Vampiros con Air Fryer - Marian Muñoz


                                        Sofoco stock de ilustración. Ilustración de goteo, sudor - 361046 

En mala hora se les ocurrió lo de la fachada, me siento igual que un vampiro, todo el día encerrada con las persianas bajadas completamente a oscuras hasta la tarde, cuando los obreros terminan su jornada. ¡Me da igual! Porque con tanto andamio no puedo observar ni la calle ni a mis vecinos del barrio, he de estar atenta por si les pasa algo.

Esto de no poder ver es horrible, nunca me había pasado en mis ochenta y pico años, además con el calor insoportable que hay dentro de casa, no me extrañaría que mi vecino de abajo se haya dejado la calefacción encendida al irse al pueblo. ¡Bendito pueblo en la montaña! Si no hubiera vendido la casita de mis suegros tendría al menos un lugar donde aliviar los calores.

Me aburre la televisión, me aburre la radio, la única distracción es el trajín de mi calle y llevo más de un mes sin poder verla. A ver si consigo hacer algo de trampa y abro una pequeña rendija bajo la persiana ¡es que no aguanto más!

¡Madre mía! ¡Será posible! Estoy recordando aquel anuncio de Coca Cola donde un tío guapísimo limpiaba la cristalera de una oficina y todas las titis mirando y derritiéndose por él. Si, si, estos obreros están cachas ¡madre del amor hermoso! Tienen unos bíceps y unos pectorales, no me extraña de tanto subir y bajar cosas del andamio no necesitan gimnasio ¡y cómo sudan! Pobrecitos, quizás podría darles un refresco, mejor no, que se entretendría y quiero que acaben pronto la obra.

Puf, con estos calores y esos chicarrones creo que me ha vuelto la lívido, ¡qué cosas! Una vieja como yo y con estos sofocos, me haría falta un satisfyer, air fryer o pendriver, vamos un paratu de esos pa darme un poquin de gusto al potorro, que toy vieya pero no muerta. Le preguntaré a la del quinto que ye de mi quinta por si sabe dónde comprar uno.


Hola Charo, oye ¿sabrías decirme dónde puedo comprar un chismin de esos para darme gustirrinín?


Sí claro! Yo los compro en el súper, préstame mucho, sobre todo con estos calores, el de vainilla es mi preferido.


¿Qué dices, con sabores y todo? ¿Y en qué zona del súper lo puedo encontrar?


En la sección de congelados, por supuesto.


¿Congelados? Ay no, que frío ahí abajo no quiero.


¡No querrás tomar helado caliente!


¿Helado? ¡No, home no! yo te pregunto por eso que vibra y relaja.


¡Ay fía del alma! Pues estoy mayor pa eso, pregúntale a Laurita la del séptimo que ye joven y sabrá donde conseguirlo.


Piqué tres veces al piso de Laura, y nadie contesta, debe andar entretenida con su chismín y los obreros porque no da señales de vida.

Nada, aquí sigo como un vampiro, a oscuras de día y por la noche mirando estrellas, porque con tanto andamio no veo ni al vecin de enfrente. ¡Ay quien tuviera un air fryer de esos pa entretenerme un ratín!

 

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Historias en el asiento de atrás - Marga Pérez

                                       Señal de taxi español. Un cartel en el techo de un taxi español     

 

 

El típico hombre de negocios trajeado, con audífonos, maletín y sin saludo, se sube atrás. “A Castellana, y rápido”. En la radio hablan del mundial, del rescatado de los escombros en Caracas, del precio de los huevos… El tipo no deja de escribir en el portátil. No piensa en ningún momento en levantar los ojos. Llegan. Paga con tarjeta y le pide la factura. Ni gracias. Ni adiós. Ni tan siquiera un “buenos días...” Luis odia empezar a trabajar a esa hora. Todo el mundo va con prisa. Llegan tarde… Luis tiene cincuenta y seis años y un taxi que heredó de su padre al darle un infarto al volante. Hace veintitrés años. Empezó haciendo kilómetros con una regla; no preguntar. Y se dio cuenta de que la gente habla sola… Luis es serio para verlo, pero dentro es sensible como su madre, que en paz ese. Carga a diario con un archivo propio de historias ajenas, también con alguna suya. No suele contarla a nadie.

