Desconexión - Dori Terán

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Cada mañana la rutina la llevaba a la estación. El sol aún dormía y la luz fría de las farolas alumbraban el camino. No necesitaba ninguna luz, aunque hubiese cerrado los ojos podría llegar a su destino. El recorrido diario se había grabado en sus pies como un implante inconsciente, seguro y manipulador de cada uno de sus pasos. A veces se preguntaba cómo había llegado a este nivel de automatismo. A menudo intentaba recordar si había cerrado con llave la puerta de su casa, si había bajado la basura, si tal vez la plancha quedó enchufada…si, si, si…, pero no lo conseguía. Todo estaba ejecutado de forma mecánica. Se quedaba tranquila sin dar más vueltas a la mente en el intento de recordar. Tenía asumido que todo se había realizado correctamente de forma mecánica.

Los acontecimientos presentes envueltos en bruma de incertidumbre e incredulidad, llevaban demasiado tiempo sucediéndose, existiendo como una amenaza que se cierne con premeditación y alevosía sobre la vida. Un virus inteligentemente asesino había llenado de miedo el aire que respiramos y los fallecidos se contaban a miles en todo el planeta. El hombre poderoso sediento de más y más poder se veía abatido y desbordado por nano partículas desconocidas en su origen y causando estragos diferentes en el funcionamiento de los aparatos y órganos del cuerpo humano. Dolor, sufrimiento, muerte.

Sabios, investigadores, científicos, virólogos, epidemiólogos, médicos y tantos titulados más con prestigiosas etiquetas y curriculum, no acertaban a explicar, a contener, a sanar la explosiva infección. La desorientación y el caos se fue adueñando de las mentes y los delirios de todo tipo invadieron la subsistencia de las personas. Temor, enfrentamiento, separación…suicidio.

La gente fue aislada en sus casas como fortaleza inexpugnable para el microbio. No se podía trabajar y pronto no se pudo comer. No se podía abrazar y pronto no se pudo amar. Los juicios y los prejuicios ocuparon el lugar del amor. Libertinos, irresponsables, asesinos.

Ella no quedó libre de subir cada día al tren. Su tarea laboral era necesaria según el B.O.E. Todo su ser, su corazón, su espíritu, su psique…necesitaba protección. Incapaz de solventar el terror que la acompañaba, lejos muy lejos de la calma y la lógica, sin saber cómo adquirir tan preciados tributos, decidió sin dudarlo DESCONECTAR. Y como un zombi se pone cada día la mascarilla obligatoria, lava sus manos compulsivamente y las llena de gel hidroalcohólico varias veces en la jornada a pesar del color rojizo de la piel que le avisa de la destrucción de las bacterias protectoras. No se percata. Duerme en la muerte del alma.

 

 

 

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Sus nombres en las piedras ( Los hijos de Santiago) - Esperanza Tirado

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Entre la niebla que envuelve la ciudad varias figuras caminan por sus calles. Algunas con prisas, otras despacio. Todas embozadas, pues el frío de la noche aún se acurruca en las piedras que conforman estas calles. Su historia está escrita en ellas. La de cada nacido entre esos muros, también hechos de piedra. Da igual su origen, todos tienen una piedra, su piedra, que habla de ellos. Su historia entera se puede leer en ella. Desde la casa más humilde a las paredes de la Catedral, siempre majestuosa.

Y la niebla susurra y acoge los secretos de todos, como otro habitante más. Guardando la piedra con un manto blanco y verde de humedad, que a veces protege y a veces daña, sin querer, a su ciudad; llena de piedras, llena de caminos, llena de historias, llena de sueños.

Con la niebla de la mañana suena la campanilla del torno. Hace demasiado frío, apenas si ha salido el sol; así que ha de ser alguien con gran necesidad.

La monja portera se levanta pesadamente de su silla, se arrebuja en su raída manta y a través de la puerta del torno musita un ‘Ave María Purísima’, que nadie responde. Espera unos minutos, hasta que el llanto de un bebé la despierta del todo.

¡Madre de Dios, una criatura! ¡Pobriña mía!

Y da la vuelta al torno para recoger un capazo raído en el que un bebé de apenas días llora, de hambre o frío. Da igual. Envuelto entre trapos es acogido en el hospital, que llaman. El Hospital Real, que es para todos los que vienen a esta ciudad, que a todos acoge, y a todos da calor y comida. Esa es su misión. Las piedras dan calor.

La monja envuelve entre sus mangas el capazo y camina por los fríos pasillos. Cruza el Claustro de San Marcos, donde el agua de la fuente está escarchada haciendo figuras en los caños. Siempre se detiene a mirar y siempre se asombra de esa magia de la mañana. Pero esta mañana es diferente. Tiene prisa.

Con el niño arrebujado corre lo más que le permiten sus cargadas piernas, enredadas entre sus gruesa saya; y por fin, llega a una sala enorme con camas, cunas y alacenas llenas de botes con puré y jarras de leche de granjas cercanas para alimentar a las criaturas que, como él, son llevadas hasta el torno. Hasta ellas, que cuidarán de todos los que lleguen.

La desesperación es mucha. Hay poco trabajo, poco dinero y casi siempre muchas bocas que alimentar. Algunos a veces mueren de pura necesidad. Los padres cargarán con esa cruz toda su vida, viviendo en una niebla perpetua. Pero la vida sigue y hay que buscar alimento y abrigo para los que quedan. Y para los que puedan venir después.

Y en el hospital, las monjas, aunque pobres, algo más tienen para mantener a esas criaturas desgraciadas. Como es un Hospital Real ellas tienen permiso para permanecer allí alojadas. Aunque no pueden moverse libremente por las dependencias. Tan solo por sus celdas, las cocinas, el refectorio menor, donde comen y rezan, la inclusa y la hospedería de mujeres.

Para asistir a misa tienen permiso para salir fuera, a la Catedral, el edificio más grande de la ciudad, que preside la Plaza principal. Que a las siete en punto abre sus puertas para ellas y para todos los peregrinos que llegan.

