Al calor de un café enn un bar - Gloria Losada

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No me lo puedo creer, no es posible que a estas alturas, después de tanto tiempo y de la manera en que me mandaste a la mierda, me estés pidiendo retomar la relación. Ya sabía yo que si me querías tanto como decías en algún momento se me presentaría Paco con las rebajas. No rico, mira, es que las cosas no van así. Me ha dado gusto verte, aunque me he puesto un poco nerviosa no lo voy a negar, y he aceptado tomarme un café en aras a los viejos tiempos pero no, no pienso volver contigo. Me dejaste tirada para lavar tu conciencia sin tener en cuenta el daño que me hacías ¿recuerdas? Ya sé que la relación no era fácil, tú casado yo también, en fin, para qué voy a repetir lo que ya conoces. Sufrí lo que no está escrito, pero ¿sabes qué? Que con el tiempo todo lo que pasó me enseñó a quererme más a mí misma. Tengo una carrera universitaria, un buen trabajo en la administración, me gusta escribir y he publicado una novela con una buena acogida en el mercado, estoy estudiando solfeo y aprendiendo a tocar el piano en el conservatorio, lleno mi vida con muchas cosas, como puedes ver, en realidad como ya sabías. No estoy buenísima, los hombres se fijan más en mi cerebro que en mi culo y mis tetas, me gusta tener una buena conversación que me aporte cosas, me gusta escuchar y aprender, no necesito publicar fotos con modelitos en las redes sociales para que la gente me dé un montón de “likes” que alaben mi ego, ni salir en esas mismas fotos fingiendo que leo o que pinto un cuadro cuando pocas veces he cogido un libro y mucho menos un pincel, no me gusta pasarme las horas viendo estupideces en la televisión escuchando los gritos de periodistas de pacotilla y famosillos de turno que se insultan los unos a los otros mientras airean sus trapos sucios. Así es mi vida, no soy ninguna estafa. Soy la misma que un día rechazaste, solo que ahora me quiero un poco más. Y a lo mejor suena un poco presuntuoso, pero no estoy hecha para ti. Estaba muy bueno el café. La próxima vez invito yo.

 

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La siesta - Pilar Murillo

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¡Me ha tocado la lotería! Esa fue la frase con la que desperté hace un año y desde entonces pasaron muchas cosas, por eso un buen día decidí dar todas las tardes un paseo; ni corto, ni largo, lo suficiente como para no dormir la siesta, porque cuando me dormía a esas horas, siempre tenía el mismo sueño y se repetía sin cesar.

Lo extraño es que, al dormirme en la noche y abrir los ojos por la mañana no consigo recordar si he soñado algo, pero en la sobremesa es dormir y verme como el tío gilito, en una montaña de monedas y gritando como una posesa “¡Me ha tocado la lotería!” qué desilusión al comprobar que en la realidad seguía igual de pobre o más porque ese sueño consiguió que mi ansiedad se acentuase. Me percaté de que no dejaba de mirar para las casas de apuestas cada vez que pasaba ante ellas. Por eso paseaba, sólo ese rato que me daría el sueño y me quedaría grogui tirada sobre el sofá mientras tenía la tv de fondo.

Alguna vez probé a dormir sin tv, incluso acostándome en la cama, pero fue peor porque el sueño duraba más y me veía comprando lotería en todos los puestos de mi ciudad, incluso solía ver el número al cual jugaba.

Caí en la tentación de comprarlo y he caído en ella más de una vez, todas las Navidades me he gastado todo mi sueldo en ese número y sí, me tocaba la lotería, pero apenas 200 € que ni recuperaba el poco sueldo de mierda que cobro.

Por eso decidí no seguir durmiendo la siesta. Por eso digo que soñar con dinero no da la felicidad y tienes mucho más que perder.

Me volví una ludópata durmiente y perdí la salud mental.

