Decisión drástica - Marian Muñoz




Primero me enfadé mucho con él, luego llegó una tristeza inmensa para después sentirme tan culpable que no era capaz de perdonarme.  No estaba preparada para algo así, costándome asimilarlo, de ahí mis diferentes estados de ánimo, mi alma y mi mente eran un revoltijo hasta que tomé una decisión, no compartida ni comprendida pero no había vuelta atrás.

Se murió, de repente, un día como otro cualquiera, estábamos en casa cada uno por su lado, él tumbado frente al televisor yo atareada ordenando, limpiando y recogiendo, para variar. 

Mira que se lo dije muchas veces, muévete algo, sal a la calle, deja de comer porquerías de bolsa, cuídate que ya estamos mayores.  Nada, no sólo no me hizo caso, sino que enfadado protestaba, ejercitaba eso de “un buen ataque es mejor que una defensa” y así le fue. 

Sus análisis siempre eran mejores que los míos, no tenía dolores de reuma como yo ni dolores de cabeza por una mala digestión, se creía eterno hasta que se murió sin enterarse, de un infarto.

Me había acostado como siempre y él continuaba en el salón, tumbado con la televisión puesta.  Me desperté a las doce y seguía igual.  Me dormí otro rato y al comprobar que no estaba en la cama me levanté para despertarle.  Estaba dormido con la pantalla encendida y el móvil en la mano.  Sólo que no estaba dormido sino muerto, al tocarle estaba frío, con lo caluroso que fue siempre, reñíamos por las mantas, qué tontería me parece ahora.

Rápidamente llamé a emergencias e intenté reanimarle, cuando llegaron en tromba no pudieron hacer nada, según el informe de la autopsia llevaba cuatro horas muerto, y yo durmiendo apaciblemente en la habitación de al lado.

En el tanatorio refugiándome en la pequeña capilla no quise ver a nadie.  Se había marchado y me dejaba sola, sin avisar, mira que se lo dije muchísimas veces, pero ni él ni yo éramos conscientes de su final.  Estaba muy enfadada, no se lo perdonaba.

El primer mes los chicos llamaban a diario, sus vidas andaban algo lejos y querían hacerme sentir su cercanía.  Se turnaban y me contaban sus cosas intentando indagar como me encontraba.  Aturdida y sola, muy sola, aún no se lo perdonaba, luego el enfado mutó en tristeza.  Las amigas me animaban a acompañarlas un rato, pero el verlas con sus maridos me entraba una congoja irrefrenable, regresando a casa a la carrera, el cielo me pesaba más que nunca.

De la tristeza surgió la culpa, evidentemente no le cuidaba, él en el salón muerto y yo gruñendo porque aún seguía viendo los deportes.  Si me hubiera levantado e intentado despertarle quizás hubieran llegado a tiempo los sanitarios, pero no, se había convertido en un incordio y mi egoísmo le mató, estaba convencida que se murió por mi culpa, por mi ausencia.

En el día a día encontré momentos de pensar, de cavilar cual iba a ser mi futuro, qué hacer con mi vida.  Una idea empezó a instalarse en mi mente.  Los chicos tenían sus familias, mis amigas también y yo debía encontrar algo que hacer, el voluntariado estaba bien, pero al final del día seguía tan sola como siempre, no, yo quería compañía además de ser útil y tomé una decisión drástica.

Empecé a vender los enseres de mi hogar por internet: jarrones, figuras de porcelana, platos decorativos e incluso los disfraces de carnaval con los que tanto me había divertido. Iba a vaciar mi casa, venderla y repartir el dinero entre mis nietos cuando fuesen mayores de edad.  Estaba decidida, había encontrado un convento de monjas de clausura en un paraje de climatología benigna, no quería agravar mi reuma, sería la solución perfecta, estaría acompañada además de ayudar, me cuidarían cuando fuese mayor y cuidaría de las mayores.  Las monjas suelen ser generosas y muy cariñosas entre sí, era consciente que las condiciones de vida no son como en casa, me aclimataría y sería feliz además de expiar mi culpa por la muerte de mi marido.