Pero en esta mañana no hay tiempo de misas. Santiago las perdonará después. El niño sigue llorando. La monja es asistida por otras dos compañeras más. Que enseguida abren armarios y sacan mantas y ropa menuda para que el bebé no pase más frío.

Una novicia, a la que le toca el turno de mañana, prepara el biberón con la leche bien caliente. Mientras el llanto de pequeño despierta a los que duermen en sus cunitas de la inclusa. Algunos tuvieron suerte de cruzar el torno. Siguen con vida años después. Y de vez en cuando, ya hombres de provecho, visitan a sus ‘primeras madres’ con regalos y víveres para que la cadena de cuidados siga su curso.

No solo la de afuera, la más visible y que protege a todos los que entran en el edificio. La invisible, la que nadie ve porque nadie entra en esa zona, es casi más poderosa. Y hace que los cuidados de las monjas hagan fuertes a esos niños y niñas que llegan en los huesos.

Madre de Dios, hermanas, ¿Qué tenemos aquí?

Una monja, de mayor edad que las demás, entra con paso firme. Todas se quedan quietas, alrededor de la hermana portera que sigue sosteniendo al bebé.

Hermana, es un expósito recién recogido.-le responde.

Tiene hambre. -La vocecilla de la novicia se hace un hilo de voz ante la mirada de la monja.

Hambre y Sed de Justicia, como tantos en esta ciudad. Y en el Orbe entero. ¡Ay, Santiago! ¡Cuándo detendrás esta desgracia! ¡Oh, pecadores del Mundo! ¡Tantas criaturas infelices!

Su letanía de lamentos y maldiciones asusta a los que dormían en cunas y camitas. Algunos llantos alertan a las monjas. Que no dan abasto para tranquilizar a sus pequeños.

Un niño de unos ocho años, de grandes ojos negros como el azabache, aparece por la puerta con un gran cubo de leche. Mira a la monja que maldice con los ojos aún más grandes. De milagro se ha librado de un pescozón suyo, como es costumbre.

Hermanas, Padre está en el carro esperándome. Si quieren más, háganme las rayas que quieran en la mano.

Dejando el cubo, enseña las palmas de sus manos sucias y sonríe mostrando un gran hueco en su boca.

Gracias, Yago. De momento no necesitamos más. Tenemos la alacena hasta arriba. Dile a tu madre que si puede, nos guarde calabazas cuando os salgan de sobra en el huerto. Que las papillas son buenas para los que aún no tienen dientes.

Sí, hermana -La sonrisa de Yago se torna seria cuando se da cuenta del pequeño que sostiene la monja. -¿Es nuestro?

Sí, hijo. Es nuestro. Es otro hijo de Santiago. Es de la ciudad. Es de todos. Entre todos lo cuidaremos.

Ha tenido suerte ¿A que sí, hermanas?

Antes de que reciba respuesta, una voz y un par de silbidos le hacen girarse.

Me tengo que ir, hermanas. Es Padre. Hoy toca reparto general. Y tenemos que estar en casa de vuelta antes de la anochecida.

Y, sin casi decir adiós, sus ojos del color del azabache se esfuman. Afuera, en la calle fría y desierta, unos caballos relinchan y las ruedas de un carro repiquetean contra las piedras, cortando la niebla.

El bebé sigue llorando. La monja lo acuna un poco más fuerte, mientras otra novicia ha puesto sábanas y mantas limpias en una camita. Lo depositan con cuidado en ella y le desvisten.

Entre los llantos, un grito:

¡¡Su pie!! –La novicia primera no puede contenerse- ¡¡No está!!

¡Jesús, María y José! ¡No hace falta gritar así, niña! –Riñe la monja de edad que ha regresado– Todas lo hemos visto. Criatura... Por eso te han traído aquí.

Y su voz se torna cálida, mientras se hace hueco en la cuna y es ella la que cambia al bebé, sucio de varios días. Con buena maña lo arropa y lo saca de la camita. Con la mano libre recoge el biberón de manos de la novicia, que hace una reverencia y escapa lejos de la habitación y de la monja.

A veces se pregunta por qué ha de estar aquí en lugar de corriendo por el empedrado de la ciudad, como su hermano. Luego recuerda que su padre, en algún tipo de negocio con hombres de alto rango, la cedió a ella con su dote al Hospital Real. Ser mujer en estos tiempos resulta injusto y hasta un estorbo piensa para sí a veces.

Pero al menos yo tengo dos pies. Y puedo ayudar aquí. Y si no tomo los votos tal vez podría casarme… Qué será de este pobre rapaz…

Ave María Purísima. -Al llegar a la hornacina se santigua y se arrodilla mientras siguen bullendo pensamientos en la cabeza.

Alguien la llama desde alguna parte del edificio. Las piedras hacen ecos. Y se queda un momento escuchando. Siempre le resulta mágico y las monjas le riñen, que parece una alelada mirando a la niebla sin ver nada, y que el Diablo se la va a llevar sin que nos demos cuenta, le dicen siempre. Pero ella disfruta esos segundos antes de obedecer y hacerse de nuevo invisible en sus quehaceres.

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Ego te baptizo in Nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, amen.

La fórmula de las palabras en latín, de boca de la voz profunda del cura, resuena en la capilla. Las monjas y las novicias asistentes se santiguan y besan por turnos al pequeño Andrés.

Algún día habrá de visitar a su Patrón, aquel por el que recibió su nombre en las aguas bautismales. Todos los congregados desean que sea posible, puesto que ‘A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo’. Y este pequeño tiene menos posibilidades que los otros hijos de Santiago de sobrevivir sin ayuda.

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Pero a veces se obran milagros. Y tal vez Santiago y San Andrés, en una extraña alianza santa hacen que Andresiño crezca sano. Lo del pie a medio formar no pareció ser un problema; excepto para lograr ser adoptado por alguna familia. Nadie quiso a un bebé incompleto.

Pero el pequeño fue cumpliendo años, y corría y jugaba y ayudaba en las cocinas, en la inclusa y hasta iba a las canteras con los trabajadores a ayudarles o a recoger lo que ellos dejan para las monjas y para sus hermanos, todos hijos de Santiago. Muchos canteros recordaban su humilde origen y seguían devolviendo a las monjas el favor y la ayuda de haber sobrevivido.

