Una historia en la memoria - Marian Muñoz

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Como hija única que soy intento mantener vínculos cercanos con mis familiares y allegados por eso los sábados voy a comer a casa de mis abuelos maternos con los que siempre paso una grata jornada. En una ocasión llevaba noticias frescas, teníamos un nuevo miembro en la familia e iba a enseñarles su foto.

Reuní a los dos y dije –mirar, éste es Ramiro el nieto recién nacido de Begoña-, mi abuela lo miró sonriendo pero él soltó un -¡no me gusta ese niño!-. Me quedé sin palabras, mi abuela y yo nos miramos y ella respondió -¡cómo puede no gustarte ese bebé! A lo que él respondió –porque se llama igual que su bisabuelo quien mandó encarcelar y matar a mi padre-. Nuevamente me quedé sin palabras al percibir su sentimiento de dolor. Pero mi abuela que siempre ha sido muy resuelta volvió a hablar -¡Qué culpa tendrá ese niño de lo que haya hecho su bisabuelo!

No quise ahondar más en el tema pero me reconcomía no saber esa parte de la historia de mi familia, así que a la tarde mientras merendábamos le pregunté y esto fue lo que me contó:

Iba a hacer la Primera Comunión, el traje de marinero heredado de su hermano mayor le quedaba algo corto pero no quitaba ápice de emoción al momento tan crucial de su vida. Sus padres también andaban contentos y nerviosos, su tío Braulio recién llegado de América, había comprado un pequeño edificio cerca del centro, en breve se mudarían al primer piso, donde cada hermano dispondría de su propia habitación y sus padres abastecerían a los vecinos desde el colmado alojado en los bajos. Habían gastado todos sus ahorros en comprar productos necesarios para el negocio. Los escasos muebles de que disponían ya se encontraban en el futuro hogar. Acostados en el suelo pasaron su última noche en la vieja casa.

Los tiempos que corrían no eran muy halagüeños, la guerra de la que todos hablaban no había llegado aún a la ciudad, la lucha se centraba en el norte y en la zona costera del Mediterráneo. La incomodidad de los improvisados catres no fueron impedimento para una noche en vela, sino las explosiones iniciadas a eso de las diez de la noche. Todos corrieron a refugios improvisados en bodegas y estaciones de metro. Las mujeres rezaban, los niños observaban el tono bajo en que hablaban los hombres y sus semblantes preocupados. Algunos compartían la escasa bebida o comida que en la premura de la huida habían podido recoger, otros nerviosos no paraban de llorar y maldecir a los que bombardeaban su ciudad. La niñez de mi abuelo se vio repentinamente asaltada por el terror, el frío, el hambre y la incertidumbre para cuando aquellos estruendos terminaran.

Una vez el silencio se adueñó de la noche, malamente lograron pegar cabezadas, los adultos eran conscientes que sus vidas peligraban y desconocían como afrontar aquella situación. Al clarear el día y no escuchar más explosiones iniciaron una lenta y temerosa salida del refugio. El amanecer mostraba un paisaje desolador, edificios derribados, agujeros en calles y parques, todo lleno de polvo y un olor apestoso a pólvora, gasolina y madera quemada. Mi abuelo junto a su familia se dirigieron primero a la vieja casa, para su alivio aún seguía en pie y sin daños aparentes. Su hermano mayor quedó a cargo de los pequeños mientras sus padres se acercaban al futuro hogar para comprobar su estado. Mientras tanto su hermana Conchi improvisaba un desayuno con lo que encontraba por la desabastecida cocina. Las horas se hicieron eternas allí encerrados, su hermano tenía la orden de no dejarles salir de casa bajo ningún pretexto. Finalmente su madre regresó. No paraba de llorar, nunca la había visto tan de desesperada, algo que jamás olvidó en su vida. No fue capaz de articular palabra, hasta que un poco de agua le devolvió el habla. Narró como su futura casa había sido pasto de las bombas, todo el edificio había caído y la tienda de comestibles quemada. Lo habían perdido todo, pero mayor era la pérdida del cabeza de familia pues un grupo armado les había interceptado el paso cuando regresaban, y uno de aquellos hombres apuntándole con un fusil le había ordenado subir a un camión para llevarle detenido.

Su madre no paraba de llorar, no sabía cómo consolarla, sólo era un niño, pero tenía claro que odiaba a quien causaba tanto dolor a su familia. En la jornada siguiente tío Braulio asomó por casa, preocupado y cabizbajo, su madre le contó lo ocurrido, quedando en ver la forma de enterarse donde estaba encarcelado y si podría hacer algo por él.