Lo difícil fue el cabo de año, familia y amigos acudieron a la iglesia, pero al pasar por casa y ver el piso prácticamente vacío, pensaron que me había vuelto loca, convencerles que mi decisión era la mejor me costó, se ofrecían a cuidarme, a alojarme en sus casas atendiendo a los nietos, a buscarme un piso cerca de ellos, de todo me ofrecieron, pero con mucho dolor lo rechacé, seguir cada uno su camino era lo más acertado, podrían visitarme una vez al mes y mantendríamos el contacto.  Obvié contarles lo culpable que me sentía por la muerte de su padre y la clausura redimiría mi calvario.

Estoy feliz, todas son muy amables, el trabajo no es tan duro como aguantar a un jefe o correr en pos de un autobús, lo único que echo en falta es un colchón más cómodo, mis huesos ya empiezan a estar viejos y aunque el trote diario los mantiene en forma, también los va desgastando, sé que fue una decisión drástica, pero de momento no me arrepiento.




Calendarios - Marian Muñoz



Costó convencerles de mi inocencia, ni siquiera mis logros o investigaciones cerradas con éxito sirvieron de indulgencia hacia mi pasado, un pasado ignorante pero cómplice, según decían.  Hubo momentos en los que pensé que hubiera sido mejor callarme y haberme forrado con los contactos extraoficiales, pero no, el cuajo no me daba para ello e hice lo que en justicia debía hacer.

El destino me llevó a un puesto no buscado, aunque luego terminó por gustarme.  Mi vocación ser policía, eso de investigar molaba y atrapar a los malos era un subidón importante.  En el colegio primero y luego en el instituto preparé mi condición física: carrera, salto de vallas, lanzamiento de martillo, además de las artes marciales en actividades extraescolares.  Era mi sueño, un sueño secreto que no conté al estar convencido que mis abuelos, quienes me criaron, no aprobarían. 

Mi madre falleció siendo yo un bebé y mi padre, un amor de verano, no sabían nada de él.  El abuelo atendía un quiosco de periódicos y golosinas, muy popular en el barrio y a quien todos contaban sus problemas al tener todo el tiempo del mundo para escuchar.  La abuela se dedicó a criarme y cuidarnos a los dos, era su orgullo, según me repetía una y otra vez.  Buen estudiante y deportista, no hacía gamberradas ni bebía o fumaba.  Mi plan estuvo trazado desde muy pronto y esos vicios no entraban en mi vida, al contrario, podrían fastidiar mi futuro soñado.

Con sacrificios me dieron una buena educación, unos estudios apropiados para conseguir un buen trabajo, pero llegando a la universidad y decir que deseaba estudiar filología germánica se llevaron un buen susto.  Les expliqué mis facilidades para los idiomas y al manejar el inglés y francés en el instituto, quería ampliar mis conocimientos con otro más.  Mi meta ser policía de la interpol, pero no lo podía contar, se hubieran llevado un disgusto.

Nuestra casa era vieja, una vez al año pintábamos la pared de un dormitorio o salón y ya estaba, muebles viejos, suelos viejos, ventanas de madera con carcoma por las que entraba mucho frío en invierno, todo en ella era viejo excepto yo, lo más nuevo que había en ella.  Colchas de ganchillo tejidas por la abuela, cortinas con flores chillonas estampadas, sillas que cojeaban o electrodomésticos que fallaban cada dos por tres.  Pero lo que abundaba en casa eran los cuadros, muchos y diversos, con marcos gruesos y tallados con aspecto de muy viejos, serían bonitos si en ellos hubiera lienzos, pero no, lo que había eran imágenes de calendarios, diferentes tamaños, diferentes paisajes y diferentes estilos, pero al fin y al cabo calendarios, los cuales a primeros de año se cambiaban actualizando la decoración.  Tenían más valor los marcos que su contenido.

