante para borrarla… tu me dirías lo de las azucenas y yo te miraría ¿con admiración?… si,si, con admiración, y te daría un beso, en los labios… ¡qué vergüenza! No, no soy una fresca… ¡Qué sofoco!... Ahora entiendo las flores de mi habitación… esta chica habla tanto… me prometiste que no faltarían. Sé que las plantaste para mi… si, lo sé aunque a veces no me acuerdo... Enseguida me perdonaste ¡Qué bueno eres!… Siempre juntos aquí, en nuestro jardín. Cuando te fuiste dejaron que te acompañase. La directora fue la que me bajó, ya sabes, no hay personal… Menudo coche pusieron y éso que el cementerio está a dos pasos… iba tan a gusto sentada a tu lado … allí fue cuando dejé de hablar… Oí que tengo un trastorno pos no sé qué … pero no, no hablo porque no quiero… ya, ya sé, a los que están con trastorno no los llevan a esas actividades de hablar, cantar y tirarnos la pelota… A mi, mientras, me dejan aquí, en la ventana… a las doce. Todos los días. Por éso no hablo. Hoy creí que no llegaba… la chica estaba despepitada… ¡limpia con un remango!… ¡No calla!... Que si iba a jugar a la lotería, que si hasta el moño de los viejos, que si deja de rascarte...ah! y que la explotan… y yo como si nada… ¿sabes? A mi no tarda nada en peinarme . No tengo pelo para moño… … No sé, la cara se me está quedando de tonta de tanto ponerla ¿Habrá bombas aquí? Igual de la guerra… ¿Te acuerdas aquello que encontramos cerca del río? … ¡Menudo revuelo! Pudimos saltar por los aires como decía el señor maestro…¡explotar! como dice ella ¿Y si digo lo que pienso?… ¿Me saldrán las palabras? Igual grito… o me salen gallos ¿Te imaginas? ...si, si, me río pensando en la cara que pondrían… ¡Vaya! Aquí viene otra vez la del moño… lo de siempre, que la comida se enfría…¿Ya es la hora de comer?… Contigo el tiempo vuela... Goyo, no te vayas, vuelvo enseguida… ¿Y por qué estás sólo en el jardín?… Desde mi habitación no te veo… Tampoco entra el sol. Dicen que me van a cambiar… Si hablase, igual… No, no quiero hablar, sólo contigo, mi amor…¡ah! y gracias por las flores … Espérame ¿eh? que se enfría la comida … no te vayas, vuelvo…

 

 

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La tía Úrsula - Gloria Losada

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No sé qué hacemos mi madre y yo aquí, en el despacho de un notario, dispuestas a escuchar las últimas voluntades de la tía Úrsula. Después de como acabó nuestra relación con ella, hace ya unos cuantos años, ni mamá ni yo volvimos a acordarnos de aquella vieja bruja, mucho menos pensamos que nos fuera a dejar nada en herencia, claro que a lo mejor no estamos aquí para eso, yo qué sé, no tengo ni idea, lo que sí sé es que me molesta bastante estar esperando en esta sala fría e impersonal, una hora después de que habíamos sido citadas. Ni que el tiempo del notario fuera más importante que el nuestro.

La tía Úrsula era la hermana mayor de mi abuela. Se odiaban y no me extraña. Mi abuela era una santa y Úrsula una víbora. Emigró a Cuba después de robarle el novio a mi abuela y allí los dos miserables hicieron fortuna. Cuando se olieron la revolución marcharon a Miami y allí continuaron amasando dinero, hasta que el marido murió y ella regresó a España. Se compró una mansión a las afueras de la ciudad y allí vivía, sin contacto alguno con la familia, Lo que sabíamos de ella lo sabíamos por las habladurías que se comentaban. Ni siquiera acudió al entierro de su hermana, de mi abuela, aunque a decir verdad a nadie de la familia importó lo más mínimo.

Poco después de morir mi abuela mis padres se separaron. En realidad él dejó a mamá por otra más joven y bonita. Mamá sufrió mucho y yo también, pues ni la una ni la otra nos imaginamos jamás cosa semejante. Además se olvidó de nosotras por completo. Mi madre no tenía ni oficio ni beneficio, lo típico, como él ganaba bien, ella no se ocupó nunca de obtener su sustento, y no sabía hacer nada especial, así que se metió a limpiar oficinas, escaleras, lo que saliera. Pasamos del todo a la nada, pero era lo que había y no nos quedaba más remedio que afrontarlo como fuera.

