Evolución frustrada - Marga Pérez

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Mis antepasados fueron agricultores, cultivaron lentejas.

Mi abuelo y mi padre joyeros. Juntos bañaron en oro, una a una, un kilo de las pardinas. Fueron el orgullo de toda la familia.

Yo no tengo lentejas ni oro ni orgullo ni familia… ¡Maldita guerra!

 

 

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Un verano diferente - Marian Muñoz

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Algunos aparentan sin tener y otros tienen sin aparentar, mi profesión me obliga a estar siempre manchado de grasa, descuidado y con mono de trabajo cuanto más viejo más cómodo, pero bajo esa fachada llevo ropa interior de Massimo Dutti o Dolce & Gabbana, marcas que sientan como un guante a mi cuerpecito serrano.

Nací en Verdepar barrio obrero de los años sesenta, se llega a él cogiendo dos buses desde el centro de la ciudad, barrio tranquilo con familias venidas del campo que buscaban mejor vida para sus hijos. Los pisos no son grandes pero disponen de amplias habitaciones y techos altos, algo desconocido en la construcción de hoy en día. Nuestras madres competían en cual de los hogares estaba más reluciente, las sabanas más limpias o el niño más bonito que un Sanluis, nos ayudábamos cuando había algún problema grave, éramos un pequeño pueblo a las afueras de la gran ciudad. Pero ese era el barrio de mis padres, porque en cuanto nuestros mayores fueron muriendo o marchando a residencias, los hijos tras estudiar y conseguir buenos empleos, desaparecieron, y ciertamente mi barrio de ahora no se parece en nada al de antes por estar lleno de okupas, drogatas, raterillos y gentes de mal vivir que a nadie importan.

Vivo sólo y mi casa esta fortificada contra robos, ocupaciones y otros indeseables si bien todos me respetan al ser el tonto que aún curra. Desde pequeño vi a mi padre siempre agachado debajo del fregadero o lavabo, o cambiando tuberías o grifos que fallaban al ser de mala calidad. Cuándo lo hacía en casa, cuándo en la de alguna vecina que desesperada avisaba a mi madre a voz en grito, así que desde bien joven quise aprender el oficio para poder ayudar a mantener los hogares sin problemas. Fontanería Fermín es mi empresa, soy su único empleado y tengo trabajo de sobra porque soy bueno además de estar cualificado. El trabajar con mis manos no quita que tenga una cabeza bien asentada y cuando acudo a una llamada siempre me fijo en la decoración para mejorar la de mi casa, así que mi piso a pesar de estar en una barriada peligrosa está completamente reformado con todo lujo de muebles y detalles modernos. Mis pintas no tienen nada que ver con mis saneadas cuentas bancarias aquí y en la Isla Jersey.

No tengo pareja ni la necesito porque hay que ver como son las mujeres de clase alta, en cuanto les arreglas y cobras están dispuestas a darte propina y soy muy cumplidor dejándolas satisfechas hasta mi siguiente visita. En verano suelo tomarme un respiro como los ricos y me hago algún viajecito al extranjero con todo incluido, incluso chica de compañía porque viajar sólo es un aburrimiento al no tener con quien comentar las beldades que disfrutas, pero este año decidí dedicárselo a una ONG, mis habilidades constructivas ayudaban a ser buen candidato y me fui hasta el sur donde levantaban un centro de atención a migrantes llegados en pateras a la costa, mi tarea me tuvo completamente absorbido enterándome a penas del drama que viven esas personas, pero en cuanto no fue necesaria mi continua presencia intenté ayudar desde las lanchas, confieso que ha sido mi experiencia más dura, gentes que apenas sabían nadar además de estar en mal estado por una travesía difícil, niños, mujeres con bebés o embarazadas. A pesar del rol que me tocaba no conseguí empatizar con algunos individuos al observar comportamientos egoístas dentro de la desgracia.

