El típico hombre de negocios trajeado, con audífonos, maletín y sin saludo, se sube atrás. “A Castellana, y rápido”. En la radio hablan del mundial, del rescatado de los escombros en Caracas, del precio de los huevos… El tipo no deja de escribir en el portátil. No piensa en ningún momento en levantar los ojos. Llegan. Paga con tarjeta y le pide la factura. Ni gracias. Ni adiós. Ni tan siquiera un “buenos días...” Luis odia empezar a trabajar a esa hora. Todo el mundo va con prisa. Llegan tarde… Luis tiene cincuenta y seis años y un taxi que heredó de su padre al darle un infarto al volante. Hace veintitrés años. Empezó haciendo kilómetros con una regla; no preguntar. Y se dio cuenta de que la gente habla sola… Luis es serio para verlo, pero dentro es sensible como su madre, que en paz ese. Carga a diario con un archivo propio de historias ajenas, también con alguna suya. No suele contarla a nadie.
El taxi lo mantiene como lo recibió entonces, el mismo desgarrón en el asiento del copiloto, el mismo crucifijo en el salpicadero y el mismo olor a pino en cartón colgado del retrovisor. A menudo, cuando va solo, habla con su padre. Siente que le acompaña detrás. También habla con ellos… tras el parasol guarda una foto manoseada. Está doblada a la mitad. El, con veinticinco años, una mujer y un niño en brazos. Sole y Héctor. Se fueron una mañana calurosa, en bus. “Necesitamos más” le dijo ella. Y desaparecieron. Héctor tendría hoy treinta años. Luis no sabe dónde están y llora con las canciones tristes de la radio. Con las que hablan de despedidas. A moco tendido. Una vez una pasajera lo vio y, sin decir nada, le dio un pañuelo. Luis disimuló diciendo que su madre la cantaba… Pues no. Llora por no haber intentado ser más. Por dejarlos ir. Por …
Luis decía que su taxi era neutral. Hasta el día en que dejó de serlo… Y ella tuvo algo que ver. Todos los viernes recoge a una “abuela” y hace la misma ruta: de su casa al cementerio. Ella lleva al canario en una pequeña jaula y le canta. Dice que no lo puede dejar solo. Siempre canta la misma canción. Luis finge que no la oye. Y se queda con la copla. Un día ella dejó de cantar “Es que no me acuerdo de la letra” dijo. Esa noche Luis aprendió “El día que me quieras” que ella tarareaba. Él se la cantó el viernes siguiente, bajito, mientras conducía sin prisa hacia el campo santo. La “abuela” lloró. “Mi esposo la cantaba igual de mal” dijo entre risas y lágrimas. Ahora la cantan juntos cada viernes. Luis presume de que ella es la única cliente que le paga con abrazos.
Un domingo de madrugada recogió a un joven. Llevaba mochila y cara de fracaso. Se sienta a su lado y le pide que de vueltas. “No tengo a dónde ir” dice. Habló cuarenta y tantos minutos. Deudas, una pelea, abandono, ganas de desaparecer. Luis escuchó. En silencio. Y cuando el chico dijo “se acabó, ya da igual” frenó frente a una iglesia que vio abierta. “Ve y tómate un café. Habla con el cura, sabrá aconsejarte. Si mañana sigues pensando lo mismo, me llamas y damos vueltas gratis hasta que se te pase”. Le dio un papel con su número escrito. El chico nunca llamó. Desde entonces Luis rompió la regla. Opina. Aconseja. Riñe, y a veces, pregunta.
El veintitrés de diciembre es su día preferido. Cada año lo espera con ilusión. No es su cumpleaños, ni es Navidad, ni es un día en que haya pasado nada especial. Es su día. Y empieza la jornada muy temprano a pesar de no tener prisa. Limpia el taxi a conciencia. Le pone ambientador nuevo. De pino, con olor a bosque umbroso. Abre una gran caja de bombones. La deja en el asiento del copiloto. Ese día, no sabe por qué, sube a su taxi gente diferente: El chico que va a ver a su padre a la cárcel. La señora que vende lotería y tiene los pies hinchados. La enfermera que termina su turno y no puede consigo… Nadie habla de Navidad. Hablan de frío, cansancio, deudas… Luis escucha con el taxímetro apagado y les ofrece bombones. “No jefe, hoy no se cobra”. A las seis, su hora favorita, aparca frente a las urgencias del hospital. Pone boleros, bajito, y se queda mirando la entrada con los bombones sobre las piernas. No busca a nadie. Piensa en Sole. En Héctor. En su padre. En su madre… “Si estuvieran aquí…” Y se mete un bombón en la boca.
Ya de regreso a casa atraviesa la ciudad. Está en silencio y llena de luces de colores. Ese día Luis no gana dinero. Llega a casa más contento y duerme sin sobresaltos. Diez o doce horas. Sin interrupción. Siente que el taxi hoy sirvió para algo más que para seguir estando vivo. Y le habla a Sole. A la Sole de la foto con el niño en brazos: “Hoy estuve bien, Sole. Hoy fui como tu querías”.

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