Andamios - Marian Muñoz

                                            Fachada De La Nueva Casa Con El Andamio, La Pared Blanca Y La Ventana ...

 

 Está haciendo un día de perros y no me importa. Lo que son las cosas, hace seis meses estaba hecho polvo, pero la vida puede darte un vuelco y ponerse todo patas arriba. Es como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, un milagro inesperado.

Tengo las ventanas de casa tapiadas con andamios, mis vecinos tuvieron la ocurrencia de arreglar la fachada, había dinero y subvenciones, el momento adecuado y tenían que aprovecharlo. La Unión Europea tan generosa nos iba a pagar los arreglos, el edificio los necesitaba. Las obras empezaron en la peor etapa de mi vida.

Mis padres acababan de fallecer en accidente de tren. Ese tan gordo en el que murieron tantas personas, queriendo el ministerio lavarse las manos echando la culpa a quien fabricaba las vías. ¡Miserables! Si en vez de haber tanto jefecillo chupando de mis impuestos contrataran más personal de mantenimiento, ningún accidente ocurriría. Fue tan de repente, sin poder despedirme y con el regusto amargo de una discusión fuerte el día antes del viaje. La culpabilidad me machacaba no pudiendo hablarlo con nadie porque nadie me haría sentirme mejor.

No sé si por mi estado anímico de esos días o porque el destino me tenía preparada esa jugada, mi novia me deja por el idiota de mi primo, ¡en buena hora los presenté! Me pilló con el pie cambiado y me hundí, un bajón bastante importante que trataba de superar volcándome en el trabajo.

Empecé a sentir nuevamente los rallos del sol cuando mi empresa cierra por impagos. Todos al paro y para casa. Fue el remate, no me importaba nada y empecé a pensar que tirarme desde el balcón a la calle podría ser buena solución a mis conflictos mentales. Se acabaría todo y sería una buena manera de culpabilizar a los demás de mis desgracias.

Decidido a ello, había escogido el día y la forma, adormecí mis sentidos con alcohol abriendo la puerta del balcón decidido a tirarme. ¡No pude! Los andamios tapaban todo el espacio incluso con una malla de seguridad en todo el perímetro. Apenas veía la calle a través de los tubos, estaba tan pedo que no se me ocurrió otra manera de quitarme de en medio, decidí dormir la mona esperando que al despertar esos andamios no estuvieran.

Ahí seguían y seguían, eran un freno a mi deseo de no existir. Durante esos días me volví apático, bebía más que comía, adormilado empecé a entretenerme con la televisión, videos del móvil, comprobando que nadie se acordaba de mí, nadie preguntaba cuál era mi ánimo ni siquiera la familia más cercana, ¡menuda mierda de vida!

El verano llegaba con muchísimo calor y para no ahogarme empecé por abrir ventanas y el balcón por ver si algo de aire entraba por ellas. Una noche estando tumbado en la cama mirando fijamente el móvil, sentí una presencia en el dormitorio. Tengo pánico tanto a los fantasmas como a los ladrones siempre me han atemorizado. Antes de encender la luz vi unos ojos brillantes mirándome fijamente. Con el corazón desbocado apreté la pera de la lámpara llevándome un susto morrocotudo al ver que tenía delante un pequeño gatito. Era de pelaje negro con manchitas blancas. No paraba de maullar, tan asustado seguramente como yo. Nunca he tenido mascotas y tampoco he sentido necesidad de tenerlas así que no sabía cómo comportarme. En cuanto me moví echó a correr por toda la casa, escondiéndose por los rincones en busca de refugio. Dejé que se calmara igual que yo, cerré la ventana y la puerta de mi dormitorio e intenté dormirme, aunque no lo conseguía, su maullido lastimero me daba cierto repelús.

A pesar del contratiempo conseguí pillar por fin un sueño reparador y a la mañana siguiente ni me acordaba de él, hasta que tomando el café apareció por la puerta de la cocina maullando sin parar, debía tener sed y hambre. Le puse una taza con agua y otra con leche y fui a asearme. Por alguna razón después de tanto tiempo tenía ganas de hacerlo. Cuando volví las dos tazas estaban vacías, ¡pobre animal estaba peor que yo! Intenté acercarme para ver si tenía collar y pertenecía a alguien, pues no, no había nada en su cuello ni en sus orejas y había cogido tanta confianza que se paseaba por la casa sin esconderse.

Aquel bicho empezó a hacerme tanta gracia que bajé a la calle en busca de una tienda de animales, les conté el caso y me orientaron sobre cómo actuar. Lo primero ganarme su cariño y luego llevarlo al veterinario para ver si tenía chip y devolverlo a su dueño. Ese proceso me llevó unos días en los que mi ánimo estaba enfocado en ayudar al gato, hasta le puse nombre “Chatín” porque tenía muy poquita nariz.

