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Entonces sí - Cristina Muñiz Martín

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La cucharilla de café cayó al suelo y su sonido estridente rompió el silencio de la sala dejándonos petrificados. La mirada colérica de mi padre se clavó en mi hermano mayor que se levantó de la silla con extremado cuidado y después, a pasos cortos, se acercó al hombre que reclamaba sin palabras su presencia. El bofetón lo hizo trastabillar y le dejó los dedos marcados. Luego, regresó a su lugar en la mesa y esperó impasible a que la familia, envuelta en un mutismo doloroso, acabara hasta el último resto de los platos. Ya en la cama lo sentí llorar. Me deslicé entre sus sábanas y lo abracé. El correspondió al abrazo y nos dimos calor y aliento mutuo. “Vete a tu cama. Ya estoy bien”, me dijo al cabo de un rato. Cansado por la hora y por la tensión acumulada, quedé dormido de inmediato. Me despertaron los gritos de mamá. Confundido, busqué la figura de mi hermano en la cama vecina, pero estaba vacía. Corrí al dormitorio de mis padres y allí estaba mi hermano mayor, con la sangre de mi padre en sus manos. Le había clavado un cuchillo en el corazón. Permanecía de pie, ausente, ajeno a los gritos de mamá y a los lloros de mis hermanos pequeños; ajeno a los golpes en la puerta; ajeno a la llegada de los vecinos y de la policía. Lo vi alejarse esposado y custodiado por dos guardias, como si un chico de doce años pudiera ser un sujeto peligroso. Ha pasado ya un tiempo y tan solo su ausencia nos impide ser del todo felices. Mamá ha vuelto a vestirse guapa y a ir a la peluquería y a bailar en el salón con nosotros y a reír. Me gusta mucho la risa de mamá, es muy contagiosa y nos lo pasamos muy bien. Hoy, en la cena, a mi hermana pequeña, la quinta hija, se le cayó la cucharilla de café al suelo con la que estaba comiendo el yogur. Un escalofrío recorrió mi espalda al llamar con fuerza a mi mente los recuerdos del suceso de años atrás. Pero el monstruo ya no está, ha desaparecido, como si solo hubiera existido en una película de terror que ha llegado a su fin. Mi hermana se agachó y recogió la cucharilla sin miedo; ella era demasiado pequeña y no recuerda nada de nuestra vida anterior. Mamá solo dijo “Ve a la cocina y coge una limpia”. En esos momentos creí ver en sus ojos una expresión triste seguramente producida por los malos recuerdos. A veces llora, sobre todo cuando nos despedimos de mi hermano mayor tras las escasas visitas que nos permiten hacerle en el centro de menores. Pero ya solo falta un mes para que cumpla su pena. Ya solo falta un mes para que volvamos a estar todos juntos sin el monstruo. Y entonces sí. Entonces ya podré decir que formo parte de una familia feliz.

 

 

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Demasiadas excusas - Cristina Muñiz Martín

                                           Hombre Herido Dibujo

 

Salí de casa dando un portazo para dejar clara mi posición una vez más, por mucho que no me quedara más remedio que agachar la cabeza y ceder. Llevaba mi mochila para ir a la playa a darme un chapuzón. Necesitaba relajarme. Pero al poco de entrar en el agua me picó una medusa. ¡Menudo dolor! Si no lloré fue por vergüenza. Me atendieron los de salvamento y, aunque con extremada lentitud, tanto el dolor como el enrojecimiento de la pierna fueron cediendo. Tras esa terrible experiencia, agotado, quedé dormido. Cuando desperté tenía la espalda tan roja como la nariz de un payaso. Abandoné la arena con la camiseta rozándome como si en lugar de haber sido confeccionada con tela lo hubieran hecho con cuchillas afiladas. La mochila la llevaba colgando de la mano con mi aromático bocadillo de chorizo dentro. Fue entonces cuando un perro que me pareció tan grande como un caballo se abalanzó sobre ella, tirándome al suelo. Yo traté de defenderme, dándole en el morro con la mochila y, como resultado, recibí un mordisco en la misma pierna y en el mismo lugar de la picadura. Llegué al hospital en ambulancia. Me curaron la mordedura, el esguince, una herida en el brazo, la quemadura de la espalda y me llevaron a casa. Llegué justo cuando ella estaba a la puerta hablando con su madre que vive en el piso de abajo. Mi suegra ya se iba, menos mal. Ya en casa, Maite comenzó a gritar sin preguntarme por mi evidente mal estado. ¿Se puede saber dónde te has metido? Ibas a la playa un par de horas y han pasado nada menos que siete y encima ni coges el móvil. ¿El móvil? ¿Dónde estaba mi móvil? Comencé a buscarlo por todos los huecos posibles de mi ropa. No lo encontré. ¡Y encima pierdes el móvil de quinientos euros! continuó chillando Maite. Pero, cariño, musité temeroso, mira como vengo. Le enseñé el pie vendado, las heridas del brazo y de la pierna, la espalda quemada. Me miró mosqueada y fue hacía mí como un toro de miura ¡Ya está! ¡Queda todo muy claro! Yo, toda la tarde haciendo las maletas, la tuya y la mía, y tú buscando excusas para no ir de vacaciones. No, si ya lo sabía yo, que con tal de no ir con mi familia eres capaz hasta de suicidarte. Pero mira que te digo, como mañana a las seis en punto no estés en la puerta listo para salir te pido el divorcio. ¡Te juro que te lo pido!,recalcó cruzando el dedo corazón sobre el índice y besándolos con rabia.. Quedé callado, más me valía. Llevábamos meses de discusión en discusión desde que sus padres tuvieron la brillante idea de celebrar sus bodas de noséqué con un crucero familiar. Nos acostamos pues ya era muy tarde pero no logré dormir porque la espalda me escocía, sentía la herida de la pierna como si el perro continuara mordiéndome, la del brazo me rozaba, el pie no sabía donde ponerlo. Si al menos estuviera en la cama podría estirarme o dormir boca abajo, pero en el sofá… Me levanté a las cinco de la madrugada, me arreglé y a las seis estaba a la puerta tan tieso como un guardia de seguridad. Bueno, dijo Maite sin mirarme, voy a llamar un taxi para ir al aeropuerto ¿llevas contigo toda la documentación? ¡Ehhhh? ¿La documentación? Mi cuerpo quedó envuelto de pronto por un sudor más que frío gélido. ¿La tienes o no?, preguntó mi mujer de muy malas maneras. Bueno, yo… espera… Mi mente iba a mil por hora, dónde tenía la documentación, es más, dónde estaba mi mochila con el DNI, el pasaporte, el móvil, el bocadillo de chorizo… Pero ¿cómo no me había dado cuenta antes de su falta? Comencé a ver negro y no sé qué paso a partir de entonces. Desperté en el hospital con un brazo roto y una conmoción cerebral. Y allí apareció la mochila con todas mis pertenencias, excepto el bocadillo de chorizo. Cogí el móvil con ansia para hablar con mi mujer de la que mi madre, mi única acompañante, no sabía nada. No me contestó pero comenzó a mandarme montones de fotos de lo mucho que se estaba divirtiendo en el crucero donde debía de estar yo aunque no me apeteciera nada y hubiera puesto muchas pegas para acabar cediendo de mala gana y al que, al final, no había podido ir en contra de mi voluntad. Por un lado me sentía feliz por haberme librado de unas horrendas vacaciones con toda la familia de mi mujer, incluyendo dos niños aspirantes al título de diablos. Pero por otro lado, que Maite me hubiera dejado abandonado en mis condiciones me dolía un poco. ¿Cómo lo había hecho? ¿Me había dejado a las puertas del hospital o en el portal de casa? Además, no contestaba a mis llamadas, ni respondía los wasaps, tan solo me enviaba fotos. Bueno, estaría un poco molesta pero ya se le pasaría, al fin y al cabo yo no tenía culpa ni de la medusa ni del perro ni del desmayo. De eso no podía acusarme. En unos días a mí me daban el alta, ella regresaría a casa y recobraríamos la normalidad en nuestras vidas hasta la próxima celebración familiar. Es que mi mujer tiene unos prontos de agárrate, pero se le pasan enseguida y seguro que llega feliz de sus vacaciones aunque yo no haya ido. Ay, esperad un momento que acabo de recibir un correo, a ver si es de Maite.