Un día mamá recibió la sorprendente llamada de la tía Úrsula. Al parecer la vieja no se podía valer por sí misma a causa de una enfermedad en los huesos o algo así y le ofrecía a mi madre trabajar cuidando de ella y de la casa por un sueldo más que aceptable, mucho más de lo que ganaba limpiando. Mamá aceptó de inmediato. No pensó, ni por un instante, en las humillaciones que tendría que soportar.

El primer día me llevó con ella, no recuerdo bien el motivo. Fue la primera vez que vi a la bruja, apoyada en su bastón, vestida de negro riguroso, nos esperaba en la biblioteca, una amplia estancia repleta de libros desde el suelo hasta le techo. En cuanto llegamos comenzó a hablarle a mi madre diciéndole cosas horribles sobre mi padre y su abandono, sobre la poca cabeza que tenía y lo irresponsable y estúpida que había sido siempre. Mi madre bajaba la cabeza y callaba y yo no entendía nada. Cuando salimos de allí le dije a mi madre que no quería trabajara para ese demonio.

Bah, mujer, la tía Úrsula siempre fue así, pero nunca ha llegado la sangre al río, ella puede decir lo que quiera, pero en la familia nunca nadie le hizo el menor caso. Además, me paga muy bien y nos hace falta el dinero.

Era cierto, el dinero nos hacía falta, pero no sabía yo si soportar humillaciones a cambio de dinero sería una buena idea. El caso es que aquel primer encuentro, al menos por mi parte, se fue olvidando. Mamá atendía a la vieja y yo estudiaba. A veces mi madre llegaba tarde a casa porque la bruja le exigía quedar más tiempo por esto o lo otro, eso sí, de pagarle extras nada de nada. Otras veces entraba en casa con semblante serio, incluso con señales visibles de haber llorando, seguramente después de haber soportado sabe Dios qué. Yo le preguntaba, pero ella nunca me contaba nada, solo decía que estaba cansada, que había tenido un día duro, nada más.

Conforme el tiempo iba pasando yo notaba a mi madre más triste y no me cabía ninguna duda que era por culpa de la maldita tía Úrsula, así que un día me presenté en la mansión por sorpresa. Entré como perico por su casa y me dirigí a la biblioteca, donde según mi madre se pasaba el día aquel engendro y sí allí estaba, apoyada en su bastón y mirando por la ventana hacia el jardín, donde mi madre hablaba con el jardinero.

Tras la ventana estaban las azucenas mordidas por la lluvia.

Dijo la vieja a voz en grito, como declamando. Luego soltó una carcajada y siguió hablando sola.

Es una fantástica frase para mi nuevo poema. A ver si esa estúpida acaba de hablar de una vez con Marcial y se pone a escribir mis poesías.

Que yo sepa la lluvia no muerde, muerden los perros... y las víboras, como usted.

La vieja, que no se había percatado de mi presencia, dio un respingo y se giró hacia mí.

¿Pero qué haces tú aquí, niña impertinente? ¿Cómo has entrado?

Por la puerta, como se suele entrar en las casas, pero vamos, si sé que voy a escuchar esos versos tan pésimos casi que me quedo fuera.

Levantó el bastón con ademán de querer golpearme, pero al faltarle el apoyo trastabilló y casi da con sus huesos en el suelo. En ese momento entró mi madre. Venía totalmente empapada. Me miró asombrada y me preguntó qué hacía allí.

A fastidiar, ha venido a fastidiar –gritó la tía Úrsula–, por lo visto es tan imbécil como tú, como su abuela y como el resto de la familia. Casí me caigo por su culpa y ha entrado en mi casa sin permiso, así que este mes recibirás la mitad de tu sueldo como castigo. Ya tengo que soportar todas tus torpezas como para encima tener que aguantar que tu hija venga a humillarme a mi propia casa.

No dejé que mi madre abriera la boca. Yo fui más rápida.

