Azucenas - Marian Muñoz

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Lo que nos depara el futuro nunca es seguro, nunca sabemos lo que tras un paso nos podremos encontrar, sin duda la vida es belleza, bondad y alegría, aunque en ocasiones difícilmente las tropecemos. La inocencia y la maldad pueden enfrentarse a cada instante y posiblemente una de las dos pierda en el contacto, en ocasiones quien pensamos es más débil gana la partida.

Cuando contaba diez años mi padre falleció, maduré rápidamente pues mi madre le echaba en falta más que yo, viéndome en la obligación de hacerle los días más agradables, más amenos, para que no se viniera abajo. Estábamos solas, decidiendo yo por ella ser la más fuerte, la más ingeniosa, la más dispuesta a lo que fuera con tal de verle una sonrisa en su rostro y gesto cariñoso hacia mí. Papá trabajaba en una gestoría y mamá como dependienta en una boutique, debido a su horario era quien me llevaba y traía del colegio. Las tardes solía pasarlas en la trastienda haciendo deberes o dibujando mientras la escuchaba atender a las clientas. Hasta que no nos quedamos solas no comencé a ser totalmente autónoma e independiente, haciendo las compras y recados de casa. Con su sueldo más la pensión de viudedad y orfandad nos apañábamos bien, sin grandes lujos, pero sin grandes necesidades, lo peor llegó en el momento de ir a la universidad, mis notas eran buenas, pero no lo suficiente para una beca sustanciosa, por fortuna los hermanos de mi padre nos dieron una solución.

Me pagaban la matrícula y un pequeño apartamento a cambio de atender a tía Carmela, una anciana que residía sola en Salamanca, le tenían mucho cariño por haber ayudado a la familia cuando estuvieron en apuros económicos y lo único que debía hacer era pasarme las tardes con ella, darle la merienda, la cena y acostarla, del resto ya se encargaba una señora que llevaba muchos años cuidándola. No parecía mucho esfuerzo, aunque temía por su carácter, pero al menos podría iniciar mis estudios con apenas costo para mi madre. Acepté la oferta, la distancia de 300 km de casa parecía mucha, pero era la única solución factible a mi porvenir. El apartamento se encontraba cerca de su casa, justo el día antes de comenzar las clases la conocí, una anciana delgada, de cálida sonrisa y muy dicharachera, debido a la edad tenía problemas de movilidad, pero su cabeza parecía estar muy centrada para sus 95 años. Congeniamos y fue ella misma quien me aleccionaba donde estaban los utensilios en la cocina, así como la comida, no fue realmente un trabajo sino el acompañamiento a un familiar muy simpático.

Cierto que apenas disponía de tiempo libre, entre clases, la tía y estudiar. Debía apañarme como fuera y sacrificarme durante unos pocos años para luego conseguir un buen trabajo y ayudar a mi madre. La ciudad invitaba a pasarlo bien con tanto estudiante merodeando, costaba resistirse y alguna vez me relajé con gran sentimiento posterior de culpa, debía ser responsable y centrarme en mis tareas, además la tía lo hacía todo fácil, le gustaba contar batallitas de sus tiempos. Cuando hacía bueno dábamos un pequeño paseo alrededor de su casa, merendábamos en una confitería cercana donde era conocida, íbamos a su farmacia favorita o simplemente nos sentábamos en un banco del cercano parque mirando el deambular de la gente, no me aburría, tampoco en casa donde las noticias del periódico o la televisión siempre eran motivo de conversación. Fue en una de ellas cuando comencé a pensar que las neuronas le patinaban un poco. Habían publicado un documental sobre la vida del poeta Oscar Bonilla al concederle el premio Cervantes. Según contaban hasta en tres ocasiones fue finalista para el Nobel de Literatura. Laureado con diferentes premios y honores eran muy conocidas sus coplas al Cantábrico que le granjearon múltiples reconocimientos por el norte de España.

La tía decía haber tenido, antes de casarse, un affaire con él. Se conocieron veraneando en San Sebastián invitados por un amigo común, allí nació un sentimiento de atracción muy fuerte entre los dos, sentimiento que se perdió al tener que huir él a Sudamérica por un tema político. Quizás fuera cierto lo que contaba, pidiéndome que subiera al desván en busca de la maleta que se había dejado el poeta. Si bien el edificio había sido reformado hacía veinte años, el desván, buhardilla o trastero como quiera que se le llamase estaba tal cual lo construyeron en su día. Aquella tarde entraba poca luz por las claraboyas y una simple bombilla de baja potencia intentaba iluminar la estancia. Vigas altas, oscuras y sucias de madera llenas de telarañas, mucho polvo y suciedad por el suelo además de en los pocos enseres que allí había. Tuve que utilizar la linterna de mi móvil para buscar la dichosa maleta que no apareció, ni ella ni ninguna otra, sospechaba que Carmela no sabía lo que guardaba realmente en su desván.

