Sesión continua - Esperanza Tirado




Todo va a quedar entre guay y perfecto, aseguró Sara mientras desenrollaba la alfombra roja (que en realidad era una toalla de playa de Los Fruitis).

 —¿Y si hay ratas? —preguntó Manu.

—Tranquilo, son cinéfilas. Solo chillan en versión original.

El cine, abandonado desde los 90, olía a palomitas y a misterio. Montaron el proyector, colgaron una sábana y conectaron el portátil. Pero en vez de su corto, apareció un power point: “Curso Básico de Prevención de Riesgos Laborales.

El público —dos gatos, un vagabundo borracho y el fantasma del taquillero— aplaudió con entusiasmo.

—¡Por fin algo útil! —gritó el taquillero. 


¡A formar! - Esperanza Tirado



—Deja ya de jugar con la comida —riñó su madre.

Pero María no estaba jugando: los guisantes eran soldados. Uno se escondió debajo de la servilleta, otros rodaron por la mesa como si esquivaran una ráfaga de rayos mágicos.

—¡A formar, valientes! —ordenó María. Los guisantes se alinearon como disciplinados soldaditos verdes. Su madre negó con la cabeza, suspiró y refunfuñó algo sobre las nuevas costumbres alimentarias de los niños, su paciencia y las malasmadres.

María susurró: —Mañana, será el turno de las zanahorias. Los guisantes, muy serios, se prepararon para la próxima orden, en misión secreta.


Lo importante es continuar - Marian Muñoz





Alicia echaba en falta su tierra, su país, sus vecinos, si bien la ausencia fue voluntaria no por ello menos dura.  Su país de acogida, Suecia, estaba afectando a su salud, el alcohol atemperaba largos meses de oscuridad, el intenso frío polar, el no poder pasear por el exterior y sobre todo esa soledad social a la que se había aclimatado.  El recibimiento fue bueno, el trabajo era el soñado, sus compañeros de trabajo magníficos amantes y las compañeras unas juerguistas de campeonato, a pesar de todo lo bueno no conseguía integrarse, seguía siendo “utlänning”, la extranjera.

Tras la muerte de su abuela, su única familia, comenzó a relativizar su éxito profesional y a pensar en su vuelta a casa, nadie la esperaba salvo los atardeceres desde la terraza, los vientos de levante o el sonido mecedor del mar Mediterráneo, esa luz en el cielo y ese calor que tantos sueños ocupaban.  Planeaba como un juego su regreso y una vez tuvo todo pensado, se decidió.  Trabajaba en su último proyecto, quizás el más duro hasta el momento, pero si conseguía que lo aceptaran sería un gran éxito para la empresa y para ella.  Lo tenía ya todo listo, repasó una y mil veces por mejorarlo o encontrar algún fallo, convencida de estar impecable, le dio a enviar, cerró el ordenador y los ojos soñando con su casa.

En apenas una décima de segundo el caos fue total, un estruendo enorme invadió la oficina, explosiones, motores echando chispas y luego oscuridad, mucha oscuridad.  Una avioneta había impactado a través de la gran pared de cristal, tres personas muertas, 15 heridas y ella en estado grave.  Cinco años viviendo en un hospital, los dos primeros sin apenas enterarse, operación tras operación para salvarle la pierna y ojo izquierdos, tumbada en la misma cama intentando sobrevivir a tanta anestesia, a tanto calmante.  Cuando logró ponerse en pie, estaba escuálida, otros tres interminables años duró la rehabilitación, aprender a caminar, a ver, a hablar, fue difícil, pero era una luchadora.  Cinco años de peleas continuas entre su cuerpo y su mente, finalmente le dieron el alta y sin dudarlo ni un segundo, contrató a una empresa de mudanzas, regresaba a España, no pensaba gastarse allí ni una corona de la indemnización ni la pensión de jubilación que a sus 37 años le habían concedido.

Su casa permanecía en pie a pesar de los años de ausencia, la abuela lo había dejado todo bien dispuesto para cuando faltara y un gestor se encargó de arreglar papeles, permisos y licencias para cerrar la pequeña casa en la costa.  Ahora tocaba abrirla, deseaba vivir en la casa familiar pero antes debía arreglarla.  Se alojaba en el hostal Perlita mientras hacía la reforma, su dueña Juani era una mujer animosa quien se ofreció desde el primer momento a ayudarla en lo que pudiera.  Sabía de sobra que era la típica respuesta ante una joven tullida, porque en eso se había convertido.  Aprendió a aprovecharse de esa predisposición de la gente para tener más fácil su ya de por sí difícil vida.  Estaba sola en el mundo y debía hacerse un hueco en él.  El Gestor se había jubilado, pero aún conservaba el poder notarial, como se aburría se dispuso a echarle una mano en los trámites administrativos.

La primera vez que entró se ahogaba, parecía que la abuela aún estuviera en las estancias limpiando y cocinando.  Abrió ventanas y la puerta de la terraza donde se detuvo unos minutos para observar el mar.  Ahí ya no pudo más, se cayó al suelo y comenzó a llorar con total desconsuelo, lloró toda la oscuridad pasada, todo el frío soportado, lloró ser una extraña en tierra amiga y toda la angustia sufrida en el hospital, tanto llanto limpió su mente, consiguió levantarse no sin dificultad y aunque tenía pocas fuerzas, empezó con inusitada energía a idear una nueva distribución.  