El pequeño animal está muy a gusto en casa, tiene su zona preferida donde le puse una camita, los cuencos de comida y agua siempre están llenos y es muy limpio usando el arenero. Un compañero de piso ideal, cuando tiene ganas de mimos se acerca y si no, está muy a gusto recorriendo los andamios cuando no están los obreros, porque siempre vuelve, sabe que ahora tiene un hogar y ha llegado en el momento justo para reforzar mi estado anímico. Volví a encontrar un trabajo, no tan bueno como el anterior, pero al menos me siento útil y productivo, su compañía ha realizado un milagro y por supuesto esos andamios también han tenido un papel importante, tanto es así, que ya están empezando a desmontarlos y me siento triste por ello, pero no hundido, todavía tengo fuerzas para seguir nadando y salir a flote.



 

Está haciendo un día de perros y no me importa. Lo que son las cosas, hace seis meses estaba hecho polvo, pero la vida puede darte un vuelco y ponerse todo patas arriba. Es como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, un milagro inesperado.

Tengo las ventanas de casa tapiadas con andamios, mis vecinos tuvieron la ocurrencia de arreglar la fachada, había dinero y subvenciones, el momento adecuado y tenían que aprovecharlo. La Unión Europea tan generosa nos iba a pagar los arreglos, el edificio los necesitaba. Las obras empezaron en la peor etapa de mi vida.

Mis padres acababan de fallecer en accidente de tren. Ese tan gordo en el que murieron tantas personas, queriendo el ministerio lavarse las manos echando la culpa a quien fabricaba las vías. ¡Miserables! Si en vez de haber tanto jefecillo chupando de mis impuestos contrataran más personal de mantenimiento, ningún accidente ocurriría. Fue tan de repente, sin poder despedirme y con el regusto amargo de una discusión fuerte el día antes del viaje. La culpabilidad me machacaba no pudiendo hablarlo con nadie porque nadie me haría sentirme mejor.

No sé si por mi estado anímico de esos días o porque el destino me tenía preparada esa jugada, mi novia me deja por el idiota de mi primo, ¡en buena hora los presenté! Me pilló con el pie cambiado y me hundí, un bajón bastante importante que trataba de superar volcándome en el trabajo.

Empecé a sentir nuevamente los rallos del sol cuando mi empresa cierra por impagos. Todos al paro y para casa. Fue el remate, no me importaba nada y empecé a pensar que tirarme desde el balcón a la calle podría ser buena solución a mis conflictos mentales. Se acabaría todo y sería una buena manera de culpabilizar a los demás de mis desgracias.

Decidido a ello, había escogido el día y la forma, adormecí mis sentidos con alcohol abriendo la puerta del balcón decidido a tirarme. ¡No pude! Los andamios tapaban todo el espacio incluso con una malla de seguridad en todo el perímetro. Apenas veía la calle a través de los tubos, estaba tan pedo que no se me ocurrió otra manera de quitarme de en medio, decidí dormir la mona esperando que al despertar esos andamios no estuvieran.

Ahí seguían y seguían, eran un freno a mi deseo de no existir. Durante esos días me volví apático, bebía más que comía, adormilado empecé a entretenerme con la televisión, videos del móvil, comprobando que nadie se acordaba de mí, nadie preguntaba cuál era mi ánimo ni siquiera la familia más cercana, ¡menuda mierda de vida!

El verano llegaba con muchísimo calor y para no ahogarme empecé por abrir ventanas y el balcón por ver si algo de aire entraba por ellas. Una noche estando tumbado en la cama mirando fijamente el móvil, sentí una presencia en el dormitorio. Tengo pánico tanto a los fantasmas como a los ladrones siempre me han atemorizado. Antes de encender la luz vi unos ojos brillantes mirándome fijamente. Con el corazón desbocado apreté la pera de la lámpara llevándome un susto morrocotudo al ver que tenía delante un pequeño gatito. Era de pelaje negro con manchitas blancas. No paraba de maullar, tan asustado seguramente como yo. Nunca he tenido mascotas y tampoco he sentido necesidad de tenerlas así que no sabía cómo comportarme. En cuanto me moví echó a correr por toda la casa, escondiéndose por los rincones en busca de refugio. Dejé que se calmara igual que yo, cerré la ventana y la puerta de mi dormitorio e intenté dormirme, aunque no lo conseguía, su maullido lastimero me daba cierto repelús.

