Los cuatro J - Cristina Muñiz Martín

                                           

 

 

Angélica, la enfermera, no deja de aporrear la puerta. Sus gritos deben de oírse en cien leguas a la redonda y seguro que están siendo un entretenimiento para el resto de los internos. Afuera, el tiempo es desapacible, con lluvia y viento. En cambio, en nuestro cuarto, el banjo de Jack, la guitarra de Jeff, la voz rota de Jim y mi flauta, crean un ambiente cálido y acogedor.

Supuestamente, la puerta no puede cerrarse por dentro, pero somos ingeniosos y con la improvisada ayuda de una silla colocada bajo la manilla hemos arrancado a la tediosa tarde unos momentos de felicidad.

Por entre el sonido de la música, la voz estruendosa de Angélica nos amenaza con avisar al director. Si no fuera porque tendría que dejar de soplar la flauta me echaría a reír. Pues mira que nos importa mucho a nosotros el director, ese hombrecillo de hombros caídos y mirada huidiza, como si siempre se estuviera escondiendo de alguien. Igual huye de Ángelica, de su mal genio, pienso divertido. Los demás me lanzan una mirada de recriminación porque desafiné una nota. El que nos da miedo es Tomás, ese sí. Porque es tan fuerte que puede tirar la puerta abajo de una patada, aunque el director intentará relajarlo y dejarnos tocar un poco hasta que nosotros mismos abramos la puerta. Al menos eso es lo que ha pasado otras veces. Porque tengo que reconocerlo, siempre hemos sido un poco gamberros, pero qué se le va a hacer. Prefiero mil veces ser así que no como las decenas de modositos y modositas que nos acompañan en este establecimiento parecido a una cárcel. La mayoría sigue las reglas sin inmutarse, tranquilos, esperando no sé qué.

Bueno, creo que lo mejor será, como suele decirse, empezar por el principio para que conozcáis nuestra historia. Por caprichos del destino fuimos abandonados por nuestras familias el mismo día y en el mismo lugar, todos recién nacidos. Para no complicarse la vida nos pusieron la misma fecha de nacimiento y, por el mismo motivo, debieron de abrir alguna guía de nombres por la letra 'J'. Jack, Jeff, Jim y Jhon, así nos llamaron. En la fotografía tenemos cinco años y, como misteriosamente, los cuatro demostramos desde muy pequeños dotes musicales, nos dieron unos viejos instrumentos de juguete para formar un coro con el fin de homenajear al director de los orfanatos estatales que estaba haciendo una rueda de reconocimiento por el país para ver en qué condiciones vivíamos los huérfanos.

Al director le encantó nuestra actuación, ya que aunque pueda sonar algo pretencioso también coincidimos en ser muy creativos. Por ello, decidió enviarnos unos instrumentos 'de verdad', en consonancia con nuestro tamaño y en bastantes buenas condiciones, con la orden de que se nos diera formación musical. A partir de entonces, regresaba todos los años para comprobar nuestra evolución, algo de lo que se sentía profundamente satisfecho. “Sois mi mejor obra”, nos decía siempre al término de la actuación mientras depositaba en nuestras pequeñas manos un puñado de caramelos, y al crecer alguna que otra moneda.

Los años fueron pasando llenando la soledad de nuestros corazones con el cariño mutuo. Éramos como cuatro hermanos muy compenetrados, como cuatro almas fundidas en una sola.

A los dieciocho años nos pusieron de patitas en la calle. Los cuatro juntos, el mismo día, con un poco de dinero y la ropa necesaria para cambiarnos, sin saber ni a dónde ir ni qué hacer. Unos meses antes nos habíamos atrevido a solicitar que nos regalaran los instrumentos para poder ganarnos la vida cuando saliéramos de allí. Nos lo negaron. Eran propiedad del orfanato. Lo arreglamos sobornando a unos compañeros que en cuanto pusimos los pies en la calle, ayudándose de sábanas anudadas, deslizaron los instrumentos hasta nuestras manos.

En cuando los recogimos, echamos a correr y subimos a un tren en marcha sin saber a dónde se dirigía, lo único que nos importaba era alejarnos de allí. Cuatro horas después, bajamos en una ciudad grande, llena de vida y de ruido, donde nos sentimos un poco desorientados, acostumbrados como estábamos al silencio impuesto la mayor parte del día.

