Latidos- Esperanza Tirado

                                        Avilés - El Arbolón | Fotos antiguas, Foto, Viajes

 

 

Fue el momento en que mataron al árbol cuando todos los que vivían dentro de él se dieron cuenta.

Uno de los leñadores, al tocar el tronco abierto, sintió los latidos, que lo dejaron inmóvil; con el hacha suspendida en el aire mientras un escalofrío le recorría la espalda.

Un rumor tenue se filtró entre las grietas, como una respiración débil, casi moribunda. El hombre se retiró, sintiendo que aquella madera rota lo estaba mirando. Los demás hombres, al verlo pálido y en silencio, se acercaron.

El suelo vibró apenas, como un latido final. Nadie volvió a levantar el hacha.



 

 

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Donde habita la memoria - Esperanza Tirado

                                          

 

 

Miré a mi alrededor en aquella salita. La lámpara de luz temblorosa, el sillón gastado, las estanterías abombadas por el peso… Y pensé que aquel rincón, tan sencillo, contenía más historias que cualquier álbum de fotos.
Todo me hablaba de reuniones en familia, tazas de chocolate caliente y deberes escolares tras cristales empapados por la lluvia.

No había nada extraordinario. Quizá por eso, emocionada, regresé a aquellas tardes con mis hermanos.

Entonces recordé a mi madre sentada en aquel sillón, remendando nuestros uniformes y refunfuñando sobre “cómo era posible que estos niños gastaran rodilleras como si fueran de papel”.



 

 

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Código oculto - Esperanza Tirado

                                              

 

Había tenido el cuidado de precisar la edad aproximada del esqueleto encontrado en la excavación anotándolo todo en una etiqueta con código personal oculto:

Hembra. Adulta. Sin signos de embarazos. Restos de agua en los pulmones. Sin marcas de heridas mortales. Edad avanzada, para su época. Posible causa de defunción: ahogamiento o asfixia.’

La que le entró a ella cuando en el Museo leyó la cartela con el nombre de su compañero de expedición en primer lugar.

El de ella, en cambio, parecía no haberse descifrado.

 

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Luz antes del gris - Esperanza Tirado


                                        

 

Había tenido el cuidado de precisar la edad de su joven esposa para evitar miradas inquisitivas en los hoteles donde se detenían. Él apenas superaba los veinte; ella, con sus diecisiete recién cumplidos, lucía un aire entre tímido y resuelto que desmentía su corta edad.

Viajaban en un tren que avanzaba lentamente hacia la costa levantina para pasar allí su luna de miel. Su destino les recibió con el brillo sereno de la luz mediterránea.

Disfrutaron de aquellos días soleados, por el paseo marítimo, tomados de la mano, sin hablar demasiado.

Sabían que, al regresar, todo volvería a su cauce estricto y sombrío, sin rendijas para el color.



 

 

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En un nanosegundo - Marian Muñoz

                                         Manejar bajo lluvias intensas

 

 

 Increíble cómo repentinamente puedes cambiar, igual que un interruptor de la luz, haces clic y bombillas apagan o encienden, pues así, en una décima de segundo, qué digo décima, en un nanosegundo tu mente cambia, si lo consigues sin secuelas es un gran éxito.

Siete y media de la mañana, coche pequeño, cinco adultos adormilados en su interior con las tripas rugiendo. ¿Motivo? Camino del reconocimiento médico de empresa. Atrás tres adultos embutidos y en silencio, delante el copiloto charlaba a ratos con el conductor evitando que se durmiera. Nacho, conductor prudente (con ese trasto quien no lo sería) a pesar de la incomodidad nos montamos, media hora de trayecto no importaba.

Llovía, no demasiado, el cielo aún oscuro, las nubes no terminaban de alejarse aquella semana, una curva pronunciada con poca visibilidad e iniciamos el baile. Ahora izquierda, ahora derecha, un instante contra un hombro, al otro contra la ventanilla, un vaivén constante hasta que finalmente paramos. Asustados abrimos los ojos y en completo silencio intentamos reincorporarnos para no estar apretados. No recuerdo cómo conseguimos desabrochar el cinturón, empujar las puertas y salir a gatas, nuestras cabezas daban vueltas.

