Problemas- Gloria Losada

                                              

¡Me ha tocado la lotería! ¡Ay madre que no me lo puedo creer! ¡Me ha tocado el bote de la primitiva! Ochocientos mil euros... ¡Jesús! ¿qué voy a hacer yo con tanto dinero? Bueno de momento intentar calmarme, que tengo el corazón como un caballo desbocado. Respira, Bea, respira y tranquilízate, solo así serás capaz de pensar fríamente y con claridad. Recapitulemos. Estoy en la cama, son las cuatro de la mañana, tengo insomnio a causa del café que me tomé esta tarde en casa de mi madre, se me ocurre mirar los resultados de la primitiva y compruebo que me ha tocado. ¡Vaya flas! No sé si despertar a Juan para decírselo... no, mejor no, duerme plácidamente, ronca como un animal, ya se lo diré mañana, así tendrá un dulce despertar. Ya estoy más serenada, uf que mal, bueno, que bien, pero que mal estos nervios. Es que es mucho dinero, pero mucho. Anda que no podré hacer cosas con él. Por lo pronto voy a dejar de trabajar, a tomar por culo, llevo toda la vida limpiando escaleras y oficinas, no quise estudiar, nunca me gustaron los libros, así que tampoco tuve posibilidades de encontrar un trabajo mucho mejor, ha llegado la hora de disfrutar de la vida. Lo primero un viajecito, al Caribe por supuesto, a tirarme a la bartola en una playa de esas paradisiacas, durante un mes o el tiempo que se tercie, ya iré viendo. Tranquilidad, quiero tranquilidad, así que me buscaré un lugar lo más alejado posible del mundanal ruido. Espero que el zote de mi marido no ponga inconveniente alguno, no le gusta nada ni el sol, ni la playa, ni el calor, ni nada de lo que me gusta a mí, que a veces no sé si en realidad no le gustan esas cosas o lo hace solo por llevarme la contraria. Bueno que haga lo que quiera, la verdad es que si va a venir para estar quejándose todo el tiempo casi mejor se marche él por su lado a Groenlandia que igual allí estará contento. Ya veremos si esto no termina en divorcio.

Le pagaré el carnet de conducir a Luisito, que acaba de cumplir los 18 y sus amigos se lo van sacando todos. A lo mejor hasta le compro un coche pequeñito, un utilitario para andar de aquí para allá, sin grandes pretensiones. Claro que, pensándolo bien, Carolina se va a poner celosa, ya lo estoy viendo, porque en su día a ella no se lo pude pagar. Coincidió que su padre estaba en el paro y con mi sueldo íbamos justitos. Ahora la niña ya trabaja desde hace un tiempo y ya se lo pudo pagar ella, con lo cual no debería importarle lo que haga o deje de hacer con su hermano, pero la conozco, la conozco como que la parí en un parto largo y doloroso. Siempre dice que a Luisito lo consiento demasiado y no es verdad. Yo intento ser equitativa con los dos. Es más, estoy dispuesta a comprarle un coche a ella también, que no se diga. Y un pellizquito de dinero para cada uno también caerá.

Y me gustaría comprarme un piso más grande, un ático, lo más cerca del centro. Ya le tengo echado el ojo a uno, que debe costar un dineral porque lleva en venta la tira y su madre, pero bueno mucho más de 200.000 euros no creo que pidan. Con eso sí que vamos a tener gresca, ya lo sé yo, porque a mi marido la ciudad nunca le gustó y la ilusión de su vida siempre fue una casita en el campo para tener perros y algún animal de crianza, pero que va, por eso sí que no paso, no me voy yo a vivir aislada del mundo ni aunque me paguen. Si quiere un sitio para tomar el aire, un ático con terraza en el centro de la ciudad, con todas las comodidades al alcance, es lo mejor, y como el dinero me ha tocado a mí… o sí, o sí. Pero vaya, que quebraderos de cabeza me va a dar el asunto, eso fijo.

