Ilusiones enterradas en la nieve - Marga Pérez

                                            Casa, La Nieve, Invierno, Paisaje, Árbol



Cuando anunciaron que a partir del fin de semana caería una gran nevada en el norte, Pepe y Ana sintieron en su interior la llamada de la naturaleza que les había conducido hasta aquella casa entre montes, aislada. Fue un impulso. Tras el confinamiento por el covid, Madrid, de la noche a la mañana, pasó a ser para ellos una gran colmena con vistas... Con vistas a otras ventanas orientadas a más ventanas que no siempre tenían vistas…¡Vamos! Un enjambre sin sentido.

Sólo hacía dos años que se casaran. Estaban en paz con ellos mismos y con el mundo. Todo era poesía a su alrededor. Y necesitaban espacio. Y naturaleza. Y Libertad. Y poder respirar sin mascarilla, así que alquilaron, tras el veraneo en la costa, una casina en Asturias, en un pequeño pueblo perdido del mundanal ruido pero a sólo veinte minutos de Oviedo en coche. Los dos teletrabajaban desde casa y los paseos por el monte, por las tardes, después de acabar con sus obligaciones, los tenían entusiasmados . Estaban felices con el cambio.

El anuncio de una nevada copiosa era para ellos lo más de lo más. Nunca habían visto nevar más de varios copos aislados que se derretían antes incluso de tocar el suelo. Pensar en blanco nieve alrededor suyo les ilusionaba más de lo que podían suponer.

Hicieron acopio de comida, leña, butano, velas y cerillas… Desde que vivían en el campo se habían quedado más de una vez sin luz y no querían que la gran nevada los cogiese desprevenidos cual pardillos madrileños ... Por si acaso también compraron raquetas para poder caminar por la nieve, y bastones, y una pala, y una escalera de mano, y líquido anticongelante para el radiador… Quedarse aislados les daba yuyu, aunque, si así fuera, hacer rutas por el bosque entre árboles blancos y nieve sin pisar debía de ser una auténtica gozada… ¡perdidos los dos solos en un paisaje idílico!

Aquel sábado amaneció entre cielo plomizo y nubes reventonas . No habían terminado el desayuno cuando ya caían los primeros copos. Tras los cristales quedaron embobados mirándolos. Caían silenciosos, como trapos… enseguida dejaron de ver otra cosa que no fuese nieve. Parecía que su casa era el centro de la tormenta . Esa tarde sacaron las raquetas con la intención de dar un paseo alrededor de la casa pero el viento, el frío, la nieve y la oscuridad hicieron que desistiesen y pasasen la tarde viendo nevar tras los cristales. Una semana haciendo lo mismo y viendo cómo la nieve subía a su alrededor copo a copo acabó con su visión bucólica de la tormenta . Empezaron a preocuparse. ¿Aguantaría el tejado tanto peso? ¿Podrían quedarse enterrados en la nieve?… Decidieron, después de trabajar, salir con la pala para despejar de nieve la casa . Con mucho esfuerzo consiguieron delimitar un pequeño camino hacia la puerta de entrada y limpiar las ventanas y la puerta trasera. Les dolían las manos amoratadas y... no dejaba de nevar. Todo el tiempo libre que tenían lo ocupaban en luchar contra la nevada que, sin tregua, trataba de enterrarlos vivos. Con gran peligro y la ayuda de la escalera de mano, consiguieron subirse al tejado. Desde allí arriba el paisaje daba miedo, sólo se veía nieve, y... seguía sin dejar de nevar. Al retirar la nieve del tejado volvían a llenarse los espacios ya despejados frente a puertas y ventanas. Los días se convirtieron entonces en bucles de trabajo frente al ordenador, limpieza de tejado y despeje de los huecos de la casa. Caían en la cama como fardos, agotados, mientras seguía nevando como si nunca lo hubiese hecho.

Varias cañerías que tenían poco uso reventaron al congelarse dentro el agua. Desde entonces dejaron los grifos abiertos, con un hilo de agua, para evitar más roturas. Con los víveres se dieron cuenta de que habían sido bastante rácanos y enseguida tuvieron que racionarlos ¡cómo echaron en falta el supermercado!Y... seguía nevando. Ya llevaban dos semanas de nevada ininterrumpida. Las noticias no eran optimistas y no informaban aún del final de la nevada.

Una noche los despertó un sonido de película de terror. Los lobos no estaban lejos y aullaban quejumbrosos, sin comida . Pepe y Ana se abrazaron tratando de ahuyentar pensamientos y más pensamientos cargados de miedo . Les costó dormir. Los aullidos se oían cada vez más cerca. No estaban preparados para ésto. La tormenta de nieve quedó ya al desnudo, sin poesía. Habían perdido la paz necesaria para que surgiese en ellos cualquier emoción poética, sólo eran dos humanos. Solos en medio de la naturaleza. Dos humanos, con miedo, solos en el mundo.

Los lobos noche tras noche se acercaban , aullaban tras su ventana, los oían dar vueltas, buscaban comida. Sentían que el hambre les empujaba hacia ellos... buscaban, buscaban…

La desesperación les hacía atacar. Rompieron un cristal de la cocina. El olor a comida les animaba a intentarlo aunque no pudieron hacer más . Pepe y Ana estaban aterrados de que pudiesen entrar. Pasaron del trabajo y de la limpieza de la nieve y desde entonces se dedicaron a reforzar puertas y ventanas con cartones, tablas y leña. Preferían quedar enterrados en la nieve a ser atacados por lobos hambrientos. Y... seguía sin dejar de nevar.

Ana pensó en darles comida para apaciguarlos pero después de muchas vueltas vieron que no era la solución, no se los quitarían de encima . Además, ellos necesitaban toda la comida , no sabían cuanto más seguirían aislados. No habían calculado provisiones para tanto tiempo...