No se preocupe, vieja bruja, guárdese todo su dinero, cómaselo si es que le sobra tanto que no sabe que hacer con él. Mi madre no va a trabajar para usted nunca más mientras en este mundo esté yo para evitarlo.

La tía Úrsula me miró incrédula, mi madre también, y yo la tomé por brazo y juntas salimos de aquella casa maldita. Mamá me reprochaba lo que había hecho con la cantinela de que nos hacía falta el dinero. Pero no le hice ni caso, claro que nos hacía falta, pero así no.

Yo acababa de cumplir los dieciocho y encontré trabajo como cajera en un supermercado. Poco después ella entró en el mismo establecimiento como limpiadora y así nos olvidamos de la víbora. Hasta hoy, que estamos en el despacho del notario, no sabemos muy bien para qué. Uy mira aquí está, el señor este tan estirado a ver que nos cuenta. Pues dice que nos va a leer el testamento, que es muy breve y no sé qué mas.

Lego todos mis bienes a Laura Gonzalez Puentes, (esa soy yo) mi sobrina nieta, hija de mi sobrina Mercedes Puentes Alba, por ser la única persona que ha tenido el coraje suficiente como para enfrentarse a mí”

Eso es todo. Tengo en la punta de la lengua decir que no quiero nada, pero miro a mi madre, que desde que el canalla de mi padre la abandonó no ha dejado de trabajar como una burra y pienso que por fin ha llegado nuestra hora. Le digo al notario que si nos puede gestionar la venta de la mansión. Nos dice que ya se ha puesto en contacto con él un comprador dispuesto a pagar una cifra que al escucharla casi me da un pasmo. Además nos comunica también el dinero que hay en el banco. Si administramos bien las cantidades tenemos la vida solucionada. Nos sonreímos. Al final hemos sido nosotras las que le hemos sacado provecho a la vieja tía Úrsula. Que se pudra en el infierno.


 

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Vacíos - Esperanza Tirado

                                      estar solo es algo que todos tenemos que experimentar - mujer tristeza fotografías e imágenes de stock                                                   

 

 

Jugueteando tras los amplios ventanales de la sala como cuando era una niña y afuera llovía a mares. Así la encontraban el día de visita, cuando iban. Ella les sonreía con los ojos perdidos en su infancia. Allí tenía su refugio; aunque ellos nunca lo entendieron. Hacía ya tanto tiempo que dejaron de entenderla y atenderla…

Y había días en que ninguna amable señorita, vestida de blanco, la iba a buscar a su habitación y la conducía despacito, como a ella le gustaba, a la sala común.

Al principio de llegar recordaba su casa. Un piso cómodo, amplio, con buenas vistas. Y a su marido, que había sido un buen hombre, trabajador, honesto. Y bien guapo, con esa sonrisa que le gustaba tanto.

Le venían destellos de una vida llena de amor, felicidad, y muchos gritos y risas de niños. Muchas meriendas y muchos desayunos, la cocina abarrotada de un pequeño ejército.

Y después, poco a poco, la casa se fue vaciando. Ella en un sillón, tejiendo o leyendo una novela de misterio de Agatha Christie. O alguna otra de amor, de Corín Tellado. Y él en el otro sillón, con su pipa y su periódico. La tele, cada vez más grande, llenando el vacío que los hijos no eran capaces de ocupar. Tantos quehaceres, tantos trabajos de ida y vuelta, horarios imposibles…

Excusas.

Es que he quedado con los antiguos compañeros de la Universidad.

No te preocupes, nos vemos otro fin de semana.

Besos a papá. ¿Qué tal sigue de sus achaques?

El próximo puente largo me acerco a casa.

Te haré el cocido que tanto te gustaba. Con sus tres vuelcos.

Cuando llegue de Méjico te traeré una Virgencita de Guadalupe, que sé que la abuela le tenía devoción.

Que os llamo a cobro revertido, perdonadme. Es que el cambio de moneda es tan confuso. Besos para los dos.

Estamos bien, no os preocupéis, que tenéis mucho lío en el trabajo.

Y así, una semana tras otra. La Virgencita nunca llegó. El hijo que la iba a traer tampoco. Cambio de destino. Cambio de ruta comercial. Cambios y más cambios.