Dos semanas escogiendo suelos, ventanas, azulejos, muebles, pinturas, tanto trajín mantenía apartadas en un rincón de su mente sus desdichas.  Todo estaba en marcha, los obreros parecían profesionales que entendían sus ideas.  Todo iba según lo previsto hasta que una mañana escogiendo con Juani telas para las cortinas recibió la llamada del capataz.  –Venga inmediatamente que tenemos un grave problema-  No tenía idea cual podría ser, pero al llegar se encontró con dos coches de policía y un furgón negro, en su lateral ponía “forense”.  Mal asunto pensó, algún accidente con muerto incluido, ¡vaya mala suerte!

Al intentar entrar en la casa tropezó al contratista quien le dijo escuetamente – hemos encontrado un esqueleto - ¿Qué? Pero dónde, cómo, quien, las palabras se agolparon en su boca.  No obtuvo respuesta porque inmediatamente un policía la llevó afuera para hacerle algunas preguntas.  No supo que responder a ellas al no saber nada al respecto.  La invitó a pasar, pero no quiso, no quería vivir con la imagen de un muerto en su casa, no, tendría que ser de cuando la construyeron porque ella nunca había oído ninguna historia y su abuela había vivido toda su vida allí, en aquel lugar.  Le tomaron los datos, y pararon la reforma hasta terminar la investigación.  Otra desgracia más en su vida, el destino volvía a ser cruel pero no iba a rendirse, no había llegado hasta allí para hacerlo.  Se marchó un par de días a la capital para ver muebles y a la vuelta prestó declaración en el juzgado.

El esqueleto era de una mujer, de mediana estatura y cabello oscuro, un golpe en la cabeza parecía ser la causa de la muerte, no había nada que la identificara, por ese motivo le solicitaron voluntariamente una prueba de ADN y descartar que fuera familiar.  No se opuso, convencida de que nadie de su familia podría acabar así.  Aquel tabique que tanto le incordiaba en el dormitorio de la abuela era el causante, y pensar que todos esos años estuvieron conviviendo con alguien más en casa, ¡menudo despropósito!

Aun estando parada la reforma continuó mirando materiales para vestir la casa, tenía que entretenerse en algo y no obsesionarse con la muerta, ¿Quién sería?  Dos semanas después volvieron a llamarla del juzgado, esta vez la recomendaron llevar abogado.  Lo hizo de mala gana porque no entendía el motivo, pero se presentaron y cuando el juez le dijo –el análisis de ADN da un 95% de probabilidades de ser familiar suyo- ¡Imposible! Soltó, no tengo ningún familiar perdido, todos están en el cementerio municipal, puede ir a comprobarlo.  La relación podría ser perfectamente abuela/nieta.  ¡Imposible! Volvió a repetir.  Mi abuela está enterrada en el cementerio, pueden comprobarlo, ella no es, quizás una prima o una hermana, aunque lo dudo, pero ella no.

El juez insistía si bien no la culpabilizaba, según los análisis forenses el óbito se había producido cuando ella tendría tres años, no la estaban incriminando, pero intentaban descubrir quién era la fallecida.  Pidieron permiso para tomar una muestra de ADN al ataúd de su abuela, por supuesto lo concedió y esta vez además de incómoda estaba muy molesta con el hallazgo, aunque si no hubiera quitado aquel tabique estaría ahora conviviendo con una muerta, ¡menudo miedo!

La siguiente reunión en el despacho del juez fue tumultuosa, no entendía la expectación que había por los resultados.  –La mujer del ataúd no tiene ninguna relación biológica con usted-  Alguien debió estar pendiente del desmayo porque no se cayó, no se hizo daño y cuando abrió los ojos un sanitario le tomaba la tensión mientras un policía la abanicaba.  ¿Cómo iba a digerir aquello? ¿Con quién sino con su abuela había crecido? ¿Entonces quiénes eran las muertas y quien era ella?  No paraba de hablar como una cotorra, los nervios le agolpaban las ideas en su mente y debían salir para liberar tensión, estaba a punto de explotar.  Uno de los policías le preguntó si tenía alguna foto de su abuela.  Respiró hondo buscando en el móvil su favorita, la de su graduación, fue un momento muy feliz en sus vidas.

Copiaron la foto y la compararon con otra, el resultado fue positivo.  Según dijeron al introducir en el sistema el ADN tomado en el ataúd, había saltado una alarma, hacía 35 años, un furgón llevando a presas a la cárcel tuvo un accidente, dos fallecieron y cinco escaparon, encontrando más tarde sólo a 4, de la quinta nunca más se supo.  Estaban haciendo una suposición de lo que podría haber pasado.  La presa era peligrosa, había asesinado a una familia vecina sin ningún motivo, la pillaron por una cadena de oro, la misma cadena había aparecido en el interior del tabique, debió de caérsele al emparedar a su abuela, a su auténtica abuela, y usted casi un bebé no se enteró de nada.  Creció con ella, el milagro fue que no la maltratara, una niña sin familia podría estar a su merced, pero que la cuidara y vivieran juntas demostró cierta conciencia, aunque no demasiado buena.

