
Sus textos serán insufribles, nadie entenderá nada, vaticinaron. Pero el premio será suyo.
Alguien propuso otro ganador. Nadie argumentó. Nadie discutió.
En la gala, otro invitado intentó citarle y se quedó a mitad de frase, olvidando cómo continuar.
El silencio que siguió pareció formar parte del discurso. El público aplaudió, con cortesía, sin demasiado entusiasmo.
Alguien buscó sus libros. Estaban. Alguien los abrió. También.
Pero en cuanto levantaban la vista de la página, ya no sabían decir qué habían leído.

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