Ahora voy a terapia todos los jueves, a la hora de la siesta. Me ponen una colchoneta en el suelo, una música zen y me inducen a relajarme. Inevitablemente me quedo dormida y sueño, sí, la hora de la siesta es para soñar, pero han logrado cambiar mis hábitos. Ahora sueño que todos esos chicos de gimnasio, altos, con los músculos pronunciados, depilados y guapos quieren pedirme una cita y el sueño no es ninguna pesadilla, acabo saliendo un día con uno diferente. El caso es que al despertar cuando voy por la calle siento unas enormes ganas de apuntarme a un gimnasio y comprobar si puedo conseguir que se fijen en mi esos tíos buenorros y pasar más allá de la primera cita. Aún soy joven porque uno tiene la edad que siente por dentro y yo por fuera y por dentro soy una mujer de cuarenta, debería decir, de buen ver, pero creo que todos son cortos de vista y de cerebro escaso; pero bueno, a decir verdad yo físicamente soy poco agraciada. Con un tipo bastante desproporcionado. Me compararían con una nadadora y no por mi cuerpo atlético, sino porque soy de las de “nada por delante y nada por detrás. Sinceramente es que ni los viejos babosos me piden cita.

Hace dos días que mi sueño va más allá de la primera cita, acabamos teniendo sexo salvaje sobre un colchón de billetes robados, no sé qué me está pasando, pero he comenzado a observar donde están las cámaras de la sucursal de enfrente y cuento los empleados que trabajan. Observo sus rutinas, pero todo esto lo hago sin dejar de asistir a la terapia, que no quiero perder detalle. Naturalmente yo sólo quiero que llegue el jueves y soñar.

 

 

 

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Decisión salomónica - Marga Pérez

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Me ha tocado la lotería y no sé si decírselo a Pepi… Cuando le pedí que se casara conmigo, hace ya treinta y dos años, y me dijo que si, fue cómo si el pecho me estallase. El corazón no cabía en él… Pepi era la mujer más guapa del pueblo. Tenía un cuerpo que quitaba el hipo: plantada, buena moza, curvilínea, bien hecha, morenaza, limpia. También era las más generosa, la más prudente, la más religiosa...Todos estaban por ella pero... se casó conmigo. Entonces ya pensé que me había tocado la lotería. Mi madre también lo creía y se fue al cielo dando gracias a Dios por dejarme tan bien acompañado. Siempre me lo decía:

- Ramón, no quiero irme hasta que no encuentres una buena mujer, así que espabila, que cualquier día...- Y se santiguaba como si con éso ahuyentase a la muerte

La verdad es que tardé en decidirme. Pepi era mi amor secreto desde que teníamos quince años. Cuando entré en la treintena me dije: “Ramón, o ahora o nunca” Tenía que armarme de valor, Pepi era una diosa y yo un vulgar humano sin ningún atractivo para las mujeres. Cuando me dio el si supe que las diosas tienen gustos especiales porque mira que gustarle yo… Fui el novio más feliz del mundo . Nos casamos enseguida. No quería correr ningún riesgo.

De la luna de miel no digo nada porque nos conocíamos poco, estaba nerviosa. Lo entiendo. Era la primera vez que salía de casa . La gran ciudad, el hotel, tanta gente, ruidos, coches… no era su ambiente. Lo entendí perfectamente . Yo había hecho la mili en Murcia, no era mucho pero reconozco que tenía más mundo que ella. La respeté durante todo el viaje y éso que me dolía todo de las ganas que tenía pero... la quería. No, estaba loco por ella. Ahora lo sé ¡Qué loco estaba!

En el pueblo, ya en nuestra casa, no hicimos nada de nada hasta que mamá no pasó a mejor vida. Menos mal que fue pronto y, no lo digo porque la pobre molestase, no, mamá era una santa. Lo digo porque Pepi no me dejaba hacer nada porque mi madre estaba en la habitación de al lado y nos iba a oir. Nunca dije a nadie que desvirgué a mi mujer el día en que enterramos a mamá. Si, cuatro meses y diez días después de casarnos. Fue el acto más extraño que tuve nunca. Acabé el orgasmo llorando a moco tendido sobre el camisón de franela que Pepi no se quitó en ningún momento. Lloraba por mamá a la vez me corría. Es más, cada vez que voy a un entierro o huelo crisantemos, Pepi sabe que toca. Me quedó éso, no sé si es normal o no, nunca se lo dije a nadie. Pepi, no se si desde entonces porque antes nunca había habido nada, duerme como un cadáver. Pone su camisón de franela, casi hasta los pies, abotonado hasta el cuello, de manga larga, y se tiende en su lado de la cama, tiesa, boca arriba, con las manos cruzadas en el vientre, como si fuera un cadáver en el velatorio. En esa posición no gurguta en toda la noche. Ni se mueve. Por la mañana despierta en la misma posición. La verdad es que estaba muy enamorado, aunque el sexo fue a menos hasta quedar en un acto casi testimonial . No resulta estimulante, la verdad. Veo en ella a todas las mujeres del pueblo que murieron en casa, en la cama, con el embozo bien estirado y el pelo peinado hacia delante, o en un moño muy alto, con las manos cruzadas sobre el pecho y un rosario engarzado entre los dedos. Todo el pueblo entrábamos al dormitorio del difunto. Nos santiguábamos frente a la cama. La despedíamos. A los hombres se les vestía con traje, camisa, corbata, zapatos. Estaban sobre la cama…