Y luego que no se le ocurra decirme que tenemos que ayudar a su hermana, ni hablar, por encima de mi cadáver. Mi cuñada es una inconsciente, una irresponsable, una manirrota, que pasa absolutamente de nosotros salvo cuando necesita algo, fundamentalmente dinero para pagar sus pufos y este imbécil siempre se lo da. Recuerdo un verano, hace años, que habíamos estado ahorrando como locos para poder hacer un viaje a Palma de Mallorca, que a mí me hacía mucha ilusión. Hubieran sido nuestras primeras vacaciones y cuando ya estábamos a punto de sacar los billetes me dice que no, que no hay viaje, que el dinero ahorrado se lo había tenido que prestar a su hermana que se había quedado en el paro y tenía que pagar un préstamo de no sé qué, pero que ya nos lo devolvería y que en cuanto lo hiciera ya nos íbamos a Mallorca. Casi nos cuesta el divorcio, porque encima no era la primera vez que le dejaba pasta. Evidentemente no nos devolvió ni un céntimo, nunca. Así que al final no me quedó más remedio que darle un ultimátum, o dejaba de darle dinero a esa desvergonzada o yo me largaba con los niños. Desde entonces, por lo que menos que yo sepa, ya no le da pasta, ni siquiera me comenta cómo está la tía, pero yo bien me entero, bien sé que se pega la vida padre y debe pasta en todos lados, así que de mí no va a ver un duro, se ponga este como se ponga. Y desde luego a mi hermana sí que le voy a dar algo, aunque sea un pellizquito, que la pobre trabaja como una negra para ganar cuatro perras pero siempre se supo administrar muy bien. Si puedo le cancelo la hipoteca, que creo que ya no le debe de quedar mucho por pagar.

Y también están nuestros padres, que los pobres también se merecen algo, sobre todo mi madre, que es una santa, mi suegra ya es harina de otro costal. No es mala y a mí nunca me trató mal, salvo cuando se trata de defender a la indefendible de su hija claro, y esta vez seguro que no va a ser menos. Cuando sepa que yo no le quiero dar ni un duro, algo tendrá que decir, de eso estoy segura. ¡Madre mía! ¡Cuántos quebraderos de cabeza me va a dar repartir algo a cada uno! A ver voy a repasar los números, el 5, el 7, el 19, el 23… ¡Ostras! ¡Pero si estoy mirando los resultados de la semana pasada! ¡Ni un duro! ¡No tengo ni un duro! Pues mira, mejor, así me evito problemas, no hay dinero ni para mí ni para nadie, cada uno que mire por lo suyo y se busque la vida como buenamente pueda. Y bien pensado, si algún día me toca algo, creo que lo guardaré en secreto. Pues venga, a ver si soy capaz de dormir algo, que mañana toca seguir fregando escaleras.


 

 

 

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Sueños para la eternidad - Esperanza Tirado

                                         




Me ha tocado la lotería. Ahora soy el muerto más feliz y más rico del cementerio. Hasta que mi mujer cobre el décimo, claro.

Y es que mi corazón no ha soportado la noticia y se ha parado. Todo mi mundo se ha parado.

De repente se han esfumado el ascenso en el trabajo, el coche nuevo, la casa grande con jardín en las afueras, el colegio bilingüe para los niños, la parejita, que aún no teníamos, las vacaciones en el Caribe, las tiendas de marca, el champán, las ostras recién abiertas…

Como han cerrado la tapa del ataúd –precioso, por cierto, caoba maciza, almohadón de seda blanca relleno de plumas- no he podido ver la cara de mi esposa. Bueno, ahora mi viuda.

¿Llorará lágrimas de cocodrilo? ¿Guardará luto por mí? ¿Servirá canapés como en las películas americanas? Me llevaré esas incógnitas dentro del almohadón.

Ya me da rabia lo de no haber podido aprender inglés, nunca se me dieron bien los idiomas. Y tenía mis sueños puestos en que nuestros futuros hijos serían políglotas y se codearían con las altas esferas.

Mi esposa/viuda también tenía, y tiene supongo, sus propios sueños. Creo que compartía lo del cochazo y lo de la casa -de concepto abierto, faltaría más- y con jardín enorme. Hasta lo de las vacaciones en el Caribe, pero creo que no conmigo; y, sobre todo, lo de salir y entrar llena de bolsas en las tiendas más chic.

Últimamente no hablábamos mucho. Yo estaba muy agobiado por lo del trabajo nuevo. Por ahí va a venir lo de haberme muerto…

Y, claro, ella pegaba la hebra a todas horas, con sus amigas y con quien se le arrimara. Que alguno se le arrimó. Pero se desvió cuando se cruzó con mi mirada amenazante. Y es que muchos pensarían ¿Qué hace un mindundi como tú con un pibón como ella? Que lo es. Siempre me resultó un misterio; pero como me sentía ganador, me olvidé de hacer de detective.

Alguna sospecha tuve en los últimos tiempos de que tenía un amigo. Pero como me he muerto así, por las buenas, no me ha dado tiempo a averiguarlo. Casi prefiero haber palmado sin saber nada del tema. Aunque creo que le voy a dar vueltas por toda la eternidad. ¿Sería rubio o moreno? ¿Cachas o intelectual? ¿Del BarÇa o del Madrid? ¿Gordo o flaco? Más preguntas para el almohadón.