Mis oídos percibían con inusual agudeza el sonido del motor y los jadeos constantes de mis compañeros, mis ojos observaban y admiraban el tono grisáceo y azul oscuro del cielo, la tierra más dura que de costumbre y los demás parecían más frágiles que nunca ¿qué me estaba pasando?

La lluvia nos saludó en el exterior, al menos ayudaba a despejarnos. Probé mover un brazo, luego el otro, una pierna, la otra y no tenía nada roto, menos mal. Miré a los compañeros de viaje comprobando si estaban bien. Pepo el copiloto también pudo salir por su propio pie, nada roto, algo mareado pero vivo. Sin embargo, Nacho tenía atascado un pie bajo los pedales, no le dolía, pero no podía liberarse. A pesar de estar atontados y mojados, pudimos mover su asiento hacia atrás y conservar su pie con el resto del cuerpo. Nos estiramos y comprobamos que sólo teníamos un buen castañazo.

En seguida el cacho de césped de la rotonda se llenó de luces titilando. Policía, ambulancia, bomberos, no hubo necesidad de su actuación, todos estábamos bien, aunque muy asustados por lo vivido. Los sanitarios insistieron en atendernos, comprobar nuestro estado y darnos recomendaciones. Solo pensábamos en volver a casa, olvidarnos del reconocimiento y de la jornada de trabajo. Insistían en llevarnos al hospital y a pesar de la reticencia también intenté convencerlos, aparentemente estábamos bien, magullados, pero bien, sin embargo, un escáner descartaría lesiones internas que podrían ser graves.

Tanto insistí, que unos en ambulancia y otros en coche de policía nos llevaron a urgencias. Resultados satisfactorios menos Pepo, inmediatamente le prepararon para el quirófano, un derrame interno si lo hubiera dejado pasar podría haber sido mortal. Tras la operación y unos días ingresado, regresó en buen estado a su hogar. Nada más llegar me telefoneó para agradecerme haber insistido en hacernos el escáner, llamándome “mi ángel de la guarda”.

Según el atestado policial la tapa de una alcantarilla se había desplazado por las fuertes lluvias nocturnas, debido a la escasa visibilidad una rueda del coche se metió en ella y sin saber cómo, dimos tumbos por el pequeño terraplén de una rotonda, podía haber sido peor, por suerte pudimos contarlo. La experiencia nos llevó a un estado anímico de no retorno a nuestra vida anterior, los cinco creamos un fuerte nexo de unión, nuestro carácter se volvió más afable y si antes no nos tragábamos, empezamos a ser más condescendientes y empáticos con quienes nos rodean.

No cabe duda que algunos acontecimientos hacen darnos cuenta de lo que tenemos en realidad, una única vida para disfrutar en compañía.







 

 

 

 

 

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El pulso de las mujeres - Esperanza Tirado

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Solo me deja llevarlo un rato. Fino como un hilo de aire, el reloj de pulsera descansa en mi muñeca con un peso inesperado. Mamá lo abrocha despacio, como si aún lo custodiara en memoria de las mujeres que lo llevaron antes: su madre, y la madre de su madre.

Camino con él intentando no pensar en la responsabilidad que late dentro. Pero a cada paso, con él en mi muñeca de adolescente, el tiempo parece más denso. Ese reloj guarda historias. Y hoy mi madre me ha permitido entenderlas.

 

 

 

 

 

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Renacida - Esperanza Tirado

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Solo me deja llevarlo un rato, pero con eso me conformo. Mientras arropo al bebé y le hago cosquillas, me siento renacer. Le canto bajito, lo acuno, siento su calor, o quizá es el mío el que se transmite.

A veces, cuando me asalta el impulso de darle el pecho, disimulo, toso, digo que ya me pesa y le devuelvo el muñeco reborn a mi hermana.

El próximo que haga se llamará Alma —me promete.
Yo le sonrío, agradecida, mientras la mía aún está sanando.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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