La habitación de Fidel se vio de pronto invadida por una multitud de personal médico y de enfermería; el paciente se ahogaba y se desmayaba a un tiempo, no sabían si de un ataque de ansiedad o de un infarto. En el suelo, el móvil con la pantalla rota dejaba ver las dos manos de Maite con los dedos corazones mirando al cielo, sosteniendo un papel donde se podía leer con nitidez: Solicitud de divorcio.


 

 

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Aristas - Cristina Muñiz Martín

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La honda era una extensión de su mano. De manera innata sabía calcular el peso, la distancia y la trayectoria adecuada para dar en el blanco. Cogió una piedra cargada de impurezas. La colocó con cuidado en el trozo de cuero. Tensó las cuerdas. Disparó. Mi corazón recibió el impacto quedando roto en mil pedazos. Aún sigo viva, me decís. Sí, viva aunque muerta continúo deambulando por la vida hasta que el tiempo, o quizás algún experto cirujano, logren recomponer el puzle, aunque no sé si será posible encajar tantos trozos llenos de aristas.

 

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Un agujero de bala - Cristina Muñiz Martín


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Me dieron un uniforme con un agujero de bala a la altura del pecho. Supe que su anterior propietario estaba muerto. Durante toda la guerra cargué con el peso de ese otro cuerpo que ya no existía. Los latidos de mi corazón escapaban por el agujero siniestro. Mi mente se unió a la suya. A cada instante pensaba en qué habría hecho él en ese momento. ¿Sería valiente? ¿De los valientes que arriesgan su vida? ¿O quizá cobarde? De los cobardes que se quedan atrás y se encuentran de repente con un enemigo oculto o con una bala perdida. Nunca lo sabría, pero en los momentos más duros, cuando el agotamiento físico y mental me habían reducido a un ser con ansias de comida intentando mantenerse con vida, hablaba con él. No sabía su nombre, pero reconocía su olor, su silueta, su consistencia. Sentía su cuerpo en mi cuerpo, mis brazos y sus brazos unidos sostenían el fusil, mi estómago y su estómago recibían con alegría una sopa aguada donde flotaban pedazos inciertos de carne. Mis piernas y sus piernas corrían fusionadas. Y cuando roto por dentro y por fuera encontraba unos momentos de descanso inquieto hablábamos de nuestros sueños antiguos sin esperanza de futuro. La guerra acabó y yo sobreviví. Nunca me lo perdoné. Él estaba muerto y yo vivo llevando el mismo uniforme, soportando las mismas calamidades. ¿Qué me hacía a mí diferente? Nada, concluí. Éramos dos en uno. Uno muerto, otro vivo. ¿Qué sentido tenía todo aquello? Al regresar a casa de mis padres vi el pánico reflejado en sus ojos. Mi madre se derrumbó en el suelo y mi padre se agachó para abrazarla. ¿Por qué lloraban con ese desconsuelo? Intenté acercarme a ellos pero alguna fuerza oculta me lo impedía. ¿Qué estaba pasando? Me sorprendí al ver mi uniforme en los brazos de mi madre que, como si estuviera fuera del mundo, pasaba su dedo amoroso y tembloroso por el agujero que había hecho una maldita bala.

 

 

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¿Por qué no te callas? - Cristina Muñiz Martín


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¿Por qué no te callas?, le digo a mi cabeza para que deje de atormentarme. Es que es levantarme, leer el periódico y volverme tarumba. Y mi cabeza empieza a darme la lata. “Venga, abre facebook y descarga ahí tu rabia porque es el único sitio en el que lo puedes hacer”. Y yo me resisto, que luego sé lo que pasa, que suelto por la boca, bueno, más bien por el teclado, todo lo que pienso y no tardan en llegar los comentarios y la mayoría de las veces la cosa se sale de madre y se arma la de San Quintín, con insultos más afilados que las espadas. Y me arrepiento. Me arrepiento de decir lo que pienso sobre ciertos temas aunque esté convencida no de tener razón, que puedo equivocarme como cualquiera, pero sí de tener derecho a expresar mi opinión. Y siempre lo hago respetando a los demás, que no soy yo persona de atacar a nadie y mucho menos de soltar una sarta de improperios. Tan solo me apetece exponer temas que atañen a los ciudadanos, para quejarme, para reflexionar, para sacar la mala leche. Pero últimamente no puedo dejar de repetirle a mi mente ¿Por qué no te callas? ¿Por qué no te callas? Porque estamos viviendo unos tiempos en los que la libertad de expresión deja mucho que desear, aunque sea la simple opinión de una ciudadana de a pie. Y me da rabia, porque de alguna manera sé que me estoy auto censurando como les sucede a muchas otras personas. Qué pena, pienso entonces. Qué pena que después de la lucha de tantos años contra la censura impuesta por una dictadura, los ciudadanos se dediquen ahora a censurar a otros de malas maneras, con insultos y ataques personales. Qué pena que nosotros mismos nos apliquemos la auto censura para evitar problemas. Qué pena que el sistema nos haya ganado la batalla sin que la mayoría de la gente sea consciente de ello. Y por eso le repito a mi cabeza día tras día, ¿por qué no te callas? Pero no me hace caso y continúa machacándome “eso no es normal; nos están idiotizando; mira lo qué hacen; nos están quitando derechos y libertades; nuestros gobernantes solo se dedican a meterse unos con otros, como niños callejeros; Europa nos quiere esclavos… Ella no se calla y yo ya no escribo porque aunque creo que es necesario sé que solo me puede traer sino problemas, sí momentos de incomprensión, de mal humor, de no entender ciertas reacciones, de ser tachada de fascista, racista, anti feminista y todos los “ista” que se quieren añadir. ¿Cobarde? Sí, así me siento.