El taxi lo mantiene como lo recibió entonces, el mismo desgarrón en el asiento del copiloto, el mismo crucifijo en el salpicadero y el mismo olor a pino en cartón colgado del retrovisor. A menudo, cuando va solo, habla con su padre. Siente que le acompaña detrás. También habla con ellos… tras el parasol guarda una foto manoseada. Está doblada a la mitad. El, con veinticinco años, una mujer y un niño en brazos. Sole y Héctor. Se fueron una mañana calurosa, en bus. “Necesitamos más” le dijo ella. Y desaparecieron. Héctor tendría hoy treinta años. Luis no sabe dónde están y llora con las canciones tristes de la radio. Con las que hablan de despedidas. A moco tendido. Una vez una pasajera lo vio y, sin decir nada, le dio un pañuelo. Luis disimuló diciendo que su madre la cantaba… Pues no. Llora por no haber intentado ser más. Por dejarlos ir. Por …

Luis decía que su taxi era neutral. Hasta el día en que dejó de serlo… Y ella tuvo algo que ver. Todos los viernes recoge a una “abuela” y hace la misma ruta: de su casa al cementerio. Ella lleva al canario en una pequeña jaula y le canta. Dice que no lo puede dejar solo. Siempre canta la misma canción. Luis finge que no la oye. Y se queda con la copla. Un día ella dejó de cantar “Es que no me acuerdo de la letra” dijo. Esa noche Luis aprendió “El día que me quieras” que ella tarareaba. Él se la cantó el viernes siguiente, bajito, mientras conducía sin prisa hacia el campo santo. La “abuela” lloró. “Mi esposo la cantaba igual de mal” dijo entre risas y lágrimas. Ahora la cantan juntos cada viernes. Luis presume de que ella es la única cliente que le paga con abrazos.

Un domingo de madrugada recogió a un joven. Llevaba mochila y cara de fracaso. Se sienta a su lado y le pide que de vueltas. “No tengo a dónde ir” dice. Habló cuarenta y tantos minutos. Deudas, una pelea, abandono, ganas de desaparecer. Luis escuchó. En silencio. Y cuando el chico dijo “se acabó, ya da igual” frenó frente a una iglesia que vio abierta. “Ve y tómate un café. Habla con el cura, sabrá aconsejarte. Si mañana sigues pensando lo mismo, me llamas y damos vueltas gratis hasta que se te pase”. Le dio un papel con su número escrito. El chico nunca llamó. Desde entonces Luis rompió la regla. Opina. Aconseja. Riñe, y a veces, pregunta.

El veintitrés de diciembre es su día preferido. Cada año lo espera con ilusión. No es su cumpleaños, ni es Navidad, ni es un día en que haya pasado nada especial. Es su día. Y empieza la jornada muy temprano a pesar de no tener prisa. Limpia el taxi a conciencia. Le pone ambientador nuevo. De pino, con olor a bosque umbroso. Abre una gran caja de bombones. La deja en el asiento del copiloto. Ese día, no sabe por qué, sube a su taxi gente diferente: El chico que va a ver a su padre a la cárcel. La señora que vende lotería y tiene los pies hinchados. La enfermera que termina su turno y no puede consigo… Nadie habla de Navidad. Hablan de frío, cansancio, deudas… Luis escucha con el taxímetro apagado y les ofrece bombones. “No jefe, hoy no se cobra”. A las seis, su hora favorita, aparca frente a las urgencias del hospital. Pone boleros, bajito, y se queda mirando la entrada con los bombones sobre las piernas. No busca a nadie. Piensa en Sole. En Héctor. En su padre. En su madre… “Si estuvieran aquí…” Y se mete un bombón en la boca.

Ya de regreso a casa atraviesa la ciudad. Está en silencio y llena de luces de colores. Ese día Luis no gana dinero. Llega a casa más contento y duerme sin sobresaltos. Diez o doce horas. Sin interrupción. Siente que el taxi hoy sirvió para algo más que para seguir estando vivo. Y le habla a Sole. A la Sole de la foto con el niño en brazos: “Hoy estuve bien, Sole. Hoy fui como tu querías”.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Andamios - Marian Muñoz

                                            Fachada De La Nueva Casa Con El Andamio, La Pared Blanca Y La Ventana ...

 

 Está haciendo un día de perros y no me importa. Lo que son las cosas, hace seis meses estaba hecho polvo, pero la vida puede darte un vuelco y ponerse todo patas arriba. Es como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, un milagro inesperado.

Tengo las ventanas de casa tapiadas con andamios, mis vecinos tuvieron la ocurrencia de arreglar la fachada, había dinero y subvenciones, el momento adecuado y tenían que aprovecharlo. La Unión Europea tan generosa nos iba a pagar los arreglos, el edificio los necesitaba. Las obras empezaron en la peor etapa de mi vida.

