Noticias que huelen a menta- Marga Pérez


                                           Foto De Perfil De Un Cartero Entregando Una Carta a Una Anciana Imagen ... 


Adriano era cartero rural. Tenía cincuenta y seis años, una moto amarilla y una saca de lona que, gracias a internet, cada día pesaba menos.

Repartía a Villafría del Rio, un pueblo de trescientas casas infrahabitadas y cuatrocientos buzones casi siempre vacíos. Antes, cuando las noticias eran de papel, la saca le dejaba una marca roja en el hombro, de amor, de facturas, de postales de Benidorm con un si estuvieras aquí... Ahora llevaba propaganda de supermercados y notificaciones de la Caja Rural, única entidad que operaba en la zona. Todo lo demás llegaba por el aire, sin sobre, sin sello, sin cartero.

Los martes era mal día para Adriano. Le tocaba el barrio de Las Peñas. Era un lugar de casas bajas y muy envejecido, geranios en las ventanas y perros que ya no ladraban, lo conocían de toda la vida. Los buzones vacíos dejaban a la vista telarañas de no usar. Dña. Carmen, la de la 14, lo esperaba siempre sentada en el muro, aunque hiciera frío. Tenía noventa y tantos, pañuelo al cuello, mandil a cuadros y zapatillas de fieltro. Noventa y tantos años difuminados en negro.

-¿Hay algo, hijo?- preguntaba.

Adriano iba negando con la cabeza antes de llegar y así y todo ella preguntaba igual.

-Hoy no, doña Carmen.

-Hoy no y la otra semana tampoco- decía ella y le daba un caramelo de menta, para el camino, decía, que se hace largo sin cartas.

Adriano guardaba los caramelos en el bolsillo de la camisa. No los comía, los dejaba en un cajón de la cocina. Ciento catorce caramelos de menta, tantos como semanas sin carta para doña Carmen.

Su hijo vivía en Alemania desde hacía sabe dios cuánto. Llamaba por Navidad y mandaba mensajes de voz que ella olvidaba cómo poder escuchar.

-Dile que me escriba- le pedía a Adriano cada martes -aunque sea una línea, que yo todavía sé leer.

Adriano asentía.

Un mUn miércoles Adriano se sentó en su cocina, sacó papel del de verdad, con cuadrícula, buscó un bolígrafo que pintara y escribió: “Querida madre: Aquí hace frío pero la gente es buena. Trabajo mucho y como bien. Me acuerdo de ti y de los geranios. Te mando un abrazo que aunque tarda en llegar, llega. Tu hijo.

No firNo firmó con nombre, sólo tu hijo, a secas. Buscó un sobre, pegó un sello y a escondidas lo mataselló el mismo. Al día siguiente, jueves, no tocaba Las Peñas pero fue igual.

Doña Doña Carmen no estaba en el muro. Salió secándose las manos en el mandil y se sorprendió cuando Adriano sacó la carta. Se la dio con las dos manos, como se dan los presentes y el pan bendito. Ella buscó las gafas y se las ajustó. Leyó despacio, con el dedo. Cuando terminó, dobló el papel en cuatro y se lo guardó en el pecho. Miraba hacia dentro, sin ver, con alivio.

-¿Ves ¿Ves como si escribe?- dijo. Y le dio dos caramelos.

El maEl martes siguiente doña Carmen no estaba en el muro, estaba dentro, con la puerta entreabierta.

-Pasa, -Pasa hijo- dijo- Tengo que contestar

Ella dElla dictó y el escribió en el mismo papel cuadriculado: “Querido hijo: Aquí hace sol. Los geranios están bien. El cartero es bueno y me trae tus cartas. Come bien y no pases frío. Te espero en el muro. Tu madre”.

Le diLe dio la carta a Adriano y el la llevó a la oficina y la guardó en su taquilla. No tenía a donde mandarla.

Así AAsí pasaron seis meses. Martes y jueves. Carta y respuesta. Doña Carmen regó los geranios con más entusiasmo y el buzón de la 14 perdió las telarañas.

En mEn marzo, doña Carmen no abrió la puerta. La vecina dio parte de que se había quedado dormida para siempre, con una carta en la mano, y… ya está.

AdriaAdriano fue al entierro y llevó los ciento dieciséis caramelos de menta en una caja de zapatos. Se la dejó allí al lado, para el camino, pensó, que se hace largo sin cartas.