Hundida, esa era la palabra, esta vez sí había tocado fondo.  Amar a una asesina, durante tanto tiempo, quien había acabado con su única familia, quien la había animado a ser ella misma, a luchar por sus sueños, ¡todo mentira!  Sin darse cuenta sus pasos la llevaban al pantalán del puerto, el mar la atraía, la llamaba para descansar en sus profundidades, estaba cansada, muy cansada de continuar viviendo, quizás el agua calmase su dolor para siempre.  En ese momento una gaviota surcó el cielo, quizás la misma gaviota de Suecia a la que enviaba recados para su abuela, quizás había logrado llegar hasta allí para… Sí, para salvarla, porque ¿si ella moría quién iba a recibir su fortuna? No, debía vivir para ayudar a otras personas, como a Juani o al gestor que desinteresadamente la acogieron y acompañaron. 

Decidió demoler la casa, nadie viviría allí sabiendo del macabro hallazgo, donó el terreno al Ayuntamiento para construir un parque, que tuviera muchas flores y un banco muy grande para contemplar el mar.  Compró una casa nueva también con vistas al Mediterráneo y cerca del hostal Perlita, donde echaba una mano a Juani con los huéspedes extranjeros.  Con la ayuda del gestor jubilado levantó una asesoría para entretenerse en invierno, cuando los días son más cortos, pero más luminosos que los del norte europeo.  Un poli la anda rondando, aunque ella se hace de rogar, aún es pronto para una relación en pareja, pero amigos acepta los que quieran serlo.  Ahora es conocida en el pueblo como “la guiri de la momia” y no puede más que tomárselo a cachondeo porque esa es la guasa que se gastan en el Mediterráneo.


Tutoriales - Esperanza Tirado





Todo va a quedar entre guay y perfecto, pensó Clara mientras trasplantaba los tomates al cajón de cultivo que había construido con palets reciclados. Había visto tropecientos mil tutoriales y preguntado a su vecina Paqui, vegetariana militante, cada vez que se cruzaban en el ascensor. Pero algo falló: Los tomates crecieron… hacia abajo. Las lechugas se espigaron como si quisieran huir. Y, por si fuera poco, los CDs atrajeron a una pareja de urracas que ahora usaban el mini huerto como Airbnb.

—Es normal —dijo Paqui—. El primer año el huerto se ríe de ti.

Clara suspiró, arrancó una lechuga flaca y la sostuvo como un trofeo.


Diez minutos - Esperanza Tirado




Los ojos tristes de la pequeña prisionera se reflejaban en los ojos amarillos de los cocodrilos. Era carne envuelta en celofán, una cría de algún ave, criada para alimento. Soy yo, sin aire, sin alas, colgada de un gancho, me balanceo. Ellos esperan. No me odian. Solo tienen hambre. El zoo abre en diez minutos. Yo ya he terminado mi tiempo.




Todos - Marian Muñoz



Caminaba por el pasillo sin rumbo, un pasillo blanco con puertas blancas y luces blancas, no había ningún detalle en las paredes, caminaba sin saber adónde ir o donde acabar mi paseo.  El silencio era estremecedor, ni un sonido o una voz humana, nada, pero allí estaba, caminando sin rumbo.

De repente me encontré frente a la puerta de un ascensor, se abrió sin darle a ningún botón, accedí a su interior y tal como se abrió se cerró.  No era consciente de si subía o bajaba, o simplemente permanecía en la misma planta, inesperadamente se abrió su puerta y salí hacia un pasillo, quizás el mismo o quizás uno igual que el anterior.

Vagaba sin rumbo, no estaba segura si sentía u oía el arrastrar de mis pantuflas de papel, la suela era tan fina que transmitía el frío de las losas que iba pisando.  Temblaba, quizás por frío quizás por pánico, por más que deambulaba el paisaje no cambiaba, pasillo y puertas blancas todas iguales.  Por fin alcancé una abierta, de su interior emanaba una luz amarillenta transmitiendo calidez, entré por ella buscando a alguien o algo que me hiciera compañía, que me ayudara a comprender donde me encontraba y lo que allí hacía.

Sobresaltada desperté tumbada en una cama, mis pies no sentían frío, mi cuerpo desprendía calor y una cara sonriente se acercó para decirme: Bienvenida, no temas estas en el hospital y te vas a poner bien.  En ese momento comencé a oír pitidos de diferentes tonos y a sentir dolor en mi cuerpo, al menos estaba acompañada y eso me reconfortaba después del viaje por aquel pasillo anodino.

Me dolía la garganta, aun así, haciendo un tremendo esfuerzo y emitiendo un sonido de ultratumba pregunté: ¿Dónde están todos?


Verónica a las seis - Esperanza Tirado




Te reinsertan en unos grandes almacenes. Las luces de neón parpadean como vigilantes cansados, esperando el fin de su turno. Vendes perfumes, pero aún hueles a pólvora. A las seis, entra ella. Abrigada entre pieles, labios rojos, melena rubia a lo Verónica Lake. No te ha olvidado. Tú tampoco. Y para callar su corazón y el tuyo echas mano de un revólver que ya no existe. 

                     

Mudanza - Marian Muñoz






Le habían concedido el traslado, en tres meses diría adiós a la ciudad, a los compañeros y a los ignorantes profesores de la escuela de arte.  Tres años matriculándose, tres años acudiendo a todas sus clases, sus prácticas, sus insoportables rutinas de técnicas, todo ese sufrimiento para que finalmente dijeran que no valía, que lo dejara y se arrimara a otra disciplina artística porque la pintura no era lo suyo.