La casa en pocos días quedó cubierta de nieve. Para eliminar el olor dejaron de cocinar . Dejaron de quemar leña . Dejaron de moverse… Quedaron en pocas horas enterrados en la nieve. Los lobos acudían cada atardecer , los oían caminar sobre sus cabezas, buscando, buscando…

Después de un mes y cinco días nevando, dejó de nevar. Los efectivos para el rescate aún tardaron más de una semana en poder llegar hasta ellos. Les llamó la atención los cuerpos de lobos desperdigados en poco más de treinta metros cuadrados. Estaban semiocultos en la nieve, sobre la casa que estaban buscando. Con la quitanieves llegaron hasta la vivienda y descubrieron a Pepe y Ana abrazados, en la cama, habían dejado de respirar tan sólo unas horas después de que dejase de nevar.


 

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Soñando - Dori Terán

                                          

  

 

El mantel tendido al sol revolotea en los suspiros del viento acaparando rayos que calientan el tejido y parecen dotar de vida las rosas en él bordadas.

Marta lo contempla recostada en la tumbona del balcón y hasta se embriaga del aroma que despiden las flores desde el tejido rústico de la tela.

Se imagina una mesa larga, larga, larga…hasta el infinito y visualiza sentado a su alrededor un pueblo de hermanos. El alimento son las manos asidas amablemente los unos a los otros, los otros a los cualesquiera y a los blancos, a los necios y a los santos, a los sabios y a los oscuros, a los héroes y a los villanos…y a toda la diversidad y mezcla que forma el género humano.

Rayos azules envuelven a la Tierra y una luz verde la está sanando. Marta abre los ojos…Marta está soñando.

No se apena Marta de que solo sea un sueño.

¡Por algo ha de empezar el cambio!!.



 

 

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El pendrive - Pilar Murillo

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Ernesto llegó a casa y tiró su gabardina en el sofá, no tenía ganas ni de guardarla en el ropero. Se dirigió a la cocina y abrió una botella de buen vino tinto. Recogió un mando a distancia pequeñito, perteneciente al hilo musical y enseguida sonó de fondo una música de versiones de películas de suspense, interpretada por una orquesta sinfónica. Subió a su habitación y se puso cómodo, todo mientras iba dando pequeños tragos a su copa de vino de la cual no se había olvidado. Salió de su habitación y se metió en la estancia contigua donde había un escritorio y sobre él un portátil. La habitación la decoraban varios cuadros horrendos hechos a carboncillo. Era su despacho. Se sentó apoyando antes la copa de vino sobre el escritorio, abrió el portátil y buscó una carpeta titulada “Los orígenes de la maldad” releyó y comenzó a escribir lo que sigue a continuación. “Siempre oí que los niños no tienen picardía, ni hacen las cosas con premeditación, los niños solo imitan y no tienen concepto de lo bueno y malo, si no se les enseña, y cuando no se les da unas directrices, ellos lo que hacen es improvisar, les sale de dentro, lo que sea que tengan en su mente.

La maldad se hereda, si no viene de los padres viene de mucho más lejos. Esta teoría la puede comprobar tras mi investigación del sujeto A, llamémoslo así para que continúe en el anonimato.

Cuando terminé el grado de Humanidades, mi último trabajo versó sobre un antepasado que la mayoría de sus familiares habían hecho alguna maldad por envidia. Todo apuntaba a que eran casualidades, pero yo quise ahondar más allá y mezclé realidad con literatura, quedándome un trabajo que más que parecer ensayo, tiraba más a novela de suspense, de hecho, la escritura es mi gran hobby, pero no es éste el caso que nos aborda, si no por qué decidí hacer la investigación sobre la maldad.

Descubierto un niño que provenía de mi rama familiar, con los que mi amistad a sus padres me unía de tiempo atrás, tanto es así que prácticamente una vez al mes durante cuatro horas compartíamos una barbacoa familiar. La primera vez que este niño se unió a estas reuniones, apenas tenía dos años. Es muy corta edad, demasiado corta para distinguir lo que esta mal y lo que está bien, incluso para tener envidia se es demasiado pequeño.

La envidia es el germen de la maldad y desde que el hombre apareció en la tierra, todas las guerras y asesinatos de reyes para usurpar el trono de sus parientes ha sido por la envidia y hambre de poder.

Mi estudio con el sujeto A comenzó cuando me dejó sorprendida como un ser tan pequeñito comenzaba a tener envidia de otro niño un año menor. En principio todos los que contemplamos la acción de romper a la mitad las pinturas de madera del niño más chiquito, pensamos en que lo había hecho por compartir, porque así los dos tendrían los mismos colores para garabatear en un bloc donde se entretenían. Yo también creí que eso era compartir, pero aquella mirada y sonrisa maligna nunca se me borrará.

En los años siguientes seguí mi observación, indudablemente el germen de la envidia iba creciendo considerablemente. Me llegué incluso a asustar tanto que no quise seguir con el estudio a esa única persona.

Me fui a los parientes del pasado, generaciones atrás. Llegué a descubrir algo que me heló la sangre y la razón por la que este estudio que hay a continuación de esta presentación, jamás verá la luz.

La realidad supera a la ficción, me puedo aventurar a decir esto. Cuantas películas habré visto sobre brujas poseídas o vírgenes a las que el diablo las ha forzado para reencarnar el mal en la tierra.

A día de hoy todo esto que presento y voy a relatar no tendría credibilidad si no fuese que todo está escrito y que ha llegado generación tras generación hasta nuestros días.

El mal tiene muchas formas, pero ésta en concreto es la maldad personificada.

En estos momentos que son las doce de la noche y fuera hay una tormenta de mil demonios, (Nunca mejor dicho) se me acaba de helar la sangre. Toda mi casa está cerrada. Yo me hayo en la planta alta escribiendo y no hay nadie más en mi casa, sin embargo, estoy escuchando como alguien sube la escalera. Dejo esta historia guardada en un pendrive, si algo me sucediese quiero dejar constancia de que una hermandad satánica han descubierto mis estudios y al sujeto A, que ahora forma parte de esa secta. No puedo seguir escribiendo. Debo cerrar. “

Diez años después Una profesora de humanidades recibe un paquete anónimo y dentro haya un pendrive que utilizará a su vez en su primera clase. Dicho lápiz de memoria mostrará el estudio inacabado del profesor De la Torre Martínez. La intriga estaba servida. El profesor era su padre, desaparecido diez años atrás de forma misteriosa.

