La vida sobre ruedas - Esperanza Tirado

                                          Resultado de imagen de tienda de maletas


Me gusta escuchar el traqueteo de las ruedas de las maletas nuevas. Suenan a ilusión, como a primer día de colegio pero sin colegio.

A vacaciones. A eso suenan.

Disfruto viendo la cantidad de tamaños, modelos y colores que hay. Cada viajero tiene la suya, casi igual a él. Como las mascotas, que dicen que siempre acaban pareciéndose a sus dueños.

La mía, mi maleta, que para mascotas no me da el sueldo de limpiadora en el hotel, es heredada de mi padre. De cuando se vino a trabajar a la ciudad, en la construcción. Es de esas de cuero duro, que pesa un quintal, de color marrón oscuro, y con dos cinchas gordas como cinturones de abuelo fofo. Está en el trastero, criando polvo, con los chismes que estorban en casa.

A veces subo; a ordenar, por nostalgia, por quitarme de las voces de la tele, que Juan parece que está disparando también al malo de la peli, y de las peleas de los chiquillos. Que los quiero mucho a todos, para eso los tuve y para eso me casé. Pero a veces un ratito a solas conmigo misma y mis pensamientos… Y una cervecita bien fría. O dos. Pero a ver quién me cogía escaleras abajo después. Un quinto piso sin ascensor.

Ya no estoy para juergas ni rondas de cervezas interminables con las amigas.

Ay, qué tiempos… A veces nos cruzamos por el barrio, nos saludamos, pero corriendo que tengo que ir a por el pan o a recoger a los chiquillos del cole, que mi Paco tiene turno de noche. Ya otro fin de semana nos juntamos.

Pero pasan fines de semana y pasa el tiempo y cada una a su vida.

Más tiempo y más vida hace que esa maleta llegó aquí. Vino para seis meses, lo que duraría la obra, le dijeron a mi padre. Pero aquí se quedó con ellos dos. Casi cincuenta años, o más. Ya ni me acuerdo cuando dejaron mis padres el pueblo. Puede que ni ellos mismos se acuerden. Yo ya nací aquí.

A veces imagino que cojo esa maleta y hago el viaje de vuelta. Como homenaje a ellos dos. Un recuerdo a su –nuestro- pasado del que no tengo imágenes, solo fotos antiguas de personas muy serias, vestidas de negro y con cara de hambre.

Pero esa maleta me cuenta que podría viajar, volver, pasear por el campo, conocer lo que mis padres dejaron atrás, Y saludar por las mañanas con un ‘¡Buenos días!’ bien alto. Aquí nadie te da los buenos días. Van todos con tanta prisa…

Pero ese pueblo, que no es mío, y ya casi ni de ellos, se quedó en la memoria de los tiempos.

Y ahora los tiempos son otros. Van aprisa, demasiado. Por eso todas las maletas llevan ruedas. Aunque estén de vacaciones, todos van corre que te pillo.

Madrugan mucho, desayunan tres veces por lo menos (eso nos cuenta Fran, el encargado de recoger las mesas cuando termina la hora del buffet, en la salita común a la hora del descanso) y ¡ale! a patear mundo.

Eso es lo mejor, los clientes madrugadores; porque mi compañera Elvira y yo entramos con el carrito de la limpieza y dejamos las habitaciones hechas en un santiamén.

Lo primero que vemos son las maletas, que se quedan siempre descansando a los pies de la cama. A veces, pocas, cuelgan la ropa en el armario para que se le quiten las arrugas.

Elvira es más curiosa que yo y abre puertas y cajones.

Mira Luisi, qué vestidazo. Qué maravilla. –Y hace como que se lo pone y baila.

Siempre se imagina historias de los clientes. ¿Para qué vendrán? ¿A dónde irán tan elegantes? ¿Qué comerán? ¿De bocatas o serán de pico fino y cinco tenedores? ¿Comprarán souvenirs para la familia? ¿Irán a ver El Rey León? ¿O serán cinéfilos gafapastas de versión original? ¿Gastarán el sueldo en ropa de marca?

Si están solo un día no abrimos el armario, nunca cuelgan nada. Pero si es un fin de semana largo, o un puente de esos de cinco días, descubres preciosidades. Y hasta la caja fuerte está cerrada. ¡Qué misterio!

Elvira se pirra por los tacones, pero ya casi nadie trae. Para alguna boda, pero ya se van viendo menos. Era gracioso verla pasearse con el bote de limpiabaños, el plumero y unos taconazos imposibles, desfilando habitación arriba y abajo.

Lo mejor son los pijamas a juego con las zapatillas. La gente se ha vuelto tonta con tanto muñequito de dibujos animados. Pero, sobre todo, las colonias. Me chiflan. A veces me echo un toquecito, un flus flus, que se esconde con el olor del desinfectante del baño. Se siente una como Marilyn Monroe, casi en una película.

Pero la peli dura poco. ¡Qué guarros son algunos! Hay que ver. A sus casas quisiera ir yo, a ver si dejaban los baños como si hubiera pasado Atila con trescientos caballos con la barriga suelta. Esos no traen maleta, sino mochila con mil bolsillos. Que luego vete saber dónde han puesto el agua, o la crema protectora o las tiritas para los pies. ¿Y qué más me dará a mí? Qué tonta soy a veces…

Los hay más curiosos, doblan las toallas que ya no quieren usar para que se las cambies, y te dejan una nota en la mesilla de noche.

Muchas gracias. Una estancia estupenda. Un hotel muy limpio y acogedor. Volveremos.’

No lo hacen, pero se agradece el detalle. Ya que te deslomas haciendo camas y limpiando váteres a mil por hora, que te den una palmadita en el hombro siempre reconforta. Si te pagaran quinientos euros más al mes, mucho mejor. Pero eso ya es una utopía.