Se enfadó, al terminar el curso se llevó un cabreo monumental, que sabrían estos pardillos de ciudad de tres al cuarto, iba a demostrarles su valía, su arte, su creatividad, pero no en su escuela, no, sino en una más grande. 

Madrid la había seleccionado entre un millón de solicitudes, a ella nada menos, allí demostraría su valía, nada de tecnicismos clasistas, paisajistas o escuelas trasnochadas, ella quería abstracto, puro y duro, sin que el cuadro contase nada, sino que simplemente estuviera y llenara ausencias.  Ese era su arte incomprendido en aquella ciudad de provincias.

Empezó a preparar la mudanza de sus pertenencias, tenía pocas cosas valiosas, sus libros lo que más; Kandinsky, Mondrian, Klint y Rothko su favorito.  Iba a comprar cajas de cartón, pero recordó que camino del trabajo solía haber para reciclar delante de un comercio.  Casualidad que al día siguiente las tenía, cogió todas las que pudo llevarse y tras comprar cinta de embalar se puso a guardar sus pertenencias en ellas.  Las almacenó en su habitación/estudio para que no le incordiaran en el día a día, las que sobraron las tenía también preparadas para los enseres de la cocina y el dormitorio.  Satisfecha por ello, no quiso ver más un caballete hasta llegar a Madrid, no quería que su malestar por el rechazo influyera en su arte.

Dos meses más tarde, ya instalada en la capital y un día antes de comenzar las clases en su nueva escuela, comenzó a desembalar sus pinceles, pinturas y elementos de trabajo para tenerlo todo a punto, quería empezar con buen pie y dar una primera buena impresión.  En el trabajo se sintió algo indispuesta, mareada más bien, con una sensación extraña, pidió permiso para salir antes e ir descansada a las clases vespertinas.  Cuando llegó aún se encontraba rara, con la cabeza dándole vueltas, les pidieron dibujar lo que quisieran, y con una rapidez de vértigo lo realizó, el profesor quedó prendado de su estética y color, pasándole al grupo A, el de los alumnos aventajados.  Cuando ya estuvo algo más despejada de mente lo celebró con una estupenda cena en un restaurante cercano, era su primer triunfo y únicamente fue un boceto.

Durante dos semanas su malestar le impidió trabajar correctamente, sus compañeros empezaron a quejarse al superior y éste la mandó al médico de empresa.  Mientras tanto las tardes eran prolíficas, sus dibujos gustaban, no cortaban alas a su creatividad y eso la satisfacía.  Estaban preparando una exposición para Navidad escogiendo tres de sus trabajos, si bien apenas se relacionaba con el resto de estudiantes, notaba cierta animadversión hacia ella, pura envidia se decía así misma. 

Finalmente llegaron los resultados del reconocimiento médico de la empresa, en letra bien grande y negrita venía la recomendación de dejar de consumir estupefacientes, por lo demás su analítica era correcta.  Alucinada por ese aviso que no entendía, ella no consumía, estaba en contra de las drogas y el alcohol además del tabaco, como era posible que le pusieran esa referencia.  Solicitó cita nuevamente con el doctor quien le informó dar positivo en cocaína, imposible dijo ella, nunca me he drogado y ahora menos. El médico la creyó e intentó descubrir como podía ser.  Preguntó por la comida, por los locales a donde iba, por la ropa, si en clase alguien fumaba o llevaba algún tipo de comida. 

Ante tanta pregunta se le encendió una luz, le preguntó si la caja de una floristería podría transmitir droga por el aire.  El galeno lo vio claro, ella contó que en su estudio aún tenía abiertas cajas que cogió de un comercio de flores, quizás en su día transportaron droga como algo normal y al ser su casa un recinto pequeño la estuviera esnifando sin saberlo.

Ambos acudieron a la comisaría a poner una denuncia, un policía acudió a su piso a tomar muestras de las cajas que efectivamente dieron positivo en cocaína.  Asustada empezó a vaciarlas e iba a tirarlas cuando reflexionó: “¿si resulta que mi gran capacidad de crear arte ha sido motivada por ir colocada, que escojo tener un curro monótono para ganarme la vida o una vida alocada vendiendo cuadros de por vida?” Menudo dilema tenía en ese momento, era tanto como decidir si ser honesta y aburrida o alocada y exitosa, tenía que pensárselo bien porque estaba su futuro en juego.

Y sí, como pensáis, pillaron a la floristería con cocaína, marihuana y cannabis, es posible que alguien más fuera intoxicado, pero ¿Quién va a sospechar de unas simples cajas?








Crónica de una Reforma casi Eterna - Esperanza Tirado





Todo comenzó con una frase inocente:

—Solo vamos a cambiar los muebles y el suelo de la cocina, nada más— dijo Ella, con la ingenuidad de quien no ha visto nunca a una cuadrilla de albañiles levantando nubes de polvo con una radial entre las manos.

Y cada mañana, desde hacía al menos tres semanas, -ya no recuerdan ni quieren recordar el momento fatal-, comenzaba con el rugido de un taladro y el crujido de varios pares de botas llenas de cemento sobre el descansillo y el pasillo de la casa.

