Contigo Forever - Marian Muñoz

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Hoy hace un mes que todo terminó y te sientes tristemente desconcertada.

Parece que fue ayer cuando tímidamente entraste en mi dormitorio. A pesar de mis continuos dolores y lo incomodo de mi postura, me hechizaste. Nunca te conté que para mi eras una paloma de la paz, tan pulcramente vestida de blanco con tus grandes y profundos ojos verdes como si fueran el deseado ramito de olivo que necesitaba en aquel doloroso momento.

Se me ocurre cruzar el océano para hacer negocios y un día que tuve libre me animé a practicar esquí acuático, Aquel pequeño palo en mitad de las olas provocó una caída brutal en el agua y mi cuerpo ya entrado en años hizo el resto. Una pierna rota por tres sitios y dos meses de reposo con una escayola que pesaba más que tu y que yo juntos. Desde el minuto uno te comportaste como una maravillosa profesional, no hiciste ascos a nada ni siquiera al ponerme la inyección en mi barriga, momento que aprovechaba para oler tu melena dorada, el único perfume que te permitías era el de tu champú, hasta en eso fuiste comedida.

Tus cuidados como enfermera y tu animada sonrisa me ayudó a superar aquellos meses de inmovilidad, primero de reposo total y luego pudiendo caminar con aquel enorme peso colgando en mi pierna. El dolor no remitió a pesar de la liberación de la escayola pero tus suaves y finas manos lograron movilizar mis músculos y por fin pude caminar sin ayuda.

La felicidad llegó cuando te invité a bailar en el salón, tu sinceridad en no saber dar un paso con la música me incitó a pedirte que te casaras conmigo. Vi sorpresa, incredulidad y rubor en tu rostro, con tu mirada me decías no comprender la petición pues nuestra relación había sido puramente profesional y ni tú ni yo nos habíamos insinuado románticamente. Pero alguien que había estado tan cerca de mí, con tanto mimo y dulzura, no podía dejar que se alejara. Ibas a decirme que no cuando te besé, y ambos comprendimos que a pesar de la prudencia de nuestros comportamientos, nos queríamos, nos deseábamos y nos llegamos a amar como jamás habíamos soñado.

Tan sólo tuvimos una semana para preparar la documentación de la boda y en aquella iglesia chiquita, llena de viejitas de negro nos casamos, estabas resplandeciente con aquella túnica blanca y yo con mi pajarita de cuadros, nos sentíamos dichosos. Un pequeño ágape con amigos fue también tu despedida de ellos y de tu familia. Ibas a cruzar el océano conmigo, egoístamente te secuestraba a mi mundo, temiendo que quizás nunca más volverías al tuyo, pero el amor pudo más que el miedo y volamos buscando nuestra felicidad.

Sé que el choque de culturas, la reticencia de mis amigos y cómo no, mis tres hijos, no hacían más que resaltar nuestra diferencia de edad, total treinta y dos años no son nada si el amor es verdadero, y durante cinco largos años fuimos completamente felices. Mientras trabajaba en mis empresas te dedicabas a aprender, yoga, pintura, baile, jajá, por fin te decidiste y éramos los reyes de la pista en las reuniones sociales. Todos envidiaban nuestra compenetración, y como no, nuestro amor. A pesar de nuestra diferencia de edad cada vez que volvía a casa tras una larga y tediosa jornada, con sólo un beso de bienvenida se levantaba mi soldadito, que encuentros tan hermosos y satisfactorios teníamos, ¡a que sí mi palomita!

Pero aquella tarde de mayo en que nos dirigíamos en coche a celebrar el cumpleaños de mi fiel ayudante y amigo Andrea, tuve que parar al lado de la carretera porque debido a la contemplación de tu cuerpo con aquel vestido azul turquesa mi soldadito había izado bandera y no iba a entrar en la celebración con aquella protuberancia. Nos reímos ante mi problema y a pesar de estar elegantemente vestidos, comenzamos una fiesta privada dentro del coche. No sé en qué instante movimos la palanca del freno de mano y sin darnos cuenta el vehículo se movió hasta caer por una pronunciada pendiente. Todo fue rápido e indoloro para mí, aunque no me perdono que para ti resultara doloroso. No me he alejado en ningún instante, te he acompañado en la UCI y cuando te empezaste a recuperar en planta. También estuve contigo al cruzar la puerta de entrada de casa y no permití que te desmayaras a pesar de tu profunda tristeza.

