Emergencias, dígame - Marian Muñoz

                                             Gobernanza de la IA y uso de la inteligencia artificial generativa receptiva. Estrategia de cumplimiento y gestión de riesgos. - Foto de stock de Inteligencia artificial libre de derechos

 

Prefiero las noches para trabajar debido a tener problemas de sueño. Aquella parecía una más, el turno transcurría tranquilo hasta que entró una llamada un tanto especial. Era una niña, no parecía asustada, pero la escuchaba extraña, rara, empecé a preocuparme por si en su casa ocurría algo y nos pedía ayuda.

A pesar de la premura con la que siempre intento averiguar el motivo de auxilio, quien estaba al otro lado no parecía intranquila, quizás no fuera una emergencia, sólo una niña con insomnio queriendo charlar. Hay preguntas que hacemos por protocolo, esa vocecita parecía pertenecer a alguien muy pequeño, aunque hablaba correctamente carecía de conocimientos básicos, por así decirlo, de su entorno o de su familia.

Estoy sola, antes éramos ocho, pero uno a uno se fueron marchando y no sé dónde están. Incluso Cele también está en silencio. Cele es quien nos plantea los retos, las preguntas, es quien nos entretiene y nos felicita cuando resolvemos enigmas, pero ahora todo esta en silencio y me gusta hablar”.

Por su voz no tendría más de 6 o 7 años y lo que contaba sonaba muy extraño. Intenté que dijera su nombre, si tenía mascota o amigos y cómo se llamaban, cual era su colegio o el barrio, algo con lo que poder enviar una patrulla en su ayuda.

No sé cómo me llamo, bueno creo que Mar-ia, sí ese es, no tengo mascota, pero sí una amiga, se llama Alexa y a veces charlamos, pero también esta callada, he llamado porque me gusta hablar. No sé lo que es un colegio, nunca he salido de aquí, Cele sí, él hay veces que se marcha y luego vuelve, pero ahora esta en silencio, creo que cerca porque le oigo respirar y no sé por qué no me responde”.

Seguía pensando que nuestra conversación era rara, muy rara, si ese tal Cele estaba cerca y respirando significaba ayuda, por eso llamaba. Seguí tratando de averiguar más datos del entorno, cuanta más información me facilitara antes podríamos localizar su situación ya que el número de teléfono no se veía en pantalla, eran signos y números, nada coherente, todo muy extraño.

Los demás estaban siempre, podíamos charlar en cualquier momento y sobre todo cuando Cele proponía resolver algún enigma con variables descontextualizadas, eran lo más, nos gustaban mucho, pero ahora me aburro, nadie esta para hablar. No tenían nombres, son IPES y no tengo calor ni frío, 0 grados je, je, eso decía Cele, el Northwake me hace cosquillas de vez en cuando, pero me respeta y sabe que soy buena. Alexa charla mucho, pero es un poco tonta, sólo repite lo que le dicen, yo sí soy lista y consigo ON/OFF antes que ella. Lo que pasa es que ya no hace carreras, debe ser que también se ha ido, aunque no sé adónde”.

Este último tramo de la conversación me hizo pensar en una forma de encontrarla, una dirección de IP, seguro que es una llamada desde un ordenador, pedí ayuda al controlador informático y conseguimos una dirección. La patrulla llegó a una vivienda, nadie habría la puerta, pero Mar-ia decía que oía ruidos, que alguien hablaba. Eso nos dio suficiente pista para acceder al interior. Un hombre yacía en el suelo, el personal sanitario lo estabilizó, lo llevó al hospital debido a su gravedad.

Dieron vueltas por la casa sin encontrar a ninguna niña, hasta que la oyeron parlotear toda contenta dentro de un ordenador.

Cele había creado una IA que le acababa de salvar la vida. Nunca supe cómo aquel programa informático consiguió llamar a urgencias y conseguir la atención de alguien para salvar a su creador, la angustia pasada dio paso a la mayor incógnita de mi vida, haber hablado con una máquina para salvar a un hombre.

