El collar de perlas - Cristina Muñiz

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Mi indignación fue grande cuando al abrir la caja vi el collar de perlas. Era exactamente igual al que había visto la semana anterior en el cuello de su joven amante. Si hay algo que odio de él, que me exaspera, es su falta de imaginación.



 

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¡Y ahora qué! - Marian Muñoz

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Tres años de noviazgo nos planteó casarnos. Nos queríamos, pero dar el paso adelante era difícil por la familia de Roberto, nos arriesgamos y lo propusimos en casa. Hicimos la petición formal intercambiando regalos y la voz cantante la llevó mi futura suegra: el banquete y los trajes los pagamos nosotros.

No íbamos a reñir, sobre todo cuando se enterase que tras el viaje de novios a Salou no íbamos a regresar, a Rober le habían ofrecido un trabajo en Tarragona, la empresa nos había buscado un apartamento y deseábamos huir del pueblo donde nacimos, crecimos y nos enamoramos, pero de pequeño que es nos ahogaba a veces.

En apenas tres meses mi querida futura suegra consiguió poner fecha, restaurante e iglesia. Me llevó a la mejor tienda de novias de la capital donde me tomaron medidas y ella elegiría la tela, sólo pedí que no llevara piedras, ni abalorios y encaje lo menos posible y si pudiera ser de cuello en pico mucho mejor, pues la madre naturaleza me ha dotado de un gran pecho que suelo disimular con escotes.

A la segunda prueba ya se adivinaba como iba a ser el vestido, seda salvaje de tejido grueso, pues decía que en abril todavía hace frío y no debía resfriarme, eso sí la espalda bien al aire, casi hasta donde pierde su casto nombre y el escote recto hasta tocarme el cuello. Respiré profundamente dedicándole la mejor de mis falsas sonrisas, empecé a olerme que no me deseaba como nuera.

A la siguiente prueba, ya definitiva, el traje era el mismo, pero con una cola de tres metros del mismo género que el vestido, al caminar el cuello se me subía ahogándome, debiendo dar un paso y recular para tomar aire. Lo peor vino al mirarme en el espejo, ahí sí que la indignación me puso roja, entre los dos pechos había una hermosa perla cosida en la tela, justo para que el punto de atracción fueran mis tetas además de intentar ver mi culo por la espalda. Volví a respirar profundamente, conté hasta diez, regalándole otra falsa sonrisa, ¡sí o sí, me casaba y ella se quedaría sin hijo!

Doña Isabel, mi futura suegra, es una mujer totalmente empoderada, tanto el alcalde como el cura párroco hacen lo que ella dice, enfrentarme no estaba en mis planes y Rober conocía de mano lo insufrible que es, por eso llevábamos nuestro viaje en secreto agravado con ser hijo único. Tenía que aguantar por el bien de los dos.

La víspera de la boda trajeron a casa el vestido de novia, lo colgamos en la barra de la cortina de mi dormitorio para que no se arrugase, mi madre no dijo nada ni le pregunté. Cenamos como siempre y me retiré temprano con la excusa de madrugar al día siguiente para ir a la peluquería. En la intimidad de mi habitación miré y remiré aquella perla y decidiendo descoserla con mucho cuidado, cuando se enterase ya sería tarde y seguro que no montaba un escándalo por muy Doña Isabel que fuera. La guardé en mi joyero para dársela después de la boda.

Madrugué y a las ocho treinta estaba en la pelu, del pueblo de al lado, porque en la de siempre seguro que vecinos y familiares iban a volverme tarumba. Me habían lavado la cabeza y puesto los rulos gordos, en la cara una mascarilla verde para que luciera radiante todo el día, metida bajo el secador y con las manos en remojo para hacerme la manicura. La tranquilidad del salón me invitó a cerrar los ojos y relajarme, en mi imaginación ya me veía dando el sí quiero a mi amado Roberto, en ello estaba cuando un golpe en la puerta al abrirse hizo que todas dirigiéramos la mirada hacia allí. Una pareja de municipales entró y a voz en grito preguntaron si estaba Elena Martínez.

Quise hablar, pero la mascarilla estaba tan dura que me sentía como la Lomana llena de botox sin poder mover los labios. Levanté el dedo en señal de que era a mí a quien buscaban.

  • Acompáñenos que han puesto una denuncia contra usted.