 

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Me ha tocado la lotería - Cristina Muñiz Martín


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Me ha tocado la lotería y me he tenido que enfrentar a varios problemas. En un principio pensé en comprar un piso amplio y luminoso en primera línea de playa, el sueño de toda mi vida. Pero mis hijos no estuvieron de acuerdo. Cómo iba su madre a comprarse un superpiso pasando ellos estrecheces. Me sentí culpable. Si aún viviera mi marido sería distinto porque el lo compraría y tan pancho, nadie le diría nada, porque en casa siempre ha sido “papá es así”. Y a papá se le perdonaba y se le consentía todo. Pero a mí no. Yo tengo que ser la mamá perfecta, la que siempre está ahí, la que nunca dice nada porque las verdades molestan. Y claro, mamá no va a hacer eso porque sería una mala mamá. Además, me preguntaron, para qué quieres un piso grande para ti sola. Les contesté que igual no iba a estar siempre sola y menuda montaron. Si solo hace dos años que se fue papá y ya estás pensando en otro. Me costó convencerlos que lo dije por decir, que no tengo pareja ni estoy pensando en tenerla, bastante tuve con aguantar al cargante y egoísta de su padre. Bueno, esto último no lo dije, me lo guardé para mí. Son tres víboras mis hijos. Los quiero pero no por ello dejo de reconocerlo. Me sentí tan presionada que no compré el piso. Les di a cada uno la misma cantidad de dinero, con la que quedaron contentos, porque como los conozco bien fui precavida y les mentí sobre la cuantía del premio. Y me mudé a un bonito piso de alquiler tras vender mi antigua casa y entregarles a ellos todo el dinero de la venta. Al fin y al cabo tenían razón, para qué quería un piso grande en propiedad a mis años. En alquiler estoy mucho mejor, sin obligaciones de derramas ni comunidad ni nada de eso. Y así cuando me muera no se despellejarán entre ellos. Lo que no saben es que no paro de viajar porque entre que viven lejos y que nunca tienen tiempo para venir a verme no se enteran. Ahora estoy dando una vuelta por la Costa Azul. Esto es un sueño. Hoteles de lujo, restaurantes afamados, sol, playa… Nunca en la vida había imaginado que se pudiera vivir de esta manera, y mucho menos yo. El único problema eran las vídeo llamadas, algo que me solucionó un chico muy majo. Se llama Gael, no sé si de verdad o es un alias para el trabajo. Lo suelo llamar una vez al mes y es un encanto, aunque un poco caro. El primer día me dio un poco de apuro, aunque su profesionalidad hizo que todo fluyera con naturalidad y quedé más que satisfecha. Me lo recomendó una amiga nueva y adinerada que conocí en un viaje a Canadá. Ella también estaba harta de su marido y no quiere oír hablar de un nuevo hombre a su lado. Si me lo dicen hace años no lo creería, es más, negaría horrorizada que yo un día fuera a solicitara ciertos servicios de un joven guapo, elegante, simpático y algunas cosas más, entre ellas ingeniero informático, aunque lo de trabajar a horario y sueldo fijo no va con él. En fin, que Gael me lo arregló para que cuando mis hijos me hacen una vídeo llamada, esté yo donde esté, siempre aparezca de fondo alguna parte de mi casa. Así que me llaman, creen que estoy en casa y quedan tranquilos. No sé cuánto tiempo me quedará para disfrutar de esta, para mí, nueva vida, pero pienso aprovecharlo a tope. Luego, cuando llegue el momento de parar, ya tengo elegida una residencia preciosa, con habitaciones bien decoradas y unos jardines maravillosos. Entonces mis hijos se preguntarán de dónde saqué tanto dinero, pero llegados a ese punto será fácil disimular una pérdida de memoria. Y si la memoria me fallase de verdad para eso están los papeles que firmé ante notario y la abultada cantidad que tengo depositada en el banco. Nunca en la vida he sido tan feliz como ahora. Soy viuda, rica y liberada de obligaciones familiares. ¿Qué más se puede pedir?



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El silencio habla - Cristina Muñiz Martín



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El silencio habla en susurros cuando se cruzan la miradas de dos enamorados, cuando se contempla una puesta de sol o un magnífico paisaje, cuando el niño pequeño recibe la caricia de los ojos amorosos de su madre, cuando se despide de sus seres queridos quien emprende el último viaje.


El silencio habla en murmullos cuando ataca la sospecha, cuando se acallan las voces de la disputa, cuando no llega esa llamada tan esperada, cuando la afrenta acaba hiriendo el alma.


El silencio habla a gritos cuando cesa el estruendo de un definitivo portazo, cuando aquellos a los que quieres se muestran distantes, cuando el dolor de la ausencia se hace insoportable, cuando las paredes de tu casa vacía se encogen hasta ahogarte.


El silencio habla. Siempre habla. Y a menudo dice mucho más que las palabras.


 

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La maldad tiene tantas caras como la luna - Cristina Muñiz Martín



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La maldad tiene tantas caras como la luna. Hala, que bonita me ha quedado esta frase. Pero ¿cuántas caras tiene la luna? No sé, voy a mirar, esperad un momento. Pues nada, que solo tiene dos. Qué desilusión. Claro, ahora que recuerdo, lo que tiene son varias fases. ¿Y cuántas serán? Uy, voy a mirar a San google de nuevo. Buffff... era muy largo de leer, no sé por qué la gente se enrolla tanto para explicar algo tan sencillo. No obstante, también me vale. La maldad tiene tantas caras como las fases de la luna. ¿O no? Igual son demasiadas. No sé, casi que lo dejo como al principio. La maldad tiene tantas caras como la luna, es decir, la cara visible y la cara oculta. Sí, eso es más preciso. Bueno, ahora voy a ver que hago con esa frase, si una poesía, un relato o igual hasta me sale una novela. Sí, sería un buen título. Bueno, voy a pensarlo, os dejo, que se me queman las lentejas. Es lo que tiene ser escritora y ama de casa a un tiempo. Y no me quejo, que por lo menos tengo una habitación propia. Ya os contaré. Chao.


