
La
economía en casa es muy justita, no pasamos necesidades pero no hay
para gastar en tonterías, bastante tienen mis padres con pagarme la
universidad menos mal que ayudo dando clases a niños pequeños.
Íbamos a comenzar el último curso de la carrera, tenía esperanzas
de acabarla y aún así la graduación se iba a celebrar aprobara o
no, por lo que estuve desde el verano ahorrando para al año
siguiente tener suficiente y comprarme un bonito vestido, por las
fotos de años anteriores tanto los profesores como los estudiantes
se lo tomaban muy en serio y vestían traje de gala.
Casualmente
ese verano tuve que impartir muchas clases particulares para que los
niños sacaran el curso en septiembre, al parecer los profesores
habían sido más duros de lo normal y hubo bastantes suspensos que
intenté enmendar con mis alumnos, por suerte todos aprobaron e
inicié el nuevo curso contenta y esperanzada con mis ahorrillos en
la cartilla. En ratos libres de fin de semana solía ir de tiendas
con mi amiga Lara, no comprábamos pero echábamos un ojo a la ropa
incluso aquella que más nos gustaba la probábamos para ver cómo
nos sentaba. Se puede decir que siempre recalábamos en las mismas
tiendas y nos conocíamos al dedillo los modelitos. Ninguno en
especial me hacía ilusión. Pero un día descubrimos una boutique
de esas caras y finas, donde tan sólo con mirar los escaparates
parece te fueran a cobrar, la ropa era muy distinta a la que solíamos
tentar en otros comercios, se veía elegante, tela de buen género y
colores que entraban fácilmente por el ojo, allí en un maniquí vi
mi vestido, ese que quita el sentido nada más verlo y cuyo tono me
iba como un guante, decididamente era el mío, el que estaba buscando
para ser la reina de la graduación, sólo que el precio era bastante
caro, por encima de mis posibilidades, intenté descartarlo pero no
lo quitaba de mi cabeza.
Sábado
tras sábado recalábamos en aquella boutique, me quedaba mirando el
escaparate y cuanto le costaba a mi amiga despegarme de él, maldije
el momento en que me fijé porque ahora todos los que veía no hacía
más que compararlos con aquel. Una mañana acababa de ir a la
peluquería a cortarme el pelo y vistiendo mi mejor ropa me acerqué
sola, entré y me probé el vestido, me quedaba como un guante, la
tela era cálida y cómoda, tan sólo me quedaba un pelín ancho pero
con una puntada en sitio estratégico se arreglaría. Se suponía
que el modelito era para Nochevieja a pesar de tener manga corta, de
escote francés rematado con pedrería de colores igual que en la
cintura, su largo hasta la rodilla tenía una caída perfecta para mi
figura y no sólo me hacía más esbelta sino que resaltaba aún más
mis ojos azules, con todo el dolor de mi corazón tuve que dejarlo
allí disimulando haber recibido una llamada y tener que marcharme.
Decidí que si aún duraba en las rebajas
de enero definitivamente me lo compraría, entre lo ahorrado, los
reyes de la abuela y mi madrina seguro que me daba para ello. Aún
así cada sábado acudía a mi cita con el vestido, lo miraba y
compulsivamente intentaba adivinar si en el colgador de su interior
aún había más.
Las
fiestas de navidad discurrieron con normalidad, los compañeros de
clase comenzaron a planear la orla, donde ir a celebrarlo y algunos
como yo intentando hacer maravillas para pagarlo todo. Finalmente
comimos las uvas y el roscón para poder retomar nuevamente las
clases pero antes debía acudir a mi cita con el vestido, mi vestido.
