Ahora
que vamos despacio, ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tralará, esa
es mi canción favorita, en mi infancia siempre que íbamos de excursión toda la
familia la cantábamos, metidos en un exiguo coche, hoy en día sería una lata de
sardinas, pero en aquel tiempo era de lo más.
Estirón tras estirón seguíamos cantando la canción y me quedó tan
interiorizada que fui, perdón soy, una mentirosa recalcitrante.
No sé muy bien porqué mentía,
si por diversión, por vagancia o quizás por huir de mi misma y no mostrar mi
verdadero yo a nadie, ni siquiera a los de casa. Ponía carita de buena y colaba la trola,
luego difícilmente conseguían saber quién decía la verdad, si mis hermanos, mis
amigos o yo. Como profesional de la
mentira logré ir aprobando cursos sin siquiera estudiar, conseguía colocarme
cerca de las empollonas, al hacer el examen me ofrecía dejárselo en la mesa del
profesor y en ese instante, como buena trilera cambiaba los nombres y salía
triunfante con buena nota mientras que la lista de turno quedaba desconcertada.
En casa me agasajaban con
regalos y premios de fin de curso y cuando terminé el instituto apenas sabía
hacer la O con un canuto, el único trabajo al que pude optar, limpiadora. A pesar del madrugón mañanero mi tarea era
liviana, apenas duraba una hora, mientras mis compañeras tardaban hasta cuatro
en dejar las oficinas impolutas. ¿Cómo
lo conseguía? Pues me quejaba a los jefes de lo lentas que eran las otras, de
lo descolocado que lo dejaban todo o de los descansos tan largos que tomaban, así
las amenazaban con despedirlas y ellas se afanaban en cumplir con su tarea y
también con la mía, ji, ji, ji, ji.
Creo que perdí a mi Pepito
Grillo muy temprano, no era mala sino malvada y nadie me pillaba. Pero como se suele decir a todo gocho le
llega su San Martín, y el mío fue Raúl, mi sobrino recién nacido, un bebé guapo
a rabiar con unos ojazos que al observarte parecían decir: no mientas que no me
lo merezco. Y ahí vino mi cambio,
reconduje mi comportamiento y comencé mi aprendizaje de la verdad. Al principio costó un mundo, pero palabra a
palabra, frase a frase, comprendí que no me iba a morir por ser yo y mostrarme
tal cual. Todos apreciaron mi cambio y
empezamos a ser una familia más feliz.
Raúl iba creciendo y yo con
él, le acompañaba al colegio, íbamos al parque y no quería malcriarlo, pero su
ternura me incitaba a regalarle siempre algo, un objeto o juguete sin gran
valor, pero ese gesto nos hacía ser partícipes de una relación muy personal.
Creciendo, creciendo fui
dándome cuenta que en cuanto llegara a los quince o dieciséis se convertiría en
un mentiroso, mentiría a sus padres, mentiría a sus profesores y también a mí, ¡cómo
no! Fue cuando decidí adentrarlo en el
mundo de la mentira, era realmente emotivo y divertido, cómo un miniyo mejoraba
mis estrategias, el alumno superaba al profesor ¿sabéis cual era nuestra
canción favorita? Sí, esa misma, ahora que vamos despacio, ahora que vamos
despacio, vamos a contar mentiras tralará.

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