En un nanosegundo - Marian Muñoz

                                         Manejar bajo lluvias intensas

 

 

 Increíble cómo repentinamente puedes cambiar, igual que un interruptor de la luz, haces clic y bombillas apagan o encienden, pues así, en una décima de segundo, qué digo décima, en un nanosegundo tu mente cambia, si lo consigues sin secuelas es un gran éxito.

Siete y media de la mañana, coche pequeño, cinco adultos adormilados en su interior con las tripas rugiendo. ¿Motivo? Camino del reconocimiento médico de empresa. Atrás tres adultos embutidos y en silencio, delante el copiloto charlaba a ratos con el conductor evitando que se durmiera. Nacho, conductor prudente (con ese trasto quien no lo sería) a pesar de la incomodidad nos montamos, media hora de trayecto no importaba.

Llovía, no demasiado, el cielo aún oscuro, las nubes no terminaban de alejarse aquella semana, una curva pronunciada con poca visibilidad e iniciamos el baile. Ahora izquierda, ahora derecha, un instante contra un hombro, al otro contra la ventanilla, un vaivén constante hasta que finalmente paramos. Asustados abrimos los ojos y en completo silencio intentamos reincorporarnos para no estar apretados. No recuerdo cómo conseguimos desabrochar el cinturón, empujar las puertas y salir a gatas, nuestras cabezas daban vueltas.

Mis oídos percibían con inusual agudeza el sonido del motor y los jadeos constantes de mis compañeros, mis ojos observaban y admiraban el tono grisáceo y azul oscuro del cielo, la tierra más dura que de costumbre y los demás parecían más frágiles que nunca ¿qué me estaba pasando?

La lluvia nos saludó en el exterior, al menos ayudaba a despejarnos. Probé mover un brazo, luego el otro, una pierna, la otra y no tenía nada roto, menos mal. Miré a los compañeros de viaje comprobando si estaban bien. Pepo el copiloto también pudo salir por su propio pie, nada roto, algo mareado pero vivo. Sin embargo, Nacho tenía atascado un pie bajo los pedales, no le dolía, pero no podía liberarse. A pesar de estar atontados y mojados, pudimos mover su asiento hacia atrás y conservar su pie con el resto del cuerpo. Nos estiramos y comprobamos que sólo teníamos un buen castañazo.

En seguida el cacho de césped de la rotonda se llenó de luces titilando. Policía, ambulancia, bomberos, no hubo necesidad de su actuación, todos estábamos bien, aunque muy asustados por lo vivido. Los sanitarios insistieron en atendernos, comprobar nuestro estado y darnos recomendaciones. Solo pensábamos en volver a casa, olvidarnos del reconocimiento y de la jornada de trabajo. Insistían en llevarnos al hospital y a pesar de la reticencia también intenté convencerlos, aparentemente estábamos bien, magullados, pero bien, sin embargo, un escáner descartaría lesiones internas que podrían ser graves.

Tanto insistí, que unos en ambulancia y otros en coche de policía nos llevaron a urgencias. Resultados satisfactorios menos Pepo, inmediatamente le prepararon para el quirófano, un derrame interno si lo hubiera dejado pasar podría haber sido mortal. Tras la operación y unos días ingresado, regresó en buen estado a su hogar. Nada más llegar me telefoneó para agradecerme haber insistido en hacernos el escáner, llamándome “mi ángel de la guarda”.

Según el atestado policial la tapa de una alcantarilla se había desplazado por las fuertes lluvias nocturnas, debido a la escasa visibilidad una rueda del coche se metió en ella y sin saber cómo, dimos tumbos por el pequeño terraplén de una rotonda, podía haber sido peor, por suerte pudimos contarlo. La experiencia nos llevó a un estado anímico de no retorno a nuestra vida anterior, los cinco creamos un fuerte nexo de unión, nuestro carácter se volvió más afable y si antes no nos tragábamos, empezamos a ser más condescendientes y empáticos con quienes nos rodean.

No cabe duda que algunos acontecimientos hacen darnos cuenta de lo que tenemos en realidad, una única vida para disfrutar en compañía.