La reforma, que en teoría parecía una renovación sencilla, se había convertido en un caos interminable de polvo, ruido y decisiones imposibles.

Él, con su taza de café frío en la mano, esquivaba cables colgantes y cajas de azulejos apoyadas en las paredes como si fuera parte de una coreografía.

Trabajar en el comedor, que ahora era una mezcla entre oficina, almacén de herramientas y zona de paso para los obreros, se había vuelto una misión tan imposible que ni Tom Cruise hubiera sido capaz de lograr su objetivo a la primera.

Empezó a odiar el teletrabajo. Cada videollamada era una ruleta rusa: o se colaba el sonido de una radial o aparecía un albañil saludando con un “¡Buenos días!” a grito pelado. Lo peor era cuando se agachaban y una hucha peluda asomaba para jolgorio de los que aparecían en la otra ventanita de la pantalla del portátil, sentados en un elegante despacho decorado con pinturas futuristas. Le daban entonces ganas de desaparecer del mundo.

—Ya que estamos, podríamos…

Ella se vino arriba.


Ahí empezó el segundo capítulo.

El baño principal quedó fuera de servicio.

Así que la familia y los albañiles compartían el pequeño aseo del fondo, que ahora tenía más tráfico que la M-30 en hora punta.

El gato, molesto por los cambios, se había instalado dentro del armario de las toallas y salía solo para mirar con desprecio a los intrusos que osaban invadir su reino.

Las discusiones sobre azulejos, enchufes y tipos de grifería se habían vuelto parte del desayuno.

— ¿Mate o brillante? ¿Uñero o con tirador? ¿Suelos de imitación cemento gris o vinílico sin juntas? ¿Interruptores modernos o vintage, como esos tan ideales de la casa rural del verano pasado? -preguntaba Ella, como una ametralladora llena de ideas locas, mientras cortaba rodajas de aguacate para su tostada integral.

— ¿Qué…?, -respondía Él, con los auriculares puestos intentando aislarse en algún podcast, sin saber si hablaban de pintura, muebles, de reuniones de trabajo o de su estado de ánimo.

Hacía varias jornadas que había guardado el portátil en el canapé de su cama, para prevenir posibles daños mayores. Que su puesto en la oficina le esperara a la vuelta de la reforma ya no lo veía nada claro. Sería el polvo que se le acumulaba delante cada mañana.

—Miiiaaaaaauuu - el gato ponía sobre la mesa sus patas y su punto de vista.

—Mamá, que hoy me voy a la piscina de Sara y después nos quedamos a dormir en una fiesta de pijamas. -Sabiendo que no le dirían ni que si ni que no, como adolescente que era, la Hija colaba sus pequeñas mentiras dentro de aquel desbarajuste familiar.

El caos alcanzó su punto álgido el día que se rompió la tubería del baño secundario.

Durante horas, el agua brotó como una fuente de celebraciones por el ascenso de un equipo de futbol a Primera División. Mientras los obreros gritaban cosas como:

” ¡Cierra la llave de paso!”

“¡Que pasas a dónde? ¡Si esto tiene dos palmos de agua!”

¡Pepe Gotera era un profesional y no vosotros! ¡Chapuceros!”

Él, perdida la compostura de ejecutivo de traje y corbata y apretón formal, se volvió histérico. Y caminaba pasillo arriba y abajo, teléfono en mano, buscando soluciones inútiles y voceando al aire:

— ¡Me niego a pagar los sobrecostes de las facturas!

 — ¡Esto no estaba en los planos!

— ¡No vuelvo a contratar impresentables en mi casa!

— ¡¿Otra licencia urbanística?! ¡¿Acaso es esto un dúplex de la Gran Vía?!

— ¡Me mudo a un minipiso! ¡Necesito respirar aire sin polvo de obras!

Ella, con una toalla en la cabeza y una fregona en las manos, se preguntaba si aquello era una reforma o la prueba divina de supervivencia de su matrimonio.

 

La hija adolescente hacía días que había huido en dirección a la piscina de la que, en esos días, se convirtió en su mejor amiga.

Y, sin embargo, entre los martillazos, los chillidos de las radiales y las discusiones sobre si el gris antracita era demasiado oscuro o si el verde té matcha era demasiado chic y podría cansar enseguida, surgió una extraña rutina.

Ella aprendió a cocinar platos fríos como si vivieran en el buffet de un hotel.

Él, pasados los momentos de histeria, aliviados con media pastillita de lorazepam, se volvió experto en distinguir marcas comerciales de pintura por el color de secado final.

El gato desarrolló la habilidad de abrir puertas correderas con la pata. También aprendió a ahuyentar obreros al primer ‘MIAU’ con tono agresivo.


La Hija había pasado olímpicamente del tema y se había mudado a la piscina de su amiguísima.

Wi-fi gratis, música a tope a todas horas, el hermano guaperas de su amiga y los colegas en bañador, una cocinera que hacía milagros para sus dulzones y poco sanos caprichos culinarios, un vestidor lleno de ropa de su talla. El Paraíso en la Tierra.

Cuando por fin terminaron —o al menos eso dijeron los obreros antes de desaparecer como ninjas en una nube de mezcla de mortero seco—, la casa era otra.

Moderna, luminosa, funcional. Y, lo más importante, muy silenciosa.