A pesar del contratiempo conseguí pillar por fin un sueño reparador y a la mañana siguiente ni me acordaba de él, hasta que tomando el café apareció por la puerta de la cocina maullando sin parar, debía tener sed y hambre. Le puse una taza con agua y otra con leche y fui a asearme. Por alguna razón después de tanto tiempo tenía ganas de hacerlo. Cuando volví las dos tazas estaban vacías, ¡pobre animal estaba peor que yo! Intenté acercarme para ver si tenía collar y pertenecía a alguien, pues no, no había nada en su cuello ni en sus orejas y había cogido tanta confianza que se paseaba por la casa sin esconderse.

Aquel bicho empezó a hacerme tanta gracia que bajé a la calle en busca de una tienda de animales, les conté el caso y me orientaron sobre cómo actuar. Lo primero ganarme su cariño y luego llevarlo al veterinario para ver si tenía chip y devolverlo a su dueño. Ese proceso me llevó unos días en los que mi ánimo estaba enfocado en ayudar al gato, hasta le puse nombre “Chatín” porque tenía muy poquita nariz.

El pequeño animal está muy a gusto en casa, tiene su zona preferida donde le puse una camita, los cuencos de comida y agua siempre están llenos y es muy limpio usando el arenero. Un compañero de piso ideal, cuando tiene ganas de mimos se acerca y si no, está muy a gusto recorriendo los andamios cuando no están los obreros, porque siempre vuelve, sabe que ahora tiene un hogar y ha llegado en el momento justo para reforzar mi estado anímico. Volví a encontrar un trabajo, no tan bueno como el anterior, pero al menos me siento útil y productivo, su compañía ha realizado un milagro y por supuesto esos andamios también han tenido un papel importante, tanto es así, que ya están empezando a desmontarlos y me siento triste por ello, pero no hundido, todavía tengo fuerzas para seguir nadando y salir a flote.



 

 

 

 

Está haciendo un día de perros y no me importa. Lo que son las cosas, hace seis meses estaba hecho polvo, pero la vida puede darte un vuelco y ponerse todo patas arriba. Es como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, un milagro inesperado.

Tengo las ventanas de casa tapiadas con andamios, mis vecinos tuvieron la ocurrencia de arreglar la fachada, había dinero y subvenciones, el momento adecuado y tenían que aprovecharlo. La Unión Europea tan generosa nos iba a pagar los arreglos, el edificio los necesitaba. Las obras empezaron en la peor etapa de mi vida.

Mis padres acababan de fallecer en accidente de tren. Ese tan gordo en el que murieron tantas personas, queriendo el ministerio lavarse las manos echando la culpa a quien fabricaba las vías. ¡Miserables! Si en vez de haber tanto jefecillo chupando de mis impuestos contrataran más personal de mantenimiento, ningún accidente ocurriría. Fue tan de repente, sin poder despedirme y con el regusto amargo de una discusión fuerte el día antes del viaje. La culpabilidad me machacaba no pudiendo hablarlo con nadie porque nadie me haría sentirme mejor.

No sé si por mi estado anímico de esos días o porque el destino me tenía preparada esa jugada, mi novia me deja por el idiota de mi primo, ¡en buena hora los presenté! Me pilló con el pie cambiado y me hundí, un bajón bastante importante que trataba de superar volcándome en el trabajo.

Empecé a sentir nuevamente los rallos del sol cuando mi empresa cierra por impagos. Todos al paro y para casa. Fue el remate, no me importaba nada y empecé a pensar que tirarme desde el balcón a la calle podría ser buena solución a mis conflictos mentales. Se acabaría todo y sería una buena manera de culpabilizar a los demás de mis desgracias.

Decidido a ello, había escogido el día y la forma, adormecí mis sentidos con alcohol abriendo la puerta del balcón decidido a tirarme. ¡No pude! Los andamios tapaban todo el espacio incluso con una malla de seguridad en todo el perímetro. Apenas veía la calle a través de los tubos, estaba tan pedo que no se me ocurrió otra manera de quitarme de en medio, decidí dormir la mona esperando que al despertar esos andamios no estuvieran.

Ahí seguían y seguían, eran un freno a mi deseo de no existir. Durante esos días me volví apático, bebía más que comía, adormilado empecé a entretenerme con la televisión, videos del móvil, comprobando que nadie se acordaba de mí, nadie preguntaba cuál era mi ánimo ni siquiera la familia más cercana, ¡menuda mierda de vida!