La primera vez que fue a la cantera a llevarles algo de comida y ropa de abrigo Andresiño se asustó. No se veía nada. Solo piedra pelada cubierta por una densa capa de niebla. Sintió que algo se lo tragaría y se escondió tras los capazos de las herramientas. Las carcajadas de los hombres hicieron que se avergonzara, de su miedo y de su pie a medio hacer.

Chico, no nos tengas miedo. Y no te avergüences de tu pie.- Habló uno de los hombres, el de más edad, dándose cuenta del problema del niño.

-¿Cómo te llamas? – preguntó otro, animándolo a acercarse.

Andrés,… Andresiño… por el Santo de Teixido.

Tienes dos manos y parece que eres fuerte, Andresiño. –le animó otro de ellos- Si quieres puedes quedarte con nosotros y aprender a ser un buen canteiro.

¿Un qué? – Andresiño perdiendo su miedo, miraba a la cara al grupo de hombres de cuerpos rudos y sucios de tierra y manos callosas.

Un canteiro, un trabajador de las piedras. –Le explicó el hombre mayor- Santiago es exigente. Siempre hay que lograr que esté presentable para los peregrinos y para los de aquí. Un par de brazos siempre vienen bien. Trabajo no falta.

Y le entregó una pequeña herramienta y una piedra marcada con una T del revés. Que Andresiño examinó con curiosidad.

No sabemos escribir, pero sabemos tallar. Esos signos que ya conocerás son nuestros nombres en las piedras. Vivimos rodeados de ellas. También los habrás visto por las calles de toda la ciudad, en el suelo y en las paredes de las casas. Este oficio viene de antiguo. –continuaba explicando ante los ojos atentos de Andresiño- El Maestro Mateo fue nuestro primer jefe de obra. No llegamos a conocerle, eso fue hace muchos años... –la nostalgia invadió su relato- Pero sigue siendo venerado. En ese cuadrado imperfecto, que veces cuesta encontrar, se esconden la belleza y el misterio de la vida… ¿Me entiendes, rapaz? ¿Has entrado a la Catedral por el Pórtico de la Gloria?

Andresiño asentía fuerte, moviendo la cabeza arriba y abajo, aunque la perorata del hombre a veces le confundía. Recordaba esas mañanas tempranas de densa niebla, yendo a oír misa a la Catedral de la mano de las monjas, y mirar hacia arriba. Los colores de las caras de los santos siempre le fascinaban.

Pues bien –continuó otro de los canteiros– Él fue quien lo diseñó. Y muchos como nosotros fueron los que con sus manos tallaron esas figuras hasta que se convirtieron en las personas en piedra que ves ahora. Gracias a sus colores los peregrinos llegaban a la Catedral a través de la niebla. El Pórtico les acogía. Y allí finalizaban su Camino después de muchas jornadas de sendas pedregosas, lluvia, densas nieblas, frío y otros infortunios. Algunos ni siquiera llegaban a abrazar al Santo...

Y esas marcas –señaló un nuevo canteiro que se unió al círculo que ya rodeaba a Andresiño– son todas distintas, no hay una igual a otra. Cuentan una historia. Nuestra historia. La historia de cada canteiro que fue haciendo grande a la Casa de Santiago, que es la de todos. Hay que saber leerlas aunque no hayas ido jamás a una escuela ¿Me entiendes? – Andresiño volvió a cabecear arriba y abajo- Protegen a la Catedral de la niebla, del mal, de las calamidades. Y nos protegen a todos nosotros.

Y delante de la cara de Andresiño hizo como unos juegos malabares, sacando una nueva piedra tallada. Esta vez era negra y alargada.

Esto es una figa –se la colocó alrededor del cuello con un fino cordón de cuero- Tiene magia, poder, la fuerza de la tierra. Y te protegerá siempre. De cualquier mal, de la niebla que te aceche y te confunde y que te hará desviarte de tu rumbo.

Todos tenemos una –En la pechera de todos Andresiño descubrió una diminuta y brillante sombra negra.

Y el canteiro de mayor edad añadió:

Recuerda esto Andresiño… Andrés, pues ya eres uno más de entre los nuestros: Los nombres grabados en las piedras te guiarán siempre por el camino correcto. Ellos, Santiago, las monjas del Hospital y San Andrés, de quien recibiste el nombre, serán por siempre tu Guía. Con la figa al cuello y las almas de todos los canteiros, hijos de Santiago velando por ti, ni el Diablo ni la niebla más densa te atraparán jamás.







NOTA: La frase que aparece en rojo y en cursiva está tomada de la página

https://www.monasteriordearmenteira.es/os-canteiros-y-el-misterio-de-la-piedra/

 

 

 

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Niebla - Marian Muñoz

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Tal vez algún día logre despejar la incógnita que me tortura más he de aprender a convivir con la duda, esperando poder resolverla sin siquiera proponérmelo.

Mi historia es una más de tantas, en aquella época la necesidad era tan natural como el respirar y al morir mi padre fue aún mayor. Madre debía sacarnos adelante trabajando para otras familias y Tonia, mi hermana mayor, cuidaba de nosotros. Soy la cuarta de siete hermanos y la más espabilada, según dijeron, al explicarme la razón de regalarme a una familia británica alojada en la costa. Una boca menos era una posibilidad más de salir adelante. Mi encomienda era cuidar de tres niños muy cercanos en edad que carecían del mínimo contacto personal con sus progenitores, gente de alto status que preferían fiestas y reuniones a malgastar su tiempo con ellos.

En cuanto el motivo de su estancia terminó, volvieron a Londres y me llevaron con ellos, era imprescindible para mantener el buen ambiente familiar al encargarme de los pequeños, mis pequeñines, a los que ayudé a crecer en contacto con el cariño humano y una educación exquisita procurada en los mejores colegios. Por decirlo de alguna manera, mi espabile me ayudó a dominar el idioma, comprender las costumbres de una sociedad que no era la mía y a ser consciente de que esa gente jamás sería mi familia por mucha sonrisa, amabilidad y regalos que me colmaran. Mientras les ayudaba con sus tareas escolares conseguía memorizar y aprender variados conocimientos que me permitieron sacar el certifícate, un título que no me iba a ser útil realmente pero me satisfacía personalmente sabiéndome poseedora de una mente igual de inteligente que la de ellos y mis patronos.

