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Premio al vacío - Esperanza Tirado


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Sus textos serán insufribles, nadie entenderá nada, vaticinaron. Pero el premio será suyo.

Alguien propuso otro ganador. Nadie argumentó. Nadie discutió.

En la gala, otro invitado intentó citarle y se quedó a mitad de frase, olvidando cómo continuar.

El silencio que siguió pareció formar parte del discurso. El público aplaudió, con cortesía, sin demasiado entusiasmo.

Alguien buscó sus libros. Estaban. Alguien los abrió. También.

Pero en cuanto levantaban la vista de la página, ya no sabían decir qué habían leído.



 

 

 

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Procesos - Esperanza Tirado

                                     

 

 


Sus textos serán insufribles al principio: llenos de faltas de ortografía, vocabulario pretencioso, mala sintaxis y mil fallos más. Pero no se rinde ante las críticas. Y decide tomarlos como punto de partida. Y escribe y tacha. Y tacha y escribe. Y, sobre todo, lee. Con paciencia, su torpeza su torpeza se afina hasta llegar a ser un estilo propio. Un día alguien subraya una frase suya y la guarda para siempre.



 

 

 

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Wonderland -Esperanza Tirado


                                               

 

 

Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Alicia se escuchó a sí misma mientras alisaba la falda de su traje gris, demasiado serio para aquel bosque que respiraba en colores.

Un Conejo Blanco la miró de arriba abajo y consultó su reloj.


—Llegas tarde —confirmó—. Como todos los adultos.

 

Alicia no había vuelto allí desde que, siendo niña, se coló por una madriguera en el hueco de un tronco de árbol al final del jardín.

Durante la merienda de ‘no cumpleaños’ el Sombrerero Loco la había mirado y le había dicho que el tiempo no se pierde, solo se esconde.

Alicia dejó de alisarse la falda y suspiró, con una sonrisa de recuerdo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no miró el reloj. El tic-tac siguió sin ella.



 

 

 

 

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Turno de paseo - Esperanza Tirado

                                         

 

 


Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se marchan dejando el parque limpio, casi más que cuando llegaron.

Sus humanos están muy bien educados. Aunque hay alguno más inquieto que tironea hacia las palomas o al olor de los churros recién hechos.

Pero los perros mantienen la disciplina con firmeza:


— ¡Suelta ese palo! ¡Qué manía tiene con traerlos a casa!


— ¿El tuyo ya duerme bien?


—Bueno, solo si le dejo el móvil cerca.


En el parque, los humanos hacen lo suyo.

Cuando termina la hora del paseo, los perros recogen juguetes y abrigos y llaman a silbido corto:


— ¡Vamos, chicos! ¡A casa!







 

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Paragüas huérfanos - Esperanza Tirado

                                         

 

 


Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se marchan, antes de que el sonido de las sirenas de los zetas se escuche por la plaza. Aunque siempre se les queda algún paraguas huérfano que encuentra dueño enseguida. Los agentes llegan corriendo, pero lo único que encuentran es la plaza vacía,

Los vendedores van y vienen, como el viento y los paraguas, que nadie reclama.

Y ya son demasiados nombres, demasiadas caras borradas, un puñado de huérfanos que nadie sabrá de quién eran. O a donde iban.



 

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Memoria arrancada - Esperanza Tirado

                                            How To Cut A Tree Down With An Axe at Kimberly Knox blog

 

 

Fue el momento en que mataron al árbol cuando el silencio del barrio se volvió insoportable. Ese árbol llevaba más años en la calle que cualquiera de nosotros. Había visto mudanzas, besos a escondidas y veranos ardientes. En sus raíces jugábamos a hacer nidos de hojas y barro.

Cuando fuimos mayores, lo usábamos como punto de encuentro:

'Nos vemos en el árbol', decíamos.

Cuando cayeron las últimas ramas, los niños dejaron de jugar; un perro se sentó, atento, como si entendiera aquel duelo improvisado.