Ella estará encantada cuando cobre los millones. Y quizá se vaya al Caribe y se gaste el dinero en trapitos y caprichos estéticos. Quería ser actriz. Siempre fue muy fantasiosa. Aunque, claro, todos tenemos nuestros propios sueños.

No se puede tropezar mientras te haces tus cuentas en el aire. Se te caen las jarras de cerveza, que se hacen añicos y se queda la espuma, ocultando los sueños por el camino. Y adiós muy buenas.

Una pena. Lo de morirse así de pronto, digo. Y lo de la cerveza también.




 

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Ilusiones enterradas en la nieve - Marga Pérez

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Cuando anunciaron que a partir del fin de semana caería una gran nevada en el norte, Pepe y Ana sintieron en su interior la llamada de la naturaleza que les había conducido hasta aquella casa entre montes, aislada. Fue un impulso. Tras el confinamiento por el covid, Madrid, de la noche a la mañana, pasó a ser para ellos una gran colmena con vistas... Con vistas a otras ventanas orientadas a más ventanas que no siempre tenían vistas…¡Vamos! Un enjambre sin sentido.

Sólo hacía dos años que se casaran. Estaban en paz con ellos mismos y con el mundo. Todo era poesía a su alrededor. Y necesitaban espacio. Y naturaleza. Y Libertad. Y poder respirar sin mascarilla, así que alquilaron, tras el veraneo en la costa, una casina en Asturias, en un pequeño pueblo perdido del mundanal ruido pero a sólo veinte minutos de Oviedo en coche. Los dos teletrabajaban desde casa y los paseos por el monte, por las tardes, después de acabar con sus obligaciones, los tenían entusiasmados . Estaban felices con el cambio.

El anuncio de una nevada copiosa era para ellos lo más de lo más. Nunca habían visto nevar más de varios copos aislados que se derretían antes incluso de tocar el suelo. Pensar en blanco nieve alrededor suyo les ilusionaba más de lo que podían suponer.

Hicieron acopio de comida, leña, butano, velas y cerillas… Desde que vivían en el campo se habían quedado más de una vez sin luz y no querían que la gran nevada los cogiese desprevenidos cual pardillos madrileños ... Por si acaso también compraron raquetas para poder caminar por la nieve, y bastones, y una pala, y una escalera de mano, y líquido anticongelante para el radiador… Quedarse aislados les daba yuyu, aunque, si así fuera, hacer rutas por el bosque entre árboles blancos y nieve sin pisar debía de ser una auténtica gozada… ¡perdidos los dos solos en un paisaje idílico!

Aquel sábado amaneció entre cielo plomizo y nubes reventonas . No habían terminado el desayuno cuando ya caían los primeros copos. Tras los cristales quedaron embobados mirándolos. Caían silenciosos, como trapos… enseguida dejaron de ver otra cosa que no fuese nieve. Parecía que su casa era el centro de la tormenta . Esa tarde sacaron las raquetas con la intención de dar un paseo alrededor de la casa pero el viento, el frío, la nieve y la oscuridad hicieron que desistiesen y pasasen la tarde viendo nevar tras los cristales. Una semana haciendo lo mismo y viendo cómo la nieve subía a su alrededor copo a copo acabó con su visión bucólica de la tormenta . Empezaron a preocuparse. ¿Aguantaría el tejado tanto peso? ¿Podrían quedarse enterrados en la nieve?… Decidieron, después de trabajar, salir con la pala para despejar de nieve la casa . Con mucho esfuerzo consiguieron delimitar un pequeño camino hacia la puerta de entrada y limpiar las ventanas y la puerta trasera. Les dolían las manos amoratadas y... no dejaba de nevar. Todo el tiempo libre que tenían lo ocupaban en luchar contra la nevada que, sin tregua, trataba de enterrarlos vivos. Con gran peligro y la ayuda de la escalera de mano, consiguieron subirse al tejado. Desde allí arriba el paisaje daba miedo, sólo se veía nieve, y... seguía sin dejar de nevar. Al retirar la nieve del tejado volvían a llenarse los espacios ya despejados frente a puertas y ventanas. Los días se convirtieron entonces en bucles de trabajo frente al ordenador, limpieza de tejado y despeje de los huecos de la casa. Caían en la cama como fardos, agotados, mientras seguía nevando como si nunca lo hubiese hecho.

Varias cañerías que tenían poco uso reventaron al congelarse dentro el agua. Desde entonces dejaron los grifos abiertos, con un hilo de agua, para evitar más roturas. Con los víveres se dieron cuenta de que habían sido bastante rácanos y enseguida tuvieron que racionarlos ¡cómo echaron en falta el supermercado!Y... seguía nevando. Ya llevaban dos semanas de nevada ininterrumpida. Las noticias no eran optimistas y no informaban aún del final de la nevada.