Hoy hace un mes que todo terminó y por fin el notario pudo leer mi testamento, ya esperaba que mis hijos protestaran, lo hice con conocimiento de causa pues tú hiciste el mayor sacrificio de tu vida, apostaste por mi y siempre he querido agradecértelo legándote mis éxitos y mis logros fuera del hogar, porque tú has sido y serás mi gran premio. El día que me susurraste “he estado preparándome toda mi vida para ser feliz contigo” me hiciste inmensamente dichoso.

Has sido generosa al pedir a Andrea que sea quien administre los negocios, que venda nuestra casa y dé el dinero a mis hijos, porque tú no te sientes capaz de recorrerla sin mí, sé que en cada rincón y en cada ventana tendrás un recuerdo. Has tomado la opción de volver a tu país, con tu familia y tus amigos, pero no te quepa duda que también me voy contigo, aunque aún no lo sepas, una semillita mía ha prendido en ti y estaremos juntos para siempre.

 

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Mi nueva vida - Pilar Murillo

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Hoy hace un mes que todo terminó. No mas bailes, no más carreras a coger el autobús, no más saltos de alegría, ni andar esquivando los charcos a la pata coja, y mucho menos subirme a un árbol por el simple hecho de subir o por recoger higos.

Me dijo, “¿eres atleta profesional?” se respondió así mismo sin dar opción a mi respuesta. “No lo eres, así que podrás llevar una vida más o menos normal”. Así, tan frío, tan distante.

Un médico inspector de seguros de accidentes debe tener el alma forrada de dinero para calentar su corazón. Sé que tiene que haber profesionales en todos los campos, pero me parece una carrera tan asquerosa y ruin la de este señor…

Dentro de un mes tendré el juicio por este accidente que me ha dejado como una anciana de 85 años o peor, teniendo 30. Es inevitable autocompadecerse, aunque sé que con el tiempo estaré mejor de ánimos, ahora mismo no sé si serán meses o años para volver a sonreír como antes lo hacía. Las visitas al hospital de familia o conocidos en el fondo me hacen bien, pero sé que pensaran que soy una antipática y desagradecida porque no pongo buena cara y contesto con despotismo por el gran dolor que siento, no sólo físicamente, también en el alma.

La gente me trae libros que leo por el día. Me paso la mañana leyendo o escribiendo, aunque ya no tengo la misma letra, no es que antes fuese muy bonita, pero ahora es de lo más horrenda.

Mi madre a sus sesenta y ocho años tiene que ocuparse de mi responsabilidades. Llevar a la niña al colegio, recogerla, venir a verme, ¿No es bastante sufrimiento para ella? Sé que con los años me daré cuenta de todo lo que hace por mí, en estos momentos no lo quiero pensar…. Todo porque yo no quiero ver a la gente y que me pregunten cómo estoy.

Hay gente que viene a verme por curiosidad, nunca los sentí amigos y vienen igual preguntándome que como estoy. Me molesta mucho tener que contar que no me voy a recuperar, que han hecho todo lo que estaba en sus manos. No podré andar bien, ni podre dar un abrazo entero a mi hija, ni a nadie.

Siempre me he sentido muy mayor, a pesar de comportarme como una niña. Me siento envejecida por tener la edad que tengo y me siento horriblemente mal cuando me duelen las secuelas del accidente. El doctor que me lleva en el hospital me da pastillas para el dolor y para dormir, porque tengo pesadillas con un coche blanco. Antes de quedarme dormida hablo por un teléfono móvil, el primero que tengo en mi vida. Le doy las buenas noches a mi madre y a mi niña. Luego de hablar con ellas pienso en lo mala hija que soy y en la peor madre, desde luego. Esto son cosas psicológicas, lo sé y no debo hacer caso a esas ideas destructoras.

A veces no me entiendo ni yo misma, cómo me van a entender los demás, sigo dándome lastima. Me animo diciéndome que esto no va a durar toda la vida, me refiero a mi estado de ánimo. Llegará el día que me emocionaré por volver a nadar, aunque ahora lo veo imposible. Volveré a reír, a escribir mejor que ahora. Volveré a cocinar, me las ingeniaré para pelar patatas, imaginándolo no lo veo tan complicado porque ya he conseguido pelar una naranja sobre la bandeja donde me traen la comida. Es cierto que el cítrico dio vueltas por toda la bandeja hasta que conseguí meterle el dedo gordo y poco a poco quité toda la monda. Todo es cuestión de práctica. Llegará el día que alguien se vuelva a enamorar de mí, dure lo que dure, o no, tal vez un día descubra que sola no se esta tan mal.

