Mentiras - Marian Muñoz





Ahora que vamos despacio, ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tralará, esa es mi canción favorita, en mi infancia siempre que íbamos de excursión toda la familia la cantábamos, metidos en un exiguo coche, hoy en día sería una lata de sardinas, pero en aquel tiempo era de lo más.  Estirón tras estirón seguíamos cantando la canción y me quedó tan interiorizada que fui, perdón soy, una mentirosa recalcitrante. 

No sé muy bien porqué mentía, si por diversión, por vagancia o quizás por huir de mi misma y no mostrar mi verdadero yo a nadie, ni siquiera a los de casa.  Ponía carita de buena y colaba la trola, luego difícilmente conseguían saber quién decía la verdad, si mis hermanos, mis amigos o yo.  Como profesional de la mentira logré ir aprobando cursos sin siquiera estudiar, conseguía colocarme cerca de las empollonas, al hacer el examen me ofrecía dejárselo en la mesa del profesor y en ese instante, como buena trilera cambiaba los nombres y salía triunfante con buena nota mientras que la lista de turno quedaba desconcertada.

En casa me agasajaban con regalos y premios de fin de curso y cuando terminé el instituto apenas sabía hacer la O con un canuto, el único trabajo al que pude optar, limpiadora.  A pesar del madrugón mañanero mi tarea era liviana, apenas duraba una hora, mientras mis compañeras tardaban hasta cuatro en dejar las oficinas impolutas.  ¿Cómo lo conseguía? Pues me quejaba a los jefes de lo lentas que eran las otras, de lo descolocado que lo dejaban todo o de los descansos tan largos que tomaban, así las amenazaban con despedirlas y ellas se afanaban en cumplir con su tarea y también con la mía, ji, ji, ji, ji. 

Creo que perdí a mi Pepito Grillo muy temprano, no era mala sino malvada y nadie me pillaba.  Pero como se suele decir a todo gocho le llega su San Martín, y el mío fue Raúl, mi sobrino recién nacido, un bebé guapo a rabiar con unos ojazos que al observarte parecían decir: no mientas que no me lo merezco.  Y ahí vino mi cambio, reconduje mi comportamiento y comencé mi aprendizaje de la verdad.  Al principio costó un mundo, pero palabra a palabra, frase a frase, comprendí que no me iba a morir por ser yo y mostrarme tal cual.  Todos apreciaron mi cambio y empezamos a ser una familia más feliz.

Raúl iba creciendo y yo con él, le acompañaba al colegio, íbamos al parque y no quería malcriarlo, pero su ternura me incitaba a regalarle siempre algo, un objeto o juguete sin gran valor, pero ese gesto nos hacía ser partícipes de una relación muy personal.

Creciendo, creciendo fui dándome cuenta que en cuanto llegara a los quince o dieciséis se convertiría en un mentiroso, mentiría a sus padres, mentiría a sus profesores y también a mí, ¡cómo no!  Fue cuando decidí adentrarlo en el mundo de la mentira, era realmente emotivo y divertido, cómo un miniyo mejoraba mis estrategias, el alumno superaba al profesor ¿sabéis cual era nuestra canción favorita?  Sí, esa misma, ahora que vamos despacio, ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tralará.




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