Una noche los despertó un sonido de película de terror. Los lobos no estaban lejos y aullaban quejumbrosos, sin comida . Pepe y Ana se abrazaron tratando de ahuyentar pensamientos y más pensamientos cargados de miedo . Les costó dormir. Los aullidos se oían cada vez más cerca. No estaban preparados para ésto. La tormenta de nieve quedó ya al desnudo, sin poesía. Habían perdido la paz necesaria para que surgiese en ellos cualquier emoción poética, sólo eran dos humanos. Solos en medio de la naturaleza. Dos humanos, con miedo, solos en el mundo.

Los lobos noche tras noche se acercaban , aullaban tras su ventana, los oían dar vueltas, buscaban comida. Sentían que el hambre les empujaba hacia ellos... buscaban, buscaban…

La desesperación les hacía atacar. Rompieron un cristal de la cocina. El olor a comida les animaba a intentarlo aunque no pudieron hacer más . Pepe y Ana estaban aterrados de que pudiesen entrar. Pasaron del trabajo y de la limpieza de la nieve y desde entonces se dedicaron a reforzar puertas y ventanas con cartones, tablas y leña. Preferían quedar enterrados en la nieve a ser atacados por lobos hambrientos. Y... seguía sin dejar de nevar.

Ana pensó en darles comida para apaciguarlos pero después de muchas vueltas vieron que no era la solución, no se los quitarían de encima . Además, ellos necesitaban toda la comida , no sabían cuanto más seguirían aislados. No habían calculado provisiones para tanto tiempo...

La casa en pocos días quedó cubierta de nieve. Para eliminar el olor dejaron de cocinar . Dejaron de quemar leña . Dejaron de moverse… Quedaron en pocas horas enterrados en la nieve. Los lobos acudían cada atardecer , los oían caminar sobre sus cabezas, buscando, buscando…

Después de un mes y cinco días nevando, dejó de nevar. Los efectivos para el rescate aún tardaron más de una semana en poder llegar hasta ellos. Les llamó la atención los cuerpos de lobos desperdigados en poco más de treinta metros cuadrados. Estaban semiocultos en la nieve, sobre la casa que estaban buscando. Con la quitanieves llegaron hasta la vivienda y descubrieron a Pepe y Ana abrazados, en la cama, habían dejado de respirar tan sólo unas horas después de que dejase de nevar.


 

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Soñando - Dori Terán

                                          

  

 

El mantel tendido al sol revolotea en los suspiros del viento acaparando rayos que calientan el tejido y parecen dotar de vida las rosas en él bordadas.

Marta lo contempla recostada en la tumbona del balcón y hasta se embriaga del aroma que despiden las flores desde el tejido rústico de la tela.

Se imagina una mesa larga, larga, larga…hasta el infinito y visualiza sentado a su alrededor un pueblo de hermanos. El alimento son las manos asidas amablemente los unos a los otros, los otros a los cualesquiera y a los blancos, a los necios y a los santos, a los sabios y a los oscuros, a los héroes y a los villanos…y a toda la diversidad y mezcla que forma el género humano.

Rayos azules envuelven a la Tierra y una luz verde la está sanando. Marta abre los ojos…Marta está soñando.

No se apena Marta de que solo sea un sueño.

¡Por algo ha de empezar el cambio!!.



 

 

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El pendrive - Pilar Murillo

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Ernesto llegó a casa y tiró su gabardina en el sofá, no tenía ganas ni de guardarla en el ropero. Se dirigió a la cocina y abrió una botella de buen vino tinto. Recogió un mando a distancia pequeñito, perteneciente al hilo musical y enseguida sonó de fondo una música de versiones de películas de suspense, interpretada por una orquesta sinfónica. Subió a su habitación y se puso cómodo, todo mientras iba dando pequeños tragos a su copa de vino de la cual no se había olvidado. Salió de su habitación y se metió en la estancia contigua donde había un escritorio y sobre él un portátil. La habitación la decoraban varios cuadros horrendos hechos a carboncillo. Era su despacho. Se sentó apoyando antes la copa de vino sobre el escritorio, abrió el portátil y buscó una carpeta titulada “Los orígenes de la maldad” releyó y comenzó a escribir lo que sigue a continuación. “Siempre oí que los niños no tienen picardía, ni hacen las cosas con premeditación, los niños solo imitan y no tienen concepto de lo bueno y malo, si no se les enseña, y cuando no se les da unas directrices, ellos lo que hacen es improvisar, les sale de dentro, lo que sea que tengan en su mente.

La maldad se hereda, si no viene de los padres viene de mucho más lejos. Esta teoría la puede comprobar tras mi investigación del sujeto A, llamémoslo así para que continúe en el anonimato.

