Premio al vacío - Esperanza Tirado


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Sus textos serán insufribles, nadie entenderá nada, vaticinaron. Pero el premio será suyo.

Alguien propuso otro ganador. Nadie argumentó. Nadie discutió.

En la gala, otro invitado intentó citarle y se quedó a mitad de frase, olvidando cómo continuar.

El silencio que siguió pareció formar parte del discurso. El público aplaudió, con cortesía, sin demasiado entusiasmo.

Alguien buscó sus libros. Estaban. Alguien los abrió. También.

Pero en cuanto levantaban la vista de la página, ya no sabían decir qué habían leído.



 

 

 

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45 grados a la sombra - Marga Pérez

 

                                         Termómetro urbano hi-res stock photography and images - Alamy




Aquel día, cuando salí, supe que algo iba a pasar. El calor me abofeteó como nunca antes lo hiciera. Así y todo, salí y me senté en el parque, bajo el árbol más frondoso que encontré y en un banco de cemento. Respiraba mal y sudaba sin más. Buscaba un frescor que no existía. De repente algo cayó y me rozó. Un gorrión moría en el suelo a mi lado. Moría en silencio. Cayó como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para sostenerlo. El sol quemaba. El asfalto rezumaba alquitrán. Un pájaro tras otro, fueron cayendo, de cabeza, con las alas extendidas en un último intento de vuelo fallido. Vi con horror cómo un niño soltó su helado al ver a uno estrellarse frente a él. La bola de chocolate se derritió nada más tocar el suelo, pero el niño no lloró. Se quedó quieto, mirando, como si entendiera qué era lo que pasaba.

Las gaviotas no caían, pero no eran las de siempre. Se peleaban, atacaban a los niños, picoteaban a los que apartaban los gorriones, chillaban como locas.

Los humanos tardaron algo más en quebrarse. Carmen, la señora del kiosco, se desplomó detrás del mostrador. La encontraron con los dedos apretados alrededor de una botella de agua sin abrir. El repartidor de GLOVO respiraba como si cada intento le arrancase un trozo de pulmón. Dejó la moto en medio de la calle y se sentó en el suelo. Lo recogieron unos en un coche, llevaba aún el casco puesto. En el hospital no quedaban camas. La gente dejó de salir, se encerró en casa. El parque quedó vacío. Yo seguí yendo al mismo banco, bajo el árbol más frondoso. No tenía fuerzas para más. Me sentaba y miraba los cuerpos desperdigados. Las gaviotas no me atacaban, miraban, al acecho, como si supieran que estaba demasiado cansada para ser una amenaza.

Las noches eran infernales. El ventilador giraba y giraba removiendo un calor que no tenía a dónde ir. No podía dormir. Pensaba en qué sería lo siguiente. Daba vueltas y más vueltas. Me angustiaba el final.

A la semana el calor cedió. Las ambulancias dejaron de sonar. La ciudad respiró. Los pájaros dejaron de caer. Las gaviotas volvieron a ser ellas mismas ... En el kiosco colgaron un cartel gastado: “Cerrado por vacaciones”. Nadie volvió a estar detrás de aquel mostrador.

Ahora la temperatura es de record y no me afecta. Es fácil es acostumbrarse al horror…

Yo sigo yendo al parque. Me siento en mi banco y miro las ramas vacías, las gaviotas que acechan, las mamás que esperan a sus hijos, los niños que corren y

juegan … no puedo evitarlo, sé que no debería, pero… mirándolos, me pregunto si tendrán futuro, aunque, no sé si soy capaz de aguantar la respuesta.




 

 

 

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No sé cómo sucedió - Marga Pérez

                                     Zapatos Incómodos, Sexismo En La Moda Y Concepto Del Dolor Del Pie Con ...

 

 

 

No sé cómo sucedió ni cuándo, sólo sé que dejé de ser Alba para pasar a ser Lucía. Y duele. Si, duele como esos zapatos estrechos y una talla más pequeños que nos empeñamos en usar. Al principio aprietan, luego rozan y cuando ya dejas de sentir los dedos, te convences de que lo que duele no son los zapatos, es tu forma de caminar.