  • Lo siento, pero hasta que no esté lista no me muevo de aquí (susurré con los labios juntos)

Me sacaron las manos del cuenco con agua y me dieron una tolla para secarme, apagaron el secador, lo levantaron y uno a cada lado me cogieron de las axilas y me llevaron al coche patrulla. Abrieron la puerta de atrás y me metieron dentro, igual que una delincuente. Menudo revuelo se armó en la peluquería y en la calle llena de curiosos.

En diez minutos que tarda el viaje hasta mi pueblo les pregunté, con esfuerzo, quien me había denunciado y porqué. Me informaron que mi suegra había ido a casa para ayudarme a poner el vestido, lo vio colgado y sin perla, la buscó por el suelo por si se había descosido y al no encontrarla preguntó por mí. Mis padres le contaron que estaba en la peluquería, fueron a buscarme a la de siempre pero allí no estaba y como mi coche tampoco, llamó a los municipales para poner denuncia por el robo de la perla, me había fugado con ella, dieron parte de la matrícula de mi coche y lo encontraron aparcado en una calle del pueblo cercano. Preguntando en todas las casas llegaron al salón de belleza donde me localizaron.

Cuando llegamos vecinos, amigos y familiares taponaban la calle. Me bajaron del coche y todo quisqui sacándome fotos (para colgar seguramente en twitter o Instagram). En el interior de mi casa aún estaba Doña Isabel haciendo aspavientos con las manos. Mi madre lloraba desconsolada y mi padre aún en pijama estaba descolocado.

  • ¡Ladrona! ¿Qué has hecho con mi perla?

  • Está en mi joyero, contaba dársela más tarde.

  • Mentira, en tu habitación no hemos visto ningún joyero.

  • Porque lo tengo escondido.

  • ¡Ajá, querías robarla!

  • No señora, iba a entregársela después del banquete.

  • ¡Pues venga, dámela ahora!

Entré en mi dormitorio con la policía y mi futura suegra en los talones, dije que el joyero lo tenía escondido y que nadie debía saber dónde, así que todos fuera menos los municipales. Lo saqué de su escondite, lo abrí y cogieron la perla, en cuanto se giraron para salir guardé nuevamente el joyero. Se la quitó al vuelo al policía y con mucha rabia me soltó: Si no te gusta la perla y tampoco el diseño del traje, me lo llevo, ¡cásate de camisón!

Descolgó el vestido de la barra y sujetándolo con las dos manos se llevó el vestido además de la perla. Salió a la calle en dirección a su casa, detrás los municipales al no haber denuncia. Mi madre seguía llorando desconsolada y mi padre en pijama descolocado. Salí también a la calle y continuaron haciéndome fotos.

¡Y ahora qué! ¿Quién me lleva de vuelta a la peluquería?



 

 

 

 

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La Favorita - Esperanza Tirado

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Su preciosa, su belleza negra, su adorado tesoro, su rincón del amor y desahogo de sus rutinas. Su Perla hermosa. Así la llamaba. La había elegido él mismo de entre tantas que por allí pasaban, año tras año. Había tenido otras favoritas, pero como ella, ninguna.

Él era el dueño de todo, de todas ellas. Y cuando entraba por la puerta se hacía un silencio de respeto.

Nadie la tocó, ni osó acercarse a ella. Ni siquiera para invitarla a una copa. Nunca más allá. Era su Perla. Era toda suya.

Por eso, cuando una mañana la descubrieron muerta en la cama queen size de su habitación, su indignación, su dolor, su impotencia, fueron tales que decidió cambiar el rumbo de su vida.

Vendió el local, ordenó derribarlo para que no quedaran rastros de su pasado, que ahora sentía vil y sucio. Dividió sus ganancias y consiguió que todas sus chicas, futuras Perlas, no perdieran su brillo. Esa no era la vida que merecían.

 

 

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La historia no se toca - Dori Terán

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  Tengo que contarlo, tal vez así se me pase esta indignación que me intoxica el alma y el cuerpo también. ¡El cortisol y las ganas de matar a tope!

La Maruja inventando historias para no dormir, mejor dicho para no vivir. ¡Qué perla de mujer! ¡Qué bien le sienta el nombre!

El nuestro es un pueblo lleno de historia, no de leyendas ¡dios mío! Estábamos tomando café en Casa Cila y poniéndonos al día de los sucesos del vecindario, cuando nos amargó la tertulia con una sapiencia que dice ha sacado de una revista que la tiene enamorada,¡pero si solo cuenta mentiras! Nos escribió en una servilleta de papel el nombre de la revista National Geographic . He cogido la servilleta por no cogerla a ella por los pelos y arrastrarla, ¡con ganas me he quedado!