Me encantaba cuando empleaba palabras francesas como frixider o buduar, para darse un toque chic igual que en sus tiempos de soltera. Durante una temporada estuvo contándome sus amoríos con el poeta, parecía haber hecho una regresión al pasado y lo narraba como si lo estuviera viviendo, escandalizándome en algunos momentos por lo libertinos que pudieron ser para sus tiempos. Insistía un par de veces a la semana que buscara la maleta, en ella hay un tesoro, decía. Pero subía una y otra vez a rebuscar y la dichosa maleta no aparecía. Entre batallita y batallita fue pasando el tiempo, en vacaciones seguía cuidando de ella y era mi madre quien se alojaba en mi piso por unos días y así poder estar juntas y charlar de nuestras cosas para no perder la relación. Estando en el tercer curso una mañana recibí la llamada de la señora que la cuidaba, acababa de avisar al médico pues tía Carmela se encontraba mal. Corrí hacia su casa y la cara del doctor reflejaba preocupación, el corazón mostraba sus 98 años y comenzaba a fallar, aquella tarde murió. Avisamos a mis tíos y a mi madre, ellos se encargaron del sepelio y muy triste acudí a su funeral para luego acompañarla hasta el cementerio, el panteón de su marido era precioso, por fin estarían juntos. Caminando hacia la salida me fijé en una tumba con un plantel florido de azucenas, en ella ponía el nombre de Oscar Bonilla, después de todo iban a estar bien cerca el uno del otro hasta la eternidad.

Los tíos me avisaron para asistir a la lectura del testamento como heredera de mi padre. No estaba interesada en recibir nada porque lo que me pudiera dar ya lo hizo mientras vivía, fue un ser entrañable y carismático del que aprendí mientras me contaba su vida. Aun así, acudí acompañada de mi madre y tras los prolegómenos dejó a mis cuatro tíos el piso donde vivía y unas tierras en las afueras de la capital además de algo de dinero a su cuidadora. Me pareció justo y no me importó, hasta que el notario me nombró como heredera de su desván y todas las pertenencias que en él hubiera. Sé que no debía, pero no pude evitar reírme, el ser la próxima propietaria de una estancia tan, tan, bueno no sé cómo describirla, sucia, fea y cochambrosa, no me pareció ningún legado interesante y creo que lo mismo pensaban mis tíos.

Durante aquellos años mamá había ahorrado lo suficiente y pude continuar alquilando el apartamento y seguir con mis estudios, los cuales terminé. A la graduación vino Fran, mi novio, que estudia arquitectura en Barcelona, aunque estamos muy alejados mantenemos contacto y nos seguimos queriendo al conocernos desde niños. Al día siguiente de la fiesta cogí las llaves del desván para enseñárselo y preguntarle si se podía hacer algo útil con él. Al abrir la puerta tuve la misma sensación que antaño, como si la tía me estuviera esperando abajo llevándole por fin la maleta tan deseada. Aquella mañana hacía un sol que entraba a raudales por las claraboyas y el lugar no parecía tan lúgubre, a la izquierda nada más entrar había un secreter, su secreter, que nunca había estado allí sino en su dormitorio, jamás lo había visto en mis incursiones anteriores. No tenía mucho polvo por lo que intuí había sido subido recientemente. Cerca del mismo el sol se reflejaba en un objeto dorado, era una de las cerraduras de una maleta, quizás la maleta que tanto busqué. Las lágrimas me saltaron de los ojos y no pude evitar sollozar ruidosamente, menos mal que Fran estaba cerca y me consoló. La abrí por fin y, para mi asombro, estaba vacía, el desconcierto se apoderó de mí, pasé del lloro a la risa. No estaba demasiado mal, sucia y vieja, su interior parecía estar en buen estado. Tiré de las gomas de los bolsillos por ver si resistían y mis dedos tropezaron con algo. Una diminuta libreta, de pastas duras y negras, sus pequeñas hojas estaban rayadas, en ella había algo escrito: “Tras la ventana las azucenas estaban mordidas por la lluvia, más su belleza continuaba impoluta debido al resplandor del cielo en cada gota de agua. No hay nada perpetuo, más lo efímero es eterno mientras se recuerde……” Eran las primeras líneas de un poema, lo que tanto ansiaba encontrar tía Carmela y no pude dar con ello.

No tenía duda del valor incalculable de mi hallazgo, mi instinto me pidió seguir curioseando por el secreter, en un cajón oculto a la vista aparecieron cartas que por la firma podrían ser del gran Oscar Bonilla, ¡me las había legado a mí, era su única propietaria! Días más tarde me puse en contacto con la fundación del poeta, les presenté mediante un abogado la obra desconocida y me hicieron una generosa oferta que no rechacé. Invertí el importe en reformar y acondicionar el desván como mini piso. La vida me llevó por derroteros lejos de allí, pero de tarde en tarde me gusta acercarme a la bella ciudad de Salamanca para relajarme, deleitarme con sus monumentos y calles, y como no, para recordar a la dulce tía Carmela quien pensando en su muerte se acordó de mí.

Las paredes del pequeño y coqueto alojamiento las tengo decoradas con cuadros y fotos de azucenas en recuerdo al poeta que tanto amó a la tía.

 

 

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