El día en que quedamos tuve
miedo a meter otra vez la pata. Quería que todo saliese a la
perfección, me jugaba mucho y ella lo sabía así que nada podía
fallar. Cargué el coche y, mientras desayunaba, consulté el tiempo.
El lugar del encuentro no podía ser mejor, el día tampoco, todo
estaba a mi favor. Me senté al volante, puse música country para
relajar y arranqué. La había citado a las doce, más o menos a una
hora de mi casa, así que iba con tiempo de sobra para preparar la
zona con calma antes de que ella llegase. Cuando el coche enfiló el
acantilado el pulso se me aceleró sin poder evitarlo, era un sitio
sobrecogedor. La carretera bordeaba el mar a una altura de unos
quinientos metros. Quinientos metros cortados a pico sobre una
inmensa playa lejana, y a la vez tan cercana... daba miedo pensarlo.
Su poder de atracción era como el de un imán, no podía dejar de
mirar aquella inmensidad azul. Me sentía atrapado en su
contemplación, desde arriba, igual que un dios contempla su obra.
Era un paraje solitario, ventoso, transitado por gaviotas que vivían
en recovecos inalcanzables y coronado por una gran mata verde que,
como balcón sin protección, invitaba a contemplar el mar, siempre
más allá. Desde aquella atalaya tenía espacio suficiente para
prepararlo todo y dar el salto. El sol a aquella hora molestaba
reflejando azul de mar, de cielo, de frío, de... ¡qué porras hago
aquí! Ya me ha rechazado en otra ocasión ¿Estaré a la altura? La
confianza que tenía puesta en mis habilidades empezaba a hacer aguas
cuando vi aparecer su coche .
Llegó tan puntual como ambos
habíamos previsto. El aire frío la sonrojó y alborotó su larga
melena que enseguida amarró en un moño antes de enfundarse en un
buzo blanco. Evitó mirarme, hablar. Se apretó el arnés y comprobó
los enganches. ¿Preparado? -me dijo- No hubo más. En lo más alto
del acantilado, ella y yo, nos miramos y echamos a correr hacia el
abismo. Al levantar los pies del suelo sentí que tocaba el cielo con
los dedos. El ala delta nos mantuvo en la misma corriente un buen
rato . Vi cómo la playa se alejaba mientras sobrevolábamos el mar
en calma. Sólo oía el aleteo de las velas y el latir de mi corazón
bajo la presión del viento.
Subimos, bajamos, cambiamos de
corriente, viramos y cuando me indicó, pisamos la playa en un lugar,
conocido por el gremio, como “el nido de las gaviotas”, bastante
pequeño, por cierto. Una hora volando que se pasó como un suspiro,
os lo aseguro.
En cuanto nos quitamos las
gafas vi su sonrisa y no me pude contener
-¿Qué, lo conseguí?
-Si, has estado fenomenal,
enhorabuena, ya tienes tu licencia.

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