Me avergonzaba la poca modernidad que me rodeaba, no invitando a ningún amigo a visitarme, ni siquiera venir a buscarme, era yo quien salía primero. El que me avergonzase no implicaba que lo hiciera de ellos, para nada, nos queríamos mucho y nos llevábamos bien, a pesar de mis sueños ocultos.

Antes de terminar el último curso en la facultad comencé a preparar los exámenes para el cuerpo, aunque compartíamos el mismo techo llevaba una vida bastante independiente, siendo permisivos con mis entradas y salidas.  Dos días antes de la graduación salieron las oposiciones y presenté la instancia.  Las fotos, la orla, la despedida de los compañeros de estudio, fue un vendaval de emociones y satisfacciones, pero al presentarme al examen y aprobarlo, fue tarea difícil de explicar.  A pesar de nuestro cariño inmenso, surgió una barrera entre nosotros, intuí que no era tanto el disgusto del secretismo sino que había algo más por debajo de ese enfado que prefería no descubrir porque quizás sería doloroso.

La instrucción fue dura lejos de casa, debía madurar o rendirme, estaba preparado para lograr mi sueño, aunque no fuera fácil, con mucho esfuerzo lo conseguí.  Al principio una ciudad ruidosa llena de delincuentes nocturnos, en cuanto pude optar a otra plaza me trasladé a una provincia tranquila donde poder seguir preparándome para ser investigador. Mientras trabajaba y estudiaba iba de vez en cuando a visitarles, ya se les notaba la edad.  Ofrecí pagarles una persona para que los atendiese, pero se negaban a tener un extraño en casa, me apenaba ver su deterioro físico y su cambio de conducta.  Un día el abuelo se cayó y la abuela no pudo con él.  Los servicios sociales decidieron ingresarlos en una residencia de la que me hice cargo, porque no quería meterlos en una cualquiera.  Nuestro hogar se quedaba vacío, la venta iba a ser su destino, costó tres años decidirme.

Mientras tanto me trasladaron a la Brigada de Patrimonio Histórico, mi dominio de idiomas resultaba útil tratando con organismos internacionales o delincuentes extranjeros, me especialicé en obras de arte pictóricas gracias a tener buenos maestros entre mis jefes además de asistir a cursos o conferencias, me gustó el tema y lo cogí con ganas.  Sin darme cuenta comparaba los marcos de las obras robadas con los que había por casa, algunos similares otros mejores y antes de desprenderme del piso decidí quedármelos, no sé qué podría colocar en su interior, pero imágenes de calendarios no, eso lo tenía claro.

Pensaba que un mes de vacaciones iba a ser suficiente para desmantelar mi casa, bueno la de los abuelos, alquilé un trastero y llevé todo aquello que quería conservar o revisar con calma, los cuadros también, pesaban más de lo que parecían, eran macizos, no entendía como el abuelo podía sujetarlos cada año al cambiar su decoración. Vendí el piso y el dinero lo destiné a pagar la residencia de ambos, luego sólo de la abuela y al cabo de cinco años también murió.  Me quedé sólo en el mundo.  Me había hecho policía para buscar a mi padre y mis pesquisas aún no habían dado sus frutos, me sentía frustrado y no cejaba en el empeño.  Durante una operación de tráfico de obras robadas tuve un accidente, un maleante me disparó en un pie, resultando una baja de tres meses hasta que la herida curara.

