
Como
periodista siempre estoy a la caza de noticias que interesen al
lector. Los temas pueden ser diversos, pero protagonistas de carne y
hueso son los más apreciados porque de la vida de otros siempre se
puede aprender o alguna moraleja sacar.
Nuestra
protagonista de hoy es Carmina, de edad indefinida como toda mujer
que se cuida. Muy apañada al percibir una pequeña pensión, aún
se vale por sí misma y por consecuencia vive sola. Su hijo al que
cariñosamente llama “mi Ramonchu” vive en otra ciudad. Tanto él
como sus amigas la tienen como huraña y extravagante, sólo porque
no gusta de frecuentar cafeterías o restaurantes y cuando tiene
visita trata enseguida de deshacerse de ella. Diríamos que es una
mala anfitriona.
Cada
quince días “mi Ramonchu” y su marido van a su casa a comer, una
pareja encantadora que impepinablemente terminan renegando pues nada
más terminar el café pos comida siempre les echa de casa con
diversas artimañas. En realidad, las apariencias engañan porque
Carmina es un pedazo de pan. Su comportamiento es causado por un
problema intestinal de estreñimiento. Problema controlado gracias a
unas maravillosas pastillas recetadas por su médico, lo malo es que,
tras ingerir alimentos, dicha medicación provoca gases, mejor dicho,
flatulencias. El galeno recomienda expulsarlos siempre porque
mantenerlos en su interior pueden ser peligrosos. Por dicha razón
Carmina tras cada comida tiene que echar cuescos. Para los que no os
enteráis, pedos, pedetes o pedorros según lo que hubiera ingerido
en ese día.
Nuestra
protagonista está concienciada y no desea propagar su fragancia al
resto de comensales, ya se sabe, el comedor de un restaurante es un
recinto cerrado con mesas cercanas y algunos pueden sentirse
abrumados por su reciente almuerzo. En casa más de lo mismo, por
eso en cuanto toman el postre o café, con buenos modos echa a su
hijo y su yerno, el asunto le avergüenza tanto que no les confiesa
su problema.
Cada
vez que “Mi Ramonchu” la visita intenta convencerla de ingresar
en una residencia, estaría más cuidada y sin tanto trajín de
compras, limpieza o soledad. Aunque su secreta intención es la de
ocupar la casa de sus padres, más espaciosa que su pequeño
apartamento. Su madre ni lo contempla ¿cómo iba a expulsar sus
ventosidades, recetadas por el facultativo, estando rodeada de
viejas, aunque también huelan a pañal húmedo? No, siempre
respondía que aún no estaba preparada, por no agraviarle.
Ella
vive feliz en su casa, aireándola para no saturar el ambiente. Los
años van pesando y Carmina al caerse por un tropezón se hizo un
esguince de muñeca. No podía cocinar, ni cortar, ni barrer, al no
deber forzar su mano. “Mi Ramonchu” estuvo al quite
aconsejándola irse por unos días a una residencia donde la
atenderían en todo lo necesario para poder curarse. En ese momento
no le importaría, pero tendría que ser una en la que pudiera
airearse a gusto sin molestar a residentes ni visitantes, porque sus
problemas intestinales son su mayor preocupación.
Reservaron
plaza en el asilo, lugar idóneo al disponer de habitaciones muy
amplias, salas de estar inmensas y un detalle muy importante, grandes
terrazas y bonitos jardines. Mientras su hijo se frotaba las manos
planeando su nuevo alojamiento, ella se decidió. La asistente
social inició los trámites ante la Seguridad Social. Para su
sorpresa Carmina no cobraba pensión de viudedad. ¡Imposible! dijo
ella, todos los meses entra un ingreso en mi cuenta del banco, no es
muy grande, pero con él me apaño, ¡tiene que ser un error!
La
trabajadora contactó con su hijo, ignorante del tema. Éste acercó
a su madre al banco para indagar quien le hacía su ingreso mensual,
y no, no era la Seguridad Social sino un fondo hipotecario. Al morir
su marido nadie había reclamado la pensión de viudedad, su hijo ni
se preocupó y ella recibiendo esa pequeña paga le pareció
suficiente. Puestos al habla con el citado fondo, les informaron que
su padre y marido había contratado una Hipoteca inversa, cada mes
pagaban una cantidad acordada hasta que ambos fallecieran y si
abandonaban el piso, el fondo se haría cargo del mismo.
“Mi
Ramonchu” se quedó descompuesto, no podía trasladarse a la
vivienda de su madre y gracias a la solicitud de la asistente social
le reconocieron a ella una pensión de viudedad. Al recibir dos
pagas, nuestra protagonista pudo optar a una habitación individual,
donde podía tirar, según prescripción facultativa, los pedos,
pedetes y pedorros que se le antojaran sin molestar a ninguna
compañera, eso sí aireando debidamente cada día para que las
monjitas no se marearan.

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