La fábrica que tose - Marga Pérez


La fábrica que tose

La enfermedad es nuestro sistema productivo. Lo pone en el manual de bienvenida, página tres, entre el plano de evacuación y la foto del director con sonrisa de folleto dental.

Aquí no se falta, se optimiza. Aquí no se muere, se te cambia de turno.

Yo entré sana. O eso creía. Tenía veinticuatro años, las rodillas nuevas y la ingenuidad intacta. El primer día me dieron una bata, una tarjeta magnética y un bote de pastillas “por si acaso” – Profilaxis- dijo la de prevención sin levantar la vista del ordenador. -Somos previsores. El cuerpo avisa tarde y el Excel, nunca-

A la semana ya me dolía la espalda con personalidad propia, como si me hubieran instalado una bisagra mal engrasada en la L4. -Buena señal- dijo mi encargada, significa que estás integrada, el edificio ya te reconoce.

A las ocho en punto, en torno a la entrada, tenías que coger aire en la calle, pasabas la tarjeta, cruzabas y lo soltabas ya dentro. Era deporte corporativo: apnea sincronizada. El aire de fuera no cotiza. El de dentro viene con filtro HEPA y objetivos trimestrales.

En la fábrica la cadena no para. Hay turnos para comer de doce minutos, turnos para ir al baño con cronómetro en la puerta y turnos para toser. Si toses fuera de tu franja te descuentan productividad en la app. Si no toses en un mes, Recursos Humanos te manda a revisión: baja adhesión al ideario. Aquí la fiebre es un Indicador Clave de Desempeño. Máxima optimizada: 37,8. Por encima, te vas a casa sin sueldo y con un tutorial de “Cómo bajar la fiebre con mentalidad growth”. Por debajo, te quedas y empujas. A 37,8, exacta, te dan una chapa de punto dulce y sales en el tabloide digital de la empresa. Mi compañera Rosa lleva tres años con migraña. La ascendieron cuando aprendió a usar Excel con un ojo cerrado, no podía de dolor. Manu, de Logística, se desmayó el martes después de una caída aparatosa y volvió el miércoles con una vía en el brazo y una pegatina de Empleado del mes. La vía la engancha a la máquina con bluetooth -Así no pierde tiempo en desplazamientos- explicó el coordinador. Sinergia biosanitaria. Vamos, que el futuro ya tose aquí.

En el comedor masticamos y tragamos en silencio, cada uno con su bandeja, su dolor etiquetado y su código QR para valorar la menestra. Nos dimos los buenos días la mañana en que yo entré y aún nos dura. Ya no preguntamos “cómo estás”. Preguntamos “Cuánto te queda” para el descanso, para la jubilación, para que te den el kit de artrosis conmemorativa a los diez años…

Yo aprendí a llorar sin ruido en el baño de minusválidos, el único sin cámara ni altavoz motivacional. Me siento en la tapa, cierro bien la boca y cuento hasta treinta, que es lo que dura la canción de “Pausa activa”. Aprendí a echar fuera el agua que me ahoga, en tragos pequeños, para que no salte la alarma de humedad ni me la imputen como “pérdida de fluido operativo”. El llanto no suma, es merma. Si te ven te apuntan a “Gestión Emocional Eficiente” de 6:00 a 6:15, no retribuido, pero con diploma en PDF. Pensar en positivo es obligatorio desde la circular 14-B. El pesimismo lastra el PIB interdepartamental y apaga la máquina de café, es lo que hay.

Ayer inauguraron la nueva nave: Bienestar- Planta Norte. Tiene luces bajas para que no veas tus ojeras, música de pájaros grabados en 2019, antes de extinguirse el presupuesto, y una máquina de café que te hace test de estrés antes de darte el cortado. Si marcas “mal” te imprime una frase como “¡Tu puedes con todo y con más!” y te devuelve a tu puesto con un vale de -2% de fatiga percibida. “Resiliencia es rentabilidad” dice el póster de la entrada…

Anoche soñé que barría. Barría pastillas sueltas, vendas con caritas dibujadas, justificantes caducados, etiquetas de “Frágil”. Lo barría todo hacia dentro, hacia mí, con eficiencia germánica. Al despertar, el suelo de mi casa estaba limpio. En el correo: Solicitud de baja médica denegada. Motivo: constante vital suficiente para tareas administrativas y para sonreír en la foto de equipo. Ánimo, campeona. Adjuntamos enlace a la webCómo convertir tu hernia en una oportunidad

A las 11 suena la sirena de pausa activa. Tenemos que estirar como si abrazáramos los objetivos, es la consigna. Rosa cierra su ojo bueno y aprueba el Q3 con la mirada. Manu brinda con suero. Yo mantengo la respiración y busco huelga en el diccionario corporativo y descubro que lo borraron en la actualización 3.1. Ahora se llama pausa estratégica de realineación con catering.

Hoy me he mirado las manos antes de fichar la salida. Tiemblan. Es la primera pieza que fabrico sin código de barras. No la puedo escanear. La he guardado en el bolsillo del mono junto al bote de Profilaxis por si un día la cerradura cede. Por si un día la enfermedad pide el finiquito.

