Malos aires - Esperanza Tirado

                                     Resultado de imagen de impresora en la oficina 



Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado. Y el runrún de la impresora nos daba los buenos días, mitigando el rencor, que aún flotaba en el ambiente, semiescondido entre los filtros de la ventilación, sin limpiar desde la noche de los tiempos, y que se podía cortar como mantequilla con un cuchillo.

Los gritos de discusiones previas hacían hueco a los nuevos en los armarios, llenos de documentación añeja, que amarilleaba un poco más ante la vergüenza del cruel intercambio de palabras. Los planos se replegaban un poco más en sí mismos difuminando las líneas de sus linderos. Los ordenadores funcionaban un poco más lentos, ante la tormenta que les caía encima. Los neones del techo titilaban, todavía asustados. Alguien llamaría a mantenimiento pensando en que tal vez estaban a punto de fundirse.

La próxima discusión absurda se calculaba disimuladamente en el calendario.

Y cada cual masticaba en su interior el destino de su próxima queja.

La víctima trabajaba impasible, atento a los datos de la pantalla que tenía delante.

Nadie sabía cuándo saltaría el resorte que daría paso al siguiente reproche, a una nueva queja, a un juramento gritado a los cuatro vientos, que bajaría a todos los santos del cielo y los haría enrojecer por la vergüenza de escuchar semejantes barbaridades de nuevo.

El rencor estaba enquistado entre el sudor, el calor y el cansancio general. Deseaba irse de allí. Pero nadie le abría una ventana para volar lejos y que se disipasen por fin los malos aires.

 

 

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