¿Cómo puede creer semejante despropósito?. Va y nos cuenta que según no sé qué investigadores el Cid Campeador, ¡nuestro Cid! ¡El héroe desterrado!, ¡El gran conquistador!.. nos cuenta que fue un mercenario que siempre se vendió al mejor postor para sus intereses propios y que nada de lo que veneramos en Urbel fue verdad. El Cid pasó por nuestro pueblo y la niña que salió a su paso cuando venía muerto de sed cabalgando con sus hombres en el destierro, esa niña era nacida aquí. ¡Bien lo cuenta Machado en su poema!. ¡La Maruja contando que nada de eso ocurrió! ¡Con lo bonita que es nuestra fiesta todos los veranos representándolo! Así que cogiendo la servilleta para saber quién difama así a nuestro glorioso caballero me fui enfurecida no sin antes gritarle a la Maruja que se deje de tonterías que nos quitan el prestigio y que mejor se va a limpiar los cristales de las ventanas que la tienen ciega. Bueno Lupe, ahora que te lo he contado ayúdame a pleitear con los de la revista. Quiero que se enteren que la Historia que siempre aprendimos, no se toca, ¿vale?.. no se toca. ¿Por dónde empezamos?




 

 

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La mala comunicación - Pilar Murillo

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Eustaquio se fue de casa de Catalina con la cara desencajada preguntándose qué a qué fin esa mujer, la madre de sus hijos le había soltado aquella perla.

Él creía que había hecho todo lo humanamente posible por llevarse bien y poder compartir la custodia de sus hijos. Ciertamente algunos hombres habían hecho las cosas mal, y tan mal, pero él no era responsable de lo que hiciesen los demás.

Catalina, muy enfadada se disponía a irse para su ciudad natal a 400 km de donde había formado una familia con su exmarido.

Eustaquio no tenía más remedio que denunciarla. Su cara de indignación lo decía todo.

La historia como tantas otras, estaba predestinada a acabar como el rosario de la aurora.

 

 

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Martes y trece - Cristina Muñiz

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Lo maté. Sí. Lo maté para salvarla a ella. Crecimos uno al lado del otro, en el mismo edificio, compartiendo juegos infantiles, escuela, instituto y pandilla. Luego, lo conoció a él, se hicieron novios y frecuentó otras amistades. Cuando sus padres se mudaron ella, recién casada, se instaló en la antigua vivienda familiar, justo encima de la mía, donde desde la muerte prematura de mis padres vivía solo. No podía evitar oír sus risas y los reconocidos ruidos de la cama o el sofá cuando se entregaban al juego amoroso. Me dolía. Me dolía porque siempre la quise pero me alegraba su felicidad. Esa dulce armonía duró poco, apenas unos meses. Un día los oí discutir, él a gritos acusándola de algo, ella llorando. Una discusión de enamorados sin importancia, pensé en ese momento. Más no fue así. Con el transcurso del tiempo aumentaron los gritos, los ruegos, los lloros y asomaron los golpes. Al día siguiente, ella salía a la calle como si tal cosa, ocultando tras una fingida sonrisa la tristeza que invadía su mirada. Porque los ojos alegres de niña y adolescente que yo conocía tan bien habían desaparecido. Me alarmé cuando la vi con gafas de sol un día gris y lluvioso de invierno. Me acerqué a ella y le ofrecí mi ayuda. Apenas me susurró un “no te preocupes, no pasa nada, estoy bien”. Pero en el piso de arriba los gritos, los golpes y los lloros arreciaban como la lluvia en un temporal de invierno. Más de una vez pensé en acudir a la policía, pero si ella no estaba dispuesta a corroborar mi acusación tendría problemas. Sufría. Sufría por ella y por mi cobardía. Nuestras largas y alegres conversaciones de antaño se habían transformado en saludos forzosos y rápidos, como si fuéramos dos extraños. Y yo veía como su cuerpo, al igual que su sonrisa, se iba consumiendo. Durante el día el silencio era absoluto, pero a las siete de la tarde, cuando él regresaba, comenzaba el macabro concierto. Siempre había un motivo para agredirla. Estaba fea o demasiado guapa; la cerveza no tenía la temperatura adecuada; la cena nunca era de su agrado… Acabé hablando con su hermano y él lo hizo con su cuñado; la trifulca se escuchó en todo el edificio y, cuando quedaron a solas los antaño jóvenes enamorados, los golpes sonaron más fuertes que nunca. Comprendí al momento mi error. Si él se sentía atacado lo pagaría con ella. Su hermano no volvió aunque trató de convencerla para que lo denunciara, para que lo abandonara. Pero estaba aterrada, sabía que no encontraría un lugar lo suficientemente seguro para escapar de su verdugo. Su hermano y yo, junto con un primo, pensamos en contratar a unos matones para que lo asustaran con una paliza, pero no sabíamos por dónde empezar, el mundo de la delincuencia nos era ajena. Hasta que llegó aquel día en que los gritos retumbaron como obuses gigantes, alarmando al vecindario. Gritos de él acompañados de golpes y gritos de ella pidiendo auxilio. Abrí la puerta al igual que otros vecinos. La vi corriendo escaleras abajo como si la persiguieran una pandilla de asesinos dejando tras de sí unas escandalosas gotas de sangre. Él la perseguía con un gran cuchillo de cocina. No sé qué más pasó. Según dicen, en un movimiento rápido entré en casa, cogí un cuchillo y volé tras él. Llegué justo a tiempo. Ella estaba acurrucada en una esquina del portal, llorando, implorando y sangrando por un brazo. Mi cuchillo se clavó en la espalda de su verdugo no una, sino trece veces, según dice el informe policial. Se derrumbó sobre su propia sangre. A ella la llevaron al hospital donde la curaron de una cuchillada en el brazo. A mí a la celda. No pude declarar en mi propio juicio porque no recordaba nada de lo que había hecho. Tan solo la imagen de ella temblando ensangrentada había quedado registrada en mi mente. La condena no fue demasiado larga y estoy a punto de salir. Mereció la pena. Mereció la pena porque la niña de la que me enamoré con apenas diez años y para la que no soy más que un amigo fiel, ha recuperado su sonrisa aunque la tristeza aún mora en el interior de sus ojos. No importa. La vida como el rompecabezas que es, acabará encajando de nuevo todas las piezas y volverá a ser feliz. Hoy me ha venido a visitar, como tantas otras veces. Nunca hablamos de lo sucedido, como si yo estuviera aquí por cualquier otro delito. Mejor así. Dentro de dos meses abandonaré mi alojamiento temporal y yo también podré recuperar la vida que frenó en seco aquel trágico y, a la vez feliz, martes y trece de hace cuatro años.