 

 

 

 

 

 

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El olor de la maldad - Marga Pérez


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  -Mamá, déjame ir.

-Te van a hacer daño, quédate.

-Lo mismo me da. Quiero ir. Son mis amigos, mis cosas ... me gustan. Quiero ir.

-Te van a hacer daño, quédate. No vayas. Eres tan inocente…

-Mamá, déjame ir.

-Te van a hacer daño, quédate.

-Lo mismo me da. Quiero ir. Son mis amigos, mis cosas...me gustan. Quiero ir.

… … …

Lola mantiene un único discurso abrazada al cuerpo inerte de su hija, está en bucle. Lo repite una y otra vez... Una y otra vez... Está atascada… atascada… atascada.

Está atascada. Atrapada en un mundo irreal, que, sin su permiso, avanza. Encerrada en un pasado para ella sin conflictos, siempre feliz . Retenida sin emoción, vaciada de todo sentimiento. Acorralada entre argumentos ya sin sentido. Enganchada a una infancia recurrente. Aplastada por lo inevitable del momento. Pillada entre realidades que tiran de ella hacia el desmoronamiento. Bloqueada ... Está en bucle. Bloqueada…

Sin saber, ni decidir, ni buscar, ni proponer, ni disponer, ni mandar… quiere que Laura siga estando viva. Que discutan . Que la necesite... Quiere que todo siga igual, sin pensar, como siempre... .

Lola aprieta contra si aquel fardo inmóvil, aún caliente, tratando de infundirle amor.

Entre sus brazos Lola no ve la muerte rendida ni el rostro desfigurado y roto de su querida niña. No... No quiere ver cómo en silencio todo en ella grita muerte… no quiere escucharlo. Para Lola, su hija Laura, vive. Ella se ocupará de éllo, de mantenerla caliente. No se separará de su lado, siempre entre sus brazos. Le hablará. Le dará calor. Vida…

-¡Eres tan inocente! ¿Te acuerdas de aquel chico que a la legua se veía que venía con malas intenciones? Tu no lo viste. -Mamá, déjame ir… Te enamoraste. No nos querías escuchar. -Mamá, déjame ir… Era el mejor chico del mundo… para ti -Te van a hacer daño, quédate. Te fuiste de casa… ¿cómo volviste? Pues hecha unos zorros ¡Cómo ibas a volver! ¿Cuantas veces te lo dijimos? Te van a hacer daño… te van a hacer daño. No querías escucharnos, sólo tenías oídos para ellos… ¿Qué te decían para que los creyeses?... Ni tu padre ni yo teníamos ningún interés en engañarte… Ya ves , tu padre se fue a la tumba antes de tiempo… Si, estaba tan triste viendo el rumbo que llevaba tu vida…. Pero ya se acabó, Lauri, seguro que con Ramón aprendiste por fin a valorarte… -Mamá, déjame ir. Te casaste casi de tapadillo ... no le gustaba a nadie. -Te van a hacer daño, quédate. Lo vi desde el día en que nos lo presentaste… su mirada lo decía todo. Era la maldad con traje… muy bien vestido, si cielo, pero la maldad... Y te fuiste. Lejos… -Mamá, déjame ir… El teléfono era tan frío . Estabas tan lejos. ¿Te hacía daño? Nunca digiste nada…Cuando colgaba siempre me quedaba la duda. Durante días. Soñaba contigo …todos los días -Mamá, déjame ir. Cuando volviste, ya sin él, respiré aliviada… Lauri, mi niña, ¡cuanto te eché en falta! Todo va a ir bien, Lauri, ahora si. Escúchame. Vas a volver a empezar… aquí estoy yo para ayudarte ¡Quédate! Te van a hacer daño… ¡Escúchame! No quiero que te hagan daño. Nunca más. ¿Te acuerdas de aquellas navidades que nos reunimos en casa? Todos con pies de plomo para que no se enfadase y al final se enfadó contigo … Todavía hoy no sé muy bien por qué fue. Os fuisteis rápido... -Mamá, déjame ir… ¡Si pudiera encerrarte en casa…! ¡Cuanto mejor estarías! Lauri, te quiero. Quédate, te van a hacer daño … Cada vez llevo peor el dolor de quienes quiero. No lo soporto… ¿Cuantas veces razonaste tu situación? Sabías que te hacían daño pero cuando te enamorabas volvían a decidir tus emociones. Esto va a cambiar, Lauri, mi amor. Ya verás cómo a partir de ahora todo cambia. ¡Quédate! Juntas podemos… Ramón, ya no podrá hacerte daño -Mamá, déjame ir…. Ramón, ya no podrá hacerte daño, te lo aseguro mi amor… ¡ Quiero ser feliz! La felicidad no existe, Lauri, sólo existe ser feliz cada día. ¿Ramón te hacía feliz cada día? Alguno de los hombres que te quisieron ¿te hicieron feliz cada día? Abre los ojos, mi amor. Te quiero… Ahora todo va a cambiar…. Quédate , van a hacerte daño.

Abrazada a aquel cuerpo que poco a poco enfría, Lola llora años de frustración como madre mientras recita recuerdos. Repite palabras. Escupe sentimientos...repite...repite y repite emociones que tenía atragantadas dentro desde hacía tanto… Atragantadas en algún pliegue del pasado sin atreverse si quiera a convertirlas en palabras...

