Entre luces - Marga Pérez



Entre luces

Siempre que pienso en ella me veo en el rellano del tercero, entre luces. No arriba, donde vivía mamá y nos gritaba: “¡subir ya!. Allí, con ella, siempre estuvieron los focos que ciegan. Ni abajo, donde la oscuridad traga, en el piso al que papá se mudó después de que murió la abuela. ¡Bajar de una vez, coño! – decía cuando pasaban días sin entrar a verlo y oía nuestras prisas- Yo me veo en medio, en el parpadeo de ese tiempo que no sale en los relojes. El que vive en los rellanos, a media altura, con la llave en la mano y la respiración agitada. De niña tenía el escalón que servía para jugar a los cromos, hablar con mi hermano, sentarnos a llorar o escondernos de los mayores.

Que la luz de la escalera durase sesenta segundos y que al llegar a los cincuenta y nueve parpadease quizá tuvo algo que ver. La luz parpadea y te avisa: ¡decide! O pulsas otra vez o te quedas a oscuras. Yo vivía en ese parpadeo, en el casi, en el ya no pero todavía si y, siempre me pillaba en el tercero. Respiraba. Pulsaba. Subía. Entre el segundo que ya pasó y el cuarto que no llegaba. Allí el aire no era de nadie, y yo lo atrapaba mientras la luz parpadea.

Mi madre decía que la luz de la escalera era cortesía de la comunidad. Para mi era el único momento del día anónimo. No era hija, ni vecina, ni divorciada, ni trabajadora. Sólo era cuerpo subiendo después de un largo día.

Ella llegó en marzo con un niño, caja de libros y ojeras de no necesito nada. Se instaló en el cuarto y la ayudé a subir sus cosas.

-Dura un minuto- Le dije

-Lo sé- dijo ella- Llevo toda la vida en uno.

Me vi otra vez en el rellano con la maleta y el divorcio colgando después de dieciocho años fuera.

En el tercero se paró conmigo. Cincuenta y nueve segundos. El minutero parpadeó. No dijimos nada. No preguntó. No pulsamos. El niño tampoco lloró y después de un rato ella sacó el móvil. La luz de la pantalla nos pintó la cara de azul. Parecíamos muertas guapas o vivas feas que parece lo mismo, o quizá no…

-¿Y ahora?- pregunté

- Ahora aprenderemos a andar a oscuras- dijo

Al llegar al cuarto ella abrió la puerta y yo me quedé en el rellano. Olía a vainilla y a papel viejo.

Desde entonces nos encontrábamos entre luces. Ni arriba ni abajo. Siempre en el tercero, como en la infancia.

El minutero de la escalera un día murió, era martes, murió sin aviso ni parpadeo. El casero tardó nueve días en cambiarlo y nos obligó a usar la linterna del móvil. Yo dejé vela y cerillas en el rellano. Alguien la encendía cada noche. No sé quien, la verdad. No pregunté.

Una noche subí y la vela estaba encendida con una nota: Hoy no puedo con las tinieblas. Necesito luz u oscuridad, los términos medios me matan. Y lo entendí.

Cuando cambiaron el minutero pusieron noventa segundos de led. Treinta de regalo, dijo el dueño del edificio. Ya no parpadeaba, se apagaba de golpe y sin avisar. Sin decidir. Los vecinos dijeron que era una mejora, pero yo lo viví como una amputación.

Dejé de pararme en el tercero y subía del tirón. Noventa segundos dan para subir sin parar. Para no pensar. Y yo necesitaba pensar.

Ayer coincidí con ella en el portal, iba sin niño y con ojeras nuevas, de las que pesan menos. Subimos juntas en silencio. En el tercero no nos paramos, ya no hacía falta, el minutero llegó a los noventa y nos sobraron dieciséis. Los usamos para asomarnos a la azotea y mirar la noche. Me dio un libro “Para la que se quede” tenía una dedicatoria: No hay luz buena, hay luz tuya. No volví a verla.

Ahora yo puse un regulador nuevo. Se enciende de a poco y de a poco se apaga. Tarda cinco segundos en hacerlo. Cinco segundos de casi, de todavía no, de decide... Cinco segundos míos. Y me quedo ahí, entre luces, viendo cómo llega, cómo se va y cómo vuelve. Sin contar, sin correr, sin necesitar, sin respirar. Sólo estando.







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Turno de paseo - Esperanza Tirado

                                         

 

 


Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se marchan dejando el parque limpio, casi más que cuando llegaron.

Sus humanos están muy bien educados. Aunque hay alguno más inquieto que tironea hacia las palomas o al olor de los churros recién hechos.

