Primero me enfadé mucho con
él, luego llegó una tristeza inmensa para después sentirme tan culpable que no
era capaz de perdonarme. No estaba
preparada para algo así, costándome asimilarlo, de ahí mis diferentes estados
de ánimo, mi alma y mi mente eran un revoltijo hasta que tomé una decisión, no
compartida ni comprendida pero no había vuelta atrás.
Se murió, de repente, un día
como otro cualquiera, estábamos en casa cada uno por su lado, él tumbado frente
al televisor yo atareada ordenando, limpiando y recogiendo, para variar.
Mira que se lo dije muchas
veces, muévete algo, sal a la calle, deja de comer porquerías de bolsa, cuídate
que ya estamos mayores. Nada, no sólo no
me hizo caso, sino que enfadado protestaba, ejercitaba eso de “un buen ataque
es mejor que una defensa” y así le fue.
Sus análisis siempre eran
mejores que los míos, no tenía dolores de reuma como yo ni dolores de cabeza
por una mala digestión, se creía eterno hasta que se murió sin enterarse, de un
infarto.
Me había acostado como siempre
y él continuaba en el salón, tumbado con la televisión puesta. Me desperté a las doce y seguía igual. Me dormí otro rato y al comprobar que no
estaba en la cama me levanté para despertarle.
Estaba dormido con la pantalla encendida y el móvil en la mano. Sólo que no estaba dormido sino muerto, al
tocarle estaba frío, con lo caluroso que fue siempre, reñíamos por las mantas,
qué tontería me parece ahora.
Rápidamente llamé a
emergencias e intenté reanimarle, cuando llegaron en tromba no pudieron hacer
nada, según el informe de la autopsia llevaba cuatro horas muerto, y yo
durmiendo apaciblemente en la habitación de al lado.
En el tanatorio refugiándome
en la pequeña capilla no quise ver a nadie.
Se había marchado y me dejaba sola, sin avisar, mira que se lo dije
muchísimas veces, pero ni él ni yo éramos conscientes de su final. Estaba muy enfadada, no se lo perdonaba.
El primer mes los chicos
llamaban a diario, sus vidas andaban algo lejos y querían hacerme sentir su
cercanía. Se turnaban y me contaban sus
cosas intentando indagar como me encontraba.
Aturdida y sola, muy sola, aún no se lo perdonaba, luego el enfado mutó
en tristeza. Las amigas me animaban a
acompañarlas un rato, pero el verlas con sus maridos me entraba una congoja
irrefrenable, regresando a casa a la carrera, el cielo me pesaba más que nunca.
De la tristeza surgió la
culpa, evidentemente no le cuidaba, él en el salón muerto y yo gruñendo porque
aún seguía viendo los deportes. Si me
hubiera levantado e intentado despertarle quizás hubieran llegado a tiempo los
sanitarios, pero no, se había convertido en un incordio y mi egoísmo le mató,
estaba convencida que se murió por mi culpa, por mi ausencia.
En el día a día encontré momentos
de pensar, de cavilar cual iba a ser mi futuro, qué hacer con mi vida. Una idea empezó a instalarse en mi mente. Los chicos tenían sus familias, mis amigas
también y yo debía encontrar algo que hacer, el voluntariado estaba bien, pero
al final del día seguía tan sola como siempre, no, yo quería compañía además de
ser útil y tomé una decisión drástica.
Empecé a vender los enseres de
mi hogar por internet: jarrones, figuras de porcelana, platos decorativos e
incluso los disfraces de carnaval con los que tanto me había divertido. Iba a vaciar
mi casa, venderla y repartir el dinero entre mis nietos cuando fuesen mayores
de edad. Estaba decidida, había
encontrado un convento de monjas de clausura en un paraje de climatología benigna,
no quería agravar mi reuma, sería la solución perfecta, estaría acompañada además
de ayudar, me cuidarían cuando fuese mayor y cuidaría de las mayores. Las monjas suelen ser generosas y muy
cariñosas entre sí, era consciente que las condiciones de vida no son como en
casa, me aclimataría y sería feliz además de expiar mi culpa por la muerte de
mi marido.
Lo difícil fue el cabo de año,
familia y amigos acudieron a la iglesia, pero al pasar por casa y ver el piso
prácticamente vacío, pensaron que me había vuelto loca, convencerles que mi
decisión era la mejor me costó, se ofrecían a cuidarme, a alojarme en sus casas
atendiendo a los nietos, a buscarme un piso cerca de ellos, de todo me
ofrecieron, pero con mucho dolor lo rechacé, seguir cada uno su camino era lo
más acertado, podrían visitarme una vez al mes y mantendríamos el
contacto. Obvié contarles lo culpable
que me sentía por la muerte de su padre y la clausura redimiría mi calvario.
Estoy feliz, todas son muy
amables, el trabajo no es tan duro como aguantar a un jefe o correr en pos de
un autobús, lo único que echo en falta es un colchón más cómodo, mis huesos ya
empiezan a estar viejos y aunque el trote diario los mantiene en forma, también
los va desgastando, sé que fue una decisión drástica, pero de momento no me
arrepiento.

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