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No sé cómo sucedió ni cuándo, sólo sé que dejé de ser Alba para pasar a ser Lucía. Y duele. Si, duele como esos zapatos estrechos y una talla más pequeños que nos empeñamos en usar. Al principio aprietan, luego rozan y cuando ya dejas de sentir los dedos, te convences de que lo que duele no son los zapatos, es tu forma de caminar.
Me llamo Alba pero durante años contesté por Lucía. Lucía era puntual, en las reuniones decía “me parece interesante tu punto de vista” aunque le pareciera un horror, se reía de chistes con los que habría salido corriendo. Lucía ascendió, tenía pareja estable, fotos de Brunch y vacaciones paradisíacas en Instagram, pero no tenía insomnio. Yo sí. Yo tenía todo lo demás.
El dolor empezó un viernes. En el baño de la oficina me lavé la cara y el espejo me devolvió a otra. Tenía mi nariz, mis ojeras, mi piel, pero la boca no era la mía. Aquella sonrisa forzada de no sabía qué no era mía. Toqué los labios, estaban fríos y tirantes, como si fueran prestados.
Ese día no volví al piso que compartía con Mateo. El quería a Lucía. Ella hacía lo que a el le gustaba: Le hacía las tortillas poco hechas, le planchaba las camisas con apresto, los miércoles hacían juntos el ayuno establecido y acudían también al gimnasio, los sábados caminaba a su lado en la ruta de senderismo, los domingos se encamaba con el para recuperar fuerzas. Yo odio la plancha, el orden, el ejercicio y la cama en exceso me deja baldada.
Subí al autobús. Me bajé en una parada que no era la mía y caminé. Lloviznaba. La ciudad olía a tierra mojada y a pan caliente. Entré en la primera tienda que vi abierta. Era una librería de barrio con un gato en el escaparate, dormía.
-¿Tienes cuadernos en blanco?- pregunté
La mujer del mostrador levantó la vista. Tenía los dedos manchados de tinta azul y su nombre en el delantal, Remedios
-Todos están en blanco hasta que escribes- dijo- ¿Para qué lo quieres?
-Para ser- dije sin pensar lo que decía.
Me dio uno de tapas verdes, sin líneas, sin cuadrícula, para que escribas como quieras, dijo.
Caminé sin prisa, sin rumbo, bajo la lluvia. Me senté en una marquesina y abrí el cuaderno. La primera página me miró como un perro abandonado. No pude escribir... No sé cuánto tiempo estuve allí.
Me llamo Alba. Taché. Me duelen los zapatos. Mejor, y seguí. Hoy me duelen las caras que pongo. Subrayé duelen. La tinta se corrió con la lluvia. Parecía que las palabras lloraban.
El lunes no volví a la oficina. Llamé y dije que estaba enferma. Y era verdad. Volví a casa de mis padres. Mi madre abrió la puerta y dijo: -Hola, Lucía. - No, soy Alba, dije. Parpadeó, sonrió como si llevara tiempo esperándome. - Pasa Alba, hoy hice lentejas -. Me quité los zapatos de tacón que Lucía usaba a diario. Tenía los dedos blancos, apretados, con formas de otra vida y me puse unas zapatillas viejas y grandes. Me sentí bien con ellas.
Al llegar a casa dejé a Mateo, así, sin paños calientes. Sólo le dije: - No me llamo como tú me llamas- Y no lo entendió. Me dijo que estaba estresada que lo hablábamos después de acabar el proyecto, pero no hubo un después. Lo dejé con la palabra en la boca.
Durante semanas fui a la Librería de Remedios. No compraba nada. Me sentaba en el segundo escalón de la escalera que iba al altillo y escribía. Remedios me dejaba un termo con manzanilla al lado. Sin preguntar. Sin querer saber. El gato se me subía al regazo. Pesaba y daba calor. De siete a ocho acudía allí a ser yo, sin Lucía, sin Mateo, sin “me parece interesante…”
Un día Remedios se sentó a mi lado y me dijo -¿Sabes por qué duele? Y no esperó a que contestara - Duele porque estás apretando para caber en un sitio que no es el tuyo-
Dejé el trabajo un mes después, el día que mi jefe dijo: Lucía. ¿te quedas hoy hasta tarde? A ti se te dan bien estas cosas. Le contesté - No. Sólo eso, sin explicaciones, tampoco me disculpé. El “no” me supo a manzanilla caliente, a tinta azul en los dedos, a gato pesando sobre mis piernas.
Ahora trabajo en la librería con Remedios. Todavía duele a veces. Ser yo es como estrenar pies y hay días en que todavía tropiezo con Lucía. Me sale su voz y toso, la echo fuera. Ya no vivo con el dolor. Anoche escribí en el cuaderno: Dejar de esconderme alivia el dolor de no ser Alba. Lo leí en alto y el gato ronroneó, Remedios me miró risueña y yo me reconocí en esa bonita voz.

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