Clientas no - Marian Muñoz


                                        Intervenciones más frecuentes que realizan los fontaneros – Alerta Digital

 

 

 

Reconozco que de chaval fui bastante trasto, no era sólo culpa mía sino de la pandilla en la que navegaba, comandada por Pipo quien jamás tenía idea buena. El Instituto sufrió nuestras peores gamberradas sobretodo su directora, la llamábamos Martina Cuchufleta, no nos daba clase tan sólo vigilaba recreos, estudios o la biblioteca, aun así, fue el objeto de nuestras peores burlas. No estoy orgulloso de aquello, en más de una ocasión fui castigado doblemente pues al llegar a casa me caían buenos palos. Nunca conseguí averiguar la fijación que tenía Pipo por ella, una mujer joven de estatura mediana pero su físico redondo la hacía parecer más pequeña, llevaba gafas con cristales gordos de esas que llamábamos de culo de botella y su melena corta era rala.

Pintadas en el despacho, en las sillas o pegamento para que al sentarse se manchara, pincharle las ruedas de la moto en la que se desplazaba, menos mal que de aquella no teníamos móviles ni internet sino hubiera sido la hecatombe. Dos años antes de acabar el Instituto despareció, no supimos más de ella y su sustituta fue la Caimana, resultando distinta por lo estricta que era, nos tenía tan vigilados que no había opción a armarla, si durante la jornada no teníamos educación física nos ponía en el recreo a correr o juegos de balón por equipos. Al recordarlo creo que lo hacía para agotarnos y quitar energías de discurrir gamberradas, en el fondo era lista la tía.

Mientras unos nos fuimos cumplidos los dieciséis otros aguantaron hasta los dieciocho, éramos del mismo barrio, pero el trato se fue perdiendo y sólo nos saludamos por educación, es lo que tiene hacerse mayor, supongo. Mi padre no me dio opción y en cuanto recibí las notas con todo aprobado ni siquiera me permitió unos días de relax, me cogió por banda y me llevó de aprendiz a su empresa de fontanería, al principio con él para aprender el oficio y tenerme bien atado, luego con oficiales de confianza hasta que año y medio después me dejó acudir sólo a las averías. Vestido con mi mono de trabajo con el logo de la empresa y mi caja de herramientas voy por domicilios, negocios, garajes o donde haga falta cambiando tuberías o poniendo parches.

Agacharme o tirarme por el suelo localizando fugas o llaves para cortar el suministro es algo cotidiano, todas las mañanas luzco mono limpio que dura hasta la tercera casa, después estoy tan manchado que al cabo del día parezco haber salido de un cubo de basura, es lo que hay, no en todas las familias la limpieza o el orden se entiende por igual. Mi tarea es arreglar la avería por la que nos han llamado, ser educado y amable con quien me reciba y cobrarles la tarifa estipulada bien en metálico bien por tarjeta. Una vez hecho eso mi salida de las casas no es siempre igual, en algunas me ofrecen un café o un refresco que acepto si aún tengo margen para el siguiente aviso, en otras ocasiones las mujeres se insinúan y según como ande de tiempo o estén de apetitosas les hago un bonus y todos tan contentos. Creo que el mono me queda un poco ajustado y no sólo marca paquete sino también mis músculos juveniles aún en forma, aparte que mi cara risueña y amable suele resultar atractiva.

En cierta ocasión la llamada fue en casa de un anciano, había que cambiar el grifo del fregadero, tarea sencilla, al ponerme en faena apareció su hija metiéndole prisa para ir a la consulta médica y quedarse ella vigilando mi trabajo. La mujer estaba de toma pan y moja, rondaba la cuarentena, su cuerpo musculado mostraba actividad en el gimnasio, sus facciones agradables las completaban unos ojos almendrados muy risueños y su cabello rubio y abundante la daban un plus de atractivo. Terminé mi tarea enseguida, cobré lo estipulado y con un “buenos días” seco nos despedimos. No tengo novia, tampoco soy un libertino, respeto al sexo opuesto y comprendo las necesidades humanas mejor que algunos.

Unos días más tarde acudo a un aviso, era el domicilio de la susodicha hija del anciano, tras informarme de la avería me cuenta haber quedado contenta con mi trabajo en casa de su padre, confiando en el mismo resultado. No fue tarea sencilla, tuve que realizar algunas llamadas logrando solucionarlo. Tras cobrarle me estaba despidiendo, va y me pregunta si tengo tiempo para un café. La mujer estaba cañón y cómo iba a decirle que no, el caso es que al servirme la taza el acercamiento fue tan estrecho que mi miembro se notó por demás, ella que lo ve empieza un contoneo sexy que no puedo aguantar, me quito el mono, debajo suelo ir en ropa interior, estábamos ya en una situación efervescente, cuando me baja el calzoncillo y empieza a reírse.

Menudo flash, no sabía si seguir con la faena o vestirme y salir por pies, ante mi sorpresa continúa riéndose mientras me dice que nunca la había visto tan pequeña. ¿Pequeña? Nunca he pensado estar bien dotado pero pequeña jamás. Como no paraba de reírse mi lívido desaparece y entonces sí que se hizo pequeña, me visto apresuradamente, cojo nervioso mi equipo y corro hacia la entrada mientras oigo sus risas. Al abrir la puerta en el mueble del hall veo una foto de graduación de una joven redonda, con gafas cuello de botella y pelo ralo, comprendí perfectamente la jugada, nunca más intenté enrollarme con una clienta, por si acaso.



 

 

 

                                              Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.