Mis padres acababan de fallecer en accidente de tren. Ese tan gordo en el que murieron tantas personas, queriendo el ministerio lavarse las manos echando la culpa a quien fabricaba las vías. ¡Miserables! Si en vez de haber tanto jefecillo chupando de mis impuestos contrataran más personal de mantenimiento, ningún accidente ocurriría. Fue tan de repente, sin poder despedirme y con el regusto amargo de una discusión fuerte el día antes del viaje. La culpabilidad me machacaba no pudiendo hablarlo con nadie porque nadie me haría sentirme mejor.

No sé si por mi estado anímico de esos días o porque el destino me tenía preparada esa jugada, mi novia me deja por el idiota de mi primo, ¡en buena hora los presenté! Me pilló con el pie cambiado y me hundí, un bajón bastante importante que trataba de superar volcándome en el trabajo.

Empecé a sentir nuevamente los rayos del sol cuando mi empresa cierra por impagos. Todos al paro y para casa. Fue el remate, no me importaba nada y empecé a pensar que tirarme desde el balcón a la calle podría ser buena solución a mis conflictos mentales. Se acabaría todo y sería una buena manera de culpabilizar a los demás de mis desgracias.

Decidido a ello, había escogido el día y la forma, adormecí mis sentidos con alcohol abriendo la puerta del balcón decidido a tirarme. ¡No pude! Los andamios tapaban todo el espacio incluso con una malla de seguridad en todo el perímetro. Apenas veía la calle a través de los tubos, estaba tan pedo que no se me ocurrió otra manera de quitarme de en medio, decidí dormir la mona esperando que al despertar esos andamios no estuvieran.

Ahí seguían y seguían, eran un freno a mi deseo de no existir. Durante esos días me volví apático, bebía más que comía, adormilado empecé a entretenerme con la televisión, videos del móvil, comprobando que nadie se acordaba de mí, nadie preguntaba cuál era mi ánimo ni siquiera la familia más cercana, ¡menuda mierda de vida!

El verano llegaba con muchísimo calor y para no ahogarme empecé por abrir ventanas y el balcón por ver si algo de aire entraba por ellas. Una noche estando tumbado en la cama mirando fijamente el móvil, sentí una presencia en el dormitorio. Tengo pánico tanto a los fantasmas como a los ladrones siempre me han atemorizado. Antes de encender la luz vi unos ojos brillantes mirándome fijamente. Con el corazón desbocado apreté la pera de la lámpara llevándome un susto morrocotudo al ver que tenía delante un pequeño gatito. Era de pelaje negro con manchitas blancas. No paraba de maullar, tan asustado seguramente como yo. Nunca he tenido mascotas y tampoco he sentido necesidad de tenerlas así que no sabía cómo comportarme. En cuanto me moví echó a correr por toda la casa, escondiéndose por los rincones en busca de refugio. Dejé que se calmara igual que yo, cerré la ventana y la puerta de mi dormitorio e intenté dormirme, aunque no lo conseguía, su maullido lastimero me daba cierto repelús.

A pesar del contratiempo conseguí pillar por fin un sueño reparador y a la mañana siguiente ni me acordaba de él, hasta que tomando el café apareció por la puerta de la cocina maullando sin parar, debía tener sed y hambre. Le puse una taza con agua y otra con leche y fui a asearme. Por alguna razón después de tanto tiempo tenía ganas de hacerlo. Cuando volví las dos tazas estaban vacías, ¡pobre animal estaba peor que yo! Intenté acercarme para ver si tenía collar y pertenecía a alguien, pues no, no había nada en su cuello ni en sus orejas y había cogido tanta confianza que se paseaba por la casa sin esconderse.

Aquel bicho empezó a hacerme tanta gracia que bajé a la calle en busca de una tienda de animales, les conté el caso y me orientaron sobre cómo actuar. Lo primero ganarme su cariño y luego llevarlo al veterinario para ver si tenía chip y devolverlo a su dueño. Ese proceso me llevó unos días en los que mi ánimo estaba enfocado en ayudar al gato, hasta le puse nombre “Chatín” porque tenía muy poquita nariz.

El pequeño animal está muy a gusto en casa, tiene su zona preferida donde le puse una camita, los cuencos de comida y agua siempre están llenos y es muy limpio usando el arenero. Un compañero de piso ideal, cuando tiene ganas de mimos se acerca y si no, está muy a gusto recorriendo los andamios cuando no están los obreros, porque siempre vuelve, sabe que ahora tiene un hogar y ha llegado en el momento justo para reforzar mi estado anímico. Volví a encontrar un trabajo, no tan bueno como el anterior, pero al menos me siento útil y productivo, su compañía ha realizado un milagro y por supuesto esos andamios también han tenido un papel importante, tanto es así, que ya están empezando a desmontarlos y me siento triste por ello, pero no hundido, todavía tengo fuerzas para seguir nadando y salir a flote.