¿Por qué estoy pensando todo ésto ahora que soy millonario?…

¿No me merezco darle un poco de alegría al cuerpo? ¿Sacarme esa espinita de una vez? Quiero a Pepi. No lo pongo en duda en ningún momento. Nunca le fui infiel…Es más,volvería a casarme con ella . ¿Y el sexo? Quiero sentir piel con piel. Resbalar entre cuerpos sudorosos. Ver carne trémula mientras toco, acaricio, beso, excito… gozar... sentir... perder la cabeza…. Quizá ese tren ya pasó... No soy joven… ¿Y si se entera Pepi? ¿Y si pierdo lo que tengo con ella? …¿Y si…?

Decidido. No le doy más vueltas. Le diré a Pepi que me tocó la lotería pero sólo sabrá de la mitad del premio. La otra mitad la gastaré en mi, en lo que me apetezca en cada momento, sin vergüenzas, sin miedos ni sentimientos de culpa… Ya os contaré en qué en otro soliloquio , si me da tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

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Mala fortuna - Marian Muñoz

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¡Me ha tocado la lotería, me ha tocado la lotería! – gritaba eufórica Amandina desde el televisor, nosotros con ella al unísono -¡Bieeeen!- armando gran algarabía riendo y saltando que no dejábamos oír hablar al periodista. La cámara se acercó lentamente para sacarle un primer plano y sonriente enseñó el décimo afortunado. Se hizo silencio total en el café de Gordi, nos mirábamos unos a otros sin pronunciar palabra, interrogándonos con la mirada completamente desconcertados.

Algunos del barrio solemos reunirnos los 22 de diciembre, participación de lotería en mano, esperando que a través del televisor panorámico del café nos den la noticia de ser premiados. Nuestro barrio esta a las afueras de la ciudad, mayormente somos pobres y quien tiene trabajo es afortunado ya que el resto subsistimos de una pequeña paga que nos da el Ayuntamiento, además de proporcionarnos electricidad y agua gratis, no es ningún chollo porque la potencia aún es la antigua y pocos electrodomésticos actuales funcionan, pero al menos podemos alumbrarnos de noche y tener agua caliente, horno y cocina con el butano. A pesar de ser pobres somos honrados y a quien vemos que se desvía de su camino o se endereza o le echamos del barrio, bastante triste es pasar hambre para tener encima a la pasma por sospechosos.

Todos nos conocemos, todos nos ayudamos y entre todos compramos participaciones para probar suerte y sentirnos, al menos por un día, como la gente normal de la ciudad con la esperanza de ser ricos, aunque cualquier pellizco nos daría una inmensa alegría. Nos reunimos en el café de Gordi, ese día lo llenamos y tomamos algo para procurar al dueño un ingreso extra. Toda la mañana aguantamos de pie mirando el televisor, los más viejos se sientan a la mesa y en animada charla cruzamos los dedos para que en esa ocasión logremos la suerte deseada, aunque hasta ahora nunca ha pasado.

Hará trece años que Amandina llegó al barrio, mujer con edad indefinida pretendía pasar inadvertida, nos enteramos por casualidad cuando el pequeño Pedrin llegó corriendo hasta la tertulia de las tardes delante del portal. ¡Hay una mujer en la caseta de los obreros! –gritó sin resuello. Un pequeño grupo se acercó hasta la pequeña edificación abandonada por los operarios que arreglaron la carretera de acceso al barrio, la utilizaron para dejar herramientas y cambiarse de ropa, tan sólo cuatro paredes de ladrillo un pequeño tejado de uralita y una puerta vieja tapaba el hueco de acceso, al empujarla apareció en su interior una mujer durmiendo encima de cartones y tapada con periódicos. Se nos encogió el corazón aunque pobres todos teníamos un techo bajo el que cobijarnos mejor que aquel y muebles en los que reposar cómodamente aunque sean viejos.