Por mi profesión estoy acostumbrado a oír y callar porque nunca sabes con quien estas realmente, tengo el oído muy fino para conversaciones ajenas y así fue como comprendí que la citada ONG no era tan buena como imaginaba, algunos integrantes formaban una red de trata de menores y mujeres, conchabados con ciertos organismos disponían de mano de obra barata y sin papeles, distribuyéndolos por el territorio nacional además de a Francia. En cuanto comprendí la magnitud de la red pensé en hacer algo aunque una persona sola poco puede, pero además de las cañerías la tecnología también es mi fuerte y conseguí grabarlos en video, copié archivos de sus portátiles, no disponía de mucho tiempo pero el poco material que logré valdría para que alguien pudiera tirar de la manta y destapar la red de trata. Llegó mi hora de volver a casa y emprendí viaje, al no confiar en las fuerzas de seguridad locales decidí trasladar mis pesquisas a una comisaría de Madrid además de colgarla en la nube por si no conseguían destruir a la organización y disponer de ello en otra ocasión. Los meses pasaron y mi trabajo volvió a ocupar mi tiempo, siempre atento a las noticias por si hablaban algo del tema. A la dichosa ONG le dieron un galardón por su labor y a mí me hervían las entrañas por todas las personas que se lucraban con la vida de unos desdichados, hasta que un día bajando del coche al llegar a casa me aborda un funcionario del juzgado y me entrega una citación, extrañado y asustado acudí acompañado de una abogada clienta habitual, estaban investigando mis ahorros en la Isla Jersey al haber salido a la luz una lista con cuentas de empresas españolas.

Mis dineros suponían una cantidad importante para mí pero ínfima en comparación con el resto de la lista, cuando ya sopesaba tener que pagar muchísimo por regularizarlos, apareció un agente de la policía nacional quien en “petit comité” me susurró que iban a hacer la vista gorda por haber destapado lo de la ONG, ya que era un tema internacional que implicaba a peces muy gordos de las finanzas y de la política que dentro de poco se sabría. Intenté poner cara de póquer y disimular hasta que me confesó que en uno de los videos a través de una puerta de cristal se veía mi figura e investigando la relación de empleados en aquellos días, habían dado conmigo. Me aconsejó que trajera sin demora los ahorros del extranjero a un banco nacional y cambiara de casa porque merecía estar en una zona más acogedora que mi barrio de toda la vida.

He seguido en parte el consejo del policía, mis ahorros ya están en el banco de siempre cuyo director me trata como si fuera el mismísimo rey, pero sigo en mi casa de toda la vida solamente que con ayuda de mi abogada he creado una ONG, hemos construido escuelas y salas de reunión para que la gente del barrio aprenda el oficio de fontanero, albañil o pintor que están muy demandados hoy en día, puedan así conseguir un trabajo digno y dejen de ser gente problemática, algunos siguen con sus viejas costumbres pero hay un pequeño comité en el barrio que los controla e intenta encarrilar. La vida da muchas vueltas y mis planes para que fuera un verano diferente consiguieron que mi barrio también lo fuera.

 

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Puente del oso /El abrazo del oso - Esperanza Tirado


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Conocemos cada piedra y cada hueco y sabemos dónde esconder nuestros tesoros desde antes de tener uso de razón. Tantas generaciones han dejado en él sus despedidas y sus lágrimas o han traído prosperidad y bendiciones, que nuestra identidad se agarra a sus piedras para reafirmarse.

Aunque a veces resulta difícil cruzarlo, cual si su estructura se volviera del revés.
Y como el agua se ponga brava, el río se convierte en nuestro peor enemigo y nos aísla en este rincón hasta que terminan de bajar las nieves con el deshielo.

Pero con ellas llegan los osos, que finalizan su hibernación y descienden buscando su alimento.
Por eso se dice que el puente es más suyo que nuestro. Y en muchas ocasiones pagamos un caro peaje en el cuerpo a cuerpo.