Así y todo, los cuerpos se enteran antes que uno mismo y saben que, cuando la enfermedad produce, curarse es sabotaje. Que cuando el síntoma cotiza en bolsa, la salud se vuelve absentismo y el hígado, sin que te enteres, te hace un ERTE por menos de nada.

Así que ficho. Empujo. Produzco. Y en el baño sin cámara, echo fuera el agua que me ahoga, gota a gota, para no inundar la línea ni cortocircuitar la máquina del café. Y así hasta que alguien deje de barrer hacia dentro y abra de una patada el zulo. Hasta que olvidarnos de nosotros mismos deje de ser el core business y pase a ser, con suerte, sólo un mal recuerdo, eso sí, con paga extra.



Entre luces - Marga Pérez



Entre luces

Siempre que pienso en ella me veo en el rellano del tercero, entre luces. No arriba, donde vivía mamá y nos gritaba: “¡subir ya!. Allí, con ella, siempre estuvieron los focos que ciegan. Ni abajo, donde la oscuridad traga, en el piso al que papá se mudó después de que murió la abuela. ¡Bajar de una vez, coño! – decía cuando pasaban días sin entrar a verlo y oía nuestras prisas- Yo me veo en medio, en el parpadeo de ese tiempo que no sale en los relojes. El que vive en los rellanos, a media altura, con la llave en la mano y la respiración agitada. De niña tenía el escalón que servía para jugar a los cromos, hablar con mi hermano, sentarnos a llorar o escondernos de los mayores.

Que la luz de la escalera durase sesenta segundos y que al llegar a los cincuenta y nueve parpadease quizá tuvo algo que ver. La luz parpadea y te avisa: ¡decide! O pulsas otra vez o te quedas a oscuras. Yo vivía en ese parpadeo, en el casi, en el ya no pero todavía si y, siempre me pillaba en el tercero. Respiraba. Pulsaba. Subía. Entre el segundo que ya pasó y el cuarto que no llegaba. Allí el aire no era de nadie, y yo lo atrapaba mientras la luz parpadea.

Mi madre decía que la luz de la escalera era cortesía de la comunidad. Para mi era el único momento del día anónimo. No era hija, ni vecina, ni divorciada, ni trabajadora. Sólo era cuerpo subiendo después de un largo día.

Ella llegó en marzo con un niño, caja de libros y ojeras de no necesito nada. Se instaló en el cuarto y la ayudé a subir sus cosas.

-Dura un minuto- Le dije

-Lo sé- dijo ella- Llevo toda la vida en uno.

Me vi otra vez en el rellano con la maleta y el divorcio colgando después de dieciocho años fuera.

En el tercero se paró conmigo. Cincuenta y nueve segundos. El minutero parpadeó. No dijimos nada. No preguntó. No pulsamos. El niño tampoco lloró y después de un rato ella sacó el móvil. La luz de la pantalla nos pintó la cara de azul. Parecíamos muertas guapas o vivas feas que parece lo mismo, o quizá no…

-¿Y ahora?- pregunté

- Ahora aprenderemos a andar a oscuras- dijo

Al llegar al cuarto ella abrió la puerta y yo me quedé en el rellano. Olía a vainilla y a papel viejo.

Desde entonces nos encontrábamos entre luces. Ni arriba ni abajo. Siempre en el tercero, como en la infancia.

El minutero de la escalera un día murió, era martes, murió sin aviso ni parpadeo. El casero tardó nueve días en cambiarlo y nos obligó a usar la linterna del móvil. Yo dejé vela y cerillas en el rellano. Alguien la encendía cada noche. No sé quien, la verdad. No pregunté.

Una noche subí y la vela estaba encendida con una nota: Hoy no puedo con las tinieblas. Necesito luz u oscuridad, los términos medios me matan. Y lo entendí.

Cuando cambiaron el minutero pusieron noventa segundos de led. Treinta de regalo, dijo el dueño del edificio. Ya no parpadeaba, se apagaba de golpe y sin avisar. Sin decidir. Los vecinos dijeron que era una mejora, pero yo lo viví como una amputación.

Dejé de pararme en el tercero y subía del tirón. Noventa segundos dan para subir sin parar. Para no pensar. Y yo necesitaba pensar.

Ayer coincidí con ella en el portal, iba sin niño y con ojeras nuevas, de las que pesan menos. Subimos juntas en silencio. En el tercero no nos paramos, ya no hacía falta, el minutero llegó a los noventa y nos sobraron dieciséis. Los usamos para asomarnos a la azotea y mirar la noche. Me dio un libro “Para la que se quede” tenía una dedicatoria: No hay luz buena, hay luz tuya. No volví a verla.

Ahora yo puse un regulador nuevo. Se enciende de a poco y de a poco se apaga. Tarda cinco segundos en hacerlo. Cinco segundos de casi, de todavía no, de decide... Cinco segundos míos. Y me quedo ahí, entre luces, viendo cómo llega, cómo se va y cómo vuelve. Sin contar, sin correr, sin necesitar, sin respirar. Sólo estando.







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Turno de paseo - Esperanza Tirado

                                         

 

 


Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se marchan dejando el parque limpio, casi más que cuando llegaron.

Sus humanos están muy bien educados. Aunque hay alguno más inquieto que tironea hacia las palomas o al olor de los churros recién hechos.