Al día siguiente Benita y Carmen se acercaron para ver si seguía allí, comprobando que estaba despierta intentaba adecentar la caseta con los pies y los cartones. Se llamaba Amandina, hablaba español correcto y de su bolsa de enseres sacó unas manzanas para ofrecérselas a su visita. Era agradable en el trato, con delicadeza intentaron averiguar si la buscaba la policía o huía de alguien, no era el caso, tan sólo desgracias familiares y mala suerte con las compañías le llevaron a vivir en la calle. La impresión fue tan buena que esa misma tarde alguien le llevó un colchón viejo, unas sábanas y un par de mantas viejas. Yo misma le llevé una vieja silla y un espejo que no sabía qué hacer con él. Todos en el barrio llevaron lo que pudieron y Amandina se acomodó en su nuevo hogar, incluso Rogelio antes de entrar en el trullo le colocó una cerradura nueva en la puerta para que tuviera cierta intimidad. Pronto Amandina se convirtió en una más del barrio. Se aseaba y hacía sus necesidades en un riachuelo cercano si bien algunas mujeres solían invitarla a su casa a darse una ducha proporcionándole ropa limpia para lavarle la suya, unos días más tarde se la devolvían, así fue como esta pequeña mujer consiguió hacerse con una buena cantidad de trajes usados ya que siempre volvía a vestir la suya gastada y vieja, hasta que nuevamente se ensuciaba. No pedía ni molestaba a nadie pero siempre había quien le llevaba un tarro con potaje calentito, sopa o fruta, incluso Gordi le llevó café calentito para entonar las frías mañanas de invierno quedándose a vivir mucho tiempo. Si no fuera porque era una caseta de obra tal parecía el dormitorio de una pensión ya que era ordenada y pulcra con sus cosas. Amandina se convirtió en nuestra indigente.

Como dije antes cada 22 de diciembre cumplíamos con nuestra cita en el café, prácticamente lo llenábamos y por una mañana olvidábamos nuestras penurias para centrarnos en la deseada fortuna. Los más viejos sentados y el resto de pie observamos el televisor, un cuarto premio en una administración de lotería de la ciudad, al poco las cámaras mostraban a los afortunados saltando alegres y sonrientes, en aquel grupo vimos a nuestra indigente, bien peinada con un moño bajo, ropa limpia aunque vieja y gritando ¡me ha tocado la lotería, me ha tocado la lotería! Hacia cámara mostraba en la mano un décimo de lotería aunque no se veía bien, el periodista la entrevistó como al resto de afortunados y si no fuera porque la conocíamos no nos habría extrañado su comportamiento. A la tarde una representación fuimos a verla por saber de dónde había sacado el dinero para el décimo y cuanto le había tocado, su respuesta fue tan cómica como extraña, el décimo ni era del número premiado ni del año en curso, le hacía ilusión ser feliz por un momento y hacía el paripé ante las cámaras para creérselo aún más, seguía siendo tan pobre como antes.

Durante diez años vimos cada 22 de diciembre a Amandina en el televisor, conocía de memoria las direcciones y los números de las administraciones y en cuanto oía en la radio que algún premio importante caía en la ciudad, para allá se iba a disfrutar de aquel instante de popular felicidad. Así que en el café de Gordi saltábamos de alegría cada sorteo de Navidad viendo a nuestra querida amiga engañar al periodista. Pero aquel día todos vimos en la pantalla del televisor panorámico que el décimo era real, el número y el año de sorteo coincidía con el de ese día, enmudecimos y quedamos perplejos preguntándonos cómo lo habría conseguido. Aquella misma tarde corrimos todos a visitarla a su caseta hogar, la puerta estaba entreabierta y el que iba en cabeza la empujó ligeramente llamándola por su nombre, lo que vimos fue horroroso, Amandina tirada en su cama llena de sangre y fría, muy fría, la habían asesinado.

Corrimos al café para llamar por teléfono a la policía, el resto os lo podéis imaginar, las primera sospechas sobre nosotros, prestando declaración, los forenses llevándose el cuerpo, los de la científica observando porque tomar muestras más bien pocas, con una indigente con caseta no iban a malgastar material. Cuando me tocó a mí contar lo ocurrido le di una pista al policía, soy fan de las novelas policiacas y tras contarle lo sucedido le expliqué que Amandina había aparecido en la televisión con el décimo premiado, que se veía muy claro cual era y por tanto podrían comprobar quien lo cobraba y dar con el asesino, el agente muy amable me guiñó un ojo por lo acertado de la observación. Unos días más tarde arrestaron a quien la mató, la había seguido y pensando que era presa fácil al resistirse acabó con su vida. Mediante la asistente social exigimos que el dinero de la lotería se gastara en un funeral y entierro digno para Amandina, se lo merecía y si sobraba algo que fuera para la cocina económica donde más de uno habíamos recalado en alguna ocasión.