 

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Martes y trece - Marian Muñoz

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Formo parte de un grupo de escritura en el que me encuentro cómoda entre mis compis, cada tarde de reunión aprendo mucho pues la mayoría tiene un gran nivel literario y la que no, lo suple con una portentosa imaginación. Pero lo que más siento es torturarlas con mis relatos ya que mis capacidades son limitadas. Me divierto tanto que seguro me lo perdonan. Hemos puesto fecha para la siguiente reunión, un martes y que además es trece, fíjate si somos valientes que desafiamos los malos augurios de ese día saliendo de casa para escucharnos. Esa fecha me ha traído antiguos recuerdos que en su momento quise olvidar y por fortuna logré, pudiendo seguir con mi vida.

Es un acontecimiento que nadie conoce, a nadie lo he contado ni siquiera a mi Paco, padre de mis hijos, y eso que tenemos total confianza, pero como he dicho antes, lo tenía olvidado y con esa cita, la memoria, esa que tantas veces traiciona, me lo ha recordado.

Está relacionado con mi primer novio, un novio de infancia y adolescencia amigo de mi hermano y vecino del piso de arriba de mis padres. Ambos cinco años mayores que yo y muy protectores, eran como el primo de zumosol por partida doble y en guapo. Siempre he sido un poco marimacho (que se decía entonces y que nadie se ofenda), lo de hablar de ropa, peinados o actores no me iba mucho. Más divertido sin dudarlo era coger lombrices, grillos o renacuajos y subirme a los árboles o tapias, al ser más pequeña los dos me ayudaban y así llegaba sin nada roto a casa. Al principio Pedrito era como un hermano para mí, pero poco a poco mi imaginación empezó a tontear y a soñarle como novio, por supuesto de una forma infantil y nada romántica, lo que se dice un amor platónico.