Me llamo Alba pero durante años contesté por Lucía. Lucía era puntual, en las reuniones decía “me parece interesante tu punto de vista” aunque le pareciera un horror, se reía de chistes con los que habría salido corriendo. Lucía ascendió, tenía pareja estable, fotos de Brunch y vacaciones paradisíacas en Instagram, pero no tenía insomnio. Yo sí. Yo tenía todo lo demás.

El dolor empezó un viernes. En el baño de la oficina me lavé la cara y el espejo me devolvió a otra. Tenía mi nariz, mis ojeras, mi piel, pero la boca no era la mía. Aquella sonrisa forzada de no sabía qué no era mía. Toqué los labios, estaban fríos y tirantes, como si fueran prestados.

Ese día no volví al piso que compartía con Mateo. El quería a Lucía. Ella hacía lo que a el le gustaba: Le hacía las tortillas poco hechas, le planchaba las camisas con apresto, los miércoles hacían juntos el ayuno establecido y acudían también al gimnasio, los sábados caminaba a su lado en la ruta de senderismo, los domingos se encamaba con el para recuperar fuerzas. Yo odio la plancha, el orden, el ejercicio y la cama en exceso me deja baldada.

Subí al autobús. Me bajé en una parada que no era la mía y caminé. Lloviznaba. La ciudad olía a tierra mojada y a pan caliente. Entré en la primera tienda que vi abierta. Era una librería de barrio con un gato en el escaparate, dormía.

-¿Tienes cuadernos en blanco?- pregunté

La mujer del mostrador levantó la vista. Tenía los dedos manchados de tinta azul y su nombre en el delantal, Remedios

-Todos están en blanco hasta que escribes- dijo- ¿Para qué lo quieres?

-Para ser- dije sin pensar lo que decía.

Me dio uno de tapas verdes, sin líneas, sin cuadrícula, para que escribas como quieras, dijo.

Caminé sin prisa, sin rumbo, bajo la lluvia. Me senté en una marquesina y abrí el cuaderno. La primera página me miró como un perro abandonado. No pude escribir... No sé cuánto tiempo estuve allí.

Me llamo Alba. Taché. Me duelen los zapatos. Mejor, y seguí. Hoy me duelen las caras que pongo. Subrayé duelen. La tinta se corrió con la lluvia. Parecía que las palabras lloraban.

El lunes no volví a la oficina. Llamé y dije que estaba enferma. Y era verdad. Volví a casa de mis padres. Mi madre abrió la puerta y dijo: -Hola, Lucía. - No, soy Alba, dije. Parpadeó, sonrió como si llevara tiempo esperándome. - Pasa Alba, hoy hice lentejas -. Me quité los zapatos de tacón que Lucía usaba a diario. Tenía los dedos blancos, apretados, con formas de otra vida y me puse unas zapatillas viejas y grandes. Me sentí bien con ellas.

Al llegar a casa dejé a Mateo, así, sin paños calientes. Sólo le dije: - No me llamo como tú me llamas- Y no lo entendió. Me dijo que estaba estresada que lo hablábamos después de acabar el proyecto, pero no hubo un después. Lo dejé con la palabra en la boca.

Durante semanas fui a la Librería de Remedios. No compraba nada. Me sentaba en el segundo escalón de la escalera que iba al altillo y escribía. Remedios me dejaba un termo con manzanilla al lado. Sin preguntar. Sin querer saber. El gato se me subía al regazo. Pesaba y daba calor. De siete a ocho acudía allí a ser yo, sin Lucía, sin Mateo, sin “me parece interesante…”

Un día Remedios se sentó a mi lado y me dijo -¿Sabes por qué duele? Y no esperó a que contestara - Duele porque estás apretando para caber en un sitio que no es el tuyo-

Dejé el trabajo un mes después, el día que mi jefe dijo: Lucía. ¿te quedas hoy hasta tarde? A ti se te dan bien estas cosas. Le contesté - No. Sólo eso, sin explicaciones, tampoco me disculpé. El “no” me supo a manzanilla caliente, a tinta azul en los dedos, a gato pesando sobre mis piernas.

