La mejor edad - Esperanza Tirado

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Al nuevo inquilino de la puerta de enfrente le tengo echado el ojo. Y le echaría algo más y me lo llevaría a casa, a un rinconcito bien mullido. Pero me temo que mis posibilidades son escasas. Mis dueños no me desatan de esta perra correa, valga la redundancia, porque temen que algo le pase a su cachorrita linda. Serán idiotas. Sé que soy pequeña y también conozco mis posibilidades. Estoy en mi mejor edad. Pero me da que este par de dos alelados, que tengo por dueños, no saben multiplicar por siete.



 

 

 

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Solo tiene ojos para ella - Marga Pérez

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Desde el edificio donde ha aparcado observa la plaza. Apenas hay gente y sin embargo no la ve. Mueve los prismáticos de un lado a otro. Busca a una joven vestida de blanco, con melena rubia, mochila, bastón ... Enciende el móvil cuando ve un coche que se acerca. Esconde los prismáticos bajo la chupa que tiene en el asiento del copiloto y se entretiene con el watssapp. Cuando desaparece el intruso vuelve otra vez a los prismáticos, a la plaza, a buscar a su objetivo. La mañana avanza y la zona empieza a llenarse. El ángulo de visión desde el coche no es el mejor. Decide entonces bajarse y, parapetado tras una columna, seguir la búsqueda. Es ésa, joven, melena rubia, vestida de blanco, mochila a la espalda… ¿y el bastón?... No sabe qué hacer. Espera con prudencia. Sigue sus movimientos sin dejar de observar nada de lo que hace. Ella mira de un lado para otro. Se sienta en un banco. Deja la mochila a su lado. Mira el reloj. Habla por el móvil.

Un indigente le tapa la visión por unos instantes, que a él, le parecieron eternos. Empujaba con lentitud un carrito de supermercado cargado de bolsas y cachivaches. Arrastra los pies. Cojea. El, por más que mira, no la ve. Se le acelera el pulso. Por fin queda despejado el campo de visión. Ella sigue sentada en el mismo banco, con la mochila a su lado y la mirada fija en el móvil. El ya no le quita los ojos de encima. Ve que no habla con nadie. A su lado se sienta una pareja que se dedica sólo a sus arrumacos. La plaza ya es un hervidero de gente. Los bancos. Las terrazas. Los comercios. Hace sol y está petada. El sólo tiene ojos para ella. Casi hora y media en su punto de mira cuando ve que se levanta y cruza corriendo la calle. Desaparece. La mochila sigue en el banco ¡Es ella! -grita- Los artificieros apenas llegan al banco cuando una bomba hace explosión en la zona de las terrazas. Una masacre. En la mochila de la joven encontraron una olla a presión vacía, la llena, explosionó en el carrito del mendigo. A él lo vieron salir de la plaza cojeando, se apoyaba en un bastón.


 

 

 

 

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Minuto y resultado - Esperanza Tirado

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Mientras ellos discutían alzando la voz un tono más alto en cada palabra que salía de sus deformadas bocas, ellos ya se habían olvidado de la pelea del recreo. Aunque todavía les dolían las manos de tantos puñetazos mal dados con la poca fuerza de sus once años. Cansados de esperar a que sus padres terminasen de decidir quién era el culpable, se fueron al parque a dar una vuelta en bici. Los gritos se perdían a cada pedalada. A la vuelta ya sabrían el resultado final.

 

 

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El cielo es un lugar de paso - Marga Pérez

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El día en que quedamos tuve miedo a meter otra vez la pata. Quería que todo saliese a la perfección, me jugaba mucho y ella lo sabía así que nada podía fallar. Cargué el coche y, mientras desayunaba, consulté el tiempo. El lugar del encuentro no podía ser mejor, el día tampoco, todo estaba a mi favor. Me senté al volante, puse música country para relajar y arranqué. La había citado a las doce, más o menos a una hora de mi casa, así que iba con tiempo de sobra para preparar la zona con calma antes de que ella llegase. Cuando el coche enfiló el acantilado el pulso se me aceleró sin poder evitarlo, era un sitio sobrecogedor. La carretera bordeaba el mar a una altura de unos quinientos metros. Quinientos metros cortados a pico sobre una inmensa playa lejana, y a la vez tan cercana... daba miedo pensarlo. Su poder de atracción era como el de un imán, no podía dejar de mirar aquella inmensidad azul. Me sentía atrapado en su contemplación, desde arriba, igual que un dios contempla su obra. Era un paraje solitario, ventoso, transitado por gaviotas que vivían en recovecos inalcanzables y coronado por una gran mata verde que, como balcón sin protección, invitaba a contemplar el mar, siempre más allá. Desde aquella atalaya tenía espacio suficiente para prepararlo todo y dar el salto. El sol a aquella hora molestaba reflejando azul de mar, de cielo, de frío, de... ¡qué porras hago aquí! Ya me ha rechazado en otra ocasión ¿Estaré a la altura? La confianza que tenía puesta en mis habilidades empezaba a hacer aguas cuando vi aparecer su coche .