AdriaAdriano siguió repartiendo. Los vecinos le dejaban notas con las cartas. Adriano, esta es para mi nieto ¿se la guardas? Adriano, si ves a mi hermana dale… Ahora todos los buzones tenían escrito su nombre a mano. El las recogía, las leía y muchas las contestaba por las noches, siempre en papel de cuadrícula. Las repartía. Eran cartas que no iban a ningunas manos, pero regresaban a todos los corazones. Adriano se convirtió en el cartero de las noticias que hacían falta. Las noticias que tardaban, las que no tienen prisa, las que se escribían a mano y se guardaban en el pecho. Las que huelen a menta.

 

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Wonderland -Esperanza Tirado


                                               

 

 

Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Alicia se escuchó a sí misma mientras alisaba la falda de su traje gris, demasiado serio para aquel bosque que respiraba en colores.

Un Conejo Blanco la miró de arriba abajo y consultó su reloj.


Llegas tarde —confirmó—. Como todos los adultos.

 

Alicia no había vuelto allí desde que, siendo niña, se coló por una madriguera en el hueco de un tronco de árbol al final del jardín.

Durante la merienda de ‘no cumpleaños’ el Sombrerero Loco la había mirado y le había dicho que el tiempo no se pierde, solo se esconde.

Alicia dejó de alisarse la falda y suspiró, con una sonrisa de recuerdo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no miró el reloj. El tic-tac siguió sin ella.



 

 

 

 

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La fábrica que tose - Marga Pérez


La fábrica que tose

La enfermedad es nuestro sistema productivo. Lo pone en el manual de bienvenida, página tres, entre el plano de evacuación y la foto del director con sonrisa de folleto dental.

Aquí no se falta, se optimiza. Aquí no se muere, se te cambia de turno.

Yo entré sana. O eso creía. Tenía veinticuatro años, las rodillas nuevas y la ingenuidad intacta. El primer día me dieron una bata, una tarjeta magnética y un bote de pastillas “por si acaso” – Profilaxis- dijo la de prevención sin levantar la vista del ordenador. -Somos previsores. El cuerpo avisa tarde y el Excel, nunca-

A la semana ya me dolía la espalda con personalidad propia, como si me hubieran instalado una bisagra mal engrasada en la L4. -Buena señal- dijo mi encargada, significa que estás integrada, el edificio ya te reconoce.

A las ocho en punto, en torno a la entrada, tenías que coger aire en la calle, pasabas la tarjeta, cruzabas y lo soltabas ya dentro. Era deporte corporativo: apnea sincronizada. El aire de fuera no cotiza. El de dentro viene con filtro HEPA y objetivos trimestrales.

En la fábrica la cadena no para. Hay turnos para comer de doce minutos, turnos para ir al baño con cronómetro en la puerta y turnos para toser. Si toses fuera de tu franja te descuentan productividad en la app. Si no toses en un mes, Recursos Humanos te manda a revisión: baja adhesión al ideario. Aquí la fiebre es un Indicador Clave de Desempeño. Máxima optimizada: 37,8. Por encima, te vas a casa sin sueldo y con un tutorial de “Cómo bajar la fiebre con mentalidad growth”. Por debajo, te quedas y empujas. A 37,8, exacta, te dan una chapa de punto dulce y sales en el tabloide digital de la empresa. Mi compañera Rosa lleva tres años con migraña. La ascendieron cuando aprendió a usar Excel con un ojo cerrado, no podía de dolor. Manu, de Logística, se desmayó el martes después de una caída aparatosa y volvió el miércoles con una vía en el brazo y una pegatina de Empleado del mes. La vía la engancha a la máquina con bluetooth -Así no pierde tiempo en desplazamientos- explicó el coordinador. Sinergia biosanitaria. Vamos, que el futuro ya tose aquí.

En el comedor masticamos y tragamos en silencio, cada uno con su bandeja, su dolor etiquetado y su código QR para valorar la menestra. Nos dimos los buenos días la mañana en que yo entré y aún nos dura. Ya no preguntamos “cómo estás”. Preguntamos “Cuánto te queda” para el descanso, para la jubilación, para que te den el kit de artrosis conmemorativa a los diez años…

Yo aprendí a llorar sin ruido en el baño de minusválidos, el único sin cámara ni altavoz motivacional. Me siento en la tapa, cierro bien la boca y cuento hasta treinta, que es lo que dura la canción de “Pausa activa”. Aprendí a echar fuera el agua que me ahoga, en tragos pequeños, para que no salte la alarma de humedad ni me la imputen como “pérdida de fluido operativo”. El llanto no suma, es merma. Si te ven te apuntan a “Gestión Emocional Eficiente” de 6:00 a 6:15, no retribuido, pero con diploma en PDF. Pensar en positivo es obligatorio desde la circular 14-B. El pesimismo lastra el PIB interdepartamental y apaga la máquina de café, es lo que hay.