Con esos sí que me iría de viaje, aunque fuera con la maleta vieja sin ruedas que mi padre se trajo del pueblo.

Me tomaría unas cañas, como antes, y hasta visitaría todos los museos que se me pusieran por delante. Lo que fuera, con tal de no estar escobilla en mano o riñendo en casa.

Menudas vacaciones me podría pegar.






 

                                                    Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Escenas en el balneario venido a menos - Isabel Marina

                                       Resultado de imagen de cuadros hopper




(*) Variaciones sobre un cuadro de Hopper



Soy el aire que enmudece cuando se acerca a los árboles que rodean la piscina, soy el aire que está quieto, como en un espacio congelado, alrededor de las toallas y los juegos infantiles.


Soy el sol que se cuela entre las copas de los árboles una tarde de agosto, cuando el calor ya empieza a descender y se presiente el fin del verano.


Soy esa atmósfera densa que rodea las paredes de cristal del balneario, donde parejas que ya no recuerdan que se aman sustituyen una caricia cansada por la compañía del agua caliente, ahora que están a las puertas de la vejez.


Soy esas hamacas que se han quedado vacías alrededor del jacuzzi, los ladridos del perro que ha quedado fuera del supermercado, atado, esperando a su dueño.



En el bar del balneario hay un hombre solo que lee el periódico. En realidad, querría leer versos, pero le da vergüenza que los otros turistas le vean. Uno siempre paga la osadía de ser distinto

 Cae la noche y en el restaurante se encuentran más solitarios. Parejas y grupos que se miran a hurtadillas. En realidad, nadie conoce a nadie, aunque lo disimulen, y están juntos por precaución, para no sentirse tan solos. Pero la soledad no es posible taparla, como no se puede tapar el óxido y la falta de mantenimiento del balneario venido a menos.


Soy esa llama que se apaga al final del pasillo, donde viajeros minuciosos cuentan las entradas a los museos de las ciudades que han visitado durante sus vidas y las guardan en una caja que queda para siempre debajo de la cama.


La turista irlandesa pasea a su perro en un coche de niño. El perro está muy viejo y apenas puede andar. Ya sabemos que puede parecer patético, pero la turista sabe la verdad: que por mucho que se engañe, lo único que tiene es este perro que está tan viejo. Hay que reunir coraje para eso, para llevar a tu perro viejo y casi ciego en un carrito de niño y que no te importe lo que piensen los demás.


El hombre que lee el periódico la mira de reojo y se enciende la admiración en su pecho. Al menos ella no disimula. Él no tiene más remedio que sumergirse en el periódico, en las fugaces noticias de hoy, que arden como en una pira continua, cuando en realidad querría estar leyendo versos.


En una de las mesas hay una familia. Uno de los hijos es extraño, el raro, tiene una sensibilidad enfermiza y todos lo saben. Él mira a su padre y siente pena, una pena muy grande, porque trabaja demasiado y cree que puede hacerles felices con este viaje, con los toboganes en la piscina y las visitas a los parques temáticos de alrededor.


Por la noche se enciende la máquina de la felicidad. Eso nunca falla. Los animadores se enfundan sus plumas y sus vestidos de lentejuelas y bailan para los turistas. Un grupo de ellos imita sus gestos, y todos acuden a la playa privada del hotel para seguir bailando una danza donde cada movimiento está milimetrado. Allí se sacan muchas fotos para demostrar después a sus allegados que han sido felices.


El chico que hace las pizzas bebe para olvidar, y también canta y se ríe de los turistas, aunque los ame tiernamente.


También hay sexo por encargo. Y sexo por soledad, como el de la joven austriaca que mira a la española e intenta besarla. No entiende que un beso como ese solo es materia para el olvido, en definitiva, algo tan triste que da pena hasta ponerlo en práctica. O más bien algo tan cansado y desprovisto de belleza y autenticidad que da lástima y pereza. Así que la española, aunque se siente atraída por la turista, decide no besarla. Mira insistentemente el piano de cola del bar-club. Sueña con un artista que venga a tocarlo, un negro guapísimo como el protagonista de sus sueños, un hombre sensible que se enamorará de ella y la hará feliz. La española se avergüenza de sus sueños, y no lo confesaría ni ante un potro de tortura.



Soy ese resto de los gin fizz que quedaron en la última mesa del bar.


Soy el vestigio de la barra de labios en la boca de la austriaca, que se vuelve enfadada a su habitación, después de no haber conseguido besar a la chica española. Vino al balneario pensando que las españolas eran muy alegres. Pero son demasiado tristes.


Soy esa mañana que quiere comenzar demasiado pronto, los platos del desayuno que el camarero del primer turno va colocando ordenadamente, a la espera de los turistas.


Soy, ya de madrugada, el llanto de ese niño, el hijo del hombre que trabaja demasiado. El niño quiere volver a su casa. No necesita entretenimientos. Sólo necesita que su padre no trabaje tanto y esté tranquilo.


Soy la luz sobre el cuadro de Hopper que decora el hall del hotel, cuando todos están durmiendo y solo el lector del periódico se da cuenta de que son protagonistas de ese lienzo aunque se lo quieran ocultar a sí mismos.




                                                Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Las vacaciones me abrieron los ojos - Pilar Murillo

                                       Resultado de imagen de corazón roto

 

Estábamos en diciembre cuando llamó la hermana de mi madre para invitarnos a pasar las navidades al pueblo donde nacieron las dos, mi tía y mi tío tenían un negocio, un bar junto a su marido. Muchos años íbamos porque así mi madre le ayudaba en fechas tan señaladas.