Mientras tanto el tiempo inexorable irá pasando de puntillas, sin apenas darme cuenta, y cuando menos me lo espere… Mi madre será una anciana, mi hija tendrá la edad que yo ahora tengo y a mí se me habrá evaporado la juventud en un soplo de aire.

Hoy hace un mes que todo terminó. Mis ansias de vivir a toda prisa, mis ganas de comerme el mundo. Sí, hoy hace un mes que me lamento por culpa de un chalado que se cruzó en mi camino saltándose el ceda el paso, destruyendo mi juventud y mi vida para siempre.

 

 

 

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Aprende a caer - Esperanza Tirado

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 Hoy hace un mes que todo terminó. Teníamos que parar. Descansar de todo ese maremágnum que nosotros mismos habíamos iniciado. Que estuvo genial. Más que genial, la verdad.

El adjetivo se me escapa ahora mismo. Tal vez sea ‘cojonudo’, perdonen ustedes la obscenidad en el inicio de este libro. Pero es que lo fue. Con mayúsculas, subrayado, en negrita o a colores. Como prefieran

Con veintipocos años encima de un escenario, disfrutando, tocando, gritando, con tropecientas mil personas enfrente, saltando, chillando nuestros nombres… Historia viva de la música.

Y eso que al principio nadie naba un duro por nosotros. Ni las productoras, empeñadas en que necesitábamos una corista de buen ver, que nos cambiáramos el nombre, que cantáramos en inglés y no sé cuantas chorradas del estilo. Ellos querían hacer dinero. Nosotros tocar nuestra música. Y pasando de todo, tiramos con nuestros bártulos de bar en bar, sacrificando noches de sueño por un Sueño mayor.

Y nos funcionó. No sé en qué momento. Porque disfrutábamos todos los conciertos que dimos en los garitos más cutres y en los que tenían mejor reputación. Y un día salimos en la tele. Y un tipo con pinta de loco se nos acercó y nos propuso fichar por su compañía.

¿Qué compañía?, preguntamos todos arrastrando las guitarras en sus estuches.

No tiene nombre aún, -nos respondió- le estoy dando vueltas a eso. Pero tengo un estudio de grabación y un dinero que quiero invertir. Soy un negado de la música pero me entusiasma vuestra energía

Y siguió charlando contándonos su idea, como un niño entusiasmado con montar su pista de Excaléctrics o el barco pirata de los clics.

No teníamos nada que perder, así que a la semana siguiente nos acercamos con la furgo y los trastos de tocar a la dirección que nos había dado, escrita en una servilleta de papel. A punto estuve de perderla por guardarla en los vaqueros más sucios que tenía. Menos mal que mi madre, previsora, revisaba antes todo lo que lanzábamos a la lavadora, que quedaba más fuera que dentro.

¡Niños! ¿Esto qué es? ¿Lo tiro o lo queréis para algo? Ay, estoy hasta el moño de tanto papelajo y de tanto guitarreo…

En un golpe de efecto, mi resaca de esa mañana se volatilizó, salté de la cama y recogí el papel de manos de mi madre. Era la dirección del tipo loco aquel.

Gracias, mamá…

Y le di un beso volviéndome a acostar, soñando ser el nuevo Mick Jagger o el nuevo alguien…

Sí, los artistas también tenemos una madre, un ángel de la guarda que siempre está en momentos cruciales.

Qué energía aquella. No lo echo de menos. Porque fui yo quien vivió todo aquello. Con mis amigos de siempre. Y los cinco lo disfrutamos por igual. Y nuestras madres y padres fueron testigos de todo aquello también. Nuestras familias vivieron y disfrutaron de nuestro éxito, de nuestra diversión, de nuestros bajones también. Y estuvieron a nuestro lado en las duras y en las maduras.