Estuvimos cabizbajos el tiempo transcurrido hasta el siguiente sorteo, un suceso tan horroroso nos había afectado mucho no olvidándose tan fácilmente y cuando llegó el 22 de diciembre nos reunimos como cada año en el café de Gordi, deseando que esta vez nuestros décimos y participaciones fueran los premiados. Escuchábamos atentos el televisor, una pareja de niños cantó el tercer premio repartido en una administración de la ciudad, Gordi había hecho un listado con todas, gritó bien fuerte ¡la cuatro, enfrente del parque central! Y para allá fuimos todos, una veintena, ondeando en nuestra mano un décimo de lotería (no premiado por supuesto) en homenaje a Amandina y gritamos efusivamente ¡Me ha tocado la lotería, me ha tocado la lotería!

 

 

 

 

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Problemas- Gloria Losada

                                              

¡Me ha tocado la lotería! ¡Ay madre que no me lo puedo creer! ¡Me ha tocado el bote de la primitiva! Ochocientos mil euros... ¡Jesús! ¿qué voy a hacer yo con tanto dinero? Bueno de momento intentar calmarme, que tengo el corazón como un caballo desbocado. Respira, Bea, respira y tranquilízate, solo así serás capaz de pensar fríamente y con claridad. Recapitulemos. Estoy en la cama, son las cuatro de la mañana, tengo insomnio a causa del café que me tomé esta tarde en casa de mi madre, se me ocurre mirar los resultados de la primitiva y compruebo que me ha tocado. ¡Vaya flas! No sé si despertar a Juan para decírselo... no, mejor no, duerme plácidamente, ronca como un animal, ya se lo diré mañana, así tendrá un dulce despertar. Ya estoy más serenada, uf que mal, bueno, que bien, pero que mal estos nervios. Es que es mucho dinero, pero mucho. Anda que no podré hacer cosas con él. Por lo pronto voy a dejar de trabajar, a tomar por culo, llevo toda la vida limpiando escaleras y oficinas, no quise estudiar, nunca me gustaron los libros, así que tampoco tuve posibilidades de encontrar un trabajo mucho mejor, ha llegado la hora de disfrutar de la vida. Lo primero un viajecito, al Caribe por supuesto, a tirarme a la bartola en una playa de esas paradisiacas, durante un mes o el tiempo que se tercie, ya iré viendo. Tranquilidad, quiero tranquilidad, así que me buscaré un lugar lo más alejado posible del mundanal ruido. Espero que el zote de mi marido no ponga inconveniente alguno, no le gusta nada ni el sol, ni la playa, ni el calor, ni nada de lo que me gusta a mí, que a veces no sé si en realidad no le gustan esas cosas o lo hace solo por llevarme la contraria. Bueno que haga lo que quiera, la verdad es que si va a venir para estar quejándose todo el tiempo casi mejor se marche él por su lado a Groenlandia que igual allí estará contento. Ya veremos si esto no termina en divorcio.

Le pagaré el carnet de conducir a Luisito, que acaba de cumplir los 18 y sus amigos se lo van sacando todos. A lo mejor hasta le compro un coche pequeñito, un utilitario para andar de aquí para allá, sin grandes pretensiones. Claro que, pensándolo bien, Carolina se va a poner celosa, ya lo estoy viendo, porque en su día a ella no se lo pude pagar. Coincidió que su padre estaba en el paro y con mi sueldo íbamos justitos. Ahora la niña ya trabaja desde hace un tiempo y ya se lo pudo pagar ella, con lo cual no debería importarle lo que haga o deje de hacer con su hermano, pero la conozco, la conozco como que la parí en un parto largo y doloroso. Siempre dice que a Luisito lo consiento demasiado y no es verdad. Yo intento ser equitativa con los dos. Es más, estoy dispuesta a comprarle un coche a ella también, que no se diga. Y un pellizquito de dinero para cada uno también caerá.

