
Increíble cómo repentinamente puedes cambiar, igual que un interruptor de la luz, haces clic y bombillas apagan o encienden, pues así, en una décima de segundo, qué digo décima, en un nanosegundo tu mente cambia, si lo consigues sin secuelas es un gran éxito.
Siete y media de la mañana, coche pequeño, cinco adultos adormilados en su interior con las tripas rugiendo. ¿Motivo? Camino del reconocimiento médico de empresa. Atrás tres adultos embutidos y en silencio, delante el copiloto charlaba a ratos con el conductor evitando que se durmiera. Nacho, conductor prudente (con ese trasto quien no lo sería) a pesar de la incomodidad nos montamos, media hora de trayecto no importaba.
Llovía, no demasiado, el cielo aún oscuro, las nubes no terminaban de alejarse aquella semana, una curva pronunciada con poca visibilidad e iniciamos el baile. Ahora izquierda, ahora derecha, un instante contra un hombro, al otro contra la ventanilla, un vaivén constante hasta que finalmente paramos. Asustados abrimos los ojos y en completo silencio intentamos reincorporarnos para no estar apretados. No recuerdo cómo conseguimos desabrochar el cinturón, empujar las puertas y salir a gatas, nuestras cabezas daban vueltas.
Mis oídos percibían con inusual agudeza el sonido del motor y los jadeos constantes de mis compañeros, mis ojos observaban y admiraban el tono grisáceo y azul oscuro del cielo, la tierra más dura que de costumbre y los demás parecían más frágiles que nunca ¿qué me estaba pasando?
La lluvia nos saludó en el exterior, al menos ayudaba a despejarnos. Probé mover un brazo, luego el otro, una pierna, la otra y no tenía nada roto, menos mal. Miré a los compañeros de viaje comprobando si estaban bien. Pepo el copiloto también pudo salir por su propio pie, nada roto, algo mareado pero vivo. Sin embargo, Nacho tenía atascado un pie bajo los pedales, no le dolía, pero no podía liberarse. A pesar de estar atontados y mojados, pudimos mover su asiento hacia atrás y conservar su pie con el resto del cuerpo. Nos estiramos y comprobamos que sólo teníamos un buen castañazo.
En seguida el cacho de césped de la rotonda se llenó de luces titilando. Policía, ambulancia, bomberos, no hubo necesidad de su actuación, todos estábamos bien, aunque muy asustados por lo vivido. Los sanitarios insistieron en atendernos, comprobar nuestro estado y darnos recomendaciones. Solo pensábamos en volver a casa, olvidarnos del reconocimiento y de la jornada de trabajo. Insistían en llevarnos al hospital y a pesar de la reticencia también intenté convencerlos, aparentemente estábamos bien, magullados, pero bien, sin embargo, un escáner descartaría lesiones internas que podrían ser graves.
Tanto insistí, que unos en ambulancia y otros en coche de policía nos llevaron a urgencias. Resultados satisfactorios menos Pepo, inmediatamente le prepararon para el quirófano, un derrame interno si lo hubiera dejado pasar podría haber sido mortal. Tras la operación y unos días ingresado, regresó en buen estado a su hogar. Nada más llegar me telefoneó para agradecerme haber insistido en hacernos el escáner, llamándome “mi ángel de la guarda”.
Según el atestado policial la tapa de una alcantarilla se había desplazado por las fuertes lluvias nocturnas, debido a la escasa visibilidad una rueda del coche se metió en ella y sin saber cómo, dimos tumbos por el pequeño terraplén de una rotonda, podía haber sido peor, por suerte pudimos contarlo. La experiencia nos llevó a un estado anímico de no retorno a nuestra vida anterior, los cinco creamos un fuerte nexo de unión, nuestro carácter se volvió más afable y si antes no nos tragábamos, empezamos a ser más condescendientes y empáticos con quienes nos rodean.
No cabe duda que algunos acontecimientos hacen darnos cuenta de lo que tenemos en realidad, una única vida para disfrutar en compañía.

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