El verano llegaba con muchísimo calor y para no ahogarme empecé por abrir ventanas y el balcón por ver si algo de aire entraba por ellas. Una noche estando tumbado en la cama mirando fijamente el móvil, sentí una presencia en el dormitorio. Tengo pánico tanto a los fantasmas como a los ladrones siempre me han atemorizado. Antes de encender la luz vi unos ojos brillantes mirándome fijamente. Con el corazón desbocado apreté la pera de la lámpara llevándome un susto morrocotudo al ver que tenía delante un pequeño gatito. Era de pelaje negro con manchitas blancas. No paraba de maullar, tan asustado seguramente como yo. Nunca he tenido mascotas y tampoco he sentido necesidad de tenerlas así que no sabía cómo comportarme. En cuanto me moví echó a correr por toda la casa, escondiéndose por los rincones en busca de refugio. Dejé que se calmara igual que yo, cerré la ventana y la puerta de mi dormitorio e intenté dormirme, aunque no lo conseguía, su maullido lastimero me daba cierto repelús.

A pesar del contratiempo conseguí pillar por fin un sueño reparador y a la mañana siguiente ni me acordaba de él, hasta que tomando el café apareció por la puerta de la cocina maullando sin parar, debía tener sed y hambre. Le puse una taza con agua y otra con leche y fui a asearme. Por alguna razón después de tanto tiempo tenía ganas de hacerlo. Cuando volví las dos tazas estaban vacías, ¡pobre animal estaba peor que yo! Intenté acercarme para ver si tenía collar y pertenecía a alguien, pues no, no había nada en su cuello ni en sus orejas y había cogido tanta confianza que se paseaba por la casa sin esconderse.

Aquel bicho empezó a hacerme tanta gracia que bajé a la calle en busca de una tienda de animales, les conté el caso y me orientaron sobre cómo actuar. Lo primero ganarme su cariño y luego llevarlo al veterinario para ver si tenía chip y devolverlo a su dueño. Ese proceso me llevó unos días en los que mi ánimo estaba enfocado en ayudar al gato, hasta le puse nombre “Chatín” porque tenía muy poquita nariz.

Está haciendo un día de perros y no me importa. Lo que son las cosas, hace seis meses estaba hecho polvo, pero la vida puede darte un vuelco y ponerse todo patas arriba. Es como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, un milagro inesperado.

Tengo las ventanas de casa tapiadas con andamios, mis vecinos tuvieron la ocurrencia de arreglar la fachada, había dinero y subvenciones, el momento adecuado y tenían que aprovecharlo. La Unión Europea tan generosa nos iba a pagar los arreglos, el edificio los necesitaba. Las obras empezaron en la peor etapa de mi vida.

Mis padres acababan de fallecer en accidente de tren. Ese tan gordo en el que murieron tantas personas, queriendo el ministerio lavarse las manos echando la culpa a quien fabricaba las vías. ¡Miserables! Si en vez de haber tanto jefecillo chupando de mis impuestos contrataran más personal de mantenimiento, ningún accidente ocurriría. Fue tan de repente, sin poder despedirme y con el regusto amargo de una discusión fuerte el día antes del viaje. La culpabilidad me machacaba no pudiendo hablarlo con nadie porque nadie me haría sentirme mejor.

No sé si por mi estado anímico de esos días o porque el destino me tenía preparada esa jugada, mi novia me deja por el idiota de mi primo, ¡en buena hora los presenté! Me pilló con el pie cambiado y me hundí, un bajón bastante importante que trataba de superar volcándome en el trabajo.

Empecé a sentir nuevamente los rallos del sol cuando mi empresa cierra por impagos. Todos al paro y para casa. Fue el remate, no me importaba nada y empecé a pensar que tirarme desde el balcón a la calle podría ser buena solución a mis conflictos mentales. Se acabaría todo y sería una buena manera de culpabilizar a los demás de mis desgracias.

Decidido a ello, había escogido el día y la forma, adormecí mis sentidos con alcohol abriendo la puerta del balcón decidido a tirarme. ¡No pude! Los andamios tapaban todo el espacio incluso con una malla de seguridad en todo el perímetro. Apenas veía la calle a través de los tubos, estaba tan pedo que no se me ocurrió otra manera de quitarme de en medio, decidí dormir la mona esperando que al despertar esos andamios no estuvieran.

Ahí seguían y seguían, eran un freno a mi deseo de no existir. Durante esos días me volví apático, bebía más que comía, adormilado empecé a entretenerme con la televisión, videos del móvil, comprobando que nadie se acordaba de mí, nadie preguntaba cuál era mi ánimo ni siquiera la familia más cercana, ¡menuda mierda de vida!