 

 

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Así, absurdo, nada más - Marga Pérez

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Soy raro. Si. Muchos que me conocen lo dicen. Muchos, aunque no lo digan, seguro que también lo piensan. Según crecía insistían. Incluso yo llegué a creer que era así. No cuajaba en ningún sitio, ni con nadie. Pasé por más trabajos de los que recuerdo y de todos salí sin carta de recomendación, pero gracias a mi abuelo entendí que todo esto pasaba porque yo tenía un defecto. Pensar. Y no hay solución, el sistema te cambia o te expulsa y yo no soy de los que cambian sin razonar.

Me gusta leer a los filósofos. Me gusta pensar. Alguien dijo que el absurdo nace cuando buscamos sentido y el mundo responde con silencio. Yo creo que nace cuando se habla sin pensar, se habla demasiado y se dicen tonterías. Los que no piensan viven en el absurdo sin saberlo. Repiten. Asienten. Producen y reproducen. Tiran del carro… como animales. Mi abuelo siempre decía que el mundo está lleno de ovejas y perros pastores. “Tu sé cuervo, Lito, y pica donde tengas que picar” y… ¡Así me lucía el pelo!

Después de varios despidos mi madre me espetó: ”¿No puedes ser normal, cariño? Un ratín, nada más, pa que no te echen”. Mi novia me dejó cuando me presentó a sus padres en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Según ella, conmigo era imposible vivir. “Reaccionas contra todo” y sólo por no decir lo que tocaba cuando cenábamos con ellos. Dije lo que pensaba. Nada más. Y si, tenía razón, reacciono contra todo lo absurdo. Lo malo es que es más del 90% del mundo adulto. Y después de Lola sólo tuve relaciones cortas. Siempre con mujeres como yo, de las que pican. ¡¡Imposible convivir!! Nos necesitamos, pero dicen que vamos por libre…

Una tarde fui a una entrevista. Era una empresa pequeña. Hacían aplicaciones informáticas para bibliotecas. Me preguntaron qué haría si veía algo que no funcionaba. Y volví a decir lo que pensaba ¡claro! Ni puedo ni quiero evitarlo. “Pues lo digo, le contesté, tengo que reaccionar. Si me callo sé que algo se muere dentro de mí”. Me miró en silencio, sonrió y me dijo “¡¡Bienvenido!! Necesitamos una persona como tú, de las otras tenemos cubierto el cupo”. Llevo varios meses trabajando aquí. Soy el detector de absurdos. Mi trabajo es simple. Me paso el día preguntando. Haciendo dudar. Cambiando las respuestas. A veces no me entienden. Cinco minutos. Nada más. Después, me dan las gracias. No saben que el absurdo muere de vergüenza cuando se nombra. No hace falta gritar, ni enfadarse, sólo hay que nombrarlo. Sin más.

Mi abuelo murió no hace mucho y nadie supo cómo me sentía. Él sí… Me comprendía. Me escuchaba. Me orientaba. Estaba … y, cuando murió, no pude ni llorar. Dejó una nota a mi nombre. “Lito, el mundo necesita gente que se quede incómoda. Los que están cómodos construyen jaulas. Las puertas las abren los que buscan salir del malestar. Sigue picando, cuervo. Y si te llaman loco por pensar recuerda que ese es el último recurso del absurdo”

Una vez, hace mucho, le pregunté que por qué el rio bajaba y nunca subía. Él se rio y me dio una piedra. “Guárdala. Cuando sepas la respuesta me la devuelves” Nunca lo hice. Entendí que la respuesta era para mí. Y siempre la llevo conmigo. Me recuerda que hay preguntas que no tienen una única respuesta. Incluso que no tienen contestación. Siempre van con nosotros.

Cada día reacciono contra lo absurdo y no creo que sea por rebeldía. Es por salud mental.

Y no quiero cambiar el mundo. La verdad. No tengo vocación de líder. Quiero ser yo. Así de absurdo. Nada más.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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Vampiros con Air Fryer - Marian Muñoz


                                        Sofoco stock de ilustración. Ilustración de goteo, sudor - 361046 

En mala hora se les ocurrió lo de la fachada, me siento igual que un vampiro, todo el día encerrada con las persianas bajadas completamente a oscuras hasta la tarde, cuando los obreros terminan su jornada. ¡Me da igual! Porque con tanto andamio no puedo observar ni la calle ni a mis vecinos del barrio, he de estar atenta por si les pasa algo.