Cuando terminé el grado de Humanidades, mi último trabajo versó sobre un antepasado que la mayoría de sus familiares habían hecho alguna maldad por envidia. Todo apuntaba a que eran casualidades, pero yo quise ahondar más allá y mezclé realidad con literatura, quedándome un trabajo que más que parecer ensayo, tiraba más a novela de suspense, de hecho, la escritura es mi gran hobby, pero no es éste el caso que nos aborda, si no por qué decidí hacer la investigación sobre la maldad.

Descubierto un niño que provenía de mi rama familiar, con los que mi amistad a sus padres me unía de tiempo atrás, tanto es así que prácticamente una vez al mes durante cuatro horas compartíamos una barbacoa familiar. La primera vez que este niño se unió a estas reuniones, apenas tenía dos años. Es muy corta edad, demasiado corta para distinguir lo que esta mal y lo que está bien, incluso para tener envidia se es demasiado pequeño.

La envidia es el germen de la maldad y desde que el hombre apareció en la tierra, todas las guerras y asesinatos de reyes para usurpar el trono de sus parientes ha sido por la envidia y hambre de poder.

Mi estudio con el sujeto A comenzó cuando me dejó sorprendida como un ser tan pequeñito comenzaba a tener envidia de otro niño un año menor. En principio todos los que contemplamos la acción de romper a la mitad las pinturas de madera del niño más chiquito, pensamos en que lo había hecho por compartir, porque así los dos tendrían los mismos colores para garabatear en un bloc donde se entretenían. Yo también creí que eso era compartir, pero aquella mirada y sonrisa maligna nunca se me borrará.

En los años siguientes seguí mi observación, indudablemente el germen de la envidia iba creciendo considerablemente. Me llegué incluso a asustar tanto que no quise seguir con el estudio a esa única persona.

Me fui a los parientes del pasado, generaciones atrás. Llegué a descubrir algo que me heló la sangre y la razón por la que este estudio que hay a continuación de esta presentación, jamás verá la luz.

La realidad supera a la ficción, me puedo aventurar a decir esto. Cuantas películas habré visto sobre brujas poseídas o vírgenes a las que el diablo las ha forzado para reencarnar el mal en la tierra.

A día de hoy todo esto que presento y voy a relatar no tendría credibilidad si no fuese que todo está escrito y que ha llegado generación tras generación hasta nuestros días.

El mal tiene muchas formas, pero ésta en concreto es la maldad personificada.

En estos momentos que son las doce de la noche y fuera hay una tormenta de mil demonios, (Nunca mejor dicho) se me acaba de helar la sangre. Toda mi casa está cerrada. Yo me hayo en la planta alta escribiendo y no hay nadie más en mi casa, sin embargo, estoy escuchando como alguien sube la escalera. Dejo esta historia guardada en un pendrive, si algo me sucediese quiero dejar constancia de que una hermandad satánica han descubierto mis estudios y al sujeto A, que ahora forma parte de esa secta. No puedo seguir escribiendo. Debo cerrar. “

Diez años después Una profesora de humanidades recibe un paquete anónimo y dentro haya un pendrive que utilizará a su vez en su primera clase. Dicho lápiz de memoria mostrará el estudio inacabado del profesor De la Torre Martínez. La intriga estaba servida. El profesor era su padre, desaparecido diez años atrás de forma misteriosa.

 

 

 

 

 

 

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El olor de la maldad - Marga Pérez


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  -Mamá, déjame ir.

-Te van a hacer daño, quédate.

-Lo mismo me da. Quiero ir. Son mis amigos, mis cosas ... me gustan. Quiero ir.

-Te van a hacer daño, quédate. No vayas. Eres tan inocente…

-Mamá, déjame ir.

-Te van a hacer daño, quédate.

-Lo mismo me da. Quiero ir. Son mis amigos, mis cosas...me gustan. Quiero ir.

… … …

Lola mantiene un único discurso abrazada al cuerpo inerte de su hija, está en bucle. Lo repite una y otra vez... Una y otra vez... Está atascada… atascada… atascada.

Está atascada. Atrapada en un mundo irreal, que, sin su permiso, avanza. Encerrada en un pasado para ella sin conflictos, siempre feliz . Retenida sin emoción, vaciada de todo sentimiento. Acorralada entre argumentos ya sin sentido. Enganchada a una infancia recurrente. Aplastada por lo inevitable del momento. Pillada entre realidades que tiran de ella hacia el desmoronamiento. Bloqueada ... Está en bucle. Bloqueada…

Sin saber, ni decidir, ni buscar, ni proponer, ni disponer, ni mandar… quiere que Laura siga estando viva. Que discutan . Que la necesite... Quiere que todo siga igual, sin pensar, como siempre... .