Cuando terminaron el instituto mi hermano marchó lejos a estudiar calderería y él entró en un taller de reparación de automóviles a dos manzanas de casa, ese trabajo no fue impedimento para que nos siguiéramos viendo. Íbamos al cine, al parque a comer pipas o dando vueltas por las calles mirando escaparates cuando quería comprar un regalo para su madre, actividades de lo más inocente, teníamos mucha complicidad y nos llevábamos bien. Fue un año más tarde al empezar el verano cuando todo cambió. Bueno lo que cambió fue mi cuerpo, tenía pecho, curvas, una lacia melena y las hormonas algo alteradas. Intentaba tener contacto físico con Pedro, así fue como empecé a llamarle porque ya era un chico mayor. Al principio fue rozarle un brazo, haciendo el tonto le cogía la mano o los hombros intentando siempre un acercamiento sin saber exactamente qué conseguir, tan pesada debí de ponerme que una tarde me pidió ser su novia y tota ufana acepté.

Estaba tan verde como yo en las relaciones así que improvisábamos según lo sentíamos. Nos cogimos de la mano, luego de la cintura, nos atrevimos con el primer beso y caricias en la cara, hasta ser valientes y escondernos en el parque en una zona entre arbustos para darnos placer bajo la ropa, pero sin quitarla. Éramos unos pardillos hablando en plata, pero éramos felices de esa manera. En casa estaban tranquilos al conocerle desde chiquillo y yo toda chula porque no se metían en mis escarceos amorosos. Hasta aquí todo iba bien, no pretendíamos en esa etapa ir más allá. Felices y contentos nos dispusimos a pasar las fiestas del barrio, había caballitos, coches de choque, tiovivo, tómbola, el tren de la bruja, una caseta de tiro donde siempre conseguía el muñeco más grande por su buena puntería. Era un jueves y acababan de abrir las atracciones, dimos una vuelta por todas montándonos en alguna, y terminamos en la caseta de la pitonisa. No creía y no creo en las adivinas, pero a él le picaba la curiosidad y fuimos a consultar. Una mujer entrada en años sentada tras una mesa camilla con tela brillante y una bola de cristal con humo dentro. En la cabeza lucía un pañuelo azul oscuro del que colgaban pequeñas monedas doradas, vestía como una zíngara. A pesar de sus múltiples arrugas sus ojos eran amistosos y su sonrisa franca, invitaba a confiar y por supuesto a creer lo que ella dijera, esa era mi opinión, pero no la de Pedro.

Después de sonsacarle algunos datos de su vida le vaticinó un aumento de sueldo por una subida de categoría en el taller, una leve enfermedad de su padre y golpe de fortuna en el futbol, repentinamente le cambió la cara, como si viera en su futuro algo catastrófico. Le previno que un martes iba a ocurrirle una desgracia, era mejor que no saliera de casa ese día si quería llegar a viejo. No me reí delante de ella por no faltarle al respeto, pero él se lo tragó enterito. Los siguientes días los pasé entretenida preparando el material del curso que en breve iba a empezar, sólo me quedaba un año para terminar el instituto y luego quizás hablase de boda con él y nos iríamos a vivir juntos, lo estaba deseando.

Pero Pedro chifló, el martes al buscarlo en el taller su jefe me contó que estaba enfermo. No le di importancia y continuamos viéndonos, pero le noté algo cambiado. Al siguiente martes me dijeron nuevamente que volvía a estar enfermo, eso ya me escamó. Terminaron por despedirle al faltar al trabajo un día a la semana. Durante los demás días estaba más serio que de costumbre, desconfiado por la calle. De casualidad descubrí que guardaba en los bolsillos tres estampitas de santos, una pata de conejo, varios dientes de ajo, un trébol de cuatro hojas de cerámica y una cruz de madera. Sí, sí, me asusté, intenté hablar con él y que entrara en razón. No hay videntes sólo era una superchería para ponerle nervioso y que volviera otro día. No lo conseguí, tan raro y esquivo se volvió que decidí dejarle. Me dolió mucho porque estaba muy enamorada, pero ese no era el Pedrito que conocía y al que tanto amaba. Sufrí una pequeña depresión al dolerme que diera más importancia a lo dicho por aquella bruja que mis palabras sensatas. No tenía a quien contárselo y lo pasé sola como pude, finalmente conseguí superarlo y tiré para adelante sin él.