Pero los perros mantienen la disciplina con firmeza:


¡Suelta ese palo! ¡Qué manía tiene con traerlos a casa!


¿El tuyo ya duerme bien?


Bueno, solo si le dejo el móvil cerca.


En el parque, los humanos hacen lo suyo.

Cuando termina la hora del paseo, los perros recogen juguetes y abrigos y llaman a silbido corto:


¡Vamos, chicos! ¡A casa!







 

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A TRAVÉS DE LA LLUVIA - Marga Pérez

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A través de la lluvia


Se puso un día de perros. Lluvia buscaba el paraguas dándole vueltas a su nombre y sus consecuencias. Sus padres seguro que desconocían la crueldad de sus compañeros porque no entendía cómo se les había ocurrido ese nombre, aquí, donde no paraba de llover.

Lluvia creía que costarle tanto pensar de manera lúcida tenía mucho que ver con esa niebla persistente instalada en su cabeza. Su cuerpo sudaba a todas horas, sus manos mojaban lo que tocaban y su espalda chorreaba. Vivía en las nubes ¡Era LLUVIA!

- ¿No podría tener unos padres normales?...

- ¿Y si se cambiase de nombre? ... …

No había dónde guarecerse. Se empapaba y no lo sentía, estaba costumbrada.

Las manos húmedas resbalaban entre libros y cachivaches adolescentes buscando el paraguas y no vio al joven que se le acercó por detrás, la cobijaba con su paraguas. Al oírle hablar se dio cuenta que no estaba sola. Le sonreía a pesar de estar tan mojado como ella. Caminaron juntos, apretados. Charlaron después frente a un refresco y rieron con ganas. Lluvia sintió disiparse su niebla mental. El día de perros pasó a ser menos trágico y, orgullosa, descubrió que su nombre, a él, le entusiasmaba. Aquella noche no llovió.



Paragüas huérfanos - Esperanza Tirado

                                         

 

 


Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se marchan, antes de que el sonido de las sirenas de los zetas se escuche por la plaza. Aunque siempre se les queda algún paraguas huérfano que encuentra dueño enseguida. Los agentes llegan corriendo, pero lo único que encuentran es la plaza vacía,

Los vendedores van y vienen, como el viento y los paraguas, que nadie reclama.

Y ya son demasiados nombres, demasiadas caras borradas, un puñado de huérfanos que nadie sabrá de quién eran. O a donde iban.



 

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Memoria arrancada - Esperanza Tirado

                                            How To Cut A Tree Down With An Axe at Kimberly Knox blog

 

 

Fue el momento en que mataron al árbol cuando el silencio del barrio se volvió insoportable. Ese árbol llevaba más años en la calle que cualquiera de nosotros. Había visto mudanzas, besos a escondidas y veranos ardientes. En sus raíces jugábamos a hacer nidos de hojas y barro.

Cuando fuimos mayores, lo usábamos como punto de encuentro:

'Nos vemos en el árbol', decíamos.

Cuando cayeron las últimas ramas, los niños dejaron de jugar; un perro se sentó, atento, como si entendiera aquel duelo improvisado.

Y yo, desde mi balcón, sentí que habían cortado un punto básico de mi orientación, de mi memoria, de mi pertenencia al barrio.



 

 

 

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Latidos- Esperanza Tirado

                                        Avilés - El Arbolón | Fotos antiguas, Foto, Viajes

 

 

Fue el momento en que mataron al árbol cuando todos los que vivían dentro de él se dieron cuenta.

Uno de los leñadores, al tocar el tronco abierto, sintió los latidos, que lo dejaron inmóvil; con el hacha suspendida en el aire mientras un escalofrío le recorría la espalda.

Un rumor tenue se filtró entre las grietas, como una respiración débil, casi moribunda. El hombre se retiró, sintiendo que aquella madera rota lo estaba mirando. Los demás hombres, al verlo pálido y en silencio, se acercaron.

El suelo vibró apenas, como un latido final. Nadie volvió a levantar el hacha.



 

 

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Donde habita la memoria - Esperanza Tirado

                                          

 

 

Miré a mi alrededor en aquella salita. La lámpara de luz temblorosa, el sillón gastado, las estanterías abombadas por el peso… Y pensé que aquel rincón, tan sencillo, contenía más historias que cualquier álbum de fotos.
Todo me hablaba de reuniones en familia, tazas de chocolate caliente y deberes escolares tras cristales empapados por la lluvia.

No había nada extraordinario. Quizá por eso, emocionada, regresé a aquellas tardes con mis hermanos.

Entonces recordé a mi madre sentada en aquel sillón, remendando nuestros uniformes y refunfuñando sobre “cómo era posible que estos niños gastaran rodilleras como si fueran de papel”.



 

 

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