 

 

 

 

 

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El pulso de las mujeres - Esperanza Tirado

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Solo me deja llevarlo un rato. Fino como un hilo de aire, el reloj de pulsera descansa en mi muñeca con un peso inesperado. Mamá lo abrocha despacio, como si aún lo custodiara en memoria de las mujeres que lo llevaron antes: su madre, y la madre de su madre.

Camino con él intentando no pensar en la responsabilidad que late dentro. Pero a cada paso, con él en mi muñeca de adolescente, el tiempo parece más denso. Ese reloj guarda historias. Y hoy mi madre me ha permitido entenderlas.

 

 

 

 

 

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Renacida - Esperanza Tirado

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Solo me deja llevarlo un rato, pero con eso me conformo. Mientras arropo al bebé y le hago cosquillas, me siento renacer. Le canto bajito, lo acuno, siento su calor, o quizá es el mío el que se transmite.

A veces, cuando me asalta el impulso de darle el pecho, disimulo, toso, digo que ya me pesa y le devuelvo el muñeco reborn a mi hermana.

El próximo que haga se llamará Alma —me promete.
Yo le sonrío, agradecida, mientras la mía aún está sanando.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Prescripción facultativa - Marian Muñoz

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Como periodista siempre estoy a la caza de noticias que interesen al lector. Los temas pueden ser diversos, pero protagonistas de carne y hueso son los más apreciados porque de la vida de otros siempre se puede aprender o alguna moraleja sacar.

Nuestra protagonista de hoy es Carmina, de edad indefinida como toda mujer que se cuida. Muy apañada al percibir una pequeña pensión, aún se vale por sí misma y por consecuencia vive sola. Su hijo al que cariñosamente llama “mi Ramonchu” vive en otra ciudad. Tanto él como sus amigas la tienen como huraña y extravagante, sólo porque no gusta de frecuentar cafeterías o restaurantes y cuando tiene visita trata enseguida de deshacerse de ella. Diríamos que es una mala anfitriona.

Cada quince días “mi Ramonchu” y su marido van a su casa a comer, una pareja encantadora que impepinablemente terminan renegando pues nada más terminar el café pos comida siempre les echa de casa con diversas artimañas. En realidad, las apariencias engañan porque Carmina es un pedazo de pan. Su comportamiento es causado por un problema intestinal de estreñimiento. Problema controlado gracias a unas maravillosas pastillas recetadas por su médico, lo malo es que, tras ingerir alimentos, dicha medicación provoca gases, mejor dicho, flatulencias. El galeno recomienda expulsarlos siempre porque mantenerlos en su interior pueden ser peligrosos. Por dicha razón Carmina tras cada comida tiene que echar cuescos. Para los que no os enteráis, pedos, pedetes o pedorros según lo que hubiera ingerido en ese día.

Nuestra protagonista está concienciada y no desea propagar su fragancia al resto de comensales, ya se sabe, el comedor de un restaurante es un recinto cerrado con mesas cercanas y algunos pueden sentirse abrumados por su reciente almuerzo. En casa más de lo mismo, por eso en cuanto toman el postre o café, con buenos modos echa a su hijo y su yerno, el asunto le avergüenza tanto que no les confiesa su problema.

Cada vez que “Mi Ramonchu” la visita intenta convencerla de ingresar en una residencia, estaría más cuidada y sin tanto trajín de compras, limpieza o soledad. Aunque su secreta intención es la de ocupar la casa de sus padres, más espaciosa que su pequeño apartamento. Su madre ni lo contempla ¿cómo iba a expulsar sus ventosidades, recetadas por el facultativo, estando rodeada de viejas, aunque también huelan a pañal húmedo? No, siempre respondía que aún no estaba preparada, por no agraviarle.

Ella vive feliz en su casa, aireándola para no saturar el ambiente. Los años van pesando y Carmina al caerse por un tropezón se hizo un esguince de muñeca. No podía cocinar, ni cortar, ni barrer, al no deber forzar su mano. “Mi Ramonchu” estuvo al quite aconsejándola irse por unos días a una residencia donde la atenderían en todo lo necesario para poder curarse. En ese momento no le importaría, pero tendría que ser una en la que pudiera airearse a gusto sin molestar a residentes ni visitantes, porque sus problemas intestinales son su mayor preocupación.