Pero los perros mantienen la disciplina con firmeza:


¡Suelta ese palo! ¡Qué manía tiene con traerlos a casa!


¿El tuyo ya duerme bien?


Bueno, solo si le dejo el móvil cerca.


En el parque, los humanos hacen lo suyo.

Cuando termina la hora del paseo, los perros recogen juguetes y abrigos y llaman a silbido corto:


¡Vamos, chicos! ¡A casa!







 

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A TRAVÉS DE LA LLUVIA - Marga Pérez

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A través de la lluvia


Se puso un día de perros. Lluvia buscaba el paraguas dándole vueltas a su nombre y sus consecuencias. Sus padres seguro que desconocían la crueldad de sus compañeros porque no entendía cómo se les había ocurrido ese nombre, aquí, donde no paraba de llover.

Lluvia creía que costarle tanto pensar de manera lúcida tenía mucho que ver con esa niebla persistente instalada en su cabeza. Su cuerpo sudaba a todas horas, sus manos mojaban lo que tocaban y su espalda chorreaba. Vivía en las nubes ¡Era LLUVIA!

- ¿No podría tener unos padres normales?...

- ¿Y si se cambiase de nombre? ... …

No había dónde guarecerse. Se empapaba y no lo sentía, estaba costumbrada.

Las manos húmedas resbalaban entre libros y cachivaches adolescentes buscando el paraguas y no vio al joven que se le acercó por detrás, la cobijaba con su paraguas. Al oírle hablar se dio cuenta que no estaba sola. Le sonreía a pesar de estar tan mojado como ella. Caminaron juntos, apretados. Charlaron después frente a un refresco y rieron con ganas. Lluvia sintió disiparse su niebla mental. El día de perros pasó a ser menos trágico y, orgullosa, descubrió que su nombre, a él, le entusiasmaba. Aquella noche no llovió.



Paragüas huérfanos - Esperanza Tirado

                                         

 

 


Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se marchan, antes de que el sonido de las sirenas de los zetas se escuche por la plaza. Aunque siempre se les queda algún paraguas huérfano que encuentra dueño enseguida. Los agentes llegan corriendo, pero lo único que encuentran es la plaza vacía,

Los vendedores van y vienen, como el viento y los paraguas, que nadie reclama.

Y ya son demasiados nombres, demasiadas caras borradas, un puñado de huérfanos que nadie sabrá de quién eran. O a donde iban.



 

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Memoria arrancada - Esperanza Tirado

                                            How To Cut A Tree Down With An Axe at Kimberly Knox blog

 

 

Fue el momento en que mataron al árbol cuando el silencio del barrio se volvió insoportable. Ese árbol llevaba más años en la calle que cualquiera de nosotros. Había visto mudanzas, besos a escondidas y veranos ardientes. En sus raíces jugábamos a hacer nidos de hojas y barro.

Cuando fuimos mayores, lo usábamos como punto de encuentro:

'Nos vemos en el árbol', decíamos.

Cuando cayeron las últimas ramas, los niños dejaron de jugar; un perro se sentó, atento, como si entendiera aquel duelo improvisado.

Y yo, desde mi balcón, sentí que habían cortado un punto básico de mi orientación, de mi memoria, de mi pertenencia al barrio.



 

 

 

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Latidos- Esperanza Tirado

                                        Avilés - El Arbolón | Fotos antiguas, Foto, Viajes

 

 

Fue el momento en que mataron al árbol cuando todos los que vivían dentro de él se dieron cuenta.

Uno de los leñadores, al tocar el tronco abierto, sintió los latidos, que lo dejaron inmóvil; con el hacha suspendida en el aire mientras un escalofrío le recorría la espalda.

Un rumor tenue se filtró entre las grietas, como una respiración débil, casi moribunda. El hombre se retiró, sintiendo que aquella madera rota lo estaba mirando. Los demás hombres, al verlo pálido y en silencio, se acercaron.

El suelo vibró apenas, como un latido final. Nadie volvió a levantar el hacha.



 

 

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Donde habita la memoria - Esperanza Tirado

                                          

 

 

Miré a mi alrededor en aquella salita. La lámpara de luz temblorosa, el sillón gastado, las estanterías abombadas por el peso… Y pensé que aquel rincón, tan sencillo, contenía más historias que cualquier álbum de fotos.
Todo me hablaba de reuniones en familia, tazas de chocolate caliente y deberes escolares tras cristales empapados por la lluvia.

No había nada extraordinario. Quizá por eso, emocionada, regresé a aquellas tardes con mis hermanos.

Entonces recordé a mi madre sentada en aquel sillón, remendando nuestros uniformes y refunfuñando sobre “cómo era posible que estos niños gastaran rodilleras como si fueran de papel”.



 

 

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Código oculto - Esperanza Tirado

                                              

 

Había tenido el cuidado de precisar la edad aproximada del esqueleto encontrado en la excavación anotándolo todo en una etiqueta con código personal oculto:

Hembra. Adulta. Sin signos de embarazos. Restos de agua en los pulmones. Sin marcas de heridas mortales. Edad avanzada, para su época. Posible causa de defunción: ahogamiento o asfixia.’