Una tarde diez meses después regresando a casa lo tropecé por la calle, venía de frente a mí. Las aceras estaban levantadas y había pasarelas por donde cruzar los socavones hechos en el terreno, estaba oscuro, por la carretera apenas pasaban coches y en la acera estábamos solos. No sabía cómo reaccionar, me lo puso fácil saludándome con una amplia sonrisa. Sentí un vuelco en el corazón igual que cuando estábamos juntos, fantaseaba con que quizás pudiéramos tener una segunda oportunidad. En ese momento me percaté que era martes y él andaba por la calle. Nos saludamos educadamente, contamos novedades de nuestros respectivos progenitores y al verle mejor le pregunté si ya salía los martes de casa. Me respondió que sí, llevaba tres semanas muy tranquilo desde que había encontrado a la pitonisa en las fiestas de Trasona. Estuvo hablando con ella y le vaticinó que el peligro había pasado completamente al haber cortado con su novia que era quien realmente provocaba su mal augurio. Parecía tan contento cuando lo dijo que la rabia me hizo pegarle un bofetón, tan fuerte y sonoro que le hice perder el equilibrio cayendo a la zanja abierta. Sin mirar para atrás eché a correr muy agitada para casa, en cuanto llegué me puse a ayudar a mi madre en la cocina con la cena. No paraba de hacer aspavientos por la furia que me atenazaba así que puse la radio para relajarme un poco. Estaban con las noticias del mundo y del país, que si la huelga de tractores, que si la subida del petróleo, la guerra de Irak o los políticos ladrones, cuando terminaron dieron una noticia de última hora. Los operarios de la obra en la calle Venteros al ir a tapar una zanja abierta con una plancha metálica descubrieron que en el interior había un cuerpo, llamaron a la policía y a una ambulancia, pero ya no se pudo hacer nada por el hombre, posiblemente debió de caer por un desmayo, golpeándose la nuca con una tubería y perdido mucha sangre.

¡Ay va! Casi me rebano un dedo con el cuchillo, ¡era martes y trece!

Rezaba para que el fallecido no fuera Pedro, pero al oír un grito desgarrador que venía del piso de arriba y un fuerte lloro me temí lo peor. Mi madre salió al rellano para enterarse de lo ocurrido, la policía acababa de informar a los vecinos que su hijo estaba muerto. Todos lloramos, yo la que más. No sabía cómo lo encajarían si contaba ser la autora de su caída, totalmente fortuita, pero si hubiera mirado hacia atrás tal vez aún estaría vivo. No se lo podía contar a nadie, durante años intenté olvidarlo pues, aunque hubiera confesado la autoría no dejaba de ser un accidente y todo el barrio, por no decir mi familia también, jamás me volverían a hablar. Después de unos cuantos años y al conocer a Paco, lo olvidé. El resto fue rodado y francamente hasta hoy, más de cuarenta años después, no me había acordado.

Ciertamente la pitonisa no era tan falsa como creía. Desde entonces ando con pies de plomo los martes y trece por no decir que jamás he vuelto a dar un bofetón, ni siquiera una ñalgada, no sea que por accidente vuelva a armarla. ¿Qué porqué lo cuento ahora? Pues ninguno de los protagonistas está vivo, ni mis padres, ni los vecinos que por cierto recibieron una indemnización millonaria por parte de la empresa constructora. A Paco y mis hijos no les gusta leer y para la justicia ya está prescrito el delito si es que lo hubiera habido.

Espero que mis queridas compis de escritura mantengan mi secreto.

 

 

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Martes y trece - Esperanza Tirado


 

                

                                           

 ¡Hoy es mi día Predilecto! ¡Día de desgracias y sinsabores! ¡Viva el 13!

Pero ¿cómo se puede ser tan mala persona? se preguntaban las vecinas desde las ventanas del patio de luces. Desgracias, para ella todas, vieja bruja.

Y así se pasaban cada mañana en la que, casualidades del calendario, el martes y el número trece coincidían como un dúo perfectamente imperfecto. Luego, pasado el mosqueo matutino, cada cual iba a sus labores.

Ella no tenía labores que hacer, aparte de amargar las mañanas al vecindario y atizar con su paraguas a todo aquel al que pillara en una infracción. A sus ojos, claro está. Ella era de otra época, de aquella del blanco y negro llena de penas. Su familia se desperdigó y no le quedó más que una viñeta de un periódico de cada uno. Y así, triste y sola, pues la vida no era nada llevadera.

El vecindario la aguantaba porque en sus tiempos buenos había sido alguien importante. Y porque el piso era suyo, claro. Nadie podría echarla. Al que no le gustaran sus quejas amargas, ajo y agua. O tapones de cera. Y andando, que es gerundio.

Que la vida son tres días y uno está nublado. Y más aquí en Asturias. Aunque con eso del cambio climático, vete a saber si nos habrán dado la vuelta el mapa y nos habrán colocado en otra zona.

Pero dejemos el tiempo para los expertos, que ni ellos se ponen de acuerdo.