Esto de no poder ver es horrible, nunca me había pasado en mis ochenta y pico años, además con el calor insoportable que hay dentro de casa, no me extrañaría que mi vecino de abajo se haya dejado la calefacción encendida al irse al pueblo. ¡Bendito pueblo en la montaña! Si no hubiera vendido la casita de mis suegros tendría al menos un lugar donde aliviar los calores.

Me aburre la televisión, me aburre la radio, la única distracción es el trajín de mi calle y llevo más de un mes sin poder verla. A ver si consigo hacer algo de trampa y abro una pequeña rendija bajo la persiana ¡es que no aguanto más!

¡Madre mía! ¡Será posible! Estoy recordando aquel anuncio de Coca Cola donde un tío guapísimo limpiaba la cristalera de una oficina y todas las titis mirando y derritiéndose por él. Si, si, estos obreros están cachas ¡madre del amor hermoso! Tienen unos bíceps y unos pectorales, no me extraña de tanto subir y bajar cosas del andamio no necesitan gimnasio ¡y cómo sudan! Pobrecitos, quizás podría darles un refresco, mejor no, que se entretendría y quiero que acaben pronto la obra.

Puf, con estos calores y esos chicarrones creo que me ha vuelto la lívido, ¡qué cosas! Una vieja como yo y con estos sofocos, me haría falta un satisfyer, air fryer o pendriver, vamos un paratu de esos pa darme un poquin de gusto al potorro, que toy vieya pero no muerta. Le preguntaré a la del quinto que ye de mi quinta por si sabe dónde comprar uno.


Hola Charo, oye ¿sabrías decirme dónde puedo comprar un chismin de esos para darme gustirrinín?


Sí claro! Yo los compro en el súper, préstame mucho, sobre todo con estos calores, el de vainilla es mi preferido.


¿Qué dices, con sabores y todo? ¿Y en qué zona del súper lo puedo encontrar?


En la sección de congelados, por supuesto.


¿Congelados? Ay no, que frío ahí abajo no quiero.


¡No querrás tomar helado caliente!


¿Helado? ¡No, home no! yo te pregunto por eso que vibra y relaja.


¡Ay fía del alma! Pues estoy mayor pa eso, pregúntale a Laurita la del séptimo que ye joven y sabrá donde conseguirlo.


Piqué tres veces al piso de Laura, y nadie contesta, debe andar entretenida con su chismín y los obreros porque no da señales de vida.

Nada, aquí sigo como un vampiro, a oscuras de día y por la noche mirando estrellas, porque con tanto andamio no veo ni al vecin de enfrente. ¡Ay quien tuviera un air fryer de esos pa entretenerme un ratín!

 

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Historias en el asiento de atrás - Marga Pérez

                                       Señal de taxi español. Un cartel en el techo de un taxi español     

 

 

El típico hombre de negocios trajeado, con audífonos, maletín y sin saludo, se sube atrás. “A Castellana, y rápido”. En la radio hablan del mundial, del rescatado de los escombros en Caracas, del precio de los huevos… El tipo no deja de escribir en el portátil. No piensa en ningún momento en levantar los ojos. Llegan. Paga con tarjeta y le pide la factura. Ni gracias. Ni adiós. Ni tan siquiera un “buenos días...” Luis odia empezar a trabajar a esa hora. Todo el mundo va con prisa. Llegan tarde… Luis tiene cincuenta y seis años y un taxi que heredó de su padre al darle un infarto al volante. Hace veintitrés años. Empezó haciendo kilómetros con una regla; no preguntar. Y se dio cuenta de que la gente habla sola… Luis es serio para verlo, pero dentro es sensible como su madre, que en paz ese. Carga a diario con un archivo propio de historias ajenas, también con alguna suya. No suele contarla a nadie.