— ¿Y si tiramos la pared del pasillo? He estado mirando revistas y en los programas de reformas de la tele parece que el concepto abierto se lleva mucho —dijo Ella, recién desayunada una mañana, con una chispa peligrosa en los ojos.

En una milésima de segundo, las pocas neuronas que se habían salvado con la reforma y el café de la taza de Él, quedaron instantáneamente congelados.

 








Quedarse - Esperanza Tirado






No los puedo dejar tirados. Están en el andén, bajo la lluvia, con las mochilas empapadas y los

 ojos llenos de preguntas. La niña aprieta la mano de su padre, que disimula su nerviosismo

 fumando su última cajetilla. El tren silba a lo lejos. Yo tengo billete, ellos no. Podría subir, cruzar

 la frontera, ignorar que he visto su situación desesperada. Pero la mirada de esa niña me

 sigue.
 
Me doy la vuelta, camino hacia ellos, les entrego mi billete. Veo cómo se aleja el tren. 



Tercer tiempo - Esperanza Tirado




No los puedo dejar tirados. Están sentados en un bordillo, con las bufandas colgando, las camisetas sudadas y los ánimos por los suelos. Son del otro equipo. El autobús se marchó antes de la hora fijada, y ya no hay taxis en la parada. Podría pasar de largo con el coche, celebrar la victoria en silencio. Pero algo en sus caras me detiene. Bajo la ventanilla. “¿Os llevo?”, pregunto. No dudan. 

En el camino, hablamos de fútbol, de lo caro que está todo y del madrugón que nos arrastrará durante la mañana del lunes.




Vistas al caos - Esperanza Tirado









A disfrutar de la cerveza, pensó mientras se acomodaba en la terraza de su bar de siempre, justo frente a una obra que llevaba meses de retraso, prometiendo su finalización y una nueva plaza con ambiente relajado.

El camarero le dejó la caña con desgana y ella la recibió como quien abraza una tregua.

A su lado, una pareja discutía sobre cortinas, alguien hablaba a voces por el manos libres y un niño gritaba por un juguete inexistente.

Dio un sorbo y cerró los ojos, saboreando su ciudad, envuelta en el caos de las obras eternas.











Zona de bajas emisiones - Esperanza Tirado




Tere conducía como quien atraviesa un lunes: con prisas, sueño no aprovechado, resignación y lamparones de café en la blusa recién planchada.
Al llegar a la rotonda, vio un cartel:

Zona de bajas emisiones. Solo vehículos autorizados.”

Pero en su atontamiento mañanero lo leyó como:

Zona de emociones bajas. Solo conductores resignados.”

Y pensó: Perfecto, cumplo con el perfil.

Y cruzó la zona con su coche, más tartana que vehículo eficiente, que casi parecía un extensión de su ánimo.
Dos semanas después, la multa llegó con precisión matemática: 100 euros por circular sin autorización. Tere la leyó sin sorpresa, como quien recibe una factura por existir.
Ni protestó, no le quedaban fuerzas ni ganas de pelarse con la burocracia de ventanilla.
Por pronto pago la multa se reducía a la mitad. Eso le sacó media sonrisa. Algo era algo.
Guardó la notificación en el cajón de “cosas que pasan” y siguió adelante.
Con la cuenta corriente algo mermada, con las emociones a nivel bajo mínimos, su tartana descansando en su plaza de garaje.
Últimamente las emociones bajas no contaminaban, pero sí costaban.





Al que madruga... - Marga Pérez



Los altavoces del aeropuerto rugían como nunca antes lo habían hecho.  Repetían una y otra vez nuestros nombres y apellidos y solicitaban con insistencia que pasásemos por el mostrador catorce de facturación…

No entendíamos nada. Habíamos llegado con dos horas y media de antelación para facturar sin agobios, pasar el control de seguridad con toda tranquilidad y situarnos frente a la puerta de embarque antes que el resto de pasajeros.

Los altavoces seguían repitiendo nuestros nombres y apellidos sin darnos tiempo ni a levantarnos. ¡Qué vergüenza! Todos nos miraban. Seguro que pensaban que éramos unos viejos ineptos. Que no habíamos hecho bien las cosas. Que no teníamos ni idea. La verdad es que era la primera vez que íbamos con el IMSERSO pero nos había explicado con detalle todos los pasos y los seguimos todos, uno detrás del otro.

Yo empecé a sudar y Luis no daba pie con bola con la salida. Nos dijeron que teníamos que ir por donde salen los viajeros que llegan. Con lo fácil que sería recorrer el mismo camino que habíamos hecho… ya lo conocíamos, pero no, por otro. Bajamos en un ascensor cargado de
viajeros con prisa por salir y maletines con olor a trabajo. Nos costó hallar hueco. Éramos dos intrusos en tránsito por dependencias de llegada rumbo a lo desconocido de un mostrador vociferado por un altavoz disruptivo y atronador. ¡Qué nervios! Tuvimos que atravesar una cola interminable de pasajeros que querían facturar sus maletas. La cola que habíamos querido evitar llegando temprano. 