Yo hacía unos meses que había cumplido los dieciocho, tenía novio y aunque me apetecía ir al pueblo, pues tenía su encanto, no quería dejar a Sergio solo, porque últimamente lo notaba frío y distante y me imaginaba que si lo dejaba solo dos semanas, al volver me encontraría compuesta y sin novio, como se suele decir, no es que fuese desconfiada por costumbre me parecía un buen chico y no creía que fuese de esos de tener doble personalidad, porque era más bien parco en palabras con la demás gente que no fuese yo, era bastante tímido. Para enrollarme con Sergio, tuve que ser yo la decidida, y nunca me tuve por lanzada, más bien sincera, total estábamos en los ochenta, la mujer estaba saliendo de ciertos estereotipos, empezábamos a ser algo más libres.

Le dije a mi madre que sin Sergio no me iba con ella.

-Tú estás loca ¿Qué van a decir tus tíos si llevas a un chico contigo?

-Entonces os vais sin mí. Yo me quedo aquí.

-Peor me lo pones. ¿Quieres estar en boca de todo el barrio?

-Si tanto te importa el qué dirá la gente es que no me quieres.

- ¿Cómo no te voy a querer? Tú estás tonta.

-No me quieres mamá, porque si fuese así, desearías mi felicidad. O va Sergio o me quedo.

Mi madre no tuvo más remedio que entrar por el aro. Yo era mayor de edad ante la ley y ella sabía lo rebelde que podía llegar a ser. Por las buenas muy buena, pero por las malas…, sí o sí la iba a montar así que me dijo un “Ya veremos” bastante resignado.

Lo cierto es que cuando llegó el día Sergio estaba con su maleta, a mi ladito, esperando el tren que nos llevase a mi madre, a mi hermano mayor y a nosotros a aquel pueblo que tenía su encanto. No era pequeño, pero no llegaba a ser una villa, todos los habitantes vivían del campo y del ganado. Una vez allí haríamos planes de ocio y viviríamos juntos en casa de mi familia.

Llegamos por la tarde, a penas dos horas de viaje entre mi ciudad y el pueblecito. Presenté a mi chico a la familia, mi tía no disimuló al mirarlo y luego mirar a mi madre que se encogió de hombros.

Nos asignaron habitaciones, yo dormiría con mi madre, aunque ya llevaba un año acostándome con Sergio en camping o en casa de sus padres cuando no estaban. La habitación de mamá y mía al fondo del pasillo a la derecha y enfrente había un cuarto de baño pequeño. Mis tíos a continuación, Sergio frente a la habitación de los tíos y mi prima Macarena en la habitación de la entrada, de frente a ella estaba la cocina y a continuación un baño completo y más grande que el primero mencionado. Entre la habitación de mi prima y Sergio había un salón. El bar estaba justo abajo.

Sergio, mi prima y yo nos quedamos hablando en la cocina, después de cenar, mi prima y yo no parábamos de hablar con entusiasmo y yo no me estaba fijando y la cara de pasmado que se le había quedado a Sergio cuando miraba a Macarena, una chica con curvas, rubia, de ojos verdes, vestía como Madonna en la película “Quién es esa chica”.

Éramos bastantes diferentes mi prima y yo, ella salió a su madre y a la mía y yo a mi padre, pero también atractiva aunque morena de pelo y piel.

Pensé que estando de vacaciones todo sería mucho mejor entre Sergio y yo, que volvería a ser el que antes era. Allí no había mar, pero había un río de mucho caudal, ese era mi recuerdo de la adolescencia, no tan lejana donde mi prima y sus amigas íbamos a tomar el sol y nos bañábamos en el río. Luego pasábamos por casa de mi tía, nos duchábamos y nos arreglábamos para salir a la sala de juegos, allí jugábamos al billar o al futbolín o a los videojuegos de las maquinas esas gigantes, luego entrabamos en el único pub del pueblo a tomar una Coca-Cola. Pero era invierno. Menos lo de bañarse en el río que más bien se podía patinar sobre él, podíamos hacer todo lo demás. Mi prima y yo hicimos de guías para Sergio. Él parecía encantado y yo de verle así estaba super feliz. Allí no íbamos a tener momentos para los dos solos, pero en un momento dado que estábamos en el pub mi prima vio a unos amigos del pueblo que estudiaban fuera y quiso ir a saludarlos.

-Os dejo solos tortolitos.

-No tienes por qué hacerlo, nos encanta tú compañía.

¿Cómo? ¿Sergio hablando sin que le pregunten? “Me pareció que no era mí Sergio, bueno, ese era el error que nadie pertenece a nadie.

A la semana de estar allí mientras me estaba duchando llaman a la puerta del baño, era Sergio con voz feliz que como tardé tanto en levantarme y él llevaba un rato aburrido que se iba con Macarena a visitar el pueblo de al lado. No me dio tiempo a replicar nada. Cuando salí envuelta en la toalla, fui a mi habitación y me asomé a la ventana. Ya se habían ido.

Así con la toalla envolviendo mi cuerpo me tiré sobre mi cama, la de mi madre ya estaba hecha, miré a la mesita y cogí mi walkman y lo encendí para escuchar al grupo “Alaska y Dinarama” sonaba “Cómo pudiste hacerme esto a mí” y comencé a comerme el coco. Tardaron dos horas en volver. Yo me había ido yo sola a jugar a la maquina del bar de mi tía.

Cuando regresaron yo tenía una cara de mosqueo difícil de cambiar o de disimular.

-¿qué te pasa? _Dijo mi prima.

-Nada, _Le contesté muy seca.

-¿No tendrás celos de tu prima? -Dijo Macarena riéndose_ Qué no te lo voy a comer. Lo que me sobran a mí son pretendientes y no los quiero. Estoy muy bien sola.

Cogí a Sergio de la mano y me lo llevé a paso ligero cerca de la iglesia que a esas horas no pasaba nadie por allí. Le canté las cuarenta, sin darle gritos, pero sí con la voz más alta de lo acostumbrado.