Y yo, desde mi balcón, sentí que habían cortado un punto básico de mi orientación, de mi memoria, de mi pertenencia al barrio.



 

 

 

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Latidos- Esperanza Tirado

                                        Avilés - El Arbolón | Fotos antiguas, Foto, Viajes

 

 

Fue el momento en que mataron al árbol cuando todos los que vivían dentro de él se dieron cuenta.

Uno de los leñadores, al tocar el tronco abierto, sintió los latidos, que lo dejaron inmóvil; con el hacha suspendida en el aire mientras un escalofrío le recorría la espalda.

Un rumor tenue se filtró entre las grietas, como una respiración débil, casi moribunda. El hombre se retiró, sintiendo que aquella madera rota lo estaba mirando. Los demás hombres, al verlo pálido y en silencio, se acercaron.

El suelo vibró apenas, como un latido final. Nadie volvió a levantar el hacha.



 

 

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Donde habita la memoria - Esperanza Tirado

                                          

 

 

Miré a mi alrededor en aquella salita. La lámpara de luz temblorosa, el sillón gastado, las estanterías abombadas por el peso… Y pensé que aquel rincón, tan sencillo, contenía más historias que cualquier álbum de fotos.
Todo me hablaba de reuniones en familia, tazas de chocolate caliente y deberes escolares tras cristales empapados por la lluvia.

No había nada extraordinario. Quizá por eso, emocionada, regresé a aquellas tardes con mis hermanos.

Entonces recordé a mi madre sentada en aquel sillón, remendando nuestros uniformes y refunfuñando sobre “cómo era posible que estos niños gastaran rodilleras como si fueran de papel”.



 

 

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Código oculto - Esperanza Tirado

                                              

 

Había tenido el cuidado de precisar la edad aproximada del esqueleto encontrado en la excavación anotándolo todo en una etiqueta con código personal oculto:

Hembra. Adulta. Sin signos de embarazos. Restos de agua en los pulmones. Sin marcas de heridas mortales. Edad avanzada, para su época. Posible causa de defunción: ahogamiento o asfixia.’

La que le entró a ella cuando en el Museo leyó la cartela con el nombre de su compañero de expedición en primer lugar.

El de ella, en cambio, parecía no haberse descifrado.

 

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Luz antes del gris - Esperanza Tirado


                                        

 

Había tenido el cuidado de precisar la edad de su joven esposa para evitar miradas inquisitivas en los hoteles donde se detenían. Él apenas superaba los veinte; ella, con sus diecisiete recién cumplidos, lucía un aire entre tímido y resuelto que desmentía su corta edad.

Viajaban en un tren que avanzaba lentamente hacia la costa levantina para pasar allí su luna de miel. Su destino les recibió con el brillo sereno de la luz mediterránea.

Disfrutaron de aquellos días soleados, por el paseo marítimo, tomados de la mano, sin hablar demasiado.

Sabían que, al regresar, todo volvería a su cauce estricto y sombrío, sin rendijas para el color.



 

 

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El pulso de las mujeres - Esperanza Tirado

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Solo me deja llevarlo un rato. Fino como un hilo de aire, el reloj de pulsera descansa en mi muñeca con un peso inesperado. Mamá lo abrocha despacio, como si aún lo custodiara en memoria de las mujeres que lo llevaron antes: su madre, y la madre de su madre.

Camino con él intentando no pensar en la responsabilidad que late dentro. Pero a cada paso, con él en mi muñeca de adolescente, el tiempo parece más denso. Ese reloj guarda historias. Y hoy mi madre me ha permitido entenderlas.

 

 

 

 

 

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Renacida - Esperanza Tirado

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Solo me deja llevarlo un rato, pero con eso me conformo. Mientras arropo al bebé y le hago cosquillas, me siento renacer. Le canto bajito, lo acuno, siento su calor, o quizá es el mío el que se transmite.

A veces, cuando me asalta el impulso de darle el pecho, disimulo, toso, digo que ya me pesa y le devuelvo el muñeco reborn a mi hermana.