Los osos suelen lamer las mieles de su éxito. Y nosotros, abrazados a nuestras piedras en la otra orilla, lloramos una nueva pérdida. 

 

 

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Un verano diferente - Marga Pérez


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Más que un deseo de desconectar, salir de vacaciones era auténtica necesidad para nosotros . La pandemia con su miedo, aislamiento, mascarillas y distanciamiento social había hecho estragos en nuestra relación. No estábamos preparados para éso… ni Juan ni yo, y empezaba a pasarnos factura.

Después de dos años sin salir habíamos organizado un veraneo a lo grande. Todo se había contratado con mucha antelación para no perdernos nada, pero una semana antes de la fecha de salida Juan dio un traspiés y rompió tibia, peroné, rótula y no sé cuantos ligamentos… escayolado hasta casi la ingle, y, como mínimo, mes y medio. Creí que me iba a dar algo cuando tuve que reprogramar lo ya programado. Cambiar las actividades previstas en el Caribe por otras que pudiésemos hacer en casa... no fue nada fácil porque me resistía a tener que estar en casa otro verano.

Los primeros días estaba incómoda y aburrida, y Juan, además, sintiéndose fatal por haber estropeado un viaje tan preparado por mi desde hacía meses. Un día me levanté con ganas de cambiar la situación y ni corta ni perezosa bajé al trastero a buscar las cosas de la playa. La terraza que creía minúscula, resultó el espacio ideal para acomodar dos tumbonas, la sombrilla, una mesita auxiliar y una nevera pequeña que en algún momento habíamos quitado de la cocina, encajó a las mil maravillas en una de las esquinas. ¡Perfecto! Cómo no se me había ocurrido antes… era un rincón fantástico para veranear en casa. Con cuidado acomodé a Juan en una tumbona y, después de seleccionar varios libros de la estantería, ocupé la otra dispuesta a lo que surgiese. Cada uno escogió su libro con la idea de compartirlo, como hacíamos cuando éramos novios. No teníamos prisa, eran libros ya leídos, podíamos parar cuando nos pareciese para comentar palabras, frases, expresiones, ideas...Juan leía tranquilo esperando a que yo le interrumpiese para poder charlar con la mirada puesta en mis ojos. A mi me llamaban la atención las palabras que tenían música, ritmo, sonoridad… Siempre había sido así. Algunas no sabía ni si quiera lo que significaban pero me gustaba oírlas en alto, repetirlas, cantarlas. No sé que palabras eran ni cómo nos fueron llevando a otras pero acabamos hablando de nosotros, de la infancia, de nuestros recuerdos, de la familia…

Nuestro trozo de playa urbana se fue convirtiendo en un espacio muy atractivo. Cada día encargaba la comida en un restaurante diferente y comíamos bajo la sombrilla con un fondo musical. Allí recibimos a amigos que pasaban a vernos al saber de la situación de Juan y que repetían después de veladas muy agradables al atardecer, cuando la temperatura había bajado. Era nuestro espacio de vacaciones. Acordamos no llevar los móviles. Sólo tenía cabida la palabra, la nuestra, la de nuestros amigos y la de los libros que inspiraban conversaciones cada vez más animadas.

Juan era un gran conversador. Su forma de decir me había enamorado nada más conocernos, lo había olvidado entre horarios, objetivos y presiones. El trabajo era así, cada vez más y más exigente... hubo muchos días en los que olvidé que Juan estaba ahí, y dejé de hablarle. Dejé de escucharme cuando olvidé que era yo también la que estaba.

No encontrábamos tiempo para nosotros y juntos pasamos a un segundo y a veces tercer plano. Y nos acostumbramos.

Alguien dijo que acostumbrarse es otra forma de morir… Una exageración para mi gusto pero si, es verdad que algo se fue muriendo en nuestra relación : ¿ganas? ¿ilusión? ¿alegría? ¿dedicación?.