Lola aprieta contra si aquel fardo inmóvil, aún caliente, tratando de infundirle amor.

Entre sus brazos Lola no ve la muerte rendida ni el rostro desfigurado y roto de su querida niña. No... No quiere ver cómo en silencio todo en ella grita muerte… no quiere escucharlo. Para Lola, su hija Laura, vive. Ella se ocupará de éllo, de mantenerla caliente. No se separará de su lado, siempre entre sus brazos. Le hablará. Le dará calor. Vida…

-¡Eres tan inocente! ¿Te acuerdas de aquel chico que a la legua se veía que venía con malas intenciones? Tu no lo viste. -Mamá, déjame ir… Te enamoraste. No nos querías escuchar. -Mamá, déjame ir… Era el mejor chico del mundo… para ti -Te van a hacer daño, quédate. Te fuiste de casa… ¿cómo volviste? Pues hecha unos zorros ¡Cómo ibas a volver! ¿Cuantas veces te lo dijimos? Te van a hacer daño… te van a hacer daño. No querías escucharnos, sólo tenías oídos para ellos… ¿Qué te decían para que los creyeses?... Ni tu padre ni yo teníamos ningún interés en engañarte… Ya ves , tu padre se fue a la tumba antes de tiempo… Si, estaba tan triste viendo el rumbo que llevaba tu vida…. Pero ya se acabó, Lauri, seguro que con Ramón aprendiste por fin a valorarte… -Mamá, déjame ir. Te casaste casi de tapadillo ... no le gustaba a nadie. -Te van a hacer daño, quédate. Lo vi desde el día en que nos lo presentaste… su mirada lo decía todo. Era la maldad con traje… muy bien vestido, si cielo, pero la maldad... Y te fuiste. Lejos… -Mamá, déjame ir… El teléfono era tan frío . Estabas tan lejos. ¿Te hacía daño? Nunca digiste nada…Cuando colgaba siempre me quedaba la duda. Durante días. Soñaba contigo …todos los días -Mamá, déjame ir. Cuando volviste, ya sin él, respiré aliviada… Lauri, mi niña, ¡cuanto te eché en falta! Todo va a ir bien, Lauri, ahora si. Escúchame. Vas a volver a empezar… aquí estoy yo para ayudarte ¡Quédate! Te van a hacer daño… ¡Escúchame! No quiero que te hagan daño. Nunca más. ¿Te acuerdas de aquellas navidades que nos reunimos en casa? Todos con pies de plomo para que no se enfadase y al final se enfadó contigo … Todavía hoy no sé muy bien por qué fue. Os fuisteis rápido... -Mamá, déjame ir… ¡Si pudiera encerrarte en casa…! ¡Cuanto mejor estarías! Lauri, te quiero. Quédate, te van a hacer daño … Cada vez llevo peor el dolor de quienes quiero. No lo soporto… ¿Cuantas veces razonaste tu situación? Sabías que te hacían daño pero cuando te enamorabas volvían a decidir tus emociones. Esto va a cambiar, Lauri, mi amor. Ya verás cómo a partir de ahora todo cambia. ¡Quédate! Juntas podemos… Ramón, ya no podrá hacerte daño -Mamá, déjame ir…. Ramón, ya no podrá hacerte daño, te lo aseguro mi amor… ¡ Quiero ser feliz! La felicidad no existe, Lauri, sólo existe ser feliz cada día. ¿Ramón te hacía feliz cada día? Alguno de los hombres que te quisieron ¿te hicieron feliz cada día? Abre los ojos, mi amor. Te quiero… Ahora todo va a cambiar…. Quédate , van a hacerte daño.

Abrazada a aquel cuerpo que poco a poco enfría, Lola llora años de frustración como madre mientras recita recuerdos. Repite palabras. Escupe sentimientos...repite...repite y repite emociones que tenía atragantadas dentro desde hacía tanto… Atragantadas en algún pliegue del pasado sin atreverse si quiera a convertirlas en palabras...