Y me gustaría comprarme un piso más grande, un ático, lo más cerca del centro. Ya le tengo echado el ojo a uno, que debe costar un dineral porque lleva en venta la tira y su madre, pero bueno mucho más de 200.000 euros no creo que pidan. Con eso sí que vamos a tener gresca, ya lo sé yo, porque a mi marido la ciudad nunca le gustó y la ilusión de su vida siempre fue una casita en el campo para tener perros y algún animal de crianza, pero que va, por eso sí que no paso, no me voy yo a vivir aislada del mundo ni aunque me paguen. Si quiere un sitio para tomar el aire, un ático con terraza en el centro de la ciudad, con todas las comodidades al alcance, es lo mejor, y como el dinero me ha tocado a mí… o sí, o sí. Pero vaya, que quebraderos de cabeza me va a dar el asunto, eso fijo.

Y luego que no se le ocurra decirme que tenemos que ayudar a su hermana, ni hablar, por encima de mi cadáver. Mi cuñada es una inconsciente, una irresponsable, una manirrota, que pasa absolutamente de nosotros salvo cuando necesita algo, fundamentalmente dinero para pagar sus pufos y este imbécil siempre se lo da. Recuerdo un verano, hace años, que habíamos estado ahorrando como locos para poder hacer un viaje a Palma de Mallorca, que a mí me hacía mucha ilusión. Hubieran sido nuestras primeras vacaciones y cuando ya estábamos a punto de sacar los billetes me dice que no, que no hay viaje, que el dinero ahorrado se lo había tenido que prestar a su hermana que se había quedado en el paro y tenía que pagar un préstamo de no sé qué, pero que ya nos lo devolvería y que en cuanto lo hiciera ya nos íbamos a Mallorca. Casi nos cuesta el divorcio, porque encima no era la primera vez que le dejaba pasta. Evidentemente no nos devolvió ni un céntimo, nunca. Así que al final no me quedó más remedio que darle un ultimátum, o dejaba de darle dinero a esa desvergonzada o yo me largaba con los niños. Desde entonces, por lo que menos que yo sepa, ya no le da pasta, ni siquiera me comenta cómo está la tía, pero yo bien me entero, bien sé que se pega la vida padre y debe pasta en todos lados, así que de mí no va a ver un duro, se ponga este como se ponga. Y desde luego a mi hermana sí que le voy a dar algo, aunque sea un pellizquito, que la pobre trabaja como una negra para ganar cuatro perras pero siempre se supo administrar muy bien. Si puedo le cancelo la hipoteca, que creo que ya no le debe de quedar mucho por pagar.

Y también están nuestros padres, que los pobres también se merecen algo, sobre todo mi madre, que es una santa, mi suegra ya es harina de otro costal. No es mala y a mí nunca me trató mal, salvo cuando se trata de defender a la indefendible de su hija claro, y esta vez seguro que no va a ser menos. Cuando sepa que yo no le quiero dar ni un duro, algo tendrá que decir, de eso estoy segura. ¡Madre mía! ¡Cuántos quebraderos de cabeza me va a dar repartir algo a cada uno! A ver voy a repasar los números, el 5, el 7, el 19, el 23… ¡Ostras! ¡Pero si estoy mirando los resultados de la semana pasada! ¡Ni un duro! ¡No tengo ni un duro! Pues mira, mejor, así me evito problemas, no hay dinero ni para mí ni para nadie, cada uno que mire por lo suyo y se busque la vida como buenamente pueda. Y bien pensado, si algún día me toca algo, creo que lo guardaré en secreto. Pues venga, a ver si soy capaz de dormir algo, que mañana toca seguir fregando escaleras.


 

 

 

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Sueños para la eternidad - Esperanza Tirado

                                         




Me ha tocado la lotería. Ahora soy el muerto más feliz y más rico del cementerio. Hasta que mi mujer cobre el décimo, claro.

Y es que mi corazón no ha soportado la noticia y se ha parado. Todo mi mundo se ha parado.

De repente se han esfumado el ascenso en el trabajo, el coche nuevo, la casa grande con jardín en las afueras, el colegio bilingüe para los niños, la parejita, que aún no teníamos, las vacaciones en el Caribe, las tiendas de marca, el champán, las ostras recién abiertas…

Como han cerrado la tapa del ataúd –precioso, por cierto, caoba maciza, almohadón de seda blanca relleno de plumas- no he podido ver la cara de mi esposa. Bueno, ahora mi viuda.