La que le entró a ella cuando en el Museo leyó la cartela con el nombre de su compañero de expedición en primer lugar.

El de ella, en cambio, parecía no haberse descifrado.

 

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Luz antes del gris - Esperanza Tirado


                                        

 

Había tenido el cuidado de precisar la edad de su joven esposa para evitar miradas inquisitivas en los hoteles donde se detenían. Él apenas superaba los veinte; ella, con sus diecisiete recién cumplidos, lucía un aire entre tímido y resuelto que desmentía su corta edad.

Viajaban en un tren que avanzaba lentamente hacia la costa levantina para pasar allí su luna de miel. Su destino les recibió con el brillo sereno de la luz mediterránea.

Disfrutaron de aquellos días soleados, por el paseo marítimo, tomados de la mano, sin hablar demasiado.

Sabían que, al regresar, todo volvería a su cauce estricto y sombrío, sin rendijas para el color.



 

 

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En un nanosegundo - Marian Muñoz

                                         Manejar bajo lluvias intensas

 

 

 Increíble cómo repentinamente puedes cambiar, igual que un interruptor de la luz, haces clic y bombillas apagan o encienden, pues así, en una décima de segundo, qué digo décima, en un nanosegundo tu mente cambia, si lo consigues sin secuelas es un gran éxito.

Siete y media de la mañana, coche pequeño, cinco adultos adormilados en su interior con las tripas rugiendo. ¿Motivo? Camino del reconocimiento médico de empresa. Atrás tres adultos embutidos y en silencio, delante el copiloto charlaba a ratos con el conductor evitando que se durmiera. Nacho, conductor prudente (con ese trasto quien no lo sería) a pesar de la incomodidad nos montamos, media hora de trayecto no importaba.

Llovía, no demasiado, el cielo aún oscuro, las nubes no terminaban de alejarse aquella semana, una curva pronunciada con poca visibilidad e iniciamos el baile. Ahora izquierda, ahora derecha, un instante contra un hombro, al otro contra la ventanilla, un vaivén constante hasta que finalmente paramos. Asustados abrimos los ojos y en completo silencio intentamos reincorporarnos para no estar apretados. No recuerdo cómo conseguimos desabrochar el cinturón, empujar las puertas y salir a gatas, nuestras cabezas daban vueltas.

Mis oídos percibían con inusual agudeza el sonido del motor y los jadeos constantes de mis compañeros, mis ojos observaban y admiraban el tono grisáceo y azul oscuro del cielo, la tierra más dura que de costumbre y los demás parecían más frágiles que nunca ¿qué me estaba pasando?

La lluvia nos saludó en el exterior, al menos ayudaba a despejarnos. Probé mover un brazo, luego el otro, una pierna, la otra y no tenía nada roto, menos mal. Miré a los compañeros de viaje comprobando si estaban bien. Pepo el copiloto también pudo salir por su propio pie, nada roto, algo mareado pero vivo. Sin embargo, Nacho tenía atascado un pie bajo los pedales, no le dolía, pero no podía liberarse. A pesar de estar atontados y mojados, pudimos mover su asiento hacia atrás y conservar su pie con el resto del cuerpo. Nos estiramos y comprobamos que sólo teníamos un buen castañazo.

En seguida el cacho de césped de la rotonda se llenó de luces titilando. Policía, ambulancia, bomberos, no hubo necesidad de su actuación, todos estábamos bien, aunque muy asustados por lo vivido. Los sanitarios insistieron en atendernos, comprobar nuestro estado y darnos recomendaciones. Solo pensábamos en volver a casa, olvidarnos del reconocimiento y de la jornada de trabajo. Insistían en llevarnos al hospital y a pesar de la reticencia también intenté convencerlos, aparentemente estábamos bien, magullados, pero bien, sin embargo, un escáner descartaría lesiones internas que podrían ser graves.

Tanto insistí, que unos en ambulancia y otros en coche de policía nos llevaron a urgencias. Resultados satisfactorios menos Pepo, inmediatamente le prepararon para el quirófano, un derrame interno si lo hubiera dejado pasar podría haber sido mortal. Tras la operación y unos días ingresado, regresó en buen estado a su hogar. Nada más llegar me telefoneó para agradecerme haber insistido en hacernos el escáner, llamándome “mi ángel de la guarda”.

Según el atestado policial la tapa de una alcantarilla se había desplazado por las fuertes lluvias nocturnas, debido a la escasa visibilidad una rueda del coche se metió en ella y sin saber cómo, dimos tumbos por el pequeño terraplén de una rotonda, podía haber sido peor, por suerte pudimos contarlo. La experiencia nos llevó a un estado anímico de no retorno a nuestra vida anterior, los cinco creamos un fuerte nexo de unión, nuestro carácter se volvió más afable y si antes no nos tragábamos, empezamos a ser más condescendientes y empáticos con quienes nos rodean.

No cabe duda que algunos acontecimientos hacen darnos cuenta de lo que tenemos en realidad, una única vida para disfrutar en compañía.







 

 

 

 

 

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El pulso de las mujeres - Esperanza Tirado

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Solo me deja llevarlo un rato. Fino como un hilo de aire, el reloj de pulsera descansa en mi muñeca con un peso inesperado. Mamá lo abrocha despacio, como si aún lo custodiara en memoria de las mujeres que lo llevaron antes: su madre, y la madre de su madre.