Llegó tan puntual como ambos habíamos previsto. El aire frío la sonrojó y alborotó su larga melena que enseguida amarró en un moño antes de enfundarse en un buzo blanco. Evitó mirarme, hablar. Se apretó el arnés y comprobó los enganches. ¿Preparado? -me dijo- No hubo más. En lo más alto del acantilado, ella y yo, nos miramos y echamos a correr hacia el abismo. Al levantar los pies del suelo sentí que tocaba el cielo con los dedos. El ala delta nos mantuvo en la misma corriente un buen rato . Vi cómo la playa se alejaba mientras sobrevolábamos el mar en calma. Sólo oía el aleteo de las velas y el latir de mi corazón bajo la presión del viento.

Subimos, bajamos, cambiamos de corriente, viramos y cuando me indicó, pisamos la playa en un lugar, conocido por el gremio, como “el nido de las gaviotas”, bastante pequeño, por cierto. Una hora volando que se pasó como un suspiro, os lo aseguro.

En cuanto nos quitamos las gafas vi su sonrisa y no me pude contener

-¿Qué, lo conseguí?

-Si, has estado fenomenal, enhorabuena, ya tienes tu licencia.

 

 

 

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Revolución - Esperanza Tirado

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 Los siguientes serían los niños, imaginó la escena: El terror podría palparse en el ambiente; alguno preguntaría por su ‘mamán, con las lágrimas cuajadas en su angelical rostro; el olor de la sangre ya seca y amarronada en el aire; los lazos y los tules de hermosos vestidos, sucios y deslucidos; el sonido de la voz del verdugo haciendo esfuerzos por subir una vez más la cuerda….El artista sintió temblar el pincel en su mano agarrotada. Sus miedos no pasaron a la posteridad. Sí su apellido.

 

 

 

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Daría lo que fuera - Marga Pérez

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Podía haber sucedido de cualquier otra manera pero sucedió, ni más ni menos, que como sucedió: Dio un portazo y no lo volví a ver...

No lo pude evitar. Se fue sin discusiones, sin voces, sin lista de agravios, sin lágrimas…

Yo cosía frente al televisor como cada tarde. El ¡sabe Dios en lo que se ocupaba en su dormitorio! Allí se encerraba al llegar del Instituto, día tras día, sólo salía para comer . Que lo hiciera después de hacerlo nosotros, no encendió mis alarmas… Siempre fue tan especial… ¿No podía ser como su hermano? Todos sabíamos que el era diferente… Sé que podía haber sucedido de otra manera pero no podemos volver atrás… Ten paciencia, ya cambiará, son cosas de la edad, el tiempo pone a cada uno en su sitio, madurará, no le des más importancia… Cuántos consejos inútiles, cuánta palabrería… ¡Si pudiera volver atrás!… Dieciocho años el día anterior: tarta, velas, abuelos, tíos… Creía que estaba feliz... Un portazo y ni una palabra… Daría lo que fuera porque no hubiera sucedido así.

 

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Como una manzana fresca - Esperanza Tirado

                                          Manzana, Rojo, Mano



El tiempo es elástico cuando no estás a mi lado. Te siento cerca, tengo tu olor, como el de una manzana fresca recién cogida del árbol. Y tu tacto, suave como la yerba segada del prao.

Te echo de menos. Cada día lo digo en voz alta, al aire que se cuela por la galería, entre los ventanales abiertos.

¿Me echas tú de menos?

Debería saber la respuesta después de tanto tiempo y después de tantos viajes. Porque siempre vuelves a tu lado del sofá, con tu rastro de yerba y manzana que despierta mis sentidos, como hizo la primera vez.

¿Te acuerdas?

Yo sí que me acuerdo, como si hubiera sido ayer mismo. Por eso mismo me da miedo escucharte decir un ‘no’. Sin olor a nada, seco y áspero.

Quizá sean imaginaciones mías, por la soledad de tantas noches que se me hacen eternas.

Y estiro y estiro el momento de encender el móvil y preguntarte qué tal te ha ido el día, allá donde el trabajo te haya hecho recalar.

Tu aroma a yerba y manzana frescas que perfuman el sofá me responden con un sí. Y con eso me basta hasta tu vuelta.

 

 

 

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