No me costó esfuerzo acostumbrarme a mi nueva situación, aunque la melancolía y la tristeza inundaba mi espíritu cada vez que la niebla cubría las calles, la humedad, la contaminación atrapada en las aceras y una oscuridad tenebrosa se convirtió en algo tan habitual que decidí odiarla de por vida.

Dediqué mis años juveniles a cuidar de los tres vástagos, en cuanto se alejaron al acudir a la universidad o realizarse viendo mundo, mi cometido se centró en los abuelos, tres seres gruñones, solitarios y engreídos que disfrutaban tratándome con malos modos siendo esa la única forma de saberse superiores y sobrellevar la vergüenza de depender para casi todo de mí. El ambiente húmedo y triste de la ciudad mermaba sus capacidades día a día, al convivir bajo el mismo techo con sus hijos y no tener contacto con ellos también era un duro varapalo para una convivencia armoniosa, pero poderoso caballero es don dinero y aprendí que cuanto más se tenía menos afecto existía. Esa etapa me resultó más dura que con los nietos, su personalidad arisca no les ayudó a vivir mucho tiempo y en un período de cinco años uno tras otro fueron falleciendo. Me topé con la duda de mi posible futuro, me regresarían a mis orígenes o me mantendrían con ellos como una más de la familia sin realmente serlo. La duda se despejó cuando la vida tan ajetreada y mal llevada de mi patrón le provocó un ictus. Él fue mi siguiente trabajo. De estar en la cima de los negocios alternando con los más insignes magnates de la City a que tuvieran que ayudarle para todo fue un mazazo difícil de digerir, sobre todo porque intuía que su mujer estaba liada con otro.

En la casa existía personal encargado de su llevanza, cocinera, una par de limpiadoras, ama de llaves, conductor, jardinero, pero la única que podía deambular sin cortapisas por las plantas nobles era yo, no dependía de ninguno de ellos y tampoco les hacía gracia que una extranjera tuviera tanta cercanía con sus patronos. Si bien accedían a mis peticiones disimulando servilismo, era consciente de su crítica rastrera a mis espaldas. Que culpa tenía yo de mi posición, en medio de nada porque ni era familia ni empleada alejada de sus señores. Muchos disgustos y noches en vela sufrí aquellos años, hasta que por fin mi cometido terminó al morir mi patrón, el cabeza de familia. No fui consciente de la nueva situación hasta que la casa se quedó vacía y yo dentro esperando que me ordenaran una nueva tarea.

La triste viuda se largó con su amante, los hijos tenían encarrilada su vida y el personal de servicio fue encontrando otros destinos de los que volver a ocuparse. Sólo yo permanecí en la casa a la espera, no sabía muy bien de qué, pero desde mis catorce años había sido una mandada ocupándome de ellos y en ese momento no conseguía plasmar un pensamiento independiente sobre mi futuro. No había pasado ni una semana del fallecimiento cuando en el buzón apareció una carta, una firma de abogados me concedía el plazo de quince días para desocupar la vivienda ya que prescindían de mis servicios. Treinta y cinco años de mi vida los había dedicado a aquella familia y ni siquiera una llamada, una visita, para decirme que me echaban por no tener a quien cuidar. Renuncié a tener una familia por ellos, nunca disfruté de vacaciones o descansos, siempre ahí para todos y ahora con una simple misiva, fría y distante de un bufete de abogados, me largaban. Tras pasarme toda la noche llorando, decidí acabar con mi vida tirándome al Támesis, no tenía adonde ir tampoco con quien, llevaba años sin noticias de mi verdadera familia, sintiéndome más británica que española. Se me vino el mundo abajo decidiendo que era mejor acabar así, de golpe. Entre lágrimas escribí una carta echándoles la culpa y maldiciendo el hambre que me avocó a llevar aquella vida. La dejé en el recibidor de la entrada y salí en dirección al río. La persistente niebla que tanto odiaba me atontó, caminaba llorando, callejeando a oscuras por una ciudad inhóspita. No sé si fue la oscuridad, el desconsuelo que me embargaba o el destino pero no alcancé el agua, me había perdido y en el banco de un parque me acurruqué y dormí. Cuando desperté empezaba a clarear el día y unos rayos tímidos de sol asomaban por entre los árboles, la opresión de la tarde anterior había desaparecido y como por arte de magia logré razonar con más claridad.

Regresé a casa pues aún tenía en mi bolsillo la llave de entrada, rompí la misiva de suicidio y llamé a los abogados para apelar a su buen corazón y me informaran como solicitar una pensión tras tantos años de trabajo y esfuerzo en aquel país. La fortuna empezó a asomar al conseguir apiadar a mi oyente y tras un rato de espera se ofreció solicitármela y avisarme cuando estuviera todo listo. Busqué por la casa maletas que sirvieran para guardar mis escasas pertenencias de todos esos años, también rebusqué en los álbumes la fotos en las que aparecía, no quería dejar rastro de mi presencia en aquellos desgraciados. Poseía bastante dinero en el banco al ahorrar casi todo mi sueldo teniendo los gastos cotidianos cubiertos. Repentinamente recordé que mi patrón ocultaba dinero a su mujer en un cajón secreto, ¡vaya si le ocultaba!, me pareció una fortuna que algún guinda iba a quedarse sin habérselo ganado como yo y me lo apropié. Si todo salía bien volvería a mi país siendo una mujer libre y rica, el subidón me hizo reír tanto que me dolieron las costillas unos cuantos días.

En una agencia de viajes contraté el vuelo de regreso a mi Málaga querida, enviando mi equipaje al hotel donde iba a alojarme provisionalmente. La maleta más lujosa de la casa me acompañaría en el viaje. La notificación de una pequeña pensión alivió mi inquietud por mi futuro económico. Tomé rumbo a mi añorada España, dejando atrás la persistente odiosa niebla, anhelando el encuentro con el sol y el calor además de a mi familia española.