El verano llegaba con muchísimo calor y para no ahogarme empecé por abrir ventanas y el balcón por ver si algo de aire entraba por ellas. Una noche estando tumbado en la cama mirando fijamente el móvil, sentí una presencia en el dormitorio. Tengo pánico tanto a los fantasmas como a los ladrones siempre me han atemorizado. Antes de encender la luz vi unos ojos brillantes mirándome fijamente. Con el corazón desbocado apreté la pera de la lámpara llevándome un susto morrocotudo al ver que tenía delante un pequeño gatito. Era de pelaje negro con manchitas blancas. No paraba de maullar, tan asustado seguramente como yo. Nunca he tenido mascotas y tampoco he sentido necesidad de tenerlas así que no sabía cómo comportarme. En cuanto me moví echó a correr por toda la casa, escondiéndose por los rincones en busca de refugio. Dejé que se calmara igual que yo, cerré la ventana y la puerta de mi dormitorio e intenté dormirme, aunque no lo conseguía, su maullido lastimero me daba cierto repelús.

A pesar del contratiempo conseguí pillar por fin un sueño reparador y a la mañana siguiente ni me acordaba de él, hasta que tomando el café apareció por la puerta de la cocina maullando sin parar, debía tener sed y hambre. Le puse una taza con agua y otra con leche y fui a asearme. Por alguna razón después de tanto tiempo tenía ganas de hacerlo. Cuando volví las dos tazas estaban vacías, ¡pobre animal estaba peor que yo! Intenté acercarme para ver si tenía collar y pertenecía a alguien, pues no, no había nada en su cuello ni en sus orejas y había cogido tanta confianza que se paseaba por la casa sin esconderse.

Aquel bicho empezó a hacerme tanta gracia que bajé a la calle en busca de una tienda de animales, les conté el caso y me orientaron sobre cómo actuar. Lo primero ganarme su cariño y luego llevarlo al veterinario para ver si tenía chip y devolverlo a su dueño. Ese proceso me llevó unos días en los que mi ánimo estaba enfocado en ayudar al gato, hasta le puse nombre “Chatín” porque tenía muy poquita nariz.

El pequeño animal está muy a gusto en casa, tiene su zona preferida donde le puse una camita, los cuencos de comida y agua siempre están llenos y es muy limpio usando el arenero. Un compañero de piso ideal, cuando tiene ganas de mimos se acerca y si no, está muy a gusto recorriendo los andamios cuando no están los obreros, porque siempre vuelve, sabe que ahora tiene un hogar y ha llegado en el momento justo para reforzar mi estado anímico. Volví a encontrar un trabajo, no tan bueno como el anterior, pero al menos me siento útil y productivo, su compañía ha realizado un milagro y por supuesto esos andamios también han tenido un papel importante, tanto es así, que ya están empezando a desmontarlos y me siento triste por ello, pero no hundido, todavía tengo fuerzas para seguir nadando y salir a flote.



El pequeño animal está muy a gusto en casa, tiene su zona preferida donde le puse una camita, los cuencos de comida y agua siempre están llenos y es muy limpio usando el arenero. Un compañero de piso ideal, cuando tiene ganas de mimos se acerca y si no, está muy a gusto recorriendo los andamios cuando no están los obreros, porque siempre vuelve, sabe que ahora tiene un hogar y ha llegado en el momento justo para reforzar mi estado anímico. Volví a encontrar un trabajo, no tan bueno como el anterior, pero al menos me siento útil y productivo, su compañía ha realizado un milagro y por supuesto esos andamios también han tenido un papel importante, tanto es así, que ya están empezando a desmontarlos y me siento triste por ello, pero no hundido, todavía tengo fuerzas para seguir nadando y salir a flote.




 

 

 

 

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Premio al vacío - Esperanza Tirado


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Sus textos serán insufribles, nadie entenderá nada, vaticinaron. Pero el premio será suyo.

Alguien propuso otro ganador. Nadie argumentó. Nadie discutió.

En la gala, otro invitado intentó citarle y se quedó a mitad de frase, olvidando cómo continuar.

El silencio que siguió pareció formar parte del discurso. El público aplaudió, con cortesía, sin demasiado entusiasmo.

Alguien buscó sus libros. Estaban. Alguien los abrió. También.

Pero en cuanto levantaban la vista de la página, ya no sabían decir qué habían leído.