Ahora trabajo en la librería con Remedios. Todavía duele a veces. Ser yo es como estrenar pies y hay días en que todavía tropiezo con Lucía. Me sale su voz y toso, la echo fuera. Ya no vivo con el dolor. Anoche escribí en el cuaderno: Dejar de esconderme alivia el dolor de no ser Alba. Lo leí en alto y el gato ronroneó, Remedios me miró risueña y yo me reconocí en esa bonita voz.

 

 

 

 

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Procesos - Esperanza Tirado

                                     

 

 


Sus textos serán insufribles al principio: llenos de faltas de ortografía, vocabulario pretencioso, mala sintaxis y mil fallos más. Pero no se rinde ante las críticas. Y decide tomarlos como punto de partida. Y escribe y tacha. Y tacha y escribe. Y, sobre todo, lee. Con paciencia, su torpeza su torpeza se afina hasta llegar a ser un estilo propio. Un día alguien subraya una frase suya y la guarda para siempre.



 

 

 

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Noticias que huelen a menta- Marga Pérez


                                           Foto De Perfil De Un Cartero Entregando Una Carta a Una Anciana Imagen ... 


Adriano era cartero rural. Tenía cincuenta y seis años, una moto amarilla y una saca de lona que, gracias a internet, cada día pesaba menos.

Repartía a Villafría del Rio, un pueblo de trescientas casas infrahabitadas y cuatrocientos buzones casi siempre vacíos. Antes, cuando las noticias eran de papel, la saca le dejaba una marca roja en el hombro, de amor, de facturas, de postales de Benidorm con un si estuvieras aquí... Ahora llevaba propaganda de supermercados y notificaciones de la Caja Rural, única entidad que operaba en la zona. Todo lo demás llegaba por el aire, sin sobre, sin sello, sin cartero.

Los martes era mal día para Adriano. Le tocaba el barrio de Las Peñas. Era un lugar de casas bajas y muy envejecido, geranios en las ventanas y perros que ya no ladraban, lo conocían de toda la vida. Los buzones vacíos dejaban a la vista telarañas de no usar. Dña. Carmen, la de la 14, lo esperaba siempre sentada en el muro, aunque hiciera frío. Tenía noventa y tantos, pañuelo al cuello, mandil a cuadros y zapatillas de fieltro. Noventa y tantos años difuminados en negro.

-¿Hay algo, hijo?- preguntaba.

Adriano iba negando con la cabeza antes de llegar y así y todo ella preguntaba igual.

-Hoy no, doña Carmen.

-Hoy no y la otra semana tampoco- decía ella y le daba un caramelo de menta, para el camino, decía, que se hace largo sin cartas.

Adriano guardaba los caramelos en el bolsillo de la camisa. No los comía, los dejaba en un cajón de la cocina. Ciento catorce caramelos de menta, tantos como semanas sin carta para doña Carmen.

Su hijo vivía en Alemania desde hacía sabe dios cuánto. Llamaba por Navidad y mandaba mensajes de voz que ella olvidaba cómo poder escuchar.

-Dile que me escriba- le pedía a Adriano cada martes -aunque sea una línea, que yo todavía sé leer.

Adriano asentía.

Un mUn miércoles Adriano se sentó en su cocina, sacó papel del de verdad, con cuadrícula, buscó un bolígrafo que pintara y escribió: “Querida madre: Aquí hace frío pero la gente es buena. Trabajo mucho y como bien. Me acuerdo de ti y de los geranios. Te mando un abrazo que aunque tarda en llegar, llega. Tu hijo.

No firNo firmó con nombre, sólo tu hijo, a secas. Buscó un sobre, pegó un sello y a escondidas lo mataselló el mismo. Al día siguiente, jueves, no tocaba Las Peñas pero fue igual.

Doña Doña Carmen no estaba en el muro. Salió secándose las manos en el mandil y se sorprendió cuando Adriano sacó la carta. Se la dio con las dos manos, como se dan los presentes y el pan bendito. Ella buscó las gafas y se las ajustó. Leyó despacio, con el dedo. Cuando terminó, dobló el papel en cuatro y se lo guardó en el pecho. Miraba hacia dentro, sin ver, con alivio.

-¿Ves ¿Ves como si escribe?- dijo. Y le dio dos caramelos.