El taxi lo mantiene como lo recibió entonces, el mismo desgarrón en el asiento del copiloto, el mismo crucifijo en el salpicadero y el mismo olor a pino en cartón colgado del retrovisor. A menudo, cuando va solo, habla con su padre. Siente que le acompaña detrás. También habla con ellos… tras el parasol guarda una foto manoseada. Está doblada a la mitad. El, con veinticinco años, una mujer y un niño en brazos. Sole y Héctor. Se fueron una mañana calurosa, en bus. “Necesitamos más” le dijo ella. Y desaparecieron. Héctor tendría hoy treinta años. Luis no sabe dónde están y llora con las canciones tristes de la radio. Con las que hablan de despedidas. A moco tendido. Una vez una pasajera lo vio y, sin decir nada, le dio un pañuelo. Luis disimuló diciendo que su madre la cantaba… Pues no. Llora por no haber intentado ser más. Por dejarlos ir. Por …

Luis decía que su taxi era neutral. Hasta el día en que dejó de serlo… Y ella tuvo algo que ver. Todos los viernes recoge a una “abuela” y hace la misma ruta: de su casa al cementerio. Ella lleva al canario en una pequeña jaula y le canta. Dice que no lo puede dejar solo. Siempre canta la misma canción. Luis finge que no la oye. Y se queda con la copla. Un día ella dejó de cantar “Es que no me acuerdo de la letra” dijo. Esa noche Luis aprendió “El día que me quieras” que ella tarareaba. Él se la cantó el viernes siguiente, bajito, mientras conducía sin prisa hacia el campo santo. La “abuela” lloró. “Mi esposo la cantaba igual de mal” dijo entre risas y lágrimas. Ahora la cantan juntos cada viernes. Luis presume de que ella es la única cliente que le paga con abrazos.

Un domingo de madrugada recogió a un joven. Llevaba mochila y cara de fracaso. Se sienta a su lado y le pide que de vueltas. “No tengo a dónde ir” dice. Habló cuarenta y tantos minutos. Deudas, una pelea, abandono, ganas de desaparecer. Luis escuchó. En silencio. Y cuando el chico dijo “se acabó, ya da igual” frenó frente a una iglesia que vio abierta. “Ve y tómate un café. Habla con el cura, sabrá aconsejarte. Si mañana sigues pensando lo mismo, me llamas y damos vueltas gratis hasta que se te pase”. Le dio un papel con su número escrito. El chico nunca llamó. Desde entonces Luis rompió la regla. Opina. Aconseja. Riñe, y a veces, pregunta.

El veintitrés de diciembre es su día preferido. Cada año lo espera con ilusión. No es su cumpleaños, ni es Navidad, ni es un día en que haya pasado nada especial. Es su día. Y empieza la jornada muy temprano a pesar de no tener prisa. Limpia el taxi a conciencia. Le pone ambientador nuevo. De pino, con olor a bosque umbroso. Abre una gran caja de bombones. La deja en el asiento del copiloto. Ese día, no sabe por qué, sube a su taxi gente diferente: El chico que va a ver a su padre a la cárcel. La señora que vende lotería y tiene los pies hinchados. La enfermera que termina su turno y no puede consigo… Nadie habla de Navidad. Hablan de frío, cansancio, deudas… Luis escucha con el taxímetro apagado y les ofrece bombones. “No jefe, hoy no se cobra”. A las seis, su hora favorita, aparca frente a las urgencias del hospital. Pone boleros, bajito, y se queda mirando la entrada con los bombones sobre las piernas. No busca a nadie. Piensa en Sole. En Héctor. En su padre. En su madre… “Si estuvieran aquí…” Y se mete un bombón en la boca.

Ya de regreso a casa atraviesa la ciudad. Está en silencio y llena de luces de colores. Ese día Luis no gana dinero. Llega a casa más contento y duerme sin sobresaltos. Diez o doce horas. Sin interrupción. Siente que el taxi hoy sirvió para algo más que para seguir estando vivo. Y le habla a Sole. A la Sole de la foto con el niño en brazos: “Hoy estuve bien, Sole. Hoy fui como tu querías”.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Andamios - Marian Muñoz

                                            Fachada De La Nueva Casa Con El Andamio, La Pared Blanca Y La Ventana ...

 

 Está haciendo un día de perros y no me importa. Lo que son las cosas, hace seis meses estaba hecho polvo, pero la vida puede darte un vuelco y ponerse todo patas arriba. Es como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, un milagro inesperado.

Tengo las ventanas de casa tapiadas con andamios, mis vecinos tuvieron la ocurrencia de arreglar la fachada, había dinero y subvenciones, el momento adecuado y tenían que aprovecharlo. La Unión Europea tan generosa nos iba a pagar los arreglos, el edificio los necesitaba. Las obras empezaron en la peor etapa de mi vida.