Ayer inauguraron la nueva nave: Bienestar- Planta Norte. Tiene luces bajas para que no veas tus ojeras, música de pájaros grabados en 2019, antes de extinguirse el presupuesto, y una máquina de café que te hace test de estrés antes de darte el cortado. Si marcas “mal” te imprime una frase como “¡Tu puedes con todo y con más!” y te devuelve a tu puesto con un vale de -2% de fatiga percibida. “Resiliencia es rentabilidad” dice el póster de la entrada…

Anoche soñé que barría. Barría pastillas sueltas, vendas con caritas dibujadas, justificantes caducados, etiquetas de “Frágil”. Lo barría todo hacia dentro, hacia mí, con eficiencia germánica. Al despertar, el suelo de mi casa estaba limpio. En el correo: Solicitud de baja médica denegada. Motivo: constante vital suficiente para tareas administrativas y para sonreír en la foto de equipo. Ánimo, campeona. Adjuntamos enlace a la webCómo convertir tu hernia en una oportunidad

A las 11 suena la sirena de pausa activa. Tenemos que estirar como si abrazáramos los objetivos, es la consigna. Rosa cierra su ojo bueno y aprueba el Q3 con la mirada. Manu brinda con suero. Yo mantengo la respiración y busco huelga en el diccionario corporativo y descubro que lo borraron en la actualización 3.1. Ahora se llama pausa estratégica de realineación con catering.

Hoy me he mirado las manos antes de fichar la salida. Tiemblan. Es la primera pieza que fabrico sin código de barras. No la puedo escanear. La he guardado en el bolsillo del mono junto al bote de Profilaxis por si un día la cerradura cede. Por si un día la enfermedad pide el finiquito.

Así y todo, los cuerpos se enteran antes que uno mismo y saben que, cuando la enfermedad produce, curarse es sabotaje. Que cuando el síntoma cotiza en bolsa, la salud se vuelve absentismo y el hígado, sin que te enteres, te hace un ERTE por menos de nada.

Así que ficho. Empujo. Produzco. Y en el baño sin cámara, echo fuera el agua que me ahoga, gota a gota, para no inundar la línea ni cortocircuitar la máquina del café. Y así hasta que alguien deje de barrer hacia dentro y abra de una patada el zulo. Hasta que olvidarnos de nosotros mismos deje de ser el core business y pase a ser, con suerte, sólo un mal recuerdo, eso sí, con paga extra.



Entre luces - Marga Pérez



Entre luces

Siempre que pienso en ella me veo en el rellano del tercero, entre luces. No arriba, donde vivía mamá y nos gritaba: “¡subir ya!. Allí, con ella, siempre estuvieron los focos que ciegan. Ni abajo, donde la oscuridad traga, en el piso al que papá se mudó después de que murió la abuela. ¡Bajar de una vez, coño! – decía cuando pasaban días sin entrar a verlo y oía nuestras prisas- Yo me veo en medio, en el parpadeo de ese tiempo que no sale en los relojes. El que vive en los rellanos, a media altura, con la llave en la mano y la respiración agitada. De niña tenía el escalón que servía para jugar a los cromos, hablar con mi hermano, sentarnos a llorar o escondernos de los mayores.

Que la luz de la escalera durase sesenta segundos y que al llegar a los cincuenta y nueve parpadease quizá tuvo algo que ver. La luz parpadea y te avisa: ¡decide! O pulsas otra vez o te quedas a oscuras. Yo vivía en ese parpadeo, en el casi, en el ya no pero todavía si y, siempre me pillaba en el tercero. Respiraba. Pulsaba. Subía. Entre el segundo que ya pasó y el cuarto que no llegaba. Allí el aire no era de nadie, y yo lo atrapaba mientras la luz parpadea.

Mi madre decía que la luz de la escalera era cortesía de la comunidad. Para mi era el único momento del día anónimo. No era hija, ni vecina, ni divorciada, ni trabajadora. Sólo era cuerpo subiendo después de un largo día.

Ella llegó en marzo con un niño, caja de libros y ojeras de no necesito nada. Se instaló en el cuarto y la ayudé a subir sus cosas.

-Dura un minuto- Le dije

-Lo sé- dijo ella- Llevo toda la vida en uno.

Me vi otra vez en el rellano con la maleta y el divorcio colgando después de dieciocho años fuera.

En el tercero se paró conmigo. Cincuenta y nueve segundos. El minutero parpadeó. No dijimos nada. No preguntó. No pulsamos. El niño tampoco lloró y después de un rato ella sacó el móvil. La luz de la pantalla nos pintó la cara de azul. Parecíamos muertas guapas o vivas feas que parece lo mismo, o quizá no…

-¿Y ahora?- pregunté

- Ahora aprenderemos a andar a oscuras- dijo

Al llegar al cuarto ella abrió la puerta y yo me quedé en el rellano. Olía a vainilla y a papel viejo.

