Aristas - Cristina Muñiz Martín

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La honda era una extensión de su mano. De manera innata sabía calcular el peso, la distancia y la trayectoria adecuada para dar en el blanco. Cogió una piedra cargada de impurezas. La colocó con cuidado en el trozo de cuero. Tensó las cuerdas. Disparó. Mi corazón recibió el impacto quedando roto en mil pedazos. Aún sigo viva, me decís. Sí, viva aunque muerta continúo deambulando por la vida hasta que el tiempo, o quizás algún experto cirujano, logren recomponer el puzle, aunque no sé si será posible encajar tantos trozos llenos de aristas.

 

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Huyendo de la mediocridad - Marga Pérez

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Cuando era pequeña creía que estaba llamada a ser algo grande. A menudo me lo decían mis padres, eran mis primeros fans, y yo, tonta de mi, me lo creí.

Crecí con ese convencimiento hasta que descubrí mis limitaciones. Me di cuenta enseguida, y sin ninguna ayuda, de que eran muchas. Supe entonces que por mucho que me esforzase sólo llegaría a mediocre. Fue doloroso. Desmotivante . Insoportable el seguir viviendo entre miradas de pena y decepción. No estaba yo para sufrir así que planeé con detalle cómo escaparía. No sabes cómo era, la mediocridad no entraba en mis planes, te lo aseguro.

En primer lugar tenía claro que mi familia no debía saberlo. Suicidarse no está bien visto, y, el qué dirán de amigos y vecinos los hundiría en la miseria. Siempre fue un tema tabú en casa. Se comentaba en voz baja entre aspavientos y un “fíjate… qué horror”... ¡No me lo perdonaría! Mis padres no se lo merecían. Jaime, mi hermano, igual si. Para él siempre había sido tonta ¡Cómo se reía de mi!

Me inventé una súbita euforia religiosa. Empecé a frecuentar las celebraciones de un grupo neocatecumenal que se reunía en la parroquia y allí conocí a personas estupendas, un poco piradas, éso si, pero estupendas. Se creían a pies juntillas lo del espíritu santo, decían que obraba en ellas maravillas ¡Menuda fe! Yo hacía como si realmente las obrase: cantaba, bailaba, reía, lloraba… pero no sentía nada en especial. Después de meses asistiendo a sus celebraciones saqué un billete de avión para Sevilla y ya allí informé a mis padres de que ingresaba en el convento del Palmar de Troya. Fue lo que se me ocurrió para que no me buscasen al no recibir noticias mías. Ellos lloraron al teléfono y trataron de disuadirme pero la decisión estaba tomada. Con el corazón en un puño me deshice del móvil y cogí un autobús. Tenía claro que quería morir en el mar. Despedirme de este mundo mirando una puesta de sol. En el sur. Inundarme de agua salada. Salir de aquí de mejor forma a como había entrado.

Me senté cerca de las dunas cuando encontré el sitio ideal. Mirando al mar, pero, mientras me preparaba para dar el paso, vi en la orilla a una mujer llegada como por arte de magia. Ya estaba ahí frente al mar e inmóvil miraba el horizonte bañada en luz y aire salado, como una aparición del más allá. La observé sin hacer nada más que observarla. No tenía obligación de nada que no quisiera y, en ese momento, observarla era lo que quería. Mucho tiempo estuve allí empapándome de su quietud... observando, diría entonces. No era joven. Tenía el pelo largo, casi blanco, flotando sin que ella hiciese nada por dominarlo. El vestido se le pegaba. La brisa del atardecer le marcaba el cuerpo. Al trasluz se intuía con bastante fidelidad el volumen de su desnudez. Entonces mi abuela me hizo sonreir con su “según una va entrando en años se va metiendo en carnes” que decía a menudo. Quizá aquella mujer me la recordó… Entonces sólo recordé el dicho. Hacía años que no pensaba en ella.¡ Quedé tan sola cuando se fue!… Algo dentro de mi hizo que me pusiese en pie y muy despacio fuese a su encuentro. A su lado supe muchas cosas. Que se llamaba Alma. Que vivía allí, en la playa, sólo a unos metros. Que todos los días se acercaba a la orilla a disfrutar con los colores de la playa: del amarillo amanecer sobre el agua, de los rayos del sol sobre las olas al romper en la orilla, del brillo dorado de la arena mojada, del azul intenso sobre el mar, del rojo violeta anaranjado con chispitas plateadas y doradas del atardecer … Supe también que se estaba quedando ciega. Que no se quería perder nada porque sabía que muy pronto todo eso de lo que aún disfrutaba sería oscuridad.