¿Llorará lágrimas de cocodrilo? ¿Guardará luto por mí? ¿Servirá canapés como en las películas americanas? Me llevaré esas incógnitas dentro del almohadón.

Ya me da rabia lo de no haber podido aprender inglés, nunca se me dieron bien los idiomas. Y tenía mis sueños puestos en que nuestros futuros hijos serían políglotas y se codearían con las altas esferas.

Mi esposa/viuda también tenía, y tiene supongo, sus propios sueños. Creo que compartía lo del cochazo y lo de la casa -de concepto abierto, faltaría más- y con jardín enorme. Hasta lo de las vacaciones en el Caribe, pero creo que no conmigo; y, sobre todo, lo de salir y entrar llena de bolsas en las tiendas más chic.

Últimamente no hablábamos mucho. Yo estaba muy agobiado por lo del trabajo nuevo. Por ahí va a venir lo de haberme muerto…

Y, claro, ella pegaba la hebra a todas horas, con sus amigas y con quien se le arrimara. Que alguno se le arrimó. Pero se desvió cuando se cruzó con mi mirada amenazante. Y es que muchos pensarían ¿Qué hace un mindundi como tú con un pibón como ella? Que lo es. Siempre me resultó un misterio; pero como me sentía ganador, me olvidé de hacer de detective.

Alguna sospecha tuve en los últimos tiempos de que tenía un amigo. Pero como me he muerto así, por las buenas, no me ha dado tiempo a averiguarlo. Casi prefiero haber palmado sin saber nada del tema. Aunque creo que le voy a dar vueltas por toda la eternidad. ¿Sería rubio o moreno? ¿Cachas o intelectual? ¿Del BarÇa o del Madrid? ¿Gordo o flaco? Más preguntas para el almohadón.

Ella estará encantada cuando cobre los millones. Y quizá se vaya al Caribe y se gaste el dinero en trapitos y caprichos estéticos. Quería ser actriz. Siempre fue muy fantasiosa. Aunque, claro, todos tenemos nuestros propios sueños.

No se puede tropezar mientras te haces tus cuentas en el aire. Se te caen las jarras de cerveza, que se hacen añicos y se queda la espuma, ocultando los sueños por el camino. Y adiós muy buenas.

Una pena. Lo de morirse así de pronto, digo. Y lo de la cerveza también.




 

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Ilusiones enterradas en la nieve - Marga Pérez

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Cuando anunciaron que a partir del fin de semana caería una gran nevada en el norte, Pepe y Ana sintieron en su interior la llamada de la naturaleza que les había conducido hasta aquella casa entre montes, aislada. Fue un impulso. Tras el confinamiento por el covid, Madrid, de la noche a la mañana, pasó a ser para ellos una gran colmena con vistas... Con vistas a otras ventanas orientadas a más ventanas que no siempre tenían vistas…¡Vamos! Un enjambre sin sentido.

Sólo hacía dos años que se casaran. Estaban en paz con ellos mismos y con el mundo. Todo era poesía a su alrededor. Y necesitaban espacio. Y naturaleza. Y Libertad. Y poder respirar sin mascarilla, así que alquilaron, tras el veraneo en la costa, una casina en Asturias, en un pequeño pueblo perdido del mundanal ruido pero a sólo veinte minutos de Oviedo en coche. Los dos teletrabajaban desde casa y los paseos por el monte, por las tardes, después de acabar con sus obligaciones, los tenían entusiasmados . Estaban felices con el cambio.

El anuncio de una nevada copiosa era para ellos lo más de lo más. Nunca habían visto nevar más de varios copos aislados que se derretían antes incluso de tocar el suelo. Pensar en blanco nieve alrededor suyo les ilusionaba más de lo que podían suponer.

Hicieron acopio de comida, leña, butano, velas y cerillas… Desde que vivían en el campo se habían quedado más de una vez sin luz y no querían que la gran nevada los cogiese desprevenidos cual pardillos madrileños ... Por si acaso también compraron raquetas para poder caminar por la nieve, y bastones, y una pala, y una escalera de mano, y líquido anticongelante para el radiador… Quedarse aislados les daba yuyu, aunque, si así fuera, hacer rutas por el bosque entre árboles blancos y nieve sin pisar debía de ser una auténtica gozada… ¡perdidos los dos solos en un paisaje idílico!