En algún momento entre el primer éxito de ventas y público y la publicación del segundo disco tuvimos alguna crisis. No sé si existencial, de excesiva competencia o de ego hiperinflado. Sí, quizá se nos subió la música demasiado a la cabeza. Íbamos a las entrevistas tan de sobrados que cuando revisiono las viejas cintas de VHS me da un poco la risa ver a aquel chaval que fui, repantingado en el sofá de atrezzo, filosofando sobre el éxito y el significado de la vida. ¿Qué sabría yo? Tampoco sé mucho ahora.

Cuando dejo de escribir con mis dedos agarrotados miro a las paredes. Discos de oro, platino, diamante, posters, premios, reconocimientos… Toda una vida de éxito se puede leer en esos objetos.

Pero ¿Qué es el éxito? Ahora no recuerdo si alguna vez soñé con subirme a un escenario delante de cientos de miles de personas que coreaban a gritos mis letras.

O simplemente, estudiar algo, seguir tocando mi guitarra y cantar en los bares de siempre mientras me pagaban con cervezas. Qué buena vida aquella. Escribir y rasguear mi guitarra eran para mí la felicidad entonces. Ahora la artritis me ha jodido un poco ese plan. Hay que aprender a parar, y también a caer. Luego te levantas, te sacudes y sigues camino.

Cuando se me pasa el dolor, vuelvo a sacarla de la funda, rasgueo un poco y enseguida la energía vuelve a mi mente y a mis manos, y casi parecen brotar nuevas melodías y nuevas letras. Y a veces siento el instinto de llamar al productor para meternos en el estudio y grabar una maqueta a ver qué tal sonaría. Seguro que el próximo disco iría como un tiro en ventas.

Pero mi cabeza me dice que ya no. Que ese momento ya se fue, que el productor, nuestro Santo y nuestra cabeza pensante, ya no está entre nosotros. Nuestro manager, nuestro productor. Un Amigo. Fuimos seis en el grupo durante mucho tiempo. Hasta que él se fue del todo a tocar otros ritmos.

Pero ya fuimos maduros y sensatos, algo más que al principio, como para tomar nuestras decisiones. Y tiramos por libre.

Empezamos siendo unos ‘niños de papá’, definición de crítico musical de la época, y pasamos a ser unos ‘luchadores y trabajadores de la música’, ‘unos clásicos modernos’, ‘la música de siempre en estado puro’…. Blablabla.

No sé cuál de esas definiciones me cabreó más. El caso es que fuimos felices y disfrutamos con nuestras canciones: en directo, ensayando, cuando las toábamos para estropearlas y cuando nos salían una mierda directamente. También tuvimos nuestros detractores, muchos al principio. Nos daba igual, hacíamos lo que nos gustaba y al final caímos bien. Y nota a nota seguimos entre pentagramas mal dibujados. A veces nos caíamos de los carteles; pero hubo una época en que con tanto festival de música veraniego ni lo notamos.

Hasta que los achaques nos atacaron más que nuestros detractores. Kiko, nuestro batería tuvo un accidente de moto. Perdió un pie. Tras la rehabilitación siguió con nosotros. Pero las fuerzas ya no eran las mismas. Y tuvo que dejarlo. Contratamos a otro tipo, muy bueno, muy entusiasta, pero ya no éramos los cinco de siempre. A pesar de todo, los discos seguían vendiéndose.

Santi, nuestro bajo, de pronto se encontró con una hija inesperada. No supimos de la madre hasta que un día se presentó con un bombo enorme. Y él, como no sabía decir que no, cargó con las consecuencias. La tipa se largó y nos dejó con Oli. Que tuvo muchos padres, abuelos, tíos y primos. No le faltó de nada. Su padre se quedó con ella y con nosotros de corazón. Dejamos de meter sonidos de bajo en casi todas las composiciones. De vez en cuando, Santi nos regalaba alguna de sus genialidades mientras Oli crecía y aprendía a tocar el bajo. Y lo que hiciera falta. No es porque yo sea su padrino, pero esta niña tiene un futuro brillante en la música. Que tiemblen los triunfitos. La Oli viene pisando fuerte.

Un año nos acusaron de fraude fiscal. Fue la puntilla que avisaba del inicio del fin. Nunca entendimos nada de aquellos papeles llenos de números, pagos, descuentos, IVA, porcentajes y todo ese rollo; pero nuestro asesor parecía hacer las cosas de manera honrada. Lo parecía de cara a la galería, pero el tío se llevó una buena pasta y nos dejó con el culo al aire. Cabronazo.

