Mejor una abuela - Marian Muñoz

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Ser o no ser he ahí el dilema de Tomás estudiante de cuarto de derecho, opositar para juez o para fiscal. Dejó atrás el bullicioso piso compartido y acababa de mudarse a un pequeño apartamento en una segunda planta sin ascensor. Salvo la sala de estar el resto daba a un amplio y tranquilo patio interior, justo lo que ansiaba para concentrarse. Entre clases y horas de estudio discurría su semana, excepto el sábado que dedicaba a tareas domesticas y salir con amigos. No era ningún chef pero cocinar le gustaba, especialista en pastas y arroces al ser de buen diente lo que no sabía preparar lo buscaba en páginas web, podemos decir que es un cocinillas.

La ventana de su cocina daba en ángulo de noventa grados con la de su vecina, salvo que se asomara no podía verla pero a horas clave la oía trastear con cacharros y suponía que era joven por la ropa tendida. Lo de ligar nunca fue su fuerte pero le intrigaba saber cómo sería ella y si podrían ser amigos, por las horas de desayuno y comida deducía que trabajaba con horario de funcionario aunque no lo fuese, se llamaba Cristina según había leído en el buzón de la correspondencia y la curiosidad era tan grande que dudaba cómo abordarla si la encontraba por la escalera.

Por las tardes iba a clase, al regresar cenaba y tras pasar apuntes e impresiones se afanaba hasta las cuatro de la madrugada estudiando, tenía intención de terminar la carrera, opositar y con un poco de suerte trabajar y empezar a disfrutar, si bien la vida de estudiante hasta ahora había sido buena los años empezaban a pesar y sus mejores amigos comenzaban a formar una familia, es decir a sentar la cabeza como vulgarmente se dice y quería hacerlo más pronto que tarde. La vecina podría ser buena candidata si la conociera, por lo que estaba decidido a entablar contacto con cualquier excusa.

Una mañana mientras preparaba su comida sonó el timbre de la puerta, no esperaba a nadie, desconcertado se apresuró a abrir. Una anciana de pelo cano y tez blanquecina, con una sonrisa de anuncio le estaba pidiendo el favor de llenarle de azúcar un pocillo que le mostraba en la mano, según contaba estaba preparando un postre y en el último momento se dio cuenta que le faltaba el ingrediente principal. Tomás sorprendido la invitó a pasar pero prefirió quedarse en el descansillo esperando a que regresara con medio paquete de azúcar, pues tenía otro sin empezar y podía prescindir de ese poco. La mujer le dio las gracias efusivamente y dirigiéndose a la puerta de al lado, entró y desapareció. Sin duda debía ser la abuela de su vecina, un dato más para entablar conversación con ella.

Cuando volvió de clase vio que del pomo de la puerta colgaba una bolsa de plástico, intrigado por el hallazgo entró en el apartamento y sobre la mesa de la cocina abrió el misterioso envoltorio, unas rosquillas con muy buena pinta y una nota de agradecimiento, se llamaba Enedina. A partir de aquel día Tomás olía las maravillas cocinadas en el apartamento de al lado, guisos de cordero, pescado, potajes, cada olor que llegaba descifraba fácilmente su preparación al tener un aroma similar a lo que cocinaba su madre, la cual visitaba un fin de semana al mes trayéndose unas cuantas fiambreras con comida preparada por ella. Su vida seguía discurriendo en una concienzuda rutina tan sólo interrumpida por las visitas de la anciana vecina pidiéndole algún producto que le faltaba, era notorio que bajar dos pisos y volver a subirlos le suponía mayor esfuerzo que molestarle y luego acercarle un poco de su preparación que siempre colgaba del pomo de la puerta.

Un sábado mientras tendía la ropa recién lavada Enedina le preguntó desde la ventana si podía prestarle algo de arroz ya que disponía de todo para hacer paella más le faltaba el ingrediente principal. Tomás hacía tiempo que compraba todo por duplicado así que acercó medio kilo que tenía por la despensa, lo que no esperaba es que la buena mujer le invitara a comer junto con su nieta. Ahí vio una buena oportunidad de entablar amistad con la vecina pues aún no había tenido oportunidad de conocerla. Puntual a la cita llamó al timbre portando una botella de vino Albariño, porque sin duda alguna y por los olores la paella era de marisco y que mejor caldo para hacer los honores. El piso era muy parecido al suyo sólo que tenía un dormitorio más, la cocina con los mismos muebles sin duda era de obra pero ésta se veía con toques femeninos en paredes y estantes, la mesa ya estaba preparada, la paellera bien grande contenía un arroz lleno de almejas, mejillones, gambas, cigalas además de estar salteada por diferentes verduras, un lujo de presentación que olía fenomenal. Se sentaron a la mesa y al poco apareció la vecina, recién levantada de la cama al parecer había trasnochado, se presentaron y ella fue directamente a la nevera, sacó una olla pequeña sirviéndose de su interior una preparación que en un principio no se adivinaba. Su cara debió mostrar sorpresa porque la abuela le explicó que su nieta tomaría purrusalda al ser vegana y no comía nada que caminara, volara o nadara. Se sentó a la mesa con el plato recién calentado en el microondas y la abuela le sirvió un buen plato de paella. Riquísima era poco aunque no sabía si era oportuno alabar el resultado a Enedina delante de Cristina. Comió los bichos con las manos y luego se rechupeteó los dedos, un placer en toda regla, al ver que aún quedaba mucha cantidad de paella le ofreció otro poco para repetir y aceptó. ¡Vaya delicia se estaba perdiendo Cristina! Seguramente estaría más sana que él pero dudaba de si más contento disfrutando de algo tan rico de comer. Desde aquel día la amistad fue creciendo y Tomás no se sintió tan sólo al contar tan cerca con tan buena cocinera como la abuela Enedina.

 

 

 

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Mis razones - Esperanza Tirado

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No, no estoy obsesionado con mi salud. Bueno, un poco sí, como todo el mundo. Mens sana in corpore sano, y eso. Un poco de mindfulness, algo de bici estática o un finde en modo senderista. Y una cerveza fresquita para acabar bien el día.