No había donde comprar comida, tan sólo se abastecían del agua de la fuente y bien con infusiones o bien con alguna verdura, lograban saciar su hambre aunque no su tranquilidad. Debido a la escasez, un pelotón armado les trasladó junto a algunos vecinos a una casa grande, todos apretujados se hacinaban en estancias que antaño habían sido lujosas, controlándoles y abasteciéndoles con algo de comida y bebida, así como permitiendo que se asearan mínimamente. Dos semanas pasaron en aquel lugar, vigilados continuamente, rezaban en silencio, rogando a Dios les ayudara en aquel difícil trance bélico. Por fin un día apareció su tío Braulio, con malas noticias, mediante el Embajador inglés se había enterado que la checa en la que encerraron a su padre era de las peores, estaba vivo pero mal atendido y desgraciadamente figuraba en una lista de traidores, era cuestión de días que le montaran en un camión y lo fusilaran. Su madre dio rienda suelta a su desdicha y no dejó de llorar en días, no tenía idea de lo que era una checa y quería ir a rescatar a su padre pero qué podía hacer un niño en medio de una guerra, sólo eran comerciantes que no se metían en política ni en historias parecidas, no entendía el motivo por el que querían matar a su padre, que a pesar de tener mal genio era un buen hombre y les quería con locura.

La situación de ellos tampoco era fácil, los vigilantes se aprovechaban de sus armas para intimidar y abusar de las mujeres, su hermana se pasaba el día escondida y su madre a duras penas se sustentaba en pie al no querer probar bocado. Seguían sin noticias de su padre cuando volvieron a oír el sonido de bombas cayendo. Desconocían quienes atacaban pero el afán por sobrevivir les hizo correr hacia la boca de metro más cercana. Una noche de silbidos, explosiones y disparos de metralleta les mantuvo en vela, cuando por fin se hizo el silencio, nadie se atrevió a salir hasta que un soldado asomándose a la boca de metro gritó “¡ya sois libres han huido!”. Fue entonces cuando una fila silenciosa emergió a la calle y vieron la destrucción provocada por los bombardeos. El edificio que hasta entonces habían ocupado seguía en pie y hacia él se dirigieron, no habiendo vestigio de sus vigilantes. Algunos se desperdigaron por la ciudad intentando volver a sus hogares por ver si podían rescatar alguna de sus pertenencias. Ellos permanecieron allí y no fue hasta la tarde que apareció nuevamente tío Braulio acompañado de su padre. Justamente esa mañana le tocaba subir al camión, pero a causa del bombardeo sus carceleros huyeron y con ayuda del ejército nacional les excarcelaron de la checa y pudo salvar su vida. Permanecieron un par de meses en aquel alojamiento provisional hasta que su padre encontró un nuevo hogar y un nuevo empleo con el que mantener a su familia.

El abuelo volvió a dejarme sin palabras, según contaba Ramiro Valtueña bisabuelo del Ramiro recién nacido era el jefe de la checa donde encarcelaron a su padre.

Se tardaron años en reconstruir la ciudad, un nuevo Gobierno muy diferente al anterior regía el país, mi abuelo y sus hermanos crecieron, estudiaron intentando ser personas de provecho y poder labrarse un futuro. La economía de su familia era modesta pero todos arrimaban el hombro estudiando y trabajando al mismo tiempo, así fue como él pudo hacer su Primera Comunión de forma más sencilla a la planeada, pero lo importante era que todos estaban bien. Terminó sus estudios en la Universidad, conoció a mi abuela y se casaron. Formó una familia en una ciudad distinta a la suya regresando siempre que podía para ver a los suyos.

En su nuevo destino prosperó, formó parte de una nueva comunidad, con muchos y buenos amigos, sus hijos nacieron y crecieron en aquel entorno, se casaron y le dieron nietos con los que pasar sus ratos de ocio de una jubilación merecida. Ni él ni su mujer jamás volvieron a mencionar la guerra, el país había logrado una Constitución pactada y la paz llevaba años instalada en el territorio. Ahora los problemas de mi abuelo eran Hacienda, los fondos de inversión, la salud, ir a la compra con mi abuela o pasar unos días de vacaciones con sus hermanos o cuñados, un modo de vida relajado. El cumplir años iba mermando su salud, algún susto que otro le tenía preocupado, pero llegar a ser octogenario era algo que muchos de sus conocidos no habían logrado.

Sin embargo ochenta años de prosperidad, felicidad y bonanza en su vida no consiguieron borrar el trauma ocasionado cuando sólo era un niño y esa historia siempre ha permanecido en su memoria dejándome sin palabras ante el sentimiento de dolor tan profundo que mostraba mientras la contaba.



 

 

 

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