 

 

 

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Yo me piro - Cristina Muñiz Martín






Mirad chicas, ya sé que no es así, que debería cumplir con vosotras escribiendo los relatos que acordamos, pero qué queréis que os diga, estoy harta de tanto confinamiento, de tanta humedad, de tanto frío, de levantarme bajo una capa de nubes grises y bajas, de no poder comer en una terraza porque llueve o porque hace viento, de ahorrar. Nunca en la vida había ahorrado tanto y me di cuenta de lo mucho que se gasta saliendo. Pero lo que se disfruta qué. Eso no tiene precio. Una cerveza en una terraza, una comida con familia o amigos, un café a media mañana o a media tarde en compañía e incluso en soledad. Además están los estragos que ha hecho la pandemia en el sector hostelero. Así que una voz en mi cabeza comenzó a decirme con insistencia “vamos lárgate, vete en busca del sol, del verano anticipado, y gasta, gasta en alojamiento, en comidas, en cervezas a media tarde, en cenas, cómprate ropa nueva, gafas de sol, toallas para la playa… ¡Ayuda a los demás! ¡Ayuda! No os podéis imaginar chicas, lo que es luchar contra la voz de tu propia conciencia. De verdad que resulta agotador. Así que lo siento, chicas, pero durante un mes dejaré de mandaros mis relatos, porque hay que sacar a la gente de las colas del paro, hay que consumir, sin desmesura claro está, que tampoco es ponerse a gastar sin ton ni son, pero si gastar todo o una parte de ese dinero ahorrado para que los demás sobrevivan. En fin, pues todo eso, que entre escribir los relatos o ayudar a los demás, me quedo con lo último, así que sintiéndolo mucho ( expresión de cortesía, porque la verdad es que no lo siento nada) yo me piro.

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EL desconocido - Cristina Muñiz Martín





Un hombre que no llamaba la atención ni por su aspecto ni por sus ropas, entró en un antro de Estambul, miró a su alrededor, buscó la mesa más alejada, se sentó y pidió vino.

Lo siento, no os lo puedo servir, ya sabéis cuáles son las órdenes, dijo el tabernero desconfiando de ese individuo alto y corpulento pues nunca lo había visto en su cuchitril donde antes servía vino y ahora solo té. El desconocido insistió, acercándole unas monedas que el tabernero rehusó, nunca se podía saber quien se tenía enfrente y menos con los rumores que corrían por todas las esquinas como pájaros espantados.

El hombre se conformó con un té que fue bebiendo a pequeños sorbos mientras su mirada de águila astuta se posaba sobre las mesas, los vasos y los movimientos de la concurrencia, algo que no pasó desapercibido al tabernero que sintió escalofríos temiendo, y estaba en lo cierto, que el mayor de los peligros había traspasado la puerta de su casa.

El viajero tenía hambre y sed pero no estaba dispuesto a comer nada en ese lugar inmundo. Además, otro apetito mucho más grande que el que residía en su estómago habitaba en su mente. Y era un apetito voraz. Se había propuesto cazar a cinco y ya solo le faltaba uno. Algo en su interior le decía que estaba en el lugar idóneo para acabar por esa noche su deambular por las calles de Estambul.


El tiempo pasaba sin que nada sucediera. El tabernero lo vigilaba con cautela. Lo notaba nervioso, limpiando de continuo un exceso de sudor con manos temblorosas. Esperaba con ansia que se marchara por donde había venido, pero no parecía tener prisa.

De pronto el viajero observó un movimiento furtivo en uno de los clientes. Estaba sacando algo de un bolsillo. ¡Por fin! ¡Era tabaco! Presa de una excitación incontrolable se levantó de un salto sacando el arma que ocultaba bajo su manto y de un tajó certero cortó la cabeza del fumador que rodó a los pies de una concurrencia espantada y paralizada. El desconocido limpió la sangre de la hoja en la ropa del muerto y tal como había llegado desapareció.

Ya en palacio, el sultán pidió que le sirvieran de comer y de beber. Estaba satisfecho, hambriento y sediento. Una abundancia de platos diversos se dispusieron de inmediato sobre la gran mesa, así como una cantidad importante de alcohol, una de sus grandes pasiones. Mientras la bebida iba haciendo su efecto se preguntaba por qué la gente no obedecía sus órdenes, ya había tenido que ejecutar a unos cientos, se veía que no tenían miedo, igual debía aumentar las penas, aunque ¿qué pena puede ser peor que la muerte? La idea se la había dado el zar Miguel I de Rusia que el año anterior había ordenado amputar la nariz a quienes esnifaran rapé. El era Murad IV, el sultán del gran Imperio Otomano y no iba a ser menos que el zar. Por eso había decidido prohibir el alcohol además del tabaco bajo pena de ejecución inmediata y temiendo que sus servidores no actuaran con la diligencia debida se deleitaba patrullando él mismo las calles e inspeccionando cafés, bares y tiendas de vino. Así no solo sería temido si no que evitaba también que se hablara mal de él, consciente de que el alcohol consumido en las tabernas mataba el miedo y soltaba la lengua. Cuando ya se sintió ahíto continuó bebiendo hasta perder la consciencia, siendo trasladado por los sirvientes a su alcoba. Unos sirvientes que no podrían evitar que su señor acabara muriendo con apenas veintisiete años de una cirrosis alcohólica.

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Manuel - Cristina Muñiz Martín



Todo el pueblo, incluidas las madres, antes temerosas, fueron a despedirlo. Yo luchaba por sujetar las lágrimas. Era mi mejor amigo, al que siempre sabía dónde encontrar, el que me había regalado los mejores consejos. En su tumba solo un nombre “Manuel” y un epitafio “el barrio te echará de menos”. A mí el epitafio no me gustó nada, la verdad, me hubiera gustado algo más poético, más acorde con el carácter de Manuel, pero lo había ideado el alcalde y la tumba y la lápida las pagó el ayuntamiento. Nada más que decir.