No pretendo salvar animalitos para enviarlos a santuarios donde vivirán en paz y armonía con su entorno. Los animales están para algo, además de para verlos en los documentales de la 2.

Mis razones son otras. Básicamente económicas. Sí, llámenme materialista. Que de las nubes no se come. Y en estos tiempos raros, mucho menos; no sea que respires nubes tóxicas.

Pues sí. Aprovechado que el Pisuerga pasa por Valladolid, y que la gente cada vez le hace más ascos a todo tipo de carne animal, valga la redundancia, decidí crear un rinconcito vegano y ecológico.

En el pueblo de mis padres aún estaba la casa familiar con su buena finca. Que cuando tomé la decisión era un erial. Y mi chica me gritó de todo. Que estaba loco, lo primero. Y que de dónde iba a sacar el dinero para organizar aquello. Casi me deja.

Bueno, me dejó unos meses, pensando que yo a la vez dejaría de pensar en mi locura ecológica. Pero yo seguía haciendo planes, reestructurando, comprando material, visitando webs de asociaciones agrícolas…

Hasta que otro loco urbanita, cansado de todo, se vino a vivir al mismo pueblo que yo, con mi misma idea. O algo parecido. En realidad quería hacer su propia cerveza artesana, cosa que yo le agradecí infinito. Pero la mía le gustó y acabamos por asociarnos. Cerveza, verduras y algo más.

Y entonces, oh casualidad, mi novia volvió a ver en qué andaba. Y se conocieron y surgió el amor. Bueno esa es otra historia. Ya brindaremos por ellos otro día.

Aunque el loco urbanita sigue siendo mi socio. Y mi ex al final acabó cayendo también en las redes de la naturaleza. Somos un trío extraño que ha llenado de verde y vida un pueblo remoto de la España vaciada.

Empezamos con lechugas, tomates, zanahorias y un rinconcillo de hierbas aromáticas. Algo muy básico, que vendíamos en una camioneta en los mercados de los pueblos de alrededor. Y poco a poco fuimos consiguiendo una variedad de productos saludables para todos los gustos, veganos o no, que parecen haber encontrado su hueco en el mercado.

Gracias a las mejoras rurales, la tecnología llegó al pueblo y se obró el milagro de internet. En nuestra web www.rinconveganoyalgomas.org pueden encontrar desde todo tipo de frutas y verduras de temporada, huevos, de gallinas alimentadas de modo totalmente ecológico, hasta delicatesen como confituras de arándanos, manzanas o peras, chips de sabores variados, tortillas de calabacín, patata, pimiento, ingredientes al gusto del consumidor, bizcochitos de pipas de girasol, magdalenas con y sin huevo, cervezas sin gluten totalmente artesanas o hamburguesas sorpresa, que no son ni carne ni pescado.

Puede que mis razones no coincidan con sus razones. Pero están a un click de comprobar si sus paladares se atreven con el sexto sabor, el de la curiosidad.

Y, por si sus indagaciones van más allá de la web, les diré que no, no me he hecho vegano. Sigo disfrutando de un buen solomillo en su punto. Mis razones continúan teniendo bastante chicha.

Tecleen, busquen y elijan. Bon appetit.

Y vivan las tecnologías, que conectan y llenan de sabor tantos rincones del mundo.

 

 

 

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El vegano de Avilés - Pilar Murillo

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Aquél primer día, ante la insistencia de mi amiga Ana me dirigía a una cafetería de la calle del Quirinal, en Avilés a tomarme un café con su primo Severino. Había llegado hacía una semana de Francia, para quedarse. Mi amiga Ana me había dicho: “como él se aburre y tú también, mujer a nuestra edad ya no hay muchas oportunidades” … En fin, que me lió la tía, aunque como buena amiga, diré en su defensa que ya lo conocía por Facebook y no estaba mal, un hombre con unas canas bonitas, y parecía por lo que colgaba sobre él, que tanto las ideas de la vida como los gustos de ocio eran muy parecidos. Me dio la impresión de que era un señor interesante y con cultura, además había estado viviendo en Francia desde sus ocho años hasta hacía una semana.

Llegué a mi cita. Cita un tanto extraña en estos tiempos que vivimos, ni era a ciegas, ni era solamente a través de una celestina, también fue culpable como ya mencioné, el Facebook, bueno y su página web por la que me enteré de que era un escritor de no sé qué género porque me dio vergüenza seguir leyendo a ver cuerpos desnudos. Además, estaba escrita en francés y yo no entiendo nada.

Lo reconocí enseguida, allí estaba sentado, en la terraza del “Azor” me acerqué, se levantó muy caballerosamente… ¿o debería decir educadamente? A ver, es que yo no quiero ser machista, pero a mí las historias románticas, si hay pretensión de que lo sean… me gustan así, contarla tal y como me ha sucedido.

Severino se puso tras mi silla, tal cual lo digo y me acercó a la mesa. Luego se sentó y con un gesto típico de la tierra donde casi toda su vida vivió llamó a Santi, el dueño de la cafetería. Yo pedí una infusión, me apetecía un vino, pero es que luego me vuelvo muy loca y la primera cita hay que causar buena impresión. Él estaba tomando un botellín de agua.

Me sonreía mirándome a los ojos y yo estaba que no encontraba postura en la silla. “¡Dios mío que hombre más guapo!, más guapo que en las fotos. No sé cuántos años hacía que yo no tenía un hombre tan atractivo frente a mí, y que estuviese ahí por mí, no por mis amigas… Pues seguro que desde la adolescencia. Mi primer novio, que estaba buenísimo, pero hace 40 años que no lo veo, a saber, cómo estará ahora.

Centrémonos en Severino que es muy curioso lo que aconteció y puede haceros gracia.

Como os contaba, él enfrente, yo sofocada, sin ser verano, él que no hablaba, y yo que tampoco y me dije, “este chico es muy tímido, tendré que empezar yo” y pensé antes de hablar… “Lo de vienes mucho por aquí…” Eso me temo que sé la respuesta y la pregunta es bastante vieja.