-¿Tú me quieres? _Le pregunté.

-Sí.

-¿Pero me amas? _ Silencio por respuesta_ Dime la verdad.

-Mira, Carlota, yo te quiero, pero hace tiempo que ya no te amo.

-¿Y por qué has seguido conmigo?

-Porque acababa de morir tu padre y no quería hacerte más daño.

-Está bien. Tú te vas hoy o mañana, pero te vas de aquí.

El quedó descompuesto. Lo volvió a llevar Macarena a la ciudad a que comprase un billete de tren para el día siguiente. Todos descubrieron que nos habíamos dejado, mi madre con cara de desaprobación por haberlo invitado y mi tía lo mismo.

Pasaron las horas y sonó el teléfono. Mi prima llamaba a mi tía para decir que no la esperase a dormir que había llevado a Sergio a su ciudad y que sus padres la invitaron a quedarse para no conducir de noche.

Le arrebaté el teléfono a mi tía.

-Macarena, que se ponga Concha… Sí, la madre de Sergio…. Ah ¿que no está Ahí? ¿Y su padre?.... Me ha colgado.

-¿Cómo que te ha colgado? _Dice mi tía_

-Estos dos se han liado en mis narices.

-Mi hija no le hace esas cosas a nadie y menos a su prima carnal.

-Teniendo en cuenta que su madre hace casi treinta años lo hizo…_Dijo mi madre.

Y ahí las dejé discutiendo como cuando eran adolescentes mientras yo me metí en la habitación a llorar de rabia, pero solo diez minutos, luego debía seguir con mi vida y eso era hacer las maletas para irnos al día siguiente.

Cuando desperté desee que fuese un sueño, pero fue verdad y una dura experiencia de vida que me haría crecer, aún era muy joven y me esperarían más fracasos y aciertos.

Mi madre y mi tía se enfadaron solo unos meses, hasta que una de ellas llamó a un programa de televisión y se perdonaron en público. Fue muy emotivo.





 

                                                   Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Tibores - Marian Muñoz

                                                 Resultado de imagen de tibores chinos

 

 

¡Pero qué cotilla es Macarena! no hace más que preguntar por mis vacaciones y no le vale un “muy bien” sino que quiere detalles para luego chismorrearlos a toda la oficina. No tengo el cuerpo para contarle nada y mucho menos para recordar a pesar de que el viaje del año pasado fue genial.

Eran las primeras vacaciones de verdad después de la pandemia, la cual pasé encerrada en casa, primero por el confinamiento y luego por la restricción de movilidad. Además de tele trabajar aproveché para sacarme el B1 y el B2 de inglés y francés, una forma de desempolvar mis conocimientos adquiridos en el colegio. Para practicar navegaba por internet leyendo periódicos en dichos idiomas además de informarme sobre ciudades o lugares de interés para visitar en cuanto hubiera ocasión. Trasteando por páginas de aquí y de allá apareció una de intercambio de viviendas (las malditas cookies), parecía estar bien organizada y con fotos espectaculares, aunque no mostraban todo el contenido hasta estar registrado en su página web.

Suelo planear las vacaciones estivales con dos amigas y compañeras de oficina, Marisa y Belén, como el tema parecía interesante lo comenté con ellas para pulsar su parecer. La página era de Suiza, sopesamos incluso viajar en coche hasta allá para así poder tener libertad de movimientos y disfrutar de un turismo intensivo. Hablamos de quien se iba a registrar y qué domicilio ofertar, lógicamente salió el mío, Belén tenía aún pendiente de acondicionar su casa tras el incendio de la cocina al no tener seguro de hogar y el piso de Marisa sólo tiene una habitación además de una cocina pequeña unida al salón, no daban el perfil deseado que requería la página. No tuve más remedio que tragar y teniendo tres dormitorios más salón y cocina independiente resultaba el más adecuado.

Mientras me registraba, hice fotos impersonales de las habitaciones y realicé una leve descripción del entorno. Belén se encargó de planear la ruta y Marisa los hoteles para el camino. Estábamos muy ilusionadas, Suiza era buen destino al contar con ciudades y localidades muy atractivas. Mi duda era el idioma, aunque esperaba que mis conocimientos permitieran desenvolverme bien por aquella tierra. La oferta muy variada e interesante, lo difícil era elegir tanto la localidad como la vivienda o piso a intercambiar. Ya nos habíamos decantado por una cuando llegó a mi correo una solicitud, no se trataba de un suizo sino de un danés que ofrecía su casa justo en las fechas que nosotras queríamos viajar. El propietario se comunicaba en inglés, pero intercalaba frases en español para una más fácil comprensión de su interés. Las fotos eran para quitar el hipo, un edificio moderno de dos plantas con terrazas, jacuzzi, televisión en los tres dormitorios además de una enorme en el salón. Una cocina de revista y vistas espectaculares a un acantilado y a una montaña. Rápidamente las convoqué para hablarles de ésta nueva opción quedando prendadas de la oferta.

Esa misma tarde Marisa buscó diferentes vuelos para Copenhague y conexiones al pueblo de Mullenhorf, en la costa norte, casualmente a tan sólo veinte minutos en tren de la capital. Dudaba si aceptar el intercambio pues temía que fuera un timo, que la casa no existiera o que la persona que había contactado no fuera realmente el propietario. Busqué su nombre por internet, así como en Facebook, lo que vi me convenció de ser una persona de carne y hueso con una vida real y una familia, tras mucho pensarlo decidí arriesgar y acepté. Jugaba a mi favor la baza de que mi vecina de puerta era la encargada de darle la llave y vigilar que todo discurriera con normalidad. Metí en cajas mis efectos más personales y de valor para llevarlos al trastero, aprovisioné la nevera con suficientes alimentos para un día además de dejarles algo de cena preparada según las normas del grupo y tomamos rumbo a Dinamarca.