Primer
día de rebajas,
había quedado con Lara en acompañarla a por un abrigo y unas botas
que les tenía echado el ojo, pero antes de nada acudí sola a la
tienda tanto tiempo deseada. Fui de las primeras en entrar, me
dirijo al colgador de los vestidos de fiesta y allí no está, sigo
buscando impaciente por el resto del local y descubro apenada que
tampoco está, mi vestido ha volado y mi desazón es tremenda. Miro
hacia arriba y compruebo que en mi tienda deseada hay espejos que en
ésta no hay, me fijo mejor a mi alrededor y es que me he equivocado
de comercio, tan ofuscada estaba que ni me había dado cuenta. Salgo
apresuradamente a la calle y orientándome voy a la carrera a la
boutique, esta vez sí estaba donde quería estar. Unas pocas
mujeres armaban algarabía en su interior, todas muy puestas con ropa
de marca y arregladas, más no me importaba y caminé hasta el
colgador donde hacía poco estaba mi vestido, eso, hace poco, porque
tampoco estaba. Miro aquí, miro allá, nada que no lo encuentro, no
había rastro del mismo, ni siquiera los otros que no me gustaban
andaban por allí, debido a la frustración me dio un bajón y me
mareé, disimulando me metí en el aseo y tras sentarme en la taza
rompí a llorar, la vergüenza me inundaba y la decepción me
embargaba, cuando paré de llorar me recompuse para salir lo más
digna posible, pero no sé qué tenía en la cabeza que en vez de ir
hacia la tienda giré en sentido contrario por el pasillo hacia, pues
no sé muy bien lo que era aquello, parecía un almacén pero tenía
cristaleras tan grandes como escaparates, estaban tapadas con papeles
serigrafiados con el nombre de la tienda que permitían entrar la luz
de la calle. Dicha luz iluminaba una estancia un poco trasteada,
había cajas, bolsas, cartones grandes con la palabra REBAJAS,
en otros más pequeños estaba escrito el porcentaje: 30%, 40% y 50%,
otros distintivos más pequeños se notaba que eran para pegar en las
etiquetas de la ropa, y tres percheros con ropa colgada.
Decidí
marcharme antes que me pillaran donde no debía estar, al girarme vi
al fondo brillar una tela, ¡era mi vestido! allí estaban los tres
que quedaban junto con modelitos caros que no tenían intención de
sacar, ¡menuda estafa!
La indignación bulló dentro de mí como una cafetera y en mi mente
cundió una idea. Busqué mi talla, cogí el vestido, le puse en la
etiqueta del precio la pegatina REBAJAS
y el de 50%, antes de que me pillaran corrí hacia la tienda,
disimulando aún jadeante me puse a la cola, tenía delante a cuatro
señoras, tiempo suficiente de calmarme y poner mi mejor cara, cuando
llegó mi turno me acerqué a la cajera y le di el vestido me miró
dudosa a la par que asombrada, pero con mi mejor sonrisa y mi cara de
niña buena le di el dinero y me marché con él. ¡Aleluya, lo
había conseguido, por fin era mío! como loca acudí a la cita con
mi amiga que compró ropa más económica a precio de ganga.
¡Menudos estafadores están hechos los comerciantes!
Llegó
el mes de junio, los exámenes fueron duros y las noches largas de
tanto estudiar, la pandemia nos había dado de lleno y si bien al
principio las clases fueron presenciales enseguida cogieron miedo los
profesores y las pusieron online. Todo lo hacíamos por internet,
los trabajos y los exámenes, incluso las listas de los aprobados
donde figuraba de las primeras, el esfuerzo había valido la pena.
Designaron fecha para la graduación, con tanta tienda cerrada y
también los grandes almacenes, me fue imposible comprarme zapatos a
juego con el vestido y tuve que pedirle prestados unos a mi madrina
que tenía de una boda, ya que calzamos el mismo número, lo difícil
iba a ser combinar una chaqueta o un chal, quizás por internet
encontraría algo. Mientras tanto el decano de la facultad
dilucidaba si la graduación iba a ser presencial y cómo. Pues no,
el acto fue online, tan sólo la mitad nos habíamos apuntado y como
ni iba haber pincheo, ni cena, ni celebración fraternal, nos
conectamos todos al ordenador y a escuchar al rector, a los profes y
al compañero encargado de hablar. ¡Otra estafa!
Menudo planazo, las chicas sobre todo estábamos deseosas de lucir
nuestros modelitos y nos encerraban en casa, no había derecho, pero
donde hay patrón no manda marinero y al ser el coronavirus tan
contagioso lo hicimos así. En pantalla nos veíamos todos, los
profes y los alumnos, algunos en mangas de camisa, otros de camiseta
y alguno con corbata, pero yo me puse mi vestido divino de la muerte
además de peinarme un recogido que quitaba el hipo, fui la más
elegante de todas y tan bien di en pantalla que me llovieron algunas
citas para compartir tardes de verano en alguna terraza. El trabajo
me llegó enseguida y ahora estoy muy ocupada con mi trabajo además
de tomar todas las precauciones para no pillar el virus, creo que al
final el vestido me trajo suerte y mi osadía también.

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.