Después de varias horas abrazada al cuerpo sin vida de Laura, unas manos fuertes y contumaces consiguen separar a Lola del cuerpo ya rígido de su hija. En el rellano de su vivienda había sido abandonado por su ex marido, se la tenía jurada: o de él o de nadie. Allí mismo la remató. Nadie sabe cómo Lola apareció antes de que la avisasen, seguro que el cordón espiritual entre ambas siguió funcionando. Laura vivía sola a varias manzanas de su madre. De Ramón nunca más se supo pero sabemos que la maldad está aún entre nosotros. Lo sabemos porque va dejando un rastro fétido y un muy mal sabor de boca

 

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Belcebú - Gloria Losada

                                         Fractal, Gato Fractal, Arte Del Gato

 

 

Cuando iba al instituto me llamaban mucho la atención las opiniones de los filósofos sobre la bondad o maldad de la gente. Mientras unos opinaban que el hombre es bueno por naturaleza, otros decían que el hombre es un lobo para el hombre. Ignoro el camino recorrido por esas mentes pensantes hasta llegar a semejantes conclusiones, yo creo que cada uno es como es, y que la maldad, o la bondad o cualquier cualidad que se le pueda atribuir al ser humano, tiene siempre un punto de subjetividad. Lo que para mí es bondad, para el que tengo en frente puede ser la maldad más absoluta.

Yo siempre me tuve por una persona buena. Fui una niña tranquila y una adolescente que no dio guerra. Siempre me causó pavor el hacer daño a alguien y si por alguna circunstancia ese alguien se sentía herido por mí, cosa que ocurrió pocas veces, me dolía hasta el alma y no dudaba en pedir perdón aunque en el fondo sintiera que yo no había hecho nada malo. Hasta que conocí a Belcebú, que despertó mi lado más oscuro.

Por aquel entonces acababa yo de cumplir los 18 años y había comenzado a estudiar en la Universidad. Como mis padres regentaban un negocio familiar que les ocupaba casi todo el día y a mí no me gustaba estar sola en casa, al salir de clase comía en casa de mis abuelos y allí pasaba la tarde hasta que me recogían. Un lunes, después de comer, me senté en el patio trasero a disfrutar unos momentos de la tibieza del otoño antes de ponerme a estudiar y surgió por allí. Un gato precioso, con el pelo dibujado en distintas tonalidades de gris y los ojos de un verde tremendamente intenso. Se acercó a mí y maullando en tono mimoso se restregó con suavidad contra mis piernas. Lo acaricié y enseguida se estableció una corriente de simpatía entre los dos, a pesar de que a mí los animales jamás me gustaron especialmente.

Apareció este sábado por el patio, le di algo de comer y aquí se quedó. Hay que ponerle un nombre – dijo mi abuelo desde el quicio de la puerta.

En ese momento el gato fijó su vista en mí y una sensación extraña me recorrió, como si el animal formara parte de mi yo siniestro.

Se llamará Belcebú – dije, y no añadí el gato maldito, pero la expresión apareció en mi cerebro.

Desde aquel día Belcebú se convirtió en mi sombra cuando estaba en casa de mis abuelos. Y a mí me gustaba aquel hilo que se había establecido entre ambos, hilo que se volvió mucho más fuerte cuando el gato se hizo eco de mis maldades.

Ocurrió una tarde que mis abuelos tenían unos albañiles en casa reparando unos desperfectos en el patio trasero. Uno de ellos era especialmente maleducado y soez. Me miraba con ojos de baboso y me decía obscenidades. En un momento que estaba yo sentada en el patio con Belcebú en mi regazo y el tipo se encontraba subido a una escalera deseé fervientemente que se cayera y se diera un buen golpe y dicho y hecho. El gato salió disparado, embistió la escalera, el hombre dio con sus huesos en el suelo y el minino volvió a mis brazos... y hasta creo que me miró con una expresión extraña en su cara gatuna, como si me sonriera. Yo le devolví la sonrisa y me metí dentro de la casa mientras mi abuelo y su compañero acudían a socorrer al albañil accidentado. Acabó con una pierna rota y yo sin el menor remordimiento. Ni por asomo pensé en aquel momento que lo ocurrido fuera fruto de la conexión de mi mente con la de Belcebú. Mis sospechas se despertaron cuando volvió a pasar con una vecina de mi abuela que se vino a quejar de los ruidos de la obra. Mi pobre abuela se deshacía en disculpas, intentando explicarle que era inevitable, que intentaría que durara lo menos posible, pero la otra erre que erre, que no podía ser, que su nieto pequeño no podía dormir la siesta y encima todo el polvo iba a parar a las hojas de las plantas de su jardín. Yo murmuré por lo bajo un insulto, vieja bruja o algo así, y tan pronto como lo hice el gato se acercó a la mujer y empezó a bufarle y a enseñarle las uñas, ante lo cual la otra se largó como alma que lleva el diablo y no osó volver a protestar. Aquella situación me dio miedo y satisfacción al cincuenta por ciento. Que una persona como yo, tranquila y bondadosa, pudiera mostrar un lado siniestro resultaba hasta divertido, pero que ello se canalizara a través de un gato era cuanto menos inquietante.

Un día quise probar si el animalito era mi siervo y comencé a darle órdenes mentales un poco absurdas. Que se caiga la rama del arbol, que no le arranque el coche al abuelo, que la abuela no encuentre carne de cordero en el mercado. Pero no, no surgió efecto. El gato actuaba cuando yo sentía maldad de verdad, aunque fuera de poca intensidad, no cuando pensaba estupideces.

Los episodios se fueron repitiendo de vez en cuando. En general Belcebú provocaba incidentes de escasa importancia a la gente que yo “odiaba”, si se puede usar esa palabra. Hasta que pasó algo realmente grave.

El curso tocaba a su fin y yo lo había llevado bastante bien, aunque con mucho esfuerzo. Contaba con aprobar todas las asignaturas, si bien no con unas notas maravillosas, mas me llevé una sorpresa monumental cuando al ir a buscar la última nota me encontré con que había suspendido, a pesar de que el único parcial que nos habían hecho lo había aprobado con un notable. No entendía nada y me fui a casa llorando como una Magdalena y maldiciendo una y otra vez al profesor, un tipo raro que ya tenía fama de ser bastante arbitrario a la hora de evaluar. Mis padres intentaron consolarme de todas las maneras posibles. Mi madre incluso se ofreció a acompañarme a pedir una revisión del examen, pues yo era tan tímida que nunca me hubiera atrevido a hacerlo sola. Pero yo le dije que no, que no iría a rogar a nadie, que en septiembre aprobaría con nota, y ya vería aquel gilipollas quién era yo, y que ojalá se muriera. Admito que eso último lo dije con rabia, con mucha rabia, pero lejos estaba de mis intenciones desearle la muerte a nadie. Dos días después una llamada de mi compañera me dio la noticia. Lo habían encontrado muerto en su despacho. Al parecer era asmático y alérgico a los pelos de los gatos. El despacho estaba lleno de pelos de gato. A su lado un bote de broncodilatador vacío.

