Una maleta roja - Marian Muñoz





Admiro a las personas que son como los pájaros, sólo se preocupen del día a día, no piensan en el pasado o en el mañana, sino en vivir cada instante con sus alegrías y sus problemas.  Algo de lo que soy incapaz, siempre pensando en la semana que viene o el día siguiente, preparándome para lo que pueda venir, para no pillarme de sorpresa y conseguir suficiente energía para superarlo, ya sean alegrías o tristezas, dificultades o éxitos, siempre pensando en el futuro y en ocasiones dejando de vivir el presente.

Éramos una pareja mayor, bueno aún lo somos, los chicos hace tiempo que han volado del nido, por desgracia muy lejos, sólo nos teníamos el uno al otro, pero el maldito destino todo lo enreda.  Mi madre tuvo un infarto, salió muy tocada y necesitada de atención las 24 horas, eso llevó a mudarme con ella.  No quería salir de su casa, para una residencia aún no estaba y quedó tan alterada de ánimo que preferí asumir sola la responsabilidad de cuidarla.  Durante 5 años permanecí con ella, el primero fue desesperante, con esfuerzo conseguí aprender lo de vivir el momento, según surgían problemas los iba resolviendo y poco a poco logré disfrutar de ella hasta que falleció. 

Al principio Edu permanecía sólo en casa, pero su padre se rompió el tobillo en una caída y tuvo que acudir a cuidarle, tres años duró esa circunstancia hasta que falleció también.  A pesar de vivir en la misma ciudad lo hacíamos en barrios diferentes, en ambientes diferentes y con gente diferente, aunque hablábamos a diario por teléfono.  Nos contábamos cómo prosperaban nuestros mayores, que pastillas les recetaban o cambiaban, si los médicos y enfermeras tenían paciencia, incluso en ocasiones sobre nuestros hijos y lo bien o mal que llevaban sus vidas.  Seguíamos alejados pero en contacto, dejamos de hablar de nosotros para hacerlo de otros y nuestra relación se esfumó.

Mi madre fue la primera en fallecer y regresé a la soledad de mi casa pues él seguía aún con mi suegro, quien unos meses más tarde falleció, consiguiendo reunirnos en nuestro piso.  Al principio muy atareados con papeleos de las herencias, vaciando cada uno la vivienda de su progenitor con intención de venderla.  Nos llevó unos dos años más, dos años en los que nuestra convivencia era más de compañeros de piso que de cama, porque perdimos la costumbre de la caricia, la charla sobre nuestras inquietudes o gustos, tan sólo hablábamos de hijos, nietos y la lista de la compra.  Con tanto trajín seguíamos alejados, aunque juntos físicamente.

En ocasiones era consciente que nuestro comportamiento no era de pareja, sino de simples amigos con hijos en común, otras sin embargo aceptaba mi individualidad y planeaba salidas o quedadas para mí solamente, lo que acentuaba más nuestro distanciamiento.  Estábamos en esa tesitura cuando un día al salir de casa para ir al banco me dice - ¿Te apetece tomar algo luego? Sorprendida respondí que sí, - Te veo a las doce en la terraza del Bismark, tenemos que hablar. -

Ese tenemos que hablar me asustó ¿Cuál era el motivo para no hacerlo en casa? Quedé muy mosqueada. 

Suelo ser puntual, es más, suelo llegar antes de tiempo a las citas.  Me senté y pedí una bebida, iniciándose mi comedura de tarro, ¿Qué querrá decirme? ¿Será que quiere el divorcio? ¿Querrá separarse porque ya no somos pareja?  ¡Qué será de mi sin él! ¡No estoy preparada para vivir sola y aún le quiero! ¡Es mi marido, aunque no se lo demuestre! ¿Igual ha conocido a alguien estando con su padre?  ¡Pues si es así más vale que se vaya! ¡No pienso largarme de mi casa! ¡Si ya sabía yo que no tenía que haber vendido el piso de mi madre!  ¿Ahora dónde voy a terminar? ¡Pues del piso no me voy, si hace falta le compro su parte! ¡Tengo una edad en que no puedo andar por ahí buscando un nuevo hogar y además sola!

 Mi cabeza no paraba de pensar y prepararme para lo peor.  Mientras estaba absorta con mis diatribas mentales no dejaba de observar una maleta roja posada en la entrada del parque, delante del muro y la verja de hierro negra.  No parecía ser de nadie, los pocos viandantes iban y venían sin siquiera mirar para ella, no tenía pinta de estar su dueño cerca y me intrigó.  Me intrigó porque tenía una igual, en el altillo del armario, con la que íbamos de vacaciones cuando lo hacíamos.  Una maleta muy común.  Entretenida con mis pensamientos e intrigada con la maleta no me di cuenta que ya eran las 12,20 y Edu sin aparecer.  Si algo que detesto sobremanera es la impuntualidad, así que pagué la consumición y me iba a casa, pero la maleta me atraía.  ¿Si alguien había puesto una bomba en ella? ¿Debía llamar a la policía para alertar? ¿La habrían robado y dejado allí tirada? 

Venciendo mis temores fui acercándome para verla mejor.  Era muy común y se la veía viajada.  Olvidándome de la bomba me aproximé lo bastante como para ver una cinta que terminaba escondida en su bolsillo exterior.  Quizás tuviera enganchado el nombre de su propietario, me parecía de ley tirar de ella y comprobarlo, aunque quizás fuera a ponerse en marcha la bomba.  Hice acopio de valor y tiré de ella, efectivamente atada a la cinta había una bolsa transparente y dentro se veía documentación.  No conseguía leerla así que abrí la bolsa y saqué unos documentos de viaje.  ¡Bien, ahí estarían los datos de su propietario!

Cogí mis gafas de ver y leí su nombre ¡El mío con todo detalle!  un billete de avión a Noruega, estancia de 10 días con viaje en crucero por los fiordos. Detrás estaba el mismo documento con el nombre de Edu.  No entendía nada, siempre quise hacer ese viaje para ver el sol de medianoche y una cosa por otra nunca pudimos.  En mi imaginación empecé a verme en el avión, paseando por las calles de aquel país y disfrutando de los fiordos desde el agua.  Estaba tan ensimismada sin notar que alguien se acercaba a mí.  Cuando alcé la vista vi a Edu, riéndose de mi feliz cara de sorpresa.  No pude menos que abrazarle, casi le tiro por mi efusividad, y le besé, ¡vaya cómo le besé! me salió espontáneo consiguiendo acabar con nuestro aislamiento.  Era mi maleta ¡claro que lo era! y como siempre, él me conoce muy bien, mejor que yo a él, sabía que no me iría de la terraza sin investigar qué hacía una maleta roja en la puerta del parque.

El billete es para dentro de una semana, pero el viaje ya comenzó el mismo día cuando volvimos a ser nosotros mismos.