El maEl martes siguiente doña Carmen no estaba en el muro, estaba dentro, con la puerta entreabierta.

-Pasa, -Pasa hijo- dijo- Tengo que contestar

Ella dElla dictó y el escribió en el mismo papel cuadriculado: “Querido hijo: Aquí hace sol. Los geranios están bien. El cartero es bueno y me trae tus cartas. Come bien y no pases frío. Te espero en el muro. Tu madre”.

Le diLe dio la carta a Adriano y el la llevó a la oficina y la guardó en su taquilla. No tenía a donde mandarla.

Así AAsí pasaron seis meses. Martes y jueves. Carta y respuesta. Doña Carmen regó los geranios con más entusiasmo y el buzón de la 14 perdió las telarañas.

En mEn marzo, doña Carmen no abrió la puerta. La vecina dio parte de que se había quedado dormida para siempre, con una carta en la mano, y… ya está.

AdriaAdriano fue al entierro y llevó los ciento dieciséis caramelos de menta en una caja de zapatos. Se la dejó allí al lado, para el camino, pensó, que se hace largo sin cartas.

AdriaAdriano siguió repartiendo. Los vecinos le dejaban notas con las cartas. Adriano, esta es para mi nieto ¿se la guardas? Adriano, si ves a mi hermana dale… Ahora todos los buzones tenían escrito su nombre a mano. El las recogía, las leía y muchas las contestaba por las noches, siempre en papel de cuadrícula. Las repartía. Eran cartas que no iban a ningunas manos, pero regresaban a todos los corazones. Adriano se convirtió en el cartero de las noticias que hacían falta. Las noticias que tardaban, las que no tienen prisa, las que se escribían a mano y se guardaban en el pecho. Las que huelen a menta.

 

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Wonderland -Esperanza Tirado


                                               

 

 

Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Alicia se escuchó a sí misma mientras alisaba la falda de su traje gris, demasiado serio para aquel bosque que respiraba en colores.

Un Conejo Blanco la miró de arriba abajo y consultó su reloj.


Llegas tarde —confirmó—. Como todos los adultos.

 

Alicia no había vuelto allí desde que, siendo niña, se coló por una madriguera en el hueco de un tronco de árbol al final del jardín.

Durante la merienda de ‘no cumpleaños’ el Sombrerero Loco la había mirado y le había dicho que el tiempo no se pierde, solo se esconde.

Alicia dejó de alisarse la falda y suspiró, con una sonrisa de recuerdo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no miró el reloj. El tic-tac siguió sin ella.



 

 

 

 

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La fábrica que tose - Marga Pérez


La fábrica que tose

La enfermedad es nuestro sistema productivo. Lo pone en el manual de bienvenida, página tres, entre el plano de evacuación y la foto del director con sonrisa de folleto dental.

Aquí no se falta, se optimiza. Aquí no se muere, se te cambia de turno.

Yo entré sana. O eso creía. Tenía veinticuatro años, las rodillas nuevas y la ingenuidad intacta. El primer día me dieron una bata, una tarjeta magnética y un bote de pastillas “por si acaso” – Profilaxis- dijo la de prevención sin levantar la vista del ordenador. -Somos previsores. El cuerpo avisa tarde y el Excel, nunca-

A la semana ya me dolía la espalda con personalidad propia, como si me hubieran instalado una bisagra mal engrasada en la L4. -Buena señal- dijo mi encargada, significa que estás integrada, el edificio ya te reconoce.

A las ocho en punto, en torno a la entrada, tenías que coger aire en la calle, pasabas la tarjeta, cruzabas y lo soltabas ya dentro. Era deporte corporativo: apnea sincronizada. El aire de fuera no cotiza. El de dentro viene con filtro HEPA y objetivos trimestrales.