Aquel verano diferente fue el crucial para recuperarnos. La pandemia nos había metido en casa, pienso ahora que a aprender a vivir de otra forma. Ese era el objetivo. Nosotros no solo no aprendimos sino que nos estresamos más. La informática no era lo nuestro y entonces tocaba teletrabajar. Estuvimos encerrados cada uno en una habitación, horas y horas. Dormir era lo siguiente.

La pierna rota de Juan fue necesaria para cambiar el ritmo y encontrarnos. Dudo ahora de que en el Caribe lo hubiéramos conseguido. Recordar cómo nos habíamos conocido, volver a ver el mismo brillo en sus ojos, reírnos como entonces, escucharnos como la primera vez que nos dirigimos la palabra. Me sigue enamorando su forma de hablar y me horroriza descubrir cómo lo tenía casi olvidado...

Aquel verano diferente fuimos capaces de cambiar el rumbo porque recordamos lo que nos había enamorado, lo volvimos a sentir . El amor es sólo una palabra hasta que la llenamos de significado y día a día la fuimos llenando. Para no olvidarlo hicimos un álbum virtual con cantidad de fotos en la tumbona, con palabras llenas de música, con recortes de periódicos, con amigos…

Aquel verano marcó otro ritmo en nuestra relación. Aprendimos a ritmo de escayola pero aprendimos. Si, aprendimos, no fueron necesarios más accidentes.

 

 

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A tope - Esperanza Tirado


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Se alisa el pelo frente al espejo. Contempla sus ojeras verdosas. Sus manos tiemblan un poco. Aún no se le ha pasado el último pedo. Debió pasárselo mejor que bien. Los tres chupetones en el cuello lo atestiguan.

El próximo finde también a tope.

 

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Y todo lo demás - Esperanza Tirado


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Cuentan las crónicas antiguas que en estas tierras de frontera, entre valles, peñas y ríos, nació y vivió aquel que llegaría a ser conocido como el más grande rey y héroe de nuestra historia.

En la gran piedra plana desde la que ustedes divisan todo el valle y casi el mar, dicen que con el filo de su espada dejó escrito:

"Cuidado de aquel que ponga un pie más allá de estos verdes valles. Su futuro tornarase tan negro como el interior de estas montañas que sus ojos contemplan. Y los vencedores brindaremos en cada derrota con dulce líquido dorado elaborado con tibios rayos de sol. Así sea."

Y así fue. 

 

 

 

 

 

 

 

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Que me salgo - Gloria Losada


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Nunca me han gustado los grupos de whatsapp. Me ponen nerviosa, me producen ansiedad, me llenan de una inquietud extraña, algo así como... como... no sé, como si tuviera urticaria en el cerebro, por decir algo. Precisamente por eso los tengo todos silenciados, no quiero saber nada de las tonterías que dice la gente y es que esto de los grupos es la reoca. Los grupos tienen su lógica, o deberían tenerla, grupo de manualidades, por ejemplo, pues lo normal es que sus componentes lo utilicen para hablar de eso, de manualidades, pero no, se dedican a mandar lo que se les ocurre, fotitos románticas con frases estúpidas, gifts picantes para revolucionar la calentura del personal, en fin, un desastre. Así que cuando las mamás propusieron crear un grupo de eso, de mamás de niños que van a tercero de infantil del colegio X, me negué rotundamente, era lo que me faltaba, un montón de histéricas protestando por todo, conmigo que no contaran. Pero me salió el tiro por la culata, mis reticencias fueron en vano. Hicieron en grupo y me metieron en él contra mi voluntad y cuando me salía, enseguida alguien me metía de nuevo, no sé quién, ni cómo, pero así era. Al final no me quedó más remedio que claudicar. Lo silencié, como hacía con todos los demás, y lo miraba poco, más bien nada. La verdad es que durante todo el curso estuvieron bastante tranquilas, era como la calma que precede a la tempestad, porque hubo tempestad y gorda.