Lo había visto por última vez dos días antes, sentado en su banco del parque, bajo un paraguas de un color negro desvaído al que le faltaban algunas varillas. Su cuerpo estaba encogido sobre sí mismo, como una seta antes de abrirse. El agua resbalaba por el paraguas inclinado formando una especie de catarata ante sus ojos llenos de vida. Lo conocía desde niño cuando mi madre, todas las madres, nos alertaron de la presencia de un desconocido en nuestro parque de juegos, haciéndonos prometer que no nos acercaríamos a él bajo ningún concepto, aunque nos ofreciera caramelos. Pero yo siempre fui un poco rebelde, lo reconozco. No un rebelde de esos que no hacen más que dar problemas en casa, no, más bien un rebelde mudo, de los que no siguen ciertas reglas establecidas, sobre todo las que considera estúpidas. Y a mí me pareció estúpido tener miedo de un hombre solo por el hecho de no saber nada de él. Sin embargo, había personas, vecinos cercanos e incluso parientes, a las que no me acercaría aunque me ofrecieran kilos de caramelos, precisamente porque los conocía bien. Así que no entendía ese miedo extraño de mi madre, pero asentí con la cabeza cuando me hizo prometer que tendría cuidado. Y los dos tan contentos.

Esa misma tarde, la tarde del día en que apareció Manuel, hice todo lo posible para que el balón fuera a caer justo delante de sus pies. Mis amigos quedaron paralizados pero yo me acerqué y se lo pedí con educación. También le di las gracias cuando me lo devolvió con una sonrisa de dientes perfectos. Era mayor. Todo lo mayor que es un hombre de cuarenta y ocho años para un crío de diez. Treinta y ocho años nos separaban. Podía parecer una eternidad pero no fue así. Con el paso de los años acabé cultivando una gran amistad con ese hombre en el que las madres acabaron confiando y que fue mi mejor profesor para afrontar la juventud primero y la madurez después.

Tras recuperar el balón continué jugando con mis amigos pero cuando llegó la hora de volver a casa me hice el remolón poniéndome a mear sobre unos arbustos y después haciendo que anudaba mis playeros, primero uno, después el otro, con tanta parsimonia que los demás se cansaron y me dejaron solo. Aproveché para acercarme a Manuel. Me presenté y le pregunté quién era y si pensaba quedarse en ese banco toda la noche. Me miró con esos ojos suyos tan limpios y profundos como un pozo de agua clara y con voz suave y cariñosa me dijo que ya hablaríamos otro día, que estaba oscureciendo y mis padres se preocuparían si me retrasaba. Le hice caso y por la noche, en la cama, le di vueltas a la cabeza pensando que un hombre que le dice a un niño que se vaya a casa para que su madre no lo riña y sobre todo para que no se preocupe no podía ser peligroso.

Manuel quedó esa noche y las siguientes en el banco del parque donde también pasaba el día. Los vecinos, en especial las madres y también los padres, esos padres y madres que nunca pisaban el parque, comenzaron a atravesarlo para calibrar el peligro que podía representar el desconocido que había llegado a sus vidas sin una palabra, en silencio. Un desconocido limpio y con buen aspecto Y eso era muy sospechoso. Si por lo menos fuera un mendigo tendrían a qué atenerse.

Pasaban los días y en nuestro campo de juegos, donde siempre habíamos corrido con libertad, siempre había un adulto al acecho. Al cabo de una semana los vecinos decidieron hablar con el cura para que los ayudara a poner remedio a esa peligrosa situación. Hasta fue mi padre que ni pisaba la iglesia ni se hablaba con el cura. Lo obligó mi madre, los escuché reñir en su cuarto. Ella estaba muy preocupada y descargó en su marido, como hombre de la casa, la obligación de proteger a su hijo. El cura habló con Manuel y le ofreció cobijo en unas dependencias abandonadas que pertenecían a la iglesia. Él aceptó, según me diría años después, más para tranquilidad del barrio que por él mismo, pues le gustaba vivir y dormir al aire libre, hiciera frío o calor. Pero sabía que si el cura se convertía en su protector de alguna manera, la gente respiraría tranquila. Manuel adecentó la estancia en la que había un catre para dormir, un retrete y una ducha estropeada, y donde dormía solo si el tiempo era especialmente malo. Si hacía bueno, e incluso en las noches frías pero despejadas de invierno, prefería su banco.

Los niños, especialmente yo, estábamos contentos libres ya del miedo de nuestras madres. Teníamos un parque donde podíamos jugar al fútbol y al baloncesto, unos columpios desvencijados, un tobogán oxidado y a Manuel. Y nunca nadie más se sentó en su banco, porque se convirtió en “el banco de Manuel”, no sé si por ciertos escrúpulos o por respeto.

Las madres, aunque no conseguían entender cómo un hombre de tan buen aspecto y trato afable viviera como un vagabundo, comenzaron a preocuparse por él y aunque nunca se lo daban directamente, ante la puerta de la dependencia abandonada de la iglesia solían aparecer bocadillos, fiambreras, bizcochos caseros, alguna toalla, pastillas de jabón y hasta algún frasco de colonia.

El cura, maravillado porque Manuel hubiera sido capaz de arreglar la ducha rota desde hacía siglos y dado un aspecto inusitado de limpieza al retrete, después de hablar con él acerca de sus conocimientos para buscarle un trabajo, algo que él rehusó, lo recomendó a los vecinos para realizar pequeñas chapuzas.

Las madres, aunque recelosas, fueron abriendo poco a poco las puertas de su casa a ese hombre del que nadie sabía nada pero que arreglaba con destreza enchufes rotos o la fuga de un fregadero, instalaba un tendedero nuevo o colgaba una lámpara, todas esas cosas para las que sus maridos nunca tenían tiempo.

El único que llegué a conocer su vida anterior fui yo. Manuel hablaba poco y solo cruzaba con los vecinos los saludos de rigor. No sé por qué me aceptó a mí, a un crío de diez años. Al día siguiente de su aparición me volví a acercar a él y seguí acercándome todos los días mientras dejaba de ser un niño para convertirme en un adolescente confuso y larguirucho primero, en un joven inquieto después y en un adulto, según dicen un tanto especial, más tarde. No es que sea raro, es que soy diferente. Mejor dicho, soy como los demás pero pienso un poco diferente. Por lo demás no se me distingue del resto de los mortales. Pero Manuel me decía que era especial y yo lo creía. Lo creía y me sentía feliz a su lado.