Después de varias horas abrazada al cuerpo sin vida de Laura, unas manos fuertes y contumaces consiguen separar a Lola del cuerpo ya rígido de su hija. En el rellano de su vivienda había sido abandonado por su ex marido, se la tenía jurada: o de él o de nadie. Allí mismo la remató. Nadie sabe cómo Lola apareció antes de que la avisasen, seguro que el cordón espiritual entre ambas siguió funcionando. Laura vivía sola a varias manzanas de su madre. De Ramón nunca más se supo pero sabemos que la maldad está aún entre nosotros. Lo sabemos porque va dejando un rastro fétido y un muy mal sabor de boca

 

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Belcebú - Gloria Losada

                                         Fractal, Gato Fractal, Arte Del Gato

 

 

Cuando iba al instituto me llamaban mucho la atención las opiniones de los filósofos sobre la bondad o maldad de la gente. Mientras unos opinaban que el hombre es bueno por naturaleza, otros decían que el hombre es un lobo para el hombre. Ignoro el camino recorrido por esas mentes pensantes hasta llegar a semejantes conclusiones, yo creo que cada uno es como es, y que la maldad, o la bondad o cualquier cualidad que se le pueda atribuir al ser humano, tiene siempre un punto de subjetividad. Lo que para mí es bondad, para el que tengo en frente puede ser la maldad más absoluta.

Yo siempre me tuve por una persona buena. Fui una niña tranquila y una adolescente que no dio guerra. Siempre me causó pavor el hacer daño a alguien y si por alguna circunstancia ese alguien se sentía herido por mí, cosa que ocurrió pocas veces, me dolía hasta el alma y no dudaba en pedir perdón aunque en el fondo sintiera que yo no había hecho nada malo. Hasta que conocí a Belcebú, que despertó mi lado más oscuro.

Por aquel entonces acababa yo de cumplir los 18 años y había comenzado a estudiar en la Universidad. Como mis padres regentaban un negocio familiar que les ocupaba casi todo el día y a mí no me gustaba estar sola en casa, al salir de clase comía en casa de mis abuelos y allí pasaba la tarde hasta que me recogían. Un lunes, después de comer, me senté en el patio trasero a disfrutar unos momentos de la tibieza del otoño antes de ponerme a estudiar y surgió por allí. Un gato precioso, con el pelo dibujado en distintas tonalidades de gris y los ojos de un verde tremendamente intenso. Se acercó a mí y maullando en tono mimoso se restregó con suavidad contra mis piernas. Lo acaricié y enseguida se estableció una corriente de simpatía entre los dos, a pesar de que a mí los animales jamás me gustaron especialmente.

Apareció este sábado por el patio, le di algo de comer y aquí se quedó. Hay que ponerle un nombre – dijo mi abuelo desde el quicio de la puerta.

En ese momento el gato fijó su vista en mí y una sensación extraña me recorrió, como si el animal formara parte de mi yo siniestro.

Se llamará Belcebú – dije, y no añadí el gato maldito, pero la expresión apareció en mi cerebro.

Desde aquel día Belcebú se convirtió en mi sombra cuando estaba en casa de mis abuelos. Y a mí me gustaba aquel hilo que se había establecido entre ambos, hilo que se volvió mucho más fuerte cuando el gato se hizo eco de mis maldades.

Ocurrió una tarde que mis abuelos tenían unos albañiles en casa reparando unos desperfectos en el patio trasero. Uno de ellos era especialmente maleducado y soez. Me miraba con ojos de baboso y me decía obscenidades. En un momento que estaba yo sentada en el patio con Belcebú en mi regazo y el tipo se encontraba subido a una escalera deseé fervientemente que se cayera y se diera un buen golpe y dicho y hecho. El gato salió disparado, embistió la escalera, el hombre dio con sus huesos en el suelo y el minino volvió a mis brazos... y hasta creo que me miró con una expresión extraña en su cara gatuna, como si me sonriera. Yo le devolví la sonrisa y me metí dentro de la casa mientras mi abuelo y su compañero acudían a socorrer al albañil accidentado. Acabó con una pierna rota y yo sin el menor remordimiento. Ni por asomo pensé en aquel momento que lo ocurrido fuera fruto de la conexión de mi mente con la de Belcebú. Mis sospechas se despertaron cuando volvió a pasar con una vecina de mi abuela que se vino a quejar de los ruidos de la obra. Mi pobre abuela se deshacía en disculpas, intentando explicarle que era inevitable, que intentaría que durara lo menos posible, pero la otra erre que erre, que no podía ser, que su nieto pequeño no podía dormir la siesta y encima todo el polvo iba a parar a las hojas de las plantas de su jardín. Yo murmuré por lo bajo un insulto, vieja bruja o algo así, y tan pronto como lo hice el gato se acercó a la mujer y empezó a bufarle y a enseñarle las uñas, ante lo cual la otra se largó como alma que lleva el diablo y no osó volver a protestar. Aquella situación me dio miedo y satisfacción al cincuenta por ciento. Que una persona como yo, tranquila y bondadosa, pudiera mostrar un lado siniestro resultaba hasta divertido, pero que ello se canalizara a través de un gato era cuanto menos inquietante.