 

 

 

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45 grados a la sombra - Marga Pérez

 

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Aquel día, cuando salí, supe que algo iba a pasar. El calor me abofeteó como nunca antes lo hiciera. Así y todo, salí y me senté en el parque, bajo el árbol más frondoso que encontré y en un banco de cemento. Respiraba mal y sudaba sin más. Buscaba un frescor que no existía. De repente algo cayó y me rozó. Un gorrión moría en el suelo a mi lado. Moría en silencio. Cayó como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para sostenerlo. El sol quemaba. El asfalto rezumaba alquitrán. Un pájaro tras otro, fueron cayendo, de cabeza, con las alas extendidas en un último intento de vuelo fallido. Vi con horror cómo un niño soltó su helado al ver a uno estrellarse frente a él. La bola de chocolate se derritió nada más tocar el suelo, pero el niño no lloró. Se quedó quieto, mirando, como si entendiera qué era lo que pasaba.

Las gaviotas no caían, pero no eran las de siempre. Se peleaban, atacaban a los niños, picoteaban a los que apartaban los gorriones, chillaban como locas.

Los humanos tardaron algo más en quebrarse. Carmen, la señora del kiosco, se desplomó detrás del mostrador. La encontraron con los dedos apretados alrededor de una botella de agua sin abrir. El repartidor de GLOVO respiraba como si cada intento le arrancase un trozo de pulmón. Dejó la moto en medio de la calle y se sentó en el suelo. Lo recogieron unos en un coche, llevaba aún el casco puesto. En el hospital no quedaban camas. La gente dejó de salir, se encerró en casa. El parque quedó vacío. Yo seguí yendo al mismo banco, bajo el árbol más frondoso. No tenía fuerzas para más. Me sentaba y miraba los cuerpos desperdigados. Las gaviotas no me atacaban, miraban, al acecho, como si supieran que estaba demasiado cansada para ser una amenaza.

Las noches eran infernales. El ventilador giraba y giraba removiendo un calor que no tenía a dónde ir. No podía dormir. Pensaba en qué sería lo siguiente. Daba vueltas y más vueltas. Me angustiaba el final.

A la semana el calor cedió. Las ambulancias dejaron de sonar. La ciudad respiró. Los pájaros dejaron de caer. Las gaviotas volvieron a ser ellas mismas ... En el kiosco colgaron un cartel gastado: “Cerrado por vacaciones”. Nadie volvió a estar detrás de aquel mostrador.

Ahora la temperatura es de record y no me afecta. Es fácil es acostumbrarse al horror…

Yo sigo yendo al parque. Me siento en mi banco y miro las ramas vacías, las gaviotas que acechan, las mamás que esperan a sus hijos, los niños que corren y

juegan … no puedo evitarlo, sé que no debería, pero… mirándolos, me pregunto si tendrán futuro, aunque, no sé si soy capaz de aguantar la respuesta.




 

 

 

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No sé cómo sucedió - Marga Pérez

                                     Zapatos Incómodos, Sexismo En La Moda Y Concepto Del Dolor Del Pie Con ...

 

 

 

No sé cómo sucedió ni cuándo, sólo sé que dejé de ser Alba para pasar a ser Lucía. Y duele. Si, duele como esos zapatos estrechos y una talla más pequeños que nos empeñamos en usar. Al principio aprietan, luego rozan y cuando ya dejas de sentir los dedos, te convences de que lo que duele no son los zapatos, es tu forma de caminar.

Me llamo Alba pero durante años contesté por Lucía. Lucía era puntual, en las reuniones decía “me parece interesante tu punto de vista” aunque le pareciera un horror, se reía de chistes con los que habría salido corriendo. Lucía ascendió, tenía pareja estable, fotos de Brunch y vacaciones paradisíacas en Instagram, pero no tenía insomnio. Yo sí. Yo tenía todo lo demás.

El dolor empezó un viernes. En el baño de la oficina me lavé la cara y el espejo me devolvió a otra. Tenía mi nariz, mis ojeras, mi piel, pero la boca no era la mía. Aquella sonrisa forzada de no sabía qué no era mía. Toqué los labios, estaban fríos y tirantes, como si fueran prestados.

Ese día no volví al piso que compartía con Mateo. El quería a Lucía. Ella hacía lo que a el le gustaba: Le hacía las tortillas poco hechas, le planchaba las camisas con apresto, los miércoles hacían juntos el ayuno establecido y acudían también al gimnasio, los sábados caminaba a su lado en la ruta de senderismo, los domingos se encamaba con el para recuperar fuerzas. Yo odio la plancha, el orden, el ejercicio y la cama en exceso me deja baldada.

Subí al autobús. Me bajé en una parada que no era la mía y caminé. Lloviznaba. La ciudad olía a tierra mojada y a pan caliente. Entré en la primera tienda que vi abierta. Era una librería de barrio con un gato en el escaparate, dormía.

-¿Tienes cuadernos en blanco?- pregunté

La mujer del mostrador levantó la vista. Tenía los dedos manchados de tinta azul y su nombre en el delantal, Remedios

-Todos están en blanco hasta que escribes- dijo- ¿Para qué lo quieres?