Aquello ya era demasiado. Que Belcebú hiciera determinadas maldades en mi nombre podía resultar hasta gracioso, pero que matara a alguien eran palabras mayores, algo que mi conciencia no podría soportar. Tenía que deshacerme del gato como fuera. Fui a casa de mis abuelos. Siempre salía a recibirme pero aquel día no apareció. Lo busqué hasta debajo de las piedras, pero nada. Estuve una semana tras su rastro sin resultado. Mi abuela me dijo que hacía días que no se dejaba ver, así que respiré aliviada pensando que se me había terminado el problema. Pero me equivoqué. Semanas más tarde me encontré en una terraza con el chico que me gustaba, que dicho sea de paso no me hacía ni puto caso y encima sabía que me gustaba. Estaba con una morena despampanante, besito por aquí y por allá. Mentalmente los mandé a la mierda, a ambos, y dicho y hecho, apareció Belcebú, que no sé de dónde salió, se les subió a la mesa y allí les plantó una cagada monumental. Reconozco que la situación me resultó hilarante, pero en el fondo también me preocupó bastante, puesto que el maldito gato andaba por ahí por el mundo pendiente de mis deseos malignos y yo sin poder hacer nada.

No se me ocurrió otra cosa que consultar a alguien experto en temas sobrenaturales. Incluso pensé en acudir a Cuarto Milenio, idea que deseché más por vergüenza que por otra cosa. Finalmente contacté por internet con una par de personas que me parecieron farsantes, pero a la tercera fue la vencida. Quedamos una tarde para vernos por Skype después de haberle contado mi historia. Quería que le enseñara una foto del gato. Se la enseñé y me sorprendieron sus palabras.

Lo que me imaginaba, es Belcebú.

¿Cómo sabes su nombre? Se lo he puesto yo y no te lo he dicho.

No, no se lo has puesto tú, aunque lo parezca. Él ha contactado con tu cerebro desde el principio, como hace con todas sus víctimas, y te ha dicho su nombre. Belcebú es un delegado del diablo. Se aprovecha de la gente de buen corazón, como tú, para hacer daño. Tienes que deshacerte de él.

Pero ¿cómo?

Cargándotelo hija, no te queda otra. Eso o esperar a que se canse y elija a otra víctima a través de la cual llevar a cabo sus maldades.

De eso hace seis meses, tiempo durante el cual he vivido sin vivir en mí, intentando controlar mi cerebro y sus pensamientos, tarea agotadora, porque encima he estado buscando al maldito gato y no ha dado señales de vida. Creo que se ha aburrido de mí, porque esta tarde tuvimos una reunión informal en la cafetería de la facultad y a una tonta que no hacía más que llevarme la contraria le deseé con fervor que se atragantara con el café y no le pasó nada. Voy a confiar en que así sea. Y que no se acerque a mí otro gato porque le doy una patada que lo pongo en órbita.

 

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Platos rotos - Esperanza Tirado

                                          




A Pandora le encantaba su trabajo. Atender a los clientes, verlos felices mientras saboreaban un café, un buen vino o una cerveza bien fría. Disfrutaba yendo de mesa en mesa, escuchando trozos de conversaciones, riéndose con las carcajadas ajenas, sintiendo pena cuando ponían verde a alguien o preparando la mesa para un nuevo cliente.

Pero ahora lo detesta. Porque apenas hay clientes. Y los que hay no se pueden ni acercar a la barra. Y no ve sus caras ni sus sonrisas, ocultas tras mascarillas.

No le gusta secar tazas, ni vasos, ni platos, ni copas. Cuando los saca del friegaplatos industrial siempre acaba rompiendo dos o tres. O alguno más. Su jefe, que apenas para por la cafetería, pero al que casualmente siempre le llega el soplo, le descuenta un tanto por ciento de su sueldo por cada pieza que no vuelve a su sitio en la estantería, detrás de la barra.

Pandora sueña con ser su propia jefa, tener su propio restaurante, una cosa modesta, nada de estrellas Michelín; un sitio tranquilo, acogedor, barato, en el que recrear comidas deliciosas que la gente pueda disfrutar también en casa. Sobre todo sueña no tener que enfadarse con nadie.

Pandora piensa en las cosas malas que podrían ocurrirle a su jefe o a alguna de sus compañeras, que le van con el cuento y no le hacen el favor de cambiarle el turno cuando tiene que ir al médico con su madre.

Cada noche escribe algo en un viejo bloc, de esos en los que se apuntaban las comandas de los clientes:



Ojalá que mañana la pereza te inunde, se te peguen las sábanas, pierdas el bus y no llegues a trabajar.”



Y dobla el papel hasta meterlo en una caja de madera que alguien, un novio del que ya no se acuerda, quizás alguna vez le regaló.

Va a trabajar, soñando un futuro mejor. Jamás le ha deseado nada malo a nadie.

Había mañanas en que algunas clientas la volvían de los nervios.

Ellas se ponían tiquismiquis por tener que pagar treinta céntimos más por el café. Un euro con treinta céntimos por cabeza. Un café por tres horas de cháchara. El precio es barato. Ni un mísero croissant ni unas tostadas pedían. Viejas agarradas.

Por la noche escribía en su bloc:



Que las arrugas y los huesos viejos no te dejen disfrutar para poder ir caminar ni a tomarte un café con tus amigas.”



Y, de nuevo, el papel con la pequeña maldad entraba en la caja.