—El próximo que haga se llamará Alma —me promete.
Yo le sonrío, agradecida, mientras la mía aún está sanando.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lo que fuimos - Esperanza Tirado

                                       

 

 

He trabajado desde niño en un hotel de mala muerte que pertenece a mi familia desde generaciones. 

Nunca me cuestioné cómo, ni por qué lo adquirieron. Nadie hacía preguntas: Ni dueños ni clientes. 

Nosotros nos deslomábamos trabajando, arreglando cañerías goteantes, limpiando habitaciones que olían a desinfectante barato y resignación, acumulando facturas de todo tipo. Y los huéspedes entraban y salían, intentando recomponer sus vidas, buscando una cama provisional que mitigara sus incertidumbres.

Mi padre decía que, mientras hubiera huéspedes perdidos, habría trabajo para la familia.

Un día dejaron de venir, y no supimos qué hacer. Nos sentamos en recepción, esperando. 

Ahora formamos parte del mobiliario.



 

 

 

 

 

 

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París bajo sus pies - Esperanza Tirado

                                            Degas' Dancers: How the Painter Depicted Ballerinas in His Art

 

—Mañana las tropas alemanas entrarán en París. Así lo anunciaba Madame Schneider, mientras anotaba fechas en su gastado calendario.

Sus “tropas” eran su ballet. Invitados a un renombrado festival del verano parisino, llevaban meses ensayando sus coreografías.

Cuando entraron en escena, no traían más armas que sus pliés, jetés y grands battements.


—Conquistad París —les rogó.

Sus ‘niños’ bailaron con tal maestría que Madame se sumió en éxtasis, recordando viejos triunfos.

Al terminar, uno de los organizadores comentó:

—París es tuyo.

 —Oui, Paris est à moi. —respondió ella en un susurro, mientras sus bailarines la rodeaban, orgullosos.

La ciudad había vuelto a sucumbir bajo sus pies.

 

 

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Costumbres reales - Esperanza Tirado

                                        Luxurious Throne A 3d Rendering Of A Red Royal Chair With A Red Carpet ...

 

 

Hasta que la quisieran como se quiere a una madre, ahí os quedaréis, ordenó.

Ninguno dio su brazo a torcer ante la decisión real. A pesar de ser su padre el Rey, el recuerdo de su verdadera madre nunca perdería el lugar que, por derecho, siempre le correspondió en sus corazones.

Una tras otra fueron pasando por la cama del Rey.

Sus hijos adultos, encerrados en los sótanos, eran cada vez  más numerosos. Unidos, lograron liberarse. Decidieron que sería uno de ellos quien ocuparía el lugar de su Padre, rompiendo así la costumbre real. Contemplando el dorado trono, enormes grietas resquebrajaron la unión fraternal.

 



 

































 

 

 

 

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Mente activa - Esperanza Tirado


                                                 Viuda Joven Que Lleva Velo Negro Foto de archivo - Imagen de joven ...

 

Pagaba al asesino por el trabajo realizado un mes después de cada encargo. Se reunía con cada uno en distintas localizaciones de la ciudad. Adoptaba diferentes identidades según la categoría del contrato. Ponía el máximo cuidado para evitar mencionar nombres de previos contratados. 

Su mente, activa e ingeniosa, consiguió crear una amplia red de sicarios e informantes de la que nadie conseguía escapar. 

Solo la mirada de aquella viuda negra le nubló la razón, haciéndole sentir unos escalofríos mortales. 

 

 

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Susurrando al cielo - Esperanza Tirado

                                                  

 


En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Los niños miran hacia ella, intrigados.

—Está escuchando—, dicen los más viejos del lugar, sentados de tertulia en un banco de la plaza.

La nube permanece quieta horas, luego días, que se convierten en meses.

Uno de los ancianos decide hablarle, le cuenta historias de cuando la lluvia anunciaba cambios y las tormentas daban miedo, pero también vida.