__ ¿Bueno, y dónde te apetece estar, dentro o fuera? -La respuesta no llegó por su boca porque yo que estaba demasiado entusiasmada con él, entera, profunda y firmemente, repito; entusiasmada con él; pensé que mi pregunta tenía doble sentido y volví a decirle rápida y nerviosamente -; Me refiero a si prefieres que comamos dentro del local o aquí en la terraza.

__ Aquí, como si fuese “vegano”.

¡Uy, uy!, éste”, pensé… dice como si fuese vegano, a ver chato, se comen animales o no se comen. ¡Ya no lo vi ni atractivo! que a mí me gustan todas las parrilladas menos la de verduras, ¡por Dios!

Os puedo asegurar que transcurridos 25 minutos pasé tal vergüenza que no sé si se dio cuenta de mi metedura de pata o supe disimular muy bien. Nunca hemos hablado sobre nuestra primera cita, quizás sí se percató de mi estupidez. Bueno, da igual. “Viviendo y aprendiendo”, decía mi abuela,

Tantos años en Francia y desde tan pequeño…. Normal que para él el verano fuese Vegano.

 

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Ella es la dueña de su voz - Marga Pérez

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¿Por qué no te callas?…

María no daba crédito. Ahí, frente a ella, en alto y ante las cámaras, lo estaba escuchando atónita. La televisión se lo dice, se lo muestra y lo repite hasta la saciedad: ¿Por qué no te callas?

Nuestro rey cansado de tanta babayada explota ante el mundo y María se queda asombrada frente al televisor. Había escuchado de otros labios cientos y cientos de veces el mismo mensaje. A su madre cuando impaciente iba a contarle su última ocurrencia pero para ella no era el momento. A su padre cuando hablaba en la mesa de cosas que, según el, ella no entendía. A sus profesores cuando quería dar su opinión en clase y, según ellos, molestaba. A sus compañeros que siempre sabían más que ella de todo. A las personas mayores, a los listos, a los sabiondos y a muchos ignorantes que ignoraban hasta su propia ignorancia… ¿Por qué no te callas? Le decían a María con estas u otras palabras. Y María aprendió que su voz no era importante, que sus ideas no merecían la pena, que no estaba preparada para hablar. Y se acostumbró a callar. También se acostumbró a escuchar, no le quedaba otra.

Y frente al televisor, asombrada, después de muchos años escuchando con atención a todo bicho viviente, empieza a entender que ella también puede tener su voz.

Y si antes callaba porque así lo decidieran por ella, ahora callaría de manera libre y consciente sabiendo que ejercía su derecho de libertad de expresión. Su silencio no era asentimiento, ni indiferencia, ni falta de espíritu crítico. Su silencio era un acto de escucha activa: de descubrimiento, de confrontar ideas, de poner palabras a sus dudas, de dudar de verdades que le habían dicho que eran absolutas, de criticar la información, de ver el trasfondo de lo que se publicaba y hablaba… María estaba convencida de que necesitaba el silencio para hacerse palabra, pensamiento, sentimiento, persona. Para ser ella misma.

Un día María decide salir definitivamente del silencio autoimpuesto. Su marido no entiende por qué ya no apoya lo que el dice, por qué le lleva la contraria. Siempre habían pensado igual en todo y lo toma como un ataque personal... lo lleva muy mal. Las discusiones en su casa pasan a ser el pan nuestro de cada día, pero María no está dispuesta a renunciar a su voz. Sólo ella es su dueña.

Con sus amigos le pasa lo mismo. Estaban acostumbrados a que asintiese a cualquier cosa que se dijese. Era un grupo de pensamiento muy homogéneo y María no compartía todas sus ideas . Al principio había cierto titubeo cargado de curiosidad cuando ella hablaba, pero al darse cuenta de que su voz era una voz segura, cargada de conocimiento y fuerza argumental, empezaron a tomarla en serio. Algunos la miraron con más simpatía mientras que otros vieron en ella a una rival. Se percataron de que, con la nueva María en el grupo, ellos podían perder el estatus que hasta entonces habían mantenido.

Hay caminos que no son fáciles de recorrer. Caminos que, mientras se caminan, aportan muchas ganancias a la par que algunas pérdidas, sobre todo de seres muy queridos. No todos los que estaban en su vida estaban dispuestos a transitarlos.

María fue perdiendo a su marido… En ese distanciamiento el encontró a una mujer que no le contrariaba nunca y, además, era bastante más joven, así que la dejó antes de que ella lo hiciese. Perdió también a varios amigos que creía que eran amigos de verdad, pero... Le dolió mucho.

No estaba preparada para encajar más destrozos.

También ganó , no creáis, mucho más de lo que perdió. De esto se dio cuenta con el tiempo. Cuando el dolor de las pérdidas le permitió seguir con la cabeza bien alta. Aparecieron nuevas personas en su vida. Personas con las que inició nuevos caminos que la llenaron de alegría y satisfacción ...

- María, el salón está lleno, me avisan de que en cinco minutos sale el organizador ¿Estás lista?

- Si, cuando digan. Ya hice todos mis ejercicios. Estoy preparada.

- Tranquila, cada vez lo haces mejor.

En cuanto salió al escenario, tras los aplausos, se hizo el silencio. Maria, de pie frente al micrófono, es el centro de todas las miradas que abarrotan el salón de actos, mujeres en su mayoría.

Sonriente mira al público, no es capaz de distinguir ningún rostro pero se siente conectada a cada una de las personas que esperan sus palabras. Con voz firme, serena y melodiosa empieza su conferencia :

 

-¿Por qué no te callas?… No daba crédito. Frente a mi, en alto y ante las cámaras, lo escuchaba atónita… La televisión lo decía, lo mostraba y repetía hasta la saciedad … ¿Por qué no te callas?… … … … … … … … … … … …

… … … … …

 

 

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Miedo - Gloria Losada

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¿Por qué no te callas?

La voz de Iratxe sonó al lado del oído de Ramón como un susurro que sin embargo lo hizo callar de repente. Creo que fue en ese momento cuando se dio cuenta de que casi todas las miradas estaban sobre nosotros. En la televisión daban la noticia del asesinato de un joven concejal de Ermua a manos de la banda terrorista que en aquel tiempo y lugar era mejor ni nombrar, pero Ramón, inconsciente de ello, manifestaba en voz alta y sin ningún pudor lo que muchos pensábamos, que eran unos malnacidos, que las cosas no se arreglaban así... Ramón vivía en La Coruña y estaba pasando unos días de vacaciones en el País Vasco.