-Para ser- dije sin pensar lo que decía.

Me dio uno de tapas verdes, sin líneas, sin cuadrícula, para que escribas como quieras, dijo.

Caminé sin prisa, sin rumbo, bajo la lluvia. Me senté en una marquesina y abrí el cuaderno. La primera página me miró como un perro abandonado. No pude escribir... No sé cuánto tiempo estuve allí.

Me llamo Alba. Taché. Me duelen los zapatos. Mejor, y seguí. Hoy me duelen las caras que pongo. Subrayé duelen. La tinta se corrió con la lluvia. Parecía que las palabras lloraban.

El lunes no volví a la oficina. Llamé y dije que estaba enferma. Y era verdad. Volví a casa de mis padres. Mi madre abrió la puerta y dijo: -Hola, Lucía. - No, soy Alba, dije. Parpadeó, sonrió como si llevara tiempo esperándome. - Pasa Alba, hoy hice lentejas -. Me quité los zapatos de tacón que Lucía usaba a diario. Tenía los dedos blancos, apretados, con formas de otra vida y me puse unas zapatillas viejas y grandes. Me sentí bien con ellas.

Al llegar a casa dejé a Mateo, así, sin paños calientes. Sólo le dije: - No me llamo como tú me llamas- Y no lo entendió. Me dijo que estaba estresada que lo hablábamos después de acabar el proyecto, pero no hubo un después. Lo dejé con la palabra en la boca.

Durante semanas fui a la Librería de Remedios. No compraba nada. Me sentaba en el segundo escalón de la escalera que iba al altillo y escribía. Remedios me dejaba un termo con manzanilla al lado. Sin preguntar. Sin querer saber. El gato se me subía al regazo. Pesaba y daba calor. De siete a ocho acudía allí a ser yo, sin Lucía, sin Mateo, sin “me parece interesante…”

Un día Remedios se sentó a mi lado y me dijo -¿Sabes por qué duele? Y no esperó a que contestara - Duele porque estás apretando para caber en un sitio que no es el tuyo-

Dejé el trabajo un mes después, el día que mi jefe dijo: Lucía. ¿te quedas hoy hasta tarde? A ti se te dan bien estas cosas. Le contesté - No. Sólo eso, sin explicaciones, tampoco me disculpé. El “no” me supo a manzanilla caliente, a tinta azul en los dedos, a gato pesando sobre mis piernas.

Ahora trabajo en la librería con Remedios. Todavía duele a veces. Ser yo es como estrenar pies y hay días en que todavía tropiezo con Lucía. Me sale su voz y toso, la echo fuera. Ya no vivo con el dolor. Anoche escribí en el cuaderno: Dejar de esconderme alivia el dolor de no ser Alba. Lo leí en alto y el gato ronroneó, Remedios me miró risueña y yo me reconocí en esa bonita voz.

 

 

 

 

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Procesos - Esperanza Tirado

                                     

 

 


Sus textos serán insufribles al principio: llenos de faltas de ortografía, vocabulario pretencioso, mala sintaxis y mil fallos más. Pero no se rinde ante las críticas. Y decide tomarlos como punto de partida. Y escribe y tacha. Y tacha y escribe. Y, sobre todo, lee. Con paciencia, su torpeza su torpeza se afina hasta llegar a ser un estilo propio. Un día alguien subraya una frase suya y la guarda para siempre.



 

 

 

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Noticias que huelen a menta- Marga Pérez


                                           Foto De Perfil De Un Cartero Entregando Una Carta a Una Anciana Imagen ... 


Adriano era cartero rural. Tenía cincuenta y seis años, una moto amarilla y una saca de lona que, gracias a internet, cada día pesaba menos.

Repartía a Villafría del Rio, un pueblo de trescientas casas infrahabitadas y cuatrocientos buzones casi siempre vacíos. Antes, cuando las noticias eran de papel, la saca le dejaba una marca roja en el hombro, de amor, de facturas, de postales de Benidorm con un si estuvieras aquí... Ahora llevaba propaganda de supermercados y notificaciones de la Caja Rural, única entidad que operaba en la zona. Todo lo demás llegaba por el aire, sin sobre, sin sello, sin cartero.

Los martes era mal día para Adriano. Le tocaba el barrio de Las Peñas. Era un lugar de casas bajas y muy envejecido, geranios en las ventanas y perros que ya no ladraban, lo conocían de toda la vida. Los buzones vacíos dejaban a la vista telarañas de no usar. Dña. Carmen, la de la 14, lo esperaba siempre sentada en el muro, aunque hiciera frío. Tenía noventa y tantos, pañuelo al cuello, mandil a cuadros y zapatillas de fieltro. Noventa y tantos años difuminados en negro.