En la fábrica la cadena no para. Hay turnos para comer de doce minutos, turnos para ir al baño con cronómetro en la puerta y turnos para toser. Si toses fuera de tu franja te descuentan productividad en la app. Si no toses en un mes, Recursos Humanos te manda a revisión: baja adhesión al ideario. Aquí la fiebre es un Indicador Clave de Desempeño. Máxima optimizada: 37,8. Por encima, te vas a casa sin sueldo y con un tutorial de “Cómo bajar la fiebre con mentalidad growth”. Por debajo, te quedas y empujas. A 37,8, exacta, te dan una chapa de punto dulce y sales en el tabloide digital de la empresa. Mi compañera Rosa lleva tres años con migraña. La ascendieron cuando aprendió a usar Excel con un ojo cerrado, no podía de dolor. Manu, de Logística, se desmayó el martes después de una caída aparatosa y volvió el miércoles con una vía en el brazo y una pegatina de Empleado del mes. La vía la engancha a la máquina con bluetooth -Así no pierde tiempo en desplazamientos- explicó el coordinador. Sinergia biosanitaria. Vamos, que el futuro ya tose aquí.

En el comedor masticamos y tragamos en silencio, cada uno con su bandeja, su dolor etiquetado y su código QR para valorar la menestra. Nos dimos los buenos días la mañana en que yo entré y aún nos dura. Ya no preguntamos “cómo estás”. Preguntamos “Cuánto te queda” para el descanso, para la jubilación, para que te den el kit de artrosis conmemorativa a los diez años…

Yo aprendí a llorar sin ruido en el baño de minusválidos, el único sin cámara ni altavoz motivacional. Me siento en la tapa, cierro bien la boca y cuento hasta treinta, que es lo que dura la canción de “Pausa activa”. Aprendí a echar fuera el agua que me ahoga, en tragos pequeños, para que no salte la alarma de humedad ni me la imputen como “pérdida de fluido operativo”. El llanto no suma, es merma. Si te ven te apuntan a “Gestión Emocional Eficiente” de 6:00 a 6:15, no retribuido, pero con diploma en PDF. Pensar en positivo es obligatorio desde la circular 14-B. El pesimismo lastra el PIB interdepartamental y apaga la máquina de café, es lo que hay.

Ayer inauguraron la nueva nave: Bienestar- Planta Norte. Tiene luces bajas para que no veas tus ojeras, música de pájaros grabados en 2019, antes de extinguirse el presupuesto, y una máquina de café que te hace test de estrés antes de darte el cortado. Si marcas “mal” te imprime una frase como “¡Tu puedes con todo y con más!” y te devuelve a tu puesto con un vale de -2% de fatiga percibida. “Resiliencia es rentabilidad” dice el póster de la entrada…

Anoche soñé que barría. Barría pastillas sueltas, vendas con caritas dibujadas, justificantes caducados, etiquetas de “Frágil”. Lo barría todo hacia dentro, hacia mí, con eficiencia germánica. Al despertar, el suelo de mi casa estaba limpio. En el correo: Solicitud de baja médica denegada. Motivo: constante vital suficiente para tareas administrativas y para sonreír en la foto de equipo. Ánimo, campeona. Adjuntamos enlace a la webCómo convertir tu hernia en una oportunidad

A las 11 suena la sirena de pausa activa. Tenemos que estirar como si abrazáramos los objetivos, es la consigna. Rosa cierra su ojo bueno y aprueba el Q3 con la mirada. Manu brinda con suero. Yo mantengo la respiración y busco huelga en el diccionario corporativo y descubro que lo borraron en la actualización 3.1. Ahora se llama pausa estratégica de realineación con catering.

Hoy me he mirado las manos antes de fichar la salida. Tiemblan. Es la primera pieza que fabrico sin código de barras. No la puedo escanear. La he guardado en el bolsillo del mono junto al bote de Profilaxis por si un día la cerradura cede. Por si un día la enfermedad pide el finiquito.

Así y todo, los cuerpos se enteran antes que uno mismo y saben que, cuando la enfermedad produce, curarse es sabotaje. Que cuando el síntoma cotiza en bolsa, la salud se vuelve absentismo y el hígado, sin que te enteres, te hace un ERTE por menos de nada.

Así que ficho. Empujo. Produzco. Y en el baño sin cámara, echo fuera el agua que me ahoga, gota a gota, para no inundar la línea ni cortocircuitar la máquina del café. Y así hasta que alguien deje de barrer hacia dentro y abra de una patada el zulo. Hasta que olvidarnos de nosotros mismos deje de ser el core business y pase a ser, con suerte, sólo un mal recuerdo, eso sí, con paga extra.