Decidí emplear el parón en revisar el trastero y tirar todo lo viejo inservible, el sentimentalismo lo había dejado de lado siendo más práctico que otra cosa.  Pasé semanas mirando papeles, fotos viejas y objetos de poco valor que a la vista de mi experiencia actual dejaron de ser viejos para ser antiguos.  Algo no cuadraba en todo aquello, lógicamente no podía acceder a la red informática del ministerio, pero sabía dónde buscar en internet, llevándome el mayor susto de mi vida.  Jarrones, copas de porcelana, fruteros o imágenes religiosas eran valiosas, tan mosqueado estaba que empecé a quitar los calendarios de los cuadros, bajo ellos había lienzos auténticos, obras de arte de artistas de renombre.  El agobio me impidió seguir con la labor, cogí un paquete de documentos y me los llevé a casa.  Cuanto más leía más me daba cuenta que todo lo guardado en el trastero era un botín, un botín robado en la Alemania nazi.  No conseguía descifrar cual era el papel de mis abuelos en el asunto, hasta que vi cartillas de racionamiento y pasaportes a nombre de una pareja alemana cuyas fotos eran las de ellos. 

El querer estudiar alemán debió ser un shock, acabarían entendiendo que lo llevaba en los genes.  El hacerme policía otro varapalo, menos mal que nunca se enteraron de mi labor recuperando obras de arte robadas, del susto les habría dado un síncope.  Mientras continuaba de baja seguí investigando por mi cuenta y al reincorporarme, fui directo a mi superior, le entregué un dossier con fotos y documentos hallados en el trastero y me aparté de la investigación.  Encontraron a varios de los descendientes de sus propietarios, preferí no saber el valor de todo aquello, aunque necesitaba conocer el papel de mis abuelos en aquel saqueo, eran buenas personas y dudaba de su conocimiento sobre lo que guardaban en casa.

La investigación fue dura, muy dura, tuve que enfrentarme a quienes creían en mi complicidad algo que siempre negué, por suerte el resultado fue benévolo y por parte de la diáspora judía me condecoraron al haber devuelto parte del expolio nazi, honor que decliné al no creerme merecedor, sólo cumplía con mi trabajo y aunque fueran objetos cotidianos de mi familia, saber que eran robados me entristecía grandemente.

Sigo en mi puesto de trabajo, ayudo a encontrar obras de arte robadas o desaparecidas, mientras tanto y en secreto investigo la vida de mis abuelos, de mi madre y cómo no, la de mi supuesto padre cuyo motivo me llevó a ser policía.





Un Cacao Arcoiris - Esperanza Tirado








 
Supongo que algunos hábitos se heredan sin querer. Mi padre tenía la manía de ordenar todo por colores: calcetines, libros, corbatas, bolígrafos, zapatos, camisas... Hasta las galletas del desayuno. Esas iban además de por colores, por formas y tamaños. Y las que tenían guindas iban en un bote aparte.
Decía que así la vida era más fácil. 
Yo me reía… hasta que un día me descubrí separando los caramelos por tonalidad antes de comérmelos. 
Ahora no puedo parar: el arroz blanco va con el plato blanco, el café oscuro con la taza negra. Los huevos, fritos en su sartén amarilla, y servidos en su plato de idéntico color. Sin kétchup, menudo sacrilegio. Y si el mantel no combina con el pan, no como. 
Ayer casi lloro porque el semáforo estaba en rojo y mi coche es azul.
Estoy pensando en pintar el perro de verde para que haga juego con el jardín del vecino. Pero primero he de averiguar cuál es su color favorito.




Una maleta roja - Marian Muñoz





Admiro a las personas que son como los pájaros, sólo se preocupen del día a día, no piensan en el pasado o en el mañana, sino en vivir cada instante con sus alegrías y sus problemas.  Algo de lo que soy incapaz, siempre pensando en la semana que viene o el día siguiente, preparándome para lo que pueda venir, para no pillarme de sorpresa y conseguir suficiente energía para superarlo, ya sean alegrías o tristezas, dificultades o éxitos, siempre pensando en el futuro y en ocasiones dejando de vivir el presente.