En el aeropuerto de Málaga tomé un taxi hasta Fuengirola mi primer destino. Miraba extasiada y confundida por la ventanilla del vehículo, tanto había cambiado mi tierra que era incapaz de reconocerla, cientos de edificios altos, grandes avenidas, coches yendo y viniendo por todas partes y mucha mucha gente por las calles con pintas raras. Había escogido un hotel de apartamentos con una gran piscina, me sentía eufórica como una gran señora de vacaciones. Que me pillasen en la aduana con tanto dinero era mi gran temor pero fui cauta enviando la mitad con mis uniformes de criada, seguro que a nadie se le ocurriría fisgarlos.

Tras los primeros balbuceos con el idioma callejee en busca de mi casa y de mi familia, a duras penas conseguía recordar la situación y de sopetón di con ella, era inconfundible, se mantenía como siempre, casas bajas pequeñas y encaladas bordeando un patio central con jardincillos. Me dirigí a la que creí era la mía, pero una placa en su puerta con nombres extranjeros me indicó lo contrario. Atontada por la situación me hizo fijarme que en todas aquellas casas donde habían vivido mis vecinos también figuraban nombres alemanes e ingleses, no cabía duda nos habían colonizado. Desalentada regresé al apartamento. En mi imaginación había dibujado la escena de un encuentro alegre y emotivo con mi madre o con alguno de mis hermanos, pero ahora no sabía dónde buscar, no sabía a quién preguntar que habría sido de ellos. Decidí darme un respiro y relajarme en el spa del hotel, me vino bien porque de tarde acudí al cementerio para visitar a mi padre y preguntarle lo que podría hacer.

No estaba preparada para comprobar que estaba junto a mi madre y mi hermana pequeña Lara, fue tan grande la decepción que lloré desconsoladamente. Triste y solitaria me encerré en el apartamento sin cenar. Al día siguiente volví a plantearme mi viaje, tras haber consultado con la almohada me encaminé en busca de una nueva vida en mi tierra, con mi sol, mi calor y la alegría de mis gentes a pesar de la muchedumbre extraña que tropezaba continuamente en las calles.

Una agente inmobiliario me ayudó a comprar una casita de pescador en la cercana playa de La Carihuela, poco a poco la fui renovando a mi gusto, la amplia terraza del dormitorio y el pequeño jardín de la planta baja me permitían tostarme al sol oscureciendo mi piel tanto tiempo encerrada, disfrutando a la vez del aire y la brisa marina. En ningún momento cesé de buscar a mis hermanos dedicando dos horas cada día a consultar las redes sociales, periódicos o cualquier información que me pudiera poner en contacto con ellos, a pesar que mi perseverancia no daba frutos no caí en el desaliento. Cuando iba por la calle buscaba con quien me cruzaba algún rasgo que me hiciera reconocer a Puri, Manolito, Macarena, a cualquiera de ellos, pero tras una dura lucha interna decidí seguir con mi vida, tarde o temprano los abrazaría.

Conseguí dos buenas amigas en clase de baile y la sincronización perfecta con Raúl, un madurito divorciado que estaba de buen ver y quien me enseñó a nadar en este Mediterráneo tranquilo. También iba dos días por semana como voluntaria a una ONG impartiendo clases de inglés. Tenía la vida tan ocupada que cuando recibí por wasap un video felicitándome la Navidad por los niños a los que cuidé, me liberé mandándoles al cuerno tras enviarles uno mío bailando salsa con Raúl y felicitándoles el Año Nuevo con imágenes de la playa y los chiringuitos llenos de turistas. Por si acaso querían volver a contactarme y alojarse en mi modesta casa, di de baja mi número inglés e hice contrato con una empresa española.

Sigo en busca de mi familia española y tengo fe de encontrarles pero mientras tanto intento vivir lo mejor que pueda. He hecho testamento a favor de la ONG, que puedo cambiar cuando quiera, y no sólo vivo bien con mi pequeña pensión inglesa sino que de vez en cuando cambio las libras esterlinas de mi fallecido patrón en euros para darme algún caprichito y vivir como una reina. Mis horas se van llenando con amistades que van surgiendo, mis vecinos son muy cordiales, pero mi mayor ilusión es encontrar a mi familia española.



 

 

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Agapito el cortacuernos - Gloria Losada

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Agapito Molina era un hombre de aspecto extraño que poseía una fuerza descomunal. De escasa estatura, casi más ancho que alto, con el cuello de toro y unos rasgos faciales que recordaban a un mandril. Asustaba a todo desconocido que se cruzara en su camino, aunque luego, si se le oía hablar, se daba uno cuenta al instante de que no tenía muchas luces, más bien ninguna y que se trataba de un ser del todo inofensivo a pesar de su apariencia.

Vivía en un pueblo perdido de la dehesa extremeña, y se dedicaba a los más variados oficios. Era el enterrador, limpiaba la maleza de los caminos y sobre todo la tarea que más le gustaba realizar era cortar los cuernos a los cabestros y a los toros defectuosos que por cualquier razón no servían para la lidia. De ahí le venía el apodo de “el Cortacuernos”. Los cortaba con una maestría fuera de lo común, con un golpe de hacha certero y limpio, cosa que nadie había conseguido hacer. Se enfrentaba a la fiera con valentía, cual maestro del ruedo, aunque fuera el toro más bravo de la dehesa, lo dominaba como si en vez de toro fuera un gato o un perro, ante el asombro de todos aquellos que lo veían por vez primera. Era tal su buen hacer en estas lides que enseguida se corrió la voz, convirtiéndose su trabajo en espectáculo, y una vez al mes, cuando se organizaba la cortada de cuernos, acudía gente de los pueblos vecinos y no tan vecinos a presenciar el arte de Agapito.