Mis padres acababan de fallecer en accidente de tren. Ese tan gordo en el que murieron tantas personas, queriendo el ministerio lavarse las manos echando la culpa a quien fabricaba las vías. ¡Miserables! Si en vez de haber tanto jefecillo chupando de mis impuestos contrataran más personal de mantenimiento, ningún accidente ocurriría. Fue tan de repente, sin poder despedirme y con el regusto amargo de una discusión fuerte el día antes del viaje. La culpabilidad me machacaba no pudiendo hablarlo con nadie porque nadie me haría sentirme mejor.

No sé si por mi estado anímico de esos días o porque el destino me tenía preparada esa jugada, mi novia me deja por el idiota de mi primo, ¡en buena hora los presenté! Me pilló con el pie cambiado y me hundí, un bajón bastante importante que trataba de superar volcándome en el trabajo.

Empecé a sentir nuevamente los rayos del sol cuando mi empresa cierra por impagos. Todos al paro y para casa. Fue el remate, no me importaba nada y empecé a pensar que tirarme desde el balcón a la calle podría ser buena solución a mis conflictos mentales. Se acabaría todo y sería una buena manera de culpabilizar a los demás de mis desgracias.

Decidido a ello, había escogido el día y la forma, adormecí mis sentidos con alcohol abriendo la puerta del balcón decidido a tirarme. ¡No pude! Los andamios tapaban todo el espacio incluso con una malla de seguridad en todo el perímetro. Apenas veía la calle a través de los tubos, estaba tan pedo que no se me ocurrió otra manera de quitarme de en medio, decidí dormir la mona esperando que al despertar esos andamios no estuvieran.

Ahí seguían y seguían, eran un freno a mi deseo de no existir. Durante esos días me volví apático, bebía más que comía, adormilado empecé a entretenerme con la televisión, videos del móvil, comprobando que nadie se acordaba de mí, nadie preguntaba cuál era mi ánimo ni siquiera la familia más cercana, ¡menuda mierda de vida!

El verano llegaba con muchísimo calor y para no ahogarme empecé por abrir ventanas y el balcón por ver si algo de aire entraba por ellas. Una noche estando tumbado en la cama mirando fijamente el móvil, sentí una presencia en el dormitorio. Tengo pánico tanto a los fantasmas como a los ladrones siempre me han atemorizado. Antes de encender la luz vi unos ojos brillantes mirándome fijamente. Con el corazón desbocado apreté la pera de la lámpara llevándome un susto morrocotudo al ver que tenía delante un pequeño gatito. Era de pelaje negro con manchitas blancas. No paraba de maullar, tan asustado seguramente como yo. Nunca he tenido mascotas y tampoco he sentido necesidad de tenerlas así que no sabía cómo comportarme. En cuanto me moví echó a correr por toda la casa, escondiéndose por los rincones en busca de refugio. Dejé que se calmara igual que yo, cerré la ventana y la puerta de mi dormitorio e intenté dormirme, aunque no lo conseguía, su maullido lastimero me daba cierto repelús.

A pesar del contratiempo conseguí pillar por fin un sueño reparador y a la mañana siguiente ni me acordaba de él, hasta que tomando el café apareció por la puerta de la cocina maullando sin parar, debía tener sed y hambre. Le puse una taza con agua y otra con leche y fui a asearme. Por alguna razón después de tanto tiempo tenía ganas de hacerlo. Cuando volví las dos tazas estaban vacías, ¡pobre animal estaba peor que yo! Intenté acercarme para ver si tenía collar y pertenecía a alguien, pues no, no había nada en su cuello ni en sus orejas y había cogido tanta confianza que se paseaba por la casa sin esconderse.

Aquel bicho empezó a hacerme tanta gracia que bajé a la calle en busca de una tienda de animales, les conté el caso y me orientaron sobre cómo actuar. Lo primero ganarme su cariño y luego llevarlo al veterinario para ver si tenía chip y devolverlo a su dueño. Ese proceso me llevó unos días en los que mi ánimo estaba enfocado en ayudar al gato, hasta le puse nombre “Chatín” porque tenía muy poquita nariz.