Las piernas me temblaban, en realidad me temblaba todo el cuerpo, pero hice acopio de las pocas fuerzas que me quedaban y me acerqué a la barra, pagué las consumiciones y salimos de la taberna como alma que lleva el diablo. Fuera el sol calentaba con fuerza las calles de la zona antigua de Bilbao. Nos alejamos de allí lo más rápido que pudimos. Iratxe y yo tirábamos de Ramon y de Lola, su novia, que nos seguían casi a trompicones sin entender nada. Cuando nos pareció que estábamos suficientemente lejos les explicamos la situación.

Ramón, estás loco, no estamos en La Coruña, esto es Bilbao... – le regañé.

Vaya, lo siento, yo solo estaba opinando. Se llama libertad de expresión – replicó.

Tuvimos que explicarle que en el País Vasco no conocíamos la libertad de expresión, por lo menos en torno a un tema tan escabroso y delicado como era el terrorismo. Nadie podía decir lo que pensaba, nadie podía hablar con libertad por miedo a que esa persona anónima que tenías al lado fuera de ellos, de los malos, que eran pocos, pero tenían dominados a los buenos, que éramos la mayoría. Lo que Ramón veía en la tele, lo que oía sobre la vida en aquel lugar del mundo, no era mentira, no era un exageración. Había gente que tenía que mirar todos los días debajo de su coche, que tenía que ir de acá para allá con una persona detrás que vigilaba la intimidad de su vida, que tenía que cambiar la ruta por la que iba a su trabajo todas las mañanas, que tenía que pagar para poder vivir, y luego estábamos los demás, todos los demás, que podíamos pensar, pero no podíamos decir, La dictadura del silencio era el precio en muchos casos para poder seguir viviendo, como había ocurrido en España durante cuarenta años. La diferencia estaba en que ahora, los que imponían sus leyes, lo hacían enarbolando una democracia que no existía. Con Franco por lo menos sabíamos lo que había.

Han pasado muchos años ya y las cosas afortunadamente han cambiado. Ramón, Lola, Iratxe y yo seguimos siendo amigos y nos vemos de vez en cuando. No hay momento en que no lo hagamos que no recordemos aquella tarde en Bilbao.

Y ahora defienden a un rapero de tres al cuarto diciendo que sus canciones son libertad de expresión – decía Lola la última vez que nos vimos – como se nota que no vivieron otros tiempos.

Exactamente, cómo se nota que nunca les obligaron a tener la boca cerrada... por miedo.

 

 

 

 

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Puro teatro - Esperanza Tirado

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No llego, no llego, no llego.

A ver… Maleta OK. Abrigo OK. Bolso OK. Paraguas… ¿Paraguas? Si voy a Canarias no necesito paraguas. Bueno, o tal vez sí. A la vuelta puede que aquí esté diluviando. Nunca se sabe. Venga. Paraguas OK.

Móvil OK. Cargador OK. Pastillas contra el mareo OK. Mascarilla del demonio OK. Y un paquete nuevo lleno de ellas por si acaso también OK. Gafas de sol OK. Llaves en la mano OK.

Hace diez minutos que llamé para pedir un taxi y no acaba de llegar. Mira que hay coches blancos en Madrid...

Tampoco hay tanto tráfico. Si es domingo y está todo cerrado… O eso dicen. Que ya de las noticias no te puedes fiar.

¿Y si saco la esterilla y hago el saludo al sol para relajarme? No, venga, céntrate. El yoga ya lo dejo para la vuelta. Debería tomarme una copa, un orfidal, o algo, para el avión, que a veces esas turbulencias… válgame la Macarena… ¡aaaah!

¡Taxi! ¡Ya! ¡Por fin! ¡Bajo!

El ascensor no sube ¿A quién se le ha ocurrido bajar al sótano a media tarde? Al sótano se baja en Navidad a buscar la caja del Belén, el árbol y esas cosas. Joder, que la maleta no me entra. Debí haber cogido la mediana. Bueno, ya está. A empujones, cabemos bien. Creo que me he cargado una rueda al sacarla. Da igual. Ya lo miraré a la vuelta.

Buenos días, caballero. Sí, yo pedí el taxi. Calle Del Sol 25, aquí estamos. Destino aeropuerto. Correcto. Cuidado que la maleta pesa un poco. Sí, sí, claro. Una tasa especial por la maleta. Pesa mucho, sí. Y otra por llegar hasta el aeropuerto. Lo entiendo. Está pandemia nos va a volver locos a todos. Horroroso todo lo que sale en las noticias.

Sí, señor, hace bien, yo tampoco las veo. Música para el camino, mejor, que dicen que amansa a las fieras.

No, no señor. No voy de vacaciones. Ojalá pudiéramos. De momento vienen los alemanes. Voy a trabajar.

Sí, sí, mucha suerte tienen, con la que está cayendo, sin duda.

¿Dónde? Sí, claro que puede preguntármelo. Trabajo en el teatro. No, no, actriz no soy. Por eso no le suena mi cara. Sí, mucha gente trabaja en el teatro pero no es actriz ni actor.

Por todos los dioses, ¿Por qué no te callas y conduces? Y me dejas escuchar la música. Me da igual que sea El Fary o Maluma. Bueno, Maluma, puede que no.”

Sí, ya se ve la torre de control ahí delante. Ya llegamos, casi.

Soy figurinista. No sabe lo que es, claro. Una especie de sastra. Arreglo los trajes de las funciones por si se descose algo, para que los actores vayan cómodos. Sí, eso costurera, algo así.

Bueno, usted conduce un coche, pero ¿acaso es un Fernando Alonso? ¿O conoce todas las piezas que forman un coche? Si le pregunto dónde va la junta de la trócola y para qué sirve a ver qué me cuenta...”