Desde entonces nos encontrábamos entre luces. Ni arriba ni abajo. Siempre en el tercero, como en la infancia.

El minutero de la escalera un día murió, era martes, murió sin aviso ni parpadeo. El casero tardó nueve días en cambiarlo y nos obligó a usar la linterna del móvil. Yo dejé vela y cerillas en el rellano. Alguien la encendía cada noche. No sé quien, la verdad. No pregunté.

Una noche subí y la vela estaba encendida con una nota: Hoy no puedo con las tinieblas. Necesito luz u oscuridad, los términos medios me matan. Y lo entendí.

Cuando cambiaron el minutero pusieron noventa segundos de led. Treinta de regalo, dijo el dueño del edificio. Ya no parpadeaba, se apagaba de golpe y sin avisar. Sin decidir. Los vecinos dijeron que era una mejora, pero yo lo viví como una amputación.

Dejé de pararme en el tercero y subía del tirón. Noventa segundos dan para subir sin parar. Para no pensar. Y yo necesitaba pensar.

Ayer coincidí con ella en el portal, iba sin niño y con ojeras nuevas, de las que pesan menos. Subimos juntas en silencio. En el tercero no nos paramos, ya no hacía falta, el minutero llegó a los noventa y nos sobraron dieciséis. Los usamos para asomarnos a la azotea y mirar la noche. Me dio un libro “Para la que se quede” tenía una dedicatoria: No hay luz buena, hay luz tuya. No volví a verla.

Ahora yo puse un regulador nuevo. Se enciende de a poco y de a poco se apaga. Tarda cinco segundos en hacerlo. Cinco segundos de casi, de todavía no, de decide... Cinco segundos míos. Y me quedo ahí, entre luces, viendo cómo llega, cómo se va y cómo vuelve. Sin contar, sin correr, sin necesitar, sin respirar. Sólo estando.







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Turno de paseo - Esperanza Tirado

                                         

 

 


Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se marchan dejando el parque limpio, casi más que cuando llegaron.

Sus humanos están muy bien educados. Aunque hay alguno más inquieto que tironea hacia las palomas o al olor de los churros recién hechos.

Pero los perros mantienen la disciplina con firmeza:


¡Suelta ese palo! ¡Qué manía tiene con traerlos a casa!


¿El tuyo ya duerme bien?


Bueno, solo si le dejo el móvil cerca.


En el parque, los humanos hacen lo suyo.

Cuando termina la hora del paseo, los perros recogen juguetes y abrigos y llaman a silbido corto:


¡Vamos, chicos! ¡A casa!







 

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A TRAVÉS DE LA LLUVIA - Marga Pérez

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A través de la lluvia


Se puso un día de perros. Lluvia buscaba el paraguas dándole vueltas a su nombre y sus consecuencias. Sus padres seguro que desconocían la crueldad de sus compañeros porque no entendía cómo se les había ocurrido ese nombre, aquí, donde no paraba de llover.

Lluvia creía que costarle tanto pensar de manera lúcida tenía mucho que ver con esa niebla persistente instalada en su cabeza. Su cuerpo sudaba a todas horas, sus manos mojaban lo que tocaban y su espalda chorreaba. Vivía en las nubes ¡Era LLUVIA!

- ¿No podría tener unos padres normales?...

- ¿Y si se cambiase de nombre? ... …

No había dónde guarecerse. Se empapaba y no lo sentía, estaba costumbrada.

Las manos húmedas resbalaban entre libros y cachivaches adolescentes buscando el paraguas y no vio al joven que se le acercó por detrás, la cobijaba con su paraguas. Al oírle hablar se dio cuenta que no estaba sola. Le sonreía a pesar de estar tan mojado como ella. Caminaron juntos, apretados. Charlaron después frente a un refresco y rieron con ganas. Lluvia sintió disiparse su niebla mental. El día de perros pasó a ser menos trágico y, orgullosa, descubrió que su nombre, a él, le entusiasmaba. Aquella noche no llovió.



Paragüas huérfanos - Esperanza Tirado

                                         

 

 


Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se marchan, antes de que el sonido de las sirenas de los zetas se escuche por la plaza. Aunque siempre se les queda algún paraguas huérfano que encuentra dueño enseguida. Los agentes llegan corriendo, pero lo único que encuentran es la plaza vacía,

Los vendedores van y vienen, como el viento y los paraguas, que nadie reclama.

Y ya son demasiados nombres, demasiadas caras borradas, un puñado de huérfanos que nadie sabrá de quién eran. O a donde iban.



 

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