Unos ciento cincuenta euros nos costaron el avión ida y vuelta además de una tarjeta interrail para movernos por el país. El viaje hasta el aeropuerto sin problemas, tuvimos que coger el metro hacia la estación del ferrocarril y con las paradas en danés nos costó pillarlo, menos mal que la gente era muy amable y nos indicaban por dónde ir. Llegamos al pueblo y mediante una aplicación en el móvil de Marisa encontramos la vivienda. Cruzamos los dedos para que la llave estuviera bajo una estatua delante del portón de entrada. También rezamos para que la clave de desconexión de la alarma fuera cierta. Una vez dentro comenzamos a reír nerviosas y cansadas, del estrés del viaje caímos redondas sin siquiera cenar. Después de echar un rápido vistazo Belén enseguida repartió los dormitorios, me dejaron el principal con baño en su interior, la noche llegó de improviso así que, sin deshacer las maletas, me metí con una camiseta bajo el edredón nórdico de plumas y hasta el día siguiente.

Al levantarnos comimos un desayuno pantagruélico uniendo a la ingesta lo que nos habían preparado para la cena, estábamos realmente hambrientas. La primera jornada la dedicamos a situarnos, caminar por los alrededores buscando tiendas de alimentación, bares o cafeterías y observar en busca de museos o lugares típicos para visitar. Tras almorzar en un Burger y comprar en un supermercado regresamos cansadas, fue Marisa quien propuso un bañito en el jacuzzi, aprobada la moción sugirió que fuéramos desnudas, ya que debido al alto vallado de la finca nadie nos podía ver. Comprobamos antes que no hubiera cámaras de vigilancia o alguna que pudiera estar grabando y confiando en nuestra buena estrella, corrimos por el jardín en pelota picada y riéndonos a carcajadas. He de decir que aquellas burbujas y el agua tan caliente nos subió la lívido y estuvimos un tanto salidas.

No es que seamos lesbianas, aunque creo que Marisa sí lo es, tanto a Belén como a mí nos gustan los chicos, pero ante un buen rato de placer no le hacemos ascos y desde la primera vez en Disneyland París, solíamos hacer un ménage á trois muy placentero, siendo Marisa siempre quien lleva la batuta aportando juguetitos nuevos o posturas raras con las que nos partimos de risa además de gemir de placer. Las vacaciones tenían visos de resultar muy placenteras.

La vivienda estaba decorada estilo minimalista, algunos cuadros en las paredes, repisas y estanterías con muchos tibores de diferentes colores y diseños, unos más austeros y otros más floridos, descubrimos que en la zona de abajo había un taller cerámico, era evidente que alguno de los propietarios le gustaba crear jarrones, una pena que al tener tapa no pudiesen servir para decorar con flores. Si bien los grandes ventanales carecían de cortinas el asistente de voz que también entendía el español nos cerraba las persianas en cuanto se lo pedíamos, deseaba que mi casa más rústica y con escasa tecnología resultara agradable a los daneses. Rosa mi vecina no me llamó en ningún momento, señal de que todo iba bien igual que a nosotras.

Los días transcurrieron haciendo turismo, paseando por la playa cercana o visitando un par de veces Copenhague, todo iba viento en popa y disfrutando a tope de unas vacaciones inolvidables. Dos días antes de marcharnos visitamos un mercadillo por las fiestas del pueblo, una calle llena de casetas y puestos donde ofrecían alimentos, ropa, artesanía, bebidas. Aprovechamos para comprar algún recuerdo y sobre todo curiosear, fue en uno de cerámica atendido por una chica que al oírnos hablar español también lo hizo. Era de Almería y llevaba allí unos quince años, nos preguntó si podíamos quedar por la tarde para charlar e informarla de cómo iba el país. Nos pareció interesante y nos vimos en una cafetería del centro, contó un poco su vida y curiosidades del lugar. Al preguntar por nuestro alojamiento y responderle quiso saber qué opinábamos sobre los tibores, ya que conocía a la dueña al coincidir en un curso de cerámica. Nuestra respuesta no le satisfizo porque volvió a preguntar si teníamos conocimiento de lo que contenían aquellos jarrones. Ciertamente somos curiosas, pero también respetuosas con lo ajeno y no se nos ocurrió mirar en su interior. Acto seguido nos informó que los jarrones o tibores son urnas que contienen cenizas de migrantes fallecidos. Algunos intentan cruzar hacia Suecia o Noruega de polizones, pero si les encuentran al llegar a puerto, las autoridades sancionan fuertemente al capitán del barco y si es reincidente le prohíben volver a atracar en aquellos países, por esa razón cuando el barco está en mitad del viaje vuelven a inspeccionar por si algún polizón se ha colado, si lo encuentran le colocan un salvavidas y lo echan al mar. La mayoría no sabe nadar y aunque supieran las aguas están tan gélidas que pocos sobreviven, arrastrando las corrientes los cuerpos a la costa cercana al pueblo. La dueña pertenece a una ONG que los recoge, les hace una ficha con todos los datos que puedan recabar, incluso una foto, y los incineran. Ella crea las urnas, todas diferentes y en la parte de atrás incrusta un código QR con la información de quien contienen. Suele esperar cinco años por ver si a través de algún organismo u ONG los reclaman y después los lleva al cementerio. Los tiene en su casa porque esas personas han arriesgado sus vidas en busca de un futuro mejor y en esos cinco años les proporciona el calor de su hogar.

