
¡Me ha tocado la lotería!
¡Ay madre que no me lo puedo creer! ¡Me ha tocado el bote de la
primitiva! Ochocientos mil euros... ¡Jesús! ¿qué voy a hacer yo
con tanto dinero? Bueno de momento intentar calmarme, que tengo el
corazón como un caballo desbocado. Respira, Bea, respira y
tranquilízate, solo así serás capaz de pensar fríamente y con
claridad. Recapitulemos. Estoy en la cama, son las cuatro de la
mañana, tengo insomnio a causa del café que me tomé esta tarde en
casa de mi madre, se me ocurre mirar los resultados de la primitiva y
compruebo que me ha tocado. ¡Vaya flas! No sé si despertar a Juan
para decírselo... no, mejor no, duerme plácidamente, ronca como un
animal, ya se lo diré mañana, así tendrá un dulce despertar. Ya
estoy más serenada, uf que mal, bueno, que bien, pero que mal estos
nervios. Es que es mucho dinero, pero mucho. Anda que no podré hacer
cosas con él. Por lo pronto voy a dejar de trabajar, a tomar por
culo, llevo toda la vida limpiando escaleras y oficinas, no quise
estudiar, nunca me gustaron los libros, así que tampoco tuve
posibilidades de encontrar un trabajo mucho mejor, ha llegado la hora
de disfrutar de la vida. Lo primero un viajecito, al Caribe por
supuesto, a tirarme a la bartola en una playa de esas paradisiacas,
durante un mes o el tiempo que se tercie, ya iré viendo.
Tranquilidad, quiero tranquilidad, así que me buscaré un lugar lo
más alejado posible del mundanal ruido. Espero que el zote de mi
marido no ponga inconveniente alguno, no le gusta nada ni el sol, ni
la playa, ni el calor, ni nada de lo que me gusta a mí, que a veces
no sé si en realidad no le gustan esas cosas o lo hace solo por
llevarme la contraria. Bueno que haga lo que quiera, la verdad es que
si va a venir para estar quejándose todo el tiempo casi mejor se
marche él por su lado a Groenlandia que igual allí estará
contento. Ya veremos si esto no termina en divorcio.
Le pagaré el carnet de
conducir a Luisito, que acaba de cumplir los 18 y sus amigos se lo
van sacando todos. A lo mejor hasta le compro un coche pequeñito, un
utilitario para andar de aquí para allá, sin grandes pretensiones.
Claro que, pensándolo bien, Carolina se va a poner celosa, ya lo
estoy viendo, porque en su día a ella no se lo pude pagar. Coincidió
que su padre estaba en el paro y con mi sueldo íbamos justitos.
Ahora la niña ya trabaja desde hace un tiempo y ya se lo pudo pagar
ella, con lo cual no debería importarle lo que haga o deje de hacer
con su hermano, pero la conozco, la conozco como que la parí en un
parto largo y doloroso. Siempre dice que a Luisito lo consiento
demasiado y no es verdad. Yo intento ser equitativa con los dos. Es
más, estoy dispuesta a comprarle un coche a ella también, que no se
diga. Y un pellizquito de dinero para cada uno también caerá.
Y me gustaría comprarme un
piso más grande, un ático, lo más cerca del centro. Ya le tengo
echado el ojo a uno, que debe costar un dineral porque lleva en venta
la tira y su madre, pero bueno mucho más de 200.000 euros no creo
que pidan. Con eso sí que vamos a tener gresca, ya lo sé yo, porque
a mi marido la ciudad nunca le gustó y la ilusión de su vida
siempre fue una casita en el campo para tener perros y algún animal
de crianza, pero que va, por eso sí que no paso, no me voy yo a
vivir aislada del mundo ni aunque me paguen. Si quiere un sitio para
tomar el aire, un ático con terraza en el centro de la ciudad, con
todas las comodidades al alcance, es lo mejor, y como el dinero me ha
tocado a mí… o sí, o sí. Pero vaya, que quebraderos de cabeza me
va a dar el asunto, eso fijo.
Y luego que no se le ocurra
decirme que tenemos que ayudar a su hermana, ni hablar, por encima de
mi cadáver. Mi cuñada es una inconsciente, una irresponsable, una
manirrota, que pasa absolutamente de nosotros salvo cuando necesita
algo, fundamentalmente dinero para pagar sus pufos y este imbécil
siempre se lo da. Recuerdo un verano, hace años, que habíamos
estado ahorrando como locos para poder hacer un viaje a Palma de
Mallorca, que a mí me hacía mucha ilusión. Hubieran sido nuestras
primeras vacaciones y cuando ya estábamos a punto de sacar los
billetes me dice que no, que no hay viaje, que el dinero ahorrado se
lo había tenido que prestar a su hermana que se había quedado en el
paro y tenía que pagar un préstamo de no sé qué, pero que ya nos
lo devolvería y que en cuanto lo hiciera ya nos íbamos a Mallorca.
Casi nos cuesta el divorcio, porque encima no era la primera vez que
le dejaba pasta. Evidentemente no nos devolvió ni un céntimo,
nunca. Así que al final no me quedó más remedio que darle un
ultimátum, o dejaba de darle dinero a esa desvergonzada o yo me
largaba con los niños. Desde entonces, por lo que menos que yo sepa,
ya no le da pasta, ni siquiera me comenta cómo está la tía, pero
yo bien me entero, bien sé que se pega la vida padre y debe pasta en
todos lados, así que de mí no va a ver un duro, se ponga este como
se ponga. Y desde luego a mi hermana sí que le voy a dar algo,
aunque sea un pellizquito, que la pobre trabaja como una negra para
ganar cuatro perras pero siempre se supo administrar muy bien. Si
puedo le cancelo la hipoteca, que creo que ya no le debe de quedar
mucho por pagar.
Y también están nuestros
padres, que los pobres también se merecen algo, sobre todo mi madre,
que es una santa, mi suegra ya es harina de otro costal. No es mala y
a mí nunca me trató mal, salvo cuando se trata de defender a la
indefendible de su hija claro, y esta vez seguro que no va a ser
menos. Cuando sepa que yo no le quiero dar ni un duro, algo tendrá
que decir, de eso estoy segura. ¡Madre mía! ¡Cuántos quebraderos
de cabeza me va a dar repartir algo a cada uno! A ver voy a repasar
los números, el 5, el 7, el 19, el 23… ¡Ostras! ¡Pero si estoy
mirando los resultados de la semana pasada! ¡Ni un duro! ¡No tengo
ni un duro! Pues mira, mejor, así me evito problemas, no hay dinero
ni para mí ni para nadie, cada uno que mire por lo suyo y se busque
la vida como buenamente pueda. Y bien pensado, si algún día me toca
algo, creo que lo guardaré en secreto. Pues venga, a ver si soy
capaz de dormir algo, que mañana toca seguir fregando escaleras.

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