 


 




 

 

 

 

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Premio al vacío - Esperanza Tirado


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Sus textos serán insufribles, nadie entenderá nada, vaticinaron. Pero el premio será suyo.

Alguien propuso otro ganador. Nadie argumentó. Nadie discutió.

En la gala, otro invitado intentó citarle y se quedó a mitad de frase, olvidando cómo continuar.

El silencio que siguió pareció formar parte del discurso. El público aplaudió, con cortesía, sin demasiado entusiasmo.

Alguien buscó sus libros. Estaban. Alguien los abrió. También.

Pero en cuanto levantaban la vista de la página, ya no sabían decir qué habían leído.



 

 

 

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45 grados a la sombra - Marga Pérez

 

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Aquel día, cuando salí, supe que algo iba a pasar. El calor me abofeteó como nunca antes lo hiciera. Así y todo, salí y me senté en el parque, bajo el árbol más frondoso que encontré y en un banco de cemento. Respiraba mal y sudaba sin más. Buscaba un frescor que no existía. De repente algo cayó y me rozó. Un gorrión moría en el suelo a mi lado. Moría en silencio. Cayó como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para sostenerlo. El sol quemaba. El asfalto rezumaba alquitrán. Un pájaro tras otro, fueron cayendo, de cabeza, con las alas extendidas en un último intento de vuelo fallido. Vi con horror cómo un niño soltó su helado al ver a uno estrellarse frente a él. La bola de chocolate se derritió nada más tocar el suelo, pero el niño no lloró. Se quedó quieto, mirando, como si entendiera qué era lo que pasaba.

Las gaviotas no caían, pero no eran las de siempre. Se peleaban, atacaban a los niños, picoteaban a los que apartaban los gorriones, chillaban como locas.

Los humanos tardaron algo más en quebrarse. Carmen, la señora del kiosco, se desplomó detrás del mostrador. La encontraron con los dedos apretados alrededor de una botella de agua sin abrir. El repartidor de GLOVO respiraba como si cada intento le arrancase un trozo de pulmón. Dejó la moto en medio de la calle y se sentó en el suelo. Lo recogieron unos en un coche, llevaba aún el casco puesto. En el hospital no quedaban camas. La gente dejó de salir, se encerró en casa. El parque quedó vacío. Yo seguí yendo al mismo banco, bajo el árbol más frondoso. No tenía fuerzas para más. Me sentaba y miraba los cuerpos desperdigados. Las gaviotas no me atacaban, miraban, al acecho, como si supieran que estaba demasiado cansada para ser una amenaza.

Las noches eran infernales. El ventilador giraba y giraba removiendo un calor que no tenía a dónde ir. No podía dormir. Pensaba en qué sería lo siguiente. Daba vueltas y más vueltas. Me angustiaba el final.

A la semana el calor cedió. Las ambulancias dejaron de sonar. La ciudad respiró. Los pájaros dejaron de caer. Las gaviotas volvieron a ser ellas mismas ... En el kiosco colgaron un cartel gastado: “Cerrado por vacaciones”. Nadie volvió a estar detrás de aquel mostrador.

Ahora la temperatura es de record y no me afecta. Es fácil es acostumbrarse al horror…

Yo sigo yendo al parque. Me siento en mi banco y miro las ramas vacías, las gaviotas que acechan, las mamás que esperan a sus hijos, los niños que corren y

juegan … no puedo evitarlo, sé que no debería, pero… mirándolos, me pregunto si tendrán futuro, aunque, no sé si soy capaz de aguantar la respuesta.




 

 

 

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No sé cómo sucedió - Marga Pérez

                                     Zapatos Incómodos, Sexismo En La Moda Y Concepto Del Dolor Del Pie Con ...

 

 

 

No sé cómo sucedió ni cuándo, sólo sé que dejé de ser Alba para pasar a ser Lucía. Y duele. Si, duele como esos zapatos estrechos y una talla más pequeños que nos empeñamos en usar. Al principio aprietan, luego rozan y cuando ya dejas de sentir los dedos, te convences de que lo que duele no son los zapatos, es tu forma de caminar.

Me llamo Alba pero durante años contesté por Lucía. Lucía era puntual, en las reuniones decía “me parece interesante tu punto de vista” aunque le pareciera un horror, se reía de chistes con los que habría salido corriendo. Lucía ascendió, tenía pareja estable, fotos de Brunch y vacaciones paradisíacas en Instagram, pero no tenía insomnio. Yo sí. Yo tenía todo lo demás.