Unos días antes de que finalizaran las clases, Carlos, mi hijo, me dijo no sé qué de un regalo a la maestra. Como no se explicó muy bien, esta vez sí, me metí en el grupo y desaté la furia. Transcribo el diálogo:

YO.- Me ha dicho Carlitos que se ha hablado de comprarle un regalo a la profesora. ¿Es así?

MADRE DE KATIA.- Así es, se comentó el otro día a la salida de clase. Es que es tan maja...

YO:- Ya, pero por muy maja que sea no veo por qué se le tiene que regalar nada, ella solo está haciendo su trabajo, a mí por hacer el mío como es debido no me dan ningún obsequio.

MADRE DE KATIA.- Ya... bueno... fue lo que se habló... no sé.

MADRE DE ERIK.- Solo son 20 euros, bueno eso fue lo que se acordó, poner 20 euros por niño, tampoco es tanto.

YO.- Si no es por el dinero, simplemente es que a mi esos regalitos no me parecen de recibo.

MADRE DE LUIS.- Le compré un marco de plata grabado para que ponga una foto con los niños. Le quedará un recuerdo precioso.

MADRE DE JESÚS.- ¿Cómo que le compraste? No se había decidido nada todavía.

MADRE DE ROSALÍA.- ¿Qué recibo hay que pagar Marta? (Esa soy yo, Marta) ¿Quedó algo pendiente?

MADRE DE LUIS.- Bueno, como dije que me encargaba yo de la compra, lo vi, me gustó y se lo cogí, eso sí, subió un poco más, hay que poner 35 euros por niño.

MADRE DE ROSALÍA.- ¿Un recibo de 35 euros? ¿De qué? Yo no me entero.

MADRE DE PEDRO.- ¿Pero se había decidido comprar un marco?

MADRE DE CORAL.- ¿Y por qué es tan caro? ¿Tiene incrustaciones de diamantes o algo así?

MADRE DE LUIS.- Diamantes no, pero tiene unos cristales de Svarosky, por eso subió tanto, pero vaya, si no estáis de acuerdo se devuelve y ya está.

MADRE DE CORAL.- No es eso, es que no deberías haberlo comprado sin consultarnos antes a las demás.

MADRE DE ERIK.- Y son 15 euros más de lo acordado... que yo tengo que pagar el seguro del coche este mes, me viene fatal.

MADRE DE KATIA.- Con 15 euros no pagas el seguro maja. Vaya excusa más tonta.

MADRE DE ERIK.- Ese es mi problema. O me vas a arreglar tú mi economía, era lo que me faltaba.

MADRE DE NOELIA.- Susana (esta es la madre de Luis, la que por su cuenta y riesgo compró el marco) te has pasado tres pueblos, conmigo no contéis. Además yo pienso como Marta (yo) qué regalo ni qué narices.

MADRE DE JULIA.- ¿Qué le pasa a las narices?

MADRE DE BERTA.- ¿Qué pasó? ¿Alguien se contagió de coronavirus o qué?

MADRE DE LUIS.- ¿Sabéis que os digo? Que os den a todas.

MADRE DE ROSALÍA.- O sea que a las que participamos en el regalo nos dais un recibo ¿no?

MADRE DE JULIA.- ¿Qué regalo? ¿No estaba alguien malo de las narices?

MADRE DE BERTA.- Pero entonces ¿qué es? ¿un simple resfriado o coronavirus?

MADRE DE KATIA.- ¿Coronavirus? ¿Pero no estábamos hablando del regalo?

MADRE DE BERTA.- ¿Qué regalo?

MADRE DE JULIA.- Pues vaya jodienda, ahora que se acaba el curso cuarentena ¿Quién se contagió?

MADRE DE ROMÁN.- Buenas tardes ¿de qué va el tema?

En ese punto me salí del grupo, de ese y de todos, por si acaso. Mi mente sentía que no era capaz de soportar más conversaciones de besugos. Ahora estoy tranquila. Por cierto ¿en qué quedaría lo del regalo?

 

 

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