Las tres quedamos impactadas, haber vivido y tenido sexo durante esos días a la vista de una docena de muertos no eran nuestras vacaciones planeadas, los propietarios no informaron supongo por temor a no aceptar el intercambio. Esa noche no pudimos pegar ojo, es como si nos sintiéramos observadas, al día siguiente hicimos las maletas, buscamos alojamiento en la capital poniendo pies en polvorosa. El viaje de vuelta en avión fue bueno y al recuperar mi piso no dejaba de sentir un mal sabor de boca. Me sentía frívola y egoísta por pretender simplemente conocer y divertirme en otro país mientras existen personas que fallecen intentando tener una vida mejor.

En Navidades dije a mis sobrinos que aquel año no habría regalos, haría una donación en su nombre a una ONG, si querían desgravarla me tenían que dar el DNI.

A día de hoy y cuando los compañeros están preparando con ilusión sus próximas vacaciones veraniegas, ni Belén ni Marisa ni yo tenemos ganas de tenerlas.



 

                                                     Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Unas vacaciones para olvidar - Gloria Losada

                                             Resultado de imagen de cinterior casa vieja

 

 

 

Cuando era pequeña y protestaba porque no nos podíamos marchar de vacaciones mi madre siempre me contestaba que las vacaciones eran para los ricos. Puede que exagerara un poco pero en el fondo no le faltaba razón, en el sentido de que si decides marchar por ahí en esos días de asueto lo haces para disfrutar, y para disfrutar se necesita pasta, no andar escatimando gastos a cada instante. Así que si en un momento determinado no se tiene dinerito, pues no pasa nada, se queda uno en casita y ya está, ya llegarán tiempos mejores.

Eso fue lo que debimos hacer este verano mi querido novio Alberto y yo. Todos los años, desde que volvemos de vacaciones, nos ponemos a ahorrar para las próximas, y cuando llegan nos adaptamos al presupuesto que tengamos, a veces más, a veces menos, todo depende de como vayan nuestros respectivos trabajos y de los imprevistos que se presenten, y el de este año fue gordo. El coche se estropeó en pleno mes de mayo y el arreglo se llevó todo el bote vacacional y algo más, adiós viaje a Menorca. Pues bueno, las cosas hay que tomárselas como vienen, no habría viaje a Menorca pero por lo menos conservábamos el coche. Vivimos en una ciudad del Norte, cerca del mar, donde a lo mejor no podemos ir a la playa todo lo que nos gustaría pero con muchos lugares alrededor por descubrir a los que nunca vas porque están tan cerca que parece que no tiene mérito alguno un viajecito hasta allí. Esta era la ocasión. Pero mi novio no opina como yo, según él si no se marcha unos días de casa, no es capaz de desconectar, así que después de darle muchas vueltas y buscar soluciones que nunca iba a encontrar, pues ya le dije que financiar las vacaciones no entraba dentro de mis planes ni de broma, me propuso que nos marcháramos al pueblo, a su pueblo.

Pongámonos en situación, el pueblo de Alberto es un pueblo perdido en el medio de la dehesa extremeña. Sus habitantes parecen vivir en el siglo pasado y no hay nada, pero nada de nada.

Este año han hecho una piscina fluvial y también han abierto una discoteca, o un pub...por probar... – me dijo en su intento por convencerme.

Yo había ido un par de veces, cuando sus padres vivían allí, pero hasta ellos se habían marchado a la ciudad. En el pueblo solo le quedaban dos tías abuelas solteronas más raras que un perro verde y algunos amigos de la infancia. El panorama no era muy alentador, pero como me daba pena le dije que sí. Y para allí nos fuimos.

Llegamos una tarde soporífera, bajo un sol de justicia. Por las calles no se veía ni al Tato.Nada más entrar en casa de aquellas dos mujeres (Sinforosa y Virtudes se llaman), oscura y lúgubre como boca de lobo, me inundó una especie de angustia. Parecía sacada de una película de miedo, los muebles debían de tener mil años y la decoración lo mismo. Había relojes de péndulo, jarrones chinos, figuritas horrorosas y cuadros con personas que parecían observarte desde el fondo de sus ojos oscuros. Tremendo. Eso sí, las dos mujeres nos recibieron con mucho cariño, nos comieron a besos de tal manera, eso que a mí apenas me conocían, que me estuvo escociendo la mejilla cuatro días de las barbas que tienen las pobres.

Nos invitaron al salón, o lo que fuera aquella estancia horrible, y nos ofrecieron un vinito dulce y unas galletas hechas por Sinforosa, a la cual se le daba muy bien la repostería, al parececer. Si no fuera porque estaban un poco reblandecidas hubieran estado muy ricas. Luego nos condujeron a nuestras respectivas habitaciones, sí, habitaciones, a pesar de llevar viviendo juntos casi diez años aquellas viejas nos pusieron a cada uno en un dormitorio. Yo no dije nada delante de ellas pero cuando se fueron puse a Alberto de vuelta y media, el pobre no tenía la culpa de nada, simplemente les había dicho que iba con su novia y claro, para unas damas del siglo pasado si no existía vínculo matrimonial nada de compartir lecho. Yo decidí que no dormiría sola en aquel cuarto, donde, aparte de la cama, había un armario con una puerta que se abría sola por mucho que la cerraras, haciendo un ruído de bisagras inquietante, una mesita de noche con departamento para el orinal, incluido por supuesto, una silla y un cuadro de una pareja muy fea que no se sabía si era foto o dibujo, ah y un crucifijo encima de la cabecera de la cama con un Cristo con una cara de sufrimiento tan grande que casi daban ganas de llorar. Decidí que haría el paripé como si ocupara aquel cuarto para que las viejas no se escandalizaran, pero me iría con Alberto, aunque a decir verdad, su alcoba no desmerecía mucho de la mía, pero por lo menos estaría a su lado.

