Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se marchan dejando el parque limpio, casi más que cuando llegaron.
Sus humanos están muy bien educados. Aunque hay alguno más inquieto que tironea hacia las palomas o al olor de los churros recién hechos.
Pero los perros mantienen la disciplina con firmeza:
— ¡Suelta ese palo! ¡Qué manía tiene con traerlos a casa!
— ¿El tuyo ya duerme bien?
—Bueno, solo si le dejo el móvil cerca.
En el parque, los humanos hacen lo suyo.
Cuando termina la hora del paseo, los perros recogen juguetes y abrigos y llaman a silbido corto:
— ¡Vamos, chicos! ¡A casa!

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