Camino con él intentando no pensar en la responsabilidad que late dentro. Pero a cada paso, con él en mi muñeca de adolescente, el tiempo parece más denso. Ese reloj guarda historias. Y hoy mi madre me ha permitido entenderlas.

 

 

 

 

 

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Renacida - Esperanza Tirado

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Solo me deja llevarlo un rato, pero con eso me conformo. Mientras arropo al bebé y le hago cosquillas, me siento renacer. Le canto bajito, lo acuno, siento su calor, o quizá es el mío el que se transmite.

A veces, cuando me asalta el impulso de darle el pecho, disimulo, toso, digo que ya me pesa y le devuelvo el muñeco reborn a mi hermana.

El próximo que haga se llamará Alma —me promete.
Yo le sonrío, agradecida, mientras la mía aún está sanando.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Prescripción facultativa - Marian Muñoz

                                  Ilustración de Sistema De Digestión De Flatulencias Icono Doodle ...

 

 

Como periodista siempre estoy a la caza de noticias que interesen al lector. Los temas pueden ser diversos, pero protagonistas de carne y hueso son los más apreciados porque de la vida de otros siempre se puede aprender o alguna moraleja sacar.

Nuestra protagonista de hoy es Carmina, de edad indefinida como toda mujer que se cuida. Muy apañada al percibir una pequeña pensión, aún se vale por sí misma y por consecuencia vive sola. Su hijo al que cariñosamente llama “mi Ramonchu” vive en otra ciudad. Tanto él como sus amigas la tienen como huraña y extravagante, sólo porque no gusta de frecuentar cafeterías o restaurantes y cuando tiene visita trata enseguida de deshacerse de ella. Diríamos que es una mala anfitriona.

Cada quince días “mi Ramonchu” y su marido van a su casa a comer, una pareja encantadora que impepinablemente terminan renegando pues nada más terminar el café pos comida siempre les echa de casa con diversas artimañas. En realidad, las apariencias engañan porque Carmina es un pedazo de pan. Su comportamiento es causado por un problema intestinal de estreñimiento. Problema controlado gracias a unas maravillosas pastillas recetadas por su médico, lo malo es que, tras ingerir alimentos, dicha medicación provoca gases, mejor dicho, flatulencias. El galeno recomienda expulsarlos siempre porque mantenerlos en su interior pueden ser peligrosos. Por dicha razón Carmina tras cada comida tiene que echar cuescos. Para los que no os enteráis, pedos, pedetes o pedorros según lo que hubiera ingerido en ese día.

Nuestra protagonista está concienciada y no desea propagar su fragancia al resto de comensales, ya se sabe, el comedor de un restaurante es un recinto cerrado con mesas cercanas y algunos pueden sentirse abrumados por su reciente almuerzo. En casa más de lo mismo, por eso en cuanto toman el postre o café, con buenos modos echa a su hijo y su yerno, el asunto le avergüenza tanto que no les confiesa su problema.

Cada vez que “Mi Ramonchu” la visita intenta convencerla de ingresar en una residencia, estaría más cuidada y sin tanto trajín de compras, limpieza o soledad. Aunque su secreta intención es la de ocupar la casa de sus padres, más espaciosa que su pequeño apartamento. Su madre ni lo contempla ¿cómo iba a expulsar sus ventosidades, recetadas por el facultativo, estando rodeada de viejas, aunque también huelan a pañal húmedo? No, siempre respondía que aún no estaba preparada, por no agraviarle.

Ella vive feliz en su casa, aireándola para no saturar el ambiente. Los años van pesando y Carmina al caerse por un tropezón se hizo un esguince de muñeca. No podía cocinar, ni cortar, ni barrer, al no deber forzar su mano. “Mi Ramonchu” estuvo al quite aconsejándola irse por unos días a una residencia donde la atenderían en todo lo necesario para poder curarse. En ese momento no le importaría, pero tendría que ser una en la que pudiera airearse a gusto sin molestar a residentes ni visitantes, porque sus problemas intestinales son su mayor preocupación.

Reservaron plaza en el asilo, lugar idóneo al disponer de habitaciones muy amplias, salas de estar inmensas y un detalle muy importante, grandes terrazas y bonitos jardines. Mientras su hijo se frotaba las manos planeando su nuevo alojamiento, ella se decidió. La asistente social inició los trámites ante la Seguridad Social. Para su sorpresa Carmina no cobraba pensión de viudedad. ¡Imposible! dijo ella, todos los meses entra un ingreso en mi cuenta del banco, no es muy grande, pero con él me apaño, ¡tiene que ser un error!

La trabajadora contactó con su hijo, ignorante del tema. Éste acercó a su madre al banco para indagar quien le hacía su ingreso mensual, y no, no era la Seguridad Social sino un fondo hipotecario. Al morir su marido nadie había reclamado la pensión de viudedad, su hijo ni se preocupó y ella recibiendo esa pequeña paga le pareció suficiente. Puestos al habla con el citado fondo, les informaron que su padre y marido había contratado una Hipoteca inversa, cada mes pagaban una cantidad acordada hasta que ambos fallecieran y si abandonaban el piso, el fondo se haría cargo del mismo.