Aquella misma noche, Raimundo, su amigo de la infancia, uno de los pocos que se había quedado en el pueblo, nos invitó a cenar con él y su mujer. Hacía mucho que no se veían y Alberto aceptó encantado, yo no dije nada, qué iba a decir, era su amigo. Así que me puse mona y nos presentamos en la casa del Raimundo, como todos lo llamaban, y la Pascasia, su mujer. Vaya flash. Nos recibieron con el mismo entusiasmo que las tías. Eran de nuestra edad pero parecían nuestros padres. Yo me sentía totalmente desencajada con mi vestidito de piqué azul pastel, mi pelo cuidadosamente peinado, mi manicura... en fin, que yo iba de punta en blanco y como soy como soy, pues me sentí rara. Aquel hombre tal parecía que había llegado de la granja de cerdos que regentaba y se había sentado a la mesa. Su ropa tenía tanta mierda encima que yo creo que cuando se quitara los vaqueros se mantendrían de pie y tiesos, por no hablar de los restos de... no sé de qué que adornaban sus bajos, los del pantalon, se entiende, y del tufillo nauseabundo que desprendían de vez en cuando. Pascasia tampoco presentaba un aspecto muy deslumbrante, aunque por lo menos estaba limpia, salvo sus uñas, que parecían haber pasado por la manicura francesa pero en oscuro. El pelo estropajoso, le faltaba alguna pieza dental y en aquella cocina, a la que me llevó para que le ayudara a poner la comida en la mesa, en un gesto de familiaridad sin límites, no reinaban precisamente ni la limpieza ni el orden. De cena había croquetas de jamón, tortilla de patatas con ensalada de lechuga y tomate, empanadillas de atún y embutido, todo ello cosecha propia, bueno menos el atún que era de lata. La pobre Pascasia se excusaba diciendo que el Raimundo le había comunicado la cena así de improviso y que no había tenido tiempo de hacer nada más fino... Eran muy amables, y las viandas estaban buenísimas, aunque yo tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para empezar a comer, porque si me imaginaba a aquella mujer, con las uñas negras, dándole forma a las croquetas, se me quitaban las ganas de todo. Durante la cena me invitó a ir al día siguiente a la piscina fluvial, que al parecer era la atracción turística de aquel verano. Le dije que sí, que iría con ella, aunque no estaba yo muy segura... pero bueno, tampoco iba a pasar los días metida en casa.

Aquella noche, en cuanto las tías de Alberto se retiraron a sus aposentos, me fui a su habitación. Él me esperaba espectante, comentamos la cena y el recibimiento y tal... todo muy bien, yo me abstuve de decir lo que pensaba, no quería importunarlo. Luego se puso juguetón y entre risas y caricias y esto y lo otro pues nos pusimos al tema. Aquella cama rechinaba como una condenada pero en medio del frenesí amoroso ni uno ni otro lo tuvimos en cuenta, hasta que escuchamos unos golpes en la puerta. Era la tía Virtudes que había oído ruidos y le preguntaba a su sobrino si estaba bien. Alberto se levantó como un tiro, se medio tapó con la sábana y se acercó a la puerta para calmar a su tía. Cuando volvió a la cama nos miramos. Y por primera vez me manifesté.

No sé si aguantaré los quince días – le dije.

Él, no respondió. Supongo que pensaba lo mismo, o parecido.

El día siguiente, en la piscina, tampoco tuvo desperdicio. Pascasia pasó a buscarme a la hora convenida, venía con un niño pequeño, Pascasín, su hijo de cuatro años, era un niño muy mono, pero se pasó todo el camino protestando porque quería quedarse con su padre en la granja cuidando los gorrinos. Yo tenía la esperanza de que en la piscina encontrara niños con los que jugar y se olvidara del tema, pero tuve suerte a medias. Solo había una niño, Marcialín, cuya madre, Edelmira, era amiga de la Pascasia y allí se vino para con nosotras. Yo extendí mi toalla y me quite mi vestido playero, también me quité la parte de arriba del bikini, como siempre. Las otras dos, que tenían unos bañadores que ya le hubieran gustado a mi abuela para sí, me miraron y luego se miraron entre ellas, bien me di cuenta, pero no dijeron nada. Por lo visto ellas no tenían tetas, o eran distintas a las mías... no sé. Tuve la precaución de ponerme la parte de arriba cuando me fui a bañar, pero me la volví a quitar al regresar a la toalla. Pasamos la tarde tranquilas, aunque Pascasín venía de vez en cuando a solicitar que le llevaran con papá a la granja de cerdos, lloriqueando. La última vez que se acercó su madre le dio un azote en el culo y se acabó el tema. De regreso a casa, ya sin la Edelmira presente, Pascasia me dijo que cómo me atrevía a enseñar las tetas, que allí en el pueblo no estaban acostumbrados a tal cosa. Yo le dije que era lo que hacía siempre y que incluso alguna vez había ido a una playa nudista y allí había estado como Dios me trajo al mundo. Puso una cara de espanto que creí que le iba a dar algo y no me volvió a dirigir la palabra en todo el camino. Al día siguiente estaba corrido por todo el pueblo que la novia del Albertito, el sobrino de la Virtudes y la Sinforosa, era una fresca que enseñaba las tetas a todo el mundo que quisiera vérselas. Llego a oídos de las viejas en la panadería y durante el almuerzo me echaron un sermón de campeonato, eso sí, fueron muy sutiles y en ningún momento levantaron la voz, solo soltaban frases cargadas de ironía, igualito que dardos envenenados, frases como “se ha perdido la decencia”, “ya no hay mujeres que se hagan respetar” y así. Esta vez no me callé, esta vez les solté lo que pensaba, que yo hacía lo que me daba la gana y que no tenía que hacerme respetar delante de nadie, que el respeto ya lo merecía por ser una persona. Se quedaron tan cortadas que ya no volvieron a abrir la boca en toda la comida. Y por supuesto ya no me volvieron a tratar con tanta delicadeza.