Sí, claro. Es lo bueno de no ser actriz. Que los paparazzis no te persiguen. No sé, no conozco a todos los actores. No sé si todos llaman al periodista de turno para avisar dónde están.

Sí, a muchos les gustará salir en las revistas. Cuando se bajan del escenario yo ahí ya no me meto.”

Por favor, debería ir ya subida en ese avión… Om… Om… Saludo al sol… Un orfidal… Un whisky… OM…”

Ya, ya, la gente se interesa con las vidas de otros. Si, será eso, que nos gusta hablar más de la cuenta de los demás.

Y en su caso ya es DEMASIADO. Cállese la p… boca y písele fuerte.”

¿La obra? Pues es una revisión de un clásico del Siglo de Oro, en torno a la figura de Lope de Vega.

Ah, que usted es más de fútbol. Y como hoy no hay partido pone música. Ya, una pena que la gente no pueda entrar en los estadios. Sí, al teatro va un tercio del aforo. ¿Injusto? Pues no sé, son actividades diferentes, no me lo había planteado.

¿Y, dígame usted, cuánto gana un futbolista por dar cuatro patadas y lucir tatuajes o anunciar colonias? Que los del teatro ahora cobran una mierda. Y ahí siguen. Actuando. Resistiendo. Una copa, un tranquilizante, algo. Pero que se calle YA.”

No, actriz no quise ser nunca. Aunque hice mis pinitos de joven.

Por todos los dioses, ¿Es que me ha tocado el taxista más parlanchín del mundo? Qué dolor de cabeza. No puedo con la vida.”

Bien, ya llegamos.

Un autógrafo. Espere que le pague y mientras sáqueme la maleta... Sí, pesa mucho, ya. Sí, la rueda está rota, tengo que cambiarla.

Me llamo Tere. Gracias. Hasta la vuelta. Gracias por la tarjeta. Le llamaré.

Y una mierda. No quiero que me zumben los oídos ni que me hagan otro tercer grado. Ya he tenido bastante.”

AAARRHHHGGGG. No sé si me he dejado el DNI en casa. Mierda. Mierda. Mierda. Y faltan 35 minutos para mi vuelo. A ver, que vacíe el bolso en este banco….

Buenos días, señores agentes. Sí, sí, ya he visto la señal. No, no me iba a sentar.

Lo que me faltaba… No llego, no llego…”

Es que mi vuelo sale en 30 minutos. Buscaba el DNI, para tenerlo a mano, ¿Sabe?

Sí, a Canarias, al teatro.

No, no soy alemana, ni tampoco actriz. Soy… ¡Lo encontré!

Disculpen los nervios. Sí, aquí está mi DNI. Esa de los pelos soy yo. Un mal día para hacerme la foto, ya. Y los datos de mi vuelo, ida y vuelta, en el móvil.

No llego, no llego…

¿En Madrid? No lo sé, no llevo esas cosas. Eso depende de producción. Y todo según cómo vaya la pandemia. Sí, ustedes también lo están pasando muy mal, entiendo.

Como todos, no te jode. ¿Otros que no se callan justo ahora? No tengo nada contra polis ni taxistas pero es que vaya ejemplares que me han tocado. Y justo hoy. Con el pánico a volar que tengo...”

Sí, sí, gracias. Recordaré tener el DNI a mano siempre.

Que tengan un buen día ustedes también.

Uf,… debería tomarme algo fuerte antes de subirme a ese avión.”

Y saludo al sol corriendo con la maleta coja hacía el mostrador de facturación.

 

 

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Existe realmente libertad de expresión - Marian Muñoz

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¿Por qué no te callas? El mundo civilizado rió la frase políticamente incorrecta pero sensata expresada por un rey campechano a un dictador narcisista que se regodeaba en su propia verborrea.

Desde aquel día, hace catorce años, la oratoria ha cambiado brutalmente, ya no es privilegio de la casta política sino que los gurús de internet la utilizan para su propia subsistencia o enriquecerse mayoritariamente a costa de sus seguidores, la palabra ha cobrado valor económico y ha perdido el valor moral, la palabra dada ha perdido el valor de la honestidad, incluso los pactos acordados por escrito no son más que papel mojado, las gentes influyentes en nuestro país, no sólo los políticos, se prostituyen a quien mejor les pague, bien con un cargo bien con un trabajo cómodo en una buena empresa.

En defensa de la libertad de expresión se miente, se ataca, se confunde, se humilla y sobre todo se mata, o no pensáis en que muchos de los suicidios son consecuencia de palabras. La falta de respeto al contrincante ha dado paso al todo vale con tal de conseguir la parcela de poder deseada. Los políticos son buena imagen de lo que genera esta sociedad en sus discursos ya no nos cuentan sus proyectos, ya no nos cuentan sus ideas, ya no nos cuentan nada sobre sí mismos sólo se dedican a exponer los fallos, trapos sucios y chanchullos de sus competidores, dejando de reconocer que lo que achacan a otros también son fallos suyos por permitirlo y no estar atentos denunciando a tiempo las malas actuaciones.

Claro ejemplo lo tenemos estos días con el “quítate tú pa ponerme yo” o pensáis que las mociones de censura las hacen con el ideal de buen gobierno, seguro que no, los que me estáis escuchando sois inteligentes y despiertos, quizás entre uno de vosotros haya algún futuro gobernante, algún futuro youtuber, algún futuro pastor de almas descarriadas o algún creador de tendencias, seáis lo que seáis, ante todo os ruego seáis honestos, seáis honrados y sobre todo trabajar por dejar mejor el planeta tierra no sólo vuestros bolsillos porque al fin y al cabo la fortuna no la podéis llevar al otro mundo pero dejar una buena huella pervivirá durante siglos en la sociedad que mejoréis.