Pero he aquí que una noche de niebla espesa, estando en la única tasca del pueblo tomando unos chatos con el capataz de una de las ganaderías para las que trabajaba, se le vino a la cabeza una visión espeluznante, que no era otra que la de la esposa del capataz retozando en la era con el sacristán del pueblo. De cuernos iba el asunto. El muchacho se mosqueó un poco, a ver a santo de qué tenía él semejantes visiones, y recordando que su bisabuela había sido expulsada del pueblo por bruja y vidente, pensó que igual había heredado él parte de sus facultades, y ni corto ni perezoso se decidió a comprobarlo. Salió de la taberna y enfiló camino de la era. A pesar de que con la niebla no se veía un burro a cuatro pasos supo seguir el camino recto, sin equivocarse y ya cuando se acercaba al punto exacto de su visión pudo oír los gritos de la Bernarda, a la postre la mujer del capataz, que estaba gozando cual perra en celo. El “Cortacuernos” se quedó quieto y callado, hasta que al poco rato pasó por su lado el sacristán subiéndose los pantalones. Afortunadamente debido a la espesa niebla no lo vio, y en ese instante, Agapito, que era tonto pero no tanto, decidió sacar tajada de la situación. Regresó a su casa y durmió como un lirón y al día siguiente bien temprano salió al encuentro de la Bernarda, que trabajaba de portera en el Ayuntamiento, y sin mucho preámbulo le dijo que estaba al corriente de su relación con el sacristán, que puesto que era corta cuernos de toros también lo iba a ser de otro tipo de cuernos en pos de la decencia del pueblo y que o le daba 200 euros o en menos que canta un gallo, su marido iba a estar enterado de su traspiés. Soltó la pasta la Bernarda, no le quedaba otra, peso se juró a sí misma vengarse de aquel idiota.

Las visiones de Agapito fueron en aumento. Sólo se presentaban las noches de niebla, que por fortuna para los infieles no eran muchas, pero aun así fastidió los encuentros de unas cuantas parejas. La mujer del Alcalde con el hijo del médico (que dicho sea de paso acababa de cumplir los 16), el notario con la modista, el marido de la modista con el Alcalde… y unas cuantas más. Todo ello fue observado de cerca por la Bernarda, dispuesta como estaba a poner en su sitio a aquel imbécil, y de manera discreta fue contactando con los infieles para ver si, ente todos, ideaban la manera de darle un escarmiento al cortacuernos.

Se reunieron un anochecer en el olivar, al amparo de miradas indiscretas, y aunque al principio se mostraron cohibidos, pues ninguno pensaba que hubiera tanta gente en el pueblo en su misma tesitura, al cabo de un rato ya hablaban con soltura dando opiniones y aportando ideas, cada cual más peregrina, puesto que si bien consideraban que el cortacuernos era un poco idiota, su fuerza descomunal era el principal obstáculo a la hora de plantearse un enfrentamiento cara a cara. Propinarle una paliza fue desde el principio una posibilidad descartada. La Bernarda opinaba que algún punto débil tenía que tener y que era ahí donde tenían que darle. Entonces la mujer del Alcalde, que era una viciosilla de cuidado, después de aclarar la garganta con un carraspeo dijo:

-Quiere ir de virtuoso pero no lo es tanto. Hace tiempo….bastante tiempo, me encontré con él una noche de niebla en la era, yo creo que me estaba espiando, y como el hijo del médico no apareció aquella noche, él me alivió los calores y me confesó que le gustaba mucho retozar, tanto que casi siempre tenía el mástil erguido y a veces no sabía qué hacer para disimularlo.

Pensó la Bernarda puede que hubieran dado con la manera de vengarse. Era posible que si lo capaban, le desapareciera la fuerza bruta. No perdían nada por probar. Contactó con un médico amigo suyo que se dedicaba a actividades clandestinas y se mostró dispuesto a llevar a cabo el plan. Una noche en la taberna emborrachó a Agapito y con la misma le fue fácil llevarle a la era y sustituirle los huevos por unas prótesis de silicona. Lo hizo con tal maestría que el susodicho apenas se dio cuenta salvo por un leve pero persistente picor. Supieron del resultado de la operación el primer día que se puso delante de un toro para cortarle los cuernos. El bicho le dio una cornada que lo dejó en el sitio, ante el asombro de la multitud que había acudido al evento. Nadie se explicó lo ocurrido salvo el club de los infieles.

El día que lo enterraron era un día de niebla espesa

 

 

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Les habla el hombre del tiempo - Marga Pérez

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-Me llamo Niebla y tengo una cita…

-Si,si... – Dice la secretaria sin dejarla terminar y poniéndose en pie – El señor abogado está reunido. Enseguida estará con usted. Mientras tanto vaya poniendo por escrito todo lo que quiere comunicarle, así adelantamos trabajo.

Sin esperar el asentimiento de Niebla, la introduce en un despacho contiguo y le pone sobre la mesa folios y un bolígrafo. Sin decir nada más, cerrando tras de si la puerta, se retira. Niebla, aliviada, se queda sola dispuesta a escribirlo todo.

Me llamo Niebla, soy la segunda de tres hermanos: Lluvia la mayor, yo y Relámpago, el pequeño.

Mi madre responde por Brisa habitualmente y mi padre se ha autobautizado Monzón.

Somos una familia, cuanto menos, peculiar ya que mi padre es un fanático de la meteorología e interpreta todo desde una visión climática.

Lluvia, gracias a ese nombre, salió una llorona. Pero no una llorona cualquiera. Llora de manera precipitada, vamos, que precipita gotas no lágrimas y siempre dispersas.

Mi padre le va modificando el nombre: llovizna, chubasco,chaparrón… según la cantidad de gotas precipitadas, es muy preciso con éso de los términos.

A Lluvia con los años y unos hechos que no vienen al caso, se le agrió el carácter. Pasó a ser llamada desde entonces Lluvia ácida…

A mi, en época infantil, había personas que tendían a llamarme neblina por éso del diminutivo cariñoso. Papá se ponía furioso “Son dos cosas distintas, aunque se parezcan, aunque ambas sean hidrometeoros… La neblina reduce mínimamente la visibilidad, no como la niebla… Os lo he dicho más de una vez. Niebla, es niebla por algo ¿No veis que a través de ella no se percibe nada? Es opaca, llena de gotas microscópicas en suspensión… ¡¡Muchas, muchas, muchas gotas!! Si fueran menos se llamaría neblina”

Yo desde la infancia percibo que soy brumosa, oscura, confusa, triste, melancólica…

Relámpago llegó al mundo tras una gran tormenta familiar, de ahí su nombre.