El caso es que conocí a esta mujer cuando me mudé al edificio después de buscar y buscar, descartando alquileres abusivos. Un primo mío que vivía en una calle cercana, la Rue del Percebe, me recomendó la zona. Muy amigables los vecinos, muy originales, nunca te aburres, me decía.

Y vaya que sí tenía razón. En lo de no aburrirse, me refiero. Porque amigables, psé. Mi primo es el rarito de la familia, así que él estaría en su salsa.

A veces me cruzaba con la vieja bruja por la calle. A mí no me dio nunca un paraguazo, ni yo a ella motivos para recibirlo. Y mi vida fluía entre aquellas escaleras, las del metro y las de mi trabajo. Curiosamente el ascensor del edificio nunca funcionó.

No me importó, era joven y apenas si paraba en casa. La compra no la hacía. Iba a casa de mi madre los fines de semana y me volvía con un cargamento de tápers de todos los colores. Que luego, mágicamente, se perdían entre las estanterías de la cocina y nunca regresaban al origen. A la cocina de mi madre, de la que seguían fluyendo casi mágicamente más tápers llenos de ‘comida de madre’.

Cuando seas madre, verás’. Me decía mi madre. Aún no lo soy. No sé qué podré ver que no haya visto ya, en el trabajo o en mí día a día en el edificio donde viví. O donde vivo ahora.

Son esas misteriosas frases de madre que se te quedan tatuadas a fuego para siempre. Como esa de ‘No te tragues el chicle, que se te va a pegar el estómago’, de cuando era adolescente. Luego llegó el temido momento de ir al dentista, que me puso aparato corrector, me prohibió los chicles y mis dientes quedaron perfectos tras años de sufrir aparatos metálicos y gomitas de colores que me hacían ver las estrellas. Pero pasado el tiempo conseguí una sonrisa casi profident y lo agradecí.

Mi estómago siguió intacto hasta que me pillé mi primera borrachera. Qué mala me puse, qué de vueltas me daba todo. Como en un tiovivo de la Casa del Terror. Que parecía la niña del Exorcista de todo lo que salió por esa boca. Qué a gusto me quedé, pero qué mal cuerpo... Y desde entonces, nunca más. Una cervecita de pascuas a ramos.

Y volviendo a la bruja, ella de cervezas no debía ser. Como mucho, brebajes amargos que se tomaba con dos excompañeras del colegio, de las que durante un tiempo breve se volvió inseparable. Eran hermanas, parecían más simpáticas, pero ya no me fiaba, después de lo que me contaba mi primo de sus vecinos. Aunque cada cual con sus rarezas.

El caso es que las hermanas, Herme y Leo, se llamaban, vinieron bastante por mi edificio. Sobre todos los fines de semana. Eran como el Gordo y el Flaco, aquella pareja peculiar de las pelis pero en mujer, sin sombrero y con pelo. Hablaban mucho, casi a la vez. Me decían ‘Adiós niña, buenas tardes’, cuando nos cruzábamos. Mientras se despedían de la vieja bruja comentaban chismes antiguos y ella, con cara de vinagre, se quejaba ‘Ya no hay modales, qué tiempos…’. Cuando las hermanas se iban a mí me gruñía un saludo de despedida; aunque en el fondo le caía bien. Ya digo, no me dio ni un solo paraguazo durante el tiempo que viví en el edificio.

Después me mudé y no supe más de ella. Ni de mi primo y sus también peliculares vecinos.

Hasta hará unos años en que, ojeando un periódico en un bar, vi su esquela. Un recuadro negro con su nombre y los de las hermanas, y algún pariente lejano. Poca gente se acordó de ella. Pero por fin descansó en Paz.

Para ella la vida estuvo llena de desgracias y sinsabores. Siempre vivió en un eterno martes y trece.



Primeras palabras del cómic Doña Urraca, creación de Miguel Bernet bajo el pseudónimo Jorge para las páginas de Pulgarcito.

 

 

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Un calvo a la luna - Dori Terán


                                                  

 

  Que hoy la humedad me esté calando los huesos y aterida rechine los dientes castañeteando las mandíbulas, sigue sin justificar el mal fario de los martes y trece. Marina siempre busca culpables de todas las situaciones y circunstancias. Hoy le ha dado por incriminar a la fecha del calendario en todas las desgracias del mundo, incluido el clima que por un día se porta como debe en este mes de diciembre. Voy a tener que recordarle aquel martes y trece que vivimos siendo apenas dos mocosas juguetonas y traviesas y que marcó todo el devenir de nuestras vidas de un aura y un movimiento de prosperidad y armonía, de momentos llenos de magia y fortuna, de amor y veneración.