La vida cambiaba tan deprisa que ya no recordaba cuántos hijos habían tenido. Y él a su lado en el sillón, cada vez más enjuto, se disolvía y casi parecía que el sillón se lo tragaba. Y ella, con la pila de libros sin leer en la mesita, las gafas colgando de la cadenilla, su vista cada vez más opaca.

Una tarde de verano caluroso, de siesta obligada, el sillón lo abrazó para siempre. Ella lo sintió respirar y toser fuerte y luego ya no.

Y entonces sí vinieron todos a abrazarla, a despedirse de su padre, que tanto les había dado.

Todos formales, de negro riguroso, dando la mano y recibiendo pésames de amigos, conocidos y extraños.

Una imagen confusa, como una película en la que los protagonistas eran otros. Ella no estaba allí, o sí. Demasiado cansada, demasiado mayor, demasiado aturdida. No reconocía ni a sus propios vástagos. Tan cambiados estaban. Tanto tiempo después.

Sus ojos volvieron a ver, alguno de sus hijos se decidió y la llevó al médico. Cataratas. Cosas de la edad. Volvió a ver, pero ya no tenía ganas de ver nada. Y a quien sí quería ver era ya imposible, porque se había ido a otro sofá.

Ahora venían todos sus hijos a abrazarla. Ay, cuánto tiempo perdido…

Cuántas estaciones. Primavera. Verano, Otoño. Invierno. Uno tras otro, las hojas del calendario se fueron cayendo. Hubiera decorado la casa entera con aquellas hojas, rotuladas a mil colores, con tantas fechas familiares, reuniones, cumpleaños, Navidades, Reyes Magos, excursiones de fin de curso, vacaciones de verano en la playa o en la casa del pueblo, alguna boda, los nacimientos de los primeros nietos…

Después de ver hacia atrás la dejaron sola de nuevo. Ocupaciones. Trabajo. Más excusas.

Sola, se entretenía, leía algo, ya no tanto como entonces. Y miraba a la calle, imaginando vidas emocionantes. El balcón, lleno de flores de antaño, apenas si albergaba una o dos macetas de azucenas, las favoritas de él. De vez en cuando, los domingos, después de misa y antes del vermut, le regalaba un ramito del puesto de la plaza.

Pero empezó a tener miedo a asomarse, no fuera a darle un mareo con tanto movimiento como había. Sobre todo, los días de tormenta con esos truenos que le daban pavor. Tras la ventana las azucenas estaban mordidas por la lluvia, que barría las calles de gente y de vida.

A veces, torpemente, abría las puertas para revivir aquellas flores ya marchitas.

Entonces, después de un fuerte aguacero, llegó la caída. Que preocupó a los vecinos, porque ya no se la cruzaban en el ascensor ni en el portal; y alguno escuchó algún ‘ay, ay, ay, que me muero sola…’. Que llamaron al 112 y de allí directa al hospital. Sola. Sin nadie.

Hasta que alguien pudo contactar con alguno de los hijos, obligándoles a regresar a su origen.

Mamá no se puede quedar en casa.

Sola. Imposible.

En mi casa, no hay sitio. Es un minipiso.

Yo llego del trabajo a las ocho de la noche.

¿Una cuidadora?

¿Por horas? ¿Interna? Muy caras.

¿Y el piso? ¿Lo vendemos?

Ya veremos… Cuando ella no esté…

Discusiones entre hermanos que ya no se conocían. Adultos extraños, con apellidos comunes.

Decisión unánime. En una residencia estaría mejor atendida. Cada uno pagaría una parte. Entre cinco, no habría problema.

¿Visitarla?

Depende. Yo no tengo tiempo.

Yo viajo.

Mis horarios son una locura.

De acuerdo. Cuando se pueda…

Y así pasó lo que le quedaba de su vida. Volvió a leer, a recordar y a olvidar a la vez. A pasear por el jardín cuando hacía sol. A jugar a las cartas o a mirar la tele sin verla cuando llovía. O a quedarse en su habitación, intentando rellenar los vacíos de su corazón; que pronto inundaron su memoria hasta que esta se ahogó en un pozo negro. Y ella ya no fue ella.

Y no hubo ni visitas, ni libros, ni paseos, ni flores, ni hijos, ni recuerdos. Nada más que ella y su ausencia.

 

 

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