Manuel pertenecía a una buena familia, entendiendo por buena familia una familia con posición y dinero. Algo que siempre me llamó la atención ya en el colegio, cuando se decía que los hijos del médico, del alcalde o del farmacéutico eran hijos de buena familia. Luego conocí a Quique en la universidad, de familia rica, aunque no buena precisamente. Su padre es un animal sin sentimientos y su madre una estúpida ricachona a la que solo le importa la apariencia y lo que digan los demás. En cambio yo pertenezco a una familia humilde y tuve que estudiar con becas. Mi madre se dedicó toda su vida a la casa y a cuidarnos a mí y a mis tres hermanas pequeñas y mi padre a trabajar en la fábrica por un salario que nunca llegaba. Pero siento que pertenezco a una buena familia, porque mis padres son personas honestas, trabajadoras, amables y unos padres excelentes. Todo esto no lo pensé yo solo, me ayudó a pensarlo Manuel. El había huido de un mundo en el que no se encontraba a gusto. Un accidente mortal, cuando su madre se desnucó tras empujarla su padre, lo hizo tomar una determinación que vivía latente en su mente desde hacía años. Tras el entierro, abandonó su casa, su trabajo de despacho lujoso, su vida de apariencia feliz, de hipocresía. Abandonó un mundo del que abominaba. Por suerte no se había casado ni tenía novia, por lo que solo haría daño a su padre, al que le dolería más su ausencia, la ausencia del hijo único, del heredero de su imperio, que cualquier otra acción o palabra. Poseedor de una buena suma de dinero decidió viajar en busca de su lugar en el mundo. Recorrió y vivió en varios países de África, de Asia y de América del Sur. Nunca países ricos, no le interesaban. Ayudó a construir escuelas poniendo dinero y ladrillos, enseñó a leer y a escribir, financió los estudios de varios jóvenes, pagó y trabajó en la instalación de pozos de agua, concedió micro créditos a mujeres emprendedoras, cosechó amigos, se acostumbró a vivir con lo mínimo, aprendió a realizar todo tipo de chapuzas y se habituó a dormir al aire libre. Pero no acababa de encontrar su lugar en el mundo.

Un día, pasados veinte años desde la muerte de su madre, sintió la necesidad de volver al origen, a la tierra. Su padre había fallecido años atrás y a través de gestores había liquidado su herencia que invirtió en un par de hospitales. Aún le quedaba dinero pero no lo necesitaba. Recaló en nuestro barrio por casualidad. Me contó que esa mañana había caminado mucho y cuando se sentó en el banco sintió una sensación desconocida y placentera, como si el banco se amoldara a la perfección a su cuerpo. Supo que había encontrado lo que llevaba tanto tiempo buscando. Luego, cuando al salir del colegio mis amigos y yo fuimos al parque quedó encandilado viéndonos trotar por un terreno salvaje de tierra y piedras, arrastrando nuestro balón entre los pies o tratando de hacerlo pasar por el aro de una desaparecida canasta. Cómo le hubiera gustado a él tener una infancia así de sencilla y feliz. Su infancia, en cambio, había sido un encadenamiento de enseñanzas: la reglamentaria, el piano, el tenis, la natación, el saber estar en la mesa comiendo incluso el marisco con cuchillo y tenedor, el mostrase ante los demás como una familia perfecta y feliz mientras su madre utilizaba mil y una tretas para ocultar los moratones… Siempre se había sentido fuera del ambiente en que le tocó vivir, como si lo hubieran cambiado al nacer. A mí sus charlas me hacían pensar porque me pasaba lo mismo pero al revés. A mí me hubiera gustado pertenecer a lo que se entiende por una “buena familia”. Imaginaba mi niñez llena de libros con unos padres que me hablaban de Alejandro Dumas o de Charles Dickens, que me llevaban a museos a admirar la obra de los grandes pintores y que me pagaban clases de piano. Y con una chacha, de niño me llamaba mucho la atención lo de tener una chacha. No muchas criadas, ni siquiera una por horas, más bien una chacha de esas que acabas llamando tata y que forma parte de la familia. Aunque nunca serán familia, me decía Manuel. No te engañes Tato, las criadas, las llames como las llames, siempre serán criadas, las que sirven, las que visten la casa en una visita, las que molestan cuando finaliza la comida o la merienda y empiezan las conversaciones.

Manuel me abrió la mente y me enseñó a ver las cosas con otros ojos, a reconocer la suerte que había tenido con unos padres que no relegaban mi cuidado a otras personas, que me llevaban al cine o de paseo, que me permitían hablar y reír en la mesa, que me daban un beso de buenas noches…También el jugar con libertad en la calle con mis amigos, casi unos hermanos. Disfrutar de unos vecinos casi familia. Me hizo ver mi vida de otra manera. Al principio no lo entendía, no entendía que hubiera renunciado a una vida lujosa, que me dijera que yo era más rico que él. Muchas cosas que fui comprendiendo a medida que avanzaban los años y daba mis pasos independientes en la vida. Manuel se convirtió en mi mentor, en la persona a la que le contaba todos mis problemas, problemas que en su mayor parte desaparecían en cuanto salían de mi boca. Siempre lo recordaré. A él y a su banco, donde ahora estoy llorando porque se ha ido el mejor amigo que tuve y tendré nunca. Me queda el consuelo de que murió feliz, viviendo como eligió, sin imposiciones, con libertad, por mucho que resulte difícil entender que la felicidad de un hombre resida en un banco del parque. Pero si algo tengo claro gracias a sus enseñanzas es que cada persona tiene su lugar en el mundo y a menudo ese lugar es difícil de encontrar.

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Te maté, lo reconozco- Cristina Muñiz Martín



  Relato inspirado en la fotografía

 

 

Te maté, lo reconozco. Pero fue sin querer. Y me echarás en cara que no te lloré. Es verdad, pero habías cambiado tanto… Llevaba años añorando al hombre de manos suaves y amorosas con el que me había casado. Siempre las cuidaste mucho y como nunca clavaste un clavo eran perfectas: estrechas, con dedos largos de nudillos pequeños, la piel sin manchas y sin pelos. Hasta te eligieron para aquel anuncio de manos en televisión, ¿te acuerdas? ¡Menudo viaje hicimos con el dinero que te dieron! Cuando me entra la nostalgia miro las fotografías y me parece mentira que haya pasado tanto tiempo. Pero me estoy desviando del tema... Te decía que añoraba al hombre de manos suaves y amorosas. Te gustaba recorrer mi rostro con ellas: mis párpados cerrados, mis mejillas, el perfil de mis labios, mi barbilla. Y yo me sentía flotar en una nube de felicidad infinita.