Nos miraban con recelo pensando que nos estábamos colando. No sabían que nos habían llamado por los altavoces. Hablamos con el empleado del mostrador y todo aquello para cambiarnos los asientos. Pensé mal, como siempre, convencida de que alguien había tenido mucho interés en los nuestros y a nosotros nos pasaban a otros peores. Menos mal que no dije nada. Nos dieron los mejores del avión, en la fila dos no existiendo la uno, así que el espacio que teníamos era inmenso. Los pies, por mucho que estirase las piernas, no pegaban con nada, una gozada. Nunca fui tan cómoda y ¡menos mal! porque Luis empezó a encontrarse mal nada más empezar a bajar, y otra vez fuimos protagonistas por megafonía. 

La azafata solicitó la presencia de un médico y enseguida aparecieron dos personas encantadoras que lo tumbaron en el suelo y determinaron que era algo cardiaco.  No dijeron la palabra infarto hasta que no aterrizamos y llegó la ambulancia. Seguro que no querían asustarme pero me lo imaginé después del trajín que tuvimos de un sitio para otro y del susto que llevamos. Luis es muy sensible y lo de pasar por el control de seguridad, la policía, los pitidos que dio al pasar…¡ dos veces! porque tuvimos que volver a pasarlo… ¡Qué quieren! Menos mal que estábamos llegando… del avión entramos en la ambulancia y de ahí al hospital. Fue todo lo que vimos de Valencia. Los diez días con el IMSERSO quedaron en una habitación de hospital.

Menos mal que Luis se recuperó muy bien y lo podemos contar pero se nos han quitado las ganas de volver a intentarlo. ¡Ah! Creo que al amigo de nuestro hijo, el que trabaja en el aeropuerto, tampoco se le ocurrirá volver a hacer un favor como el que nos hizo a nosotros, que agradecemos mucho ¡por supuesto! fuimos como reyes, la verdad que sí. Si no hubiésemos madrugado tanto…




Malas compañías - Esperanza Tirado




A la muerta hoy también le ha arrancado la cabeza. Su madre ya no sabe qué hacer con él. Desde que se hizo amigo del troll está imposible. Quiere convertirse en espíritu nocturno, pero aún no sabe de qué mitología. Y ya lo de castigarlo en el rincón más húmedo del cementerio no funciona.



Todo se acaba sabiendo - Marga Pérez





Hace tiempo que duermo mal, bueno, más bien poco porque mientras duermo lo hago fenomenal, ni me entero. Hoy desperté demasiado temprano para insistir en tener que dormir y me levanté y aproveché el tiempo haciendo las tareas domésticas. A las ocho en punto estaba sentada en una terraza, al sol de este maravilloso verano y con un té como única compañía. A esas horas hay mucho para observar y disfrutar y pocas personas alrededor que interfieran en ello. Los jardines a esa hora exhalan aromas frescos muy distintos a los del mediodía cuando el sol cae a plomo sobre ellos. La camarera repartía por las mesas servilletas y ceniceros. Yo era la única cliente hasta que un conocido mío, con atuendo deportivo, se sentó solo en el otro extremo de la terraza. Me llamó la atención pero en verano los hábitos cambian, seguro que a el también le llamó la atención verme a mí allí sentada, sola y a horas tan tempranas.  Enseguida apareció la mujer que lo había cuidado de pequeño, y sin pasar ni cinco minutos, su hermana también se dirigió hasta la misma mesa. Desde donde yo estaba los veía charlar animadamente pero sus palabras no se distinguían. Me emocionó verlos tan unidos después de tantos años, incluso después de haber perdido a su madre que era la que mantenía una muy buena relación con la niñera, tanto que le había dejado una finca muy bien situada desde que el corte inglés decidiera construir al lado un nuevo centro. Me emocionó ver cómo dos hermanos seguían ocupándose de la persona que los había cuidado de pequeños, a pesar de haberse independizado de la familia hacía más de medio siglo.

Con los días me di cuenta que desde mi mesa no se podía ver la puñalada trapera que le estaban propinando a la pobre anciana. Yo no la vi pero me contaron que los dos hermanos se habían aliado para despojarla de aquella finca que su madre le había legado, y lo hicieron con premeditación, alevosía y casi nocturnidad… Me gustaba más mi versión, la verdad, ya no hay valores… Una pena que en los sitios pequeños todos acabemos sabiéndolo todo de todos ¡Adiós al encanto!




Deudas - Esperanza Tirado





El prohibitivo tratamiento de mi nieto fue un duro golpe para la familia. Oramos a nuestras deidades, hicimos ofrendas a nuestros antepasados, pedimos a nuestros vecinos, tan pobres como nosotros, esperando el milagro. Ni endeudándonos durante las siguientes tres generaciones podríamos pagar todo lo que hizo por nosotros el equipo médico que vino del otro lado del mar.



Observo y escucho mis pensamientos - Marga Pérez





Hace ya un mes. Estoy sola hablando conmigo misma a todas horas. El médico me dijo que siempre lo hice pero que al dejar de oír, ahora soy más consciente porque no hay sonidos que lo tapen. ¡¡No callo!! Me gustaría tanto poder desconectarme… Hoy al fin decidí salir de casa. La primera vez que salgo a pasear desde que de repente dejé de oir. Cuantos mensajes escritos por todas partes: compro oro, merluza de oferta, prohibido jugar a la pelota, esquelas, fiestas fin de curso, concierto del coro parroquial, prohibido entrar con animales, entrada por la otra puerta, tus vacaciones en Cancún, zona wifi, la línea 2 llegará en dos minutos, ojo al perro, menú del día doce euros, temperatura hoy veintidós grados…