El dolor empezó un viernes. En el baño de la oficina me lavé la cara y el espejo me devolvió a otra. Tenía mi nariz, mis ojeras, mi piel, pero la boca no era la mía. Aquella sonrisa forzada de no sabía qué no era mía. Toqué los labios, estaban fríos y tirantes, como si fueran prestados.

Ese día no volví al piso que compartía con Mateo. El quería a Lucía. Ella hacía lo que a el le gustaba: Le hacía las tortillas poco hechas, le planchaba las camisas con apresto, los miércoles hacían juntos el ayuno establecido y acudían también al gimnasio, los sábados caminaba a su lado en la ruta de senderismo, los domingos se encamaba con el para recuperar fuerzas. Yo odio la plancha, el orden, el ejercicio y la cama en exceso me deja baldada.

Subí al autobús. Me bajé en una parada que no era la mía y caminé. Lloviznaba. La ciudad olía a tierra mojada y a pan caliente. Entré en la primera tienda que vi abierta. Era una librería de barrio con un gato en el escaparate, dormía.

-¿Tienes cuadernos en blanco?- pregunté

La mujer del mostrador levantó la vista. Tenía los dedos manchados de tinta azul y su nombre en el delantal, Remedios

-Todos están en blanco hasta que escribes- dijo- ¿Para qué lo quieres?

-Para ser- dije sin pensar lo que decía.

Me dio uno de tapas verdes, sin líneas, sin cuadrícula, para que escribas como quieras, dijo.

Caminé sin prisa, sin rumbo, bajo la lluvia. Me senté en una marquesina y abrí el cuaderno. La primera página me miró como un perro abandonado. No pude escribir... No sé cuánto tiempo estuve allí.

Me llamo Alba. Taché. Me duelen los zapatos. Mejor, y seguí. Hoy me duelen las caras que pongo. Subrayé duelen. La tinta se corrió con la lluvia. Parecía que las palabras lloraban.

El lunes no volví a la oficina. Llamé y dije que estaba enferma. Y era verdad. Volví a casa de mis padres. Mi madre abrió la puerta y dijo: -Hola, Lucía. - No, soy Alba, dije. Parpadeó, sonrió como si llevara tiempo esperándome. - Pasa Alba, hoy hice lentejas -. Me quité los zapatos de tacón que Lucía usaba a diario. Tenía los dedos blancos, apretados, con formas de otra vida y me puse unas zapatillas viejas y grandes. Me sentí bien con ellas.

Al llegar a casa dejé a Mateo, así, sin paños calientes. Sólo le dije: - No me llamo como tú me llamas- Y no lo entendió. Me dijo que estaba estresada que lo hablábamos después de acabar el proyecto, pero no hubo un después. Lo dejé con la palabra en la boca.

Durante semanas fui a la Librería de Remedios. No compraba nada. Me sentaba en el segundo escalón de la escalera que iba al altillo y escribía. Remedios me dejaba un termo con manzanilla al lado. Sin preguntar. Sin querer saber. El gato se me subía al regazo. Pesaba y daba calor. De siete a ocho acudía allí a ser yo, sin Lucía, sin Mateo, sin “me parece interesante…”

Un día Remedios se sentó a mi lado y me dijo -¿Sabes por qué duele? Y no esperó a que contestara - Duele porque estás apretando para caber en un sitio que no es el tuyo-

Dejé el trabajo un mes después, el día que mi jefe dijo: Lucía. ¿te quedas hoy hasta tarde? A ti se te dan bien estas cosas. Le contesté - No. Sólo eso, sin explicaciones, tampoco me disculpé. El “no” me supo a manzanilla caliente, a tinta azul en los dedos, a gato pesando sobre mis piernas.

Ahora trabajo en la librería con Remedios. Todavía duele a veces. Ser yo es como estrenar pies y hay días en que todavía tropiezo con Lucía. Me sale su voz y toso, la echo fuera. Ya no vivo con el dolor. Anoche escribí en el cuaderno: Dejar de esconderme alivia el dolor de no ser Alba. Lo leí en alto y el gato ronroneó, Remedios me miró risueña y yo me reconocí en esa bonita voz.

 

 

 

 

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Procesos - Esperanza Tirado

                                     

 

 


Sus textos serán insufribles al principio: llenos de faltas de ortografía, vocabulario pretencioso, mala sintaxis y mil fallos más. Pero no se rinde ante las críticas. Y decide tomarlos como punto de partida. Y escribe y tacha. Y tacha y escribe. Y, sobre todo, lee. Con paciencia, su torpeza su torpeza se afina hasta llegar a ser un estilo propio. Un día alguien subraya una frase suya y la guarda para siempre.



 

 

 

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