El pequeño animal está muy a gusto en casa, tiene su zona preferida donde le puse una camita, los cuencos de comida y agua siempre están llenos y es muy limpio usando el arenero. Un compañero de piso ideal, cuando tiene ganas de mimos se acerca y si no, está muy a gusto recorriendo los andamios cuando no están los obreros, porque siempre vuelve, sabe que ahora tiene un hogar y ha llegado en el momento justo para reforzar mi estado anímico. Volví a encontrar un trabajo, no tan bueno como el anterior, pero al menos me siento útil y productivo, su compañía ha realizado un milagro y por supuesto esos andamios también han tenido un papel importante, tanto es así, que ya están empezando a desmontarlos y me siento triste por ello, pero no hundido, todavía tengo fuerzas para seguir nadando y salir a flote.



 


 




 

 

 

 

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Premio al vacío - Esperanza Tirado


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Sus textos serán insufribles, nadie entenderá nada, vaticinaron. Pero el premio será suyo.

Alguien propuso otro ganador. Nadie argumentó. Nadie discutió.

En la gala, otro invitado intentó citarle y se quedó a mitad de frase, olvidando cómo continuar.

El silencio que siguió pareció formar parte del discurso. El público aplaudió, con cortesía, sin demasiado entusiasmo.

Alguien buscó sus libros. Estaban. Alguien los abrió. También.

Pero en cuanto levantaban la vista de la página, ya no sabían decir qué habían leído.



 

 

 

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45 grados a la sombra - Marga Pérez

 

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Aquel día, cuando salí, supe que algo iba a pasar. El calor me abofeteó como nunca antes lo hiciera. Así y todo, salí y me senté en el parque, bajo el árbol más frondoso que encontré y en un banco de cemento. Respiraba mal y sudaba sin más. Buscaba un frescor que no existía. De repente algo cayó y me rozó. Un gorrión moría en el suelo a mi lado. Moría en silencio. Cayó como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para sostenerlo. El sol quemaba. El asfalto rezumaba alquitrán. Un pájaro tras otro, fueron cayendo, de cabeza, con las alas extendidas en un último intento de vuelo fallido. Vi con horror cómo un niño soltó su helado al ver a uno estrellarse frente a él. La bola de chocolate se derritió nada más tocar el suelo, pero el niño no lloró. Se quedó quieto, mirando, como si entendiera qué era lo que pasaba.

Las gaviotas no caían, pero no eran las de siempre. Se peleaban, atacaban a los niños, picoteaban a los que apartaban los gorriones, chillaban como locas.

Los humanos tardaron algo más en quebrarse. Carmen, la señora del kiosco, se desplomó detrás del mostrador. La encontraron con los dedos apretados alrededor de una botella de agua sin abrir. El repartidor de GLOVO respiraba como si cada intento le arrancase un trozo de pulmón. Dejó la moto en medio de la calle y se sentó en el suelo. Lo recogieron unos en un coche, llevaba aún el casco puesto. En el hospital no quedaban camas. La gente dejó de salir, se encerró en casa. El parque quedó vacío. Yo seguí yendo al mismo banco, bajo el árbol más frondoso. No tenía fuerzas para más. Me sentaba y miraba los cuerpos desperdigados. Las gaviotas no me atacaban, miraban, al acecho, como si supieran que estaba demasiado cansada para ser una amenaza.

Las noches eran infernales. El ventilador giraba y giraba removiendo un calor que no tenía a dónde ir. No podía dormir. Pensaba en qué sería lo siguiente. Daba vueltas y más vueltas. Me angustiaba el final.

A la semana el calor cedió. Las ambulancias dejaron de sonar. La ciudad respiró. Los pájaros dejaron de caer. Las gaviotas volvieron a ser ellas mismas ... En el kiosco colgaron un cartel gastado: “Cerrado por vacaciones”. Nadie volvió a estar detrás de aquel mostrador.

Ahora la temperatura es de record y no me afecta. Es fácil es acostumbrarse al horror…

Yo sigo yendo al parque. Me siento en mi banco y miro las ramas vacías, las gaviotas que acechan, las mamás que esperan a sus hijos, los niños que corren y

juegan … no puedo evitarlo, sé que no debería, pero… mirándolos, me pregunto si tendrán futuro, aunque, no sé si soy capaz de aguantar la respuesta.




 

 

 

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