Éramos una pareja mayor, bueno aún lo somos, los chicos hace tiempo que han volado del nido, por desgracia muy lejos, sólo nos teníamos el uno al otro, pero el maldito destino todo lo enreda.  Mi madre tuvo un infarto, salió muy tocada y necesitada de atención las 24 horas, eso llevó a mudarme con ella.  No quería salir de su casa, para una residencia aún no estaba y quedó tan alterada de ánimo que preferí asumir sola la responsabilidad de cuidarla.  Durante 5 años permanecí con ella, el primero fue desesperante, con esfuerzo conseguí aprender lo de vivir el momento, según surgían problemas los iba resolviendo y poco a poco logré disfrutar de ella hasta que falleció. 

Al principio Edu permanecía sólo en casa, pero su padre se rompió el tobillo en una caída y tuvo que acudir a cuidarle, tres años duró esa circunstancia hasta que falleció también.  A pesar de vivir en la misma ciudad lo hacíamos en barrios diferentes, en ambientes diferentes y con gente diferente, aunque hablábamos a diario por teléfono.  Nos contábamos cómo prosperaban nuestros mayores, que pastillas les recetaban o cambiaban, si los médicos y enfermeras tenían paciencia, incluso en ocasiones sobre nuestros hijos y lo bien o mal que llevaban sus vidas.  Seguíamos alejados pero en contacto, dejamos de hablar de nosotros para hacerlo de otros y nuestra relación se esfumó.

Mi madre fue la primera en fallecer y regresé a la soledad de mi casa pues él seguía aún con mi suegro, quien unos meses más tarde falleció, consiguiendo reunirnos en nuestro piso.  Al principio muy atareados con papeleos de las herencias, vaciando cada uno la vivienda de su progenitor con intención de venderla.  Nos llevó unos dos años más, dos años en los que nuestra convivencia era más de compañeros de piso que de cama, porque perdimos la costumbre de la caricia, la charla sobre nuestras inquietudes o gustos, tan sólo hablábamos de hijos, nietos y la lista de la compra.  Con tanto trajín seguíamos alejados, aunque juntos físicamente.

En ocasiones era consciente que nuestro comportamiento no era de pareja, sino de simples amigos con hijos en común, otras sin embargo aceptaba mi individualidad y planeaba salidas o quedadas para mí solamente, lo que acentuaba más nuestro distanciamiento.  Estábamos en esa tesitura cuando un día al salir de casa para ir al banco me dice - ¿Te apetece tomar algo luego? Sorprendida respondí que sí, - Te veo a las doce en la terraza del Bismark, tenemos que hablar. -

Ese tenemos que hablar me asustó ¿Cuál era el motivo para no hacerlo en casa? Quedé muy mosqueada. 

Suelo ser puntual, es más, suelo llegar antes de tiempo a las citas.  Me senté y pedí una bebida, iniciándose mi comedura de tarro, ¿Qué querrá decirme? ¿Será que quiere el divorcio? ¿Querrá separarse porque ya no somos pareja?  ¡Qué será de mi sin él! ¡No estoy preparada para vivir sola y aún le quiero! ¡Es mi marido, aunque no se lo demuestre! ¿Igual ha conocido a alguien estando con su padre?  ¡Pues si es así más vale que se vaya! ¡No pienso largarme de mi casa! ¡Si ya sabía yo que no tenía que haber vendido el piso de mi madre!  ¿Ahora dónde voy a terminar? ¡Pues del piso no me voy, si hace falta le compro su parte! ¡Tengo una edad en que no puedo andar por ahí buscando un nuevo hogar y además sola!

 Mi cabeza no paraba de pensar y prepararme para lo peor.  Mientras estaba absorta con mis diatribas mentales no dejaba de observar una maleta roja posada en la entrada del parque, delante del muro y la verja de hierro negra.  No parecía ser de nadie, los pocos viandantes iban y venían sin siquiera mirar para ella, no tenía pinta de estar su dueño cerca y me intrigó.  Me intrigó porque tenía una igual, en el altillo del armario, con la que íbamos de vacaciones cuando lo hacíamos.  Una maleta muy común.  Entretenida con mis pensamientos e intrigada con la maleta no me di cuenta que ya eran las 12,20 y Edu sin aparecer.  Si algo que detesto sobremanera es la impuntualidad, así que pagué la consumición y me iba a casa, pero la maleta me atraía.  ¿Si alguien había puesto una bomba en ella? ¿Debía llamar a la policía para alertar? ¿La habrían robado y dejado allí tirada? 