Un día quise probar si el animalito era mi siervo y comencé a darle órdenes mentales un poco absurdas. Que se caiga la rama del arbol, que no le arranque el coche al abuelo, que la abuela no encuentre carne de cordero en el mercado. Pero no, no surgió efecto. El gato actuaba cuando yo sentía maldad de verdad, aunque fuera de poca intensidad, no cuando pensaba estupideces.

Los episodios se fueron repitiendo de vez en cuando. En general Belcebú provocaba incidentes de escasa importancia a la gente que yo “odiaba”, si se puede usar esa palabra. Hasta que pasó algo realmente grave.

El curso tocaba a su fin y yo lo había llevado bastante bien, aunque con mucho esfuerzo. Contaba con aprobar todas las asignaturas, si bien no con unas notas maravillosas, mas me llevé una sorpresa monumental cuando al ir a buscar la última nota me encontré con que había suspendido, a pesar de que el único parcial que nos habían hecho lo había aprobado con un notable. No entendía nada y me fui a casa llorando como una Magdalena y maldiciendo una y otra vez al profesor, un tipo raro que ya tenía fama de ser bastante arbitrario a la hora de evaluar. Mis padres intentaron consolarme de todas las maneras posibles. Mi madre incluso se ofreció a acompañarme a pedir una revisión del examen, pues yo era tan tímida que nunca me hubiera atrevido a hacerlo sola. Pero yo le dije que no, que no iría a rogar a nadie, que en septiembre aprobaría con nota, y ya vería aquel gilipollas quién era yo, y que ojalá se muriera. Admito que eso último lo dije con rabia, con mucha rabia, pero lejos estaba de mis intenciones desearle la muerte a nadie. Dos días después una llamada de mi compañera me dio la noticia. Lo habían encontrado muerto en su despacho. Al parecer era asmático y alérgico a los pelos de los gatos. El despacho estaba lleno de pelos de gato. A su lado un bote de broncodilatador vacío.

Aquello ya era demasiado. Que Belcebú hiciera determinadas maldades en mi nombre podía resultar hasta gracioso, pero que matara a alguien eran palabras mayores, algo que mi conciencia no podría soportar. Tenía que deshacerme del gato como fuera. Fui a casa de mis abuelos. Siempre salía a recibirme pero aquel día no apareció. Lo busqué hasta debajo de las piedras, pero nada. Estuve una semana tras su rastro sin resultado. Mi abuela me dijo que hacía días que no se dejaba ver, así que respiré aliviada pensando que se me había terminado el problema. Pero me equivoqué. Semanas más tarde me encontré en una terraza con el chico que me gustaba, que dicho sea de paso no me hacía ni puto caso y encima sabía que me gustaba. Estaba con una morena despampanante, besito por aquí y por allá. Mentalmente los mandé a la mierda, a ambos, y dicho y hecho, apareció Belcebú, que no sé de dónde salió, se les subió a la mesa y allí les plantó una cagada monumental. Reconozco que la situación me resultó hilarante, pero en el fondo también me preocupó bastante, puesto que el maldito gato andaba por ahí por el mundo pendiente de mis deseos malignos y yo sin poder hacer nada.

No se me ocurrió otra cosa que consultar a alguien experto en temas sobrenaturales. Incluso pensé en acudir a Cuarto Milenio, idea que deseché más por vergüenza que por otra cosa. Finalmente contacté por internet con una par de personas que me parecieron farsantes, pero a la tercera fue la vencida. Quedamos una tarde para vernos por Skype después de haberle contado mi historia. Quería que le enseñara una foto del gato. Se la enseñé y me sorprendieron sus palabras.

Lo que me imaginaba, es Belcebú.

¿Cómo sabes su nombre? Se lo he puesto yo y no te lo he dicho.

No, no se lo has puesto tú, aunque lo parezca. Él ha contactado con tu cerebro desde el principio, como hace con todas sus víctimas, y te ha dicho su nombre. Belcebú es un delegado del diablo. Se aprovecha de la gente de buen corazón, como tú, para hacer daño. Tienes que deshacerte de él.

Pero ¿cómo?

Cargándotelo hija, no te queda otra. Eso o esperar a que se canse y elija a otra víctima a través de la cual llevar a cabo sus maldades.

De eso hace seis meses, tiempo durante el cual he vivido sin vivir en mí, intentando controlar mi cerebro y sus pensamientos, tarea agotadora, porque encima he estado buscando al maldito gato y no ha dado señales de vida. Creo que se ha aburrido de mí, porque esta tarde tuvimos una reunión informal en la cafetería de la facultad y a una tonta que no hacía más que llevarme la contraria le deseé con fervor que se atragantara con el café y no le pasó nada. Voy a confiar en que así sea. Y que no se acerque a mí otro gato porque le doy una patada que lo pongo en órbita.

 

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