En verano planeábamos gira, pero un virus extraño nos obligó a suspender gran parte de los conciertos. Y no nos compensaba contratar a todo el equipo de técnicos de siempre para rentabilizar la mitad, o menos, del aforo permitido. Lo pensamos, lo hablamos con nuestros equipos. No se puede en estas circunstancias. Y todos estuvieron de acuerdo. El año que viene será mejor. A pesar de que a todos nos afectaba. Salir a tocar en directo era nuestro pan. Por muy famoso que seas no te puedes dormir en los laureles. Porque se te secan y se te clavan en el culo o en el ojo y te dejan ciego ante la realidad.

Y la realidad es que ya tocaba dejar las púas y los palillos en sus cajas y ceder el testigo a nuevas generaciones.

Nunca entendí lo del reggaeton, pero no te puedes negar a la evidencia. La música estaba cambiando. Nuestro estilo ya no llenaba estadios, éramos muy mayores y de modé. En plan viejuno, como se decía entonces.

Y nos bajamos, metafóricamente de los escenarios. Sin un concierto de despedida, ni una gira. Tan solo nos entrevistaron en un telediario de fin de semana. Y pusieron un video remix de muchas de nuestras actuaciones.

Y eso fue todo.

A pesar de ese extraño adiós, casi por la puerta de atrás, estoy contento de todos mis éxitos. A lo mejor retocaría alguna letra ¿Pero para qué? Puedo tocar lo que quiera para eso las escribí yo, qué coño.

Y he aprendido de mis fracasos y de mis caídas: por eso escribo, cuando la artritis me deja, estas líneas que pretenden ser unas memorias de un tiempo musical que parece que existió hace una eternidad.

Con el tiempo uno se da cuenta de que tienes que aprender a caer...
antes que aprender a volar.

Si te apetece revivir con nosotros lo que pasó entonces, entre bambalinas y encima de cada escenario, pasa la página. Fue toda una aventura.





Inspirado en la canción Aprender a Caer de Hombres G. La frase en cursiva aparece en la canción.



 

 

 

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El largo camino hacia la indiferencia - Gloria Losada

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Hoy hace un mes que todo terminó. No sé cómo estoy. No sé lo que siento. Pensé que lo iba a pasar peor, que no pararía de llorar por las esquinas, pero no ha sido así. He llorado poco, momentos puntuales en los que los recuerdos me atenazaban de tal manera que no podía reprimir las lágrimas por más empeño que ponía. Entonces intentaba pensar en otra cosa, sobre todo si no estaba sola. Es jodido llorar cuando los que te rodean no tienen ni idea de qué es lo que te provoca el llanto, pero evidentemente no le puedo decir a mi marido que hace un mes mandé a mi amante a la mierda.

Mi amante… no me gusta nada esa palabra. Puede que para él yo solo fuera eso, pero para mí él era algo más, mucho más, era la tabla de salvación a la que me aferraba para huir de un matrimonio del que apenas queda un poco de cariño, un puñado de palabras y muchos reproches callados; era mi amor, así de simple; era el hombre que conocí un día, tal vez a destiempo, y del que me enamoré como una adolescente. Nadie, solo yo, sabe cuánto le quise, o quizá debería decir cuánto le quiero, porque desgraciadamente no puedo pulsar un botón y borrar los sentimientos. Le quiero, y le dejé porque me cansé de sus desprecios solapados, de sus humillaciones vestidas de sinceridad, de sus mentiras disfrazadas de palabras hermosas. Le dejé porque desde hace tiempo sabía que era lo que él deseaba, terminar con esta relación que le había alegrado la vida en determinado momento, pero que ya no le servía, porque ese momento ya había pasado, y ahora yo solo le provocaba remordimientos, yo solo era el testimonio de su infidelidad, el único obstáculo en su tranquila vida de pareja.

Sé que debí de irme de su lado mucho antes. Puede que nunca debiera estar a su lado, pero me enamoré y él también decía quererme. Pensé que mi amor sería suficiente para inclinar la balanza a mi favor, le di todo lo que soy capaz de sentir, pero no, no fue bastante y al final me tuve que marchar, al final comprendí que nunca me iba a querer como yo a él y que estando con él solo conseguía alargar un poco más mi sufrimiento.