Al día siguiente comenzaban las fiestas en el pueblo, si es que a sacar a los santos en procesión cantando después de misa y a una verbena con una orquesta de mala muerte se le pueden llamar fiestas. A la una era la misa, cantada también, como la procesión posterior. Sinforosa y Virtudes se vistieron con suma elegancia, mantilla española incluida. Me ofrecieron una, dando por sentado que las acompañaría a la Iglesia. Les dije que no, que yo no creía en Dios. Alberto me fulminó con la mirada y yo enarqué las cejas. Me conocía de sobras como para saber que yo era una mujer de principios y que no acudía a servicios religiosos ni en las bodas de los amigos.

Disculpadnos, tías, nosotros nos quedaremos haciendo la comida – soltó mi novio balbuceando como un imbécil.

La comida ya está hecha. Allá vosotros, si no os importa arder en los fuegos del infierno es problema vuestro – dijo la Sinforosa, y cogiendo de gancho a la Virtudes se marcharon todas dignas.

Media hora después pasaban con la procesión por delante de la puerta de casa, cantando a grito pelado y dándose golpes de pecho. Luego trajeron al señor cura de invitado a la comida del patrón. El tipo, un viejo colorado y gordinflón que engullía como si no hubiera un mañana, centró su conversación en la importancia del matrimonio, de la familia, de los hijos y todo eso, sin duda informado por aquellas dos arpías de que vivíamos en pecado. Yo lo escuché durante un rato y luego me evadí. Aquella carne asada estaba de vicio y me centré en comer, que visto lo visto era de lo poco que se podía hacer con gusto en aquel pueblo de descerebrados. Al cabo de un rato largo, fui consciente de que el hombre reclamaba mi opinión sobre todas aquellas babosadas que acababa de soltar.

Alberto y yo no pensamos casarnos ni tener hijos, así que siento que su discurso haya caído en terreno baldío.

Se hizo el silencio, solo roto por los sonidos guturales que hacía aquel gorrino comiéndose un pastel de merengue. Sin duda el pecado de la gula se lo pasaba por alto.

A aquellas alturas yo ya estaba en boca de medio pueblo, o del pueblo entero. Era una fresca, una maleducada...lo tenía todo. A mí me importaba un pito, la verdad, pero Alberto andaba un poco cabizbajo, puesto que se echaba la culpa de todo por haberme convencido de pasar las vacaciones allí.

Que no, hombre, que no. Tengo claro que no voy a volver –le dije–, pero también que el tiempo que me quede aquí me voy a divertir.

Aquella noche en la verbena increpé a dos tíos que no dejaban de mirarme las tetas, debían de pensar que iba a hacer top less allí mismo. Les pregunté si sus mujeres tenían las tetas cuadradas o qué. No me contestaron. Luego, ya en casa, la tia Virtudes me pilló entrando en la habitación de Alberto. Me miró con estupor y yo le di las buenas noches amablemente.

Es que tengo ganas de echar una polvete –le dije con claro afán provocador.

Nuestros planes inicales eran quedarnos una semana más, pero estábamos hasta el gorro, así que al día siguiente tomamos las de Villadiego. A las tías les dijimos que nos habían llamado con urgencia del trabajo, creo que ellas también quedaron aliviadas de despedir a unos invitados tan espantosos como nosotros. Que no se preocupen, no tenemos pensado volver.


 

 

                                                  Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Nuevas flechas del amor - Esperanza Tirado

                                       Resultado de imagen de flechas de amor

 



Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado.

Pero sí que pasaba. Y a veces era cosa seria.

Firmado el divorcio, nos llamaban de Dirección y se nos obligaba a devolver el carcaj con las flechas y una de nuestras alas. Y nos mandaban a clases de readaptación. Para aprender nuevas formas de amor, nuevas masculinidades, los nuevos géneros fluidos y esas cosas.

He aprendido mucho de esas nuevas maneras; aunque confieso que con tanta sigla y tanto color me hacía un lío y veía muy lejos mis dos alitas juntas cada vez que repetía curso.

Algunos, los más tradicionales, no lograban sacarse el curso ni recuperar su ala perdida, ni lanzar otra de esas famosas flechas. Y se fundían en una nube de tristeza. Ese día había tormenta. No solo en los juzgados.


 

                                                  Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Malos aires - Esperanza Tirado

                                     Resultado de imagen de impresora en la oficina 



Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado. Y el runrún de la impresora nos daba los buenos días, mitigando el rencor, que aún flotaba en el ambiente, semiescondido entre los filtros de la ventilación, sin limpiar desde la noche de los tiempos, y que se podía cortar como mantequilla con un cuchillo.

Los gritos de discusiones previas hacían hueco a los nuevos en los armarios, llenos de documentación añeja, que amarilleaba un poco más ante la vergüenza del cruel intercambio de palabras. Los planos se replegaban un poco más en sí mismos difuminando las líneas de sus linderos. Los ordenadores funcionaban un poco más lentos, ante la tormenta que les caía encima. Los neones del techo titilaban, todavía asustados. Alguien llamaría a mantenimiento pensando en que tal vez estaban a punto de fundirse.

La próxima discusión absurda se calculaba disimuladamente en el calendario.

Y cada cual masticaba en su interior el destino de su próxima queja.

La víctima trabajaba impasible, atento a los datos de la pantalla que tenía delante.

Nadie sabía cuándo saltaría el resorte que daría paso al siguiente reproche, a una nueva queja, a un juramento gritado a los cuatro vientos, que bajaría a todos los santos del cielo y los haría enrojecer por la vergüenza de escuchar semejantes barbaridades de nuevo.

El rencor estaba enquistado entre el sudor, el calor y el cansancio general. Deseaba irse de allí. Pero nadie le abría una ventana para volar lejos y que se disipasen por fin los malos aires.

 

 

                                                     Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.