
Solo me deja llevarlo un rato, pero con eso me conformo. Mientras arropo al bebé y le hago cosquillas, me siento renacer. Le canto bajito, lo acuno, siento su calor, o quizá es el mío el que se transmite.
A veces, cuando me asalta el impulso de darle el pecho, disimulo, toso, digo que ya me pesa y le devuelvo el muñeco reborn a mi hermana.
—El
próximo que haga se llamará Alma —me promete.
Yo le sonrío,
agradecida, mientras la mía aún está sanando.

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