Alma tenía algo muy especial que me atraía. Sus ojos eran un remanso de paz, un bálsamo para mi corazón maltrecho. Su sonrisa abrazaba. Sus manos acogían. A su lado me sentía a gusto. Protegida. Ella necesitaba a alguien y yo no tenía nada que hacer . Pospuse mis planes para más adelante. No podía dejarla sola. Suicidarme podía esperar.

Llegué a esta decisión después de estar con ella varios días. Me instalé en su casa y juntas disfrutamos no sólo de la playa. Salimos a la ciudad, al rio, al monte. Yo era sus ojos. Nos sentábamos y le describía con detalle aquello que ya casi no distinguía. Disfrutaba como una cría mirando, descubriendo, distinguiendo, imaginando, saboreando, percibiendo… rincones parecidos y muy dispares. Hacía fotos de todo lo que me gustaba y, cuando no podíamos salir, las ponía en el ordenador, todo lo que la pantalla daba de si, y se las contaba. Acabé escribiendo historias inventadas por mi de aquellos lugares. Cuando estaba muy malina disfrutaba mucho oyéndome. Se las leía durante horas. Me decía que era mejor que estar frente a la tele. Por ella me acostumbré a mirar más allá de lo que se ve. A escribir pensando en hacerla feliz. Sabía que le gustaban las ternuras y entre colores vivos y paisajes exuberantes fueron saliendo historias que le dieron vida. Alguna vez vi alguna lágrima en sus ojos, siempre de emoción. No sabía lo que era estar triste. Ni cuando le tocó irse. Lo hizo con una sonrisa. Sabía que era el momento y lo aceptaba sin resistencia. Decía que alguien la llamaba, que una fuerza tiraba de ella . Alma, un día, me dijo que esa llamada era poderosa, que se iba a abandonar a su poder. Y con un gracias se dejó ir…

Después de su muerte volví a estar sola frente al mar. Había pospuesto mi huida y era el momento de tomar decisiones. Los años habían pasado y yo ya no era la misma. Lo que hice con Alma me había hecho a mi. Sin ella yo nunca hubiera sido la que soy. ¿Fugarme entonces? No había nadie de quien huir. Yo había sido mi única enemiga y

en la espera me reconcilié conmigo. En la espera me llené de amor... Me gusta en quien me he convertido. Todos los días me lo digo.Y como dice Eloy Tizón “Mientras estoy escribiendo no puedo morir” Ja ja ja, no lo he vuelto a pensar, Merce, te lo aseguro, no tengo tiempo.

Lo demás ya lo sabes. Vivo frente al mar, en la misma casa que vivía con Alma. Disfruto de la playa a tope e ir a veros me cuesta mucho, la gran ciudad me oprime, ya lo sabes.

Mira a ver si puedes sacar de aquí algo para la contraportada del libro. Mis padres ya no viven y saber estas cosas no les hará sufrir. Te adjunto los archivos con los últimos relatos que tengo preparados, ya me dirás si son dignos de ser publicados.

Espero que vengas pronto. Celebrar contigo las ventas me presta no sabes cuanto. Espero que el próximo libro tenga el mismo éxito.¡ Quien me iba a decir que llegaría a ser algo grande!…jajajaj

Ya charlamos con calma cuando estés aquí.

Un abrazo de osa.

Celia

 

 

 

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