No dejo de preguntarme el porqué de todo esto, tampoco dejo de preguntarme por qué soy yo la que tiene que salir perdiendo, aunque cada vez me lo pregunto menos, ya no tiene mucho sentido. Tengo que centrarme en dejar de quererle, no quiero ni siquiera odiarle, solo deseo que llegue el momento en que todo lo relacionado con su vida me resulte indiferente, que me de igual si le veo o no, cómo estará o dejará de estar, que no duela su recuerdo. Todavía es pronto, pero sé que lo conseguiré porque hoy hace un mes que todo terminó y he sido capaz de escribir esto sin ni siquiera sentir pena, sin llorar, sin sentir ganas de llorar, aunque le quiera aun, aunque aun piense que nunca, nunca, podré dejar de amarle.

 

 

 

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Una tía muy normal - Marga Pérez

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Hoy hace un mes que todo terminó, ¡Menos mal! Creí que nunca volvería a ser yo pero ya me reconozco.

Soy Elisa pero prefiero el virusa por el que casi todos me conocen. No sé si porque me dedico al estudio de los virus o porque mi look capilar, lleno de pequeñas rastas erectas, les recuerda a uno muy conocido en la actualidad. Firmaré con este nombre la correspondencia que mantengamos.


Desde que salí de la facultad (¿ cinco años yaaa? ¡¡horrooooor!!) trabajo investigando virus. Y desde que empezó la pandemia, en estrecha colaboración con el Ministerio de Sanidad y el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, como experta. Así conocí a personas que antes sólo había visto en la tele ¡ con lo bien que estaba entre mis virus!

No soy muy perspicaz pero me di cuenta enseguida de que no tienen nada que ver cuando los descubres de cuerpo presente.

Casi me desmayo cuando participé en la primera reunión con el Presidente. Si, con Pedro.

Me dieron ganas de gritar su nombre como Pe hizo con el de Almodóbar: Pedroooooooooo… pero me contuve ¡Menudo tío! Tan alto, tan moreno, tan ojos, tan guapo, tan...tan...tan macho. Si, por qué no lo voy a decir. Algo se movió dentro de mi sin mi permiso. Algo que me impedía pensar, hablar, ser.

Cuando tenía que reunirme con Pedro el corazón se me desbocaba, igual que un caballo en estampida, era lo que sentía. Y Pedro lo oía desde su distancia de seguridad. Estoy segura. Me ponía ojitos… y yo sudando como un virus enjabonado. Nunca me duché tan a menudo. Entonces no sabíamos aún cómo covi actuaba en esos fluidos. Cada vez que lavaba las manos iba también el resto del cuerpo. Por si acaso.

Intenté centrarme en mi trabajo y olvidarme de Pedro pero cada día lo llevaba peor. Saber que nos reuniríamos disparaba mi ansiedad a cotas inimaginables. Sólo quería desaparecer del mapa.

¿Y si los ojitos de Pedro iban a más? ¿Y si se me insinuaba en un momento de soledad compartida? ¿Podría resistirme a sus encantos? Es un presidente casado… pero yo soy soltera y sin compromiso ¡Ya quisiera estar comprometida con un humano! ...Ver a Pedro era un sinvivir…

Pero hace un mes todo cambió. Pedro, en una reunión en la que yo casi no podía respirar sintiendo sus ojos sobre mi, se quitó la mascarilla y... ¡menuda decepción!

Cuando parecía que me ponía ojitos su boca lo desmentía. Los labios apretados en una boca de media sonrisa, irónica, ladeada, tensando el masetero… delataba el descontento que le producía hablar conmigo, porque con los demás en ningún momento vi tal cosa. Hasta su tono más irónico sólo lo empleaba conmigo… ¡Lo que hace una mascarilla! Yo lo oía siempre como el más cariñoso.

Fue en ese momento cuando me lancé a arrancar mascarillas de políticos, lo reconozco.

Si, puedo entender que creyesen que me había vuelto loca. Mi primer impulso iba directo a la yugular, fue así, pero me controlé. No entiendo por qué tengo que hacer terapia. Soy una tía muy normal.

Gracias por pedir que me retiren la camisa de fuerza

Un saludo

Virusa

 

 

 

 

 

 

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Mis raíces - Pilar Murillo

                                       

 

 


No tenía ni idea de dónde había salido mi afición por la música, pero desde la adolescencia comenzó a gustarme.