¡Anda! El dos es el número que más se repite. Veo a muchas personas de un lado para otro, algunas van solas y con cara de prisa, otras muchas en pareja, más relajadas, charlan. Los que pasan de tres en el grupo son los que van más lentos, se paran a cada poco, hacen corrillo para decirse algo, se ríen, no tienen ninguna prisa. Yo voy sola y tampoco la tengo, veo letreros de SE VENDE en las fachadas, de SE ALQUILA en los locales, algunos hasta con derecho a compra… Qué sorpresa ver fachadas que nunca había visto. Tienen la belleza del paso del tiempo reflejada en sus balcones, cornisas, entradas… Me acerco a un portal intrigada al ver la puerta abierta y veo que en el entresuelo hay un centro de yoga, hay una placa en la fachada. Entro y descubro una escalera señorial de mármol blanco oscurecido y desgastado por muchos años de limpiezas y repetidas pisadas. ¡Qué guapa! Igual puedo hacer yoga, aunque no oiga… El horario puesto en la puerta me invita a que venga en otro momento. Lo haré. Sentí algo especial al entrar allí… la de veces que pasé por delante y nunca me fijé ni en la casa ni en que se practicaba yoga en ella.

Una conocida me para. Hacía tiempo que no nos veíamos y no sabía nada de lo mío. Enseguida se despidió con un apretón en el brazo que nunca antes me había dado… qué cariñosa es la gente cuando saben de tu vulnerabilidad…

Llevo conmigo una tablet de esas que se borran y se puede escribir hasta el infinito pero, prefiero acostumbrarme a leer los labios. De momento yo no tengo problema para hablar, me dijeron que es fácil que lo vaya perdiendo. Con Paco ya empiezo a tener problemas… bueno, hace años que los tengo pero ahora son más evidentes. Antes pensaba que sólo era porque él no hablaba, ahora veo que ¡no escucha! ¿Tan difícil es? El oye perfectamente. Antes sólo hablaba yo pero pensaba que me escuchaba, me entendía, aunque no dijese nada. Ahora me doy cuenta de que no.  Está a mi lado pero desconectado de mí, como aquellos perros que se ponían en la bandeja de atrás del coche y movían continuamente la cabeza. Hasta le veo los ojos más perrunos cuando intenta esbozar una media sonrisa ante mis soliloquios. Antes apenas le miraba… Creo que estábamos mejor que ahora, la verdad, al menos yo, el oir otras cosas impedía que viese con tanta nitidez ¡¡ quien lo iba a decir!! Perder para ganar… y cómo sube el enfado conmigo misma… ¿por qué tengo que perder siempre algo? ¡Ya está bien! Quiero oir y quiero ver ¿es mucho pedir?



Jeta - Marian Muñoz




¡Pero tú que te has creído! ¡Te has pasado tres pueblos! lo peor es que no eres consciente de ello.  No sé qué pensarás, pero así no puedes seguir, ¡sólo faltaba eso! Que no, ni se te ocurra replicarme, menudo enfado tengo por tu culpa, no sé a dónde vas a parar con tu comportamiento, ya puedes solucionarlo cuanto antes y no me vengas con monsergas de que no ha pasada nada, claro que ha pasado y como no lo arregles vas a recibir un escarmiento bien gordo porque no voy a consentirlo más, ya puedes espabilar y hacerme caso o te las verás conmigo y entonces atente a las consecuencias.

Intentaba relajarme del calor agobiante en la terraza del Kimpe cuando mi tranquilidad y la del resto de usuarios fue perturbada por la agitada conversación de una mujer, móvil en mano, en la mesa de al lado.  Imposible no escucharla, agitaba su mano izquierda como si estuviera dirigiendo el tráfico.  Aunque no me interesaba en absoluto pegué la oreja por intrigarme a quien iba dirigida la bronca, si a un familiar, a un amigo o a un vecino.

Antes de poder enterarme colgó diciendo bien alto ¡Qué a gusto me he quedado! Tenía razón el psicólogo no sabes cómo relaja desahogarse llamando a un número desconocido, sobre todo cuando quien responde es un contestador que no ha dicho ni mu. 

¡Menuda jeta ese especialista! en vez de aguantar el chaparrón de su paciente va y le aconseja que se desfogue con un desconocido, que por educación no replicará, al pensar y con razón, que esta señora esta zumbada del todo.  No sé si preguntarle quien es el tipejo para no ir jamás.

Dos días más tarde veo en el periódico una foto donde aparece la susodicha, el titular decía: “Mujer denunciada por amedrentar a político”.  ¡Toma ya, con la política hemos topado! Yo que ella denunciaba al psicólogo como responsable subsidiario, ¡de cemento armado, oiga!











Ritual - Esperanza Tirado







A disfrutar de la cerveza, se dijo, mientras el primer sorbo le enfriaba la garganta y le templaba el pulso. El trabajo estaba hecho: limpio, sin ruido, sin gloria. Un asesinato por encargo, sin épica, solo oficio.

En el bar donde entró después, nadie sospechó nada.

La espuma se deshacía como los rastros que dejó atrás. Mera rutina. Como quien apaga una luz al salir. En cada trago, un silencio. En cada burbuja, un recuerdo que no debía quedarse. Porque incluso la muerte, cuando se vuelve costumbre, merece una breve pausa dorada.