Reservaron plaza en el asilo, lugar idóneo al disponer de habitaciones muy amplias, salas de estar inmensas y un detalle muy importante, grandes terrazas y bonitos jardines. Mientras su hijo se frotaba las manos planeando su nuevo alojamiento, ella se decidió. La asistente social inició los trámites ante la Seguridad Social. Para su sorpresa Carmina no cobraba pensión de viudedad. ¡Imposible! dijo ella, todos los meses entra un ingreso en mi cuenta del banco, no es muy grande, pero con él me apaño, ¡tiene que ser un error!

La trabajadora contactó con su hijo, ignorante del tema. Éste acercó a su madre al banco para indagar quien le hacía su ingreso mensual, y no, no era la Seguridad Social sino un fondo hipotecario. Al morir su marido nadie había reclamado la pensión de viudedad, su hijo ni se preocupó y ella recibiendo esa pequeña paga le pareció suficiente. Puestos al habla con el citado fondo, les informaron que su padre y marido había contratado una Hipoteca inversa, cada mes pagaban una cantidad acordada hasta que ambos fallecieran y si abandonaban el piso, el fondo se haría cargo del mismo.

Mi Ramonchu” se quedó descompuesto, no podía trasladarse a la vivienda de su madre y gracias a la solicitud de la asistente social le reconocieron a ella una pensión de viudedad. Al recibir dos pagas, nuestra protagonista pudo optar a una habitación individual, donde podía tirar, según prescripción facultativa, los pedos, pedetes y pedorros que se le antojaran sin molestar a ninguna compañera, eso sí aireando debidamente cada día para que las monjitas no se marearan.



 

 

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Lo que fuimos - Esperanza Tirado

                                       

 

 

He trabajado desde niño en un hotel de mala muerte que pertenece a mi familia desde generaciones. 

Nunca me cuestioné cómo, ni por qué lo adquirieron. Nadie hacía preguntas: Ni dueños ni clientes. 

Nosotros nos deslomábamos trabajando, arreglando cañerías goteantes, limpiando habitaciones que olían a desinfectante barato y resignación, acumulando facturas de todo tipo. Y los huéspedes entraban y salían, intentando recomponer sus vidas, buscando una cama provisional que mitigara sus incertidumbres.

Mi padre decía que, mientras hubiera huéspedes perdidos, habría trabajo para la familia.

Un día dejaron de venir, y no supimos qué hacer. Nos sentamos en recepción, esperando. 

Ahora formamos parte del mobiliario.



 

 

 

 

 

 

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París bajo sus pies - Esperanza Tirado

                                            Degas' Dancers: How the Painter Depicted Ballerinas in His Art

 

Mañana las tropas alemanas entrarán en París. Así lo anunciaba Madame Schneider, mientras anotaba fechas en su gastado calendario.

Sus “tropas” eran su ballet. Invitados a un renombrado festival del verano parisino, llevaban meses ensayando sus coreografías.

Cuando entraron en escena, no traían más armas que sus pliés, jetés y grands battements.


—Conquistad París —les rogó.

Sus ‘niños’ bailaron con tal maestría que Madame se sumió en éxtasis, recordando viejos triunfos.

Al terminar, uno de los organizadores comentó:

París es tuyo.

 —Oui, Paris est à moi. —respondió ella en un susurro, mientras sus bailarines la rodeaban, orgullosos.

La ciudad había vuelto a sucumbir bajo sus pies.

 

 

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Costumbres reales - Esperanza Tirado

                                        Luxurious Throne A 3d Rendering Of A Red Royal Chair With A Red Carpet ...

 

 

Hasta que la quisieran como se quiere a una madre, ahí os quedaréis, ordenó.

Ninguno dio su brazo a torcer ante la decisión real. A pesar de ser su padre el Rey, el recuerdo de su verdadera madre nunca perdería el lugar que, por derecho, siempre le correspondió en sus corazones.

Una tras otra fueron pasando por la cama del Rey.

Sus hijos adultos, encerrados en los sótanos, eran cada vez  más numerosos. Unidos, lograron liberarse. Decidieron que sería uno de ellos quien ocuparía el lugar de su Padre, rompiendo así la costumbre real. Contemplando el dorado trono, enormes grietas resquebrajaron la unión fraternal.

 



 

































 

 

 

 

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