He trabajado desde niño en un hotel de mala muerte que pertenece a mi familia desde generaciones.
Nunca me cuestioné cómo, ni por qué lo adquirieron. Nadie hacía preguntas: Ni dueños ni clientes.
Nosotros nos deslomábamos trabajando, arreglando cañerías goteantes, limpiando habitaciones que olían a desinfectante barato y resignación, acumulando facturas de todo tipo. Y los huéspedes entraban y salían, intentando recomponer sus vidas, buscando una cama provisional que mitigara sus incertidumbres.
Mi padre decía que, mientras hubiera huéspedes perdidos, habría trabajo para la familia.
Un día dejaron de venir, y no supimos qué hacer. Nos sentamos en recepción, esperando.
Ahora formamos parte del mobiliario.

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.
No hay comentarios:
Publicar un comentario