Mi Ramonchu” se quedó descompuesto, no podía trasladarse a la vivienda de su madre y gracias a la solicitud de la asistente social le reconocieron a ella una pensión de viudedad. Al recibir dos pagas, nuestra protagonista pudo optar a una habitación individual, donde podía tirar, según prescripción facultativa, los pedos, pedetes y pedorros que se le antojaran sin molestar a ninguna compañera, eso sí aireando debidamente cada día para que las monjitas no se marearan.



 

 

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Lo que fuimos - Esperanza Tirado

                                       

 

 

He trabajado desde niño en un hotel de mala muerte que pertenece a mi familia desde generaciones. 

Nunca me cuestioné cómo, ni por qué lo adquirieron. Nadie hacía preguntas: Ni dueños ni clientes. 

Nosotros nos deslomábamos trabajando, arreglando cañerías goteantes, limpiando habitaciones que olían a desinfectante barato y resignación, acumulando facturas de todo tipo. Y los huéspedes entraban y salían, intentando recomponer sus vidas, buscando una cama provisional que mitigara sus incertidumbres.

Mi padre decía que, mientras hubiera huéspedes perdidos, habría trabajo para la familia.

Un día dejaron de venir, y no supimos qué hacer. Nos sentamos en recepción, esperando. 

Ahora formamos parte del mobiliario.



 

 

 

 

 

 

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París bajo sus pies - Esperanza Tirado

                                            Degas' Dancers: How the Painter Depicted Ballerinas in His Art

 

Mañana las tropas alemanas entrarán en París. Así lo anunciaba Madame Schneider, mientras anotaba fechas en su gastado calendario.

Sus “tropas” eran su ballet. Invitados a un renombrado festival del verano parisino, llevaban meses ensayando sus coreografías.

Cuando entraron en escena, no traían más armas que sus pliés, jetés y grands battements.


—Conquistad París —les rogó.

Sus ‘niños’ bailaron con tal maestría que Madame se sumió en éxtasis, recordando viejos triunfos.

Al terminar, uno de los organizadores comentó:

París es tuyo.

 —Oui, Paris est à moi. —respondió ella en un susurro, mientras sus bailarines la rodeaban, orgullosos.

La ciudad había vuelto a sucumbir bajo sus pies.

 

 

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Costumbres reales - Esperanza Tirado

                                        Luxurious Throne A 3d Rendering Of A Red Royal Chair With A Red Carpet ...

 

 

Hasta que la quisieran como se quiere a una madre, ahí os quedaréis, ordenó.

Ninguno dio su brazo a torcer ante la decisión real. A pesar de ser su padre el Rey, el recuerdo de su verdadera madre nunca perdería el lugar que, por derecho, siempre le correspondió en sus corazones.

Una tras otra fueron pasando por la cama del Rey.

Sus hijos adultos, encerrados en los sótanos, eran cada vez  más numerosos. Unidos, lograron liberarse. Decidieron que sería uno de ellos quien ocuparía el lugar de su Padre, rompiendo así la costumbre real. Contemplando el dorado trono, enormes grietas resquebrajaron la unión fraternal.

 



 

































 

 

 

 

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Mente activa - Esperanza Tirado


                                                 Viuda Joven Que Lleva Velo Negro Foto de archivo - Imagen de joven ...

 

Pagaba al asesino por el trabajo realizado un mes después de cada encargo. Se reunía con cada uno en distintas localizaciones de la ciudad. Adoptaba diferentes identidades según la categoría del contrato. Ponía el máximo cuidado para evitar mencionar nombres de previos contratados. 

Su mente, activa e ingeniosa, consiguió crear una amplia red de sicarios e informantes de la que nadie conseguía escapar. 

Solo la mirada de aquella viuda negra le nubló la razón, haciéndole sentir unos escalofríos mortales. 

 

 

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Susurrando al cielo - Esperanza Tirado

                                                  

 


En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Los niños miran hacia ella, intrigados.

Está escuchando—, dicen los más viejos del lugar, sentados de tertulia en un banco de la plaza.

La nube permanece quieta horas, luego días, que se convierten en meses.

Uno de los ancianos decide hablarle, le cuenta historias de cuando la lluvia anunciaba cambios y las tormentas daban miedo, pero también vida.

Es otoño; con el viento de las castañas, la nube tiembla, se oscurece y deja caer una gota, gruesa y brillante.

Cae en la palma del anciano.

Gracias —le susurra a la nube antes de desvanecerse entre la tierra húmeda.




Primera frase en negrita: Inicio de La Península de las Casas Vacías, de David Uclés


 

 

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Que disfruten de la herencia - Marian Muñoz

                                            Inauguración de la nueva cafetería del Aeropuerto de Noáin - Pamplona

 

¡Este café además de caro esta malísimo! ¿no habrá nadie que presente una queja o reclamación? ¡cómo la van a presentar! Los usuarios de la cafetería del aeropuerto no tienen tiempo, tomarán este brebaje igual que yo, con prisa y pendientes de la llamada de su vuelo.

