Prescripción facultativa - Marian Muñoz

                                  Ilustración de Sistema De Digestión De Flatulencias Icono Doodle ...

 

 

Como periodista siempre estoy a la caza de noticias que interesen al lector. Los temas pueden ser diversos, pero protagonistas de carne y hueso son los más apreciados porque de la vida de otros siempre se puede aprender o alguna moraleja sacar.

Nuestra protagonista de hoy es Carmina, de edad indefinida como toda mujer que se cuida. Muy apañada al percibir una pequeña pensión, aún se vale por sí misma y por consecuencia vive sola. Su hijo al que cariñosamente llama “mi Ramonchu” vive en otra ciudad. Tanto él como sus amigas la tienen como huraña y extravagante, sólo porque no gusta de frecuentar cafeterías o restaurantes y cuando tiene visita trata enseguida de deshacerse de ella. Diríamos que es una mala anfitriona.

Cada quince días “mi Ramonchu” y su marido van a su casa a comer, una pareja encantadora que impepinablemente terminan renegando pues nada más terminar el café pos comida siempre les echa de casa con diversas artimañas. En realidad, las apariencias engañan porque Carmina es un pedazo de pan. Su comportamiento es causado por un problema intestinal de estreñimiento. Problema controlado gracias a unas maravillosas pastillas recetadas por su médico, lo malo es que, tras ingerir alimentos, dicha medicación provoca gases, mejor dicho, flatulencias. El galeno recomienda expulsarlos siempre porque mantenerlos en su interior pueden ser peligrosos. Por dicha razón Carmina tras cada comida tiene que echar cuescos. Para los que no os enteráis, pedos, pedetes o pedorros según lo que hubiera ingerido en ese día.

Nuestra protagonista está concienciada y no desea propagar su fragancia al resto de comensales, ya se sabe, el comedor de un restaurante es un recinto cerrado con mesas cercanas y algunos pueden sentirse abrumados por su reciente almuerzo. En casa más de lo mismo, por eso en cuanto toman el postre o café, con buenos modos echa a su hijo y su yerno, el asunto le avergüenza tanto que no les confiesa su problema.

Cada vez que “Mi Ramonchu” la visita intenta convencerla de ingresar en una residencia, estaría más cuidada y sin tanto trajín de compras, limpieza o soledad. Aunque su secreta intención es la de ocupar la casa de sus padres, más espaciosa que su pequeño apartamento. Su madre ni lo contempla ¿cómo iba a expulsar sus ventosidades, recetadas por el facultativo, estando rodeada de viejas, aunque también huelan a pañal húmedo? No, siempre respondía que aún no estaba preparada, por no agraviarle.

Ella vive feliz en su casa, aireándola para no saturar el ambiente. Los años van pesando y Carmina al caerse por un tropezón se hizo un esguince de muñeca. No podía cocinar, ni cortar, ni barrer, al no deber forzar su mano. “Mi Ramonchu” estuvo al quite aconsejándola irse por unos días a una residencia donde la atenderían en todo lo necesario para poder curarse. En ese momento no le importaría, pero tendría que ser una en la que pudiera airearse a gusto sin molestar a residentes ni visitantes, porque sus problemas intestinales son su mayor preocupación.

Reservaron plaza en el asilo, lugar idóneo al disponer de habitaciones muy amplias, salas de estar inmensas y un detalle muy importante, grandes terrazas y bonitos jardines. Mientras su hijo se frotaba las manos planeando su nuevo alojamiento, ella se decidió. La asistente social inició los trámites ante la Seguridad Social. Para su sorpresa Carmina no cobraba pensión de viudedad. ¡Imposible! dijo ella, todos los meses entra un ingreso en mi cuenta del banco, no es muy grande, pero con él me apaño, ¡tiene que ser un error!

La trabajadora contactó con su hijo, ignorante del tema. Éste acercó a su madre al banco para indagar quien le hacía su ingreso mensual, y no, no era la Seguridad Social sino un fondo hipotecario. Al morir su marido nadie había reclamado la pensión de viudedad, su hijo ni se preocupó y ella recibiendo esa pequeña paga le pareció suficiente. Puestos al habla con el citado fondo, les informaron que su padre y marido había contratado una Hipoteca inversa, cada mes pagaban una cantidad acordada hasta que ambos fallecieran y si abandonaban el piso, el fondo se haría cargo del mismo.

Mi Ramonchu” se quedó descompuesto, no podía trasladarse a la vivienda de su madre y gracias a la solicitud de la asistente social le reconocieron a ella una pensión de viudedad. Al recibir dos pagas, nuestra protagonista pudo optar a una habitación individual, donde podía tirar, según prescripción facultativa, los pedos, pedetes y pedorros que se le antojaran sin molestar a ninguna compañera, eso sí aireando debidamente cada día para que las monjitas no se marearan.



 

 

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