No penséis que los nombres de calles de algunos políticos se escogieron al azar o como reconocimiento a su trayectoria, esos nombres se escogieron por otros políticos que preferían poner el suyo pero al no ser políticamente correcto decidieron recordar a gentes que ni un siglo hubieran aguantado en la memoria de la sociedad. Como bien dice el refrán “el movimiento se demuestra andando” y lo que todos los ciudadanos quieren sean del bando que sean, piensen o sientan diferente, es que el político al gobernar sirva, no que se sirva a sí mismo o a su partido ilegítimamente de los bienes de sus votantes, supongo que estaréis de acuerdo conmigo, todos queremos calles asfaltadas, hospitales, parques, vivienda digna para todos y por supuesto un trabajo con el que mantenernos, porque un trabajo con salario digno da estabilidad y engrandece a la persona al proporcionarle un sentimiento de utilidad y valía, los que perviven de subsidios o son jetas vividores o son personas que arrastran carencias por sus limitaciones económicas, debido al desconcierto de que hoy estos me pagan pero mañana no sé si lo seguirán haciendo.

Ojalá nunca seáis victimas ni cómplices de información manipulada, intentar discernir si lo que os cuentan tiene una buena base de verdad o simplemente es una parrafada para tener algún tipo de sentimiento de animadversión hacia otros. Si la información que os facilitan ayuda a crecer o intenta arruinar, si lo que achacan a otros también lo están haciendo a escondidas, hay que andar muy espabilados y sobre todo dudar, siempre dudar y pensar antes de actuar si mi abuela lo aprobaría, nuestras abuelas trabajaron duro, criaron con escasa ayuda a una gran familia, pasaron penurias y muchas dificultades hasta llegar a conocer a sus nietos a los que daban pequeños caprichos que no pudieron dar a sus propios hijos, seguro que sabéis de lo que hablo, seguro que tenéis un gran recuerdo de vuestra abuela, seguro que le pondríais una calle en vuestra ciudad como auténticas heroínas, estoy seguro que ellas nunca perderían el tiempo hablando, siempre tenían algo que hacer porque ciertamente el movimiento se demuestra andando no con palabras, esas se las lleva el viento y donde dije digo ahora digo Diego.

No se oía ningún ruido entre los asistentes a la charla en el ateneo, hombres y mujeres jóvenes escuchaban con atención al orador, entre el público había diferentes formas de vestir, de peinarse o incluso de sentarse sobre las duras sillas del salón de actos. Se miraban entre sí sin hablar, asintiendo o negando con la cabeza, pero todos en silencio escuchando atentamente las palabras del famoso autor del momento, sus novelas de aventuras o sus libros de historia eran bien recibidas por los adolescentes que ahora llenaban el local, respetuosos con sus ideas al terminar la charla comenzaron a levantar las manos para preguntar, todos ansiosos por recibir respuestas de su admirado escritor, pero un fuerte ruido interrumpió el acto entrando un gran número de policías que expulsó a los participantes hacia la calle. Nadie protestó, nadie habló, salieron en silencio sin precipitación, hicieron un corro en el exterior del edificio esperando que saliera la policía deteniendo al novelista, sus manos estaban entrelazadas de tal manera que sólo ellos podían desatarlas, las fuerzas del orden intentaron abrirse paso primero sin violencia y después pegando porrazos, más apenas levantaban el instrumento para golpear caían desmayados sobre la fría acera, ante tal desconcierto los jóvenes aprovecharon y rescataron al escritor llevándolo en volandas hacia un coche que lo sacó del lugar, acto seguido todos desaparecieron y las ambulancias fueron recogiendo uno por uno a los policías tendidos en el suelo sin comprender cuál había sido el motivo de su caída.

La mente es más poderosa que la palabra, no lo dudéis jamás.



 

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Sobre la libertad de expresión - Pilar Murillo


                                            Resultado de imagen de niño gritando al abuelo


__ ¿Por qué no te callas? - Le dijo un niño de apenas cinco años a su abuelo de unos sesenta. Al abuelo le hizo mucha gracia, pero decidió contestar al pequeño.

__ Porque no me da la gana. – Fue cuando me acordé de las veces que mi madre me contaba lo que su abuela decía cada vez que oía a un niño perder el respeto a un mayor. Mi bisabuela decía: “¿Por qué el niño es mal hablado? Porque el viejo es mal contestado”. Tenemos la costumbre de echar la culpa a los demás, y nadie nace enseñado. Lo vamos mamando en casa, luego crecemos, nos hacemos adolescentes y creemos que lo que nos han enseñado es una puta mierda y creemos en nuestros amigos, algunos con mala educación y por entrar en el grupo o porque nos gustan más esas ideas, seguimos al cabeza del grupo como borregos. Hablamos de más, creyéndonos que estamos en nuestro derecho no le perdonamos ni una a los mayores y les contestamos con la primera lindeza que se nos ocurre. “Un vete a la mierda” puede ser lo más recurrido, pero podemos ir a más expresiones soeces y mal sonantes porque tenemos libertad de expresión y no solo la utilizamos para insultar, la libertad de expresión la podemos utilizar para meternos en la vida de otras personas, opinar libremente y salir impunes.

Pienso que la libertad de expresión se acaba cuando se pierde el respeto, cuando se hace daño gratuitamente a otra persona. Pienso que cuando se pierde el respeto a niveles salvajemente grandes, la libertad de expresión es mala educación y deja de ser libre para ser libertina. Es muy fácil decir yo puedo hablar de asesinos y alabarlos porque estoy en contra de la policía porque hay libertad de expresión, es lo más fácil. ¿Dónde queda la empatía, el dolor por las familias que han perdido a sus seres queridos?

Hablar de alguien que nos engaña a la sociedad española y es demostrable que es delito es fácil y hay libertad para decir la verdad.

Sobre este tema no tengo mucho más que decir, aunque me siento libre para decir lo que quiera con el debido respeto.

 

 

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Te maté, lo reconozco- Cristina Muñiz Martín



  Relato inspirado en la fotografía

 

 

Te maté, lo reconozco. Pero fue sin querer. Y me echarás en cara que no te lloré. Es verdad, pero habías cambiado tanto… Llevaba años añorando al hombre de manos suaves y amorosas con el que me había casado. Siempre las cuidaste mucho y como nunca clavaste un clavo eran perfectas: estrechas, con dedos largos de nudillos pequeños, la piel sin manchas y sin pelos. Hasta te eligieron para aquel anuncio de manos en televisión, ¿te acuerdas? ¡Menudo viaje hicimos con el dinero que te dieron! Cuando me entra la nostalgia miro las fotografías y me parece mentira que haya pasado tanto tiempo. Pero me estoy desviando del tema... Te decía que añoraba al hombre de manos suaves y amorosas. Te gustaba recorrer mi rostro con ellas: mis párpados cerrados, mis mejillas, el perfil de mis labios, mi barbilla. Y yo me sentía flotar en una nube de felicidad infinita.