Me ha costado decidir dónde irme unos días de relax, está el planeta que tira cohetes por todas las esquinas, ni en Europa estamos mejor con el tema de Ucrania o la deseada Groenlandia, por no hablar de Canarias con las pateras o el Mediterráneo con tanta lluvia escupida por las nubes. Me resultó difícil encontrar un cachín de territorio donde disfrutar de unos días de asueto.

Tras el fallecimiento de papá tres años después llegó el de mamá. Hasta esa fecha habíamos sido una familia, los hijos preocupados por nuestros mayores e intentando coordinar su atención. Pero en cuanto falleció nuestra madre, todo se revolucionó. Mis tres hermanos con sus respectivas iniciaron la febril locura de deshacerse de todo, con prisa, había que vender el piso cuanto antes. La ropa, sabanas, toallas, manteles y enseres textiles varios fueron revisados por las féminas para ser metidos en bolsas de basura o bolsas de supermercado éstas últimas para la parroquia. Los objetos de adorno como jarrones, figuritas, libros o vajillas no les valían ni uno, todo para tirar.

Fui la última en llegar, no sólo como hija sino como invitada al aquelarre destructivo. Ahora entendía sus casas minimalistas, los objetos molestan, al contrario que a mí, todos tienen un mensaje, un recuerdo, un momento en que llegaron a nuestra vida y ellos me lo querían arrebatar. Vale, quizás es que soy una sentimentalona, pero aun estando caliente el cuerpo de mamá se pusieran a revolver y decidir tirar todo, francamente me dolió en el alma.

  • ¿La butaca de papá también la vais a tirar? Ya sé que esta vieja y gastada, pero por poco dinero se puede arreglar y cambiar la tela para modernizarla.

Diez bolsas con ropa, mantas, sabanas y qué se yo, porque ni siquiera pude ver lo que guardaban en ellas. Cuadros, fotos y figuras religiosas apoyados contra la pared aguardando ser embolsados y tirados. Me puse de los nervios, objetos recopilados en toda una vida eran despreciados por mis hermanos, casi me saltan las lágrimas, cuando el mayor dijo: Ya es tarde, dejémoslo para el finde que viene. Y uno a uno se largaron dejándome sola entre aquel caos.

Volví a casa apesadumbrada, sabía de sobra que no podía hacerles entrar en razón y que algunos recuerdos permanecieran en la familia, aunque menuda familia, desperdigada por medio país y relacionándose exclusivamente para atender a nuestros padres. Al ser la pequeña ninguno me tenía en consideración, llegué cuando nadie me esperaba, si bien pillé mayores a mis padres recibí lo mejor de ellos al ser la única a quien atender y hacerlo con más calma.

En dos días me decidí, alquilé una furgoneta y junto a dos amigos me acerqué hasta la caótica vivienda llevándome todo lo que pude. Su destino, un guardamuebles cerca de mi casa, la idea era que con tiempo y paciencia ir revisando cada objeto viendo si me lo quedaba, lo regalaba o vendía, deseaba despedirme de ellos, habían sido mis compañeros de vida durante mucho tiempo y todos tenían una historia que contar.

Cuando al siguiente sábado llegó la banda terminator, sólo quedaban los muebles que por volumen no pudimos llevarnos. Como locos mandaron mensajes: ¿Qué has hecho con las cosas del piso? Las tiré, respondí, ¿no era eso lo que queríais? cogí un día libre, llamé al ayuntamiento y se llevaron todo. No sé si parecían apesadumbrados o aliviados, pero no dijeron más y supe de ellos una semana más tarde.

  • Hermanita, nos dan por el piso cincuenta ¿qué te parece?

  • ¿Qué? ¡Ni hablar! Es piso vale mucho más, ¿has pensado cuanto corresponderá a cada uno? No, ni hablar, yo lo pondría en doscientos cincuenta, si en tres meses no llama nadie, lo bajamos a dos veinticinco y si en otros tres nadie se interesa, entonces lo pondría en doscientos, verás como te lo quitan de las manos.

Seis meses después llamó todo contento: ¡nos dan doscientos! Ya te dije que ese piso en el centro y a pesar de estar muy trallado, era un caramelito. Vale, avísame para ir al notario y nos vemos. Justo el 31 de octubre firmamos la venta y mi hermano poniéndose medallas del logro, casi me lo tiro al pescuezo. Marché sin que me vieran llorar. Al día siguiente nos encontramos en el cementerio, mucho ramo, mucha ropa negra y con prisas de volver a su espléndida vida. O sea, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, espero que disfruten de la herencia.

Aproveché el puente de la constitución para ir revisando cosa por cosa almacenada en el trastero. Mi piso pequeño comenzó a llenarse, compré una estantería para la entrada y seguir colocando recuerdos. Casi todo me valía. Los cuadros los desarmaba, limpiaba o pintaba los marcos y los colgaba. Empezaba a escasear el espacio, no me desanimé. Llegaron las fiestas navideñas y ninguno llamaba, tres hermanos, tres cuñadas, cinco sobrinos y ninguno tenía tiempo para una simple llamada. El grupo de WhatsApp estaba mudo desde la venta del piso, decidí dar el primer paso la tarde del 22 por ver si habían sido agraciados con la lotería. Muy buenas palabras, pero ninguno me invitaba a su casa sabiendo que vivo sola. Me encorajiné y mentalmente les di pasaporte, disfrutando las fiestas con mis recuerdos y redecorando mi entorno.