-¿Hay algo, hijo?- preguntaba.

Adriano iba negando con la cabeza antes de llegar y así y todo ella preguntaba igual.

-Hoy no, doña Carmen.

-Hoy no y la otra semana tampoco- decía ella y le daba un caramelo de menta, para el camino, decía, que se hace largo sin cartas.

Adriano guardaba los caramelos en el bolsillo de la camisa. No los comía, los dejaba en un cajón de la cocina. Ciento catorce caramelos de menta, tantos como semanas sin carta para doña Carmen.

Su hijo vivía en Alemania desde hacía sabe dios cuánto. Llamaba por Navidad y mandaba mensajes de voz que ella olvidaba cómo poder escuchar.

-Dile que me escriba- le pedía a Adriano cada martes -aunque sea una línea, que yo todavía sé leer.

Adriano asentía.

Un mUn miércoles Adriano se sentó en su cocina, sacó papel del de verdad, con cuadrícula, buscó un bolígrafo que pintara y escribió: “Querida madre: Aquí hace frío pero la gente es buena. Trabajo mucho y como bien. Me acuerdo de ti y de los geranios. Te mando un abrazo que aunque tarda en llegar, llega. Tu hijo.

No firNo firmó con nombre, sólo tu hijo, a secas. Buscó un sobre, pegó un sello y a escondidas lo mataselló el mismo. Al día siguiente, jueves, no tocaba Las Peñas pero fue igual.

Doña Doña Carmen no estaba en el muro. Salió secándose las manos en el mandil y se sorprendió cuando Adriano sacó la carta. Se la dio con las dos manos, como se dan los presentes y el pan bendito. Ella buscó las gafas y se las ajustó. Leyó despacio, con el dedo. Cuando terminó, dobló el papel en cuatro y se lo guardó en el pecho. Miraba hacia dentro, sin ver, con alivio.

-¿Ves ¿Ves como si escribe?- dijo. Y le dio dos caramelos.

El maEl martes siguiente doña Carmen no estaba en el muro, estaba dentro, con la puerta entreabierta.

-Pasa, -Pasa hijo- dijo- Tengo que contestar

Ella dElla dictó y el escribió en el mismo papel cuadriculado: “Querido hijo: Aquí hace sol. Los geranios están bien. El cartero es bueno y me trae tus cartas. Come bien y no pases frío. Te espero en el muro. Tu madre”.

Le diLe dio la carta a Adriano y el la llevó a la oficina y la guardó en su taquilla. No tenía a donde mandarla.

Así AAsí pasaron seis meses. Martes y jueves. Carta y respuesta. Doña Carmen regó los geranios con más entusiasmo y el buzón de la 14 perdió las telarañas.

En mEn marzo, doña Carmen no abrió la puerta. La vecina dio parte de que se había quedado dormida para siempre, con una carta en la mano, y… ya está.

AdriaAdriano fue al entierro y llevó los ciento dieciséis caramelos de menta en una caja de zapatos. Se la dejó allí al lado, para el camino, pensó, que se hace largo sin cartas.

AdriaAdriano siguió repartiendo. Los vecinos le dejaban notas con las cartas. Adriano, esta es para mi nieto ¿se la guardas? Adriano, si ves a mi hermana dale… Ahora todos los buzones tenían escrito su nombre a mano. El las recogía, las leía y muchas las contestaba por las noches, siempre en papel de cuadrícula. Las repartía. Eran cartas que no iban a ningunas manos, pero regresaban a todos los corazones. Adriano se convirtió en el cartero de las noticias que hacían falta. Las noticias que tardaban, las que no tienen prisa, las que se escribían a mano y se guardaban en el pecho. Las que huelen a menta.

 

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Wonderland -Esperanza Tirado


                                               

 

 

Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Alicia se escuchó a sí misma mientras alisaba la falda de su traje gris, demasiado serio para aquel bosque que respiraba en colores.

Un Conejo Blanco la miró de arriba abajo y consultó su reloj.


Llegas tarde —confirmó—. Como todos los adultos.

 

Alicia no había vuelto allí desde que, siendo niña, se coló por una madriguera en el hueco de un tronco de árbol al final del jardín.

Durante la merienda de ‘no cumpleaños’ el Sombrerero Loco la había mirado y le había dicho que el tiempo no se pierde, solo se esconde.

Alicia dejó de alisarse la falda y suspiró, con una sonrisa de recuerdo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no miró el reloj. El tic-tac siguió sin ella.



 

 

 

 

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