Pandora las echa de menos. Con esas edades estarán en casa, haciendo punto o jugando solitarios. Alguna saldrá a caminar un rato, media hora si acaso; pero ya no se para a por su café. Ya no tiene sentido. Un café solo, nunca mejor dicho, no sabe bien si no es servido en una mesa, en un rincón acogedor; que fuera hace frío.

Pandora sueña despierta y dormida. Desearía poder viajar, arrullada por una música celestial y vivir aventuras maravillosas, visitar sitios, ser ella la clienta especial a la que todo el mundo le sirviera con una sonrisa bien abierta…

Desearía tener una casa más grande y contratar a una enfermera para que su madre viviera con ella y no en la residencia de ancianos en la que está. Aunque la tratan muy bien; pero últimamente se oyen demasiadas noticias de ancianos fallecidos en sitios como el que está su madre. Y le entra mala conciencia por algo que no es responsabilidad suya.

También desearía poder sacarse el carnet de conducir y comprarse un coche.

Pero el sueldo de camarera es cada vez más miserable. Y con su bonobús le da los buenos días al conductor de cada mañana. Quien también desearía pilotar otro vehículo, que fuera un poco más elegante que un bus urbano, lleno de chicles y escupitajos bajo los asientos.

Pero no puede. Ninguno puede. Hasta las autoescuelas están cerrando. Ellos tampoco pueden renovar la flota de coches para futuros alumnos conductores. Que tampoco pueden costearse su matrícula. Porque sus padres han perdido su trabajo. Y así no se puede.

Les ha tocado una mala época. Desastrosa. Pésima. O alguien ha provocado que lo esté siendo para muchos. Para demasiados. Es un círculo vicioso que ya da demasiadas vueltas.

Pandora hoy no ha madrugado ni le ha dado los buenos días al conductor del autobús de turno. Y es que hoy no se abrirá la cafetería. Por cuestiones sanitarias no se puede. Bajo multa. De muchos miles de euros, que ningún dueño puede pagar.

Pandora maldice este día y los siguientes. Perderá lo que hubiera ganado entre su trabajo y las propinas. Que, la verdad, no eran gran cosa. Pero a nadie le amarga un dulce.

Así que sale a caminar, hace la compra y después de comer se queda en casa. Hace zapping hasta que se aburre de tantas maldades que últimamente habitan en el mundo televisivo.

Después de cenar una pizza recalentada se da cuenta de que la caja, en la estantería enfrente de la tele, parece que brilla. A su lado, un boli, como inquieto, le habla:

¡Escribe! ¡Escribe! ¡Escribe!’

De su libreta arranca una hoja.



Que tus descendientes te odien, renieguen de tu nombre y de sus orígenes. Que tu idea sea castigada con la locura y termines tus días encerrado en una habitación. Sin poder salir, sin poder hablar, comiendo bazofia, sin un libro que leer...’



Dobla el papel, suspirando. Quizá es demasiado desear tanto daño a alguien, a quien no conoce. Y que puede que ni exista ni sea responsable de este mal que está arruinando el mundo.

Pero el ‘ojo por ojo’ se pasea por su mente con energía asesina. Que se desinfla como un globo pinchado. Una persona sola no es un ejército que pueda combatir a nada ni a nadie. Y se queda dormida en el sofá mientras pesadillas oscuras pasean por su cerebro.

Pandora no madrugará al día siguiente. Tampoco abrirán la persiana de la cafetería.

Toca manifestación del sector hostelero enfrente del Ayuntamiento. A las doce en punto algunos compañeros irán apareciendo. Serios, vestidos de negro. Se identifican y se saludan, casi sin ganas. Faltarán muchos. No sabe si por pereza, cansancio, tristeza, egoísmo… O porque ya piensan que su voz no será escuchada. Como otras veces. La sordera institucional es un mal recurrente en estos tiempos. No solo les afecta a Pandora y a sus colegas de profesión.

Pero Pandora, como todos los que sí están, grita, aplaude, hace sonar bandejas y cucharones. Y sus ecos llenan la plaza de reivindicaciones.

Algunos curiosos se acercarán y enseguida pasarán de largo, moviendo la cabeza. Los gritos no son la solución. Nadie parece tenerla.

Pandora está harta de pagar los platos rotos, de sufrir un mal que no le corresponde. De levantarse cada mañana con una nube negra encima que oculta su futuro. Pero sigue gritando y haciendo sonar bandeja y cucharón con fuerza.

Y termina la asamblea, las campanas del reloj dan la una del mediodía. Todos se van dispersando.

Pandora se aleja, va dando un paseo, alargando el momento de regresar a casa. Allí, a solas, llora su pena, por los males del mundo que parecen no tener curación.

Un día más coge la caja, el bloc y el boli. Pero esta vez no escribe nada.

¿A quién acusar de tanta maldad?

Saca los papeles y los desdobla. Los hace trocitos, enciende una cerilla y la acerca a ellos. Ojalá la maldad del mundo ardiera y se consumiera como esos malos deseos garabateados en la furia del momento.

Pandora deja de soñar y grita. Se ha quemado el dedo. La caja se ha prendido y teme que ocurra una desgracia. Otra más. Quemarse en el fuego eterno de la ira y el dolor no es la solución.

Coge los restos de la caja y los echa en el fregadero. El agua fría del grifo corre, limpiando el desastre, que se aleja tubería abajo. Ojalá fuera tan fácil eliminar la maldad de la Tierra como quemar un papel. Pero no hay remedio para eso. Todavía.

Abre la ventana para que el humo se disperse. El olor tardará un tiempo en desaparecer. Sus vecinos la mirarán raro estos días, sospechando algo cada vez que se crucen con ella en el ascensor.

Pandora madrugará, evitará el ascensor y cogerá las escaleras. Pero no irá a trabajar. De momento su jefe les ha anunciado un cierre temporal. Así que sale a correr, a espantar sus malos humores y su rabia contra los males del mundo.

Pandora ha guardado su caja, medio chamuscada. Por nostalgia, porque le da pena tirar cosas que llevan tiempo con ella. Pero ya no parece servir ni de adorno. La tapa ha perdido una esquina. Quizá un día pueda guardar algún tesoro en ella. Como la noticia de que la vacuna ha funcionado. Que ha eliminado muchos, ojalá que todos, los males. Y que cuenten que el mundo ha vuelto a ponerse en marcha.