Venciendo mis temores fui acercándome para verla mejor.  Era muy común y se la veía viajada.  Olvidándome de la bomba me aproximé lo bastante como para ver una cinta que terminaba escondida en su bolsillo exterior.  Quizás tuviera enganchado el nombre de su propietario, me parecía de ley tirar de ella y comprobarlo, aunque quizás fuera a ponerse en marcha la bomba.  Hice acopio de valor y tiré de ella, efectivamente atada a la cinta había una bolsa transparente y dentro se veía documentación.  No conseguía leerla así que abrí la bolsa y saqué unos documentos de viaje.  ¡Bien, ahí estarían los datos de su propietario!

Cogí mis gafas de ver y leí su nombre ¡El mío con todo detalle!  un billete de avión a Noruega, estancia de 10 días con viaje en crucero por los fiordos. Detrás estaba el mismo documento con el nombre de Edu.  No entendía nada, siempre quise hacer ese viaje para ver el sol de medianoche y una cosa por otra nunca pudimos.  En mi imaginación empecé a verme en el avión, paseando por las calles de aquel país y disfrutando de los fiordos desde el agua.  Estaba tan ensimismada sin notar que alguien se acercaba a mí.  Cuando alcé la vista vi a Edu, riéndose de mi feliz cara de sorpresa.  No pude menos que abrazarle, casi le tiro por mi efusividad, y le besé, ¡vaya cómo le besé! me salió espontáneo consiguiendo acabar con nuestro aislamiento.  Era mi maleta ¡claro que lo era! y como siempre, él me conoce muy bien, mejor que yo a él, sabía que no me iría de la terraza sin investigar qué hacía una maleta roja en la puerta del parque.

El billete es para dentro de una semana, pero el viaje ya comenzó el mismo día cuando volvimos a ser nosotros mismos. 

                           

Lluvia sobre la ley - Esperanza Tirado





     La lluvia caía con intensidad, como si quisiera borrar la ciudad del mapa. En la calle desierta, dos sombras se deslizaron entre la cortina de agua, una por cada esquina.
El policía se detuvo frente a él. El hombre estaba quieto, clavado en la acera, con el sombrero hundido, la gabardina ajada y el cigarrillo apagado colgando de la boca.  Parecía parte del mobiliario urbano, salvo por el sobre arrugado que sostenía firme en la mano, como si fuera lo último que le quedara en el mundo.

—¿Qué hace aquí? —preguntó el agente, con voz seca.

El tipo levantó la mirada. Sus ojos cansados indicaban que ya lo había perdido todo.
—Espero —respondió—. En esta ciudad, siempre se espera a que ocurra algo.

El policía lo observó con el cansancio acumulado de quien ha visto demasiadas noches como esa: hombres rotos, secretos sucios, promesas que huelen a pólvora. El sobre estaba manchado. No solo de lluvia.

—¿Quién ha muerto? —preguntó el agente con un deje de ironía.

El hombre sonrió, una sonrisa torcida, como un cuchillo oxidado.
—Todos —susurró—. Solo que algunos tardan más en darse cuenta.

Un coche pasó rugiendo calle abajo, dejando tras de sí un olor extraño, mezcla de gasolina y desesperanza. La ciudad seguía respirando, enferma de prisas, como siempre.

Entonces sonó un disparo: seco, brutal, como un punto final.

El policía giró instintivamente, pero el hombre no se movió. El sobre cayó al suelo, abierto, y las letras rojas se mezclaron con la lluvia:

“Informe interno. Corrupción en el cuerpo. Lista completa.”

El agente tragó saliva. Su nombre estaba el primero. Sintió el frío del metal en su cuerpo antes de escuchar un último disparo.