Mamá que habitualmente es Brisa, es decir, viento débil que fluye durante la noche desde la tierra hacia el mar (por si no está familiarizado con la temática), pasa a Galerna en un santiamén por un quítame allá esas pajas, y, en una de ésas… estalló la tormenta. Se puso de parto entre gritos, confusión y lágrimas.

Relámpago se convirtió en una descarga eléctrica continua : hiperactivo, impulsivo, luminoso, brillante… tocacojones. No siempre podemos estar a su lado. Emite descargas eléctricas cuando menos lo esperas. Permanecemos alejados de el por si acaso…

-Buenas tardes ¿Niebla? - Saluda un señor mayor que interrumpe su escrito al entrar- Soy Fernando Gomis, abogado ¿Quería hablar conmigo?

Tras los saludos de rigor Niebla le pasa el escrito. Don Fernando hace una lectura rápida y la mira desconcertado.

-Creo que se ha equivocado, soy abogado no psicólogo … ¿Qué puedo hacer por usted?

-Se ha dado cuenta ¿No? Mi padre nos ha arruinado la vida. Poniéndonos estos nombres ha condicionado nuestra forma de ser, de comportarnos, de explicar nuestras actuaciones… Yo no puedo dejar de ser brumosa, confusa, oscura, melancólica...de sentirme siempre húmeda, opaca...

Don Fernando Gomis leía una y otra vez lo que Niebla había escrito.

Abría los ojos, arqueaba las cejas en silencio… parecía que iba a decir algo y volvía a arquear las cejas sin dejar de leer una y otra vez.

-¿Qué quiere de mi? Dice por fin

-Quiero denunciarle por maltrato. Mis hermanos están conmigo. Somos todos víctimas de un fanatismo meteorológico.


Después de un silencio desconcertante, respira hondo y se pone en pie.

-Déjeme que lo estudie. Nunca antes se me dio este caso. La llamaré en cuanto lo tenga claro y vea las posibilidades que tenemos ante el juez.

Enseguida la condujo hasta la puerta . La despidió con la certeza de que nunca más la vería en su bufete. Al menos era lo que deseaba.


Después de varias semanas con un anticiclón instalado en su vida, Niebla echa de menos la llamada del despacho de abogados y ni corta ni perezosa, bajo un sol de justicia que la esponja, se presenta en el bufete sin tan siquiera haber pedido cita.

La misma secretaria volvió a instalarla en el mismo despacho, y, sin dejar de pasar apenas cinco minutos, don Fernando Gomis entró con gesto circunspecto.

-Le di muchas vueltas, Niebla, te lo aseguro. Si fueras una niña… maltratada por tu nombre...acosada, ridiculizada, vejada por otros niños… por otras personas, por profesores… Igual podía hacer algo

-¿No puedo denunciarle? Dice Niebla sintiendo cómo las gotas microscópicas se le van comprimiendo, condensando y van quitándole visibilidad…

Don Fernando Gomis se quita las gafas, la mira con la misma ternura con la que podría estar mirándola su propio abuelo y prosigue...

-Mira Niebla, eres adulta, y a pesar de lo que has recibido y cómo te hayan educado, eres tu la que decides cómo quieres ser. Todos somos el resultado de nuestra infancia, de la familia que nos ha tocado, de las decisiones que vamos tomando. Todos podemos cambiar... de hecho vamos cambiando. El nombre no es algo definitivo . Algo que necesariamente determine la forma de ser de quien lo lleva

- No tiene ni idea. Le corta Niebla a punto de estallar -¡Mi padre es Monzón! un viento temporal de dirección persistente que en cierta época del año sufre un cambio muy pronunciado… ¡Me lo va a decir a mi! Ese es mi padre y ése es el viento monzón . No cambian. Ni el viento ni mi padre.

Don Fernando Gomis quedó desarmado, sin argumentos. Se escabulló como pudo. Cambió de tema dirigiéndola hacia la salida. En la puerta despidió a Niebla sintiéndose envuelto por su humedad brumosa -¡Menudo bochorno!- pensó al retirar la mano tras el saludo.

Al llegar a la calle, Niebla ve que el tiempo ya no es el mismo. El sol está escondido entre nubes densas que amenazan tormenta. Nubes color gris plomizo que amenazan con aguarle el día. Está convencida de que llegará a casa otra vez empapada.













 

 

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Hoy hace un mes - Cristina Muñiz Martín