Jim, que siempre llevó y sigue llevando la voz cantante, fue el que tuvo la idea de tocar en la calle para sacar unas monedas que acrecentaran nuestro mísero patrimonio. Teníamos miedo a los guardias por lo que pasamos un par de horas recorriendo la ciudad para hacernos a ella y encontrar el lugar adecuado.

Mientras afinábamos los instrumentos mirábamos con recelo hacia todos lados con el miedo metido en el cuerpo. Pero cuando empezamos a tocar el mundo se desvaneció. Las notas del banjo, la guitarra y la flauta llenaron el vacío del aire arropando la prodigiosa voz de Jim. Cuando finalizamos la primera canción nos vimos rodeados por un montón de gente que aplaudía con ganas y nos pedía otra canción. Creo que estuvimos tocando casi una hora mientras el viejo bote de lata que habíamos recogido de la basura se iba llenando de pequeñas monedas.

Felices, sintiéndonos libres por primera vez en la vida, esa noche nos dimos un festín. Luego, buscamos un lugar apartado y nos abandonamos al sueño. A la mañana siguiente, discutimos si seguir haciendo improvisados conciertos durante más días o dirigirnos a la capital, donde a buen seguro tendríamos más oportunidades. Ganó esta última opción y con el dinero que nos quedaba pagamos los billetes y compramos algo de comida.

La capital nos pareció el paraíso. Tocamos durante meses en las calles y en el metro, consiguiendo apenas lo justo para comer y pagarnos una pensión maloliente. Pero éramos jóvenes y animosos. A veces, aceptábamos pequeños trabajos y poco a poco comenzamos a sentir que pertenecíamos a ese mundo de casas hermosas, plazas abarrotadas y muchachas que nunca hubiéramos soñado que existieran.

Llevábamos diez meses en la ciudad, cuando un buen día, mientras tocábamos en la calle, se nos acercó un señor de traje oscuro, sombrero y buenos zapatos. Era el dueño de un local de ocio nocturno y le gustamos. Nos ofreció trabajo y aceptamos gustosos. Esa misma noche, subidos a un pequeño escenario, vestidos con traje y corbata, tocamos y Jim cantó como nunca lo había hecho. Fue todo un éxito. Nos pagó bien y nos ofreció un contrato de seis meses.

Sería muy largo de contar todo lo que sucedió a continuación. Solo diré que nos convertimos en un grupo de éxito y que ya con un cierto reconocimiento olvidamos los trajes, nos vestimos a nuestro gusto y escribimos nuestras propias canciones. Supongo que nos conoceréis. Nos llamamos, cómo no, “Los cuatro Jotas”, y nuestra música saltó de las salas de música, a la radio, a la televisión y a los conciertos multitudinarios. No recuerdo cuántos discos grabamos, pero fueron muchos a lo largo de nuestra dilatada carrera musical.

Aunque, como es normal, la vida pasa. Pasa tan rauda que a menudo no tienes tiempo de cogerla y hacerla caminar a tu ritmo. Vivimos buenas y malas épocas, noviazgos esporádicos, relaciones largas, bodas, divorcios, problemas con el alcohol, con las drogas, con los ansiolíticos… pero siempre nos mantuvimos unidos.

Y aquí estamos, como al principio de nuestras vidas, los cuatro encerrados en este lugar que llaman residencia y que para nosotros es más una cárcel, con sus imposiciones y reglas, aunque bien alimentados, con los huesos calientes y las botellas de whisky que nos suministra el nieto de Jack, en lugar seguro. Pero por mucho que Ángelica se enfade, nunca dejaremos de tocar y de cantar, de sentir la vida fluir por nuestras venas, pese a que ya han pasado ochenta años desde esa foto que muestra a cuatro niños pequeños con la ilusión reflejada en el rostro. Ochenta años en los que nuestro amor mutuo se ha ido haciendo cada vez más fuerte, pese a nuestras disputas y a nuestras diferencias. Ya tan solo nos queda por cumplir un deseo en esta vida. Lo hemos hablado muchas veces. Que la muerte nos lleve el mismo día a los cuatro, porque de lo contrario, si solo se lleva a uno, la magia que nos ha permitido resistir durante tanto tiempo desaparecerá. Y la vida sin magia no merece la pena vivirla.

Tenemos que abrir ya la puerta, porque a Angélica le va a dar un ataque. Nos miramos muertos de risa, recogemos nuestros instrumentos y nos quitamos los audífonos. Es la hora de cenar.









 

 

 

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