
Fue el momento en que mataron al árbol cuando todos los que vivían dentro de él se dieron cuenta.
Uno de los leñadores, al tocar el tronco abierto, sintió los latidos, que lo dejaron inmóvil; con el hacha suspendida en el aire mientras un escalofrío le recorría la espalda.
Un rumor tenue se filtró entre las grietas, como una respiración débil, casi moribunda. El hombre se retiró, sintiendo que aquella madera rota lo estaba mirando. Los demás hombres, al verlo pálido y en silencio, se acercaron.
El suelo vibró apenas, como un latido final. Nadie volvió a levantar el hacha.

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