Es otoño; con el viento de las castañas, la nube tiembla, se oscurece y deja caer una gota, gruesa y brillante.

Cae en la palma del anciano.

—Gracias —le susurra a la nube antes de desvanecerse entre la tierra húmeda.




Primera frase en negrita: Inicio de La Península de las Casas Vacías, de David Uclés


 

 

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Un Cacao Arcoiris - Esperanza Tirado








 
Supongo que algunos hábitos se heredan sin querer. Mi padre tenía la manía de ordenar todo por colores: calcetines, libros, corbatas, bolígrafos, zapatos, camisas... Hasta las galletas del desayuno. Esas iban además de por colores, por formas y tamaños. Y las que tenían guindas iban en un bote aparte.
Decía que así la vida era más fácil. 
Yo me reía… hasta que un día me descubrí separando los caramelos por tonalidad antes de comérmelos. 
Ahora no puedo parar: el arroz blanco va con el plato blanco, el café oscuro con la taza negra. Los huevos, fritos en su sartén amarilla, y servidos en su plato de idéntico color. Sin kétchup, menudo sacrilegio. Y si el mantel no combina con el pan, no como. 
Ayer casi lloro porque el semáforo estaba en rojo y mi coche es azul.
Estoy pensando en pintar el perro de verde para que haga juego con el jardín del vecino. Pero primero he de averiguar cuál es su color favorito.




Lluvia sobre la ley - Esperanza Tirado





     La lluvia caía con intensidad, como si quisiera borrar la ciudad del mapa. En la calle desierta, dos sombras se deslizaron entre la cortina de agua, una por cada esquina.
El policía se detuvo frente a él. El hombre estaba quieto, clavado en la acera, con el sombrero hundido, la gabardina ajada y el cigarrillo apagado colgando de la boca.  Parecía parte del mobiliario urbano, salvo por el sobre arrugado que sostenía firme en la mano, como si fuera lo último que le quedara en el mundo.

—¿Qué hace aquí? —preguntó el agente, con voz seca.

El tipo levantó la mirada. Sus ojos cansados indicaban que ya lo había perdido todo.
—Espero —respondió—. En esta ciudad, siempre se espera a que ocurra algo.

El policía lo observó con el cansancio acumulado de quien ha visto demasiadas noches como esa: hombres rotos, secretos sucios, promesas que huelen a pólvora. El sobre estaba manchado. No solo de lluvia.

—¿Quién ha muerto? —preguntó el agente con un deje de ironía.

El hombre sonrió, una sonrisa torcida, como un cuchillo oxidado.
—Todos —susurró—. Solo que algunos tardan más en darse cuenta.

Un coche pasó rugiendo calle abajo, dejando tras de sí un olor extraño, mezcla de gasolina y desesperanza. La ciudad seguía respirando, enferma de prisas, como siempre.

Entonces sonó un disparo: seco, brutal, como un punto final.

El policía giró instintivamente, pero el hombre no se movió. El sobre cayó al suelo, abierto, y las letras rojas se mezclaron con la lluvia:

“Informe interno. Corrupción en el cuerpo. Lista completa.”

El agente tragó saliva. Su nombre estaba el primero. Sintió el frío del metal en su cuerpo antes de escuchar un último disparo.


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Sesión continua - Esperanza Tirado




Todo va a quedar entre guay y perfecto, aseguró Sara mientras desenrollaba la alfombra roja (que en realidad era una toalla de playa de Los Fruitis).

 —¿Y si hay ratas? —preguntó Manu.

—Tranquilo, son cinéfilas. Solo chillan en versión original.

El cine, abandonado desde los 90, olía a palomitas y a misterio. Montaron el proyector, colgaron una sábana y conectaron el portátil. Pero en vez de su corto, apareció un power point: “Curso Básico de Prevención de Riesgos Laborales.”

El público —dos gatos, un vagabundo borracho y el fantasma del taquillero— aplaudió con entusiasmo.

—¡Por fin algo útil! —gritó el taquillero.