Luego, no sé cuándo ni cómo ni por qué, tus manos se volvieron ariscas. Era como si un cardo se restregara contra mi rostro, un cardo áspero y afilado como la vieja guadaña que tu padre se empeñaba en seguir utilizando pese a regalarle un corta-césped. Tu padre, un buen aliado. Siempre lo echaré de menos. Su buen carácter y sus amenas conversaciones que a ti te resultaban insoportables. Ahora que lo pienso, Cardo, sí, porque durante muchos años en mi mente fuiste Cardo, no Ricardo como al principio, no Ricardo como te llamaban los demás. Cardo. Pues eso, que ahora que lo pienso todo empezó, o más bien desempezó cuando murió tu padre. Siempre viviste buscando su conformidad porque su buen carácter con los demás se tornaba exigente y autoritario contigo. Creo que fuiste Ricardo mientras que él vivió para que te viera como un buen marido porque me quería como a la hija que nunca tuvo. A la vuelta del cementerio empezaste a convertirte en Cardo. Fueron años malos en los que pasaba noches enteras llorando por mi amor perdido aunque te tuviera cerca. Y ya ves, ahora estás muerto. Y no veas el trabajo que me costó cortarte el brazo. Igual te parece mal, pero no me importa porque ya no puedes decir nada. Me sentía tan sola que no podía apartar de mi mente el recuerdo de tus caricias de los primeros tiempos.

Al principio sacaba el brazo del congelador a media tarde para recibir las caricias por la noche, antes de acostarme. Pero no me acababa de gustar del todo porque tenía que pasarme yo la mano por la cara y no sé, no era eso lo que quería. Un día tuve la feliz idea de plantar tu brazo en una maceta. Una muy bonita ¿eh?, no vayas a creer que te planté en una de esas de los chinos que sé que no soportabas ese tipo de tiendas. La compré grande y con la ayuda de una gran cantidad de tierra dejé el brazo bien erguido y afianzado. La coloqué al lado de la televisión para no perderla de vista mientras veía películas y series. Luego, antes de acostarme arrimaba mi rostro a tu mano y sentía su tacto, su cariño… bueno, el cariño lo ponía yo. Y vuelta al congelador hasta el día siguiente. Pero una noche se me olvidó guardarlo. No veas el susto que llevé por la mañana. Temí que tu brazo se estuviera descomponiendo. Sin embargo, mis ojos no podían creer lo que veían. ¡Había echado raíces! Sí, ¿parece increíble verdad? Pues desde que echó raíces, tu brazo recuperó el color, la tibieza y hasta la vida. Solo tengo que acercar mi cara a tu mano y ella me acaricia como antes, recorriendo mis párpados cerrados, mis mejillas, el perfil de mis labios, mi barbilla... La cuido bien ¿sabes? He comprado una crema muy buena, y muy cara también, y todos los días por la mañana y por la noche les doy al brazo y a la mano un suave masaje con ella. Tu piel ya es otra vez de seda. Ya no raspa como los cardos, Ricardo. Sí, ya ves, he vuelto a llamarte Ricardo. Qué bien estamos así, cariño. Y hasta hice un montaje con una foto mía de cuando era joven y tu brazo en el tiesto acariciándome. ¡Me encanta mirarla! La tengo colgada en el salón, encima de la maceta. Lo único malo de todo esto es que he tenido que dejar de viajar. Mira tú, con lo que a mí me gustaba. Y ahora que tengo más dinero que nunca, porque entre tu pensión y la mía y sin tanta ropa que comprabas y toda esa comida gourmet que te encantaba, al final me sobra un buen dinero todos los meses. Estoy buscando una solución, porque ya que no puedo hacer viajes turísticos me gustaría vivir cada mes en un lugar diferente pero no acabo de encontrar la manera de trasladar tu brazo. Es que siempre fuiste de dar problemas, Ricardo. Y hasta después de muerto me complicas las cosas. Dirás que puedo usar una nevera portátil. Para el brazo estaría bien, aunque no para la maceta porque es demasiado grande. Y ahora que echó raíces no es cuestión de estropearlo que ya se sabe que las plantas al pasarlas de unas macetas a otras muchas veces se mueren. Y yo no quiero que se muera tu brazo, Ricardo, y mucho menos tu mano. Pensé en quedarme solo con ella, con la mano, que sería más fácil de transportar, pero la idea de rebozármela por la cara no me atrae, me gusta más sentirla unida a tu brazo, moviéndose ella sola. Además, tengo miedo de que se enfade si la separo del brazo y se quede quieta. No. No puedo correr riesgos. También me da miedo que haya un corte de luz y empieces a oler mal y venga la policía y se arme la gorda. Si pudieras hablar me dirías que no te hace gracia estar metido dentro de un arcón congelador y encima con un brazo de menos, pero si lo piensas, estás bien conservado, mucho mejor que comido por los gusanos o reducido a cenizas, ¿no te parece? Lo único que me reconcome es haberte matado. Aunque fue sin querer. Y también fue culpa tuya. Si hubieras tenido más cuidado te habrías dado cuenta de que yo había cambiado tus pastillas por otras. Es que como siempre dejabas las cosas de cualquier manera al abrir la puerta del armario del baño cayeron dos cajas y, como estaban abiertas, los blisters se desparramaron por el suelo. Los recogí y sin darme cuenta confundí las cajas. Es que las pastillas eran tan parecidas... Y claro, tú sin fijarte tragaste lo que no debías, que no fue más que un exceso de vitamina D. Lo malo fue que no tomaste las que tenías que tomar y te quedaste frito de un día para otro, bueno más bien de una noche para un día. Qué suerte tuviste, Ricardo. Morir durmiendo. ¡Qué cosas tiene la vida!, con lo que les cuesta morirse a otros. Bueno, te dejo que con tanta cháchara han dado las tantas y estoy muerta de sueño. Buenas noches, mi amor, mañana seguiremos hablando.