¡Ay Marina del alma mía!,¡Recuerda!,¡Valora!,¡Aprecia!,¡Agradece!.

Ha llovido Marina, ha llovido mucho desde entonces. Ha dorado el sol la existencia Marina, la ha dorado mucho desde entonces. Marina y yo estamos ahora cerca de los sesenta años y si escribiéramos nuestra biografía, podríamos contar el cuento más hermoso y lleno de ventura que cualquier mujer pudo soñar. Rosario y Marina. Marina y Rosario. Yo soy Rosario

Tras el evento secreto que intervino y marcó nuestro destino todo rodó sin dificultad en nuestros días. La adolescencia se nos antojó etapa de libertad y coraje y ningún riesgo fue capaz de oscurecer nuestros atrevimientos. Marina y sus dieciséis años se enamoraron ciegamente de Antón y yo con mis quince febreros bebía los vientos por Anselmo. Nuestros cuerpos despuntaban con forma de mujer y una energía desconocida y nueva nos envolvía llenándonos de calor sofocante, de color purpura y granate, de cosquilleos en las entrañas. Y nos atrevimos, sí, nos atrevimos a experimentar el abandono inocente y salvaje ante esa fuerza que desbordaba toda razón y violaba todo entendimiento. Sentir, sentir, sentir…fuimos solo y únicamente sentimiento. Ni pena, ni freno, ni miedo. Marina sintió una mañana la primera nausea que le anunciaba un nacimiento. Nacer a un mundo de pañales y baberos, de noches en vela, de leche en los pechos y sin embargo con la fortaleza crecida, nunca un llanto, nunca un arrepentimiento. No olvides querida Marina que ese ánimo, esa garra sólida te la dio el suceso secreto que compartimos aquel martes y trece de un enero. Brillaste feliz en medio de la polvareda oscura y rancia que se levantó. Se escandalizaron los padres y se alborotó el pueblo, el cura entre aspavientos puso el grito en el cielo, en sus sermones de domingo te garantizaba un abismo en tus días y una plaza en el infierno. No te miraron bien Marina, ni bien miraron a Antón. No me miraron bien Marina ni tampoco a mi Anselmo. Todos eramos cómplices de la rotura del deber santo, puro y bueno de la castidad hasta el matrimonio. Más el hechizo que nos protegía hizo que durara poco el asedio. Pronto la rutina se instaló en las gentes del pueblo como el agua desbocada por la tormenta retoma el cauce debido. Y olvidaron reproches, juicios y desprecios.

Antón y sus benditas manos daban forma al barro y nacían figuras y moldes preciosos de la inspiración que brotaba de su alma al contemplar la carita de Selena, su hija, su pedazo de corazón, el embrujo de su presencia, el fruto luminoso de vuestro amor. Pronto su arte se hizo famoso y fue valorado en toda su belleza y esplendor y pagado con creces proporcionándoos la vida desahogada y feliz que disfrutasteis siempre. Anselmo y yo apadrinamos a Selena y toda la riqueza de la belleza que ella porta salpicó nuestra vida como una cascada de agua espumosa, limpia y cristalina y hasta hoy la paz perdura y todos los atributos del amor nos abrazan cada día y todos los días.

Marina has olvidado el encantamiento que nos regaló la luna aquel martes y trece que le hicimos un calvo canalizando todo lo que constituye nuestro ser y estar para pedir un mundo maravilloso para nosotras, nuestro mundo de paz. Te lo recuerdo Marina. A las doce de la noche aquel milagroso martes y trece, de espaldas a la luna, levantamos nuestras falda y bajando la ropa interior, le enseñamos nuestro culos a la luna mientras le gritamos:”¡Un calvo a la luna!” Cuando dimos la vuelta y miramos al cielo, yo vi como el astro nos sonreía. Y desde entonces, nunca importó la tempestad de afuera, el nuestro ha sido y es un camino de rosas.

Recuérdalo siempre Marina, hay martes y trece en los que ocurren prodigios.

Marina, es hora de contarlo. Las personas que creen pueden buscar otros martes y trece donde la luna llena les regale su esplendor si le hacen un calvo. Nunca daremos por hecho que todo está escrito. Los renglones de la existencia están en blanco para que tú los escribas, los dibujes, los colorees. Elige tu pintura. La mía fue un calvo a la luna un martes y trece asombroso que se alió con la luna y con la gente con fe.



 

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