Empecé a tocar la flauta de oído, luego me apunté a clases de saxo en el conservatorio, sin estar muy convencida del instrumento. Con el tiempo aprendí a leer partituras, eso ayudaba a poder tocar cualquier instrumento, claro que debía ser con un poco de práctica. Cuando ya supe lo que quería en la vida me decanté por la guitarra. Ese era mi instrumento realmente.

Años de compaginar mis clases de guitarra con los estudios en el instituto.

El tiempo fue pasando y se instaló en mi cuerpo mutándolo de adolescente a maduro. Tanta clase y tanta practica me sirvieron para definir mi profesión. Primero música en bandas, luego en orquestas, de esas que van por los pueblos; hasta que el virus maldito de 2020 me dejó sin trabajo y me tuve que reinventar para salvar mi economía.

En el primer confinamiento estuve amenizando con la melodía “resistiré” del dúo Dinámico y también me dediqué a dar clases gratis de guitarra online. Esa fue una buena idea, tenía un montón de seguidores, así que desde entonces imparto mis clases por internet, solo que ahora las cobro. No me puedo quejar, aunque no es lo mismo que estar en una academia o ir de concierto.

Mientras tanto yo me seguía preguntando de dónde me venía esta rama musical. Lo único que recuerdo es que el cuñado de mi madre, el marido de su hermana mayor tocaba la dulzaina. Él y otro músico amenizaban las fiestas del pueblo. Tenía cuatro hijos varones de un primer matrimonio y ya desde chiquititos comenzaron a tocar instrumentos. La gente se les acercaba para verlos practicar cuando el mayor de ellos no pasaba de los siete años. Se llevaban un año entre ellos, así que parecía la pequeña bigband.

No hace mucho tiempo, cuando se murió mi abuela y estuvimos mirando sus cosas personales, encontramos una caja de madera, lacada, con una rosa roja y su tayo verde pintada en la tapa. Se adivina que en otros tiempos muy lejanos había sido un costurero y que mi abuela le dio uso para guardar sus recuerdos, concretamente, fotografías antiguas. Entonces descubrí aquella foto, debajo de un montón de retratos familiares, la boda de mis padres, fotos de mis primos, también estaba yo de pequeñita y luego fotografías en blanco y negro donde hallé ésta de cuatro niños. Si no es por eso no recordaría que uno de ellos era cantante.

La afición de los pequeños alentada por su padre, llegó a la edad adulta. Tuvieron la típica orquesta de romerías de villas y pueblos. Y yo sin saber de dónde me venía ese amor a la música; pero esta claro que cualquier disciplina artística o musical se lleva en la sangre y no tiene por qué ser de parientes cercanos. Un día sale tu vocación genética y puede provenir de cualquier antepasado lejano.

Bajo la vieja foto de esos chiquillos; que en la actualidad, el más pequeño me lleva veinte años, descubrí una foto aún más añeja y en color sepia, no por ello menos atractiva visualmente que la anterior. El protagonista de dicha imagen era un señor con ropajes muy antiguos, tocando un acordeón y sonriendo a cámara. Preguntada a mi madre por aquel señor; la respuesta habría de ser toda una sorpresa. Efectivamente era el abuelo de mi madre y padre de mi abuela. Me pareció extraño que mi abuela que a veces se encargaba de recogerme en el conservatorio cuando aún era una niña pequeña, nunca me hablase de él. Mi madre me dijo que su abuelo había abandonado a mi tatarabuela y a sus cinco hijos a su suerte. Se marchó de casa una mañana con su acordeón, supuestamente se iba a tocar a Ribadeo, pero se supo más tarde, por compañeros suyos, que se había ido a Lisboa. Allí estuvo acompañando a cantantes de fados un periodo de tiempo. Alguna vez les mandó un poco de dinero y tres tarjetas postales. La última desde Nueva York.

Una se queda más tranquila y orgullosa de la genética al saber que ya hubo antepasados dedicándose a la música. Vale, como personas, un poco tarambanas y aventureros. Pero sobre todo hay que resaltar que ellos y concretamente mi tatarabuelo, ha sido el precursor de que yo esté donde ahora estoy, de mi amor por la música, y como decía Juan Pardo: “Bravo por la música, que nos hace mágicos” En estos tiempos que vivimos sólo puedo decir, “La cultura es segura, y la música más.


 

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