Luego, no sé cuándo ni cómo ni por qué, tus manos se volvieron ariscas. Era como si un cardo se restregara contra mi rostro, un cardo áspero y afilado como la vieja guadaña que tu padre se empeñaba en seguir utilizando pese a regalarle un corta-césped. Tu padre, un buen aliado. Siempre lo echaré de menos. Su buen carácter y sus amenas conversaciones que a ti te resultaban insoportables. Ahora que lo pienso, Cardo, sí, porque durante muchos años en mi mente fuiste Cardo, no Ricardo como al principio, no Ricardo como te llamaban los demás. Cardo. Pues eso, que ahora que lo pienso todo empezó, o más bien desempezó cuando murió tu padre. Siempre viviste buscando su conformidad porque su buen carácter con los demás se tornaba exigente y autoritario contigo. Creo que fuiste Ricardo mientras que él vivió para que te viera como un buen marido porque me quería como a la hija que nunca tuvo. A la vuelta del cementerio empezaste a convertirte en Cardo. Fueron años malos en los que pasaba noches enteras llorando por mi amor perdido aunque te tuviera cerca. Y ya ves, ahora estás muerto. Y no veas el trabajo que me costó cortarte el brazo. Igual te parece mal, pero no me importa porque ya no puedes decir nada. Me sentía tan sola que no podía apartar de mi mente el recuerdo de tus caricias de los primeros tiempos.

Al principio sacaba el brazo del congelador a media tarde para recibir las caricias por la noche, antes de acostarme. Pero no me acababa de gustar del todo porque tenía que pasarme yo la mano por la cara y no sé, no era eso lo que quería. Un día tuve la feliz idea de plantar tu brazo en una maceta. Una muy bonita ¿eh?, no vayas a creer que te planté en una de esas de los chinos que sé que no soportabas ese tipo de tiendas. La compré grande y con la ayuda de una gran cantidad de tierra dejé el brazo bien erguido y afianzado. La coloqué al lado de la televisión para no perderla de vista mientras veía películas y series. Luego, antes de acostarme arrimaba mi rostro a tu mano y sentía su tacto, su cariño… bueno, el cariño lo ponía yo. Y vuelta al congelador hasta el día siguiente. Pero una noche se me olvidó guardarlo. No veas el susto que llevé por la mañana. Temí que tu brazo se estuviera descomponiendo. Sin embargo, mis ojos no podían creer lo que veían. ¡Había echado raíces! Sí, ¿parece increíble verdad? Pues desde que echó raíces, tu brazo recuperó el color, la tibieza y hasta la vida. Solo tengo que acercar mi cara a tu mano y ella me acaricia como antes, recorriendo mis párpados cerrados, mis mejillas, el perfil de mis labios, mi barbilla... La cuido bien ¿sabes? He comprado una crema muy buena, y muy cara también, y todos los días por la mañana y por la noche les doy al brazo y a la mano un suave masaje con ella. Tu piel ya es otra vez de seda. Ya no raspa como los cardos, Ricardo. Sí, ya ves, he vuelto a llamarte Ricardo. Qué bien estamos así, cariño. Y hasta hice un montaje con una foto mía de cuando era joven y tu brazo en el tiesto acariciándome. ¡Me encanta mirarla! La tengo colgada en el salón, encima de la maceta. Lo único malo de todo esto es que he tenido que dejar de viajar. Mira tú, con lo que a mí me gustaba. Y ahora que tengo más dinero que nunca, porque entre tu pensión y la mía y sin tanta ropa que comprabas y toda esa comida gourmet que te encantaba, al final me sobra un buen dinero todos los meses. Estoy buscando una solución, porque ya que no puedo hacer viajes turísticos me gustaría vivir cada mes en un lugar diferente pero no acabo de encontrar la manera de trasladar tu brazo. Es que siempre fuiste de dar problemas, Ricardo. Y hasta después de muerto me complicas las cosas. Dirás que puedo usar una nevera portátil. Para el brazo estaría bien, aunque no para la maceta porque es demasiado grande. Y ahora que echó raíces no es cuestión de estropearlo que ya se sabe que las plantas al pasarlas de unas macetas a otras muchas veces se mueren. Y yo no quiero que se muera tu brazo, Ricardo, y mucho menos tu mano. Pensé en quedarme solo con ella, con la mano, que sería más fácil de transportar, pero la idea de rebozármela por la cara no me atrae, me gusta más sentirla unida a tu brazo, moviéndose ella sola. Además, tengo miedo de que se enfade si la separo del brazo y se quede quieta. No. No puedo correr riesgos. También me da miedo que haya un corte de luz y empieces a oler mal y venga la policía y se arme la gorda. Si pudieras hablar me dirías que no te hace gracia estar metido dentro de un arcón congelador y encima con un brazo de menos, pero si lo piensas, estás bien conservado, mucho mejor que comido por los gusanos o reducido a cenizas, ¿no te parece? Lo único que me reconcome es haberte matado. Aunque fue sin querer. Y también fue culpa tuya. Si hubieras tenido más cuidado te habrías dado cuenta de que yo había cambiado tus pastillas por otras. Es que como siempre dejabas las cosas de cualquier manera al abrir la puerta del armario del baño cayeron dos cajas y, como estaban abiertas, los blisters se desparramaron por el suelo. Los recogí y sin darme cuenta confundí las cajas. Es que las pastillas eran tan parecidas... Y claro, tú sin fijarte tragaste lo que no debías, que no fue más que un exceso de vitamina D. Lo malo fue que no tomaste las que tenías que tomar y te quedaste frito de un día para otro, bueno más bien de una noche para un día. Qué suerte tuviste, Ricardo. Morir durmiendo. ¡Qué cosas tiene la vida!, con lo que les cuesta morirse a otros. Bueno, te dejo que con tanta cháchara han dado las tantas y estoy muerta de sueño. Buenas noches, mi amor, mañana seguiremos hablando.