 

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No quiero crecer solo - Marga Pérez

                                       

Relato inspirado en la fotografía


Abrazado al tronco de su árbol, Hugo echa la vista atrás y se ve hace años echo un mocoso… tímido... siempre con miedo, buscando la atención y el cariño de los suyos…

Sintiendo su humedad rugosa en la cara vuelve a escuchar la voz atiplada de su padre: “Si tienes una rana y no te gusta que salte, cómprate una tortuga…” Hugo siempre recibía esta contestación cuando demandaba atención. Cuando se quejaba de no tener amigos. Cuando se enfadaba por algo. Querían que se hiciese autónomo, un hombre...además eran muy prácticos y no tenían tiempo para el. Todos en su casa estaban tan ocupados… Hugo los necesitaba más de lo que ellos estaban dispuestos a darle y no siempre porque no quisieran, no, no, ¡no tenían tiempo! Esa era la realidad. Así que Hugo, siguiendo los consejos paternos, se fue en busca de la tortuga, con la suerte de encontrarla enseguida y muy cerca. La tortuga estaba dos casas más allá de la suya.

- ¿Necesita ayuda? -Le pregunta a don Ramón que poda un árbol frente a su casa.

- Hola. No, no necesito ayuda pero si quieres... Hacer estas tareas entre varios es más entretenido.

Hugo cogió la indirecta y como un rayo entró y se puso a su lado.

Don Ramón era un señor bastante más mayor que su padre. Estaba casado con Fina y no tenían hijos pero si mucho tiempo y ganas de compartirlo . Y Hugo lo aprovechó.

Cada día, después de terminar sus tareas, Hugo corría a casa de don Ramón y Fina como si tuviera que fichar. Sabía dónde estaban las herramientas . Era diligente, con ganas de aprender, obediente. Era un buen rapaz. Don Ramón, cada día, lo recibía más alegre. Se le notaba en los ojos. Le brillaban joviales. Fina enseguida se lo notó y arrimó el hombro para que Hugo quisiera seguir yendo. Tener un crío en casa era para ellos una bendición del cielo. Fina cocinaba muy bien y los bizcochos, torrijas y frixuelos volvieron a formar parte del menú diario. Después de trabajar en la huerta, un buen tazón de cola-cao con algo dulce para mojar entraba a las mil maravillas y, con la barriga llena, ya podían sentarse a jugar a las cartas, a pintar conchas de la playa, a leer cuentos o a hacer castillos de naipes. Hugo encontró allí toda la atención y el amor que necesitaba pero, no duró mucho. Don Ramón, sin contar con nadie, murió, prácticamente de repente, pasados unos seis meses. Fina desconsolada, decidió ir a vivir con una hermana a otra comunidad. Hugo quedaría desolado sin sus amigos si no fuera porque antes de irse, Fina le regalara una bonita planta con el encargo de que la cuidase, ella no podía llevársela.

Aquella planta se convirtió para Hugo en mucho más que una planta. Fue el mejor regalo que le podía haber hecho. La tenía en su dormitorio, en el alféizar de la ventana, y cada noche Hugo la ponía en la mesilla de noche y le hablaba. Le contaba de sus andanzas en el cole, de sus alegrías que no eran muchas pero, sobre todo, de sus miedos. Se convirtió en el hermano que no tenía. En el confidente que siempre quiso tener. En el amigo con el que soñaba… Muchas noches durmió abrazado a ella, con cuidado de que la tierra no cayese en la cama pero... nunca lo conseguía. Antes de ir a desayunar sacudía las sábanas, amontonaba la tierra bajo la alfombra y ponía sobre el alféizar a su amiga con un guiño de complicidad. Antes de cerrar la puerta Hugo la miraba con cariño y sentía que ella también lo hacía .

La planta creció a mayor velocidad que Hugo y, aconsejado por su padre, le buscó un sitio en el pequeño jardín que rodeaba la casa. Cavó cerca del muro que los aislaba de sus vecinos, en la parte más abrigada y menos visitada, frente a su ventana. Tenía miedo de que quedase visible, de que alguien la estropease o tal vez de que alguien se hiciese amigo suyo. Era su planta y sólo suya.


Los años pasaron y Hugo creció. Se hizo casi un hombre a la sombra de aquel árbol que un día plantara frente a su ventana. Su planta pasó a ser su árbol. El lo cuidaba con cariño. No podía ver cómo hormigas y arañas trepaban por su tronco y hacían nidos en sus recovecos. Lo desparasitaba regularmente y con cuidado limpiaba sus hojas. Brillaba cuando le daba el sol como si estuviera encerado. Varias familias de pájaros anidaron en él atraídos por su brillo. Cantaban felices cada amanecer y Hugo se sentía orgulloso de su amigo. Se estaba convirtiendo en un gran árbol lleno de trinos, vida y frescor.

Pero un día recibieron la visita de su vecino. El árbol que estaba plantado muy cerca del muro, amenazaba con tirarlo. Desde su jardín se veían mejor los desperfectos. Las raíces tomaron la dirección de su casa y … había que tomar una decisión. El padre de Hugo propuso tirar esa parte del muro y volver a construirlo salvando el perímetro del árbol. El vecino no atendía a razones, sólo aceptaría que se talase. La guerra estaba declarada. Fueron varios años de denuncias, juicios, voces, malas artes y… por fin llegó el veredicto: Tenían que talar el árbol y rehacer el muro.


Hugo lloraba abrazado al tronco de su árbol. Sintiendo su dolor pudo viajar con serenidad por su infancia y despedirse de ella. Le agradeció todo el tiempo que le había dedicado cuando más lo necesitaba , y se fue.


Se fue porque no quería ver cómo caía lo único que quedaba de aquella época . Estaba preparado para avanzar sin él pero no para ver cómo lo talaban.

Había llegado el momento de independizarse.

De seguir creciendo lejos de su familia .

Si, estaba preparado ,

ya olía la primavera.




 

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