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Mentiras - Marian Muñoz





Ahora que vamos despacio, ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tralará, esa es mi canción favorita, en mi infancia siempre que íbamos de excursión toda la familia la cantábamos, metidos en un exiguo coche, hoy en día sería una lata de sardinas, pero en aquel tiempo era de lo más.  Estirón tras estirón seguíamos cantando la canción y me quedó tan interiorizada que fui, perdón soy, una mentirosa recalcitrante. 

No sé muy bien porqué mentía, si por diversión, por vagancia o quizás por huir de mi misma y no mostrar mi verdadero yo a nadie, ni siquiera a los de casa.  Ponía carita de buena y colaba la trola, luego difícilmente conseguían saber quién decía la verdad, si mis hermanos, mis amigos o yo.  Como profesional de la mentira logré ir aprobando cursos sin siquiera estudiar, conseguía colocarme cerca de las empollonas, al hacer el examen me ofrecía dejárselo en la mesa del profesor y en ese instante, como buena trilera cambiaba los nombres y salía triunfante con buena nota mientras que la lista de turno quedaba desconcertada.

En casa me agasajaban con regalos y premios de fin de curso y cuando terminé el instituto apenas sabía hacer la O con un canuto, el único trabajo al que pude optar, limpiadora.  A pesar del madrugón mañanero mi tarea era liviana, apenas duraba una hora, mientras mis compañeras tardaban hasta cuatro en dejar las oficinas impolutas.  ¿Cómo lo conseguía? Pues me quejaba a los jefes de lo lentas que eran las otras, de lo descolocado que lo dejaban todo o de los descansos tan largos que tomaban, así las amenazaban con despedirlas y ellas se afanaban en cumplir con su tarea y también con la mía, ji, ji, ji, ji. 

Creo que perdí a mi Pepito Grillo muy temprano, no era mala sino malvada y nadie me pillaba.  Pero como se suele decir a todo gocho le llega su San Martín, y el mío fue Raúl, mi sobrino recién nacido, un bebé guapo a rabiar con unos ojazos que al observarte parecían decir: no mientas que no me lo merezco.  Y ahí vino mi cambio, reconduje mi comportamiento y comencé mi aprendizaje de la verdad.  Al principio costó un mundo, pero palabra a palabra, frase a frase, comprendí que no me iba a morir por ser yo y mostrarme tal cual.  Todos apreciaron mi cambio y empezamos a ser una familia más feliz.

Raúl iba creciendo y yo con él, le acompañaba al colegio, íbamos al parque y no quería malcriarlo, pero su ternura me incitaba a regalarle siempre algo, un objeto o juguete sin gran valor, pero ese gesto nos hacía ser partícipes de una relación muy personal.

Creciendo, creciendo fui dándome cuenta que en cuanto llegara a los quince o dieciséis se convertiría en un mentiroso, mentiría a sus padres, mentiría a sus profesores y también a mí, ¡cómo no!  Fue cuando decidí adentrarlo en el mundo de la mentira, era realmente emotivo y divertido, cómo un miniyo mejoraba mis estrategias, el alumno superaba al profesor ¿sabéis cual era nuestra canción favorita?  Sí, esa misma, ahora que vamos despacio, ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tralará.




Sesión continua - Esperanza Tirado




Todo va a quedar entre guay y perfecto, aseguró Sara mientras desenrollaba la alfombra roja (que en realidad era una toalla de playa de Los Fruitis).

 —¿Y si hay ratas? —preguntó Manu.

—Tranquilo, son cinéfilas. Solo chillan en versión original.

El cine, abandonado desde los 90, olía a palomitas y a misterio. Montaron el proyector, colgaron una sábana y conectaron el portátil. Pero en vez de su corto, apareció un power point: “Curso Básico de Prevención de Riesgos Laborales.

El público —dos gatos, un vagabundo borracho y el fantasma del taquillero— aplaudió con entusiasmo.

—¡Por fin algo útil! —gritó el taquillero.