 

 

 

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Sospecha - Cristina Muñiz Martín

                                           



La sospecha estaba instalada en su corazón, propinándole mordiscos dolorosos. Entró despacio, sin hacer ruido. Se acercó al dormitorio del que provenían unos sonidos tenues y ahogados. Abrió la puerta. Allí estaban los dos, en su cama. Su marido y su mejor amiga. De película. En la cara de su marido una disculpa muda. En la de su amiga un rubor que no era producto del colorete. Los miró con fijeza, sin decir nada, su rostro tan pálido como si lo hubiera cubierto una extensa nevada. Abandonó la casa metiendo un sonoro portazo. Salió a la tarde luminosa y primaveral. Llevaba mucho tiempo viviendo con miedo. Miedo de que sus sospechas se confirmaran. Y ya estaba. Ya había pasado. Caminó sin lágrimas en los ojos, observando las calles como si nunca hubiera transitado por ellas, parando en los escaparates llenos de novedades alegres, mirando las flores que adornaban los jardines, las terrazas abarrotadas, las carreras festivas de los niños... Se fue adueñando de ella una inusitada sensación de bienestar que coloreó sus mejillas. Se sentía bien. Demasiado bien. Solo había necesitado ver lo que llevaba demasiado tiempo sin querer ver para ser consciente de que no la ataba a su marido más que la costumbre y el miedo a enfrentarse a una nueva vida. Se preguntó por qué había tardado tanto, por qué había alimentado su ceguera. Pero no era momento de hostigarse a sí misma. Aún era joven. Tenía toda una vida por delante para intentar ser feliz.

 

 

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Miedo en la nieve - Pilar Murillo

                                        

 

Dicen que año de nieves, año de bienes, pero después de la nevada copiosa que cayó en Madrid, con sus consiguientes heladas, poco tendríamos que nombrar al bien o a los bienes de nadie.

Tantas rupturas de huesos como casi habitantes hay en la gran ciudad.

La presidenta de la comunidad no tuvo previsión de ello, a pesar de que llevaban una semana anunciándolo y la sal que compró para tirar en las carreteras y aceras más bien pareció una provisión de saco de sal por restaurante. (Aunque dicha sal no sirve para cocinar)

Así con este caos una madre y una hija salían de casa a las seis de la tarde. La madre, muy nerviosa y con miedo, la niña asustada.

La madre había recibido unos mensajes amenazantes de su expareja y nada más leerlos llamó al 006, teléfono de ayuda a las mujeres maltratadas. Recogió cuatro prendas de ropa de su hija y de ella, las metió en una mochila y salieron a toda leche de su casa. Apenas se podía andar y la niña de siete años iba aún más retrasada. La madre miró para todos lados, tenía la sospecha de que él la estaba observando, y así era, de una esquina salió hecho una furia y de un puñetazo la tiró al suelo con el labio partido tiñendo un trozo de nieve de rojo. Mientras la niña, asustada estaba de testigo.

No tardaron en bajar varios vecinos de los edificios, que al tiempo que miraban como nevaba, vieron la violenta escena. Uno que llegó el primero, recibió una puñalada que iba destinada a la pobre madre, inmediatamente llegaron mujeres y hombres que no se dedicaron a observar. Una señora apartó a la niña, otros se abalanzaron sobre el criminal reduciéndolo y retirándole el arma blanca. Otra señora desde una terraza estaba llamando a la policía.

Colaborando, todos podemos ayudar a erradicar la violencia machista

 

 

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Únete a él - Marian Muñoz

                                       

 


Fuimos temprano al centro comercial a comprar algo de ropa y calzado en rebajas además de reponer la despensa, allí picoteamos algo y al salir tan tarde del parking subterráneo nos topamos con una tremenda nevada que dificultaba la visión, despacio y con mucha precaución logramos llegar a casa sin contratiempos. Nada más entrar por la puerta y soltar las bolsas corrí a cerrar las ventanas que llevaban abiertas desde por la mañana cuando habíamos salido. Una por una entré en cada habitación y fui cerrándolas pero al llegar a la última me sorprendió que el suelo se hubiera llenado de nieve, se ve que la ventisca había soplado fuerte en esa parte de la casa. El vello se me erizó al fijarme en unas marcas de pisadas, instintivamente miré a mi alrededor, incluso debajo de la cama no pareciendo haber presencia humana más que la mía. Súbitamente me angustié y le grité a Toño que cerrara la ventana pues iba apurada al baño.

Era mentira pero tras comprobar que la cortina de la ducha no ocultaba a nadie me senté en el trono, había estado aguantando todo el día y por fin pude aliviarme. Asustada aún lavé mis manos y la cara para poder relajarme y pensar racionalmente la visión de las pisadas en la nieve. Estaba convencidísima que nadie había entrado en casa ya que en la fachada no hay balcones, ni salientes o tejadillos en que apoyarse para subir hasta el sexto piso, además las huellas iban en dirección a la ventana y no hacia el interior, por lo que el mosqueo fue aún mayor.

Cuando salí del baño le vi protestando fregona en mano recogiendo la nieve y secando el suelo con dos bayetas, mientras tanto me dediqué a meter los alimentos en la nevera o la despensa e intentar poner un poco de orden en la cocina. Desde hace tiempo tengo la sospecha de que en casa hay alguien más, una sombra misteriosa es la culpable de que mi churri se esté convirtiendo en un viejo cascarrabias, siempre de mal humor criticando constantemente lo que hago, intento llevarlo bien pero se ve que esa sombra se apodera de él y lo está mutando.

Comencé a investigar en internet de cómo librarme de ese espíritu atrapado entre las paredes de mi piso, sólo le percibía entre las sombras de la noche cuando caminaba por el pasillo mientras dormíamos. Alguna vez le comenté a Toño que al abrir los ojos para cambiar de posición le veía, pero quitándole importancia intentó convencerme que eran las luces del camión de la basura o las de algún coche que bajaba por la ladera del monte cercano, opté por no darle más importancia hasta aquel día en que vi sus pisadas.