Aquel sábado amaneció entre cielo plomizo y nubes reventonas . No habían terminado el desayuno cuando ya caían los primeros copos. Tras los cristales quedaron embobados mirándolos. Caían silenciosos, como trapos… enseguida dejaron de ver otra cosa que no fuese nieve. Parecía que su casa era el centro de la tormenta . Esa tarde sacaron las raquetas con la intención de dar un paseo alrededor de la casa pero el viento, el frío, la nieve y la oscuridad hicieron que desistiesen y pasasen la tarde viendo nevar tras los cristales. Una semana haciendo lo mismo y viendo cómo la nieve subía a su alrededor copo a copo acabó con su visión bucólica de la tormenta . Empezaron a preocuparse. ¿Aguantaría el tejado tanto peso? ¿Podrían quedarse enterrados en la nieve?… Decidieron, después de trabajar, salir con la pala para despejar de nieve la casa . Con mucho esfuerzo consiguieron delimitar un pequeño camino hacia la puerta de entrada y limpiar las ventanas y la puerta trasera. Les dolían las manos amoratadas y... no dejaba de nevar. Todo el tiempo libre que tenían lo ocupaban en luchar contra la nevada que, sin tregua, trataba de enterrarlos vivos. Con gran peligro y la ayuda de la escalera de mano, consiguieron subirse al tejado. Desde allí arriba el paisaje daba miedo, sólo se veía nieve, y... seguía sin dejar de nevar. Al retirar la nieve del tejado volvían a llenarse los espacios ya despejados frente a puertas y ventanas. Los días se convirtieron entonces en bucles de trabajo frente al ordenador, limpieza de tejado y despeje de los huecos de la casa. Caían en la cama como fardos, agotados, mientras seguía nevando como si nunca lo hubiese hecho.

Varias cañerías que tenían poco uso reventaron al congelarse dentro el agua. Desde entonces dejaron los grifos abiertos, con un hilo de agua, para evitar más roturas. Con los víveres se dieron cuenta de que habían sido bastante rácanos y enseguida tuvieron que racionarlos ¡cómo echaron en falta el supermercado!Y... seguía nevando. Ya llevaban dos semanas de nevada ininterrumpida. Las noticias no eran optimistas y no informaban aún del final de la nevada.

Una noche los despertó un sonido de película de terror. Los lobos no estaban lejos y aullaban quejumbrosos, sin comida . Pepe y Ana se abrazaron tratando de ahuyentar pensamientos y más pensamientos cargados de miedo . Les costó dormir. Los aullidos se oían cada vez más cerca. No estaban preparados para ésto. La tormenta de nieve quedó ya al desnudo, sin poesía. Habían perdido la paz necesaria para que surgiese en ellos cualquier emoción poética, sólo eran dos humanos. Solos en medio de la naturaleza. Dos humanos, con miedo, solos en el mundo.

Los lobos noche tras noche se acercaban , aullaban tras su ventana, los oían dar vueltas, buscaban comida. Sentían que el hambre les empujaba hacia ellos... buscaban, buscaban…

La desesperación les hacía atacar. Rompieron un cristal de la cocina. El olor a comida les animaba a intentarlo aunque no pudieron hacer más . Pepe y Ana estaban aterrados de que pudiesen entrar. Pasaron del trabajo y de la limpieza de la nieve y desde entonces se dedicaron a reforzar puertas y ventanas con cartones, tablas y leña. Preferían quedar enterrados en la nieve a ser atacados por lobos hambrientos. Y... seguía sin dejar de nevar.

Ana pensó en darles comida para apaciguarlos pero después de muchas vueltas vieron que no era la solución, no se los quitarían de encima . Además, ellos necesitaban toda la comida , no sabían cuanto más seguirían aislados. No habían calculado provisiones para tanto tiempo...

La casa en pocos días quedó cubierta de nieve. Para eliminar el olor dejaron de cocinar . Dejaron de quemar leña . Dejaron de moverse… Quedaron en pocas horas enterrados en la nieve. Los lobos acudían cada atardecer , los oían caminar sobre sus cabezas, buscando, buscando…

Después de un mes y cinco días nevando, dejó de nevar. Los efectivos para el rescate aún tardaron más de una semana en poder llegar hasta ellos. Les llamó la atención los cuerpos de lobos desperdigados en poco más de treinta metros cuadrados. Estaban semiocultos en la nieve, sobre la casa que estaban buscando. Con la quitanieves llegaron hasta la vivienda y descubrieron a Pepe y Ana abrazados, en la cama, habían dejado de respirar tan sólo unas horas después de que dejase de nevar.


 

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