Escenas cotidianas - Gloria Losada



     Ana y Sebas caminaban despacio cogidos de la mano. Hacía apenas
dos semanas que habían empezado a salir juntos y cuatro que se
conocían, justo cuando ambos habían comenzado el curso en el nuevo
instituto. Ni uno ni otro habían conseguido encajar nunca en sus
antiguos colegios porque eran un poco frikies, si por frikie se puede
entender a alguien que le guste estudiar, le entusiasme el arte y la
historia y pase de emborracharse y de fiestas estúpidas. Puede que
para dos chicos de 16 años no fuera muy normal pero ni uno ni otro
deseaba renunciar a sus gustos por ir con la corriente, así que
encontrarse fue toda una fiesta, su fiesta.
    Aquella tarde habían quedado para rematar un trabajo sobre el arte
rupestre, trabajo precisamente a través del cual se habían conocido y
descubierto. Como había terminado pronto y hacía una agradable tarde
otoñal, salieron a dar un paseo. Al llegar a la altura de Los Canapés,
decidieron sentarse a comer unos paquetes de pipas. Comenzaron a comer
en silencio, solo roto por los tenues chasquidos de las cáscaras al
romperse, hasta que Sebas dijo:
      -Yo creo que estos bancos merecían estar en otro sitio de la
ciudad  donde tuvieran más vistosidad. Son una bonita obra de arte y
casi nadie sabe que existe.
    -Pues sí, podían ponerlos en el parque de Ferrera, o en el de las
Meanas… pero supongo que será difícil sacarlos de aquí. Además  este
es su lugar original. ¿Sabes que los construyeron para que el rey
Carlos III que viajaba de Avilés a Oviedo se sentara a descansar?
    -Eso es lo que se cuenta, pero no es verdad. El rey Carlos III
jamás viajó a Asturias, lo que sí es cierto es que se hicieron por
orden de él, que al parecer le gustaba mucho crear rutas a las afueras
de las ciudades, para que éstas tuvieran más fácil acceso, y
adornarlas con estas historias. No era mala idea, unos bancos para que
la gente descansara, como antes se andaba tanto a pie, o en caballo,
que nos les venía mal tampoco descansar el culo de tanto trote.
      Ambos rieron la ocurrencia de Sebas, mientras seguían comiendo
las pipas y colocando las cáscaras cuidadosamente en el medio de
ambos, para luego tirarlas en una papelera.
     -No los hay en muchos lugares – continuó hablando Ana -. Bueno en
Oviedo hay uno, o había, no recuerdo si sigue existiendo. ¿Te suena
una calle que se llama Silla del Rey? Pues ahí estaba, o está, no sé.
     -Silla del Rey, ni idea, pero podíamos ir un día a ver si la encontramos.
     -Pues sí, sería divertido. Siempre prensé que esa calle tenía un
nombre estúpido, si le hubieran llamado Trono, calle Trono, sería lo
mismo.
    -Ya, pero le faltaría sonoridad.
    -Sí, eso es cierto. Que buenas están las pipas, son un vicio,
cuando empiezo no paro. ¿Sabes Sebas? Yo creo que cuando se hicieron
estos bancos, el lugar tenía que ser perfecto. Quiero decir, hoy están
al lado de un puente de cemento, con vistas a una gasolinera, pero
antes todo eso serían campos… y un río… estaría chulo pasarse las
tardes aquí sentado, leyendo un libro, y de vez en cuando levantar la
mirada y contemplar el paisaje.
    Sebas soltó una risilla.
    -Visto así… - dijo- aunque no creo que por aquel entonces los
aficionados a la lectura leyeran fuera de sus casas. Lo que sí son, un
poco duros, se me está quedando el culo cuadrado. ¿Marchamos?
    -Sí, que en casa cenamos a las ocho y media y son casi las ocho. Vamos.
   -Qué vas a cenar tú con todas las pipas que te has comido.
   -Uy no sabes tú el saque que tengo.
   Tiraron las cáscaras de las pipas a la papelera y continuaron su
camino. Un días más.