Fue el día 28 cuando escogí aquel cuadro, recordaba verle toda mi vida en el dormitorio de mis padres. Colgado en una esquina sombría pero visible desde sus camas. La intención era desarmarlo, limpiarlo y colgarlo. Era una imagen un tanto extraña, mis padres eran de gustos clásicos y aquel dibujo no sabía cómo enfocarlo, si estuviera del revés o simplemente fuera así. Al quitarle la protección trasera apareció una hoja de papel a rallas con unas letras. La tinta gastada por el paso del tiempo, pero aún se leía: Para LuMaSa, felicidades y enhorabuena por la boda. Con cariño de PaRuPi, 1908/5/5.

Más parecía un mensaje en clave que una felicitación, pasé la nochevieja observando el cuadro, mirando cada esquina, cada trazo, cada tono por ver si escondía el nombre de su autor porque PaRuPi no me sonaba. Al despertar en Año Nuevo me acordé de Alonso, primo de mi padre, aún estaba en forma y con buena memoria. Le comenté haber encontrado una carta antigua y lo que ponía por si sabía descifrar el mensaje. A la tercera se dio cuenta que la fecha sería seguramente la boda de mi abuelo Luis, su tío, el nombre en clave Luis Martínez Sánchez, pero quien la firmaba no tenía ni idea. Intrigado iba a preguntar a otro primo de la familia por ver si él recordaba a alguien con esas siglas.

Justo en Reyes llamó, como si hubieran llegado en camello, informó que el PaRuPi era Pablo Ruiz Picasso, a pesar de ser unos años mayor que ellos, mi abuelo y sus hermanos fueron colegas de correrías en la infancia. Se conoce que se enteró de la boda del abuelo y envió esa felicitación y el dibujo como regalo. No conté la verdad del asunto, pero en cuanto colgué no podía dar crédito a mi suerte, tener delante un Picasso, ¿sería de verdad o una simple broma?

Pasaron las fiestas y mi tiempo libre lo invertía en cómo averiguar si era auténtico. Rabilando por internet encontré en la casa de subastas Smythson ubicada en Madrid un apartado donde la gente podía consultarles sobre la autenticidad de alguna obra. Hice varias fotos y las mandé, no perdía nada por intentarlo. Mes y medio más tarde recibí un mail de la citada casa pidiéndome ver el cuadro presencialmente. Dudaba, pero como no tenía nada que perder, me tiré a la piscina y les animé a visitarme, el cuadro no saldría de mi casa salvo garantías.

Una señorita impecablemente vestida y con material para ver la obra, o sea, guantes, lupas varias, Tablet con información, vamos muy preparada. Insinuó que parecía ser auténtico, pero tenía que contrastarlo con otros profesionales. Si se lo pudiera llevar me firmarían un contrato con derecho a devolución al terminar su estudio. Por mail me enviaron información, leí atentamente y parecía estar correcto. Una tarde se presentó la misma señorita llevándoselo, aunque no la carta, esa me la quedé yo. Mes y medio más tarde llamó diciéndome que era auténtico, era una obra de sus inicios, preguntando si estaba interesada en venderlo. Respondí que si valía dos o tres mil euros me lo quedaría, pero si valía algo más lo pensaría. Oí una risita al otro lado del teléfono en principio estaba tasado en novecientos mil, esperando que alguien del museo de Málaga le diera el valor correcto.

Por un momento me faltó el aire, era mucho dinero, llamarían tras la última evaluación. Ganaba tiempo para pensar en la venta ¡claro que estaba dispuesta! Mi Pepito Grillo recordó que el cuadro era de mis padres y mis hermanos también tenían derecho a su parte. ¡Por encima de mi cadáver! Con lo descastados que son, ni un euro les doy.

Quince días después llamé informándome de las gestiones de venta en subasta y si mi nombre podría quedar en el anonimato ¡claro que sí! aunque hacienda lo sabría. Me adelanté a la jugada presentando declaración complementaria de sucesiones incluyendo varios cuadros y jarrones además del Picasso. Lo valoré en un millón teniendo que solicitar un préstamo para abonar el impuesto. Habiendo gestionado el tema, llama la señorita del Smythson para firmar con ellos, valorando la obra en millón ochocientos. No cabía en mí de gozo, me pareció genial, acudí a la subasta por ver como un extraño se llevaba ese pequeño recuerdo del dormitorio de mis padres, no creo que fueran conscientes del valor del dibujo ¿o sí?

Dos millones trecientos trece mil fue el final de la puja, hacienda se llevó un buen pico sin mover un dedo, pero pude comprarme un apartamento en el centro con una gran terraza y vistas a las montañas. En el trabajo comenté pillarlo barato y gracias a la herencia de mis padres. A mis hermanos no les dije nada, todavía estoy esperando que me llamen, espero que disfruten de la herencia igual que yo.

Están llamando para subir al avión, me llevará a unas vacaciones a todo tren, Galicia mi mejor opción, buen marisco, buen vino, buena carne y estupendos hoteles.



 

 

 



 

 

 


 

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