 

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Bichos - Cristina Muñiz Martín

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Los bichos están por todas partes. Se extienden por el suelo, por la cama, por los muebles, por la ropa, amenazando con devorarme. Si pudiera los aplastaría con las manos, pero los muy pillos son tan pequeños que no hay manera de verlos. Los que saben dicen que son verdes y que tienen cuernos, no un par de ellos como el diablo, qué va, montones de cuernos. Se sitúan en los sitios más inverosímiles y en cuanto pueden ¡zas!, se tiran a tumba abierta y penetran en los cuerpos por la nariz, por la boca, por las manos, por no se sabe bien dónde. Y empieza la batalla. Atacan a nuestras defensas que aunque luchan como fieras la mayoría de las veces no pueden con ellos porque son seres replicantes, como los de las pelis de ciencia ficción que hablan de un futuro lejano, aunque yo creo que ese futuro ya llegó o está llegando. Por eso llevo meses sin salir de casa, ni a la puerta me arrimo, y con las ventanas cerradas, no vaya a ser que me estén esperando armados hasta los dientes. Ahora trabajo y compro por internet y tengo almacenadas varias garrafas de lejía y un armario lleno de suero bactericida, desinfectante, antisépticos, gel hidroalcóholico… Al levantarme quito la ropa de la cama y la meto en la lavadora a noventa grados, pues dicen que así mueren. Ah, se me olvidaba, tengo que hacer un nuevo pedido de sábanas que con tanto calor me están quedando todas mustias. Luego aspiro el colchón y a continuación lo rocío con una buena dosis de desinfectante. Pongo las sábanas limpias guardadas al vacío y las cubro con la colcha. Al menos, por la noche me podré meter en la cama tranquilo. Con la cama lista echo un spray desinfectante por las paredes antes de fregar el suelo a rodilla con lejía. Cuando acabo cierro la puerta que no volveré a abrir hasta la noche. Con tanto esfuerzo ya me toca desayunar. Entro en la cocina y saco la cafetera metida en una bolsa de plástico bien cerrada con unas gomas. Froto con lejía la mesa de la cocina, la seco con papel que después tiro a la basura y ya seguro coloco la mantequilla, la mermelada, la tostadora, la taza, todo ello desinfectado del día anterior y dentro de bolsas herméticas. Después de desayunar me toca limpiarlo todo de nuevo y guardarlo en condiciones para el día siguiente. Me suelen dar las diez de la mañana, y eso que me levanto a las siete. Es hora de trabajar. Mejor dicho teletrabajar. Voy al salón donde tengo mi despacho. Pero antes tengo que limpiar y desinfectar el ordenador, la silla, las bandejas, las carpetas, los bolis, el techo, las paredes, el suelo... Ya me dan las once y todavía no empecé ni un informe. El jefe me llama a veces preguntándome la razón de mis continuos retrasos que trato de tapar con un “no me encuentro del todo bien”. En cuanto digo eso, me habla de hacer una PCR o de ir al hospital. Pero lo despisto diciéndole que es cosa de la alergia, de estar todo el día metido en casa. Desde las once hasta las dos consigo concentrarme un poco, aunque a veces me entra una angustia pensando en que puede caerme un bicho de esos desde el techo que tengo que dejar el trabajo y ponerme a limpiar el techo. Y como del techo pueden caer cosas no me queda más remedio que volver a limpiar las paredes, el ordenador, la silla, la mesa, las carpetas y hasta el suelo. Y el estómago ya me dice que es la hora de comer. Nada de cocinar, que no es cosa de andar sacando cacerolas y sartenes y a ver quién es el listo que me asegura que no estén llenos de bichos. Por eso prefiero la comida preparada. La caliento al microondas después de desinfectarlo bien, saco de su bolsa el plato, la cuchara o el tenedor, un vaso y listo. El agua de botella, que a ver si va a navegar la cosa esa por las cañerías. Termino de comer y dedico un par de horas a desinfectar bien la cocina y fregar todos los suelos de la casa con lejía. Bueno, todos no. Desde que empezó este lío, desarmé todos los muebles y los metí en una habitación. Así me quedó todo más despejado. En mi cuarto, solo la cama. En la cocina centralicé lo necesario en un mueble. En el salón solo dejé mi despacho y la tele encima de una caja de plástico que se limpia muy bien. El resto de las puertas cerradas, incluso la de la terraza. Cualquiera se atreve a abrir. Veo a muchos vecinos que pasan el día al aire libre, como dicen ellos. Ya, ya, al aire libre, no me extraña que acaben cayendo todos. Trabajo otro rato y la angustia vuelve a aparecer. Toca otra desinfección del salón. Cuando acabo ya es la hora de cenar. Voy a la cocina y repito las mismas operaciones que con la comida del mediodía. Ya, cansado, llega la hora de ver un poco la televisión. Pero antes tengo que desinfectar la pantalla, el mando, los cables, la caja donde se asienta la tele. Lo malo es que como quité el sofá, en la silla estoy un poco incómodo, pero es lo que hay, que las fundas del sofá no se pueden lavar todos los días y menos a sesenta grados. El otro día me dormí y ¡me pegué un trompazo! Encima me dio por pensar si dormiría con la boca abierta ¡entré en pánico! No me lavé la boca con lejía porque tuve un momento de lucidez, que si no... Me froté los labios, los dientes y la lengua durante veinte minutos con un cepillo nuevo que tiré de inmediato. Decidí ir a la cama, pero me acordé que no me había duchado, algo que suelo hacer por la noche. Desinfecté bien todo el baño y me di una ducha rápida, por el miedo de que puedan salir por la alcachofa. Me puse un pijama y una bata limpios y volví a desinfectar el baño cuando acabé. El resto de la ropa a la lavadora a noventa grados. Tengo que comprar también unos pijamas, unas batas y unas zapatillas. Esas las tiro todos los días. Las zapatillas. Porque lavé unas a noventa grados y quedaron hechas unos zorros. Por fin conseguí llegar a la cama. Levanté la colcha con cierta aprensión, porque a ver si había caído alguno del techo, aunque lo había limpiado bien por la mañana. Me metí entre las sábanas que estiro hasta que me cubran la cabeza, no sea cosa de que abra la boca durmiendo y me ataquen. Solo dentro de las sábanas me siento seguro. Seguro y agotado. Y eso me preocupa. Estar agotado. Porque además me duele todo el cuerpo, mi olfato no percibe más que el olor a lejía, la cabeza me da vueltas y tengo la piel de las manos muy rara, como agrietada. Lo miré antes de acostarme y son demasiados síntomas. Ah, también me pica la garganta. Y luego el insomnio, que de tanto pensar apenas pego ojo. ¡Qué horror! Me acabo de acordar que hoy vino el chico del supermercado. A ver si me contagió. No lo toqué, me dejó las bolsas en el suelo y luego lo limpié todo bien y desinfecté uno por uno todos los artículos y las bolsas las tiré y no creo que se me haya olvidado nada. La entrada la fregué a conciencia en cuanto cerré la puerta. ¡Ay mamina! ¡Se me olvidó limpiar la puerta! ¡Seguro que estoy contagiado! ¡Voy a llamar a urgencias!

 

 

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