Por más que busqué y busqué en multitud de páginas sobre el tema los rituales parecían tan complicados que era mejor desistir y aceptar finalmente su presencia. Me iba a dar por vencida cuando topé con una web argentina donde informaban que algo tan sencillo como agua bendita y unas oraciones podrían ayudar al ánima a seguir su camino.

Tengo buena relación con el cura de la parroquia desde mi etapa de catequista así que sin dudar cogí el bote pulverizador que uso con la ropa al planchar y llenándolo de agua me dirigí a la iglesia. Le encontré en la sacristía y tras saludos cordiales le pedí que bendijera el agua del frasco. Mostró sorpresa y al preguntar por el motivo le conté lo que me pasaba. No sé si por incredulidad o por curiosidad me pidió permiso para estar presente y ayudarme con los rezos. Aquella misma tarde ambos comenzamos a recorrer cuarto tras cuarto, él rezando y yo pulverizando agua, todo discurría sin problemas hasta que llegamos al dormitorio donde vi las pisadas. Nada más entrar sentimos un gélido frío y una corriente estática inusual en nuestro cabello, nos miramos asustados pero insistimos en los rezos y en el esparcimiento del agua bendita, por suerte la sensación desapareció poco después.

Sentí un alivio infinito y para reponernos de la sesión nos tomamos un chocolate con galletas caseras y luego se marchó. Menos mal que Toño tenía turno de tarde porque la presencia de un cura seguro que le habría incomodado. Ya más relajada decidí esperar a que volviera de trabajar y ver si apreciaba algún cambio en él. Ya lo creo que hubo cambio porque entró por la puerta eufórico al haberle trasladado a un puesto de mayor responsabilidad y con más sueldo, estaba tan contento que después de la cena decidimos celebrarlo en nuestra cama. Hacía tiempo que no disfrutaba de algo tan placentero y cuando por fin mi agitación logró apaciguarse al abrir los ojos pegué un brinco al contemplar al pie de la cama al sacerdote dándonos la bendición.

Tanto me impactó su presencia que abrí aún más los ojos, observando aliviada y apenada que en la cama yacía solamente yo, vestida con mi pijama gordo de invierno y los patucos, me había quedado dormida mientras le esperaba. Debido al desasosiego producido por aquel sueño tan extraño decidí esperarle levantada mirando la televisión. Cuando por fin él apareció tenía cara de cansancio y mala leche al haber tenido que trabajar una hora más de lo habitual.

Después de asimilar lo soñado, he pensado que prefiero lidiar con un vago cascarrabias que tener todas las noches a un sacerdote a los pies de mi cama, por muchas bendiciones que reparta. En cuanto a la presencia, sombra o fantasma le he puesto nombre, Manolo, comparto ratos de charla con él, si ya sé que no me responde, pero ¿sabes lo que dice el refrán? “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”.


 

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El imbécil - Gloria Losada

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Siempre tuve la sospecha de que el marido de mi amiga Rosario era un poco imbécil, o un mucho. Lo llevaba escrito en la cara, siempre luciendo aquella sonrisa condescendiente, como si fuera el ombligo del mundo. Y ya no digamos cuando abría la boca. Las tonterías que soltaba con apariencia de cosas interesantes y verdaderas eran infinitas. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que no decía más que burradas. Todo el grupo de amigos le tenía manía, pero como ella era tan maja, pues se soportaba.

Uno de sus temas de conversación preferidos era lo manipulable que era el género humano, menos él, claro está. Las personas de a pie éramos unas pobres estúpidas que nos creíamos todo lo que los poderosos nos contaban con la única intención de controlarnos. Así que cuando anunciaron la gran nevada para Madrid y comenzaron a recomendar salir de casa lo menos posible, pues ya comenzó su perorata, que si lo que querían era que no saliéramos vaya usted a saber el motivo, que si el calentamiento global era un cuento, que si las nevadas las provocaban los aviones, que ni era nieve de verdad ni nada…. Tanto me hartaron sus bobadas que no pude evitar contestarle:

-Claro que no es nieve, es poliestireno, altamente inflamable, cuando caiga la nevada acércale un mechero ya verás como arde y nos quedamos todos calentitos.

Perplejos fue lo que nos quedamos todos cuando el día de la nevada colgó una foto en las redes sociales siguiendo mi consejo y con el comentario siguiente: “Al parecer es nieve de verdad, pero provocada por los aviones o los satélites” Y se quedó tan ancho. Pues eso, imbécil.



 

 

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El poeta del clima - Esperanza Tirado

                                           227232201




-Corren malos tiempos, pero está tan hermoso el cielo en esta época del año que a veces te olvidas de lo que ocurre en la tierra…

-Perdonen, señores, continuamos con la rueda de prensa. Señor portavoz, cuando quiera…

-Ni confirmo ni desmiento que el calentamiento global sea el principal responsable de la nevada de este invierno. Cuando brille el sol veremos con claridad a dónde nos llevan las pisadas en la nieve. Y recordaremos a los que ya no están aquí.

El inspector del clima, portavoz del gobierno en funciones, dio por concluida la rueda de prensa con un brindis al aire.

-En verano, llegarán las oscuras golondrinas, y se aclarará todo. Miraremos a un cielo raso, azul marino y surcaremos rumbo a un nuevo destino. Y ni tan siquiera las estrellas podrán detener nuestro rumbo.

Ya la sospecha era más que evidente. Dos días después, el inspector/portavoz compareció de nuevo ante los medios para anunciar que presentaba su dimisión; por crear un clima insostenible a capricho de sus malas letras.

Nadie hizo acusaciones de plagio. Ya había tenido suficiente deshonra la que el tiempo le trajo, acompañada de una incertidumbre continua para el resto de los ciudadanos.

Los poetas muertos en sus tumbas respiraron aliviados. No cualquier juntaletras con ínfulas literarias, por muy aplicado que fuera, sería capaz de hacerles sombra.



 

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