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Hoy hace un mes que terminó todo para mí; para nosotros. Mejor así, porque ya estaba un poco harta. Tantos años vividos, tanto trabajo, tantas idas y venidas, y al final por culpa de ese bicho verde y microscópico mi vida era un aburrimiento. Que no salgas a la calle, mamá, que tienes muchos años y es peligroso. Que nene, ponte la mascarilla delante de la abuela que la vas a contagiar. Que qué más da si ya tiene un porrón de años, respondía el que me pedía la propina todas las semanas. Todo líos en casa y a todas horas. Y hasta querían encerrarme en mi habitación y llevarme allí la comida y la cena. Me tenían tan harta, pero harta harta, que un día me escapé. No aguantaba más sin ver a Fernando, mi novio, aunque en casa no sabían nada de su existencia. Habíamos planeado fugarnos porque a él también lo tenían medio secuestrado. Salí por la mañana temprano, en cuanto mi hija y mi yerno marcharon a trabajar. De mi nieto no me preocupé, a ese no le interesa nada que no salga por una pantalla. ¡Ay madre! cuando vi a Fernando después de tanto tiempo creí que se me iba a salir el corazón del pecho. A él le debió de pasar lo mismo porque lo primero que hizo fue darme un beso largo mientras me tocaba el culo. Fuimos a la estación del tren y nos dirigimos al sur, al calor, donde nadie imaginara que podíamos estar. Nos hubiera gustado más ir a Benidorm, pero ese sería el primer sitio donde nos buscarían. Recalamos en Cádiz. Qué ciudad, qué luz, qué alegría. Llevábamos bastante dinero con nosotros, lo habíamos ido sacando poco a poco para que no pudieran seguirnos la pista. Sabíamos de sobra que por la tarjeta nos podían localizar. Qué bien lo pasamos. Por la mañana desayunábamos en la terraza y luego dábamos un paseo por la playa. Después íbamos a comer. Siempre a un sitio distinto, probando sabores hasta entonces desconocidos para nosotros. Luego regresábamos al apartamento a dormir la siesta. Bueno, lo que se dice dormir dormir no dormíamos mucho, pero nos metíamos en la cama. Por la tarde nos arreglábamos y nos acercábamos a una pista de baile abierta. Fernando era un excelente bailarín y yo no me quedaba atrás. Bailábamos, reíamos, bebíamos, hacíamos lo que nos daba la gana. Eso sí, no penséis que éramos unos inconscientes, siempre llevábamos el gel para las manos y la mascarilla puesta, además de ir solo a sitios al aire libre. Qué felices fuimos. Duró poco, menos de un mes, pero no cambiaría esos días con Fernando por los diez años anteriores de mi antigua vida. Pero una noche nos acostamos cogidos de la mano y ya no despertamos. Al parecer, según las autopsias, fueron dos infartos. Los dos a la vez. Así estábamos de compenetrados. Qué suerte tuvimos. Habíamos vivido ya una vida y la muerte nos llegó en el mejor momento, sin dolor, sin pena, sin enterarnos. Lo único que nos molestó un poco es que tardaron cuatro días en localizarnos y ya olíamos un poco. Y eso de oler mal delante de extraños nos fastidió. Pero lo que nos irritó fue cuando salimos en las noticias. Una pareja de octogenarios nos llamaron. Qué poco sensibles son los periodistas. Pero en fin, después del primer enfado nos echamos a reír. Si estábamos en la Gloria, qué importancia tenía lo que dijeran de nosotros ahí abajo. Al fin y al cabo nuestras almas volaron unidas ya para toda la eternidad, como dos pájaros libres y dichosos. Y eso ya no lo puede cambiar nada ni nadie.



 

 

 

 

 

 

 

 

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Noches sin luna- Dori Terán

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Hoy hace un mes que todo terminó. Eso me cuenta María. No lo creo. Los ojos que perciben lo que nos rodea, son caprichosos, deforman la realidad según el enfoque subjetivo de nuestra mente O no, tal vez no. Tal vez suceda que no existe una sola realidad sino muchas realidades en la misma.

Dice María que Andrés ha abandonado el pueblo y todas las tropelías que en el cometió. Vivencias vestidas de excesos que dañando principalmente su existencia también rebotaron golpeando las vidas y los sentires de Urvel. Pasiones en movimiento como un balón que lanzado con fuerza desmedida va a chocar bruscamente con un muro recio y sale disparado en su arrojo contra todo lo que encuentra en su camino.

Andrés Había llegado a la urbe vieja hacía solo dos años. Urvel cuna de una brillante historia en el pasado, pertenecía ahora a la España vaciada y aislada en usos y costumbres. Aunque envuelta en una naturaleza generosamente hermosa, conservaba en la esencia de sus calles, de sus puertas y su cielo aromas y recuerdos de dramas violentos e inhumanos de un pasado no tan lejano. Las mentes no quisieron olvidar aquella guerra atroz que dividió todo su mundo y lo transmitían cuando narraban a los jóvenes episodios que envenenaban los corazones de recelos y odios entre los pocos habitantes del lugar impidiendo la evolución del perdón y la paz.

La juventud descarada de Andrés invadió cada rincón y cada alma. Un talante cautivador de sonrisa ancha que se escapaba también por sus negros ojos y acariciaba con la mirada. Pronto ofreció dadivoso y esplendido todo su encanto. Realizó para todos las tareas más costosas del devenir diario. Su casa abrió puertas y ventanas, regaló música, libros, fiesta…alegría. Su hombro apoyó los llantos de los que hubieron de despedir hasta la eternidad a seres amados. Sus abrazos rodearon a quienes necesitaron ternura, sostén…amor. Y como el gran sol, Andrés brilló en Urvel. Parecía que el azul del cielo se hubiese desprendido de viejas nubes grises que se resistían a desaparecer. El río siguió su curso con sonoridad rítmica y armónica llenando el aire de sosiego. La montaña tenía dibujada una sonrisa en la cubierta de nieve. Era invierno y como por arte de magia olía a jazmín. Tal vez fueron los ojos, los oídos, el olfato de la gente lo que se había transformado. Pero cuando quieres más…nada es bastante.

Andrés se lió con María. Sí, se lió, esa es la palabra. Aquello distaba mucho de ser amor. La joven más joven del pueblo quedó cautiva de tanta gallardía. Y comenzaron a vivir la aventura del querer que no es la aventura del amor. Matías hacia la vista pequeña, cerraba los ojos ante la situación…María, su joven esposa siempre volvía a casa. Con eso le bastaba. Pero aquella tarde noche no volvió. Matías se encaminó a la casa de las fiestas, de los apoyos, del adulterio. Retozaban desnudos y ebrios. Y el alma añosa de Matías recobró la herida antigua del alma de Urvel y explotó en él como buen hijo foráneo de su historia. Fue Andrés quien en la lucha con Matías logró enfocar el cañón del rifle de caza hacia la persona de Matías. Le abatió con dos tiros y sin más preámbulos que coger un pantalón, corrió, corrió y corrió hasta desaparecer. Se esfumó en el viento recio que sacude los nogales a la vera del río. Tal vez en el murmullo del agua que salta la escollera para seguir su cauce.

Hoy hace un mes que todo terminó, cuenta María. No lo creo. Yo sé que en las noches sin luna, Andrés visita los sueños de María y unen sus cuerpos con ardor brindando por la alegría de la libertad mientras ella al lado de un Matías ya recuperado y para siempre herido repite dulcemente su nombre.




 

 

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