La
fábrica que tose
La enfermedad es nuestro
sistema productivo. Lo pone en el manual de bienvenida, página tres,
entre el plano de evacuación y la foto del director con sonrisa de
folleto dental.
Aquí no se falta, se
optimiza. Aquí no se muere, se te cambia de turno.
Yo entré sana. O eso
creía. Tenía veinticuatro años, las rodillas nuevas y la
ingenuidad intacta. El primer día me dieron una bata, una tarjeta
magnética y un bote de pastillas “por si acaso” – Profilaxis-
dijo la de prevención sin levantar la vista del ordenador. -Somos
previsores. El cuerpo avisa tarde y el Excel, nunca-
A la semana ya me dolía
la espalda con personalidad propia, como si me hubieran instalado una
bisagra mal engrasada en la L4. -Buena señal-
dijo mi encargada, significa que estás
integrada, el edificio ya te reconoce.
A las ocho en punto, en
torno a la entrada, tenías que coger aire en la calle, pasabas la
tarjeta, cruzabas y lo soltabas ya dentro. Era deporte corporativo:
apnea sincronizada. El aire de fuera no
cotiza. El de dentro viene con filtro HEPA y objetivos trimestrales.
En la fábrica la cadena
no para. Hay turnos para comer de doce minutos, turnos para ir al
baño con cronómetro en la puerta y turnos para toser. Si toses
fuera de tu franja te descuentan productividad en la app. Si no toses
en un mes, Recursos Humanos te manda a revisión: baja
adhesión al ideario. Aquí la fiebre es un
Indicador Clave de Desempeño.
Máxima optimizada: 37,8. Por encima, te vas a casa sin sueldo y con
un tutorial de “Cómo bajar la fiebre con mentalidad growth”. Por
debajo, te quedas y empujas. A 37,8, exacta, te dan una chapa de
punto dulce y sales en
el tabloide digital de la empresa. Mi compañera Rosa lleva tres años
con migraña. La ascendieron cuando aprendió a usar Excel con un ojo
cerrado, no podía de dolor. Manu, de Logística, se desmayó el
martes después de una caída aparatosa y volvió el miércoles con
una vía en el brazo y una pegatina de Empleado del mes. La vía la
engancha a la máquina con bluetooth -Así no pierde tiempo en
desplazamientos- explicó el coordinador. Sinergia
biosanitaria. Vamos, que el futuro ya tose
aquí.
En el comedor masticamos y
tragamos en silencio, cada uno con su bandeja, su dolor etiquetado y
su código QR para valorar la menestra. Nos dimos los buenos días la
mañana en que yo entré y aún nos dura. Ya no preguntamos “cómo
estás”. Preguntamos “Cuánto te queda” para el descanso, para
la jubilación, para que te den el kit de
artrosis conmemorativa
a los diez años…
Yo aprendí a llorar sin
ruido en el baño de minusválidos, el único sin cámara ni altavoz
motivacional. Me siento en la tapa, cierro bien la boca y cuento
hasta treinta, que es lo que dura la canción de “Pausa
activa”. Aprendí a echar fuera el agua que
me ahoga, en tragos pequeños, para que no salte la alarma de humedad
ni me la imputen como “pérdida de fluido operativo”. El llanto
no suma, es merma. Si te ven te apuntan a “Gestión
Emocional Eficiente” de 6:00 a 6:15, no
retribuido, pero con diploma en PDF. Pensar en positivo es
obligatorio desde la circular 14-B. El pesimismo lastra el PIB
interdepartamental y apaga la máquina de café, es lo que hay.
Ayer inauguraron la nueva
nave: Bienestar- Planta Norte. Tiene luces bajas para que no veas tus
ojeras, música de pájaros grabados en 2019, antes de extinguirse el
presupuesto, y una máquina de café que te hace test de estrés
antes de darte el cortado. Si marcas “mal” te imprime una frase
como “¡Tu puedes con todo y con más!” y te devuelve a tu puesto
con un vale de -2% de fatiga percibida. “Resiliencia es
rentabilidad” dice el póster de la entrada…
Anoche soñé que barría.
Barría pastillas sueltas, vendas con caritas dibujadas,
justificantes caducados, etiquetas de “Frágil”. Lo barría todo
hacia dentro, hacia mí, con eficiencia germánica. Al despertar, el
suelo de mi casa estaba limpio. En el correo: Solicitud
de baja médica denegada. Motivo: constante
vital suficiente para tareas administrativas y para sonreír en la
foto de equipo. Ánimo, campeona. Adjuntamos enlace a la web
“Cómo convertir tu hernia en una
oportunidad”
A las 11 suena la sirena
de pausa activa. Tenemos que estirar como si
abrazáramos los objetivos, es la consigna.
Rosa cierra su ojo bueno y aprueba el Q3 con la mirada. Manu brinda
con suero. Yo mantengo la respiración y busco huelga en el
diccionario corporativo y descubro que lo borraron en la
actualización 3.1. Ahora se llama pausa
estratégica de realineación con catering.
Hoy me he mirado las
manos antes de fichar la salida. Tiemblan. Es la primera pieza que
fabrico sin código de barras. No la puedo escanear. La he guardado
en el bolsillo del mono junto al bote de Profilaxis
por si un día la cerradura cede. Por si un
día la enfermedad pide el finiquito.
Así y todo, los cuerpos
se enteran antes que uno mismo y saben que, cuando la enfermedad
produce, curarse es sabotaje. Que cuando el síntoma cotiza en bolsa,
la salud se vuelve absentismo y el hígado, sin que te enteres, te
hace un ERTE por menos de nada.
Así que ficho. Empujo.
Produzco. Y en el baño sin cámara, echo fuera el agua que me ahoga,
gota a gota, para no inundar la línea ni cortocircuitar la máquina
del café. Y así hasta que alguien deje de barrer hacia dentro y
abra de una patada el zulo. Hasta que olvidarnos de nosotros mismos
deje de ser el core business y pase a ser, con suerte, sólo un mal
recuerdo, eso sí, con paga extra.